crisis julio de 1913 en Uruguay
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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BREVE PERO INTENSA

Fue intensa la crisis desatada en julio de 1913. Pero fue breve merced a la firmeza y rapidez de las reacciones del gobierno impulsando incluso el aumento de la inversión pública, que luego debió truncarse ante el inicio real de la Gran Guerra.

Don Pepe no cejaba en sus propósitos, y su pasión reformista seguía tan enhiesta como en sus jóvenes años[i]. Nunca se le ocurrió que debían ser socializadas las pérdidas ocasionadas por la especulación, la banca usurera, el gran capital. Sostenía exactamente lo opuesto: Un representante nacionalista proclamó, en la ultima sesión en que la Cámara se ocupó del proyecto de contribución inmobiliaria para la capital, el pensamiento de la minoría en materia económica. –Hay que dejar las cosas como están; no hay que reformar nada; hay que dejar a los pobladores rurales entregados a las más primitivas infecundas despreocupaciones del interés nacional; hay que conservar la integridad del latifundio despoblado improductivo; no se puede suprimir la estancia de corte tradicional porque el país es ganadero, los ganados necesitan espacio para pastar y recrearse y no hay nada que pueda sustituir la delicia de ese estado de cosas; nuestra tierra es inapropiada para el cultivo, para la agricultura, para las plantaciones, a diferencia de la tierra argentina, feraz y rica en producción; la ganadería progresa y eso basta; no hay otro problema por resolver: cerremos las escuelas, el Instituto de Agronomía, las estaciones agronómicas, las oficinas de defensa agrícola, todo lo que puede representar un estimulo al estudio, al profesionalismo técnico aplicado a los medios de producción rural; no castiguemos con una distribución equitativa del impuesto a los que se cruzan de brazos esperando que la valorización automática les redondee fortunas caídas del cielo! –Disminuyamos los derechos aduaneros y los impuestos a los consumos – y dejemos de lado, por modernistas, el tributo al valor territorial que crea el esfuerzo común, no el esfuerzo de los propietarios, y habremos realizado el ideal de las finanzas con gran satisfacción de los latifundios, que se horripilan de las nuevas orientaciones económicas liberadoras y justicieras!

He ahí el programa nacionalista. – La subdivisión de la propiedad viene sola; las fuentes de producción se ahondan y ensanchan en virtud de la propia iniciativa de los estancieros. –Esto se dice en el momento mismo en que el gobierno tiene que iniciar trabajos empeñosos para que el ganado criollo tenga mercados de consumo, porque el saladero se va y el frigorífico no faena sino animales de mestización y engorde. –No hay que estimular el cultivo, que vendrá cuando el estanciero lo necesite. –Sin embargo, dentro del criterio nacionalista, nunca lo necesitará porque dentro del latifundio los pastos naturales dan abasto para el entretenimiento de vacas y ovejas. –No se quiere entender que si nuestra primera industria, nuestra primera riqueza es la ganadería, esto no quiere decir que esa industria y esa riqueza necesiten las grandes extensiones baldías de campo para prosperar a la ventura de los elementos naturales. –Pero es necesario hacerles entender, a estos apóstoles del anacronismo o del “statu quo” , que la prosperidad de la industria ganadera está ligada al fomento de la industria agrícola y que ambas forman el verdadero desideratum de la riqueza agro-pecuaria! –No debemos renunciar a la ganadería; pero debemos transformarla en una industria intensiva, no en el simple pastoreo de animales lanzados a las eventualidades del tiempo, de la lluvia excesiva, de la sequía, de la degeneración o del empobrecimiento de las razas. –

Hoy no hay, ni puede haber, en países de cultura industrial, estados de producción exclusivamente ganaderos.- En todas partes se tiende a la refinación de la ganadería, para hacer más intensiva y remuneradora su producción; y como consecuencia, a la agricultura, al cultivo, como condición necesaria del mejoramiento de aquella y como complemento inapreciable de riqueza. Por lo demás: la ganadería, como se entiende generalmente entre nosotros, a base de universal cría de vacunos u ovinos para abastecer los mataderos, los saladeros o los frigoríficos, es una industria incompleta, acaso propiamente no es una industria, sino un simple negocio. –La verdadera industria ganadera se integra con una serie de derivaciones remuneradoras e intensivas, como la lechería, la cremería, etc., etc., - no se ha explotado en el País; y no se ha explotado porque el latifundio prevalece, el latifundio tolerado, en forma infecunda, por el Estado, que debe no obligar, que debe no estimular su desarrollo por el impuesto a la tierra. –Castigando el latifundio improductivo, sin forrajes, sin árboles, sin labranza y sin organización industrial –capaz de atraer brazos y de producir múltiples renglones de riqueza – podrá conservarse, si se le saca provecho en beneficio del locatario o del propietario y del País en general, para afrontar sin sacrificio el tributo; pero no podrá conservarse despoblado e improductivo, con unos cuantos animales sueltos; y entonces tendrá que pasar a otras manos más expertas o subdividirse para la colonización a base de industrias agropecuarias.

He ahí porqué los hombres dirigentes de la actualidad, en esto como en todas las cosas, parten de puntos de vista contradictorios con los que enfocan los nacionalistas, retardatarios e involutivos por temperamento y por atavismo. – He ahí por qué el Estado, bajo la dirección de esos hombres, interviene para crear la educación industrial de la campaña, que hoy se menosprecia; para difundir los conocimientos útiles de previsión y de tratamiento de las enfermedades de las plantas y de los animales; para regular por el impuesto, la utilización o la desaparición del latifundio que excluye el trabajo y aleja la probabilidad de nuestro crecimiento poblador; para alentar por todos los medios el perfeccionamiento y el ensanche de la producción rural; para fomentar la formación de las chacras dentro de las estancias; para abrir nuevos horizontes, en una palabra, a la actividad, a la cultura y al bienestar de los habitantes de la campaña. –Y es un error, que implica un desconocimiento inverosímil de nuestro medio, afirmar con toda soltura que en nuestro país no hay cultivos porque la tierra no se presta para ello! –Las tres cuartas partes del territorio de la República es apta para la agricultura, en una forma o en otra. –En medio de nuestras serranías más agrestes, si se planta maíz, o trigo, o alfalfa, se desarrolla regularmente. – No se planta porque el espíritu criollo es reacio a la chacra, aún destinada al propio consumo doméstico. –Recorriendo la campaña, uno se apercibe inmediatamente de la diferencia de aptitudes y vocaciones, entre los extranjeros y los nacionales. –El rancho de un criollo está generalmente solitario, sin árboles, apenas con uno u otro ombú para sombra al costado, sin huerta y sin nada. – El rancho de un extranjero se distingue por la arboleda que la circunda y por la huerta inmediata. –En las estancias ordinariamente, a veces de hombres muy adinerados, no hay legumbres para el consumo; cuando las quieren las compran a algún puestero diligente o a algún vecino más previsor. –Se vive a carne y dulce de membrillo; pero no se plantan membrillos para el dulce, ni forrajes para los animales, ni lechugas o papas para la familia! –Esa es la verdad. - No porque la tierra no dé si se cultiva. No da porque no se cultiva! – Y hay que hacerla cultivar, hay que hacerla producir, hay que completar con su producción el rendimiento de la ganadería y de sus industrias derivadas.

