"Un mundo sin hambre"

Josué de Castro

COLABORACIÓN O INTRUSIÓN DE LA CIENCIA

La lucha contra el hambre y la subalimentación puede entablarse esencialmente mediante la aplicación de la ciencia y de la técnica de producción y conservación de alimentos. El sector de la ciencia más prometedor como arma contra el hambre es el punto en que entran en contacto los conocimientos de la biología, la fisicoquímica, la ecología y la biología de los suelos. Aplicando racionalmente todos los conocimientos que poseemos en este amplio campo científico es fácil incrementar en un grado considerable la producción de alimentos, para responder mejor a las necesidades alimentarias en las regiones del planeta que padecen deficiencias y carencias de este tipo.

Como hemos visto, debemos a la ciencia, al conocimiento y a la aplicación a gran escala de las técnicas de supervivencia, especialmente al uso generalizado de antibióticos e insecticidas, la explosión demográfica, con la caída vertical de los índices de mortalidad, especialmente de mortalidad infantil. Pero con ello ha aumentado enormemente el número de bocas que es preciso alimentar, sin que se hayan puesto en práctica otras técnicas que permitan a las masas humanas

sobrevivir en condiciones de alimentación normal, y no en el estado de hambre crónica en que vegetan. No se han aplicado las técnicas adecuadas para que esas poblaciones puedan vivir realmente, y no sólo sobrevivir. Ahora bien: tales técnicas existen y pueden dar espectaculares resultados, mejorando el rendimiento de la producción agrícola, proporcionándonos alimentos naturales más ricos en principios nutritivos esenciales, permitiéndonos conservar mejor los alimentos y evitando así que se desperdicie una gran proporción de los productos obtenidos.

Claro está que no bastará con disponer de una gran cantidad de alimentos lo suficientemente variados para satisfacer las necesidades nutritivas del género humano. El problema del hambre no depende tan sólo de la insuficiente producción de alimentos. Depende también de que la mayoría de la gente disponga de un poder de compra que le permita adquirirlos. Es preciso, por consiguiente, que las disponibilidades financieras se correspondan con las necesidades biológicas. A pesar de todo, reforzar el potencial alimenticio del mundo y establecer un plan racional de distribución de alimentos en las zonas deficitarias supondrá un gran avance en la lucha contra el hambre, etapa necesaria en la solución del grave problema.

Para hacerse una idea precisa de la gigantesca tarea que nos espera, de la táctica que habrá que emplear para cumplirla y de la filosofía de acción que habrá de ponerse en juego, conviene dar una imagen objetiva y sintética de la situación actual del problema, al menos en sus aspectos más notorios.

Ya hemos visto que no cabe la menor duda de que vivimos en un mundo hambriento, en un mundo que padece hambre de los tipos más variados, es decir, deficiencias o carencias sistemáticas de los principios alimentarios indispensables para el equilibrio vital del organismo. Pero en el complejo y confuso cuadro del hambre se destacan dos rasgos más acentuados que corresponden a los aspectos más alarmantes del problema y que exigen una máxima atención por parte de las personas responsables: las insuficiencias calóricas, esto es, las deficiencias con respecto al total de energía que el hombre necesita para conservarse en estado de equilibrio vital, y las insuficiencias en proteínas o, más exactamente, de los elementos que las integran, los aminoácidos indispensables para la elaboración del sustrato vital del protoplasma viviente. El hambre puede y debe ser encarada sobre todo bajo estas dos formas: el hambre de calorías y el hambre de proteínas, fuentes de los aminoácidos que la máquina humana no es capaz de elaborar por sí misma, por lo que tiene que encontrarlos en su ración alimenticia.

Examinemos separadamente ambos aspectos con objeto de esclarecer la cuestión y permitir que los no especialistas lo comprendan.

Desde el punto de vista de las calorías, la situación alimentaria actual es la siguiente: si se consideran las necesidades medias (2.600 calorías diarias por persona) y la población mundial, la demanda de calorías para el mundo entero se eleva a 1.000.000.000 de toneladas de alimentos al año. Ese potencial calórico lo proporcionan alimentos de origen vegetal y animal, la mayor parte de los cuales provienen de la producción agrícola. Ahora bien: tomando en conjunto la producción mundial de alimentos -producción de los países desarrollados y producción de los países en vías de desarrollo-, la deficiencia en calorías no parece alcanzar de momento una cifra demasiado alarmante: el déficit es tan sólo de un 15 por 100. Sin embargo, si se toman por separado la producción de ambos mundos, pronto se advierte que, mientras los países ricos e industrializados disponen de un excedente relativo de alimentos, los países pobres y subdesarrollados -el Tercer Mundo- no producen más que para satisfacer el 60 por 100 de sus necesidades reales en nutrición, consideradas desde el punto de vista del aporte de calorías. .

Tal es la situación actual. Pero las perspectivas son mucho más alarmantes si no se modifica radicalmente la política alimentaria del mundo. Con el incremento vertiginoso de la población, que alcanza precisamente el máximo en los países subdesarrollados y hambrientos -la media anual, que en Europa y América del Norte es tan sólo del 1 por 100, se eleva en Asia al 2,3, en África al 2,4 y en la América latina al 3,5 por 100-, el déficit de calorías tiende a presentar unas cantidades tan impresionantes que Sen, ex director general de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), ha previsto que dentro de veinte años, para satisfacer las necesidades del mundo en calorías, la producción actual de alimentos tendrá que aumentar en un 175 por 100, lo que equivale casi a triplicarse.

En cuanto al déficit de proteínas, la situación es todavía más inquietante. La carencia de proteínas de alto valor biológico, capaces de proporcionar todos los aminoácidos indispensables para el metabolismo de la máquina humana, es sin duda el aspecto más grave del problema de la alimentación mundial, problema tan acuciante que Niger Calder, en su libro titulado Eden Was No Garden 9, se refiere a él en los términos siguientes: «El principal fracaso de la agricultura puede resumirse en dos palabras que suenan a una amenaza tan terrible como la bomba de hidrógeno o como la peste bubónica: deficiencia proteínica.» Se ha calculado que se podrían satisfacer las necesidades mundiales produciendo, mediante combinaciones racionales, unos 34.000.000 de toneladas de proteínas de origen animal. Actualmente, sin embargo, s6lo se obtiene una cifra de 20.000.000 de toneladas al año, 17.000.000 producto de la ganadería y de origen marino 3.000.000. Se da, pues, en este sector un déficit de 14.000.000 de toneladas, o sea, el 40 por 100 de las necesidades reales en proteínas animales.

