tratado de la Asunción
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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Una Visión Británica 

El compromiso asumido en la capital paraguaya llamado Tratado de Asunción, puede ser considerado, también, una infeliz corrección con aspecto de agravio a la declaración de independencia que establece la Convención Preliminar de Paz, en la que, sin ser tampoco consultado el pueblo oriental, se vieron obligados a firmar en Río de Janeiro los plenipotenciarios de Buenos Aires y Brasil, el 27 de agosto de 1828[i] - ante los embates de las tropas de Fructuoso Rivera en la gobernación de Misiones cuya invasión se produjo el 21 de abril de 1828 y las presiones británicas - contrariándose la voluntad inicial del gobernador porteño Manuel Dorrego y, obviamente, de Pedro I de Brasil (1798-1834) quien había jurado ante el Senado de su país no desprender la Provincia Cisplatina del Imperio[ii]. Fue en la Cámara de Diputados que se le señaló: “A paz, senhor, é, depois da Constitução, a primeira necessidade do Brasil”.[iii] Observación del parlamentario que acepta Pedro I por otras razones ya que sentía tanta repugnancia por los hombres ricos en ideas como por los económicamente pobres.

No fue sin consecuencias o en un contexto de tranquilidad para el Imperio que se independiza a la Provincia Cisplatina.

El emperador debió incluso sofocar luego una rebelión de sus tropas mercenarias, integradas fundamentalmente por alemanes e irlandeses, que tuvo su precipitante en el castigo impuesto a un soldado del 27 de Cazadores alemanes y originada en el atraso en los pagos de los sueldos. Los incidentes se produjeron entre el 10 y el 12 de setiembre de 1828 y fueron sofocados por la participación de los marinos de las flotas francesas e inglesas que se encontraban en el puerto de Río de Janeiro.

La retirada de tropas portuguesas había llevado a Pedro I a contratar soldados extranjeros que se integraron en dos batallones de Cazadores y en uno de Dragones. Estos regimientos tenían a su cargo la seguridad de Río de Janeiro, desde que las tropas brasileñas habían sido enviadas a sostener la guerra en el Uruguay y a defender la plaza de Montevideo. Entre ellas estaba incluido el Batallón del Emperador, un cuerpo de elite en el que revestía con el grado de capitán, Luis Alves de Lima e Silva, quien culminaría su carrera militar primero y política después con el único ducado otorgado por el imperio brasileño. Sería el duque de Caxías[iv].

Miremos un poco más esta cuestión de la fuerza con que contaba el Imperio por aquellos tiempos en que se declara nuestra independencia.

El 28 de cazadores alemanes participó en la batalla de Ituazaingó ocurrida cerca del río Santa María. Este cuerpo se levantó contra las autoridades en la Navidad del año 28 en la ciudad brasileña de Pelotas, donde se encontraba apostado, debido a que no recibía paga alguna desde hacía meses.

El Tesoro imperial atravesaba serias dificultades cuyo origen se encontraba en el retiro de los caudales públicos que realizó João VI cuando dejó Brasil[v], y en el costo de la reparación que hubo que pagarle a Lisboa por su independencia, declarada a partir del grito de Ipiranga del 7 de setiembre de 1822, empujada popularmente desde décadas antes, y reconocida por intermediación británica recién en 1825.

Esas dificultades del Erario debió suplirlas Brasil con un empréstito ingles cuyos dos tercios formaron parte de la remesa a Lisboa. 

Brasil se encontraba en una fuerte dependencia al poder británico – circunstancia tradicional en los miembros de la Casa de Bragança y en las que las precedieron. El Tratado de Comercio que lo ataba a Londres incluso obligó a Pedro I a prohibir el tráfico de esclavos. No fueron por cierto sus ideas políticas o los intereses de quienes lo rodeaban lo que obligó a la Corona a esa determinación.

Pero esa presencia británica no se limitaba a los asuntos ante la corte de Río. Desde allí se atendieron diversos planteamientos realizados por las autoridades porteñas. Y desde la legación británica escribía el representante Henry Chamberlain al irlandés ministro de Relaciones Exteriores británico, el vizconde de Castlereagh: “Desde la Declaración de la Independencia (de las Provincias Unidas) ha tenido lugar en el Congreso (de Tucumán) una discusión de naturaleza muy curiosa, que no puede contemplarse sino como una máscara para ocultar otros planes. ¡Es nada menos que la conveniencia de elegir un descendiente de uno de los Incas como Rey del Nuevo Estado! La persona que se supone tiene en vista el Congreso es un oficial del Ejército español ¡que actualmente se encuentra en España, si es que no está en Madrid mismo! “ Y meses después, en abril de 1817, agregaba el representante británico en Río a su ministro: “...hay razones para creer que hasta sería aceptable un príncipe español, siempre que el país fuera completamente independiente, y parece que el Infante Don Carlos Isidoro[vi] sería preferido a su hermano menor, Don Francisco de Paula, a quien Don Manoel Sarratea ha tratado de convertir en soberano del nuevo Estado Americano. Si el Gobierno de Su Majestad estuviera dispuesto a escuchar o apoyar cualquier proyecto de esta índole, podría contar con la ayuda de San Martín.[vii]”.[viii] 

Unos dos años y medio después de firmar la Convención Preliminar de Paz, debió abdicar a favor de su hijo, Pedro II (1825-1891), que era un niño de cinco años. Fue poco después del asesinato de un periodista opositor.

