ENFOQUE TEÓRICO METODOLÓGICO DE LOS CONTENIDOS DE LAS ASIGNATURAS MACRO Y MICROECONOMÍA A LA LUZ DE LA TEORÍA MARXISTA LENINISTA

Autores: MsC. Ana Gloria Madruga Torres
Dr. Miguel Torres Pérez
Lic. Raúl Carballosa Torres
Lic. Arístides Pérez Romero

 

 

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ESBOZO HISTÓRICO DEL PROBLEMA. RAÍCES DE LA MICRO Y LA MACRO.
La Macro y la Microeconomía como expresión teórica de la Síntesis Neoclásica.

 

La evolución del pensamiento económico

a partir de la escuela clásica desemboca en

la economía política marxista y la teoría económica neoclásica. Esta ultima es la

que predomina esencialmente en el

pensamiento económico oficial en los

paises occidentales y tiene ya una

tradición suficientemente larga aun

cuando según distintos autores no ha

alcanzado la madurez (1)

 

 

La Micro y la Macro

La impartición de estas en nuestro país se propone, entre otros aspectos, además de ampliar la cultura de nuestros especialistas, dotarlos de un mayor conocimiento sobre el tema de manera que puedan abordar el análisis del comportamiento de diversos problemas económicos, en las nuevas condiciones de funcionamiento de la economía cubana.

El estudio de la economía puede dividirse en dos grandes campos. La teoría de los precios, o microeconomía, que explica cómo la interacción de la oferta y la demanda en mercados competitivos determinan los precios de cada bien, el nivel de salarios, el margen de beneficios y las variaciones de las rentas. La microeconomía parte del supuesto de comportamiento racional. Los ciudadanos gastarán su renta intentando obtener la máxima satisfacción posible o, como dicen los analistas económicos, tratarán de maximizar su utilidad. Por su parte, los empresarios intentarán obtener el máximo beneficio posible.

Los componentes clave de la microeconomía son aquellos que se utilizan para describir: 1) la forma en que los individuos o las familias (economías domésticas) determinan su demanda de bienes y servicios; 2) la forma en que las empresas deciden qué y cuántos bienes y servicios producirán, y con qué combinación de factores productivos; y 3) la forma en que los mercados relacionan la oferta y la demanda. Estos tres componentes de la microeconomía pueden sintetizarse de esta manera en demanda, oferta y equilibrio del mercado. Otras subáreas importantes de la microeconomía son la economía del bienestar y las finanzas públicas.

Los conceptos fundamentales para analizar la demanda, la oferta y el equilibrio del mercado son la elección racional y la optimización. La microeconomía parte de una serie de supuestos simplificadores relativos al comportamiento de los agentes económicos; se sabe que estos supuestos son restrictivos y, por lo tanto, sólo válidos de modo parcial, pero se piensa que son suficientemente precisos para poder realizar predicciones exactas sobre el comportamiento de productores y consumidores. Por ejemplo, la teoría de la demanda del consumidor parte del supuesto de que los usuarios son racionales en tanto en cuanto pretenden maximizar su utilidad. La elección óptima del consumidor será entonces aquella que, entre las distintas opciones posibles, le permita obtener la mayor utilidad. Éstas dependen de su poder adquisitivo (que viene dado por sus ingresos y sus posibilidades de endeudamiento) y de los precios de los bienes y servicios disponibles. Dada la información sobre estos elementos, la elección que maximiza la utilidad del consumidor depende de sus preferencias, es decir, de la valoración subjetiva que el consumidor realiza sobre la utilidad total que le reportarán distintas combinaciones de bienes y servicios.

El segundo campo, el de la macroeconomía, comprende los problemas relativos al nivel de empleo y al índice de ingresos o renta de un país. El estudio de la macroeconomía, tal y como la conocemos hoy en día (2), surgió con la publicación de La teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero (1936), del economista británico John Maynard Keynes. Sus conclusiones sobre las fases de expansión y depresión económica se centran en la demanda total, o agregada, de bienes y servicios por parte de consumidores, inversores y gobiernos. Según Keynes, una demanda agregada insuficiente generará desempleo; la solución estaría en incrementar la inversión de las empresas o del gasto público, aunque para ello sea necesario tener un déficit presupuestario.

