LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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AMÉRICA LATINA: CRISIS Y TRANSFORMACIÓN

1991

Durante la década de los 80, América Latina vivió una de las crisis económicas más profundas del siglo. Crisis de la que aún no logra recuperarse.

Los indicadores económicos muestran una realidad alarmante que se evidencia en un estancamiento económico y un deterioro del bienestar de la población. Ello ha movido a los países del área a replantear el rumbo de su desarrollo a través de profundas transformaciones en las estructuras económicas nacionales. Esto, a su vez, es producto de una nueva percepción de la realidad derivada de un planteamiento de las tesis que hasta ahora habían estado vigentes.

Parece haber una idea generalizada respecto a las causas que provocaron semejante crisis. Desde la década de los cuarenta, América Latina inició un fuerte y decidido proceso de industrialización basado en el modelo de sustitución de importaciones. De lo que se trataba, en síntesis, era crear una planta productiva industrial capaz de producir internamente las manufacturas que anteriormente se importaban de los países industrializados. De esta manera, el desarrollo nacional dejaría de depender de la dinámica del sector primario-exportador (actividades agropecuarias y extractivas). Lo que constituía la base del modelo de crecimiento hacia afuera que había convertido a Latinoamérica en una región generadora y exportadora de productos primarios (materias primas y alimentos) e importadora de manufacturas. Esta circunstancia había propiciado el atraso económico de la región y había obstaculizado su desarrollo. El proceso de industrialización permitiría imprimirle un impulso propio al desarrollo y evitaría que éste dependiera de los vaivenes de la economía mundial.

Este nuevo esquema que se intentaba crear tuvo como fundamento una intervención profunda del Estado en la economía para crear las condiciones propicias para el impulso industrializador. Y una sólida política que restrinja las importaciones para proteger, de la competencia externa, a la industria naciente.

El modelo empezó a producir resultados positivos en los años siguientes a su implementación. El ejemplo más patente lo constituyen “el milagro mexicano” y el “milagro brasileño”. Términos acuñados para referirse al fuerte proceso de crecimiento económico que vivieron estos países (México y Brasil). Los cuales alcanzaron tasas de crecimiento sin precedente entre los años cuarenta a sesenta.

A principios de los setenta, sin embargo, el modelo comenzó a presentar signos de agotamiento. Los países empezaron a mostrar una fuerte tendencia de desequilibrio externo en la medida que sus importaciones superaban sus exportaciones. Al mismo tiempo se evidenciaron serios problemas de desequilibrio en las finanzas públicas de los gobiernos. Ello se debió principalmente, respecto al primero, a que estos países no lograron desarrollar una industria de exportación. En tanto que en cada nueva etapa de sustitución de importaciones necesitaban más importaciones de bienes de capital. Al tiempo que se agotaba la capacidad de importación de sus exportaciones primarias (sic). Las que fueron el sustento de todo el modelo.

Respecto al segundo problema, se debió fundamentalmente al excesivo gasto gubernamental que carecía de bases para su expansión. Gasto que, si bien dio un fuerte impulso al desarrollo, excedió las posibilidades de financiamiento real. En donde mucho tuvo que ver el excesivo crecimiento de la burocracia y la corrupción oficial.

Todo esto derivó, a principios de los ochenta una crisis financiera que condujo a los países latinoamericanos a adquirir fuertes compromisos con los bancos internacionales y con los organismos de asistencia como el Fondo Monetario Internacional.

Grandes deudas aparecieron en todo el continente. Sin embargo, los recursos financieros no sólo no fueron capaces de resolver los problemas económicos. Además crearon profundos desajustes financieros en estos países que se vieron imposibilitados para pagar sus deudas con el exterior.

Hacia fines de los ochenta la crisis parecía insalvable. Aunado al atraso económico hizo su aparición un proceso inflacionario y como consecuencia un fuerte deterioro en las condiciones de vida de la población. Ello hizo necesario y urgente implementar medidas para controlar la inflación y sentar las bases para un crecimiento sano y sostenido de las economías del área.

Para la mayoría de los gobiernos de estos países se hizo evidente que las condiciones en las que se había dado el proceso de desarrollo económico debían cambiar. Que la planta productiva industrial producto de este esquema era incapaz de impulsar el desarrollo. Y que ello se debía a su ineficiencia, improductividad y falta de competitividad externa. Lo cual, a su vez, era efecto de una excesiva política proteccionista.

Al mismo tiempo encontró en consideración el hecho de que el Estado interventor obstaculizaba las posibilidades de desarrollo. De un lado por una excesiva injerencia en la economía y una ineficiente administración de sus empresas. De otro lado por las graves consecuencias que provocaban los continuos déficits en su presupuesto.

De aquí se identificaran como causas de la crisis el relativo aislamiento de estas economías para con la economía mundial y la intervención estatal en lo económico.

Derivados de esta nueva percepción de la realidad, se implementan en América Latina nuevos proyectos económicos basados en la apertura comercial y en una mínima intervención del Estado en la economía. Al tiempo que se le establecen estrictos controles presupuestales.

Tras de estos proyectos subyace la idea que dicha apertura derivará en un amplio impulso al desarrollo. Ello porque se considera que la integración a los flujos comerciales, financieros y tecnológicos dinamizará las economías nacionales a través de la competencia que propiciará la modernización de las estructuras económicas.

El Estado, con la actual apertura de fronteras motivará las fuerzas del mercado interno y ello generará un impulso a las inversiones nacionales y extranjeras. Y resolverá el problema inflacionario. Ambos elementos impulsarán la capacidad productiva, las posibilidades de exportación, y resolverá el problema del deterioro del bienestar social ya que propiciarán una elevación del ingreso y del empleo.

Todo parece indicar que este esquema puede obtener los resultados esperados. Al menos en lo que se refiere a la reactivación económica (impulso a la capacidad productiva) y al control de la inflación. No así en lo relativo al mejoramiento del bienestar de la población en tanto los salarios y el empleo permanecen deprimidos. Y de igual forma tampoco en lo que se refiere al control del desequilibrio externo.

En Chile, por ejemplo, primer país latinoamericano en adoptar este esquema como proyecto de gobierno durante toda la década de los ochenta, la evidencia empírica parece favorable. De 1983 a la fecha se han logrado mantener tasas positivas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), y del PIB per cápita. Mientras el resto de los países del área veía retroceder en el mismo período, dicho crecimiento. De igual forma ha logrado mantener bajo control el proceso inflacionario. De modo tal que su inflación no rebasó, en ningún año del periodo el 27% anual. Cuando otros países como Argentina, Bolivia y Nicaragua han alcanzado tasas de hasta 4923.8%, 8170.5% y 33602.6% de inflación anual respectivamente (I).

México es otro de los países que a través de la implementación de un proyecto de esta naturaleza ha logrado reactivar su economía y controlar su inflación.

El ejemplo ha sido seguido por un buen número de países latinoamericanos, cada uno de los cuales imprime ritmos y características propias. Todos con la idea de que el proceso de integración mundial y reprivatización económica es necesario e inevitable. Al menos hasta el momento ésta es la tesis predominante. La que es apoyada por los países industrializados y los organismos financieros internacionales.

El esquema, desde luego, no está exento de apreciaciones ideológicas. Ni deja representar la defensa de intereses económicos concretos. De ahí que deje muchos problemas sin resolver y muchas preguntas sin contestar.