Este es el programa de los hombres dirigentes de la actualidad frente al programa anacrónico, de dejar hacer, mejor dicho, de no hacer nada, de los nacionalistas, que tienen aún valor para decir que vamos barranca abajo cuando hemos hecho avanzar a la República en diez años mucho más que cincuenta años anteriores, merced en gran parte de las iniciativas y estímulos de los Poderes Públicos! [ii].  

En resumen, la actitud de las clases conservadores era clarísima: Se oponían a la intervención del Estado en la regulación de la vida económica del país, rechazaban el papel moneda, no aprobaban el fomento de la industria nacional, odiaban a las empresas públicas propiedad del Estado.

Todo lo cual no impidió, como vimos, que los opositores al Batllismo le plantearon que podían ser usados como billetes las constancias de las facturas de la producción lanera del año anterior. Se pedía que ese documento, emitido por las barracas de lana, pudiera circular, tener capacidad cancelatoria. Desde luego que Batlle se opuso a tan argentina iniciativa.

Poco después Batlle insiste en el tema de las tierras fiscales ocupadas por diversos estancieros, que no habían pago nada al Estado – que era su propietario - por su tenencia y se negaban a cualquier modificación de su prácticamente desgravada explotación[iii]. 

La Primera Guerra Mundial provocó una nueva crisis económica, escasez de productos importados, con el encarecimiento del costo consiguiente[iv] y la caída de ingresos fiscales, adoptándose diversas medidas para paliar la adversa situación. Y se encuentran nuevas fuentes de financiamiento de las obras públicas; que las pagaran quienes se beneficiaban directamente de ellas. Se organizan asimismo, como dijimos, ferias de productores para que el público acceda directamente a los productos, se estimula a los empresarios nacionales y la diversificación de la producción.

Batlle sostenía, ya en 1913, que la crisis había sido provocada debido al envío precisamente del oro acumulado en el país por las empresas extranjeras, en virtud de sus enormes márgenes de rentabilidad, intentando vaciar asimismo de reservas al Banco República, para remitirlas al exterior.

Las discusiones, en suma, no eran muy distintas a las actuales. La diferencia reside en muchas de las soluciones implementadas.

Cierto es que, además de lo señalado por don Pepe, incidió en la denominada crisis del oro (la de 1913 y como destacó, entre otros, Morató), una circular del Banco República por la cual se suspenden los créditos otorgados y se solicita a los deudores que puedan adelantar sus pagos, que así procedan.

Esta situación - que contribuyó a generar una fuerte corrida bancaria en la que incluso debió intervenir la policía y llevó al Banco República a exponer lingotes del precioso metal en sus mostradores para mostrar su solvencia - fue defendida por Batlle quien señaló que, de no haber procedido así el Banco oficial éste se habría encontrado fuera de la legalidad desde que sus estatutos reclamaban un mínimo de reservas.

Una vez declarada la Guerra en Europa, Batlle y su gabinete aprueban la primera medida de seguridad fundada en una emergencia económica, cerrándose los Bancos por una semana, mientras se preparaban otras resoluciones. Entre ellas, la inconversión del papel moneda. Era el domingo 2 de agosto de 1914.

Poco después se aprueba por el Parlamento la emisión de Vales del Tesoro y, ante la previsible retracción del capital local frente a dichos papeles dados los enfrentamientos políticos internos que habían ocurrido, se autoriza a que, por intermedio del Banco de la República, la Caja de Jubilaciones y Pensiones Civiles, la Caja Escolar de Jubilaciones y Pensiones y la Caja de Pensiones Militares adquieran Vales del Tesoro.

Poco después, el fortalecimiento del peso uruguayo, aprovechando la dificultad en el comercio importador debido a la Gran Guerra, permite la participación pública en las ganancias obtenidas por las exportaciones.

Pero los servicios de la deuda pública debían ser también reestructurados. Y así se procedió, marcándose como rumbo – vestido hoy día como idea nueva - el atender solo los intereses del capital adeudado hasta tiempos mejores, con el acuerdo de los tenedores londinense de nuestros papeles. Sucedió a finales de noviembre de 1914.

Mientras tanto, lo que hoy se llaman “ollas populares” fueron organizadas por el gobierno en las comisarías, con el fin de atender a los necesitados. No existía otra institución pública capaz de tender, en lo inmediato, una red asistencial eficiente y rápida en ese sentido. 

Es de tener presente que, cuando se le plantea al país ésta adversa situación económica, el escenario político se encontraba enrarecido por la crisis generada por Pedro Manini Ríos (1879-1958) y los senadores que lo acompañaron en su posición anti colegialista[v].

[i] Contra la vida y la obra de José Batlle y Ordóñez, la de sus colaboradores y su partido, el trabajo que ejerció más influencia entre diversos historiadores de un curioso oficialismo opositor hacia académico, ha sido el de Carlos Real de Azúa (1916-1977).

 Una neblina nominalista, que actúa como veladura del cuadro general que nos presenta; una acepción peculiar de algunos términos empleados; un análisis “a bultos” de lo que denomina el período batllista, constituyen la frágil e irregular fachada del ensayo en que, de alguna manera, se apoya la “nueva historiografía” - alguno de cuyos miembros creen encontrarse, sin explicitarlo, cerca del antibatllismo colorado - y que publicó Carlos Real de Azúa a inicios de la década de los sesenta (El impulso y su freno. Banda oriental. 1964).

Sería un error considerar la posición de Real de Azúa, o más aún el presupuesto ideológico desde el cual juzga el acontecer de entonces, como anti batllista. Y esto lo afirmamos, no porque pensemos que sostenga ideas análogas al Batllismo, todo lo contrario. Son radicalmente opuestas las que él expone. Pero no es anti batllista por una razón muy sencilla: no comprendió lo que el Batllismo sustancialmente significaba.

Si lo fue el riverismo, porque Manini entendía de qué se trataba. Por eso Real de Azúa jamás incursionó en la condición de colorado pese a haber recorrido un largo espectro partidario.

El riverismo, por lo mismo, podía transar con el Batllismo. Votar junto a él. Solamente alcanzan acuerdos las partes que comprenden lo que convienen.

Real de Azúa coincide o intenta vanamente darle la razón en temas que él entendía como importantes pero que no formaban parte de la sustancia batllista. Sin percibir que esto era así.

Antes que nada es menester subrayar el contraste entre la posición de éste ensayista que enfrenta o relativiza inmoderadamente al Batllismo – lo hizo siempre desde desparejas y muy diversas tiendas siempre adversas a esa colectividad política -, y quienes hoy dicen acompañar o aceptar, sin explícitas reservas, y embistiendo fuertemente cuando no destruyendo la obra de Batlle y Ordóñez, sus colaboradores y su colectividad de entonces, también desde una sorprendente gama de posiciones

Preferimos - sin titubeo alguno - la actitud intelectualmente honesta aunque desacertada de Real de Azúa, que la inepta y patética de los segundos.

