TEXTOS SELECTOS

CURSO DE ECONOMÍA SOCIAL

 

R. P. Ch. Antoine

 


 

 

 

ARTICULO SEGUNDO:  ORIGEN NATURAL DE LA SOCIEDAD CIVIL

De estas consideraciones generales descendemos al estudio particular de la sociedad civil. El primer carácter de la sociedad política es, sin duda ninguna, el ser una sociedad de derecho nacional y el de tener su fundamento en una tendencia innata de la naturaleza humana. La sociedad política es una sociedad natural.—Según Hobbes y Rousseau, la sociedad política no es una institución natural. Resulta, por el contrario, de un contrato libremente discutido, cuyas cláusulas son siempre revocables al arbitrio de los contratantes. En suma, sucede con el contrato social de donde procede la sociedad, lo mismo que con cualquier otro contrato civil o mercantil. Esta teoría, o más bien esta hipótesis gratuita, no es fundada (1). Interroguemos la historia y nos dirá que siempre y en todas partes, se encuentra a los hombres organizados en sociedad política. Nunca se ha encontrado un pueblo que no poseyese, con una organización social que envolviese y reuniera las familias, cierta autoridad política superior.

Una colección de familias unidas para su defensa y para su bien común ¿no es una sociedad política? Por imperfecta y rudimentaria que sea, no por eso deja de existir esta organización y de constituir un Estado en lo que tiene de esencial (2), hecho que sería inexplicable si la tendencia a constituir la sociedad civil no tuviera su fundamento en la misma naturaleza del hombre. Sin duda es múltiple y variable el hecho histórico, al cual cada sociedad civil particular debe su origen, su fisonomía distinta y su constitución especial. Extensión de una familia, emigración de grupos, conquista del territorio, consentimiento de la mayoría; estos hechos y otros semejantes se encuentran inscriptos en el acta de nacimiento de las sociedades. Todas estas diferencias accesorias se agregan al hecho primordial y fundamental de la existencia d : las sociedades civiles. Ahora bien; un fenómeno general que en medio de las vicisitudes de los cambios y de las revoluciones a que está sometida la humanidad, no solamente se reproduce con una constancia perfecta, sino que también se desarrolla y perfecciona con la civilización, tiene necesariamente una causa universal y permanente: la naturaleza humana común a todos los hombres.

La sociedad civil tiene, pues, su fundamento en la naturaleza del hombre; es, en otros términos, una sociedad de derecho natural (3).

Al testimonio de la historia se agrega el testimonio directo de la naturaleza humana. Todos los hombres se encuentran, por un impulso irresistible de su naturaleza, empujados a la felicidad; todo hombre desea ser feliz. He ahí un hecho de conciencia, de experiencia y de historia.

Sin duda la felicidad absoluta y perfecta no se encuentra más que en la otra vida; pero aquí abajo, el hombre aspira a ser dichoso, y en la más amplia medida posible. No puede serle indiferente el bienestar temporal y por un instinto natural, el hombre huye de la miseria y de la desgracia. Durante esta vida procura establecerse en un estado en que pueda libremente y en paz perseguir sus intereses naturales y espirituales, trabajar en su perfección física, intelectual y moral (4).

Por otra parte, el hombre es, por naturaleza, capaz de progreso en el orden intelectual, moral y material, y es impulsado y, hasta cierto punto, obligado a realizar este progreso.

No me digan que cada hombre en particular puede limitarse a cierto grado de perfección, pues no por eso deja de ser menos cierto que la humanidad, considerada en conjunto, aspira a un progreso creciente. Ante esta tendencia, que es uno de los caracteres de la inteligencia y del libre arbitrio, se erige una ley inexorable de deficiencia y de indigencia que constituye una carga pesada para el hombre; deficiencia en el conocimiento de lo verdadero y de lo bueno, indigencia de los bienes materiales y de las cosas necesarias para la existencia; deficiencia e ignorancia en los procedimientos técnicos del trabajo bajo sus diversas formas. El deseo de escapar de ella por la comunidad de esfuerzos, es el primer fundamento de la sociabilidad; un sentimiento innato de benevolencia. es el segundo. Porque el hombre, lejos de permanecer encerrado en un egoísmo frío y estéril, se inclina, por una pendiente natural, a buscar el comercio con sus semejantes, a desearles el bien y a prestarles asistencia.

