El Alto y los conservadores
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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“El Alto” y los conservadores

Con respecto a las políticas a ser instrumentadas, sin referencias alguna a la democracia que se “profundizaría” supuestamente a partir del “Alto”, veamos lo que decía una de las publicaciones insignias de lo que se llamó el Contubernio[i], respecto al encuentro entre Viera y los representantes de la Banca, producida el día hábil posterior a la presentación de la nota presidencial enviada a la Convención Colorada. Expresa el diario El Siglo[ii]: Ayer se ha realizado un acto digno de la mayor resonancia en todo el País. Vale mucho como realidad presente y promete mucho más aún como síntoma que es, auspicioso, de trascendentes realidades futuras. Entre la representación de la Alta Banca y el Primer Magistrado, se cambiaron efusivas frases de gratitud e inteligencia. El acercamiento tan necesario entre los Poderes Públicos y la representación del capitalismo nacional, se ha iniciado en términos de concordia y armonía que no es aventurado suponer duraderas, ahora sobre todo que hay la prenda de las seguridades que el Presidente ratificó en su contestación a los plácemes de la representación bancaria.

Y no es que existiera un divorcio marcado entre esas dos respetables entidades; mucho menos, una desavenencia ostensible. La suma prudencia de la Alta Banca eludió siempre toda apariencia o revelación de agravio, por más que en diferentes ocasiones abundaran los motivos de su descontento. Las eludió, precisamente, por un natural escrúpulo de delicadeza, temerosa de que fuera interpretada como cautela de propios intereses la defensa que intentara hacer de los derechos e intereses de todos. Porque, en resumen, no es la Banca exclusivamente perjudicada por la tendenciosa doctrina de ciertos preceptos legales en vigor o en proyecto; es el peculio nacional entero, es el patrimonio de todos, es la riqueza general en sus múltiples aspectos, desde la cuantiosa fortuna al humilde ahorro, es el crédito nacional en fin, quien sufre cada vez que la Ley obedece a orientaciones equivocadas, o a seducciones, de muy generosa apariencia, pero nocivas en alto grado para la conservación y acrecentamiento del acervo nacional.

La formal promesa hecha por el Presidente de la República en su reciente manifiesto a la Convención Colorada, no podrá menos de hallar un eco simpático en todas las entidades y agrupaciones que a justo titulo solemos denominar “fuerzas vivas”. Para ellas, aquella promesa es una garantía oficial de que sin merecer ni protección, pero con prudente respeto al esfuerzo de los que bajo mil aspectos colaboran en la tarea de engrandecer económicamente al país, el Estado trocará insinuadas hostilidades por tratos cuerdos y discretos. Para el bien de todos, no se precisa otra cosa.

Ayer ratificó el doctor Viera aquella promesa suya. Y la ratificó sobriamente, en las contadas palabras con que la sinceridad suele expresarse. Más le valdrán ellas en la consideración y el afecto del país, que las más brillantes oraciones. Pocas son, pero aseguran mucho y prometen más aún.  

*** 

A la visita que oportunamente habíamos anunciado que harían en la tarde de ayer los gerentes de los Bancos al señor Presidente de la República, concurrieron el del Banco de Londres, Brasilero, Británico, Anglo- sudamericano, Francés Supervielle, Español del Río de la Plata, Comercial, Popular, Mercantil, Italo-belga, Alemán, Cobranzas, Credit Foncier, Caja Obrera, National City Bank of New York y de Préstamos. La entrevista se realizo en la Casa de Gobierno, poco después de las tres de la tarde, hablando a nombre de los presentes Mr. Edward Richard, gerente del Banco de Londres, quien lo hizo en los siguientes términos:

“Señor Presidente: el manifiesto de V.E. a la Convención del Partido Colorado ha producido la más favorable impresión en la esfera de los negocios. Los Bancos constituyen el censorium de toda la vida comercial, industrial y financiera del país. En ellos repercuten, antes que en ningún otro organismo, los efectos buenos o malos de las medidas buenas o equivocadas, adoptadas por el Gobierno. Siendo así, los gerentes de todas las instituciones bancarias del país, han creído que debían ser también los primeros en traerle a V.E. sus plácemes por la patriótica actitud que traducen en las manifestaciones vertidas en el documento político aludido. V.E. no tardará en recibir el aplauso de todo el país, como persista en la orientación tomada.”

El Presidente de la República contestó a sus visitantes en estas palabras:

“Agradezco los plácemes de la Banca; y cualquiera que fuera el resultado de las gestiones sobre política partidaria, les garantizo que sabré hacer honor a mi palabra en cuanto a las demás declaraciones hechas a la Convención Colorada”.

Nuestros informes nos permiten asegurar las declaraciones hechas por el doctor Viera han producido inmejorable efecto en la representación que ayer le visitó. 

La realidad, entonces, como se puede ver, es diferente en la actualidad... Ahora logró la Banca que todas las reservas económicas del país y el endeudamiento externo de sus habitantes - casi por el total de lo que la República produce anualmente - estuvieran destinados a satisfacer su exclusiva necesidad. Y ello, con el apoyo también de todo el arco de Partidos. Es una política de Estado, de consenso... Enmarcada en la ocasión, por la discusión del impuesto al valor agregado a las berenjenas y demás verduras, lo cual ocupó una extendida pero concentrada atención cupular ...[iii] 

Batlle advirtió, en síntesis, que ideas golpistas como las de Bachini – ante las cuales había dispuesto la reducción de integrantes de los regimientos y el aumento del número de estos[iv], para hacer más difícil la coordinación eficaz de un levantamiento militar – podían tener en Feliciano Viera un decisivo aliado.

El “Indio” le decían al jefe de Estado, cuya voluminosa barriga motivó que la mesa de trabajo oficial de la Presidencia, en torno a la cual se reunía con sus ministros y amigos, sufriera una incisión en su tabla, cuya hondura le permitió superar la distancia que, de la misma, le imponía, irrespetuosamente, su iracundo vientre. 

Cuando la polémica sostenida en El Día con el secretario general del Partido Socialista, Celestino Mibelli (en 1917)[v], Batlle señala su posición respecto a los fines del Ejército y aborda, asimismo, los límites de la denominada obediencia debida.