La producción de proteínas vegetales es aproximadamente de 160.000.000 de toneladas, lo que pudiera hacer pensar que en este campo al menos no hay déficit. En realidad, la mitad de esa producción la consumen los animales, por lo que no quedan más que 80.000.000 de toneladas para la alimentación humana. Y dado que se precisaría un mínimo de 120.000.000 al año, nos encontramos de nuevo ante un déficit anual de 40.000.000 de toneladas de proteínas vegetales, cuya fuente principal son los cereales.

Hay que señalar también que los 80.000.000 destinados a la alimentación de los animales están lejos de corresponder a las necesidades. Y éste es uno de los factores fundamentales que impide que se consiga un incremento satisfactorio en la producción de proteínas animales (carnes, huevos, productos lácteos).

Para mejorar el régimen alimenticio de los habitantes de los países subdesarrollados, encerrados en el tremendo círculo vicioso que no les deja alimentarse convenientemente porque no producen lo bastante y que no les permite producir lo bastante porque están hambrientos, habrá que recurrir a todas las técnicas que, por una parte, elevan los índices de productividad de la agricultura, incrementando la producción total del mundo y, por otra, permiten obtener por procedimientos nuevos un suplemento alimentario de alto valor biológico, en especial proteínas completas. Para cubrir las necesidades mínimas de la población mundial de 1988 la producción de esas proteínas tendrá que triplicarse en el curso de los próximos veinte años. ¿Se conseguirá ese incremento, que significa la victoria del ser humano sobre el hambre y el desenmascaramiento definitivo del espantajo malthusiano, exhumado de teorías económicas ya superadas ante la amenaza de la explosión demográfica?

Técnicamente, ningún obstáculo se opone a esta victoria. El hombre dispone hoy de conocimientos técnicos que aplicados racionalmente proporcionarían a la humanidad alimentos en cantidad suficiente y de la calidad necesaria para asegurar el equilibrio alimentario de la población mundial por largos años todavía, aunque se duplicase o cuadruplicase, e incluso aunque se multiplicase por diez. Las dificultades para vencer lo que actualmente se llama el dilema malthusiano no son de orden técnico. Son dificultades de naturaleza política, lo que las hace mucho más complejas.

En este capítulo nos limitaremos al análisis de los recursos técnicos de que el hombre dispone para ganarle la batalla al hambre, particularmente a los obtenidos a partir de los descubrimientos de la biología y de la fisicoquímica. Por consiguiente, vamos a hacer el inventario, necesariamente esquemático,. de los principales instrumentos con que cuenta el hombre para rehacer la naturaleza, para crear una segunda naturaleza surgida de las manos del hombre, de acuerdo con la extraordinaria expresión de François Perroux. La ciencia. y la técnica pueden seguir cuatro caminos distintos para incrementar la producción de alimentos en los países del Tercer Mundo:

1) Aprovechamiento más racional y sostenido de la tierra mediante el uso de técnicas capaces de transformar los terrenos de rendimiento bajo o nulo en suelos cultivables de producción elevada.

2) Aplicación de los conocimientos de la genética y de la selección de plantas para aumentar el rendimiento alimenticio de éstas, incluso para modificar su composición química y, por tanto, el valor nutritivo de ciertos productos.

3) Aplicación de métodos fisioquímicos, microbiológicos y bioquímicos para transformar en alimentos productos que hasta ahora no lo eran, como el petróleo, algunos derivados de la madera, los residuos de las industrias azucareras, etc.

4) Obtención de alimentos en gran cantidad gracias a la explotación racional de las riquezas del mar.

Analicemos estos diversos sectores sobre los que es posible influir racionalmente.

Por lo que respecta al aprovechamiento de la tierra, la agricultura puede extenderse a regiones que todavía no están cultivadas en proporción suficiente. Por otra parte, y éste es el aspecto más importante, se puede mejorar en grado considerable la productividad del suelo recurriendo de modo sistemático a procedimientos técnicos. Hasta el momento, la extensión de las tierras cultivadas es extremadamente reducida en proporción al potencial de las tierras cultivables, es decir, de las tierras que, pese a ser de escasa productividad agrícola, son muy susceptibles de incorporarse al patrimonio de la humanidad con tal de que se intensifiquen en cierta medida sus posibilidades. De los 14.000.000.000 de hectáreas de tierra emergida, 7.000.000.000, o sea, el 50 por 100, son cultivables siguiendo el procedimiento de la agricultura tradicional. Ahora bien: la superficie explotada en la actualidad no sobrepasa los 1.300.000.000 de hectáreas, lo que corresponde al 20 por 100 de las disponibilidades naturales. Hay que señalar además que una porción importante del 50 por 100 considerado como no cultivable se podría aprovechar recurriendo a técnicas que corrijan o eliminen los factores naturales que limitan su aprovechamiento. Incluso se afirma que, con el arsenal científico de que se dispone hoy, la totalidad de la tierra puede llegar a ser cultivable. Todo depende del factor económico. Existen suelos cuyo cultivo es rentable y otros en que, por el momento, no es posible más que con costes antieconómicos.

En las tierras que son cultivables pero que no se aprovechan todavía es preciso emplear métodos adecuados para reforzar el potencial biótico e incorporarlas así a la fábrica mundial de .alimentos. Hay que conseguir un mejor aprovechamiento del agua, factor esencial en la producción agrícola, utilizar abonos u otros productos para corregir la composición fisicoquímica del suelo y plantar especies o variedades vegetales que resistan mejor a las dificultades o a las carencias del medio natural.

Es en los países subdesarrollados donde la extensión de tierras cultivadas es más reducida. Se calcula que sólo el 8 por 100 de las tierras del Tercer Mundo están cultivadas, y este 8 por 100 se dedica en su mayor parte a la obtención de productos no alimenticios, como el caucho, las fibras o el tabaco, o de alimentos de valor nutritivo secundario, como los condimentos o los estimulantes (café, té, canela, etc.). No queda gran cosa, pues, para alimentar a la masa humana del Tercer Mundo, que crece a un ritmo tal que, según los cálculos del profesor Raymond Evell, de la Universidad de Buffalo, en 1980 ascenderá a 2.250.000.000 de individuos, o sea, 1.500.000.000 más que ahora.