La resultante de estas dos fuerzas conduce a los hombres a buscar la ayuda de los demás, a unir sus esfuerzos individuales en una acción común para obtener cierta suma de bienes temporales, necesaria para el verdadero progreso y para la dicha temporal. Esta sociabilidad produce la familia que, como vamos a demostrar, eiícuentra en la sociedad civil su plena expansión.

La familia es una sociedad natural, una comunidad exigida por la naturaleza y por ella provista de una constitución determinada e inmutable en sus rasgos esenciales. Ahora bien, la organización política es el desarrollo necesario de la familia y, por consiguiente, saca su origen de la naturaleza del hombre aunque menos inmediatamente que la familia.

¿Cómo? Los matrimonios acercan un cierto número de familias entre las que se forman múltiples relaciones sociales, y pueden establecerse entre sus miembros sociedades particulares. Bien pronto estas familias experimentan la necesidad de protegerse contra los peligros que las amenazan, ya de parte de los elementos o de los animales salvajes, ya de parte de los hombres, ladrones, bandoleros o enemigos. Estos peligros son permanentes y, por consecuencia, exigen una protección, una defensa constante que excede a las fuerzas de una familia aislada, reclama el concurso y los esfuerzos reunidos de todas las familias. He ahí un primer germen de asociación política.

Una familia sola apenas podría subvenir de una manera conveniente a todas sus necesidades. Reducida a sus propios recursos, llevaría una existencia precaria, miserable y llena de angustias. Esta necesidad de las familias las arrastra, pues, de una manera necesaria, a unirse entre sí para repartir los trabajos y los oficios. Entonces cada familia podrá ejercitar su actividad en un género particular de trabajo y dar una parte de los frutos de su labor en cambio de otros productos obtenidos por otras familias. Es un grado superior de organización social.

En fin, la necesidad natural de la sociedad civil aparece con no menor claridad en el orden intelectual. El género humano no se elevaría nunca por cima de una civilización precaria y rudimentaria si tuviera que componerse de familias aisladas. Todo progreso importante en las ciencias o en las artes, en el dominio de la especulación o en el de la práctica, es resultado de los esfuerzos combinados, de las tentativas comúnmente repetidas de cierto número de hombres, con frecuencia hasta de varias generaciones, en una palabra, de la vida social. Suprímase la sociedad y la humanidad recaerá muy pronto en la barbarie.

¿Cuál es el resultado de nuestro análisis? Hele aquí. Para conseguir el bien común al cual se inclinan, por una pendiente natural, son absolutamente necesarias la unión y la cooperación de las familias. Yo afeado que esta unión debe ser la sociedad política y no una aglomeración de sociedades particulares.

La acción común de las familias en la persecución del bien común, no puede ser eficaz, duradera y armónica si no se encuentra ordenada por un lazo social común, y sometida a una autoridad superior que la dirija. Esta consecuencia se impone de un modo necesario (5). Sin una dirección común, sin un principio regulador y sin un lazo de unidad, habrá en esta multitud de hombres y familias, el desorden, el antagonismo, acciones divergentes; no habrá orientación armónica al bien común. Pongamos esta consideración a plena luz.

Supongo que cien familias de colonos llegan a una isla y se encuentran sin comunicación con la patria, como lo estarían familias de proscritos, por ejemplo. Sin duda serían informes los comienzos de su sociedad civil. Quizá vivieran hasta sin poder supremo, contentos con su independencia. Sin embargo, los altercados, que no dejarían de suscitarse, harían sentir la necesidad de un árbitro soberano; la prohibición de las venganzas particulares exigiría una fuerza armada necesaria para hacer que se respeten las decisiones de los jueces. Muy pronto se reconocería que es preferible evitar las injusticias y los homicidios que reprimirlos. El árbitro prohibiría que se lleven armas, así como también suministrar víveres a los bandoleros, condenados y rebeldes contra él, y todo el mundo encontrará acertadas estas medidas. Después se apercibirán de que tal pantano causa más muertos que los ladrones contra los que se ha armado el árbitro y se preguntará por el medio de ponerse al abrigo de sus deletéreos efectos. Se remiten al árbitro recursos para sostener su policía, tiene hombres. ¿Que no los emplea? Así lo hará. Después vendrá la necesidad de las vías de comunicación y la de la defensa contra los piratas de las isla vecinas.