Se impone, empero, una pregunta: ¿porqué grandes troncos del arco de partidos políticos parecen, sin embargo, afiliados hoy día al reconocimiento de lo realizado por Batlle y Ordóñez? Tal vez suceda por un desarrollado gusto de lo socialmente aceptado, por ignorancia histórica o por oportunismo político. Lo más probable es que lo sea por una perversa combinación de esos factores.

No es de descartar que de ese modo quieran evitar (en todos ellos debe subyacer la esperanza) que aquellas ideas - las cuales nunca obtuvieron mayoría absoluta en el país y que fueron combatidas hasta por las armas por algunos de quienes no las compartían – tengan la posibilidad de un retorno.

Si siguiésemos el pensamiento – y en algunos aspectos el léxico y el empleo de una análoga selección de hilos, no todos conductores al fin principal, por cierto - de Carlos Real de Azúa nos sentiríamos tentados a explicar su posición por las pre condiciones existentes cuando la formuló y el impulso que lo guió, es decir, no por una reflexión concertada y sistemática, sino fluyente – más allá de naturales meandros – por canalizadas rías de un no batllismo de múltiples pero infértiles por fútiles raíces, del siempre variadamente arbolado camuflaje conservador.

Desde ese punto de vista, podríamos calificar el conjunto de ideas políticas que sostiene el autor como anarco-aristocrático, colonizado por una cierta nostalgia autoritaria que no pasa, ni quiere pasar desapercibida, en ocasiones camuflada de declarada incomprensión de lo realizado como sucede en el capítulo IV de su trabajo, tan rico en vacíos llenos de burbujas condescendientes y forzadas perplejidades.

Real de Azúa se plantea, nos plantea, un análisis de un período crucial para nuestra historia cuya fecha de inicio cumple éste mes el centenario: 1 de marzo de 1903.

Desde el título mismo de su trabajo (El impulso y su freno) Real de Azúa sostiene una fuerte – aunque no siempre de un manera clara - agresión al pensamiento y la acción de José Batlle y Ordóñez y de su colectividad política (quienes luego usufructúan su nombre es otro tema del cual aquí no nos ocuparemos), a la historia del país y se mantiene fiel a esa intención puesta de manifiesto en la tapa de su libro, en el transcurso de casi toda su obra.

Las objeciones a realizar son de distinta índole. Ellas van desde lo metodológico – su marco teórico es indescifrable -, lo histórico – en el que los hechos del pasado a los que se recurre como presupuestos de sus afirmaciones desconocen la realidad invocada –, pasando por observaciones politológicas (por ejemplo el alcance sistémico de la representación proporcional o el significado que le impone Real de Azúa a la política de partido, que él asimila a una suerte de exclusivismo no democrático) hasta el uso de términos de imposible adecuación a la idea que viene sosteniendo, como es el caso, entre otros, de balcanización y país de cercanías (más rica y además sensata sobre las clases sociales y sus relaciones es lo señalado por Batlle unos cincuenta años antes).

Miremos más de cerca uno de esos conceptos: el de “balcanización” de América latina. Nos hemos ocupado más arriba de la situación de los propios Balcanes.

De la circunstancia vivida entonces en la Península Ibérica surge la fuerte inadecuación del término a lo ocurrido en América.

Tengamos en cuenta que si España no tenía posibilidades de disfrutar de una estabilidad interna, ¿qué condiciones organizativas podría imponer en nuestros países a principios del siglo XIX, más allá de los involuntarios dictados de una herencia genética político-cultural?

¿O trata de referir no a las independencias sino a la creación del virreinto de Lima o finalmente el del Río de la Plata que Buenos Aires pretendió convertir en suyo? ¿La del virreinato de Nueva Granada, tal vez?

¿Acaso piensa en una temprana y señera lucidez del último de los austrias, Carlos “El Hechizado”. ¿O es a la labor del borbón Carlos III que “afrancesa” la administración (de algún modo es menester designarla) colonial española, a lo que se quiere hacer referencia?

Es de recordar, por ejemplo, que localismos que llevan a los tropezones hasta la independencia de algunas repúblicas y que nacen en la desarticulación de la Gran Colombia, se inician en Valencia (Venezuela) con el episodio conocido como “La Cosiata” (llamada así por lo confuso de los sucesos ocurridos el 27 de abril de 1826, originados en la separación del general José Antonio Páez <1790-1873> de la Comandancia General del Departamento de Venezuela). ¿Qué tuvieron que ver las potencias europeas - las políticas que implementaron éstas - o los propios EE.UU en lo que luego se le aplicaría el mote de “balcanización”, cuando esos hechos ocurridos en Venezuela es un tema que no vemos ni siquiera referido en El Impulso y su Freno. Como tampoco leímos a quién corresponde la culpa de la “balcanización” de Bolivia, instrumentada por el héroe que fue Sucre – el preferido de Bolívar y el más justo y liberal de quienes ejercieron el gobierno efectivo en aquellos años -, al concretar la separación del “Alto Perú”. O un comentario referido al ofrecimiento que hace de Ecuador a Fernando VII el eventual asesino del mariscal de Ayacucho.

Ni siquiera hemos visto una razón respecto a porqué no se “balcaniza” Brasil, correa de trasmisión de intereses británicos en la región. Ni, en consecuencia, las descalificaciones que corresponderían – de acuerdo a la hipótesis - a los diversos movimientos separatistas que se produjeron en el Imperio, que para sorpresa de sus protagonistas habrían sido solo “fichas” del lado de los jugadores imperialistas a los que supuestamente creían sus enemigos.... Y para perplejidad nuestra, que consideren, a contrario sensu, al “Pacificador” de Brasil, el duque de Caxías, un señalador de rumbos. Personaje del cual nos ocupamos en la nota final XXVI del capítulo IV.

Si se trata de diseminar culpas o justificaciones que legitimen el empleo del concepto de “balcanización”, un repaso de las circunstancias internas americanas de aquella época y de lo que ocurría en el escenario de las potencias europeas, tal vez sería más ajustado hablar de vacíos centrales que son ocupados por localismos en algunas ocasiones, por personalismos convertidos en patrias, en otras.

Pero antes de la colonización americana, la “balcanización”, ¿quién la había impuesto? Respuesta que sería interesante de escuchar si es que toma en cuenta los intensos conflictos entre los diferentes pueblos indígenas que habitaban la América pre colombina.

¿Porqué éste revisionismo ignora de ese modo la Historia? ¿Qué interpretación la darán al término Tucumán? ¿Qué papel, a su juicio, habrán cumplidos los Incas, por ejemplo, en Sudamérica? ¿O es que no interesan culturas y pueblos pre incaicos como el chimú y el chincha?

Para ellos el quechua, que tanta influencia ha tenido incluso en el Río de la Plata, ¿era el idioma incaico?

