TEXTOS SELECTOS

CURSO DE ECONOMÍA SOCIAL

 

R. P. Ch. Antoine

 


 

 

 

ARTÍCULO CUARTO: LA CARIDAD

¿Qué es la caridad?

La palabra caridad se toma en dos distintos sentidos: ya significa el amor de los hombres, la benevolencia, ya la asistencia concedida a los desgraciados. Dar su superfluo, apiadarse de la pobreza del prójimo, ir en ayuda de su indigencia, tal es el papel de la caridad-beneficencia. Considerando la cosa de cerca, es fácil comprobar que la beneficencia no procede de un modo necesario del amor al prójimo. Se puede, pues, dar al pobre por conveniencia, por vanidad, hasta por egoísmo; para evitar la penosa impresión que causa el espectáculo de la miseria y para librarse de las inoportunidades del mendigo. ¡Cuánto más elevada no es la caridad cristiana!

Virtud sobrenatural, la caridad cristiana nos hace amar a Dios por sí mismo, sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es una virtud divina, una gracia, un don de Dios; el fundamento de la vida cristiana, el resumen de la ley y de los profetas. ¿Qué decir más? ¿No es la reina, la coronación, la perfección de todas las virtudes, la fuente más pura del ideal cristiano, de la santidad? Ama et fac quod vis, decía excelentemente San Agustín. ¿Se puede concluir de lo dicho que no exista fuera del cristianismo el amor al prójimo? Seguramente que no, porque el amor al prójimo fundado en la comunidad de raza y de fin último, en la fraternidad del rango y la sociabilidad innata en el hombre, brota espontáneamente de la naturaleza humana. Ahora bien; la religión revelada y enseñada al mundo por Jesucristo, no destruye ni amengua la naturaleza, sino que la perfecciona, la fortifica y la eleva.

Así, en el cristianismo, la filantropía, la benevolencia natural, se convierte en caridad, la caridad que desciende de una fuente divina y se alimenta en una fuente divina. Y es que el Verbo encarnado, al descender sobre nuestras miserias, con una condescendencia infinita, puso los fundamentos de una nueva fraternidad entre los hombres, invitando a todos ellos a la misma fe y a la misma dicha, elevándolos a la dignidad de hijos del Padre, que está en los cielos y de hermanos de Jesucristo. Esa es la verdadera caridad cristiana, tan mal comprendida por algunos adversarios. «La caridad cristiana, escribe M. Fouillée, no fué verdaderamente el amor al hombre, sino el amor a Dios y a los hombres por Dios. El cristianismo no cree que los hombres lleven en sí mismos el principio de su unión recíproca, que sean amigos por su naturaleza esencial y enemigos solamente por los accidentes o las necesidades de la vida (1).» Y más lejos: «Es peligroso buscar fuera de la humanidad el lazo del hombre con el hombre, pues entonces la caridad se reduce a una gracia y la gracia a una elección; la caridad concluye por dejar fuera de sí a los réprobos, y, ya en esta vida, hace anticipos de la condenación futura con el odio más o menos disimulado a los infieles y a los incrédulos (2).» Si M. Fouillée se tomara la molestia de leer cualquier manual de filosofía moral redactado por un autor católico y luego una explicación cualquiera de la doctrina cristiana, en la primera obra encontraría expuesta y desarrollada, a ciencia y conciencia de la Iglesia, la tesis de derecho natural de que-la benevolencia innata del hombre por el hombre constituye el fundamento de toda sociedad y que la semejanza de su naturaleza esencial es un principio de amistad. Tal es la enseñanza de la Iglesia, así como también de la razón. Por lo que respecta a la caridad sobrenatural, ningún catecismo ni ninguna teología han excluido nunca a los que son extraños a las creencias de la Iglesia; el celo de nuestros apóstoles y la abnegación de nuestros sacerdotes son católicos como el principio en que se inspiran.

Para atacarla con más seguridad, los adversarios de la caridad cristiana comienzan por desnaturalizarla. Es, pues, nuestro deber volver a ilustrar con su verdadera luz esta noción. Con este fin vamos a comparar entre sí la caridad y la justicia.


(1) La Ciencia social contemporánea.

(2) Ibid., I.


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