En macroeconomía es crucial tener claro el concepto de producto nacional, o renta nacional, es decir, lo que se conoce como producto nacional bruto (PNB), que mide en términos monetarios lo que se produce en un país, es decir, la producción final, que se tiene que corresponder, por definición, con la demanda final. Es importante evitar la doble contabilidad de la producción, es decir, no se debe contabilizar la producción de bienes intermedios porque aparecerían dos veces: como bienes intermedios y como parte del valor de los bienes finales. Sin embargo, existen distintas interpretaciones de los acuerdos internacionales relativos a lo que se puede considerar como bien intermedio y sobre lo que se considera actividad productiva. Pero estas diferentes interpretaciones requieren un análisis muy específico que queda muy lejos de lo que supone adoptar resoluciones sobre política económica y el núcleo de la teoría macroeconómica. Ésta se centra en estudiar la composición del PNB, con independencia de los convenios internacionales y su interpretación, y del análisis de los determinantes de la estabilidad económica, así como de las relaciones entre variables agregadas.

El PNB “potencial” en determinado momento depende de la cantidad de factores de producción disponibles —trabajo y capital— y de la tecnología. Estos tres elementos cambian con el tiempo; el análisis de su modificación a largo plazo constituye el núcleo de una rama de la macroeconomía conocida como teoría del crecimiento. Pero, para un momento concreto, en un análisis estático en el que el capital, la formación profesional, la formación de la mano de obra y la tecnología están dados, la producción “corriente” dependerá de la utilización del capital y de la mano de obra disponibles. Así, esta producción podrá ser inferior a la potencial si existe desempleo o subutilización del capital disponible.

Esta dicotomía (micro, macro) deriva de la diferente manera de abordar el análisis teórico en Economía, bien desde un punto de vista general (macro) o individual (micro).

La micro estudia los comportamientos básicos de los agentes económicos individuales y los mecanismos de formación de los precios. De este modo la micro sitúa la lupa de su análisis en el ámbito mas reducido del consumidor o de los productores. La macro, por el contrario, analiza comportamientos agregados o globales y se ocupa de temas como el empleo, la inflación o el producto total de la economía. Se entiende como el enfoque teórico adecuado para aplicarlo globalmente a un contexto económico nacional o supranacional.

Por esta razón, es que podemos afirmar que la historia del pensamiento o teoría económica se ha desarrollado sobre la base de la critica (ver figura No.1). Marx critico a la Escuela Clásica, a la Pequeño Burguesa, a la Vulgar, etc, y todas ellas analizaban la economía en general (análisis macroeconómico): la renta nacional se descompone en los ingresos.

Sin embargo, a partir de la década del 70 del siglo XIX, se da un viraje en la teoría económica en cuanto al plano de análisis (de la macro se pasa al micro) sobre la base de la critica a Stuar Smill, C. Marx, etc, por los llamados neoclásicos, no porque fueran continuadores de los clásicos, sino, que surgen de la critica, como dijimos anteriormente. Los mismos mantienen algunos postulados, pero barren con todo lo anterior, del plano de análisis de la producción (la oferta) pasan al consumo (al demanda). Del estudio del costo se paso al de la utilidad. Es necesario tener esto presente si se desea entender el pensamiento de muchos economistas, su razonamiento lógico.

Esto supuso una ruptura radical con la economía política anterior; esta ruptura se denominó la revolución marginalista, promulgada por tres economistas: el inglés William Stanley Jevons; el austriaco Anton Menger; y el suizo Léon Walras. Su gran aportación consistió en sustituir la teoría del valor trabajo por la teoría del valor basado en la utilidad marginal. Esta aportación de la noción de marginalidad fue la que marcó la ruptura entre la teoría clásica y la economía moderna. Los economistas políticos clásicos consideraban que el problema económico principal consistía en predecir los efectos que los cambios en la cantidad de capital y trabajo tendrían sobre la tasa de crecimiento de la producción nacional. Sin embargo, el planteamiento marginalista se centraba en conocer las condiciones que determinan la asignación de recursos (capital y trabajo) entre distintas actividades, con el fin de lograr resultados óptimos, es decir, maximizar la utilidad o satisfacción de los consumidores.

