Adam Smith
CAPITULO III
LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SE HALLA LIMITADA POR
LA EXTENSIÓN DEL MERCADO
Así como la facultad de cambiar motiva la
división del trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la
extensión de aquella facultad o, dicho en otras palabras, por la extensión
del mercado. Cuando éste es muy pequeño, nadie se anima a dedicarse por
entero a una ocupación, por falta de capacidad para cambiar el sobrante del
producto de su trabajo, en exceso del propio consumo, por la parte que
necesita de los resultados de la labor de otros.
Existen ciertas actividades
económicas, aun de la clase ínfima, que no pueden sostenerse como no sea en
poblaciones grandes. Un mozo de cuerda, por ejemplo, no podrá encontrar
medios de vida ni empleo sino en ellas. La aldea constituye para él un campo
muy limitado y aun una población, provista de un mercado corriente, es
insuficiente para proporcionarle una ocupación constante. En los caseríos y
pequeñas aldeas diseminadas en regiones desérticas, como ocurre en las
tierras altas de Escocia, el campesino es el carnicero, panadero y cervecero
de la familia. En tales circunstancias apenas si lograremos encontrar un
herrero, un carpintero o un albañil a menos de veinte millas de distancia de
otro de su misma profesión. Las familias que viven diseminadas a ocho o diez
millas de distancia unas de otras, aprenden a producir un gran número de
cosas para las cuales reclamarían el concurso de dichos artesanos en lugares
más poblados. Estos, en el campo, se ven obligados, la mayor parte de las
veces, a aplicarse en todos aquellos ramos del oficio que sean más afines,
en lugar de dedicarse a una sola actividad. Un carpintero rural trabaja todo
el ramo de la madera, y un herrero, en esas circunstancias, cuantas obras se
hacen de hierro. El primero no sólo es carpintero, sino ebanista,
ensamblador, tallista, carretero, fabricante de arados, carruajes y ruedas,
etc. Los oficios del segundo alcanzan mayor variedad. Es imposible que en
lugares tan apartados como el centro de las tierras altas de Escocia
florezca el fabricante de clavos. Un artesano que hiciese mil al día,
completaría trescientos mil al año, en trescientas jornadas; pero en tales
condiciones, apenas podría disponer anualmente de mil, que son el producto
de una jornada.
Las vías fluviales abren a las distintas
clases de actividades económicas mercados más amplios que el transporte
terrestre, y ello nos explica por qué, a lo largo de las costas marítimas y
riveras de los ríos navegables, las promociones de cualquier género
comienzan a subdividirse y perfeccionarse; pero muchas veces acontece que ha
de pasar bastante tiempo hasta que esos progresos se extiendan al interior
del país. Un carro de grandes ruedas servido por dos hombres y tirado por
ocho caballos trae y lleva en unas seis semanas, aproximadamente, casi
cuatro toneladas de mercancía entre Londres y Edimburgo. Pero una
embarcación con seis u ocho tripulantes y que trafique entre Londres y
Leith, transporta casi en el mismo tiempo doscientas toneladas entre los dos
puertos. En consecuencia, seis u ocho hombres, utilizando el transporte
marítimo, transportan en ese lapso de tiempo idéntica cantidad de mercancía
entre Londres y Edimburgo que cincuenta carretones servidos por cien hombres
y tirados por cuatrocientos caballos. En el primer caso, sobre las
doscientas toneladas de mercancía, transportadas por tierra, al porte más
barato, entre Londres y Edimburgo, habría que cargar la manutención de cien
hombres durante tres semanas y la amortización de cuatrocientos caballos y
de los cincuenta carretones. En cambio, sobre la misma cantidad de
mercaderías, conducidas por agua, habría que añadir únicamente la
manutención de seis u ocho hombres y la amortización de un navío de
doscientas toneladas de carga, amén del valor superior del riesgo, o la
diferencia que existe entre el seguro marítimo y el terrestre. Si entre
ambas plazas no hubiera más comunicación que la terrestre, sólo se podría
acarrear entre una y otra aquellas mercancías cuyo precio es muy grande en
proporción al peso. No existiría entre ambas plazas más que una pequeña
parte del comercio que hoy existe y, por consiguiente, prosperaría menos el
tráfico que hoy enriquece recíprocamente sus industrias. Entre las partes
remotas del mundo no existiría el comercio, o éste sería muy pequeño. ¿Qué
mercaderías podrían soportar el porte terrestre entre Londres y Calcuta? Y
aun cuando hubiese artículos tan preciosos que pudieran soportar esos gastos
¿cuál sería la seguridad del transporte a través de los territorios de
naciones tan bárbaras? Sin embargo, estas dos ciudades mantienen en la
actualidad un comercio muy activo, y procurándose mutuos mercados, fomentan
de una manera extraordinaria las economías respectivas.