Tal vez se crea que la guerra civil cuya culminación vivió el imperio incaico a la llegada de los primeros españoles era estimulada por países europeos centrales... Y que los reconocidamente bravíos cañaris – que amaban su independencia - eran meros agentes del gobierno inglés.... cuya existencia, claro, desconocían.

De cualquier modo, es en el proceso de descolonización africana que recién se acepta forzadamente el neologismo “balcanización”. Ocurre a mediados de la pasada centuria y se emplea para designar el mecanismo de continuación de una dominación por parte de países europeos en ese Continente, ahora, designada como neo colonial.

Lo señalado es la consignación de un hecho. No significa que lo compartamos. Es más, desde ese ángulo visual sólo podría incluirse plenamente Nigeria o excluirse... La política seguida, en puridad y en muchos casos, no sería “dividir para reinar” (Luis XI) sino juntar opuestos para reinar. Es el caso de lo ocurrido con Biafra, las vicisitudes vividas por los ibos, su pueblo, debido a la acción de los yorubas, verbigracia. Pero ese mecanismo de juntar enemigos para reinar sobre ellos, fue la política implementada, asimismo, antes del proceso de descolonización. Frente a tales contradicciones solo cabe destacar un lugar común: siempre es ardua y pocas veces exitosa la transposición de nombres o calificaciones para experiencias históricas de tal diversidad.

Sostiene Real de Azúa, ya en su introducción, que es consciente de los vacíos que presenta su trabajo “entre los que adelanto a señalar la política internacional, militar y cultural del batllismo....”.

La anterior aclaración no es impedimento – como podría pensarse – para que no realice el autor, al respecto, relevantes afirmaciones o no se pronuncie sobre hechos y políticas que tuvieron – fundamentalmente en lo que hace a lo militar – importantes consecuencias en la marcha, la dinámica del batllismo que además dice abordar.

Y en el capítulo II embiste contra Milton I. Vanger, George Pendle, y Göran Lindhal (de quienes recuerda sus nacionalidades -¿?-, estadounidense el primero, inglés el segundo, sueco el último), entre otros, que “han parecido de nuevo ganados a una fascinación que se creía disipada, por más que en ellos ésta se haya vertido en estudios rigurosos. (.......) Resulta muy probable que cierta candidez partidario-patriótica sea muy capaz de ilusionarse con tales síntomas. Cabe observar, sin embargo, que el interés de estos universitarios – todos del área noratlántica (¿?) – es esencialmente científico .... (...) Cuatro o cinco exóticas golondrinas, entonces, no hacen verano y, si hubiéramos de trazar una curva: la de la publicitación de la originalidad uruguaya, sus trazos más altos, se encontrarían mucho más atrás. Digamos, alrededor de la tercera década del siglo, en las “entre-deux-guerres”, a veinticinco años de nuestra situación.”

Pero ya del primero de los nombrados (Milton I. Vanger) venía de afirmar que, “si su actitud, debe decirse, resulta saludable en cuanto a reivindicar la libertad creadora y la contingencia de la acción política; si posee eficacia polémica contra algunos estereotipos de impregnaciones pseudo marxistas, difícil es, con todo, considerarla definitivamente persuasiva. Esto es por lo que soslaya – es probable que a causa de un imperfecto conocimiento del siglo XIX – la muy especialísima nación americana que el Uruguay, a lo largo de esa centuria, fue siendo.”

Casi se podría decir que de aquello tan criticado “como el Uruguay no hay” para Real de Azúa la cuestión sería descriptivamente correcta en el período que podríamos llamar, desde su punto de vista, pre-batllista.

Destaca más adelante: “¿No habrá pasado que agotadas las pre-condiciones que recibió: un país laico, liberal, con fuertes núcleos extranjeros, con débiles resistencias tradicionales y religiosas, sustancialmente centralizado y urbanizado, el Batllismo no fue capaz de crear otras que hubieran dilatado su tan evidente impulso creador? “

Luego de leer estos pasajes de Real de Azúa, como ocurre con otros, es ineludible el esfuerzo por superar la sorpresa que provocan tales aseveraciones. Tarea que Real de Azúa se encarga también de obstaculizar, abusando hasta su desnaturalización del método inductivo.

¿Estaría pensando en el fulgurante amor por la institucionalidad “liberal” que tuvo Juan Antonio Lavalleja y que habría puesto de manifiesto en el primer golpe de estado contra las autoridades de esta tierra en 1826 y sus frustrados levantamientos en 1832,1833 y 1834?

Tal vez con la rapidez de un relámpago le pasó por su imaginación un grupo de personalidades de singular y esclarecido “liberalismo”, inagotables trabajadores de aquellas “pre-condiciones”, del asentamiento de la conciliación nacional, del cual los últimos años de Gabriel Pereira pueden ser un ilustrativo ejemplo de una “fraternidad” impuesta y un proyecto de país por encima de los partidos y, en consecuencia, de la libertad. Viniendo en tropel a su memoria esa suerte de lo que deberían ser, para él, denodados defensores de los derechos humanos de ese singular y apacible Uruguay: Anacleto Medina, Timoteo Aparicio, Nicanor Borges, Francisco Belém, Gragorio Suárez, Lorenzo Latorre y Máximo Santos, cuya “magnanimidad” recuerda expresamente Real de Azúa. Y casos de moralidad pública que en su vertiente civil se reconocen fácilmente en Julio Herrera y Juan Lindolfo Cuestas, los cuales deben haber ajustado su conducta pública a lo “heredo-cristiano” que luego “volatiliza” la acción del Batllismo, en la terminología de Real de Azúa...

¿Como claros referentes de la resaltada política que conduce a que el país sea en su interpretación “sustancialmente centralista” verá la Paz de Abril del 72 o la del 1897? ¿Y, consecuentemente, que está última fue la culminación de lo gestado por gente que se encontraba acompañada de quienes buscaban, por efecto del proceso de urbanización, algo de aire libre con carne gorda, como adelantados luchadores contra los futuros alimentos transgénicos y la polución de las ciudades?

¿Habrá recordado de ese Uruguay pre batllista, que sólo él conoce como nadie, la inexistencia de enfrentamientos cruentos o la arraigada tolerancia y la laicidad sostenida con tanto énfasis por la propia Iglesia católica que abandonó plenamente su poder temporal en este país, contra la voluntad manifestada, con procacidad, por Batlle...?

Insiste luego en que “un cotejo recíproco de esos dos roles: exigencias y soluciones, puede poseer una virtud esclarecedora interesante. Ensayémoslo entonces, rastreando las posibilidad de que haga ya tiempo que un desajuste creciera entre las doctrina de aquél partido y una realidad eventualmente distinta de aquella en que fue apta para inscribirse.