Durante las tres últimas décadas del siglo XIX los marginalistas ingleses, austríacos y suizos, fueron alejándose los unos de los otros, creando tres nuevas escuelas de pensamiento. La escuela austríaca se centró en el análisis de la importancia del concepto de utilidad como determinante del valor de los bienes, atacando el pensamiento de los economistas clásicos, que para ellos, estaba desfasado. Un destacado economista austríaco de la segunda generación, Eugen von Böhm-Bawerk, aplicó las nuevas ideas para determinar los tipos de interés, con lo que marcó para siempre la teoría del capital. La escuela inglesa, liderada por Alfred Marshall, intentaba conciliar las nuevas ideas con la obra de los economistas clásicos. Según Marshall, los autores clásicos se habían concentrado en analizar la oferta; la teoría de la utilidad marginal se centraba más en la demanda, pero los precios se determinan por la interacción de la oferta y la demanda, igual que las tijeras cortan gracias a sus dos hojas. Marshall, buscando la utilidad práctica, aplicó su análisis del equilibrio parcial a determinados mercados e industrias. Walras, el principal marginalista suizo, profundizó en este análisis estudiando el sistema económico en términos matemáticos. Para cada producto existe una función de demanda que muestra las cantidades de productos que reclaman los consumidores en función de los distintos precios posibles de ese bien, de los demás bienes, de los ingresos de los consumidores y de sus gustos. Cada producto tiene, además, una función de oferta que muestra la cantidad de productos que los fabricantes están dispuestos a ofrecer en función de los costes de producción, de los precios de los servicios productivos y del nivel de conocimientos tecnológicos. En el mercado, existirá un punto de equilibrio para cada producto, parecido al equilibrio de fuerzas de la mecánica clásica. No es difícil analizar las condiciones de equilibrio que se deben cumplir, que dependen, en parte, de que exista también equilibrio en los demás mercados. En una economía con infinitos mercados el equilibrio general requiere la determinación simultánea de los equilibrios parciales que se producen en uno. Los intentos de Walras por describir en términos generales el funcionamiento de la economía llevó a Joseph Schumpeter, a describir la obra de Walras como la “Carta Magna” de la economía. La economía walrasiana es bastante abstracta, pero proporciona un marco de análisis adecuado para crear una teoría global del sistema económico.

Los años transcurridos entre la publicación de los Principios de Economía (1890) de Marshall y el crac de 1929, pueden considerarse como años de reconciliación, consolidación y refinamiento de la ciencia económica. Las tres escuelas nacionales de pensamiento económico fueron acercándose poco a poco hasta crear una única corriente principal de pensamiento. La teoría de la utilidad se redujo a un sistema axiomático que podía aplicarse al análisis del comportamiento del consumidor para estudiar las diversas situaciones, en función de, por ejemplo, los cambios en los ingresos o en los precios. El concepto de marginalidad aplicado al consumo permitió crear el concepto de productividad marginal al hablar de la producción, y con esta nueva idea apareció una nueva teoría de la distribución en la que los salarios, los beneficios, los intereses y las rentas dependían de la productividad marginal de cada factor de producción. El concepto de Marshall (economías y deseconomías a escala externa) fue desarrollado por uno de sus discípulos más destacados, Alfred Pigou, para distinguir entre costes privados y costes sociales, lo que sentó las bases para la formulación de la teoría del bienestar: una nueva rama dentro de la economía. De forma paralela el economista sueco Knut Wicksell y el estadounidense Irving Fisher, iban desarrollando una teoría monetaria, que explicaba cómo se determinaba el nivel general de precios, diferenciándolo de la fijación individual de cada precio. Durante la década de 1930 la creciente armonía y unidad de la economía se rompió, primero debido a la publicación simultánea de la obra de Edward Chamberlin, Teoría de la competencia monopolística y de la de Joan Robinson, Economía de la competencia imperfecta en 1933 y segundo, por la aparición, en 1936 de la Teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero de John Maynard Keynes.

Volviendo sobre las nuevas ideas que comenzaron a surgir durante la década de 1930, la teoría de la competencia imperfecta o monopolista, vemos que todavía hoy sigue siendo una teoría polémica. Los primeros economistas se habían centrado en el estudio de dos estructuras de mercado extremas, el monopolio, en el que un único vendedor controla todo el mercado de un producto y la competencia perfecta, que se caracteriza por la existencia de muchos vendedores, muchos compradores que disponen de toda la información necesaria sobre el mercado (información perfecta), y la existencia de un único producto homogéneo en cada mercado. La teoría de la competencia monopolística reconocía una amplia variedad de estructuras posibles para un mercado, estructuras intermedias a los dos extremos anteriores, entre las que se incluyen las siguientes: 1) los mercados en los que operan muchos vendedores pero cada uno vende un producto diferenciado, con un nombre de marca para distinguir sus productos, ofrece distintas garantías y diferencia sus productos con distintos empaquetados, lo que hace que cada consumidor considere que su producto es único y totalmente distinto de los demás; 2) el oligopolio, que son mercados dominados por unas pocas grandes empresas; y 3) el monopsonio, que es un mercado caracterizado por la existencia de muchos vendedores pero un único comprador que puede imponer sus condiciones sobre precios, cantidades y características del producto. La teoría llegaba a una importante conclusión: las industrias, en las que cada vendedor tiene un monopolio parcial gracias a la diferenciación del producto, tenderán a tener un número excesivo de empresas que cobrarán unos precios más altos por sus productos de los que cobrarían en una industria que operara bajo competencia perfecta. Puesto que la diferenciación de productos, y por lo tanto la publicidad, parecen predominar en casi todas las industrias de los países capitalistas industrializados, esta nueva teoría fue aclamada de forma unánime por lo que aportaba de realismo a la teoría ortodoxa de los precios. Por desgracia, no consiguió ofrecer una teoría convincente sobre el proceso de fijación de los precios en condiciones de oligopolio y en las economías más industrializadas, hay que tener en cuenta que muchas industrias operan en condiciones de oligopolio. El resultado es que la teoría moderna de precios tiene una importante laguna, y nos recuerda que la economía sigue sin poder explicar las pautas de conducta de las grandes empresas de los países industrializados.