Expresa el jueves 14 de junio de 1917: “...aparte de que el ejército, compuesto de hombres, sólo está obligado a seguir a su jefe cuando este actúa dentro de la legalidad, el jefe del ejército es siempre, al mismo tiempo, el jefe del gobierno, de donde resulta que el ejército obedecerá siempre al gobierno, que es lo que ocurre, salvo casos excepcionales. Si el señor Mibelli nos dijese que él habla de los jefes inmediatos, que habla de los jefes militares, le haríamos notar que un país puede tener varios ejércitos con varios jefes, y que, entonces, la voluntad arbitraria de uno de esos jefes sería contrarrestada por la de los otros”.

Posibilidad, ésta última, de designar una multiplicidad de jefes para el ejército debido a la existencia de diversos regimientos, fue la instrumentada por Batlle.e.

Casi un mes después, el sábado 15 de julio destaca: “Hemos dicho que cada jefe y cada oficial sabe cuando está obligado a obedecer y cuando no, y que cada uno resuelve con libertad de criterio, aunque la responsabilidad sea grande, la conducta que debe observar en cada momento....” Y agrega: “... observa el señor Mibelli que entre militares, la voluntad superior es ley para el inferior, y que las órdenes se cumplen y no se las discute . Y nada de eso es exacto. La voluntad superior no es ley para el inferior sino cuando se produce dentro de las formas regulares; y, si se cumple las órdenes sin observación, es porque se conceptúa que no se dan sino con arreglo al deber militar; cuando es evidente que se falta a él, deben ser discutidas y desobedecidas, si no se puede apelar de ellas en otra forma.

Así, por ejemplo - añade -, las órdenes del Presidente de la República son siempre cumplidas, pero si este quisiera impedir, por ejemplo, a la Asamblea que designara su sucesor, o disolverla, tal orden no debería ser cumplida. Una actitud así, de un presidente, produciría un conflicto extraordinario; se habría descompuesto la pieza principal de la máquina; pero cada elemento del ejército discerniría perfectamente su deber, y, si podría verse obligado a someterse a la fuerza, o dejarse llevar por un cálculo de intereses personales, no podría creerse nunca en la obligación de acatar el atentado por sometimiento a la disciplina militar, que habría sido quebrantada por el más encumbrado jefe del ejército.”

Y esto fue escrito con la amenaza aun vigente. 

Batlle y Ordóñez, asimismo, pensaba que en el partido triunfaría sobre todos sus adversarios aún cuando estos se coaligaran. Y porque veían el panorama de manera análoga, se negaron los “maninistas” o “riveristas” a mantenerse dentro de aquél. Por su parte, Viera, desde el inicio de su escisión o como inicio, se negó a someterse a los dictados partidarios. .

Esta actitud del “Indio” es ilógico suponer que se sustentaba en una consideración favorable de la futura correlación de fuerzas partidarias. Como tampoco es razonable pensar que era dictada por motivos de principio desde que lo contrario constituía la idea que Batlle había sostenido desde siempre. Cuando él, Feliciano Viera, se incorpora al Batllismo y luego cuando es el jefe de la campaña electoral en la segunda elección de Batlle y Ordóñez, ese pensamiento organizativo ya había sido expuesto.

La preocupación de Batlle, en consecuencia, a nuestro juicio, radicaba en la posibilidad de un retorno del militarismo. La pérdida del núcleo duro de lo conquistado: la estabilidad institucional democrática[vi]. Un problema sin duda de mayor trascendencia que lo involucrado en el “Alto”[vii], incluso en la forzada interpretación que se hace del mismo: el inicio de la República Conservadora cuando en puridad si de comienzos se trata de hablar con referencias a dicha fecha mejor sería decir que es el de una República de Búsqueda de Consensos o, más preciso aún: el cruzamiento del juego cooperativo que pasa de realizarse dentro del partido a hacerse con fracciones coloradas no batllistas y el nacionalismo[viii]. El cual, en su desarrollo, fue mostrando que cuando tiene éxito nos convierte en un país pantano – de ahí que, en general, quien se mueve incentiva su propio hundimiento - y, cuando fracasa, nos conduce al golpe de estado o a la preeminencia – ya en democracia, ya en dictadura – de los grupos de interés más fuertes.

Claro que esa cruzamiento del juego cooperativo estaba destinado a excluir a la política de partido, aunque no necesariamente deba conducir a una parálisis gubernamental. Sucedía que ese “quietismo” era funcional al desmonte del modelo batllista y el modo de comenzar con el tiempo a construir un modelo alternativo, sobre el cual, en conjunto, nunca tuvieron ideas claras. Por ello que nunca fueron capaces de elaborar más que políticas que favorecieran, fundamentalmente, intereses de algunos grupos de presión, por definición ignorantes del interés general.

El instrumento – tal vez no deseado pero sin duda indeseable – de ese nuevo modelo, que permaneció prácticamente inalterado fue el de estimular la indiferencia ciudadana por la política y ahogar en los hechos la voluntad popular como acción gubernativa. No es casualidad que se rehuya cualquier tema referido a la concertación social en un país donde no existen partidos políticos como agregadores de intereses. Es mucho más grave, en consecuencia, lo que vino a suceder con el tiempo con la ansiada búsqueda de esos peculiares - por un exageración en la denominación – consensos, dada la demostrada tendencia a la cartelización de las élites. Se logra sí, el perfeccionamiento, en suma, del Uruguay "quietista” propugnado por Manini y sostenido por importantes núcleos políticos.

Son, además, precisamente esos colorados anti batllistas los que se resentirán luego o nacionalistas como Carlos Berro, el hijo de Bernardo P. Berro, cuando la campaña de Batlle que lleva a la concreción de las garantías del sufragio[ix], que sí profundizaron nuestra democracia. Y no lo que habitualmente se señala.

[i] Contubernio fue la denominación que le dio el Batllismo a las fuerzas conservadoras que se coaligaron contra el Batllismo y que se expresaron electoralmente el 30 de julio de 1916. 

[ii] El Siglo. Martes 15 de agosto de 1916. Síntomas Promisores. El Presidente y la Banca.

[iii] Esta surrealista y vehemente discusión de nuestros cúpulas políticas, ocurrida en medio del caos financiero, se produjo contra una actividad que fue siempre estimulada por el batllismo.  

