D. EL CAPITALISMO DEL SIGLO XVI EN CHILE: COLONIZACIÓN DE UN SATÉLITE

Las mismas contradicciones capitalistas comenzaron a determinar el destino de Chile en el siglo XVI. Ya desde el comienzo de su existencia colonial Chile ha tenido una economía basada en le exportación. La estructura económica, política y social de Chile fue siempre determinada —y sigue siéndolo— en primer lugar por la realidad y la naturaleza específica de su participación en el sistema capitalista mundial y por la influencia de este sistema en todos los aspectos de la vida chilena. Mi tesis, desde luego, no es compatible con la imagen generalmente aceptada que presenta al Chile de ayer y aun al de hoy como una economía y sociedad "autárquica" o "feudal", "cenada" y "reclusa". Pero es compatible con la realidad histórica y contemporánea de Chile.

Es muy característico el hecho de que Chile iniciara su existencia colonial como exportador de oro. Pero sus minas (en Chile, lavaderos en la superficie) no eran muy ricas ni duraron mucho. Su explotación formal comenzó por el año de 1550 y su producción decayó rápidamente después de 1580. Empero, a diferencia de las colonias continentales españolas, aunque no, quizás, de Guatemala, ya en esa época Chile exportaba un producto de su país: el sebo de sus reses. Por cierto, el más atento estudioso de esa época chilena cree que el valor de las exportaciones de oro de Chile no excedió en ningún momento el de las de sebo (información personal de Mario Góngora). El grueso de las exportaciones de sebo chilenas iba ya entonces a Lima, el más cercano centro comercial grande del imperio colonial, y no a la metrópoli europea. AI mismo tiempo, la cría de ganado para venta y consumo local y la producción de lana para telas con que vestir a mineros, soldados y otros formaron la base de una creciente economía comercial, dependiente e interior.

Pocos años después de la muerte de Valdivia ya existe un pequeño intercambio con el virreinato; dice Ross que en 1575 ya menciona la historia un cargamento de 400 fanegas de trigo que se exportaba a Lima por el Maule. Este comercio se mantuvo por vía marítima desde entonces, y más de una vez fue estimulado por las medidas oficiales: en 1592, por ejemplo, Hurtado de Mendoza suprimió en forma eventual los derechos de alcabala de la exportación de Chile al Perú. El intercambio era interrumpido transitoriamente de cuando en cuando por los corsarios que siguieron a Drake después de 1568, y con posterioridad fue alterado de un modo artificial por los intereses monopolistas. Al finalizar el siglo XVI la influencia del encomendero sobre la tierra, y las mercedes que se conceden, han echado las bases de una gran propiedad territorial que va a imprimir una especial fisonomía a la vida agrícola; lo propio ocurre con la encomienda indígena respecto de la mano de obra rural. Es el momento en que se impone la economía pastoril y pierden importancia los lavaderos de oro, pero la larga transformación que ahí se inicia, a juicio del profesor Jean Borde, viene a culminar sólo en el siglo XVIII; y es en relación, sin duda, con el auge del trigo que dicha evolución converge a la lenta definición de un nuevo tipo de mano de obra y de estructura agraria, el inquilinaje, que constituye hasta la actualidad el elemento característico de toda la vida rural del Chile central.

Historiadores como Vicuña Mackenna y Barros Arana, al referirse a este momento de transición en la economía colonial, han insistido quizás demasiado en su carácter de subsistencia y en el escaso auge alcanzado por el comercio de los frutos de la tierra. Nosotros creemos que este comercio se inició tempranamente, y tuvo algún significado, puesto que sacando ventajas de las condiciones de clima, el retorno chileno a las mercaderías españolas provenientes del Perú, pasó pronto del oro primitivo a los productos agrícolas y al sebo. No tiene otra explicación que los corsarios capturaron barcos repletos de mercaderías que iban hacia el Perú, y que españoles de empresa como Juan Jofré y Antonio Núñez de Fonseca poseyeran navíos dedicados a la navegación comercial y permanente con el virreinato...

Existe más de un motivo para pensar que la producción agrícola excedía, al explicar el primer siglo de la Colonia, las necesidades del consumo; así lo evidencia un informe ordenado por García Ramón, en 1600, al decir, tal vez con algo de exageración, que la producción agrícola del reino podía abastecer a cincuenta ciudades mayores que la capital... Múltiples son los testimonios que dan cuenta de la relación comercial con el Perú y de los mayores ingresos de una población en aumento; así, por ejemplo, el corsario holandés Oliverio de Noort que estuvo en Valparaíso en 1600, enumera las mercaderías encontradas en uno de los barcos que hacían este comercio pionero, en el cual ya se evidencia un dominio de los productos de origen animal sobre los propiamente agrícolas; es la característica del siglo del sebo. Idéntica opinión se encuentra en las informaciones proporcionadas por el padre Ovalle, cuando dice que fuera de 20.000 qq. de sebo que quedaba en el país, todo lo demás se repartía por el Perú. Sin embargo, la producción agrícola propiamente tal, ocupaba un lugar secundario (Sepúlveda, 1959: 13-15).

