TEXTOS SELECTOS

CURSO DE ECONOMÍA SOCIAL

 

R. P. Ch. Antoine

 


 

 

 

Fin social del trabajo.

El trabajo no tiene solamente un fin individual, sino que, además, tiene un fin social. Para convenceros de esta verdad, recordad que el fin de la sociedad civil es la prosperidad temporal, la cual exige condiciones de bienestar material y cierta abundancia de riquezas destinada a favorecer el ejercicio de la virtud. Ahora bien; ¿no tienen, en último análisis, estas riquezas el trabajo por origen?

El trabajo contribuye, pues, en una muy amplia parte, al fin propio de la sociedad. Tal es la enseñanza de León XIII: «Los hombres, dice, que se dedican a las cosas de la industria, no pueden concurrir a este bien común de la sociedad civil, ni en la misma medida, ni por los mismos caminos que los gobernantes. Sin embargo, también ellos, aunque de una manera menos directa, sirven grandemente a los intereses de la sociedad. Sin duda ninguna, el bien común cuya adquisición debe tener por efecto perfeccionar a los hombres, es principalmente un bien moral; pero, en una sociedad bien constituida, debe encontrarse cierta abundancia de bienes exteriores cuyo uso se requiere para la existencia de la virtud. Ahora bien; de todos estos bienes, el trabajo del obrero, trabajo de los campos y de las fábricas, es el que constituye la fuente fecunda y necesaria. Es más, en este orden de cosas, el trabajo es de tal fucundidad, que se puede afirmar sin temor a engañarse, que es la fuente única de donde procede la riqueza de las naciones (1)

A esta relación de orden material y físico, se agrega otra de orden más elevado, de orden moral.

La desigualdad real de los hombres y de las condiciones concretas de su existencia, es el hecho fundamental que da nacimiento a la sociedad. Verdad es que todos los hombres son iguales en la común indigencia; ninguno de ellos se basta plenamente, ni ninguno se halla exento de las necesidades, cuya satisfacción no puede obtener más que por el concurso de otros hombres. Pero estas necesidades son muy diferentes: aquí son principalmente materiales, allí son más bien morales; ya estas necesidades son apremiantes e inmediatas, ya son necesidades más lejanas (2).

Esta diversidad de necesidades, esta desigual participación en los bienes intelectuales, morales y materiales de la existencia y esta mutua dependencia determina a los hombres a que unan sus esfuerzos, a que asocien su actividad, y bajo múltiples formas, el trabajo llega a ser el lazo moral de las sociedades (3).

Por otra parte, el trabajo, principio de unión, de armonía y de concordia para el cuerpo social, desempeña esta función de una manera especialísima. Mientras que los otros lazos sociales, como la familia, la autoridad y la propiedad son los elementos constitutivos de la sociedad, el supuesto indispensable para el cambio de servicios y para la satisfacción de las necesidades recíprocas en la colectividad, el trabajo procura, directa e inmediatamente, esta satisfacción, puesto que es el medio práctico de realizarla; es el necesario complemento de los demás lazos sociales y es también el ejercicio de la actividad de los órganos del cuerpo social.

Síguese de lo dicho que el trabajo tiene un papel social de la más alta importancia. Si produce directamente el bien particular de los trabajadores, no deja de contribuir indirectamente, al bien común de la sociedad. ¿Hay que concluir de eso que el trabajo sea una función social? Esta expresión ha dado lugar a polémicas ardientes, en las que, con frecuencia, las palabras ocupaban más lugar que las ideas. ¿Por «trabajo, función social» queréis decir que el trabajo pertenece al orden público antes de ser comprendido en la esfera de los intereses privados o también que el derecho de trabajar se confiere directamente por la autoridad suprema? En este caso el trabajo no es una función social, el trabajador no es un funcionario del Estado-poder. ¿Se entiende por «trabajo función social» el papel social del trabajo, la acción propia de la clase obrera parte del organismo social, la contribución aportada por los trabajadores al bien común de la sociedad? ¿Qué inconveniente habría entonces de llamar al trabajo una función social? Para dulcificar vuestra expresión y evitar un ataque de nervios a cierta clase de personas, agregad si queréis que el trabajo es una función indirectamente social. Y en verdad, ¿no dice León XIII que todos los ciudadanos, sin excepción, deben aportar su parte a la masa de bienes comunes... los unos, los gobernantes que trabajan directamente para el bien común (función social directa)... los otros, los trabajadores que, de una manera menos directa, sirven grandemente los intereses de la sociedad (función social indirecta)?» (4).

Para que el trabajo cumpla esta misión de paz, de armonía y de prosperidad común, es preciso que se halle ordenado a su fin natural: la satisfacción de las necesidades recíprocas de diversas clases de la sociedad.

