La dependencia de Celso Furtado

Andre Gunder Frank  

 

La reciente publicación de un libro sobre La dependencia, por Theotonio dos Santos, que dedica un tercio a Brasil, da ocasión para volver sobre el tema también en mi homenaje a Celso Furtado. Con toda razón, escribe Theotonio que considera una cuestión secundaria la de si el creador de la teoría de dependencia fue él, Fernando Henrique o Andre Gunder Frank. Diría que no es o no debería ser cuestión alguna, pues –como alguna vez señaló Gunnar Myrdal– todas las teorías económicas surgen del momento político que genera su necesidad y le da su razón de ser. No obstante esta advertencia, la historia no se mueve por sí sola, sino también por la participación y contribución real de personas vivas y por la vida de personas reales. En este contexto, una muy importante ha sido la de Celso Furtado.

Lamentablemente, Celso aún no recibe el reconocimiento y los galardones que la contribución e importancia de su obra y vida seguramente merecen. Así es acaso en parte por la incorporación y derivación que su trabajo ha tenido en y por instituciones que no resaltan sus méritos personales. En parte también lo es porque él mismo no sobresale por promoverse a sí mismo. Así fue con su participación en el gobierno de Joao Goulart como ministro de planificación y con su importante contribución durante sus largos años en la CEPAL. La excepción, quizá, es su logro como director fundador de SUDENE, pues el público ha identificado correctamente la institución misma con Celso. Además de esto, ha sido a lo largo de los años y a nombre propio su participación pública y reiteradamente crítica en la política económica brasileña y sus muchos libros sobre el subdesarrollo.

Por ejemplo, correctamente criticó, de manera pública, al presidente Lula por seguir con la misma política de altos intereses de su predecesor Fernando Henrique Cardoso. Celso lo hizo en ocasión del lanzamiento por otros de su candidatura al Premio Nobel de Economía. El no haber sido así galardonado es ejemplo de la insuficiencia de su visibilidad. Ésta ahora aumenta irónicamente no al otorgarle un merecido premio, sino al anunciar un premio para otros en economía política, para sumarse a una red eurolatinoamericana de investigación que lleva su nombre. A la vez, su discurso fue otro ejemplo más de que la participación y contribución de Celso siempre surgió de y reflejó a la realidad política económica que él vivió, pues Celso siempre entendió el quehacer de su profesión como un reflejo de lo que seguramente sentía que era su correspondiente deber cívico y político en cada momento histórico y así fue también su servicio a su país como embajador en Francia y en la UNESCO. Así, podríamos decir que el gran mérito es la propia dependencia de Celso del ambiente que él vive y la conversión de su problemática en su propia obra vital.

Celso, con su investigación, análisis y escritura, también forma parte importante del desarrollo de los enfoques del estructuralismo y de la dependencia sobre el subdesarrollo latinoamericano, aun si él mismo nunca los bautizó como “teoría’’, por supuesto que así fue en y para la CEPAL, pero así fue también para mí, pues encontré en su A formacao economica do Brasil, publicada en 1959, la base fundamental para mi trabajo junto con los de Simonsen y Caio Prado Jr., para Brasil, y Sergio Bagú y Silvio Frondizi, para Argentina, y Aníbal Pinto, para Chile. Seguramente, así fue también para el desarrollo de “la dependencia’’ por otros brasileños como Fernando Henrique Cardoso, Theotonio dos Santos y Ruy Mauro Marini y otros latinoamericanos como Enzo Faletto y Oswaldo Sunkel en Chile, Aníbal Quijano de Perú, Héctor Silva Michelena y Armando Córdoba en Venezuela y los mexicanos Pablo González Casanova, Rodolfo Stavenhagen, Alonso Aguilar y Fernando Carmona. Para nuestro trabajo sobre el subdesarrollo latinoamericano, el análisis de Celso, pero también su trabajo en la SUDENE, seguramente formó una base tan importante como ha sido el –acaso también el nuestro– reconocimiento del mismo. Es ocasión de reparar este error. Otra vez, en mi caso, si bien en 1963 hice una dura crítica a A pre-revolucao brasileira, de Celso, publicado en 1962, ésta también contribuyó a mi propia formación.