Y surge ahora un problema que ofrece materia de discusión y que merece que se le examine detalladamente: el problema de los abonos. Se trata de saber en primer término si el mundo dispone o no de reservas de abono suficientes para permitirse, gracias a la generalización de su empleo, una explotación total del suelo. Y en segundo término, de saber si el empleo de abonos, pese a aumentar el rendimiento cuantitativo de la producción agrícola, no acabará por tener efectos negativos en cuanto a la calidad de esa producción, es decir, en cuanto al valor nutritivo de los alimentos así obtenidos.

La cantidad de abonos que se emplean en algunos países para mantener el nivel actual de la producción agrícola es ya bastante considerable. Solamente los Estados Unidos, para mantener su producción de alimentos durante la época de la guerra, gastaron al año por término medio cerca de 12.000.000 de toneladas de abono, por un valor aproximado de 400.000.000 de dólares. Robert Salter calcula que para aumentar la superficie cultivada del mundo en 1.300.000.000 de acres sería preciso multiplicar por ocho los fosfatos y por dieciocho las potasas que se consumen, aun suponiendo que la cantidad aplicada por acre se mantenga al nivel actual. ¿Dispone el mundo de bastantes reservas de estos elementos para proporcionar unas cantidades tan desmesuradas? ¿O habremos de enfrentamos a una nueva prueba de la mezquindad de la naturaleza, muy capaz de sabotear los planes de expansión económica de la humanidad?

Veamos lo que dice Salter al respecto: «Aun así, las reservas conocidas de fosfatos en todo el mundo bastarán para más de 5.000 años, y las de potasio para más de 500. Pero en lo que respecta a estos minerales, el mundo todavía no ha sido explorado por completo. No cabe la menor duda de que las reservas reales son muy superiores a las conocidas» 10. Por lo que parece, no hay razón para sentir temor en cuanto a las reservas naturales de abonos químicos.

Pero no se puede decir lo mismo por lo que se refiere a la eficacia de tales abonos para el mantenimiento de la fertilidad del suelo, de la calidad nutritiva de los alimentos resultantes y de la buena salud de las gentes que se nutren de ellos. Hay científicos, como el doctor E. L. Bishop, ex director del Servicio de Sanidad de la TV A, que ven en el empleo de los abonos artificiales el medio más económico para asegurar una constante restauración de la fertilidad de las tierras, al tiempo que una progresiva mejora en las condiciones de la alimentación humana. Otras, en cambia, cama el fallecido científico inglés Sir Albert Howard, lo considera un verdadero atentado de la civilización contra la salud de las suelas, las plantas y las hambres.

La teoría de Howard se basa en la premisa de que las abonos sintéticas están muy lejos de proporcionar al suelo las elementos indispensables para su reconstrucción integral, que sólo puede conseguirse mediante el empleo de abonos naturales y can procedimientos agrícolas más naturales que las preconizados par la agricultura científica accidental. Howard subraya el divorcio existente entre las métodos agrícolas accidentales y las procedimientos que sigue la naturaleza para la conservación del revestimiento vivo natural: «¿Cuáles san las principias que orientan la labor agrícola de la naturaleza? Podemos observarlos fácilmente en plena acción en las bosques y las selvas. La norma general es el cultivo mixto. Las plantas gozan siempre de la compañía de las animales. Un gran número de especies vegetales y animales viven las unas junto a las otros. En la selva se encuentran todas las formas de vida animal, desde las mamíferas hasta las invertebrados más elementales. El reino vegetal presenta la misma variedad. No hay rastras de monocultivo: la regla general es el cultivo mixto. Las características esenciales del trabajo agrícola de la naturaleza pueden expresarse en pocas palabras. La madre tierra jamás emplea el cultivo sin la ganadería. Siempre se de cide par las cultivas mixtas. Presta el máximo cuidado a la preservación del suelo y a evitar la erosión. Las detritus, tanto las animales cama las vegetales, las transforma en humus. Nada se pierde. Las procesos de crecimiento y de descomposición se equilibran mutuamente. La naturaleza pone la mayor atención en constituir reservas de agua de lluvia. Y tanto las animales cama las plantas deben velar par sí mismas para preservarse de las enfermedades» 11. Howard acusa a la agricultura occidental de ser exageradamente antinatural, puesto que reemplaza a las animales par las máquinas, implanta par todas partes el monocultivo y no deja de generalizar el empleo de las abonas artificiales. El gran agrónomo inglés se expresa así can relación a ellas: «El empleo generalizado de las abonos artificiales es la característica principal de la agricultura de Occidente. Las fábricas que durante la Gran Guerra se dedicaban a la fijación del nitrógeno atmosférico para fabricar explosivos tenían que encontrar otras salidas. El empleo de las abonos nitrogenados ha aumentado tanto que en la actualidad la mayor parte de las cultivadores y las horticultores recurren a las compuestos de nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K), que pueden encontrar en el mercado a muy paco precio. Esa mentalidad, que podríamos denominar "mentalidad NPK", domina la agricultura tanto en las estaciones experimentales cama en las medias campesinas.»

Howard opina que el empleo de abonas artificiales, que se extendió a causa de las trabajas de Liebig, «se basa en un desconocimiento total de las reglas de la nutrición vegetal. Se debe a una visión superficial de las casas y constituye un errar fundamental. No tiene en cuenta la vida del suelo ni sobre todo la asociación microrrizal, es decir, ese puente que forman las hongos que viven entre el suelo y las raíces. Los abonos artificiales conducen necesariamente a la nutrición artificial, a la alimentación artificial, a los animales artificiales, y en una palabra, a los hombres y mujeres artificiales».

Según Howard la salvación está en el retorno a los procedimientos agrícolas naturales, en especial al empleo de abonos naturales, procedentes de distintas fuentes de materia orgánica.