Las necesidades de una clase están en armonía con las de las demás clases, la satisfacción de las unas es la condición de la satisfacción de las otras; tal es el orden natural y fundamental. Cambiad, perturbad este orden, y resultará para la sociedad el malestar, el sufrimiento y el desorden. Que el trabajo tenga 'por fin, no la satisfacción recíproca y armónica de las necesidades legítimas, sino la satisfacción exclusiva de una sola clase; que sirva para satisfacer, no solamente las necesidades racionales de una clase privilegiada, sino también la avaricia, la prodigalidad y el lujo, y la sociedad entera sufrirá necesariamente con esta desviación del fin natural del trabajo.

¿No es demasiado frecuente que los capitalistas consideren el trabajo como media de satisfacer su concupiscencia?

¿No explotan nunca en su provecho las fuerzas de los trabajadores? ¿Cómo negar la triste realidad después de la voz de alarma de León XIII? «Poco a poco los trabajadores, aislados y sin defensa, se han visto, con el tiempo, entregados a merced de amos inhumanos y a la -concupiscencia de una competencia desenfrenada. A todo esto hay que añadir el monopolio del trabajo y de los efectos de comercio convertido en patrimonio de un pequeño número de ricos y de opulentos que imponen un yugo casi servil a la infinita multitud de los proletarios.» Y también: La violencia de las revoluciones políticas ha dividido el cuerpo social en dos clases y ahondado entre ellas inmenso abismo. De una parte, la omnipotencia en la opulencia: una fracción que, dueña de la industria y del comercio, desvía el curso de las riquezas y hace que afluyan a ella todas las fuentes de la misma, fracción que, por otra parte, tiene en su mano más de un resorte de la Administración pública; de la otra, la debilidad, en la indigencia una multitud siempre dispuesta al desorden» (5).

He ahí las tristes y dolorosas consecuencias de esa violenta separación del trabajo de su fin natural; he ahí al propio tiempo el principio de la reorganización social: volver todos los organismos de la sociedad a su fin natural. «Porque, nos dice también el gran Pontífice, la perfección de toda sociedad consiste en perseguir y alcanzar el fin en cuya vista se ha fundado, de suerte que todos los movimientos y todos los actos de la vida social nazcan del mismo principio de donde ha nacido la sociedad. Así, apartarse del fin es ir a la muerte; volver a él es recuperar la vida. Y lo que decimos del cuerpo social entero, se aplica igualmente a esa clase de ciudadanos que viven del trabajo y que constituyen la inmensa mayoría» (6).

El fin del trabajo según la escuela clásica.—A la luz de estos principios se puede juzgar cuán antisocial es la tesis de la escuela liberal: el trabajo no es más que una fuerza productiva del mismo orden que la fuerza mecánica; el obrero es un capital viviente. Según A. Smith, el fin del trabajo es únicamente la producción y el incremento de la riqueza nacional (7). Ricardo no considera en el obrero más que un productor de las riquezas y del valor (8). Macleod, Sterling, Lord Cardweld, M. Block (9) y gran número de economistas expresan el mismo pensamiento (10). «Uno vende su trabajo, escribe Ives Guyot, como el tendero vende su sal, su azúcar y su café, como el panadero vende su pan y el carnicero su carne (11).» Y de Molinari: «Desde el punto de vista económico, los trabajadores deben considerarse como verdaderas máquinas que suministran cierta cantidad de fuerzas productivas y que exigen en retorno ciertos gastos de sostenimiento y de renovación para poder funcionar de una manera regular y continua» (12). Nosotros no podemos admitir esta doctrina desesperante, porque el trabajo crea entre el patrono y el obrero lazos morales y jurídicos de que nos vamos a ocupar.


(1) Encycl. Rerum novarum, § Quamvis autem.

(2) P. Meyer, Die Sociale Frage, p. 76.

(3) Burri, Il Lavoro, p. 23.

(4) Encycl. Rerum novarum, § Quam vis autem.

(5) Encycl. Rerum novarum, § Rerum novarum: Mercedem.

(6) Encycl. Rerum novarum, § Denique nec satis.

(7) La riqueza de las naciones, lib. I, cap. V.

(8) Principios de Economía política, lib. I, cap. I.

(9) Les progrès, t. 1, p. 303.

(10) Los economistas de la escuela alemana rechazan esta concepción materialista del trabajo humano. V . Wagner Lehr u Handbuch, p. 78. —Cohn. System, t. I, p. 192 y sig.—Schönberg, Handbuch, t. 1, págs. 179-185.

(11) La Tyranie socialiste, p. 44.

(12) Cours d'écon. polit., p. 203. -- Notions fondamentales, págs. 206 y 351.—Carta pastoral del arzobispo de Perusa, para la Cuaresma de 1877. (Questions sociales et ouvrieres, p. 479.)


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