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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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EL MUNDO PRETURÍSTICO DEL PRIMER MEDIOEVO: LA EDAD OSCURA

El período que transcurre desde la última etapa del Bajo Imperio y hasta la construcción del imperio carolingio se caracteriza políticamente por la presencia de ya mencionados reinos romano-germánicos. Estos reinos generalmente eran hostiles entre sí, y cada uno de ellos trataba de imponer su hegemonía sobre los otros. En Italia, el reino de los ostrogodos fundado por Teodorico -en 493- tuvo marcada influencia, en mayor o menor grado, hacia el resto de los reinos, y sentó muchos de los principios que caracterizaron el período. Las causas de este hecho fueron principalmente político-militares; aunque también contribuyó el prestigio que aún conservaba Italia. La cuestión más remarcable ha sido, quizá, la política de asimilación de los pueblos sometidos, imitada posteriormente por los reyes de otros estados romano-germánicos.

Sin embargo, no fue el reino godo el que consolidó perfectamente el encuentro entre la cultura germánica y la latina, sino que fue el reino franco, a través de las dinastías merovingia y carolingia. “(…) La síntesis que más ha teñido de sí a Europa no ha sido la de los godos (que reservaron a los romanos las actividades burocrático-administrativas manteniendo para sí el monopolio de las actividades militares) , sino la mucho más plena e íntegra de los francos, particularmente lograda en las regiones de la civilización galo-romana (la Francia centro-meridional) donde ya el encuentro entre celtas y latinos había acostumbrado el contexto social a las convergencias concretas de civilizaciones”.

Respecto a la cuestión económica, la crisis del Bajo Imperio se acentuó hacia los inicios medievales, con una pérdida de la importancia de las ciudades y un decaimiento general del comercio, quedando los caminos prácticamente desiertos. En el siglo VII no había en Francia más que las vías que habían sido construidas por la Roma clásica, pero en pésimas condiciones. El sistema de producción económico se fue volviendo progresivamente en predominantemente rural.

Las ciudades fueron perdiendo importancia paulatina en Europa Occidental. Hasta el siglo IX, la ciudad fue, sobre todo, la ciudad episcopal; es decir, la ciudad era la sede de una diócesis, una fortaleza. La ciudad temporal es la residencia del obispo, conjuntamente con la de aquellos que ejercen el poder legítimo y a los cuales Dios ha investido de autoridad. El proceso de declinación de las ciudades había comenzado durante la agonía del Imperio, rodeándose de murallas durante la segunda mitad del siglo III para protegerse de las invasiones. Es así que, en el siglo VI, se llama frecuentemente ciudad a la localidad de residencia del obispo. “La ciudad ya no es ante todo ese lugar de la vida reposada y de la dignidad de la vida civil que describen los elogios de las ciudades de la antigüedad tardía; es una comunidad de cristianos, que halla en la firmeza de su fe y su unión en torno al obispo la razón de ser de su existencia, y la explicación de su supervivencia”. La situación de las antiguas grandes ciudades era crítica. El número de habitantes romanos se había reducido en el siglo VI a 40.000 habitantes, habiendo sido de 500.000 hacia el año 400 y de un millón durante los antiguos tiempos de esplendor; la población efectiva tendía paulatinamente a concentrarse en el Campo de Marte y en la orilla derecha del Tíber (Trastevere), en torno a la basílica de San Pedro, quedando el resto prácticamente desocupado o en ruinas. Del mismo modo, se abandonó el cuidado de los monumentos públicos y los templos antiguos. Fuera de Italia, la situación era semejante. Respecto a la situación de las ciudades ubicadas en el territorio que quedó en manos de los francos, André Maurois observa que “al principio sobrevivieron algunas ciudades, protegidas por un obispo, pero aún estas decayeron”.

En términos políticos, la fragmentación era enorme, existiendo una multiplicidad de factores que la explican. El sistema político, el desarrollo económico y el sistema de reclutamiento del ejército, son algunos de esos factores, en donde la autonomía de lo local conspira contra la unidad. Pero, fundamentalmente, las inmensas distancias y la dificultad en las comunicaciones serán los factores decisivos aquí. La organización feudal de la sociedad se encuentra interrelacionada al localismo, y es en este sentido que Braudel observa que “el feudalismo construyó la Europa”. Europa se fue constituyendo como un mundo dividido en compartimentos, donde las culturas locales afloraron y se desarrollaron según sus particularidades.

No obstante, simultáneamente al desarrollo del feudalismo y el localismo se fue configurando una identidad común europea. Una sola institución abarcó todo el período de transición de la Antigüedad al Medioevo en una esencial continuidad: la Iglesia cristiana. El cristianismo representa al vínculo identitario entre los estados que permite hablar de una Europa medieval unificada, pero no en términos políticos, sino en cuanto a los aspectos culturales-espirituales. La iglesia romana llegó a adquirir una extraordinaria importancia, tanto en el campo de la política como en el campo cultural. Es así que se fueron abandonando progresivamente las costumbres hedonistas que caracterizaron a la sociedad romana clásica, entre las que se encontraba la práctica del termalismo.

Como consecuencia de este panorama, el viaje fue perdiendo importancia, hasta reducirse al mínimo los desplazamientos. La inseguridad, la fragmentación político-social, el nuevo sistema de producción y la nueva doctrina cristiana fueron los elementos que contribuyeron a ello. Pero el cristianismo contribuye a los viajes de la época, a partir del fenómeno social de las peregrinaciones. Los viajes, entonces, se caracterizan fundamentalmente por la visión religiosa, constituyendo las peregrinaciones religiosas el tipo de viaje característico de este período; aunque aún no presentan la relevancia que adquieren en el siguiente período medieval.


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