En realidad, Pedro I vio caer en sus manos la corona imperial, al quedar como regente cuando el retorno a Lisboa de su padre João VI y apoyarse, circunstancialmente y por mero oportunismo, en el partido de los brasileños. Toda su breve gestión - ocho años – ha sido calificada de autocrática[ix], molestándole incluso su necesidad de apoyarse en el grupo absolutista – la casi totalidad de las veces que lo hizo fue para obtener dinero. Imaginemos las dificultades de relacionamiento que mantenía con los llamados liberales.

Posteriormente a la “pérdida” de la Provincia Cisplatina, los “farrapos” declararán la independencia de Río Grande del Sur, pronunciándose por un régimen republicano de gobierno. En posición que, sin estar articulada, se reproduce en otros estados de la federación.

Buenos Aires, por su parte, se encontraba económicamente exhausta y el país vivía profundas divisiones que habían hecho esfumar el poder central a partir de la obligada renuncia de Bernardino González Rivadavia (1780-1845), en julio de 1827, a su cargo de jefe de Estado de las Provincias Unidas que no lograban coagular como tales.

No es normal el olvido de ese período de nuestra historia que nos habilitó formalmente a ser una república independiente, y que ignoró el Tratado de Asunción. En el entendido que esa declaratoria de Independencia que establece la Convención Preliminar de Paz, era también el reconocimiento que la preponderancia vecinal en nuestros intereses resultaba perjudicial. Por lo menos a nosotros. Y también para ellos. Es ésta última circunstancia la que intentan superar con esa política de irregular convergencia aduanera. El habernos dejado originalmente afuera no era una disposición encaminada a instrumentar nuestra desaparición. Ni siquiera la de incumplir lo que se había acordado con nosotros.

[i] Los plenipotenciarios brasileños fueron el marqués de Aracati José Clemente Pereira y Joaquím de Oliveira Alves. Los negociadores porteños, Manuel Balcarce y Tomás Guido. Éste último dijo entonces a su gobierno: "La libertad es la idolatría de los orientales". 

[ii] Fue el 24 de marzo de 1824 que se pronunció oficialmente el “Juro por los Santos Evangelios obedecer y ser fiel a la Constitución Política de la Nación Brasilera, a todas sus leyes y al Emperador constitucional, Defensor Perpetuo del Brasil, Pedro I”.

[iii] Historia Geral da Civilização Brasileira, bajo la dirección de Sergio Buarque de Holanda. II. O Brasil Monárquico. 1. O Processo de Emancipação. Difel. 1985. Río de Janeiro. 

[iv] Luis Alves de Lima e Silva nació en la capitanía de Río de Janeiro el 25 de agosto de 1803. Se estrenó en la lucha a favor de la Independencia de Brasil como teniente egresado de la escuela militar, en Bahía combatiendo a los movimientos pro lusitano de la región. Por ese entonces ya formaba parte del Batallón del Emperador, integrado por 800 soldados de elite. Posteriormente es designado en Montevideo, donde reviste con el grado de capitán, siendo ascendido aquí a mayor.

Su segunda hija, Ana Lorena, nacida en 1836, sería la vizcondesa del Uruguay, al casarse con Manoel Carneiro, quien ostentaba dicho título nobiliario.

Tanto su padre como sus tíos eran militares y personas de extrema influencia en el gobierno brasileño. Su progenitor fue el encargado de forzar en nombre del ejército la abdicación de Pedro I, concretada el 7 de abril de 1831 y formó parte del Consejo de Regencia que lo sustituyó, debido a la minoría de edad del heredero real. Uno de sus tíos, además, era el comandante del Batallón del Emperador. Otro tío militar fue ascendido a general por la República Farropilha.

Su trabajo como “pacificador” - y principal figura, en consecuencia, de la “anti-balcanización de Brasil para usar una incomprensible denominación muy cara para algunos - se inicia en 1837, en Marañón, contra el levantamiento conocido como “la Balaiada”, por ser uno de sus líderes Francisco dos Anjos Ferreira que se dedicaba a la confección de cestas de mimbre, llamadas “balaias”. Por su exitoso desempeño en esa oportunidad recibió Alves de Lima el título de barón de Caxías. En la ocasión tuvo el decidido apoyo del jefe de las fuerzas navales imperiales, el almirante Tamandaré.