[iv] Dichas medidas fueron calificadas como de pulverización del Ejército por parte de los sectores coaligados en el anti colegialismo. No solamente redujo el número de sus miembros sino que creó nuevos regimientos. De 7 existentes cuando el militarismo se llegaba ahora a 45, integrados con menor número de tropa. 

[v] Dicha polémica es reproducida también por Milton Vanger. ¿Reforma o Revolución? La polémica Batlle-Mibelli. 1917. Ediciones De La Banda Oriental 1989.

[vi] No compartimos, obviamente, las afirmaciones de José Pedro Barrán y Benjamín Nahum expuestas en el tomo 8 de su serie Batlle, los estancieros y el imperio británico. Banda oriental 1987. (Dicho sea de paso: es de subrayar el cambio de estilo y de profundidad de análisis entre el tomo anterior donde se empieza a abordar ésta cuestión y éste otro).

Por las aseveraciones formuladas allí, no sólo la democracia política se inicia en Uruguay el 30 de julio de 1916, sino que, además, también aquí parece confundirse a la representación proporcional con la democracia misma, ignorándose que la regla proporcional puede llegar a ser más “distorsionadora” de la voluntad del Cuerpo Electoral que el principio opuesto, el mayoritario. España es un ejemplo, como vimos. Y no por ello – ya lo expresamos - deja de ser democrático el régimen hispano.

En ningún momento de dicho trabajo vimos desarrollar la hipótesis sobre la que se apoya la supuesta observación: el porqué los gobiernos de Batlle debían ser considerados como dictaduras. Sin embargo se consigna: “El carácter ‘oficialsta’ del batllismo y por tanto defensor de un statu quo político impopular por autoritario, irrespetuoso del ciudadano como elector, manipulador del comicio y por ello de la voluntad general, como ya adelantáramos, jugó también un rol (¿?) en la derrota. Existen ciertos testimonios acerca del deseo generalizado de la ciudadanía por elecciones que reflejaran de una buena vez su decisión soberana...”

Se expresa pocas líneas más adelante: “Además, el rechazo del “jacobinismo”, para esa época un extremismo, era natural en esta sociedad de clases medias que comenzaba a ser el Uruguay”. Y se agrega:” ... la mentalidad colectiva (....) rehuía las “demasías”; y el reformismo en algunos planos había coqueteado con ellas”.

Convocan a la perplejidad en el trabajo de marras, si tomamos en cuenta lo afirmado anteriormente por los autores citados, afirmaciones que muestran una clara despreocupación por la coherencia: “Todos creyeron que la capital sería, por su tradición colorada desde la Guerra Grande, por la mayor gravitación del proletariado industrial, por el grado de contestación del statu quo de su medio cosmopolita”

Como asimismo, parece confundirse la publicidad de un producto con la calidad del mismo. En este sentido, la documentación que supuestamente respalda algunas afirmaciones no pasa de ser opinión publicada y no opinión pública y, menos aún, los argumentos de la gente corriente. Por ello no quedan claras las razones que llevaron a los colegialistas a votar por el Colegiado ..., la división entre batllistas radicales y moderados con respecto a la actitud frente al “Alto” de Viera, el referido cambio de actitud de El Día luego de la divulgación de la Nota presidencial, ni la apelación de Batlle a la reunificación colorada. O, en algún caso, el motivo invocado se presenta como necesariamente forzoso y contradictorio.

Un señalamiento análogo merecería el concepto de “cercanías” que piden prestado y que, por ello, deberían haberlo aclarado debidamente sin darlo como una verdad revelada, que no deja deja de mostrar su esencia: la de una visión aristócratica del país. Sería interesante una explicación de dicha vecindad en lo que hace al grupo de hacendados que visita a Viera dos semanas después de su Nota a la Convención (Heber, Gallinal, Bordaberry, Riet Correa, Muró) y los peones rurales (analfabetos la mayoría de ellos y pauperizados todos) o lo que representaba Adrián Troitiño.

Por otra parte, y dada la manifiesta inquietud por encontrar coincidencias entre la interpretación que los sectores conservadores dieron del resultado electoral y éste mismo, tal vez sería interesante ahondar la más sencilla de las posibilidades expuestas, fundada en que unos buscaron primero y lo sostuvieron después que la elección era un plebiscito sobre la obra del batllismo y la interpretación original de éste último: una decisión política sobre el cambio institucional propuesto. Surge entonces un pregunta: ¿Porqué cambió luego Batlle su punta de vista? Si es que ello ocurrió realmente. A mi modo de ver, no fue así.

Lo anterior va dicho sin perjuicio de anotar, también, a los efectos de lo incluido en dicho tomo, que una correlación no significa causalidad.

Asimismo, a propósito de lo que se señala - que podría calificarse, si nos atenemos a su hipótesis de trabajo, como un gran salto de oportunismo en el cambio de posición, desde que recién entonces se atribuye el mérito de lo democrático de la jornada y recurre a la invocación de los significados implícitos en la divisa colorada - luego de conocidos los guarismos electorales, traemos a colación lo publicado por El Día el domingo 30 de julio.

El editorial destacaba, con el título En el Gran Día: “Las líneas de batalla están tendidas. –Con la libertad y el voto se dirimirá hoy, en toda la República, el magno pleito de la reforma. –Las masas ciudadanas chocarán, al fin, en las urnas para disputar la victoria de su mejor derecho en una democrática querella sin sangre. –Nadie podrá considerarse desprovisto de garantías para votar. –La ley protege y respeta todas las voluntades en pugna. –Vencerá el que sea más fuerte, el que más sufragios aporte a determinada causa. –El Partido Colorado, desde el gobierno, ha dado a todos los ciudadanos la irreprochable seguridad de que no hay privilegios ante la igualdad soberana del derecho público. –Ha dictado la ley que ha de regir en la prueba cívica, con un alto concepto de su responsabilidad, inspirado en el propósito superior de poner a todos los partidos en aptitud, de ganarse con su prestigio el triunfo de sus ideas y de ser respetado en el ejercicio de sus derechos. –Con la inscripción obligatoria, la impresión digital y el voto secreto, ha hecho imposible el fraude, subrayando así la imbanderiza sinceridad de sus móviles y de sus principios y su decisión irreductible de que el electorado se pronuncie inequívocamente sobre las fundamentales cuestiones que han sido sometidas a su sanción patriótica.