De esa “realidad” pasada, del “mensaje” batllista, - agrega - ya hemos hecho suficientes afirmaciones y no hay más que recapitularlas ceñidamente. Un doctrina, anotamos, modelada en una nación socialmente equilibrada (¿?), en la que los reclamos de los sectores sociales por una vida mejor más tuvieron que ser inicialmente estimulados que contemplados. Una producción, la de esta colectividad, simple y remunerativa, de salida regular en el circuito económico del imperio inglés, sin otros sobresaltos que ascensos poco sensacionales y depresiones relativamente fáciles de enjugar. Una economía complementaria, en suma, del gran organismo económico occidental, con pausados índices de crecimiento demográfico, con un sistema monetario estable, con una clase dirigente nutrida por la cultura europea en su gran momento humanista y optimista, dotada de una fe casi sin resquicios en la superioridad de las instituciones representativas, en el seguro porvenir de una organización social que culminase en un Estado que la sirviera. Que exorcizase, por ello, al “poder” – político o militar -, juzgado como rémora de tiempos oscuros, peligrosos o simplemente inútil para cualquier calculable porvenir”. 

En pocas palabras, Real de Azúa señala una situación en la que se debería ser muy torpe para no pudiera gestionarse fácilmente un sitio de tan dulce naturaleza. El único problema sería saber estimular algunos reclamos para que las leves asimetrías sociales – “país de cercanías” en su decir - fueran fácilmente superables.

El problema mayor del Batllismo de entonces sería una suerte de claro, de ranura en sus creencias democráticas, de una “fe casi sin resquicio en la superioridad de las instituciones representativas”. Poniendo de relieve su desatención, precisamente, a las limitaciones que el batllismo veía en la democracia representativa y que justificaban no sólo la cuestión de la organización y movilización partidaria sino también institutos de la democracia directa. Como, por otra parte, no creyó en que la “la voz del pueblo sea la voz de Dios”. Y no por ateos.... sino sencillamente por conocer la historia.

 La cuestión de Batlle en particular, además (respecto a lo anterior bien conocida es su condición de “fanático de la legalidad”), es la que califica como hedonista.

De lo primero presenta, no como prueba, pero sí como manifestación, el golpe de estado de 1933 “estimulado desde sus propias filas” (las del partido Batllista) y de la segunda, una frase tomada fuera de todo contexto – el político desde ya, el vital el más chocante -: “el placentero viaje por la vida”. Y es su referencia, la de Real de Azúa, sobre Batlle y Ordóñez y su obra. Sobre ese hombre que vivió, sufrió, tragedias de toda índole – pérdida de hijas, revoluciones, guerras, crisis políticas y militares de extrema gravedad y situaciones económicas adversas en su vida personal y en la del país que no cualquiera habría sabido enfrentar y menos superar. Pero, claro, desde el punto de vista de Real de Azúa esto lo llevaría a mirar desde otro ángulo el “hedonismo” de Batlle. Pasaría a ser éste último un masoquista. En dicha alternativa, no hay duda, nos quedamos con la primera acepción de la agraviada biografía...

No se le ocurre a Real de Azúa pensar que Batlle y Ordóñez señala con su así atribuido “hedonismo”, su arraigado apego a lo vital, su radical humanismo pese al drama que supone toda vida. ¿Porqué es necesario pensar que es un deber ser estar inscripto en la concepción trágica de Unamuno y no en la radical razón vital de Ortega, es decir “donde desde lo vital se piensa en la razón y no a la inversa”? ¿Porqué hace emerger a Batlle en un siglo XVIII europeo (sensual y optimista) que le fue ajeno desde que supo, además, cómo terminó...?

Con idéntica consistencia el autor aborda otras facetas de ese Batlle ubicado en las antípodas del que respondía por dicho nombre o por lo menos, al que creemos que fue motivo de su estudio según confesó en la introducción al trabajo: su procacidad (a Batlle, por ejemplo, jamás nadie le sintió proferir siquiera una mala palabra), su escasa profundidad en temas filosóficos (crítica que puede ser válida y hasta justificada si la extendiera al espiritualismo, que no es concebible llamarlo escuela y a la cual él se encontraba adscripto llevado por su posición anti positivista), y su indirecta referencia, a través de una extraña reserva de su vida familiar, que nadie desconoce y que el propio Batlle y Ordóñez no ocultó.

Se podría hablar también de esa “piedad difusa” que supone para este autor medidas como la erradicación de la pena de muerte o la prohibición de actividades que tuvieran como motivo el sufrimiento de cualquier ser viviente.

Nos expresa al respecto: “La deducción concreta (de lo que según él “cabe rotular – tal vez con exceso – de ‘cosmovisión’ batllista”) fue un humanitarismo filantrópico, de tinte dieciochesco pero también penetrado de emotivismo romántico y de altruismo laico. Igualmente, sobre todo, de cierta piedad difusa, casi cósmica, de sello tolstoiano. En esta piedad (la difusa) creo que se toca una de las claves más originales y a la vez más esclarecedoras de Batlle y del Batllismo. Se trata de una ‘noción-sensibilizada’ que parece querer abarcar a todos los elementos vivos del universo, que extiende su propia abominación a toda forma de sufrimiento humano animal. Como recién se decía, compasión, pero también filosofía del placer, hedonismo, se mezclan aquí extrañamente tanto frente al dolor enjugable e inmerecido como al que una concepción de la vida de tipo severo o religioso podría señalar como inevitable. Todo vertebrando una concepción romántico-anárquica-naturalista, un poco a lo Ibsen, del individuo, el individualismo y las constricciones sociales”. (Lo subrayado es nuestro).

Yendo a lo que Real de Azúa realmente conoce, la literatura, cabe interrogarse si con la referencia al “sello tolstoiano” remite a esa conciencia – convertida, podemos decir, en altar por el gran ruso - que conduce a Tolstoi a su excomunión y por la cual éste embiste contra lo romántico; conciencia individual sobre la que un personaje que no debe haber sido extraño a Real de Azúa desde que omite su referencia, Herrera y Obes, señaló, mirando seguramente a la suya propia, que no era el reino de la moral.

Del mismo modo y por idéntico motivo que lo anterior – su conocimiento de la literatura -, es de preguntarse si la observación “un poco a lo Ibsen” no señala su propia concepción – la de Real de Azúa – de lo ibseniano, en la que podría hacer pie en el aparente pero incierto pesimismo del escritor nórdico o si la posición es contestataria de Bernard Shaw quien, desde un optimismo trágico, como ha sido calificado el del genial irlandés, vio en Ibsen un autor moral opuesto a idealismos, contra la posición mayoritaria de quienes lo observan como un adelantado del arte por el arte y desconsolados por su propia admiración a Gustave Flaubert, que sí se puede decir era un romántico-naturalista.

De cualquier modo, no es de fácil comprensión esa su particular definición del Batllismo difusamente piadoso con sello tolstoiano y un poco a lo Ibsen que nos habla Real de Azúa.

Mal podía el Batllismo estar ganado por la piedad difusa o una cierta piedad cuando, en realidad, se oponía a la piedad. Era esencialmente humanista. La piedad, se sabe, tiene como fundamento una concepción ultraterrena amorosa de la sociedad, que lleva a la misericordia, a la conmiseración. El Batllismo aspiraba a otra cosa: a construir una sociedad siempre más justa y libre.