Celso también muestra la derivación histórica del momento en sus intervenciones en la política económica brasileña como lo hace Theotonio en el comentado libro. Éste hace un bosquejo del decenio de la preguerra que limitó el ingreso de divisas a los países latinoamericanos y los obligó a poner en práctica con fuerte intervención del Estado una política de sustitución de importaciones. Así lo hizo Argentina cuando Raúl Prebisch era ministro, antes de lanzar la teoría por la CEPAL, en 1949. Además, fuera de la ligera familiaridad en Brasil con Manoiliescu, pero como teórico, a pesar de que también él fue Ministro de Economía en Rumania, es muy dudoso que alguno de los arriba mencionados u otros “creadores” de la teoría y política contra la dependencia en América Latina tuvieran idea alguna de que Yugoslavia, Rumania, Bulgaria, Grecia, Irán y Turquía, cada uno por sí solo y los Balcanes en conjunto, adoptaron esta misma política estatal de sustitución de importaciones y la defendieron teóricamente durante la misma crisis económica de los años treinta, como bien lo demuestra Dilek Barlas en su libro sobre Etatism & diplomacia en Turquía 1929-1939 (Brill 1998). Por cierto, su implantación fue también inhibida por una fuerza económico-política exterior que para ellos fue la Alemania nazi como para Latinoamérica fue Estados Unidos. Podríamos preguntarnos por qué su experiencia y teorización no alcanzó renombre mundial tal como la de la latinoamericana sobre la dependencia. La respuesta se encuentra fácilmente al invertir la pregunta: ¿Por qué la popularidad de la dependencia en Latinoamérica y su difusión por el mundo? Theotonio no lo pregunta, pero hacerlo es lo mas esencial para entender de qué se trató o se trata. Para responder, bastan dos palabras: Cuba y Vietnam.

Escribo trató o trata, porque el número actual de una de las dos revistas norteamericanas más prestigiosas sobre asuntos internacionales; Foreign Policy (noviembre-diciembre, 2002), está dedicado a qué pasó con... marxismo, valores asiáticos, límites al crecimiento, teoría de la dependencia, destrucción mutua asegurada (MAD) y el complejo militar-industrial. Fuera de reconocee alguna vida aún al último, los demás, según los “cerebros notables” como el director de la revista los llama, son pronunciados muertos (¡algunos antes de nacer!) y bien ubicados en el tarro de la basura de la historia. Allí me tiene a mí de dependentista. Fernando Henrique se salvo según el autor, por abandonarla. En ilustración a lo que digo sobre reconocimientos, a Celso y a Prebish ni se mencionan, sino tan sólo a la CEPAL como institución. No debe sorprender el fallo negativo del autor, pues, si no se lo esperaba, no habría valido la pena de preguntar. Lo que sí llama la atención es la tergiversación del tema, las mal-atribuciones de argumentos y la ausencia de evidencia sobre la cual el doctor, profesor de finanza internacional y desarrollo, Andrés Velasco, de la Universidad Harvard, pronuncia la sentencia de muerte.

Theotonio hace lo contrario en tres ensayos escritos para audiencias diversas. Theotonio revisa la historia de la realidad reciente y muestra cómo ella eligió la teoría de la dependencia en respuesta a un régimen teórico y las asociadas políticas económicas que ya no daban para más. Si bien vuelve sobre algunos de las discusiones bien conocidas por los participantes y la generación de estudiantes, políticos y gente común para los cuales todo esto era el pan diario, también dedica un capítulo mayor al Brasil de Celso Furtado y a Fernando Henrique.

Parece que volver sobre lo de la dependencia hace falta, pues varias veces cada semana me llegan e-mails de doquier; esta semana de Nepal, de estudiantes que no habían ni nacido en nuestra época y que ahora me preguntan qué es esto de la dependencia y dónde podrían informarse. Es peor; después de que recién Theotonio y yo habláramos en la UNB 40 años después que estuvimos allí de profesores fundadores, un estudiante se acercó a preguntarme: “¿qué es esto de la dependencia y el sistema mundial?” Al preguntar a nuestro profesor huésped si este estudiante es representativo de los demás, el contesto que sí, pues la única literatura que ahora leen es la norteamericana. Qué bien, pues de aquí en adelante puedo reenviar a los que me preguntan a Theotonio y –por qué no– también a Celso.