Con la larga experiencia en agricultura que había adquirido en la India, Howard dio a la publicidad y recomendó el «Procedimiento Indore», basado en el empleo de abonos preparados con residuos animales y vegetales, a los que se añade una base química para neutralizar la acidez. En el curso de memorables experiencias, Howard demostró que las plantas cultivadas siguiendo su procedimiento poseen una verdadera inmunidad contra innumerables enfermedades y que los animales que las comen ofrecen también una sorprendente resistencia a diversas epizootias muy comunes en Extremo Oriente. En el discurso que pronunció en Cheshire en 1939 con ocasión de la lectura del famoso Testamento médico, elaborado por los médicos de aquel condado y al que ya hicimos alusión, Sir Albert Howard declaró que la naturaleza y los campesinos de la India, así como los insectos y los hongos, a los que llamaba «los profesores de agricultura de la naturaleza», le habían enseñado «cómo conseguir buenas cosechas prácticamente libres de enfermedades sin la ayuda de micólogos, entomólogos, bacteriólogos, químicos agrícolas, estadísticos, abonos artificiales pulverizables, insecticidas, fungicidas, y todo el dispendioso batiburrillo de las estaciones experimentales modernas» 12.

Howard fue, claro está, un iconoclasta. Padecía un estado de rebelión mental que le empujaba a negar categóricamente todo valor a la técnica agrícola moderna. Pero no se puede dudar de que en muchas de sus afirmaciones hay una buena dosis de razón, cosa que aparece clara cuando se analizan ciertos hechos objetivos. Así, la agricultura china basada en los abonos naturales se ha perpetuado durante cuarenta siglos sin que el suelo muestre la menor señal de agotamiento. En cambio los Estados Unidos, que emplean abonos químicos a una escala sin precedentes en la historia de la agricultura, han agotado más de 100.000.000 de acres en menos de dos siglos. La experiencia de China es un buen ejemplo que nos invita a moderar un poco el entusiasmo de aquellos que, al estudiar la agricultura en sus laboratorios, olvidan que el habitat natural de las plantas no es una probeta, sino la tierra.

Para que los hombres de ciencia de Occidente se aprovechasen de la experiencia oriental, el especialista norteamericano F. H. King tuvo la idea de escribir un Mensaje de la China y el Japón al mundo, mensaje que iba dirigido especialmente al pueblo norteamericano. Por desgracia, la muerte interrumpió la redacción de su trabajo. Sin embargo, entre lo que dejó escrito destacan estas significativas palabras: «Es de suma importancia industrial, cultural y social para toda la nación poseer una panorámica exacta y completa de las condiciones que han permitido a poblaciones tan densas subsistir con la ayuda de los productos de los suelos chino, coreano y japonés. Un gran número de las etapas, las fases y las experiencias a través de las cuales se realizó su evolución han quedado irremediablemente sepultadas en el tiempo. Pero esta notable conservación durante siglos y siglos, que se manifiesta aún en la hora actual sin gran decadencia aparente, merece un estudio verdaderamente profundo. Viviendo como vivimos la aurora de un siglo de transición entre el aislamiento y el cosmopolitismo, cuando están a punto de llevarse a cabo profundos reajustes industriales, tenemos que entregamos urgentemente a esa búsqueda» 13.

La verdad es que si la técnica occidental puede hacer mucho para mejorar las condiciones de vida del Oriente, el Oriente a su vez puede contribuir útilmente a la economía humana del Occidente. Una de esas preciosas contribuciones es la que se deriva de las doctrinas divulgadas por el creador del «Procedimiento Indore» en materia de agricultura. Por el momento carecemos en realidad de datos que nos permitan afirmar categóricamente si el valor nutritivo de los alimentos nacidos en suelos fertilizados por abonos químicos es igualo inferior al de los alimentos nacidos en los suelos naturalmente ricos en humus o reconstituidos con la ayuda de abonos naturales. Pero los hechos dejan entrever que los alimentos producidos en los suelos abonados artificialmente carecen de determinadas sustancias, lo que hace su valor nutritivo más precario. Este es el motivo de que Howard afirme con toda convicción que «en el juicio llevado a cabo por la madre tierra entre el humus compuesto por residuos animales y el compuesto por activantes químicos el veredicto ha sido favorable al primero. Basta con palpar y oler un puñado de fertilizantes de uno u otro tipo para comprender que los vegetales prefieren el humus derivado de residuos animales. Este es suave al tacto y huele a tierra. El otro es áspero y de olor ácido. Cuando se analizan ambas muestras los resultados del análisis son las más de las veces favorables al abono químico. Pero cuando se aplican al suelo, las plantas no tardan en rectificar los juicios del laboratorio».

De acuerdo con estos hechos, se llega a la conclusión de que los abonos químicos no constituyen un correctivo integral para el empobrecimiento de los suelos, aunque pueden proporcionar servicios inestimables paliando algunas de sus deficiencias más señaladas. Sin embargo, creemos que los abonos químicos actuales tienen que ser sometidos todavía a muy largos estudios antes de llegar a resultar plenamente satisfactorios. La ciencia de los suelos está muy lejos de haber alcanzado su madurez. Se encuentra en una etapa muy análoga a la de la ciencia de la nutrición a principios de siglo, antes de que se descubrieran las vitaminas. Por aquel tiempo, la ciencia de la nutrición reducía el equilibrio vital al aporte de una dosis suficiente de proteínas e hidratos de carbono. No obstante, cuando se intentaba aplicar estos principios alimentarios a los animales con raciones sintéticas químicamente equilibradas, se advertía que hacía falta algo más para conseguir el equilibrio nutritivo, algo más que las raciones sintéticas de proteínas, hidratos de carbono y sales minerales no contenían, un algo indeterminado que después fue identificado como las vitaminas. Sin duda se comete el mismo error cuando se intenta nutrir el suelo únicamente con las sales minerales de los abonos artificiales. En la nutrición vegetal ocurre algo que exige la presencia de materia orgánica en el suelo.