La segunda gran ruptura que se produjo en la década de 1930 se debe, sobre todo, a la obra de un economista, John Maynard Keynes, que planteaba preguntas como: ¿qué determina el nivel de ingresos y de empleo de toda una economía? Esta sigue siendo una cuestión relativa a la interacción de la oferta y la demanda, pero ahora la demanda se refiere a la demanda total efectiva de toda la economía, y la oferta se refiere a la capacidad productiva del país. Cuando la demanda efectiva se sitúa por debajo de la capacidad productiva habrá desempleo y se entrará en una depresión económica; cuando excede a la capacidad productiva aumentará la inflación. El punto central del keynesianismo es el análisis de los determinantes de la demanda efectiva. Si se obvia la existencia del comercio exterior, la demanda efectiva se compone de tres elementos: el gasto en consumo, el gasto en inversión y el gasto público (es decir, el del gobierno o, en términos más generales, el sector público). El nivel de cada uno de estos gastos se determina de forma independiente de los otros dos. Keynes intentó demostrar que el nivel de demanda efectiva, sumando estos tres elementos, puede ser inferior, superior o igual a la capacidad física que tiene cada país para producir bienes y servicios y, sobre todo, que no existe ninguna tendencia que iguale de forma automática esta demanda a la oferta potencial del país. Esta conclusión era fundamental por ser contraria a la economía clásica y neoclásica, ya que éstas defendían que los sistemas económicos tendían de forma instantánea al pleno empleo de los recursos. Al centrarse en el estudio de agregados macroeconómicos, como el consumo total y la inversión total, Keynes consiguió crear un modelo que podía aplicarse para solucionar numerosos problemas prácticos. Más tarde se fue mejorando el sistema keynesiano y hoy forma parte de la corriente principal de la economía.

La economía keynesiana, tal y como la concibió Keynes, era estática, es decir, que no consideraba la variable tiempo. Pero uno de los discípulos de Keynes, Roy Harrod, desarrolló un modelo macroeconómico simple en el que se estudiaba el crecimiento de la economía; en 1948 publicó su libro Hacia una economía dinámica, que creó una nueva especialidad, la teoría del crecimiento, la cual ha ido ganando adeptos entre los economistas.

Durante los cincuenta años posteriores a la II Guerra Mundial la economía ha sufrido grandes cambios. Ante todo, ahora se utiliza el análisis matemático en casi todas las especialidades. Con la generalización de la economía analítica se ha sofisticado la rama empírica conocida como econometría, que combina la teoría económica, la modelización matemática, y la previsión económica basada en la estadística. Las tendencias del pensamiento económico desde el final de la II Guerra Mundial se observan (no en la aparición de nuevas técnicas) en la desaparición de las distintas escuelas, en la progresiva homogeneización del pensamiento económico en todo el mundo, y en la transformación de la ciencia económica, desde el exclusivo ejercicio académico hacia una disciplina operativa, cuyo propósito es resolver problemas prácticos.

Es evidente que el análisis económico nunca navego entre dos aguas: o fue macroeconómico, con una orientación objetivista en el análisis como los clásicos; o subjetivista como en el caso de Keynes, en respuesta a los problemas surgidos por la Gran Depresión de los años treinta. O macroeconómico, como en los años posteriores a 1870 con una orientación totalmente subjetiva en el análisis de los fenómenos económicos. Es solamente después de la posguerra, con la aparición de la Síntesis Neoclásica, que se abordan al unísono las dos vertientes, es decir, la macro y la micro.


1. Ver Bunge, M.: Epistemología, Barcelona, Ariel, 1980, y Barcelo, A., y Ovejero, F.: “Cuatro temas de Metodología Económica”, en Cuadernos de Economía, vol. 13, Barcelona, 1985.
2. Mas adelante daremos nuestra opinión acerca de esta problemática.
 

 

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