Además, Theotonio –ya decenios atrás– nos llamó la atención acerca de que tenemos nosotros mismos que hacer nuestro propio estudio de la economía mundial, como luego lo hizo él mismo y yo también y Celso en sus trabajos cada vez más globales como últimamente el libro O capitalismo mundial, después de sus libros sobre Dependencia y subdesarrollo: la conecion fundamental, el myto del desarrollo y el futuro del tercer mundo, y desarrollo economico de America Latina y su ya mencionado trabajo sobre Brasil. Pues no se puede confiar en los estudios de la problemática mundial y tercermundista elaborados por los que la manejan a su gusto, ni a sus portavoces “teóricos” vale decir ideológicos, como de los cuales es botón de muestra y prueba este señor profesor de Harvard con nombre y apellido español.

Los análisis mundiales de Celso y Theotonio inciden y se reflejan en lo que vuelve a demostrar la dependencia misma. Ellos también valen para contestar a las críticas cada vez más duras de nuestra labor, que no fue perfecta, pero todavía bastante mejorcita que la de nuestros críticos mismos. Esto vale para empezar por los críticos venidos desde la izquierda que mucho después condujeron a un callejón sin salida, como lo fueron los modos de los produccionistas que nos acusaron de circulacionistas que olvidaron la lucha de clase. Por supuesto, vale para los de la derecha que pronunciaron la muerte a la dependencia (a ella misma, no tan sólo a la teoría) precisamente en el decenio perdido por la crisis de la deuda de los ochenta. Aún mucho más que la inversión extranjera, la crisis de la deuda externa (e interna, especialmente ligadas en el Brasil) convirtieron los mismos Estados en Latinoamérica en instrumentos fieles y hábiles de la finanza internacional, que chupaba –y aún lo hace– la sangre del pueblo a los bancos de Wall Street y al Tesoro Norteamericano. En México, se contestaba a los de Washington “no podemos apretarnos más el cinturón, pues ya lo comimos ayer”. Acordémonos del Fujishock que sufrieron los pobres peruanos cuando escogieron a don Alberto porque prometió no implantar la política del FMI que ofreció su opositor Vargas Llosa y lo hizo peor de lo que aun Vargas Llosa había prometido hacer. Veamos a la pobre Argentina, una vez el país más orgulloso del continente con la sociedad más europeizada y ahora destrozado por EU y su lacayo ex peronista Carlos Menem que dejó la sociedad de su país deshecha como ninguna otra –fuera de Rusia– por la dependencia al dólar, al cual ligaron el peso; éste no lo aguantó y menos a un dólar de por sí sobrevaluado en el mercado mundial. Si esto no es una manifestación de dependencia, señor perito en finanza internacional Velasco, agradecería cualquier esclarecimiento sobre lo que sí podría serlo. Theotonio dedica especial atención en su libro, como también lo hizo Celso Furtado en otras publicaciones, a nuestro compadre de la dependencia Fernando Henrique Cardoso y con mucha razón, no sólo por ser los tres brasileños, sino por el mal ejemplo que nos ha dado el último, pues ha ido cambiando de vocabulario varias veces para llegar a la presidencia de Brasil y durante sus 8 años de oficio. Cambia de vocabulario, digo, pero no de carácter ni de política, como bien señaló también Theotonio. De carácter, ha tenido la gentileza hacia mí de telefonearme cuando era presidente y yo salí del hospital; me recordó en varios foros públicos y que aún me agradece haber ido a recibirlo al aeropuerto en Santiago, Chile, cuando el llegó al exilio por el golpe de 1964. En cuanto a política, me acuerdo que FHC me dijo en un hotel en París: “yo soy socialdemócrata y en un gobierno mío haré lo que dentro de la socialdemocracia puede hacerse, en especial, en el campo interno”. Y eso hizo –bueno o, más bien, malo– en materia de política agraria y social en donde hizo bastante menos de lo que de él podíamos haber esperado. Pregunten al MST, cuyas quejas y movilizaciones siguen igual o son aún más bajo el gobierno de Lula.