Además, la vida de las plantas no depende sólo de la composición química del suelo, sino también de su estructura física, sobre todo cuando se trata de suelos tropicales, en el que este último factor es preponderante. Su larga experiencia de los suelos tropicales africanos ha impulsado al agrónomo Beinaert a afirmar siempre que su aptitud para producir depende más de su constitución física que de su riqueza en ciertos productos químicos. El complejo coloidal es el primer elemento de la fertilidad del suelo, al mismo tiempo que la mejor garantía de su facultad para absorber el agua y permitir la aireación. De ahí la importancia fundamental de la conservación del humus en estos suelos. Sin humus, la planta puede germinar, crecer y fructificar. Pero siempre le faltará algo fundamental, exactamente lo mismo que le falta algo fundamental a las ratas de laboratorio alimentadas artificialmente. Las ratas y las plantas así nutridas decaen y mueren fácilmente por falta de resistencia natural. Hasta ahora no es posible asegurar la vida y la salud de los animales empleando tan sólo alimentos sintéticos, y parece difícil que se realice el mismo milagro con respecto a las plantas.

De las actitudes antagónicas, de los puntos de vista opuestos que separan a los adeptos de la agricultura occidental y a los partidarios de Howard, se puede concluir que el método más seguro consiste en asociar las técnicas y las experiencias preconizadas por los unos y los otros y que ése será el medio ideal para renovar sin destruir, para aumentar cuantitativamente la producción sin disminuir cualitativamente su valor nutritivo.

No cabe la menor duda de que la aplicación de métodos agrícolas racionales y la ampliación de las superficies cultivadas permitirán satisfacer las necesidades alimentarias de la población mundial sin que el espectro mathusiano se levante como una sombra trágica ante el porvenir de la humanidad. Los optimistas como Colin Clark afirman incluso que ni siquiera es preciso conquistar nuevas tierras para el cultivo, sino que basta con aprovechar científicamente las que ya están en explotación.

Otros, más optimistas todavía que Colin Clark 14, aseguran que, aun suponiendo que se agotasen las reservas del suelo, se podría continuar la producción de alimentos recurriendo al procedimiento de la agricultura sin suelo. Tras los estudios del doctor Gericke, se están haciendo ensayos, con relativo éxito, de agricultura sobre agua, un agua enriquecida con las materias nutritivas indispensables para la vida de las plantas. El cultivo de las plantas hidropónicas llevado a cabo durante la guerra en ciertas islas estériles ocupadas por las tropas norteamericanas, como la isla de la Ascensión e Iwojima, ha hecho concebir grandes esperanzas a los inventores del procedimiento.

Sin embargo, no hay que sentirse demasiado optimistas. Además, no es suficiente con mantener los niveles actuales de consumo. Muy al contrario, hay que elevarlos sensiblemente. Resulta indispensable, en consecuencia, tratar de incorporar a la zona agrícola del globo nuevos suelos situados en las regiones tropicales y subpolares.

La incorporación de los suelos tropicales no significa una novedad, ya que una cierta extensión de ellos se cultiva activamente desde hace mucho tiempo. Las adquisiciones de la técnica moderna harán que esta explotación sea mucho más racional y mucho más rentable. El descubrimiento y la aplicación de las hormonas de crecimiento, que permiten defender ciertos cultivos contra las malas hierbas que proliferan en los trópicos, constituyen un nuevo factor de éxito en la agricultura tropical.

En cuanto a la conquista d_ las tierras subpolares, se puede esperar mucho de los maravillosos resultados de la genética moderna, que obtiene variedades de plantas capaces de vivir con un mínimo de condiciones climáticas, es decir, con un mínimo de calor y de insolación. Un gran número de esas plantas que, según la expresión del escritor ruso Ilin, fueron enviadas a la «escuela» para aprender a vivir en el polo, ya están convenientemente educadas. Sobreviven a inviernos extremadamente rigurosos y fructifican en el curso de un verano de duración insuficiente para las plantas que no se han educado en esta escuela de sacrificios. Según Ilin, «la idea de enviar a las plantas a la escuela se debe al agrónomo Lissenko. La escuela la recoge en la edad de la semilla. La preparación consiste en proporcionar a las semillas calor y frío, oscuridad y luz en proporciones determinadas. Una vez terminada la preparación se envía a las plantas al campo» 15. Rusia cubre las tierras antaño desnudas de las estepas siberianas con plantas educadas por Mitchurin, Lissenko y otros pedagogos para semillas. En la actualidad, el trigo de invierno, la patata, la col y el nabo crecen más allá del círculo polar ártico. En el Canadá y en Alaska se van haciendo retroceder igualmente los límites de la zona agrícola a expensas de las tierras boreales.

De este modo, las selvas impenetrables de los trópicos y los desiertos helados se transforman en huertos y en vergeles para asegurar un mejor aprovisionamiento de la humanidad. Poco importa que los neomalthusianos continúen izando el espantajo de sus siniestras teorías, ya que la práctica las desmiente claramente.

Pero en la lucha contra el hambre se puede soñar todavía con incorporar al patrimonio de los cultivos agrícolas cierto número de plantas silvestres en las que los últimos estudios de bioquímica y de nutrición han descubierto magníficas fuentes de principios nutritivos. No hace aún mucho tiempo las investigaciones efectuadas en el Instituto de Tecnología de Massachusetts han puesto de manifiesto la existencia de amplias reservas alimenticias todavía vírgenes en la flora indígena de América central. Examinando cerca de doscientas muestras de los alimentos regionales de esta parte del continente, los técnicos del Instituto comprobaron que algunos de ellos eran riquísimos en sales minerales y en vitaminas. Mientras fui dírector del Instituto de la Nutrición de la Universidad de Brasil llevamos a cabo una serie de análisis que nos revelaron la existencia en la zona semiárida del N ordeste brasileño de algunas plantas que constituían las fuentes de calcio y de vitamina A más abundantes de todo el mundo. La excepcional fuente de calcio así descubierta es la harina de una bromeliácea (Bromelia laciniosa, Mart.), que contiene una cantidad quince veces mayor de este metal que la leche. En cuanto a la fuente de vitamina A que descubrimos es el aceite de una palmácea, el buriti (Mauricia flexuosa, Mart.), que contiene 5.000 unidades de esta vitamina por centímetro cúbico 16. Con plantas de este tipo, cultivadas en cantidades suficientes, el mundo dispondrá de grandes reservas de algunos de los principios nutritivos esenciales para luchar contra diversos tipos específicos de hambre.