Las primeras medidas habían sido aprobadas y, como cada vez crecen más las cargas que el árbitro tiene que imponer para realizar sus proyectos, habrá división de pareceres. Sin embargo, hay que decidir. El árbitro recibirá el poder de juzgar lo que es más útil. Este poder llegará a ser su función universal; su decisión se extenderá bien pronto a todo lo que concierne al bien común. Una nación pide entrar en relaciones comerciales con el pueblo naciente; de un lado se ponderan las ventajas de los cambios que van a aumentar el bienestar; del otro, los viejos harán observar, que se ha vivido hasta entonces en una gran inocencia de costumbres y que es de temer que las relaciones con ese pueblo acarreen la corrupción. ¿Quién decidirá? El que está encargado de decir lo que es más útil, el árbitro. Luego, los hijos de los pobres no reciben educación; se teme que lleguen a constituir un peligro para el resto de la comunidad; se propone la construcción de una escuela para recogerlos y moralizarlos; sin embargo, otros creen que se emplearían mejor los recursos a esto destinados en la defensa nacional. ¿Quien decidirá? El árbitro.

En todo `esto no hay nada que no sea exigido por la naturaleza de las cosas. ¿No es verdad que es una necesidad para todos la paz pública en la justicia? ¿Que interesa a todo el mundo la desecación de ese pantano que amenaza la salud pública? ¿Que es también una necesidad general la defensa contra los piratas? ¿Que precaverse contra la corrupción de costumbres no es menos necesario que sanear el suelo contra los miasmas de un pantano?

Pero, puesto que de un lado no se puede ejecutar ninguna de estas medidas sin el concurso de todos, y que, del otro, puede haber, y habrá, divergencia sobre su utilidad relativa, es absolutamente indispensable haya alguien que decida soberanamente estas controversias y a cuya sentencia se someta todo el mundo. Para ello espreciso que ese magistrado supremo disponga de las fuerzas de la nación para hacerse obedecer. Esta nueva función corresponde, pues, a aquel que ha sido elegido como árbitro; es decir, en resumen, que el poder encargado de administrar justicia se halla también encargado de decretar lo que es más útil para todos.

Ahora bien, he dicho: aquel que está encargado de decidir entre los diferentes bienes particulares, recursos materiales, salud, buenas costumbres y seguridad contra el extranjero, está también encargado de procurar un bien superior a todos esos bienes, y en relación al cual no son más que medios los bienes particulares, porque toda elección versa sobre un medio y tiene por razón su aptitud para procurar el fin. Este bien es, a no dudarlo, el bien temporal común, el bien social.

¿Cuáles son los caracteres distintivos de ese bien social? ¿Cómo se diferencia de los bienes particulares? A esta pregunta responderemos en el articulo cuarto.

Origen divino de la sociedad política (6).De todo lo que precede resulta que la sociedad política es una sociedad natural y que, por consecuencia, tiene a Dios por autor. No nos engañemos sobre el sentido de esta expresión. Sin duda, por una inclinación innata, los hombres se agrupan en sociedad política; pero esta tendencia natural no formula ninguna obligación para cada Nomen particular; no excluye ni el ejercicio de la libertad, ni la elección de tal o cual forma particular de gobierno: ni la variedad de los hechos contingentes por los cuales se ejercita de una manera concreta esta aptitud social del hombre. Así, la sociedad política es a la vez una institución divina, por su lejano principio y un producto natural, por su origen inmediato y su evolución histórica. Dios es el autor de la sociedad política, porque es el autor de la naturaleza y él mismo ha depositado el germen de esta sociedad en el hombre. La sociedad política tiene un origen divino, sin que por esto sea necesaria una intervención sobrenatural o una revelación de Dios, de que sea teocrático el gobierno social o de que suprima; para la elección de la constitución o del sujeto de la autoridad, el libre juego de la actividad humana. Sin embargo, no se halla por completo abandonada a la voluntad del hombre la constitución de la sociedad civil, porque la sociedad política recibe de la naturaleza el artículo fundamental d su carta de fundación; esto es, su fin propio.

 


1. Para la refutación de la teoría del contrato social, v. De VareillesSommieres. Les Frincipes fondamentaux du Droit. XIIXVII.De Paseal. Philosophie morate et sociale li . I1I 1.Te seca., chap. II.

2.V. Cathrein, Moral philosophr'e, Bd. II, p. 38`t.

3. V. Weiss, Sociate Frage Bd. II, p 799 y sig.—Staats lexicon, art. cGesellschaft.»

4. Stockl, Lehrbuch der philosophie, Bd. III, p. 360.

5.Suárez, De legibus lib. III, cap. I, núm. 3

6.De Vareilles Sommiéres, opt. cit., XII, 2.De Pascal. loe cit.


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