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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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EL VIAJE DE CARÁCTER SAGRADO

La religión es una interpretación de la realidad, desde la cuál tiende a regularse la vida y la actividad del hombre en una sociedad histórica determinada. Europa, durante el Medievo, compartió como religión común al catolicismo; y es a partir de dicha doctrina que se configura el modo de actuar de los individuos de la sociedad material y espiritual. Los viajes se ven condicionados por este sistema solidario de creencias y de prácticas, resultando causa de su realización o no.

Las peregrinaciones católicas se destacan como uno de los tipos de viaje más característicos del período medieval. Claro que la peregrinación en sí, desde el punto de vista formal, no es un fenómeno que aparece durante el Medioevo; pero fue en este período histórico en donde alcanzó formas singulares de devoción colectiva. El viaje religioso de las masas medievales hay que considerarlo como un medio fatigoso de encontrarse cara a cara con las cuestiones de orden sagrado, pero sin el cuál el acceso a estas últimas se dificultaba.

Las condiciones de vida de la época fomentaron el ardor religioso de los individuos, por lo que el viaje peregrinatorio se tornaba una cosa de carácter forzado, mediante el cual se expiaban las culpas y los pecados cometidos en la vida actual y presente, con el fin de poder participar de una vida futura agradable y cercana a Dios. En este sentido, la turismóloga Margarita Barreto denomina a los viajes religiosos de la época “viajes obligatorios” , quitando de ellos una de las características fundamentales de todo viaje que forma parte del campo de estudio de la turismología: la voluntariedad. Las dificultades y la peligrosidad de los caminos medievales hacían que viajar fuese más un problema más que una cuestión placentera. De hecho a los peligros del camino había que sumarle en reiteradas ocasiones la inseguridad de la estadía en el destino: por ejemplo, era común el robo a mano armada a los devotos que llegaban a Roma, razón por la cual León IX decidió organizar la protección a los peregrinos. Pero aún así, no puede considerárselo menos obligatorio que los viajes religiosos de la abrumadora mayoría de las sociedades históricas. Llegado el caso, todo viaje considerándolo como medio de satisfacción de una necesidad presente en el individuo, podría considerarse forzado, independientemente de si dicha necesidad fuese de carácter espiritual o físico. Tomado desde el punto de vista histórico, el viaje católico-medieval es rico para analizar desde la turismología, pues dichos movimientos plantean consecuencias ambientales, sociales y económicas que varían conforme va transcurriendo este período histórico.

Es conveniente distinguir entre dos formas de viajes circulares excitados por la devoción religiosa íntimamente vinculadas desde el punto de vista espiritual; pero que, si se las estudia desde el punto de vista histórico-turismológico es útil separarlas. El primer tipo de viaje, es la peregrinación tradicional que tiene como destino un lugar de piedad determinado, como lo fueron, por ejemplo, las peregrinaciones a Roma, Santiago de Compostela, Jerusalén. El otro tipo de viaje, es aquel de carácter hostil que apareció con motivo de la Cruzada, en donde una exaltación del espíritu colectivo lleva a las masas a emprender un viaje de reconquista de la Jerusalén espiritual figurada en la Jerusalén real. Éste tipo de migración, recibe muchas veces el nombre de “peregrinaje armado”.

En el análisis de viaje religioso que se realiza aquí se toma en cuenta únicamente al primer tipo de viaje, por lo tanto cuando se hable de viaje peregrinatorio en adelante, se hará referencia a aquel.

Los viajes peregrinatorios que se desarrollaron durante el transcurso del Medioevo, pueden dividirse en dos grandes categorías, según el alcance geográfico:

• El viaje que se realiza desde Occidente hacia Oriente;

• El viaje que se realiza dentro de la Europa Occidental.

La primera categoría está referida al clásico viaje peregrinatorio que se realizaba desde algún país de Europa Occidental hacia Jerusalén y los llamados Santos Lugares, se materializara aquel por vías terrestres o por vías marítimas. Dentro del segundo tipo, se incluyen aquellos viajes que se realizan desde un determinado lugar de Europa hacia otro, independientemente si el destino se situara dentro del mismo país de origen del individuo o no: se incluye aquí cualquier viaje peregrinatorio que se hiciera sin salir de las fronteras occidentales.