De existir una utopía batllista no podía ésta suponer la creación de un mundo nuevo y completamente abarcador de las posibilidades del ser humano. Un mundo de santos y beatos. Desde un San Thiago “El Matamoros” a un San Pedro, incluyendo a San Luis y al bueno de Juan XXIII. Era el Batllismo un conjunto de ideas políticas, no la búsqueda por la reedición de una escuela filosófica.  

Ni hablar de lo que él llama irreligiosidad de Batlle, ubicándolo en un estadio diferente al clásico anticlericalismo que todos conocen, que convierte – sin explicaciones – en ateo militante al autor de poesías en defensa de Dios. Posición, se convendrá, de no fácil articulación. ¿Habrá consultado Real de Azúa a Baruch Spinoza en esta atribuida irreligiosidad? No lo creemos.

En las críticas a lo realizado por Batlle y Ordóñez y sus colaboradores resulta irresistible señalar que, de tomarse en cuenta lo que Real de Azúa comparte de las mismas y las observaciones que le formula, resultaría un “modelo” de acción sui generis: un adefesio político, autoritario.

Dice además: “... desde sus primeras décadas ... el Batllismo comenzó a sufrir en el nivel de competencia y prestigio de sus cuadros, los que, en términos de su efectiva capacidad de conducción, ya amenazaron resentirse. A ello llevaron su renuncia a movilizar una ética nacional con exigencias, sacrificios, y esas ciertas contradicciones que el crecimiento impone. A ello su ideal no malvado pero sí algo burdo de “felicidad”. A ello su implícito descansar en ese hedonismo de los individuos y los grupos de interés (resorte que a la larga, y en verdad, mostraría ser el único capaz de funcionar efectivamente)”.

¿Qué experiencia comparada de movilizada e impuesta ética nacional con “hervor social” tendría Real de Azúa que mostrar fuera de la España de Felipe II, que no cita, pese a que señala la ausencia por “volatización” de lo “heredo-cristiano” por obra del Batllismo? ¿Los que refiere en pie de página? Todos regímenes totalitarios, salvo un caso que suponemos – no está aclarado – refiere al puritanismo inglés.

Y añade de inmediato ampliando la confusión que se genera en cualquier desprevenido lector: “En el plano de la organización estatal y política, resulta equitativo reconocer que un planteo democrático radical fue probablemente (el subrayado es nuestro) más sincero en el Batllismo que en movimiento alguno de su tiempo. La tentativa de dinamizar una colectividad política activa en toda su base, de hacer del gobierno un gobierno por el pueblo, participante, responsable, vigilante, no constituyó para el Batllismo retórica electoral sino leal y efectivo empeño.”

Pero todo ello conduciría al fortalecimiento de una no aclarada clase media – que precedería al Batllismo – a la cual no define sino implícitamente y, aún así, de manera residual (ni pobres ni ricos) destinada a la conformación de una “mesocracia”.

Asimismo – la cita que formulamos es sintomática del extraño modo de pensar el tema que tiene Real de Azúa – destaca con incluido vano intento tras un estilo expresivo ligeramente orteguiano: “ ... desde nuestra perspectiva, resulta casi seguro que el Batllismo con su prospecto bien intencionado pero parcial – sectario al fin - de los valores nacionales y de la historia uruguaya, con su seguridad infalible de en dónde estaban los justos y los réprobos, los intachables y los desconfiables, violento y a menudo procaz con cualquier clase de contrario, fue incapaz de darle a su conducta la amplitud cordial, abarcadora, generosa que hiciera de una “política de partido” una “política nacional”. Que no haya llegado a ella no, naturalmente, por la vaguedad, el compromiso, la indefinición, el intencionado lugar común, sino a través de una capacidad de “asumir” lo valioso del país en sus distintas vetas parece hoy, a la distancia, su manquedad fundamental”.  

Al hacer este señalamiento es evidente que Real de Azúa no ha leído los mil veces expuestos motivos de esa política de partido, que involucraba, nada menos, que a la realización misma del quehacer democrático: los ciudadanos – organizados en partidos políticos -, que votaban por determinadas y diversas ideas para que estas fueran sostenidas por quienes (los representantes) entonces cumplirían a cabalidad con el mandato de sus representados (es decir, lo denominado: democracia a la entrada y a la salida). Al respecto, si Real de Azúa tomara en cuenta ambas orientaciones citadas (la de partido y la denominada pomposa y exageradamente nacional) percibiría que aún cuando el primer término ha supuesto siempre un ámbito democrático de actuación, el segundo, no. Y esto último no lo ignoraba Real de Azúa, por cierto.

Valga como atenuante de las equivocadas expresiones el probable desconocimiento de Real de Azúa del denominado axioma de Lowell (1896) por el que se señala que la política instrumentada desde el gobierno por partidos electoralmente mayoritarios en un régimen democrático – y no por coaliciones, co-participaciones en nuestro léxico político o éticas nacionales como políticas nacionales ...– “deba producir permanentemente buenos resultados”.

Acrecienta Real de Azúa, pasando por alto su eventual contradicción: “Como si eso fuera poco, la heterogeneidad ideológica que bajo el “lema colorado” se cobijaba (...) sufrió siempre la “tentación de la amplitud” cada vez que un político de cierto volumen (...) encumbrado desde el partido a las más altas posiciones estuvo en situación de abrirse a sectores colorados pero no batllistas como medio de aliviar el severo dictado que aspiraba a hacerle marcar el paso.” (Observación que parece tener su fuente precisamente en Lindhal, aunque éste último lo limitaba a aquellos dirigentes batllistas con implantación popular pero en lo que hace a la Presidencia de la República. Obviamente Lindhal no le atribuye al dirigente esa necesidad de “alivio” porque sería una inculpación legítimamente pasible de ser calificada de banal).

Asimismo, es de recordar que solamente un dirigente del Partido Batllista fue expulsado de su seno: Bacigalupi y por acusaciones de corrupción. Ninguno lo fue por razones ideológicas o conveniencias políticas.

No fue el caso de los nacionalistas expulsados cuando la primera elección de Batlle y Ordóñez como presidente, o el de Lorenzo Carnelli (1887-1960) y sus blancos radicales en 1924. Ni hablar de lo ocurrido entre el Partido Comunista y Frugoni. Ni el propio Partido Socialista con el mismo Emilio Frugoni (1880-1969).

¿Cuál es la razón por la cual Real de Azúa no se preocupó de estudiar las divisiones del Batllismo para encontrarse en condiciones de alcanzar una aproximación correcta a lo abordado? Es algo inexplicable si no se toma en cuenta la negativa actitud previa ante el tema desde el punto de vista que consignamos más arriba.

Ni siquiera considera el “Alto” de Viera, y las actitudes y posiciones de Batlle en aquél momento. ¿Cómo va a ser posible que lo hiciera con otras situaciones que implicarían, por lo menos, alguna concentración en la tarea propuesta?