De una de las caricaturas más absurdas que de los dependentistas se hizo es la de que se olviden de las condiciones y relaciones internas de un país para enfocar tan sólo en una dependencia externa, Celso y Theotonio muestran que nuestra tesis fue más bien la contraria. Además, sería absurdo que los dependentistas no estudiaran sus propias sociedades, pues, como también nota Theotonio, ellos han sido predominantemente sociólogos, como él mismo y Fernando Henrique, quien, antes de ser presidente Brasil, fue presidente de la Asociación Internacional de Sociología. Algunos historiadores como Simonsen y Bagú fueron precursores y después otros pocos siguieron; politólogos había pocos y economistas casi ninguno, con excepción de Celso y mía, y después tres más tardíamente llegados, que me acuerdo. Lo más importante era y es que se superaron estas distinciones disciplinarias. Si fuera sólo una relación externa que nos quita parte de lo que producimos, me acuerdo escribir alguna vez, podríamos aguantarla. El meollo del problema reside en qué y cómo la dependencia externa involucra igualmente las relaciones internas hasta el punto que forma la estructura de clases y determina las políticas de las capas altas y medianas y, con esto, también de las bajas... Brasil, desde Getulio y Jucelino, Joao y los militares y sus sucesores civiles hasta Fernando Henrique y ahora Lula dan los ejemplos que más claramente nos muestran y enseñan esta cara interna de la dependencia. Lo anterior da para que Celso haga sus publicaciones críticas y para que Theotonio pase revista por muchos de ellos, en particular, por nuestro codependentista Fernando Henrique y ahora por los comentarios críticos que les merece la política económica y hasta la política lulista misma.

En cuanto al desarrollo dependiente que FHC pronunciara factible ya aún en el exilio, bajo su capitanía el dependiente navío brasileño navegó en el mar global, pero bastante mal y casi naufragó. Como cualquier otro socialdemócrata en América Latina, Europa o Canadá, Australia y Nueva Zelanda se aplicó la mal llamada política neoliberal, de la cual éste último se hizo campeón... Así que FHC entregó Brasil a Lula no sólo en un estado deplorable, sino mucho peor de como él lo había recibido, con una deuda aún mayor y menos pagable o manejable con superávit comerciales y de reservas menores, tasa de crecimiento más baja, pobreza mayor, como lo demuestran no sólo Celso y Theotonio sino la triste realidad palpable para cualquiera, tanto que José Serra, elegido por FHC como su sucesor, apenas sacó el 33 por ciento de los votos.

FHC hizo el servicio a la deuda lealmente como cualquiera, salvo que financió la deuda externa por una interna basada en tasas de interés de 60 por ciento para atraer fondos particulares, tanto nacionales como extranjeros; pero, claro, con los únicos resultados esperables. Los que saben jugar con intereses tan altos pueden enriquecerse aún más y sacar su plata del país, pero para el pobre industrial que necesita empréstitos para empezar o continuar su empresa y el empleo que da no hay ni botes salvavidas para éste y sus pobres obreros y empleados. Es más, FHC, deliberadamente, firmó acuerdos recientes con el FMI que dejan a Lula con las manos atadas y quizá los pies también. Esto es antes de que el virus argentino invada Brasil y el casino del capital especulativo salga de un golpe, que puede dejar a Brasil en el fondo. Recordamos cómo un presidente mexicano se las arregló de igual manera para que la crisis financiera se postergara y explotara hasta el primer mes del mandato de su sucesor. Ahí vale la pena la comparación con el Chile de los Chicago Boys que han impuesto un control estatal sobre la ida y vuelta de la plata, como también lo hizo Malasia y Bielorrusia –y Yugoslavia bajo Milosevic–, todos en la lista de los fallidos del FMI, pero que ofrecen a su población por lo menos alguna protección. Nada de esto hizo FHC en Brasil, campeón mundial no tan sólo de futbol, sino también de la desigualdad de la distribución del ingreso. Del pan y circo de los romanos, los sambódromos y el futbol los hay; pero dónde está el pan diario o la supervivencia de jóvenes que, en la calle, los fusilados son más que los accidentados. Con esto, la tasa de crecimiento disminuyó y la cesantía creció bajo la capitanía de FHC. Ése ha sido el caso otra vez en el primer semestre del mandato lulista, como acertadamente observó Celso en su ya mencionada intervención. Incluso, FHC entregó parte de la soberanía formal de Brasil a los norteamericanos al permitirles negar entrada a brasileños en su base de cohetes en el Amazonas, ¿a cambio de qué? Es un problema de soberanía brasileña que ahora sigue atormentando a Lula.