El viaje peregrinatorio cristiano se desarrolla históricamente desde la Roma Imperial, ampliándose progresivamente durante los primeros siglos medievales. Durante esta etapa, los destinos predilectos fueron aquellos sitios cuna de la religión cristiana, particularmente los Santos Lugares. Los peregrinos se dirigían a Palestina a veces descalzos o llevando tan sólo una camisa, viajando usualmente armados de cruz, vara y bolsa dadas por un sacerdote. Entre las narraciones de los peregrinos de la Temprana Edad Media, se encuentran aquella del obispo franco Arculfo -de fines del siglo VII- y la realizada por Willibald -hacia el siglo VIII-.

Claro que el viaje no era masivo, a causa de las condiciones políticas, económicas y sociales propias de la época. A esta primera etapa dentro del viaje religioso hacia Jerusalén se la puede analizar conjuntamente hasta las cruzadas, en base a la importancia cuantitativa de los viajes, e independientemente de los cambios políticos que se produjeran en Oriente.

Una nueva etapa se abre a partir de la segunda mitad del siglo XI, especialmente hacia el final, cuando las peregrinaciones se hicieron más frecuentes. Como ya se ha mencionado, el camino lo emprendían generalmente cientos de peregrinos y rara vez miles. El movimiento de viajeros religiosos más importante de este tipo tuvo lugar en 1064-65, cuando se dirigieron desde Europa hacia Jerusalén siete mil (según otras fuentes, trece mil) peregrinos alemanes e ingleses conducidos por el arzobispo Sigfrido de Maguncia y por el abad Ingulfo de Croyland. Las penurias propias del viaje hicieron que la mayoría de los peregrinos que emprendieron el viaje perecieran en el camino, no habiendo alcanzado nunca su lugar de destino.

Tras la conquista de Jerusalén y la creación de los estados latinos de Oriente, el viaje continuó siendo un hecho penoso para los peregrinos campesinos, perdiendo muchos de ellos la vida previamente a alcanzar el destino. Durante la etapa del reino latino de Jerusalén, la afluencia de viajeros formalmente motivados por el sentimiento religioso aumentó; pero junto a los devotos, hubo muchos que ocultaban otras intenciones tras apariencias sacras.

Las peregrinaciones intra-europeas fueron agregándose con el correr del tiempo a aquellas que se realizaban hacia Jerusalén. A las peregrinaciones intra-europeas puede subdividírselas, según su carácter internacional, en pancatólicas, es decir, las de carácter universal (Roma, Santiago de Compostela); y las menos internacionales, que vivían del culto de las reliquias (Cantorbery, Nuestra Señora de Chartres).

Los lugares de peregrinación celebraban a algún santo, del cuál se poseían –o se afirmaba poseer- las reliquias. La posesión de éstas favorecía el prestigio y la fortuna de algún sitio, transformándose en centro de peregrinación. Hacia finales del siglo XIII, existían en Occidente unos 10.000 sitios que se consideraban como digno objeto de peregrinación cristiana. Todas las crónicas medievales se encuentran cargadas de historias de invención o de traslado de reliquias, pues se las consideraba de tal importancia que no se vacilaba en pagar un alto precio por ellas. La basílica de San Pedro afirmaba poseer los cuerpos de Pedro y Pablo; una iglesia de Saint-Olmer decía tener trozos de la Vera Cruz, de la lanza que hirió a Jesús, de su cuna y su tumba, etc. Tres distintas iglesias francesas declaraban poseer el cuerpo completo de María Magdalena. La catedral de Amiens guardaba la cabeza de San Juan Bautista en una copa de plata. La explotación de las reliquias producía demasiados beneficios, por lo que obviamente se daba lugar a abusos. El gran mercado de reliquias era Constantinopla –saqueado por los cruzados en 1204-. Cuando las reliquias no podían ser adquiridas, se recurría a robarlas; contra esto, las abadías tomaban precauciones respecto a la seguridad con el objeto de alejar a los ladrones. Por ejemplo, la antigua abadía de Fleury, en San Benito del Loira, había recibido de Monte Cassino huesos del fundador de la Orden de los Benedictinos; tuvieron entonces los monjes la idea de ahuecar la columna central de la cripta para encerrar allí la urna: de éste modo, angostas aspilleras permitían a los peregrinos verla y tocarla, pero para sacarla de su lugar eran necesario forzar la pesada verja cuya llave tenía únicamente el abad, y que sólo se abría los días de exposición o procesión.