En su descripción del propio Batlle encuentra también – usando su terminología - una misionera, apostólica, mesiánica y dogmática personalidad. Y habla de Batlle, que si tenía un dogma era el de su anti dogmatismo y un actuar que lo llevó a diversas conciliaciones con otros sectores del Partido y a posiciones que muchos le imputaron como desleal para con su propio pensamiento (fue el caso del apoyo que le prestó a la candidatura de Tajes).

Ya que hablamos del Partido Colorado permítasenos la aclaración de algo menor, pero que muestra un cierto desconocimiento de Real de Azúa respecto a esa dinámica de la que amenaza ocuparse en el título de su ensayo. Alude “a los tiempos en que se popularizó la expresión de “la caverna”. Y señala luego la actuación casi clandestina de la dirigencia partidaria batllista. Lo cierto es que La Caverna era el nombre del café que funcionaba en el subsuelo del edificio partidario. Reunirse en su propia casa, en un lugar cuyo acceso estaba permitido a cualquiera no parecería ser un indicador de ese vivir escondido que diluiría responsabilidades y que indica Real de Azúa.

Vaya ello expresado sin perjuicio de poder coincidir con una observación contemporánea del accionar partidario comparable a un plano inclinado en algunos casos y francamente opuestos en la mayoría de los restantes en que se fue esfumando la posibilidad de la profundización del pensamiento y el accionar de Batlle y Ordóñez.

En otro orden de cosas – pero en algún lugar del mismo sitio que lleva a Real de Azúa a las afirmaciones que realiza - es menester ubicar el recuerdo que realiza de la nunca atendida solicitud de entrevista con el presidente de los EE.UU. formulada por nuestro ministro en Washington, Eduardo Acevedo Díaz (en otro año apacible, desde el pensamiento de Real de Azúa), respecto a que el gobierno estadounidense garantizase la neutralidad argentina cuando nuestra guerra civil de 1904. De lo cual Real de Azúa parte raudo – sin absolutamente ningún dato que lo respalde - a indicar que la situación llevó a Batlle a “acariciar la idea de la intervención de la marinería yanki en nuestra guerra civil....”

La desatención de la Administración de Teodoro Roosvelt (1858-1919), quien estaba completando el mandato del asesinado presidente William McKinley (1843-1901), a dicha supuesta solicitud se manifestó en la entrega efectiva de armas que recibieron los revolucionarios blancos desde la Argentina y de lo cual nos hemos ocupado en otra parte de éste trabajo.

No es posible dejar de recordar los dichos de Real de Azúa respecto a la representación proporcional y todo lo atinente al sufragio en las que si bien recoge planteamientos, que en aquél momento tuvieron una fácil aceptación, las conclusiones a las que llega, si son originales, no son correctas. Del mismo modo – original e incorrecta - es de calificar su omisa referencia a los registros electorales que dieron lugar a fuertes y cruzadas acusaciones de fraude entre blancos y colorados y cuya reforma es iniciativa del batllista Ricardo Cosio (1889-1943), hombre capaz, honesto y bueno como pocos, quien se desempeñó como diputado en varias Legislaturas y fue ministro de Hacienda del Consejo Nacional de Administración. Pero no olvida poner de un solo lado de la balanza los aspectos negativos de aquellos años y esas imputaciones, sin ningún aporte de hechos que lo confirmen. Algo, se reconocerá, al menos injusto por decir lo menos..., aunque la cuestión pueda verse aliviada, para él, por las ausencias de tensiones que refiere...

Viene al caso una anécdota de lo ocurrido por aquellos tranquilos años – en su peculiar punto de vista.

Un ciudadano concurre a sufragar. Eran tiempos en que algunos votaban en lugar de gente ya fallecida (como en menor cuantía, claro está, puede suceder hoy día), o de analfabetos o de personas con algún otro impedimento. En esos años, el fraude electoral se cometía en el momento de sufragar. Posteriormente se hizo también en el momento del recuento – en casi todos lados y hasta hace no poco – y luego, con el tiempo y el adelanto tecnológico, se lleva a cabo antes del acto de sufragio. El corral mediático es el uno de los principales causantes del hecho en Brasil. Pero como todo siempre es perfectible se ha ido ahora a las máquinas electrónicas de contabilidad y registro de votos.... En un proceso en el que nadie puede ser testigo y menos aun controlar.

Pero volvamos a la anécdota: Acude el votante a su circuito electoral portando su balota, y al entregarla para sufragar lo interroga el presidente de Mesa, confirmando los datos del pretendiente elector.

Luego de repetirle en voz alta el nombre y apellido contrastándolos con lo que decía también el Registro y, sin involuntariamente advertirle que se refería a la profesión que supuestamente desempeñaba el votante – los jornaleros no podían hacerlo –, interroga al presumiblemente nervioso ciudadano, diciéndole: 

-¿Sacerdote?  

El involucrado, mirándolo fijamente, con manifiesto orgullo que disfrazaba humildad, le contesta mientras se sostenía de una boina que hacía girar, firme, en sus manos: 

- Por parte de madre, señor. 

[ii] El Día. Un Programa Nacionalista. Viernes 26 de junio de 1914.

[iii] El Día. Tierras Públicas. Viernes 10 de julio de 1914:

Para el que no ha abordado con detenimiento el estudio del magno problema de las tierras del Estado y se deja llevar por la aparatosa dialéctica del proyecto recientemente presentado por la Comisión de Códigos de la Cámara de Representantes, podría éste tener, como así se deduce de la exposición de motivos, todos los prestigios de un mesurado y conveniente eclecticismo; pero a poco que se medite en el asunto tomándose como base de razonamiento tan solo las encontradas teorías de carácter jurídico e histórico que se han incrustado en los anales parlamentarios, se advierte en él una parcialidad peligrosa.

La concepción política nueva, la orientación modernizada de nuestra legislación, así como la del gobierno, muy especialmente en materia económica y financiera, con que se ha dispuesto encauzar este vital resurgimiento producido en la última década de vida nacional, no pueden admitir esa manera de resolver el asunto, ni mucho menos su aplazamiento, y, por tal motivo, llegada es la hora de reconsiderarlo en forma eficiente, ya que, en gran parte, de él depende el porvenir esplendoroso de la República pues fuera de los ingentes recursos que en con las rentas y el valor de las tierras fiscales podría percibir el Estado, - la colonización, el fecundo problema de la colonización, - podría solucionarse y, con él, el de la división de los fundos rurales que transformaría nuestra campaña en un amplísimo medio de trabajo y de prosperidad.

El proyecto en cuestión es inaccesible, es malo. Nos basta, para demostrarlo, tomar en consideración el punto medular del mismo, precipitado en su artículo primero. En él se establece que el detentador estará libre de las pretensiones del fisco si prueba con documento auténtico o privado, de fecha cierta, una posesión anterior al 18 de Julio de 1830.

 Pretender, en esta forma, haber llegado a una solución equitativa e intermedia, es un absurdo, pues no es necesario ser muy ducho en la materia para percatarse de que, con esos treinta y cinco años con que se pretende obsequiar a los detentadores, no hay en la República ni la más mínima parcela de tierra fiscal.