Siendo éstas las ventajas del transporte
acuático, es cosa natural que los progresos del arte y de la industria se
fomentasen donde tales facilidades convirtieron al mundo en un mercado para
toda clase de productos del trabajo; en cambio tales progresos tardaron
mucho en extenderse por las regiones interiores del país. Estas zonas del
interior no dispusieron, durante largo tiempo, de otro mercado para la mayor
parte de sus productos, sino la comarca circundante, separada de las costas
y riberas de los grandes ríos navegables. Por consiguiente, la extensión de
su mercado fue en mucho tiempo proporcionada a la riqueza y población del
respectivo territorio y, en consecuencia, su adelanto muy posterior al
progreso general del país. En las colonias inglesas de América del Norte las
plantaciones se extendieron preferentemente a lo largo de las costas o de
las riberas de los ríos navegables, y raras veces penetraron a considerable
distancia. de ambas.
Las naciones que fueron civilizadas en
primer lugar, de acuerdo con los más auténticos testimonios de la historia,
fueron aquellas que moraban sobre las costas del Mediterráneo. Este mar, el
mayor de los mares interiores conocidos en el mundo, desconoce la fuerza de
las mareas y, por eso, las olas se deben únicamente a la acción del viento.
Por la calma reinante en la superficie, así como por la multitud de islas y
la proximidad de sus playas ese mar fue extraordinariamente favorable a la
infancia de la navegación, cuando, por la ignorancia de la brújula, los
navegantes temían perder de vista las costas y, debido a las deficiencias en
el arte de construir barcos, no se arriesgaban a abandonarse a las olas del
proceloso océano. Pasar las columnas de Hércules, o sea trasponer el
estrecho de Gibraltar, se consideraba en el mundo antiguo la empresa de
navegación más admirable y arriesgada. Hubo de pasar mucho tiempo antes de
que lo intentaran fenicios y cartagineses, los más esforzados navegantes y
constructores de la época; pero éstos fueron durante un período muy largo
las únicas naciones que lo intentaron.
Parece que fue Egipto, de todos los
países que se extendían por la cuenca del Mediterráneo, el primero en
cultivar y fomentar en alto grado la agricultura y las manufacturas. El
Egipto superior no se aparta mucho, en parte alguna, de las riberas del
Nilo, y en el Egipto inferior se parte el río en diferentes canales que,
ayudados con ciertas obras de ingeniería, parecen haber proporcionado una
buena comunicación, no sólo a las grandes ciudades, sino a un número
considerable de aldeas y caseríos diseminados en la región, parejamente a
como lo hacen ahora, en Holanda, el Mosa y el Rhin. Es muy probable que la
extensión y las facilidades de esta navegación se convirtieran en una de las
principales causas del temprano progreso de Egipto.
Los adelantos de la agricultura y de
las manufacturas parecen haber alcanzado también una gran antigüedad en las
provincias de Bengala, en la India Oriental, así como en otras situadas al
este de la China si bien los antecedentes de esta antigüedad no se consignan
en historia alguna lo suficientemente auténtica de nuestras latitudes. En
Bengala, el Ganges y otros muchos ríos caudalosos se reparten un gran número
de canales navegables, como ocurre con el Nilo en Egipto. En las provincias
orientales de China forman también varios brazos, algunos grandes ríos y, al
intercomunicarse, fomentan una navegación interior mucho más densa que la
del Nilo o la del Ganges, y quizá mayor que la de ambos unidos. Es de
advertir que ni los antiguos egipcios, ni los indios, ni los chinos,
estimularon el comercio exterior, sino más bien parece que derivaron su gran
opulencia de la navegación interior.
Todas las tierras interiores de África y
todas aquellas de Asia, que se extienden hacia el norte del Mar Negro (Ponto
Euxino) y del Mar Caspio, la antigua Scythia, la moderna Tartaria y Siberia,
parece que estuvieron en todas las edades del mundo sumidas en la misma
barbarie y ausencia de civilización en que hoy las encontramos. El mar de
Tartaria es el Océano glacial o helado, cerrado a la navegación, y aunque
algunos de los ríos, más caudalosos del mundo corren por esos parajes, se
hallan muy distanciados unos de otros para facilitar el comercio y las
comunicaciones en la mayor parte de esas dilatadas comarcas. En África no
hay mares interiores, como el Báltico o el Adriático en Europa, el
Mediterráneo y el Mar Negro, en este continente y en Asia, como tampoco
golfos parecidos a los de Arabia, Persia, India, Bengala, y Siam en Asia,
para llevar el comercio al interior del Continente. Los grandes ríos de
África se encuentran tan distantes unos de otros, que no hacen posible una
navegación interna considerable. Aparte de esto, el comercio que puede hacer
una nación utilizando un río que no se subdivide en varias ramas o brazos, y
que, además, pasa por otro territorio, antes de desembocar en el mar, nunca
puede ser muy importante, porque siempre se ofrecerá a las naciones que
poseen la otra parte del territorio la posibilidad de obstruir la
comunicación entre el mar y el país de la cabecera del río. Esto nos explica
por qué la navegación del Danubio aprovecha muy poco a los Estados de
Baviera, Austria y Hungría, en comparación a lo que pasaría si cualquiera de
ellos poseyese toda la cuenca, hasta que ese río vierte en el mar Negro.