Claro que la explotación de las reliquias, tan rentable como lo era el tráfico de indulgencias, también experimentó condenas en el clero secular, del mismo modo que fue rechazada por buena parte de los monasterios. No obstante, reformadores como Lutero o Calvino –éste último con su Tratado de las reliquias- y humanistas del Renacimiento encontraron materia sobrada para criticar aquellas prácticas. Pero independientemente de las críticas, el fenómeno del culto a las reliquias ha sido uno de los más interesantes de la civilización de la Edad Media.

Ningún destino de peregrinación alcanzó tanta importancia en Occidente como Roma, seguido por Santiago de Compostela. Así, puede afirmarse que el centro ideal del mundo medieval, más allá de las consideraciones oriente-occidente, fue el Mediterráneo, que incluía: Jerusalén, donde Cristo nació, vivió y murió; a Roma, donde se produjo el martirio de Pedro, y donde reside el sucesor de él; y Santiago de Compostela, donde se encuentran los restos del apóstol Santiago.

Analizar la peregrinación según el género también resulta interesante. La relación entre la mujer y la peregrinación fue cambiando en el trascurrir medieval. Como se ha mencionado, durante los inicios del Medioevo, la mujer peregrinaba, del mismo modo que lo hacían los hombres. No obstante, su voluntad casi siempre se encontró supeditada a la decisión de los hombres de su familia, por ser considerada, tanto por el derecho canónico como por el civil, como un ser inferior al hombre. La Iglesia contribuyó con algunas leyes a la sujeción de la mujer; y asimismo, tomó la decisión de prohibir las peregrinaciones hacia Roma, al observar que las mujeres podían sufrir mayores penurias que los hombres en el trascurso del viaje. “San Bonifacio hace notar, en efecto, que hacia 730 sus compatriotas anglosajonas que habían partido en peregrinación a Roma se habían visto forzadas a prostituirse a fin de poder llegar a destino”. Aparentemente, éste episodio particular se habría engendrado a causa de una visión dual que existía en aquellos tiempos respecto a la hospitalidad, que oscilaba entre la consideración de la misma como un deber sacro, y un férreo rechazo al extranjero. Como producto de ésta forma de sobrellevar el viaje, la Iglesia decidió tomar como medida la prohibición a las mujeres de peregrinar hacia Roma.

Pero la mujer terminó uniéndose nuevamente a las peregrinaciones, participando de ellas a la par de los hombres, al igual que intervenía durante las festividades religiosas; pero nunca con teniendo una situación de igualdad con el hombre, ni jurídica, ni en la consideración religiosa. Por ejemplo, Santo Tomás consideraba que “(1) la mujer está sujeta al hombre a causa de la debilidad de su naturaleza, tanto mental como corporal… (2) El hombre es el principio de la mujer y su fin, así como Dios es el principio y el fin de toda criatura… (3) La mujer se halla en sujeción de acuerdo con la ley de la naturaleza, pero un esclavo no… (4) Los niños deberían amar a su padre más que a su madre”. Respecto a las monjas, ellas también fueron segregadas y se las intentó disciplinar con más énfasis que a los hombres. La Iglesia había decretado que las monjas no peregrinaran con el fin de aumentar la disciplina conventual, ordenando Bonifacio VIII (1300) una estricta clausura o separación del mundo: es así que la priora de los Cuentos de Chaucer está donde no debiera, pues la Iglesia había prohibido peregrinar a las monjas.

