Iguales Pero Sometidos
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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Iguales Pero Sometidos

Se debe subrayar, asimismo, la curiosidad que supone que un Tratado firmado por cuatro países quede sometido en sus decisiones relevantes a otro convenio que une a sólo dos de las partes signatarias: el Tratado de Integración, Cooperación y Desarrollo - aprobado por Argentina y Brasil en Buenos Aires el 29 de noviembre de 1988 y que entrara en vigor el 23 de agosto de 1989.

Es de recordar que Brasil venían desarrollando sorprendentes políticas económicas, de tal modo inconvenientes que se consideraba a Raúl Alfonsín[i] como ministro de Economía del gobierno de José Sarney[ii], según destacó una destacada personalidad política brasileña, refiriendo a los fracasos de los planes económicos que se instrumentaban en Brasil, pero, a decir verdad, después de probar su ineficiencia en Argentina.

Al respecto de ese extraño proceso integrador subregional expresa el embajador Gustavo Magariños, sin duda la personalidad que más conoce de estos temas en Uruguay: “En esa reunión (se refiere a la sostenida en Brasilia el 1 de agosto de 1990 por los ministros de Relaciones Exteriores y de Economía de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay) comenzó a gestarse la aplicación de un principio estricto de reciprocidad, como si se tratase de una integración entre iguales. De hecho, el Uruguay aceptó la prevalencia de esta regla que, por inequitativa, es heterodoxa en relación con los mecanismos de integración.”[iii]

Antes de la anterior observación, el autor recuerda algo que parece elemental pero que ha sido permanentemente ignorado: “por fuertes y naturales que sean los vínculos que le unen a los países de su entorno geográfico, la política regional de Uruguay debe tender a evitar la creación de situaciones de excesivas dependencia que lesionen la soberanía nacional y comprometen su capacidad de decisión en asuntos de fundamental interés. Por ello, la estrategia con respecto a la zona circundante debe insertarse adecuadamente en una política exterior global que no descuide otras opciones no necesariamente alternativas, sino mas bien complementarias”.

Comentando las posibilidades que puedan eventualmente surgir para la inversión extranjera en Uruguay, expresa Magariños luego de formular importantes críticas: “si bien la armonización de regímenes de inversión es básica para el establecimiento de condiciones equilibradas con respecto al ingreso de capitales externos, también es cierto que la igualdad de condiciones tiende a favorecer netamente a los países con mayor mercado propio y más diversificados. La historia del desarrollo industrial enseña que existe una tendencia a la concentración de inversiones en polos fabriles estratégicos. En el Cono Sur, San Pablo y Buenos Aires son los ejemplos tradicionales de este fenómeno. A ellos se han agregado otros de menor dimensión y los gobiernos han intentado  e intentan por otra parte suavizar desequilibrios entre sus regiones con incentivos de inversión que llegan hasta exoneraciones totales de obligaciones tributarias, como en el caso de las zonas francas industriales”.

¿Cómo es posible que no se haya tomado todo ello en cuenta? ¿No era mejor, en el caso de encontrar una insalvable incomprensión por parte de Collor y Menem, seguir un camino diferente al emprendido? ¿No es fuertemente ridículo que en nombre del crecimiento y “de más patria” nos aseguremos la vigencia de una política que nos mantenga relegados del desarrollo? ¿Qué digo? en franco subdesarrollo relativo.

¿Era imaginable que fuera fructífero un convenio de esa naturaleza, intensidad y características, con países cuyas historias recogen sinnúmero de inexplicables penalidades y sufrimientos que nunca se han traducido en lecciones para el futuro sino en constantes inestabilidades? Más Argentina que Brasil.

Las de éste último país eran el resultado natural y directo del forzado y excluyente sistema político montado por la dictadura que se inició en 1964. En Argentina es algo que parece consustancial a su propia condición, a las principales características de su transcurrir por la historia, en que la estabilidad se vivió sólo durante algunos años del período oligárquico, con la expresa exclusión del resto de los argentinos.

¿Es posible pensar seriamente que tenga éxito algo que se acuerde con países cuyos gobiernos han tenido las características que todos conocemos y su tranquilidad pública se ve permanentemente alterada por la inmadurez de la organización de su convivencia?

La pregunta se responde sola si profundizamos en las políticas y realidades que los caracterizan en los últimos casi cuarenta años.

¿Y que vivió Uruguay en ese lapso que permitiera la convergencia apoyada por toda, absolutamente toda la clase política del país, a instancia de su cúpula? No por cierto el manido concepto de integración latinoamericana, el que era alentado incluso por los sectores progresistas de los EE.UU., como el que lideraba el asesinado senador Robert Kennedy: La ALALC ha hecho avances, pero creo que ésta experiencia hasta la fecha ha servido para señalar que es necesario fortalecer los mecanismos de integración y acelerar el ritmo de ese proceso. Tengo la esperanza de que en la propuesta reunión de jefes del Estado de los países miembros de la Alianza, se llegue a alguna acción constructiva respecto a la integración económica, según se sugirió en la reciente Declaración de Bogotá[iv]. El presidente Johnson ya ha prometido el respaldo total de los Estados Unidos a la integración de América Latina, aunque como bien señalara tiene que ser fundamentalmente una decisión Latinoamericana”[v]

[i] Raúl Alfonsín, nacido en Chascomún, provincia de Buenos Aires, en 1926, miembro del sector renovador de la Unión Cívica Radical y de invocada posición socialdemócrata, ejerció la presidencia de la República Argentina entre 1983 y 1989. Debió dejar la Primer Magistratura tiempo antes de lo previsto constitucionalmente por el gran deterioro económico que vivía el país. Lo sucedió el peronista Carlos Saúl Menem. 

[ii] José Sarney nació en 1930 en el estado brasileño de Marañón. Perteneciente al ala dura del régimen dictatorial brasileño, acompañó la fórmula presidencial con Tancredo Neves, como transacción de grupos políticos demócratas con el sector militar. Muerto Neves poco antes de asumir el cargo, Sarney se desempeñó como presidente de la República en el período 1985-1990 durante una gestión caracterizada por la corrupción y una casi permanente crisis económica, en el pleno goce el país de sus libertades. Actualmente José Sarney apoya la candidatura de Luiz Inácio Lula Da Silva del Partido dos Trabalhadores. En 1996 José Sarney fue presidente del Senado, ocupando su escaño por el Estado de Amapá, que recibió dicha condición en 1988 y se encuentra habitada por poco más de 300 mil habitantes.  

[iii] Gustavo Magariños. Op. cit. 

[iv] La Declaración de Bogotá fue suscrita por Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela. Su origen se encuentra en la visita realizada a Chile en junio de 1966 por el entonces presidente electo colombiano, Carlos Lleras Restrepo, y los planteamientos realizados en dicha oportunidad por el presidente chileno, Eduardo Frei Montalva. De esos intercambios de ideas surgió la reunión de Bogotá, que se concreta a poco de asumir Lleras la Primera Magistratura de Colombia en agosto de 1966. En la denominada Declaración de Bogotá – firmada el 16 e agosto – se acuerda el relanzamiento del proceso integrador latinoamericano a través de la ALALC que ya por entonces había dejado de ser una gran esperanza para ser eficaz fuelle de frustraciones.  

[v] Entrevista a Robert F. Kennedy ya citada.

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