Las pasiones sobrexitadas por el agravio ancestral y el despecho burocrático, desconocen hoy esa obra de alto aleccionamiento cívico y de insuperable lealtad política de un partido de gobierno que renuncia a todas las ventajas de sus recursos y de sus posiciones, legítimamente adquiridos, para armar al País, sin distinciones de banderías, con armas iguales, de idéntica eficacia, que le permita concurrir a los atrios, confiado y optimista, dispuesto a hacer prevalecer el derecho de los más sobre los menos, sean quienes fueren unos u otros.

Y ese rasgo de superioridad moral es tanto más digno de ser señalado cuanto mayores son las fuerzas que se conjuran para impedir el triunfo de los ideales de nuestro partido. –Su vitalidad democrática extraordinaria se pondrá a prueba hoy, una vez más, en condiciones de excepcional importancia. –Los adversarios, nacionalistas y no nacionalistas, se proponen de todos modos, con ahíncos febriles, ser más que nosotros en esta hora decisiva. –Aún dentro de nuestro partido, voces anárquicas y maniobras subterráneas, propenden a debilitarnos, a restarnos votos, a sugestionar y dividir para hacernos menos fuertes. –Contra todos ellos hay que estar al quite, contra todos ellos hay que prepararse, contra todos ellos hay que oponer la unidad de nuestra disciplina y la voluntad histórica de vencer. –Cuantos más sean los enemigos, más honroso y esforzado será nuestro triunfo. –Triunfo impersonal, inegoísta, amplio y patriótico, porque el Partido Colorado, hoy como ayer, y como siempre, se propone realizar una obra nacional, al poner todos sus grandes empeños en la reforma de la Constitución, para hacerla mejor, para adaptarla a normas más perfectas de democracia y de progreso, para ponerla a la altura de ideales más altos de libertad política, para impedir el despotismo, destruir el germen de todos los conflictos sangrientos con la supresión de las presidencias codiciadas como desiderato de todas las ambiciones en acecho y para erigir sobre las ruinas de las instituciones fracasadas en ochenta años de disputas guerreras y de agresiones y de reacciones deplorables, investida de todos los derechos de decisión y de control, la voluntad soberana del pueblo!

Es necesario que no solo los clubs y las corporaciones militantes de nuestro Partido, hagan oír su voz y sentir su esfuerzo en este gran día electoral para aumentar el numero de nuestros votos. –Es necesario que cada uno de nuestro correligionarios colegialistas, se convierta fuera de los clubs, en la calle, en el café, en su casa, en todas partes, en un factor personal propaganda, para que no haya engaños, remisos, indiferentes, apáticos que dejen de cumplir su deber. –Por medio del razonamiento, del convencimiento, del consejo intimo, se despejan dudas, se disipan mal entendidos, se sacuden perezas y se estimulan voluntades. -¡Muchos aprovechan la ignorancia y la apatía de los nuestros para pintarles las cosas de un modo contrario al interés del Partido, engañarlos! –Los arrepentidos y los sugestionados podrían, con su ausentismo o con sus votos, decidir la derrota de la causa y, con ella, el fracaso de ideales nobilísimos de regeneración democrática que todos los hombres libres deben auspiciar!

¡Que no quede hoy un colorado, capaz de sentir el amor a su vieja enseña vencedora, consecuente con la liberalidad de su tradición y con la modernidad de sus principios, sin contribuir con su sufragio a la obra generosa de hacer más perfecta y más libre la organización institucional de la República!

¡Hoy, como ayer y como siempre, donde flamea la bandera roja, símbolo de sacrificio y de epopeya, deben estar los ciudadanos que aspiren a la grandeza moral y material de la patria de todos!

¡El Partido Colorado reclama el voto de todos sus afiliados, en este día histórico del comicio constituyente, para afirmar sus derechos al gobierno, con la consagración de una nueva mayoría ciudadana y para realizar, en nombre de ella, en beneficio del país, los supremos postulados de una nueva democracia, más libre, más justa y más fuerte!” 

E insistía en otro artículo con el título A los Colorados y al País: Hoy se realizarán las elecciones de constituyentes

 El DIA exhorta a sus correligionarios, especialmente, y a todos los ciudadanos que aspiren al mejoramiento de nuestra vida constitucional, a concurrir a las urnas que hoy, 30 de Julio, se abrirán en todo el país al sufragio público, para votar las listas de candidatos que corresponden a las altas inspiraciones patrióticas que responden a las altas inspiraciones patrióticas de la reforma de la Constitución. Con el colegiado, el pueblo tendrá un gobierno inaccesible al despotismo, compuesto de varios ciudadanos que deliberarán antes de resolver. Con el Plebiscito, el pueblo podrá, en cualquier momento, intervenir en los actos del gobierno, haciendo prevalecer, sobre la de sus mandatarios, su voluntad soberana. –Con la autonomía Departamental, cada zona del país tendrá el libre gobierno de sus intereses, por medio de sus hombres y sus recursos, para crear su propia cultura y su propio progreso. Ese es el programa que el Partido Colorado defenderá en la próxima Constituyente y que convertirá en ley fundamental de la República, si la mayoría de los ciudadanos vota sus listas de candidatos en el comicio de hoy, que será la expresión inequívoca de la voluntad nacional.

Un deber patriótico obliga, pues, a votar por las listas del Partido Colorado, al amparo de la libertad, de la legalidad y del orden! ¡A votar!

Ese día, con el título A NUESTROS OBREROS se señalaba: “Reproducimos a continuación el manifiesto que un grupo de obreros uruguayos residentes en la Argentina dirige a nuestros obreros, y que ha sido dado a la publicidad en “Giornale d´Italia” y en el diario socialista “La Vanguardia” de la capital vecina:

“Compañeros: Vuestra causa es la nuestra, porque ella es la de todo el proletariado del mundo. Las conquistas que en el orden obrero se han logrado en el Uruguay nos satisfacen y enorgullecen.

Nuestro alejamiento de ese país no es motivo para que nos desentendamos de sus adelantos; de ahí, pues, nuestra incitación para que participéis prestando vuestra colaboración a toda obra social que tienda el mejoramiento moral y material de nuestra clase proletaria.