La realidad de la peregrinación –sin llegar a los casos de muertes por hambre o ataques en los caminos- es la que se cuenta en la Leyenda áurea. “Hacia el año 1100 del Señor, un francés se dirigía a Santiago de Compostela con su mujer y sus hijo, en parte por huir del contagio de la peste que asolaba su país, en parte por ver la tumba del santo. En la ciudad de Pamplona su mujer murió, su huésped le dejó sin dinero y le quitó incluso el jumento que llevaba para transportar a sus hijos. El pobre padre puso entonces a dos de sus hijos sobre sus hombros y llevó a los otros de la mano. Un hombre que pasaba con un asno tuvo piedad de él y le entregó el jumento para que pudiera llevar a sus hijos sobe la bestia. Llegado a Santiago de Compostela el francés vio al santo que le preguntó si no lo reconocía y añadió: "Yo soy el apóstol Santiago. Fui yo quien te dio el asno para venir aquí y te lo daré de nuevo para la vuelta...". Los peregrinos sufrían aquellas complicaciones en la búsqueda de alcanzar los lugares de devoción pero, claro, sin la ayuda de asnos milagrosos como el que ayudó a éste peregrino francés.

La peregrinación –fundamentalmente, aquella intra-europeo- acabó por crear toda una serie de caminos especiales, vías de peregrinos, a través de los cuales aparecieron y se desarrollaron hospitales y albergues que ofrecían sus servicios, sumándose a los brindados por los monasterios. Febvre observa que el lanzamiento de una peregrinación provocaba la “creación de caminos, de los famosos caminos de Santiago; y en estos caminos, creación en número verdaderamente increíble, de hospitia, albergues o asilos nocturnos a intervalos convenientes; creación, un poco en todas partes, de cofradías especiales; conservación de una Orden religiosa y militar consagrada a la protección a mano armada de los peregrinos”.

Si se habla de peregrinación, hay que referirse también a la fundación y el desarrollo de las Órdenes Militares. Vinculadas estrechamente a las cruzadas, atañe mencionar la fundación de las órdenes militares del Hospital y del Temple. La orden militar del Hospital surgió a partir de los monjes que acogían precisamente en un hospital dirigido por ellos –y patrocinado por mercaderes italianos-, a los peregrinos llegados a Jerusalén. Se militarizaron tras decidir proteger el acceso a la ciudad santa desde Jaffa, convirtiéndose en monjes-caballeros. Es así que surge la Orden de los Hospitalarios. Por su parte, los Templarios –nombrados así por tener una casa contigua al Templo de Salomón-, se consagraron exclusivamente a labores militares, fundamentalmente a defender y proteger a los cristianos que llegasen a Oriente. En el siglo XII, las órdenes alcanzaron una situación preponderante en los estados latinos orientales.

Los príncipes católicos occidentales procuraron fortalecer y acrecentar el poderío de las órdenes, con el fin de que les ayudasen a mantener bajo su dominio a los países del Oriente. Asimismo, hay actividades específicas a las que se dedicaron las órdenes plenamente ligadas al viaje de los altos señores europeos. En primer lugar, peregrinos pertenecientes a la aristocracia encargaban a las órdenes la adquisición de fincas, palacios y casas en Siria y Palestina en donde poder residir mientras se encontrasen en los Santos Lugares; tras su regreso, todos esos bienes pasaban a propiedad de las órdenes. Estos convenios fueron concluidos en el siglo XII por los Hospitalarios con la princesa Constancia, hija de Luis VII de Francia, con el duque Ladislao de Bohemia y con otros personajes de importancia. Pero el papel de las órdenes en lo referido al viaje peregrinatorio no se limitó simplemente al tema del alojamiento de los estratos más altos de la sociedad. También tuvieron importancia en el transporte de peregrinos desde Europa hasta Oriente –actividad por la que percibían un elevado precio- y en los préstamos de dinero. Respecto a esto último, ya en el siglo XII, los Templarios prestaban dinero a los peregrinos ilustres.

Al igual que en el Oriente, en Occidente también aparecieron órdenes militares, entre las cuáles se encontraban aquellas relacionadas con la peregrinación religiosa, en éste caso plenamente intra-europea. A modo de ejemplo, puede mencionarse a la Orden de los “Freires de Cáceres”, de 1170, que pasaría a llamarse pronto de de Santiago en 1171 “por asumir la defensa de los peregrinos que se dirigían a Compostela”.


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