"Un mundo sin hambre"

Josué de Castro

EL CAMINO DE LA ABUNDANCIA

Para hacer desaparecer el hambre de la superficie de la tierra es preciso, pues, elevar los niveles de producción de los pueblos o de los grupos mantenidos hasta ahora al margen de la comunidad mundial y, mediante el progreso económico, integrarlos en ella. El incremento de la productividad depende de innumerables factores, el más importante de los cuales es sin duda alguna el tipo de organización de la explotación económica en que participan los individuos. Ciertos tipos de explotación económica imponen invariablemente niveles infrahumanos de productividad, una productividad muy por debajo del mínimo de las necesidades vitales. Mientras dominen esos tipos de explotación, el hambre continuará siendo un desafío para nuestra civilización. La economía llamada «colonial», o neocolonial, gracias a la cual prosperaron las potencias industrializadas, que se procuraban en las colonias las materias primas a bajo precio, constituye uno de esos tipos de explotación incompatibles con el equilibrio económico del mundo.

Como hemos visto en los capítulos anteriores, las grandes zonas de hambre endémica corresponden exactamente a las antiguas zonas coloniales, ya se trate de colonias políticas, como los territorios africanos, ya de colonias económicas como la China y la mayor parte de América latina, zonas dedicadas a la producción de materias primas destinadas a alimentar las industrias europeas y norteamericanas. Sin una modificación radical de la política colonial que permita a los pueblos colonizados producir lo suficiente para satisfacer sus necesidades biológicas no se puede esperar una solución al problema del hambre universal. Los habitantes de las regiones de economía dependiente no conseguirán librarse de la esclavitud del hambre consagrando sus esfuerzos a la producción prioritaria de materias primas exportadas a bajo precio, ya que el juego de la economía mundial tiende siempre a desvalorizar su trabajo en favor de las ganancias de la industria.

Unos cuantos ejemplos del ínfimo poder de compra de los pueblos que viven bajo el signo de la economía colonial nos darán una idea precisa del modo en que este factor condiciona el hambre colectiva. Tomaremos dichos ejemplos no de verdaderas colonias políticas, sino de países que, aun siendo políticamente independientes, no por ello dejan de conservar una estructura económica colonial. Según una encuesta realizada durante la última guerra por técnicos de la National Planning Association de Washington, la cantidad da azúcar que podía comprar un obrero cubano era cuatro veces menor que la que podía comprar un obrero norteamericano. y sin embargo Cuba es uno de los mayores productores de azúcar del mundo. Un obrero de Colombia tenía que trabajar cuatro horas para adquirir una cantidad de café correspondiente a una hora de trabajo en los Estados Unidos. Y sin embargo Colombia es uno de los países que se encuentran a la cabeza en la producción del café 1.

La explotación de tipo latifundista y el monocultivo, apoyado en los bajos salarios, que se encuentran en diversos grados en todas las regiones coloniales del mundo, constituyen un caldo de cultivo ideal para el desarrollo del pauperismo, de la miseria y del hambre. Con una economía basada en uno o dos productos de exportación, cuyos precios dependen de la demanda de las metrópolis, los pueblos coloniales se ven forzados a vegetar en el pauperismo. Sólo liberándose de las trabas de la política colonial podrán aumentar su producción estas zonas de hambre y disponer de los recursos suficientes para asegurar su subsistencia. Y eso sólo es posible mediante la diversificación de sus productos, la fijación de un precio justo para sus materias primas y la transformación industrial propia de estas últimas.

Para resolver el problema, no basta con aumentar la productividad individual incrementando ciertas producciones. Hay que aumentar también el valor de la producción de acuerdo con las necesidades del. grupo productor. Lo que significa que no se pueden seguir fijando los precios de las materias primas conforme a los márgenes de beneficios, de acuerdo con el juego de competencia a que están sometidos los productos industriales, sino conforme a los precios de los géneros básicos locales necesarios a los grupos productores de las materias primas.