Observad que somos obreros y que a obreros nos dirigimos. Lejos de nuestro pensamiento el aconsejaros que toméis participación en las luchas políticas de los partidos tradicionales del Uruguay; pero si os incitamos a que con vuestros votos y propaganda apoyéis la reforma constitucional, obra del señor Batlle y Ordóñez.

Fundamos esta incitación en los siguientes hechos y futuras realidades:

1· Que la obra de Batlle en sus dos presidencias, ha sido de grandes beneficios para la causa obrera y reparadora de grandes injusticias sociales;

2· Que la acción de Batlle es hoy la fuerza política más liberal y avanzada del Uruguay, y la reforma de la constitucional del año 1830, a base de gobierno colegiado, la mejor obra a que puede aspirar una democracia;

3· Que, triunfante el colegiado, habréis contribuido a sepultar para siempre los personalismos y mandones; y sin dejar de ser pueblo, participéis con él en el gobierno de la República, desde el momento que tendréis directamente el derecho de aceptar o rechazar las leyes, según sean ellas beneficiosas o perjudiciales a vuestros intereses;

4· Que no debéis echar en olvido que, por la reforma, el Estado se liberaría de todo compromiso con la iglesia, pasando ésta de la situación privilegiada que goza actualmente a la que le corresponde, en justicia, entre las demás instituciones legales de la República.

Apoyad, pues, la reforma colegiada. Ella significa el gobierno del pueblo por el pueblo, y su institución os daría en el futuro la base fundamental para la realización de nuestra aspiración proletaria.” –Buenos Aires, 22 de Julio de 1916. 

Y en la sección Sobre Actualidad Política se divulgaba un “Reportaje al doctor Brum”. En el mismo se lee: “El doctor Baltasar Bruma ha hecho a un periodista argentino interesantes declaraciones respecto al momento electoral.

 En lo que se refiere a los casos de supuesto coacción denunciados por la prensa opositora ha dicho:

“¿Es creíble que un gobierno que toma todas esas medidas para asegurar el secreto del voto, y garantizar así la libertad del sufragio se preocupe de ejercer coacción sobre los ciudadanos? ¿No habría sido mucho más sencillo dejar las cosas como estaban y regir estas elecciones por leyes electorales comunes? Inmediatamente que se recibe una denuncia se toman todas las medidas necesarias para esclarecer los hechos. En estos momentos los partidos denuncian la prisión de un ciudadano, atribuyéndola a persecuciones políticas. Las causas que la originaron, son sin embargo, justificadas, pues, a ese señor se prendió y se le sometió a Juez por la comisión del delito de abigeato. Con frecuencia se trata de delitos comunes y los delincuentes, para atenuar la importancia de ellos, se dicen perseguidos políticos, pues de esa manera obtienen el amparo de las autoridades partidarias. El Poder Ejecutivo manda instruir, continuamente, sumarios de funcionarios policiales a quienes destituye o suspende. Todas esas resoluciones son publicadas, sin que hasta ahora hayan merecido censura”.

“El orden – continúa el doctor Brum - será guardado dentro de un criterio de absoluto respeto a todos los derechos. Todos los partidos gozan de perfecta libertad y es de suponer que los partidos y tendencias oposicionistas no pretendan echar mano de un procedimiento completamente desterrado de nuestras practicas democráticas. Pero en caso de que alguien, desconociendo esos principios, intentara turbar el orden, el Gobierno se encuentra en condiciones de reprimir, sereno y enérgicamente, cualquier atentado”.

Como el contubernio lanzara algunas acusaciones infundadas sobre la actitud de la política en lo que respecta a fijación de carteles de propaganda, el ministro del Interior ha puesto las cosas en claro en la siguiente forma:

“Eso no es más que una intriga política. Ninguna disposición legal prohibe que un cartel político sea cubierto con otro. De modo que nada tiene que ver con eso la policía. Por otra parte, esta misma noche al cruzar por la plaza Independencia, observé que los carteles colegialistas, que media hora antes habían sido colgados, fueron destruidos. Si los colegialistas cubren los carteles contrarios o los destruyen, igualaran con los de ellos los anticolegialista. Es la lucha de “affiches” que se produce en todo el mundo y en la que nada tiene que ver la policía, como ya lo he dicho”:

Las declaraciones del doctor Brum constituyen una réplica merecida a los cargos absurdos formulados por el contubernio.” 

[vii] Permítaseme ampliar la digresión con referencia a esto del “Alto de Viera” y la posición de Batlle respecto al mismo. Es realmente sorprendente cómo importantes, respetados y respetables, historiadores cuando hablan sobre el tema parecen desconocer la biografía de Batlle, siendo que algunos consideran el episodio hasta una “bisagra” de esos tiempos y a Batlle, por lo menos, un político. Pero esta última consideración no la toman en cuenta en momentos cruciales de su vida pública, y en la del país. Abordan sus posiciones políticas como si fuera un filósofo, un exclusivo pensador de esos temas o se dejara arrastrar por circunstancias de diversa índole. Batlle, en términos de Isaiah Berlin, era más un erizo que un zorro. No tenía una pluralidad de objetivos a alcanzar, ni buscaba tenerlos. Quería un “pequeño país modelo” y a ello dedicó su vida y sus esfuerzos en el ámbito de la política.

Batlle fue, principalmente, un hombre más de acción que de estudio. Lo que no quiere decir que no examinara cuidadosamente los escenarios políticos posibles y su actuación en ellos, sus probabilidades de éxito, las derivaciones que aquellos podrían conocer; y que no tuviera muy firmes ideas sobre las políticas que debían llevarse a cabo para construir el país modelo que ambicionaba y tenía muy claro el puerto que pretendía alcanzar. Era hombre de aprender de sus derrotas, de sus fracasos, de obstáculos que le resultaron insalvables. Pensaba que “siempre hay un camino bueno, para los hombres de buena y fuerte voluntad”. Esta actitud, ese modo de ser es una de las claves de la cuestión.