No bien triunfó en Marañón, en 1842, es destinado a San Pablo, donde un alzamiento del partido liberal amenaza al emperador quien temía “el contagio republicano” de lo ocurrido en Río Grande y Santa Catarina. Rápidamente elimina el foco revolucionario y es enviado, con el mismo fin “pacificador” y en el mismo año de 1842, a Minas Gerais. A fines de 1842 es designado comandante general del ejército en operaciones en el sur. Dos años y medio después, los farrapos firman la paz del Ponche Verde, el 1 de marzo de 1845. Con dicho motivo es designado “Pacificador del Brasil”, mariscal de campo y conde de Caxías.

Nominado como organizador del Ejército del Sur ordena a la División al mando del general Marques de Souza avanzar al encuentro de los ejércitos aliados, el 4 de setiembre de 1851 con el fin de engrosar las fuerzas contra Rosas, participando del enfrentamiento final de Caseros, el 2 de febrero de 1852. Caxías viaja en la corbeta D. Alfonso hasta Buenos Aires y desde la que realiza un reconocimiento del puerto. Viaje que aprovecha para ver nuevamente a Montevideo donde había pasado años inolvidables de su vida.

El mismo día que dicta la orden de avanzar al Gral. Marques de Souza hace publicar como orden del día:: " Não tendes no Estado Oriental outros inimigos senão os soldados de Don Manoel Oribe,(...) e esses mesmo enquanto illudidos empunharem armas contra os interesses da sua Pátria: desarmados ou vencidos, são americanos, são vossos irmãos e como tais os deveis tratar. A verdadeira bravura do soldado é nobre, generosa e respeitadora dos princípios de humanidade ".

Luego de ser promovido a teniente general y marqués de Caxías, es designado ministro de Guerra en 1855 y presidente del Consejo de Gobierno por enfermedad de su titular, el marqués de Paraná. El mismo que en Montevideo articuló la alianza contra Rosas.

Ascendido a mariscal de Ejército en 1862, cuatro años después es designado comandante en jefe del Ejército – luego del desastre sufrido por las armas brasileñas en manos de las paraguayas en la batalla de Curupaití - participando como tal en la guerra del Paraguay, originada en la invasión y la agregada humillación – los saqueos de las poblaciones brasileñas vencidas - que fuera objeto el imperio por parte de las tropas de Solano López. Su capacidad militar quedó de manifiesto en la utilización de globos de observación del enemigo y en la construcción de la carretera Gran Chaco para atacar por los flancos a las tropas enemigas. Su labor en dicho conflicto la da por concluida cuando la toma de Asunción, el 5 de enero de 1869. En este año obtiene el título de duque de Caxías.

En 1875 es designado por tercera vez ministro de Guerra y presidente del Consejo de Ministros, habiendo sido antes, diputado por Marañón y presidente de esa provincia, dos veces senador y presidente de Río de Grande del Sur.

Falleció en Río de Janeiro, el 7 de mayo de 1880. El día de su nacimiento fue declarado, en 1923, como Día del Soldado brasileño y el viernes 13 de marzo de 1964 – fecha inolvidable por diversas razones para la democracia brasileña, que caería poco más de dos semanas después – es designado por el gobierno del presidente Joao Goulart como patrono laico del Ejército. 

[v] La noticia del retorno a Portugal de João VI provoca en Montevideo, a principios de mayo de 1821, una serie de disturbios.

[vi] En realidad, su nombre era Carlos María Isidro. Al ser desplazado de su posibilidad de heredar el trono español por la Pragmática de Fernando VII que derogó la ley sálica impuesta por los Borbones a poco de su instalación en España (en 1713) provocó la primera Guerra Carlista. 

[vii] Carta de agosto de 1816. Britain and the independence of Latin America, 1812-1830; select documents from the Foreign Office Archives. Edited by C. K. Webster. Instituto Ibero-Americano de Gran Bretaña. 1938. 

[viii] Si se deja de lado lo que admite ser denominada como historia oficial de José de San Martín aparece un hombre profundamente débil de salud, intensamente monárquico y anti federalista, incapaz de sostener una lealtad más allá de su ganancia económica. Su pasaje por el gobierno de Mendoza, los negocios con Bernardo O’Higgins, su conducta en conflictos cruciales (tanto en España como en América), su intervención en la vida política a través de golpes de Estado, se comprende fácilmente lo que el representante inglés le comenta a su ministro de Asuntos Exteriores. Ver: José Ignacio García Hamilton. Don José – La vida de San Martín. Sudamericana 2000. Hugo Chumbita. El Secreto de Yapeyú – El origen mestizo de San Martín. Emecé 2001.

Chumbita, sin embargo, advierte que San Martín probablemente se opuso a la maniobra que impidió a los diputados orientales estar presentes cuando la discusión constitucional, señalando como pista de dicha posición favorable a Artigas el que haya aquél nombrado capellán de sus granaderos al sacerdote oriental José Enríquez de la Peña, quien siendo párroco de Colonia acompañó a Artigas cuando éste se presentó a la Junta porteña y fue también capellán de los Blandengues a su cargo. 

[ix] Caio Prado Junior. Evolução Política do Brasil. Editora brasiliense. 18 edición.

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