A menudo se me pregunta, y quizá a Celso, Theotonio y hasta a Fernando Henrique, qué pienso ahora de la dependencia, de sus aciertos y de los errores que cometimos. El primero de estos últimos, diría, es que pensábamos que nuestras concepciones de la dependencia se diferenciaron mucho más de lo que ahora vemos. Afortunadamente, nuestras discusiones y críticas por escrito entre Theotonio y yo, y las de Fernando Henrique y José Serra (este mismo que como su candidato para seguirlo en la presidencia sacó apenas 33 por ciento de los votos contra el 61 por ciento de Lula) dirigidos a todos nosotros, siempre incluido Ruy Mauro Marini, sirvieron menos para apartarnos que para obligarnos a cada uno a hacer nuestros argumentos mas sólidos y más cercanos a los demás. No hubo nunca tanta diferencia. Al decir esto, en general, da ocasión también para hacerme la autocrítica y públicamente pedir perdón a Celso por haber retitulado su Pre-revolucao brasileira de 1962 como Contra-revolucao, pues a la postre tenemos que admitir que no se trataba de pre ni de contrarrevolución, sino de ninguna revolución y en esto la historia dio la razón a Fernando Henrique. En analizar la realidad de la dependencia, más bien uno agregó otra observación más a un conjunto y complejo de dependencia que siguió creciendo, no tan sólo en nuestras descripciones, sino lamentablemente también en la realidad. Mientras yo, últimamente, me he ocupado de la historia mundial y no de la dependencia latinoamericana, pero sí ahora le doy una mirada desde lejos y tan sólo veo que ésta ha crecido y se ha fortalecido cada vez más. Es lo que nos muestra también Theotonio por lo que escribe en este libro y se nos muestra aún mucho más en los hechos –y en lo no hecho o dejado de hacer, porque no se puede o se dice que no se puede– como a menudo ha dicho nuestro amigo Fernando Enrique, o sea, la dependencia está viva y bien, pero, como dijo un presidente general de Brasil, Brasil está bien, pero el pueblo no.

Ahora bien, hay que hacerse la otra pregunta mayor: ¿Qué política seguir contra la dependencia para acabar con ella y el subdesarrollo que genera, ahí discutimos y discrepamos aún más, en especial Celso y yo, pero tan sólo aparentemente, porque la triste verdad es que ninguno de nosotros ni los políticos fuimos capaces de dar una respuesta válida, o sea, una que haya resultado, ni tampoco alguna que resulte hoy. Mucho menos, nos pusimos la pregunta: y después ¿qué hacer?  

Aquí reside la debilidad de todos nosotros, también de Celso y de Theotonio, que se refiere no a que no contestamos esta pregunta que no tiene respuesta, sino en que no la formulamos adecuadamente, porque, al no ponerse la pregunta de cómo realmente desdependizarse o qué significaría hacerlo, ni mucho menos de qué y cómo hacer después, dejamos ir el grano del problema. No vemos cuánto nos equivocamos. No es que nuestros antagonistas y enemigos ofrezcan respuestas mejores; tampoco dicen verdad de cómo acabar de verdad con la dependencia que hay de verdad y, por supuesto, no puede hacerse al sólo negar su real existencia al estilo de Andrés Velasco en Harvard. Mucho menos nos dicen cómo acabar con la pobreza, alienación, etcétera, que según ellos ni siquiera se deriva de ninguna dependencia.  

Claro es que mucho más equivocados no podrían haber sido los que voluntariamente se dejaron llevar por el Consenso de Washington y, si no fuera tan horroroso, podría parecer divertida la excusa que ofrece el Dr. Washington al decir que su medicina era correcta y que el problema reside tan sólo en que los pacientes –y cuán paciente eran y aún son– no se la tragaron en cantidades suficientes. El secretario del Tesoro norteamericano O´Neill (¡después lo despidieron!) se fue a Argentina alegando esto mismo y envió el mismo mensaje a Brasil, pero –antes del reajuste de aumentar las dosis del mismo remedio– ya había pasado con Rusia y Europa oriental, en los noventa, y con Asia Sudeste después de 1997 –previsiblemente con resultados más desastrosos–, lo que literalmente destruyó sus sociedades aún más que en Latinoamérica, fuera de Argentina. El arquitecto principal de esta política fue Lawrence Summers, tanto en el Banco Mundial como en la Tesorería norteamericana, y por haber deliberada y literalmente destrozado a varias sociedades ha sido premiado con la presidencia de la más prestigiosa universidad norteamericana: Harvard, donde trabaja nuestro comentador Andrés Velásquez. En cambio, el pobre Lula se quedó con un retraso dependiente de años luz, ya antes de tomar el gobierno –pero no el poder– como solía decir Salvador Allende, tanto respecto a nuestros sueños como a las realidades de la dependencia que conocimos y combatimos.

 Este artículo se escribió como contribución a un libro en homenaje a Celso Furtado, compilado por Theotonio dos Santos para Reglen, Rio de Janeiro, Brasil. Fuente: Rebelión, 2004.

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