Con toda justicia, cierto economista francés llama la atención sobre los peligros y desilusiones que entraña la creencia de que todo puede resolverse con un simple aumento de la productividad 2. Claro está que la productividad es sin la menor duda la clave del problema. Pero hay que encararla desde el punto de vista de una economía humanista. Para demostrar hasta qué punto está en lo cierto ese economista basta con recordar el caso de Venezuela, que posee una de las mayores producciones de petróleo del mundo. La monoexplotación del petróleo determina una inflación de los precios. En consecuencia los salarios nominales son elevados y dan la impresión de altos niveles de productividad individual. Pero esto no impide que el país sea una de las grandes regiones de hambre del mundo. Antes de la creación de la feudalidad petrolífera de Venezuela, su población se alimentaba racionalmente con la carne y el maíz que se producía. En la actualidad, para que esa población no muera de hambre, Venezuela tiene que importar una elevada proporción de los géneros alimenticios que consume 3. Y a causa de las importaciones, la aparente riqueza debida al petróleo se desvanece y el pueblo no dispone de los recursos alimenticios suficientes.

En 1943, cuando los delegados de las Naciones Unidas, reunidos en Hot Springs para tratar de los problemas de la alimentación y de la nutrición, firmaron un protocolo por el cual se comprometían a promover los standards de vida y de alimentación, estaban sin duda muy lejos de calcular el alcance y la complejidad del compromiso ,que habían suscrito. Sólo con el tiempo se comprobó la dificultad de fijar las líneas de la política que debería seguir la FAO, el organismo encargado de ocuparse del problema en su aspecto universal.

En 1946 Lord Boyd Orr, que ocupaba entonces el cargo de director general de esa organización internacional, sometió a los gobiernos de las Naciones Unidas el proyecto de creación de un Consejo Mundial de la Alimentación 4 destinado a controlar la economía alimentaria del mundo, asegurar la estabilización de los precios procediendo a realizar compras y ventas en los mercados mundiales, constituir reservas alimenticias y orientar los excedentes de ciertos productos hacia las regiones más desprovistas de recursos. Por desgracia, no se aceptó la propuesta, y la FAO, carente de poderes efectivos, quedó reducida al papel de una especie de órgano consultivo internacional o, de acuerdo con Le Gros Clark, a «un cerebro mundial dedicado a estudiar todas las cuestiones relativas a la producción, la distribución y el consumo de alimentos y de otros productos de la tierra y el mar» 5.

La limitación de las atribuciones de la FAO le hace difícil el cumplimiento de su misión. Se formularon nuevas propuestas con respecto a una posible intensificación de su actividad en el terreno de la economía alimentaria mundial. Preocupada por los riesgos de superproducción relativa que se vislumbraban ya a finales de 1948 a causa de la insuficiencia de los mercados consumidores, la FAO creó en junio de 1949 un comité especial de técnicos encargados de trazar un plan general de acción a escala mundial. La preocupación de los dirigentes de la FAO provenía de que, tras el período de esplendor económico que había disfrutado la agricultura norteamericana durante la guerra, los precios de los productos agrícolas habían empezado a bajar de tal modo en 1948 que en 1949 las rentas agrícolas habían sido inferiores en un 10 por 100 a las del año anterior. El comité de técnicos, en el que figuraban especialistas tan eminentes como John Godlise, Colin Clark, J. K. Galbraith, D. Ghosh, Gustafo Polit y A. Dadomysler, propuso la creación de una International Commodity Clearing House, cuya misión consistiría en controlar la compra y la distribución de alimentos. Dichos técnicos justificaban su propuesta en los términos siguientes: «Hacemos la presente propuesta a causa de la amenaza de excedentes agrícolas. Esa amenaza no se concretará a poco que nos decidamos a actuar mientras aún estemos a tiempo.

Para ser eficaz, la acción tendrá que ser internacional. Los gobiernos nacionales disponen de medios para reglamentar los precios del trabajo agrícola y de la producción. Pero una acción a escala nacional no basta. Muy al contrario, puede degenerar fácilmente en un dumping competitivo, como ocurrió hacia 1930. La experiencia ha demostrado que el nacionalismo agrícola puede ser más perjudicial que cualquier otra forma de nacionalismo económico. Lo que proponemos es un instrumento internacional de consulta y de acción común que permita a las naciones aunar sus esfuerzos en la lucha contra los enemigos de la humanidad -la miseria, las enfermedades y el hambre--, en lugar de atacar cada una a la prosperidad de las otras en un vano esfuerzo por preservar la propia.» Tras poner en evidencia el desequilibrio comercial del mundo, el comité recordaba la necesidad de luchar de manera eficaz contra el desequilibrio mundial, y precisaba los cinco campos en que debería entablarse esa lucha: «Hay cinco puntos principales contra los que debe dirigirse el ataque, los cinco íntimamente ligados entre sí, los cinco de importancia vital. Las medidas indispensables son las siguientes:

1) Mantenimiento de un alto nivel de la producción y del empleo, especialmente en los Estados Unidos. En ese caso, como en otros, no es que la economía norteamericana sea menos estable que la de los restantes países. Simplemente constituye una economía de importancia fundamental en el panorama mundial.