Su pensamiento político no fue nunca un mero recurso electoral como se puede deducir al considerar – como lo hacen algunos - que él también utilizaba la tradición como un instrumento de manipulación. Las referencias al gobierno de la Defensa de Montevideo, verbigracia, tenían un doble e importante sentido, y una plena vigencia (tanto que habían participado los padres o los abuelos de los actuales protagonistas). Por un lado lo que significaba la lucha contra el Oribismo que era lo prioritario. Por otro, lo planteado por la existencia de al menos dos Partidos Colorados. Y ambos constituían el núcleo del sistema político.

Nunca tuvo el sistema de partidos del país un formato bipartidista continuado. No obstante, se habla como si así hubiera ocurrido. En consecuencia, “no cierran” las interpretaciones y es necesario estirar hechos, elevando el nivel de generalización, que en ocasiones linda con consideraciones que lo asimilan a un dogmatismo que no se vivió, por duros que fueran los enfrentamientos.

Al no tomarse en cuenta esas consideraciones surgen errores como el calificar “extraños” algunos editoriales, creer que en 1916 comienza una república conservadora - más cerca de los hechos sería decir una inaugural república de posteriores tartamudas medianías - o que la historia del país es una sucesión de pactos. Y ello pese a que el “impulso” obedeció a una concepción de la política de partido.

Es imposible entender al Batllismo si no se baja el rango de generalización en que habitualmente lo sume parte de una “moderna” historiografía.

Incluso dentro del Batllismo es posible encontrar distintas corrientes cuya adscripción no obedece siempre a los mismos perfiles, ni a idénticos intereses o ideas. El problema aparece, sin embargo, cuando es el propio Batlle el involucrado. Y muchos de quienes interpretan los acontecimientos lo hacen en pos de coherencias que no eran buscadas, ni existían. Había, sí, un modelo de país a concretar.

Parecería que se intenta descubrir en la organización del Partido Colorado una suerte de “centralismo democrático” que al no encontrarse permitiría hablar de contradicciones en su seno. Y, en otras ocasiones, de un coherencia de actitudes que se la agravia con una acepción de la "influencia moral" que distaba del verticalismo existente en lo que luego serían los partidos autoritarios o totalitarios.

Incluso se ha pretendido emparentarla con la “influencia directriz” olvidando lo que ésta pretendía ser, instrumentada por la legislación electoral y vehiculizada por el afán reeleccionista de un hombre profundamente amoral como era Julio Herrera.

Aquél modo de ser, que en el pasado había llevado, verbigracia, al reencuentro de los hombres de la Defensa con Rivera era lo que estaba en el espíritu de Batlle aquella noche del domingo 30 de julio cuando conversa con su hijo César sobre los acontecimientos con la condición de hablar no sobre lo ocurrido sino respecto a lo que habría que hacer de cara al futuro.

Aprovechemos para afirmar que el Batllismo nunca fue una agrupación política hegemónica. Ni siquiera en sus momentos de mayor presencia electoral. La razón del aserto es sencilla: nunca fue mayoría absoluta en el país.

Es cierto que Batlle y el Batllismo mantuvieron diálogos y concretaron compromisos. Pero es menester distinguir entre acuerdos a los cuales llegan correligionarios, que no afectan lo esencial de lo que se estaba discutiendo – y si los afectaba luego se rectifican sometidos a los dictados de la mayoría partidaria, que era el Batllismo - a hacerlo con adversarios y sacrificar partes importantes del tema en cuestión (salvo la excepción del maninismo). En éste último sentido, se conocieron en período anteriores muy pocos. Y el abstencionismo nacionalista que se alternaba con las insurrecciones son una prueba. Milton I. Vanger señala al final de una de sus obras (El País Modelo – José Batlle y Ordóñez 1907-1915. Arca – ediciones de la banda oriental. 1991): Al morir Tajes en 1912, Batlle fue criticado por su anterior relación con él. Don Pepe respondió: ‘Para el señor Batlle la acción política es el esfuerzo constante que se realiza para pasar de un estado político a otro mejor. En cada momento, aun en el que parezca más desesperante, hay algo que hacer. Una veces será la abstención, otras la revolución, otras la adhesión a un régimen susceptible de evolucionar, otras el apoyo franco, decidido y entusiasta cuando se trata de gobiernos que encarnen la opinión y enarbolen la bandera de los intereses y aspiraciones nacionales (“El Gobierno de Tajes”, El Día, 25 de marzo 1912). Pero ya en noviembre de 1886, el lunes 22, en la primera época de El Día, escribió con el título Mis Ideas: Muchos de mis amigos y la mayor parte de los compañeros de redacción de EL DIA, creyeron cuando tuvieron lugar los sucesos del 4 de noviembre, que yo sería opositor al Ministerio creado con aquella fecha. Debo aclarar que estaban equivocados. Cuando D. Andrés Rivas se encargó de la cartera de Gobierno de la administración de Vidal en 1881, yo acepté su conducta, contra la opinión entonces predominante y tuve ocasión de manifestar públicamente mis ideas en una controversia que sostuve algún tiempo después con el Dr. Don Alberto Palomeque.

Cuando el General D. Luis E. Pérez tomó recientemente la misma cartera de Gobierno de la administración de Santos, yo respeté igualmente la pureza de su intención y solo permití que fuera atacado por EL DIA, después que ligó su nombre a una serie de actos, sobre cada uno de los cuales debería haber formulado inquebrantable protesta.

El conflicto entre Santos y la minoría de la Cámara situacionista me dio nueva ocasión de probar mi transigencia con las actitudes y los móviles honestos aun en los casos en que ellos aparecieron en el seno mismo del Santismo. EL DIA se puso entonces al servicio de la minoría disidente si ella se hubiera decidido por permanecer en el país.

¿Cómo podría yo, dados estos antecedentes hacer oposición al ministerio del 4 de noviembre?

No me era posible dudar de la bondad de sus intenciones, ni desconocer que se inauguraba bajo auspicios incomparablemente más ventajosas que los anteriores para obtener éxito.

Las condiciones expuestas por el Dr. Ramírez para recibir la cartera de Gobierno lo prestigiaban en aquellos momentos con la majestad de los ideales modernos de que se hacía sostenedor, y la transición o conciliación, como se ha dado en llamar después a aquel movimiento, no era en verdad y netamente hablando mas que una sumisión del santismo a las exigencias de la oposición. – El Dr. Ramírez penetraba en el interior del campo enemigo con la bandera de las aspiraciones populares desplegadas a todo viento.