La usurpación, que tantos males ha causado al país, y que no es posible premiar valiéndonos de circunloquios, todos sabemos que fácilmente puede ser demostrada en una forma o en otra con anterioridad a la fecha histórica que fija el proyecto, siquiera sea con documentos en los cuales se compruebe esa usurpación. Todos sabemos también que, con esa apariencia engañosa del que quita a la tierra sus frutos haciéndola cada día más infecunda, se han librado los detentadores de la investigación del Estado.

Ya en la época de la invasión portuguesa, se notó la carencia de terrenos sin dueño detentador. El Barón de la Laguna trató, con Guillermo el Conquistador, de repartir tierras a sus jefes, oficiales de soldados. Fuera de las que abandonaron al emigrar, españoles y orientales y que solo alcanzaron para satisfacer a algunos pretendientes, no había en nuestro país ni un solo predio desocupado lo que se comprueba con el bando que expidió el Barón en Noviembre de 1821. Todos estaban poseídos o detentados en virtud de denuncias, y nadie los abandonaba por el subido valor que en la citada fecha tenían.

Además la mayor parte de las tierras fiscales han sido ocupadas desde el año 1795 al 1820, sobre todo en la primera fecha, mediante simples denuncias. No habiendo efectuado nunca los denunciantes de esas tierras el pago correspondiente, su situación respecto de ellas, es meramente precaria.

Ahora bien: la ley en proyecto protegería a estos usurpadores, al colocarlos al amparo de las pretensiones del fisco, pues sobran los documentos de fecha cierta que prueban incalificables despojos, con los cuales acreditarían esa posesión exigida por el proyecto, quintuplicando así los detentadores el valor del campo que hoy tienen sin título.

Cierto es que la comisión sienta la doctrina jurídica verdadera, al sostener que: “No puede decirse que el Fisco haya hecho abandono de esas tierras en favor de sus tenedores porque, como ya lo hemos observado, siempre los poderes públicos han venido manifestando por leyes y decretos la resolución de conservar esa propiedad fiscal, y menos puede decirse que hay en el terreno de los hechos tal abandono desde que falta la otra condición de cosa cierta y determinada, pues si bien se sabe que existen tierras fiscales, no se sabe en donde se encuentran, lo que por otra parte hace equivoco el hecho de la ocupación por el particular y clandestina en vez de pública esa ocupación, faltándole así la otra de las condiciones requeridas por la ley para que el derecho prevalezca sobre el primitivo derecho”.

Cierto es, decíamos, que la comisión sienta esta buena doctrina, a la que nosotros añadiríamos la de que uno de los fundamentos, tal vez el primordial, por ser el de carácter económico y social de la prescripción adquisitiva, y que puede resumirse en estas palabras: “es menester consagrar y proteger el derecho de quien ha cultivado la tierra o beneficiado con su trabajo el bien descuidado. La sociedad tiene interés de que los bienes no queden abandonados durante un lapso de tiempo tan grande” – no puede aplicarse, en este caso, porque ese principio doctrinario contempla las relaciones de los individuos entre si: hay un propietario que no cuida su bien, - hay un poseedor laborioso y está la sociedad interesada en la productividad de ese bien; pero tratándose de tierras fiscales, el problema no puede plantearse así. Entre diversas razones está – teniendo en cuenta el fundamento y el razonamiento apuntados – la de que, frente a ese “poseedor” furtivo está el Estado, o lo que es lo mismo, la colectividad, la cual, no puede admitirse, - sería un absurdo – que esté colocada en idéntico caso al del propietario “abandonado”.

La comisión, pues, debió llegar a una lógica consecuencia; esto es, a reconocer al Estado su legítimo derecho y no darlo, bajo una apariencia engañosa (por el hecho de remontarse al día de la Jura de la Constitución, para fijar al momento de la “posesión” de los detentadores), a los que, de acuerdo con doctrinas tan plausibles, no deben tener ninguno. 

[iv] A poco de presentarse, el mismo diario El Día enfrenta una vicisitud. En su segunda etapa había planteado una innovación en su venta, dirigiéndose directamente al público, rompiendo así con el sistema de distribución exclusivamente por suscripción. Y lo hizo a un precio accesible al común de la gente. Debe entonces sufrir la presión de algunos vendedores, que intentan aprovechar para sí el objetivo que motivó la aparición del diario.

Su edición del sábado 8 de agosto de 1914, da cuenta del hecho con el título Resistencias injustas: Algunos de nuestros vendedores se obstinaron ayer a primera hora en no vender nuestro diario y en impedir que lo vendieran los otros. La intervención de la policía normalizó la situación.

Los paquetes de diarios se venden a 12 centésimos, lo que permite a cada vendedor, vendiéndolos al público a veinte, obtener una ganancia de ocho centésimos por cada paquete. Ellos quisieran sin embargo que esos paquetes se les vendieran a diez centésimos, para obtener otros diez centésimos de utilidad en la reventa. Pero eso no puede ser. Ese precio casi no costea más que el valor del papel.

También querrían que se aumentase el precio del diario para el público a tres o cuatro centésimos por cada ejemplar. Pero eso tampoco puede ser. El DIA se hace principalmente para las clases populares y es necesario que llegue a sus manos. 

[v] Los senadores anticolegialistas en 1913 eran: 1) Pedro Manini Ríos elegido en 1912 por Flores. 2) Ventura Enciso elegido en 1908 por Florida 3) Antonio María Rodríguez elegido en 1912 por Tacuarembó. 4) Jacobo Varela Acevedo elegido en 1912 por Rocha. 5) Federico Fleurquin elegido en 1908 por Soriano. 6) Blas Vidal elegido en 1910 por Minas (presidente del Senado en 1914 por el régimen de “tómbola”: sacar el nombre de un senador anti colegialista al azar). 7) Adolfo H. Pérez Olave elegido en 1908 por Durazno. 8) Juan Pedro Castro elegido en 1910 por Paysandú. 9) José Astigarraga elegido en 1910 por Cerro Largo. 10) José Repetto elegido en 1910 por San José. 11) Carlos Albín elegido en 1910 por Colonia. 12) Martín Suárez electo en 1912 por Treinta y Tres.

Los senadores colegialistas en 1913 eran: 1) Manuel B. Otero elegido en 1908 por Artigas (ver nota del capítulo primero) . 2) José Espalter elegido en 1910 por Maldonado, 3) Ramón G. Saldaña elegido en 1908 por Salto. 4) Francisco Accinelli elegido en 1908 por Canelones. 5) Francisco Soca elegido en 1912 por Rivera. 6) Domingo Arena elegido en 1910 por Montevideo (suplente de Batlle).

La ausencia del senador por Río Negro se debió a que la elección de 1912 se vio impugnada en el Senado. Disputaban la banca Claudio Williman y Manuel Tiscornia. En 1914 se repite el acto comicial triunfando Juan Aguirre y González, que apoyaba la integración colegiada del Poder Ejecutivo.

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