Documentos contemporáneos confirman el reciente juicio de Sepúlveda e iluminan más la estructura monopolista del comercio exterior e interior del siglo XVI y el empleo que se hacía del excedente económico generado y concentrado por esa estructura. En 1583, el Cabildo de Santiago resolvió que "por cuanto hay gran falta en esta ciudad de candelas y sebo para ellas, y si se diese lugar a que se saque para el Perú, como al presente se dice que lo envían algunas personas, esta ciudad quedaría muy desproveída, y para que se ponga remedio en lo susodicho, mandaron a que se apregone públicamente que ninguna persona lleve a embarcar ningún sebo ni velas sin licencia de este Cabildo, so pena que lo tenga perdido, aplicado para propios de esta ciudad". (Alemparte, 1924: 21).

Cien años después, en 1693, el Cabildo de Santiago ordenaba "que ninguna persona saque de esta ciudad, de cualquier calidad que sea, para el puerto de Valparaíso ni otros de estas costas... trigo, harina, ni bizcocho, so pena de cien pesos y perdido cualquiera de los géneros referidos y las mulas en que se condujiere". (Alemparte, 1924: 22).

"Somos informados y se ha visto por experiencia que cuando hay falta de mercaderías, algunas personas procuran recoger todas las que hay de aquel género, para efecto que solamente se hallen en su poder, para venderlas a los precios que él quisiere, con lo cual se sigue notable daño a la república". (Alemparte, 1924: 12).

Alemparte habla de cientos de ejemplos en las actas municipales de tales faltas artificialmente creadas, de especulación interior y de exportación, cuando esta última, en detrimento de la población local, resultaba aún más provechosa, y de ordenanzas municipales destinadas a reprimir tales prácticas. Alemparte añade que "es cierto que la revisión completa de estos documentos muestran como fueron violadas frecuentemente estas ordenanzas; pero no deberíamos sorprendernos de ello, puesto que los regidores de la ciudad y los hacendados —como ya observamos— eran los mismos". Aunque Alemparte sugiere que estas regulaciones eran compatibles con las costumbres económicas y morales de la época, las actas del Cabildo de mayo de 1695 dan de ellas una razón más esclarecedora: sin ellas, "pereciera una república por voluntad de codicia o se diera lugar a un motín, que fuera de peor consecuencia". (Alemparte, 1924: 19, 21, 24).

Las ordenanzas de la época, particularmente en sus esfuerzos por imponer restricciones y prohibiciones, revelan mucho acerca del empleo que se daba al excedente económico generado en forma tan monopolística: "En los años que siguen [1558], el lujo va en aumento y el color negro —implantado por el sombrío Felipe— pasa también a Chile... en 1559 vemos figurar en un inventario «treinta barras de damasco de la China, dos libras y una de seda de la China... veinte barras y cuarta de franjas de oro... un vestido de mujer argentado»...." (Alemparte, 1924: 64). El 23 de octubre de 1631 el Cabildo de Santiago, en reunión con "ciertos individuos privados de esta ciudad, para tratar de la reforma del vestido", ordenó como sigue:

"El 23 de octubre de 1631 el Cabildo de Santiago, reunido junto con algunas personas particulares de esta ciudad, para ver la reformación de los trajes", dictó las ordenanzas siguientes: I, "que ninguna persona, hombre o mujer, de ningún estado o calidad que sea, puede vestirse enteramente de tela rica, de oro y plata, ni de seda, ni traer jubones, ni mangas de dicha tela, ni lana de oro y plata, ni más guarniciones en los vestidos que la que en las ordenanzas siguientes se dispondrá", bajo serias penas... Octava: que "ningún indio ni india, de cualquier nación que sea, negro o negra, mulato o mulata, puedan vestirse más que a su uso de ropa de la tierra, o cuando mucho de paño de la tierra ...", décima cuarta: "que los vecinos y moradores, con gastos superfluos e inexcusados [no se arruinen] mandamos que en todas las cosas que se ofrecieren y hubieren de hacer, guarden y cumplan en gasto y orden muy moderado, sin exceder de una modestia justa, y que las autoridades corrijan y castiguen cualquier exceso, lo mismo que a los inventores de gastos nuevos e intrusos". (Alemparte, 1924: 66).

Alemparte observa, indudablemente con razón y con evidente importancia, para la tesis que en este ensayo se expone:

"Es útil agregar que estas disposiciones contra el lujo fueron dictadas no por razones morales o religiosas —como pudiera creerse, a primera vista— sino por motivos económicos, según se establece en su parte expositiva. Pues la ruina de los particulares, causada por los "costosísimos trajes, que cada día se varían... enflaquece las repúblicas, desustanciándolas del dinero... sangre y nervios que las conservan". (Alemparte, 1924: 68).

En términos de hoy, el gobierno se preocupaba por la balanza de pagos y el drenaje de divisas del país y de recursos locales (el excedente) que las importaciones de este sector monopolista representaban entonces no menos que hoy.

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