Es cierto: Santos habló en sus notas con el aplomo que le es característico, de su honradez, de su patriotismo, etc. Pero no era cuestión de eso. La cuestión se planteaba más fácilmente. ¿Acepta usted o no acepta las condiciones que impongo? ¿Sí o no? – Eso era todo. Lo demás se vería después al amparo de las garantías individuales y a la luz de la absoluta libertad de imprenta. Yo vi en el Ministerio del 4 de noviembre un hecho desprovisto de toda legalidad, pero un hecho teniente al restablecimiento de las instituciones, y por consiguiente un hecho aceptable. ¿Había que suscitarle obstáculos a pretexto de que deben emplearse medios más radicales? No. Que cada cual vaya por su camino hacia su fin. Colocado en la Dirección de EL DIA, yo hubiera aplaudido la entereza moral y el afán patriótico con que se acometía la empresa, y habría esperado ansioso el resultado final, más predispuesto a separar obstáculos que a colocarlos... ¿Acaso las revoluciones no son también hechos ilegales?... ¿Acaso no se transa con las inmoralidades de los elementos componentes?

Pero el movimiento iniciado bajo tan halagadores auspicios no tardó en descarrilar de las vías de dignidad cívica y prudente reserva en que debía haberse conservado. Turbas extraviadas asediaron el famoso palacio de Máximo Santos, y, sin que el lujo que allí desborda e insulta entibiara el desatento entusiasmo que les dominaba, tributándole vítores y aplausos como jamás halagaron los oídos de los mejores gobernantes de esta República. Pensaban tal vez que con zalamería de este género se cambian los gobiernos, o sus intenciones, y no se recordaban que estos son medios de acción femeninos indignos de un pueblo que se respeta.

Quedó así establecido desde el primer instante un principio entristecedor y desdoroso, - el de que cualquier gobernante podrá en lo sucesivo jugar con nosotros, explotarnos con espacio de largos años y deshonrarnos en el exterior y en el interior de la República, seguro de que el día en que no quiera o no pueda ya continuar en el mando, le bastará hacer entrega del Poder a un núcleo de ciudadanos honestos para ser perdonado – ¡qué digo, perdonado! - para ser aclamado por el pueblo, aun cuando se reserve patriótica y honestamente el metálico producto de aquellos actos de que aparenta arrepentirse. Lo que tales aplausos influyeron sobre el corazón de Santos, y el aprecio que de ellos hizo, puede adivinarse por la naturaleza de las medidas gubernativas que puso en práctica al día siguiente de haberse recibido. En materia económica el presupuesto fue considerablemente aumentado con el derroche de más de mil nuevos grados militares, y la moral recibió nueva y grande ofensa con el agradecimiento a Carámbula, por acta, de los servicios prestados como Jefe Político de Colonia, y su ascensión a un empleo más general y elevado.

El nuevo ministerio compartió la responsabilidad de estos actos y fue raudo el golpe que recibió su prestigio y la confianza que en él se había depositado. – Yo no dudé de la generosa intención de los correligionarios que lo componían, pero vi que se erraba el verdadero camino, vi que se adoptaba una política de habilidades y contemplaciones, en vez de la política de altiva fuerza moral e intransigente imposición de nuestros ideales, en que las cartas del dr. Ramírez me había dado derecho a creer, y esperé con ansiedad que por un movimiento de fuerte reacción a lo que ya se había hecho, se recuperase el terreno perdido. Felizmente, para el país, los acontecimientos trajeron más de lo que se esperaba Santos, imposibilitado por sus dolencias para continuar en el gobierno, según él lo ha manifestado, o tal vez por grandes y desconocidas dificultades, nacidas en el seno del situacionismo, según yo lo supongo, abandonó inesperadamente el mando y fue sustituido el mismo día por el General Tajes, que constituyó inmediatamente el mismo ministerio.

La presencia de don Máximo Tajes en el gobierno, sin alterar radicalmente la situación dominante , es sin embargo, una base de esperanza más bien fundada que la que antes se había tenido de cambios políticos que encaminasen al país por la vía de las instituciones.

Yo he visto siempre en don Máximo Tajes, desde que Santos se hizo dar el título de Presidente de la república, por su Asamblea, un elemento de orden radicado dentro del santismo, una resistencia muy débil a sus excesos, pero resistencia al fin, y he pensado que por su carácter mas reposado y por su inteligencia más seria, es más adaptable a los hábitos republicanos, que su antecesor Máximo Santos.

Pueden hacérsele grandes inculpaciones, pero tiene también títulos adquiridos y en la posición que actualmente se encuentra, puede adquirir otro de incalculable importancia, para obtener su rehabilitación moral y merecer la confianza y el cariño duradero de sus conciudadanos.

Yo tengo, personalmente, buenos recuerdos de don Máximo Tajes. Cuando ocupe la redacción de LA RAZÓN por primera vez, en compañía de mi querido amigo el doctor Don Anacleto Dufort y Alvarez tuve el honor, como después lo he tenido siempre, de ser, juntamente con mi colega, objeto de las reconcentradas iras del santísimo. En aquellas épocas, diariamente, llegaban a nuestros oídos sordas amenazas, procedentes de altas esferas del Poder, y con estas amenazas el rumor de las resistencias de D. Máximo Tajes y el círculo que lo rodeaba a la perpetración de actos vandálicos de todo género.

El desastre del Quebracho, puso a Don Máximo Tajes en condiciones de captarse la simpatía de un número considerable de los elementos de oposición.- El fue quien inició y dio impulso al movimiento de generosidad para con los vencidos que se produjo en el ejército vencedor, y las consideraciones con que se trató a los prisioneros en Montevideo, no fueron más que la repercusión, la ineludible consecuencia de aquella iniciativa.

Don Máximo Tajes quiso real y no aparentemente evitar la efusión de sangre. El podía, en los últimos momentos de la acción, sin responsabilidades de ningún género, dar rienda suelta a sus caballerías para consumar la victoria. Es lo que la táctica ordena, es lo que se hace en la guerra. Fácil le hubiera sido después aspirar al título de magnánimo, devolviendo al seno de sus hogares la mitad, acaso, de los prisioneros que entonces hizo.