Por tanto, lo que se necesita para doblar en diez años la superficie cultivada del Tercer Mundo, y de este modo doblar su producción de alimentos, es casi un trabajo rutinario, o dicho más exactamente de organización y racionalización de la agricultura. En regiones como las de aluvión de la cuenca del Amazonas o del Congo, en las tierras semiáridas del Oriente Medio es posible, por ejemplo reglamentando de manera adecuada el régimen de las aguas, de las que algunas veces se cuentan con excedentes, obtener inmensas cosechas de cereales, que vendrían así a reforzar en un grado considerable las disponibilidades alimentarias de las poblaciones hambrientas. Hay que asociar los fertilizantes unas veces con la irrigación y otras con el drenaje. Sin embargo, no es éste el camino más fácil, el más accesible a la roturación ni el más económico para los países pobres, de recursos financieros limitados. ,Antes que roturar nuevos terrenos sin contar con las máquinas apropiadas, antes que drenarlos o irrigarlos, es preferible aprovechar las tierras ya cultivadas y pobladas, que disponen de la infraestructura necesaria para la continuación de su producción. El problema clave consiste en aumentar la productividad de esas tierras, que en la actualidad es ridículamente baja. Basta con citar algunas cifras significativas: la productividad' del maíz, alimento básico de las poblaciones indias, es en la India de unos 450 kilógramos por acre, mientras que alcanza en Italia la cifra de 1.800 kilógramos y en el Japón la de 1.400, lo que significa que es cuatro y tres veces más elevada, respectivamente. Y en cuanto a la leche, en la India hacen falta 15 vacas para conseguir la misma cantidad de leche que da un solo animal en los Estados Unidos. Y creemos que con estos dos ejemplos es suficiente.

La productividad ínfima de la agricultura de las regiones tropicales y subtropicales no es, como se piensa a menudo, la consecuencia inevitable de las desfavorables condiciones del medio natural -suelo y clima-, sino que se debe esencialmente a los métodos primitivos y empíricos empleados para la explotación de la tierra. En los países bien desarrollados, en cambio, se lleva a cabo como si la tierra fuese una verdadera fábrica bioquímica, movida por la luz del sol. Para pasar de una producción artes anal a una producción industrial hay que dosificar convenientemente otros factores de producción, además de la tierra y el hombre como fueron creados por Dios. Es preciso mucho más. Hay que rehacer la tierra y el hombre para que sean mucho más eficientes. En la combinación de factores capaces de hacer elevar de manera decisiva los índices de productividad se incluyen el empleo adecuado de los abonos, la selección genética de las variedades de mayor rendimiento, tanto desde el punto de vista cualitativo como del cuantitativo, el uso de productos fitosanitarios (insecticidas, herbicidas" fungicidas, etc.) y de sustancias que aceleren el crecimiento de las plantas y refuercen su poder de fotosíntesis. Todo ello se fundamenta hoy en bases técnicas sólidas, en conocimientos indiscutibles.

Pero volvamos al problema de los abonos o de los correctivos de la composición química del suelo. Pocas ciencias han hecho tantos progresos en los últimos años, desde la época de Liebig hasta nuestros días, como la bioquímica

del suelo. Y quizá ninguna otra haya sido tan poco aplicada en beneficio de la humanidad como este conocimiento, esencial para el desarrollo económico y social de los pueblos, En el arsenal de factores de producción de las zonas subdesarrolladas apenas si figura el abono. Pero el lenguaje de las cifras resultará más persuasivo. El consumo medio de abonos en los países subdesarrollados es tan sólo de 6 kilógramos por hectárea, en tanto que en los países avanzados asciende a 50. Actualmente el Tercer Mundo produce alrededor de 1.500.000 de toneladas y consume unos 3.000.000. En consecuencia, tiene que importar el 50 por 100 de su consumo.

Ahora bien, según los especialistas, su consumo mínimo debería ser de 15.000.000 de toneladas, o sea, cinco veces más del que emplean, lo que equivale a la mitad de la producción mundial (30.000.000 de toneladas).

Sólo completando la naturaleza del suelo mediante abonos se logrará doblar la producción de alimentos, cuyo incremento se reduce ahora a la lamentable e insignificante proporción del 2 por 100 anual. Como es natural, esto no basta para hacer frente a la expansión demográfica del mundo, dando la razón en apariencia a la vieja teoría de Malthus y de sus actuales discípulos, interesados en desenterrar de los archivos un medio que les sirva para defender el fracaso premeditado de la política económica de las naciones que dominan el panorama mundial. Ciertas experiencias realizadas en el marco de la Campaña Mundial de Lucha contra el Hambre demuestran categóricamente la eficacia del empleo de los abonos. Por ejemplo, en Turquía, con 120 kilógramos de abono por hectárea se aumentó en un 85 por 100 la productividad del maíz; en el Líbano, la del trigo mejoró en un 100 por 100 aplicando 52 kilogramos de abono por hectárea cultivada. Y en el Ecuador, la misma cantidad hizo subir en un 71 por 100 el rendimiento de las plantaciones de patatas. Estos ejemplos son bien elocuentes, y eso que los resultados se obtuvieron sin asociar a la fertilización del suelo otros factores de expansión de la fertilidad. El incremento sería mucho más significativo si se efectuase igualmente la selección genética de las variedades de plantas, como se hace en Japón y en los Estados Unidos. Utilizado aisladamente, el abono resulta muchas veces un elemento poco satisfactorio desde el punto de vista económico, lo que descorazona a los agricultores de las regiones pobres. En los Estados Unidos, el empleo combinado de abonos y determinadas variedades de maíz, resultado de experiencias genéticas, originó de 1949 a 1950 un aumento del>100 por 100 en la productividad de este cereal, a pesar de una disminución de casi el 13 por 100 de la superficie cultivada. Así se explica también la productividad extraordinaria en leche de ciertas especies de ganado: en la India, una vaca lechera da una media de 220 litros de leche al año. En Holanda, esa cifra es 4.150, y de 4.330 en Israel. Es evidente que la mejora de los rebaños se halla en estrecha correlación con el problema del cultivo del forraje y de los cereales secundarios, fuentes de alimentos esenciales para el desarrollo del ganado. Las conquistas de los últimos años son verdaderamente prometedoras, tanto en materia de abonos como en lo que se refiere a la selección genética. Los abonos no se limitan ya, como se comenzó haciendo en el siglo pasado, a compensar los gastos principales del suelo, es decir, los gastos en nitrógeno, potasio y calcio. Ahora los complementos y los correctivos del suelo tienen que proporcionarle también elementos secundarios en cuanto a la cantidad, pero igualmente indispensables para la conservación del potencial biológico del terreno. Me refiero a los oligoelementos. La ciencia de los abonos ha avanzado, quizá más aún que la de la alimentación, hacia la corrección de los diversos géneros de carencia de los suelos. Desgraciadamente, nada de esto se aplica en los países subdesarrollados. En primer lugar, porque el sector de la economía agraria es el más rutinario y el más retrógrado en esas regiones. Cada acto se considera como un verdadero rito, intocable e inmutable. En segundo lugar, porque la industria de los abonos sólo es rentable en un contexto industrial extremadamente diferenciado, donde pueda aprovechar para la obtención de sus productos finales una serie de subproductos de otras industrias, por regla general inexistentes en los países menos evolucionados. Todo ello conspira contra la instalación de una agricultura técnicamente avanzada en los países pobres y no industrializados. En una primera etapa, las necesidades en abono de esos países tendrán que. satisfacerse por medio de importaciones, cosa que habrá de serIe facilitada al máximo por intermedio de los organismos internacionales que se preocupan por el verdadero desarrollo del Tercer Mundo.