2) Reducción de las restricciones al comercio, comprendidas las tarifas aduaneras y las restricciones cuantitativas y monetarias. En particular, el actual desequilibrio del dólar exige medidas que faciliten el acceso al mercado norteamericano.

3) Incremento de los standards de producción, sobre todo en los países de la Europa occidental.

4) Realización por parte de empresas privadas y de organismos nacionales e internacionales de vastas inversiones de capital procedentes de los países más desarrollados en los menos desarrollados, para financiar los excedentes de exportación de los primeros y los excedentes de importación de los segundos.

5) Organización del comercio mundial sobre la base del retorno a la convertibilidad de las monedas y a las transacciones multilaterales.

Este plan hubiese resultado eficaz si se hubiese aplicado teniendo realmente en cuenta las condiciones de vida y las necesidades vitales de los grupos humanos mal alimentados, y no solamente como un elixir destinado a atenuar de modo momentáneo la asfixia de los mercados exportadores. No cabe la menor duda de que uno de los mayores obstáculos para su realización proviene de que tiene que limitarse forzosamente a una parte del mundo, ya que no ha obtenido la cooperación de la URSS y de los demás países de la órbita económica soviética. El ideal sería conseguir una entente en el terreno de las necesidades vitales para permitir un amplio aprovechamiento de las reservas del mundo, y de este modo consolidar la economía de todas las naciones y elevar los niveles de vida de toda la humanidad. El día en que los responsables del destino de ambas partes del mundo se den cuenta de la dificultad de resolver los problemas mundiales siguiendo un criterio económico cerrado, quizá la humanidad adopte una actitud de mayor comprensión y de mayor tolerancia que conduzca a una verdadera cooperación universal.

El mejor camino para llegar a la cooperación consiste en disminuir las desigualdades económicas y sociales mediante una política apropiada de desarrollo de las regiones más atrasadas de la tierra. Una política mundial de la alimentación implica una política sana de asistencia técnica a esas zonas, una política que tenga como meta su progreso económico real. La asistencia técnica a las naciones coloniales no ha de limitarse a proporcionarles los medios precisos para que produzcan con mejores rendimientos las materias primas que producen actualmente. Inglaterra ha adoptado ya ese tipo de asistencia técnica limitada en varias de su_ antiguas colonias africanas. Lo malo es que, en lugar de mejorarla, ha contribuido en mucho a agravar las condiciones de su alimentación.

La asistencia técnica debe variar según las características de cada país y estar encarada hacia el aprovechamiento integral de sus posibilidades naturales en beneficio de su propia colectividad.

La asistencia técnica a las regiones de economía poco desarrollada debe comprender la explotación racional y científica del suelo, la reconstitución de las tierras agotadas, la industrialización de los productos locales, la electrificación, la irrigación, las redes de transporte..., en una palabra, un complejo de medidas destinadas a liberar a esas regiones del colonialismo económico. Gracias a las aplicaciones técnicas en formas apropiadas y en dosis asimilables 7, se podría transformarlas en zonas de alta productividad y pleno empleo en el marco de una economía mundial en vigorosa expansión.

1 G. Soule, D. Efron y T. Ness, Latin America in the Future World, Washington, 1945.

2 Editorial, Productivité et bonheur humain, del «Diagnostic économique et social», núm. 19, noviembre, 1970.

3 Ricardo M. Cruz, Fundamentos económico-sociales de la subnutrición en América latina, de “Forum” del Colegio de Estudios Superiores de Buenos Aires, 1950.

4 Lord Jo1m Boyd Orr, The Food Problem del «Scientific American», vol. 183, núm. 2, agosto, 1950.

5 F. E. Le Gros Clark. The Sclentist Guide to Global Food, del «The Soil and the Sea», Londres, 1949.

6 FAO, Report 01 World Commodity Problems, 1948.

7 Milbank Memorial Fund, International Approaches to Problems of Underdeveloped Areas, Nueva York, 1948.

 

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