Pero no precedió así. No se dejó embriagar por el humo de la pólvora, ni el brillo de la victoria y su actitud fue siempre de severo respeto y sincera generosidad para con el vencido.

Esta sana voluntad en el cumplimiento de un gran deber, es lo que yo agradeceré siempre a D. Máximo Tajes en nombre de la mejor juventud de mi patria, que se libró en aquel día de un sacrificio seguro. Si ha cometido grandes faltas, la sangre ahorrada entonces puede hacerlas olvidar por completo, si se decide sobre todo a entrar, ahora que la ocasión es propicia, en un vía de reparaciones.

Yo tengo fé en las palabras de don Máximo Tajes y en los hombres de talento y honrada voluntad que lo acompañan en el Ministerio. Creo que con su gobierno puede iniciarse un período de reconstrucción legal y felicidad pública, y pienso que los elementos honestos deben prestarle su concurso, si actos ulteriores no dan motivos para suponer que tan bellas esperanzas carecen de fundamento.

En cuanto a mi personalidad, no pido ni quiero nada. Deseo conservar en la prensa la independencia y la autoridad de mi palabra, y cooperar desde el puesto que en ella ocupo a todo movimiento que tenga por objeto el restablecimiento de las instituciones, con tanta decisión y con tanto calor, como el que podría emplear para combatir miras y propósitos egoístas de predominio personal

JOSÉ BATLLE Y ORDÓÑEZ

[viii] Por otra parte, el hablar de una República Conservadora supone que esa alianza entre fracciones coloradas y el Nacionalismo surgida a partir de 1916 tenía un “punto de silla”. Es decir, para el caso, un valor estable que implicaría para cada integrante de la coalición que un movimiento suyo sería siempre peor para sus intereses que la solución involucrada en la cooperación. Lo que, como dijo el gitano del cuento: “Lo que no puede ser, no puede ser. Y además es imposible”. Simplemente porque cambian los “pagos” y los “costos” en el desarrollo del juego. Esto sin mencionar que se debería ir – a la corta o a la larga - a la formación de otro partido, lo que supondría a su vez una nueva política de partido, que era lo que se combatía por una de las partes de la necesariamente accidental coalición. Agregándose así nuevos “costos” para las fracciones minoritarias originalmente coloradas: por ejemplo, la pérdida de la tradición política.

Ya en nuestro tiempo, una variante de ese juego fue la aparición del Frente Amplio. Es posible expresar al respecto desde ya, que, de retornar el Partido Colorado a su tradición y a su programa batllista – desplazando, se entiende, a su actual cúpula de la cual se podría decir luego del retorno de la democracia, como señaló Talleyrand del retorno al poder de los Borbones franceses: No olvidaron nada, ni aprendieron nada – se le sumaría negativamente ese hecho a sus propios problemas de identidad partidaria.  

[ix] Dichas garantías se manifestarán posteriormente en tres leyes: 1) La de Registro Cívico Permanente, de 9 de enero de 1924; 2) La de Elecciones de 16 de marzo de 1925; 3) La Complementaria de la de Elecciones de 22 de octubre de 1925.

Se ha sostenido, con justificada razón, al respecto que “sin mengua del extraordinario mérito de los legisladores de ambos partidos históricos que cumplieron tan brillante labor, corresponde reconocer que el emprendimiento respondió al impulso de don José Batlle y Ordóñez, que desde 1921 sostenía una campaña sin tregua, de las muchas que caracterizaron su acción, utilizando la tribuna periodística como modo de llevar la idea a la masa ciudadana.”

Escribe Batlle y Ordóñez: “El remedio esta ahí claro, sencillo y no se puede rechazar sin deshonor. Hagamos una ley que satisfaga a todos, una ley justa. Nosotros estamos dispuestos a colocarnos en ese terreno. Imposibilítese ese fraude de que se nos acusa con tanta injusticia y de que nosotros acusamos al Oribismo.

De lo contrario podría pronunciarse una vez mas el juicio de Salomón: el fraude será hijo de quien se oponga a que sea despedazado, y de quien lo haya engendrado y lo mantenga será la responsabilidad de cuanto ocurra. La justicia de las leyes es el pacto cordial de todos los habitantes de una república. Dictemos leyes justas y sometámonos todos, honradamente a ellas, aunque su aplicación pueda causarnos dolor". (El Día 21 de diciembre de 1922).

Sin embargo, desde diversos sectores y por varias personalidades políticas se rechaza la iniciativa.

Por tal motivo, el 31 de mayo de 1923 la Convención Batllista resolvió ir a la abstención electoral en caso de no aprobarse las garantías reclamadas:

“!º. Apruébase las condiciones que la Comisión Especial (la que se había formado en su seno y que integraban, entre otros, Batlle, Sosa y Schinca ) indica como indispensables para que nuestro Partido concurra a las urnas.

2º. Para el caso de que el Poder Legislativo no sancione leyes electorales que contemplen las condiciones determinadas por la Comisión Especial, la Convención Nacional del Partido decreta, desde ya, en uso de la facultad que le acuerda el número 3 de artículo 39 de la Carta Orgánica, la abstención electoral del Partido.”

Y tanto en El Día como en El Día de la Tarde se desata una importante campaña periodística en defensa de dichas garantías electorales.

Unos seis meses después, la denominada Comisión de los Veintincinco eleva el texto definitivo al Plenario. “Jamás – dice el informe que ésta preparó - se han reunido en nuestro país hombres públicos de todas las agrupaciones políticas para tratar asuntos tan fundamentales y de tal interés partidario, que vieran presididas sus deliberaciones por un propósito más noble y reiterado de acuerdo, en una misma invariable dirección: la absoluta supresión de toda posibilidad de fraude electoral.

Si bien el proyecto fue finalmente aprobado por Diputados el 22 de diciembre de 1923 y lo propio hizo la Cámara Alta el 9 de enero de 1924, el senador colorado y anti batllista Ramón P. Díaz expresó: “Pero yo tengo, además, una razón fundamental para negarle mi voto a este proyecto y es la de que la ley que estudiamos es una ley impuesta por el grupo batllista por medio de la coacción: y yo como legislador, no votaré jamás una ley arrancada por tales medios al Cuerpo Legislativo”.

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