Los espectaculares resultados que se han obtenido en la producción agrícola gracias a la investigación científica sobre las nuevas variedades de cereales creados por la genética están a punto de revolucionar la producción alimentaria del mundo. En varios países subdesarrollados se están cultivando nuevas variedades de maíz, de trigo y de arroz con resultados sorprendentes.

El maíz, que es el alimento básico en numerosas zonas del mundo, como México, el Sertáo del Nordeste del Brasil, Rumania, etc., se ha considerado siempre, con razón, como un alimento incompleto, de poco valor biológico, a causa sobre todo de su escaso contenido en proteínas y en determinados aminoácidos esenciales, particularmente la lysina. Mediante las técnicas de hibridación, los genetistas han obtenido una nueva variedad de maíz, llamada «opaca 2», que contiene una proteína de gran valor biológico, rica en lysina, y además con un coeficiente de productividad más elevado que el de las variedades clásicas. El Centro Internacional de Mejora del Maíz y el Trigo, que tiene su sede en México, continúa las investigaciones, que presentan el mayor interés para la elevación de los niveles alimentaríos de muchas poblaciones cuya alimentación se basa en este cereal. En ese Centro de México, financiado por las Fundaciones Rockefeller y Ford, se han conseguido progresos sensacionales en lo que se refiere a la productividad del trigo, creando nuevas variedades. Se fundó también una especie de banco de semillas para cultivarlas en diversos países de acuerdo con las exigencias de sus ecosistemas respectivos, es decir, de la naturaleza de su suelo, de su clima y de su medio biótico. Una de esas variedades ha permitido obtener un rendimiento impresionante en diversos lugares del mundo. Los resultados justifican los veinticinco años de investigación científica ocupados en el campo de la genética en ese Centro mexicano. La duplicación del rendimiento por hectárea con respecto al rendimiento normal ha hecho que algunos países mal alimentados, como la India, Pakistán y Tunicia entre otros, se interesasen por esa variedad milagrosa, el trigo enano de México, y que importasen grandes cantidades de semillas (en 1966 la India 18.000 toneladas, Pakistán 42.000 y Tunicia 23.000). Los resultados que se esperaban se sobrepasaron ampliamente. Ya hemos visto en capítulos anteriores la revolución alimentaria que experimentó la India a partir de 1968.

Otra variedad producto milagroso de la genética es el arroz obtenido por el Instituto de Investigación del Arroz de Filipinas, que ha permitido multiplicar por seis su productividad en ciertas zonas de producción arrocera. La FAO, y especialmente su actual director general, A. H. Boerma, han prestado todo su apoyo a la difusión del cultivo de estas variedades en todo el mundo, tratando de contribuir de manera eficaz a resolver el dramático problema del hambre universal.

Y podría conseguirse otra contribución, otro progreso importante aprovechando racionalmente el gigantesco potencial de alimentos que representan los océanos y las aguas interiores (ríos y lagos). Esta riqueza, diseminada por las tres cuartas partes de la superficie del planeta cubiertas por las aguas, sólo provee actualmente al 2 por 100 de la alimentación humana calculada en calorías y al 10 por 100 del total de las proteínas animales que consume el hombre. Cifras realmente insignificantes si se piensa que, de acuerdo con cálculos dignos de toda fe, los mares podrían proporcionarnos al año alrededor de 1.000.000.000 de toneladas de productos animales (peces, crustáceos, moluscos) y unos 500.000.000.000 de toneladas de materias vegetales. Los mares contienen, pues, una riqueza alimentaria superior a las tierras emergidas. Pero por el momento sólo se aprovecha una ínfima cantidad de ese inmenso potencial biológico mediante la recogida de algas y plancton y los procedimientos de pesca, que no son más que métodos primitivos de recolección, análogos a los que empleaba en tierra firme la economía preagrícola.

La pesca, que hasta hace muy poco se limitaba a las plataformas continentales, comienza ahora a extenderse a alta mar gracias a los barcos-factorías, provistos de equipo frigorífico para congelar el pescado o de equipo de conservación basado en cierto tipo de radiaciones. La pesca representa una de las mayores esperanzas para la solución del problema alimentario, especialmente en lo que se refiere al aprovisionamiento en proteínas, su punto neurálgico. La industrialización de la harina de pescado hasta hacerla aceptable al consumidor es una de las conquistas más espectaculares de la técnica alimentaria al servicio de las poblaciones hambrientas.

El progreso en el aprovechamiento de las riquezas del mar se está llevando a un ritmo más rápido que las mejoras en la producción agrícola, ya que aquél no exige una ruptura con las estructuras arcaicas. El ejemplo del Perú nos da la prueba. En pocos años Perú, que ocupaba un lugar secundario entre los países que se dedicaban a la pesca, se encuentra ahora a la cabeza, tras haber sobrepasado incluso al Japón. Este progreso se consiguió a un ritmo de casi el 20 por 100 anual, mientras que el incremento de la producción agrícola peruana no pasaba del 3 por 100. Un contraste verdaderamente significativo.

