TEXTOS SELECTOS

CURSO DE ECONOMÍA SOCIAL

 

R. P. Ch. Antoine

 


 

 

 

Enumeración de los caracteres de la democracia cristiana.

Ahora es oportuno precisar los caracteres de la democracia cristiana, fijando desde el principio lo que es sustancialmente por oposición a lo que no es y después lo que puede ser y hacerse desde el punto de vista accidental e histórico, sin atacar al principio generador de donde deriva.

A fin de evitar las expresiones vagas e indeterminadas que perjudican al rigor científico y a la seguridad de las conclusiones, séanos permitido exponer estos caracteres en forma de proposiciones tal cual se han formulado por el eminente profesor de Pisa.

Primera proposición.

Hay una democracia cristiana que, en su concepto esencial, se identifica con la noción misma del orden social fundado sobre el deber.

Esta democracia se halla caracterizada por el doble fin a que tiende.

1.° El bien proporcional de todas las clases sin excepción.

2.° Y, por eso mismo, un cuidado especial del bien de las multitudes que tienen más necesidad de tutela y de ayuda por parte de la sociedad.

El medio normal de alcanzar este segundo fin es la organización jerárquica de la sociedad.

Segunda proposición.

En lo que contiene de esencial, la democracia no se confunde con ninguna forma de gobierno o de régimen político.

Cualquiera que sea su forma, el Estado más democrático es el que protege y favorece mejor los intereses de todos y, en las debidas proporciones, los del mayor número. La monarquía de San Luis, en Francia, fue sin duda más democrática que la república de Cromwell, en Inglaterra.

La participación del pueblo es accidental en la democracia y puede revestir las más diversas formas y, en cualquier caso, no hace falta que todo el pueblo participe del poder.

Por lo demás, no es solamente en los grandes parlamentos donde se ha manifestado en todas las épocas la participación del pueblo en los negocios públicos, sino más bien en los organismos autónomos de los municipios y de los gremios investidos de funciones civiles, de las asociaciones de campesinos, de vecinos o uniones parroquiales y en la fecunda autoridad de las costumbres jurídicas locales. La mejor participación del pueblo en el poder parece residir en las administraciones autónomas, sean locales o regionales. En todo caso, nótese bien el régimen democrático, la democracia cristiana, no es necesariamente la república, porque la Iglesia, guardiana de las tradiciones útiles al pueblo, no ha dicho jamás, y hoy lo afirma más que nunca, que no se debe esperar la salud de la sociedad y del pueblo mismo de una forma concreta de gobierno con exclusión de todas las demás (1).

Tercera proposición.

Desde el punto de vista estricta-mente social, la democracia cristiana no excluye ni disminuye, ni en manera alguna trastorna la jerarquía natural e histórica de las clases; no engendra entre éstas ni escisión ni oposición.

Precisamente porque de un modo esencial exige el concurso activo de todos en el bien común proporcionalmente a las aptitudes y a las capacidades de cada cual, la democracia cristiana supone la jerarquía de clases; es más, la mantiene y la fortifica. A causa de la libertad, que debe más que en cualquiera otra parte ser reconocida y protegida por todos en la democracia cristiana, y a causa de los auxilios concedidos preferentemente a los pequeños para elevarlos y hacer que crezcan en su estado, acontecerá infaliblemente que una parte más escogida de las clases inferiores, gracias a los méritos personales, de talento, de virtud, de riquezas adquiridas y de influencia social pasará a las ciases superiores.

He aquí cómo la democracia cristiana cimenta la unión de las clases y acrece la dignidad de los superiores.


(1) Si se entiende por democracia, escribe el R. P. Dehon, una sociedad en que las funciones son colectivas, en que los ciudadanos tienen todas las facultades para el aumento de su bienestar y donde los municipios viven en conformidad a sus propias leyes, la Iglesia no se opone a ella.» (Catechisme social, p. 28.)


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