Poco a poco la pesca cederá el paso a algo menos aleatorio y más racional: el cultivo de plantas y la cría de animales en los océanos, cosa que se llevará a cabo sembrando determinadas zonas marítimas seleccionadas, sobre todo en los golfos y las bahías, para hacer crecer en ellas plantas capaces de alimentar grandes bancos de peces y crustáceos. Esta «agricultura» y esta «ganadería» del mar -la marino cultura- quizá lleguen a ser más importantes que la agricultura y la ganadería tradicionales.

Lo que Israel ha conseguido hasta el momento en materia de piscicultura da la medida de lo que podría hacerse muy pronto a escala mundial. Israel posee en la actualidad el récord de productividad de las aguas interiores, con un total de 5.000 hectáreas de represas especialmente acondicionadas. La producción media es de dos toneladas de pescado por hectárea.

Además del cultivo racional de la tierra y el mar, la ciencia permite al hombre resolver su problema alimenticio al producir industrialmente principios nutritivos, bien transformando productos no comestibles en alimentos, bien sintetizando químicamente nuevos productos. Veamos algunos ejemplos concretos de este tipo de producción. Hoy día se extraen de algunas semillas oleaginosas, de ciertas especies de granos y judías, incluso de hojas y hierbas, proteínas casi puras siguiendo procedimientos fisicoquímicos, por ejemplo la extracción por vibración. Dichos procedimientos se están aplicando ya en Inglaterra y en la India.

Actualmente se obtienen cantidades importantes de proteínas a partir de las levaduras, especialmente de la melaza, subproducto de la industria del azúcar. En Inglaterra se cultiva una levadura en los residuos de la patata, con un rendimiento que corresponde a la misma cantidad de materia prima que se emplea y con un 50 por 100 de contenido en proteínas.

La más espectacular de esas industrias de transformación biológica es la que obtiene proteínas a partir de una de las fracciones de la destilación del petróleo. En el Sur de Francia, en Lavéra, funciona ya la primera fábrica de alimentos derivados del petróleo, montada sobre la base de las experiencias, realizadas en parte bajo nuestra inspiración, del doctor Champagnat. En dicha fábrica se obtiene un producto que se aprovecha de momento para la alimentación de los animales. Dentro de poco podrá incorporarse sin ningún riesgo a la alimentación del hombre. La producción de proteínas a partir del petróleo, muy poco costosa, puede alcanzar un nivel sin precedentes y resolver en gran parte el problema de la carencia de proteínas. Además, por una feliz coincidencia, un gran número de los países que padecen este tipo de carencia -los de Oriente Medio y la América latina- son grandes productores de petróleo y poseen, por lo tanto, la materia prima indispensable para la nueva industria alimenticia.

En lo que respecta a los productos sintéticos y mientras que no se consiga realizar la fotosíntesis de proteínas, las mayores esperanzas se basan en la síntesis de ciertos aminoácidos que, de momento, se emplean para enriquecer las proteínas de poco valor biológico completándolas con la adición de los elementos de que carece parcial o totalmente.

Los laboratorios de la General Electric en Schenectady (Nueva York) producen diversos aminoácidos, bien por síntesis biológica o por síntesis química, a un coste que se considera como más que compensador. Se trata de un proceso en pleno desarrollo y que abre perspectivas hasta ahora inconcebibles en el campo de la lucha contra el espectro del hambre.

Este éxito, como otras conquistas de la técnica, se extiende y amplifica gracias a los avances de la física nuclear, al empleo del átomo para la agricultura y la alimentación.

Las investigaciones bioatómicas suponen una contribución inestimable para la obtención de nuevos tipos de plantas mediante mutaciones provocadas por bombardeo atómico. Las nuevas plantas tienen mayor rendimiento biológico y resisten mejor a la hostilidad del medio natural y a las enfermedades que las amenazan. El átomo aporta también una contribución importante para resolver el problema de la conservación de los alimentos evitando los tremendos despilfarros de la era preatómica. Otros muchos progresos podrán también acelerarse gracias al empleo en agronomía y en nutrición de los llamados radioelementos o radioisótopos, a los que se puede identificar en las diversas etapas de una experiencia, tanto en el suelo como en el interior de un organismo vivo. Los elementos marcados han hecho avanzar considerablemente los conocimientos en el campo de la fotosíntesis y quizá nos lleven a la solución definitiva del problema de la alimentación racional de la humanidad.

Con todo lo dicho hemos querido mostrar, casi en forma enumerativa, algunas de las posibilidades que la técnica, basada en las ciencias naturales y sobre todo en la biología y en la fisicoquímica, nos ofrecerá para la solución del problema que puede considerarse como el más grave de los que la humanidad tendrá que afrontar en el curso de los años próximos.

Nuestro objetivo al presentar algunos de los usos que se podrían hacer de ciertas importantes adquisiciones de la ciencia y de la técnica modernas para la producción de alimentos era demostrar que el problema de la lucha contra el hambre no era un problema insoluble, que la batalla malthusiana no era una batalla perdida de antemano. Contamos con medios prácticos y eficaces capaces de ganar esa batalla. La humanidad no tiene por qué someterse a una pretendida ley de la naturaleza que le obliga a restringir artificialmente el crecimiento de la población mundial. No hay razón que justifique que se impida la llegada al mundo de nuevos contingentes, como se pretende hacer al ejercer un control forzado y artificial de la natalidad, procedimiento que a los ojos de muchos pueblos aparece como una política de discriminación, como una forma de genocidio racista impuesto por ciertas potencias a los pueblos que dominan desde el punto de vista económico. Política peligrosa, puesto que aumenta la tensión social y agrava el riesgo de una explosión armada mundial.

9 Nigel Calder, Eden Was No Garden, Nueva York, 1967.

10 Robert Salter, op. cit. .

11 Sir Albert Howard, An Agricultural Testament, Nueva York, 1943.

12 L. J. Picton, Nutrition and the Soil, Nueva York, 1949.

13 G. T. Wrench, Reconstruction by the Way 01 the Soil, Londres.

14 Colin Clark, The World's Capacity to Feed and Cloth itself, del «The Way Ahead», vol. II, núm. 3, 1949.

15 M. Ilin, Les montagnes et les hommes, París, 1946.

16 Josué de Castro y otros, Os Alimentos barbaros dos Sertóes do Nordeste, del «Arq. Bras. de Nutri», febrero, 1947.

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