Adam Smith
LIBRO PRIMERO
De
las causas del progreso en las facultades productivas del trabajo, y del modo
como un producto se distribuye naturalmente entre las diferentes clases del
pueblo
CAPITULO II
DEL
PRINCIPIO QUE MOTIVA LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
Esta división del trabajo, que tantas ventajas
reporta, no es en su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se
propone alcanzar aquella general opulencia que de él se deriva. Es la
consecuencia gradual, necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la
naturaleza humana que no aspira a una utilidad tan grande: la Propensión a
permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.
No es nuestro propósito, de momento, investigar
si esta propensión es uno de esos principios innatos en la naturaleza humana,
de los que no puede darse una explicación ulterior, o si, como parece más
probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje. Es
común a todos los hombres y no se encuentra en otras especies de animales, que
desconocen esta y otra clase de avenencias. Cuando dos galgos corren una liebre,
parece que obran de consuno. Cada uno de ellos parece que la echa a su
compañero o la intercepta cuando el otro la dirige hacia él: mas esto,
naturalmente, no es la consecuencia de ningún convenio, sino el resultado
accidental y simultáneo de sus instintos coincidentes en el mismo objeto. Nadie
ha visto todavía que los perros cambien de una manera deliberada y equitativa un
hueso por otro. Nadie ha visto tampoco que un animal de a entender a otro, con
sus ademanes o expresiones guturales, esto es mío, o tuyo, o estoy dispuesto a
cambiarlo por aquello. Cuando un animal desea obtener cualquier cosa del hombre
o de un irracional no tiene otro medio de persuasión sino el halago. El
cachorro acaricia a la madre y el perro procura con mil zalamerías atraer la
atención del dueño, cuando éste se sienta a comer, para conseguir que le dé
algo. El hombre utiliza las mismas artes con sus semejantes, y cuando no
encuentra otro modo de hacerlo actuar conforme a sus intenciones, procura
granjearse su voluntad procediendo en forma servil y lisonjera. Mas no en todo
momento se le ofrece ocasión de actuar así. En una sociedad civilizada necesita
a cada instante la cooperación y asistencia de la multitud, en tanto que su vida
entera apenas le basta para conquistar la amistad de contadas personas. En casi
todas las otras especies zoológicas el individuo, cuando ha alcanzado la
madurez, conquista la independencia y no necesita el concurso de otro ser
viviente. Pero el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la
ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La
conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros
y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. Quien
propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que
necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta. y
así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No
es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos
procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos
sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras
necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la
benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absoluto. Es cierto que la caridad
de gentes bien dispuestas le suministra la subsistencia completa; pero, aunque
esta condición altruista le procure todo lo necesario, la caridad no satisface
sus deseos en la medida en que la necesidad se presenta: la mayor parte de sus
necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas,
por trato, cambio o compra. Con el dinero que recibe compra comida, cambia la
ropa vieja que se le da por otros vestidos viejos también, pero que le vienen
mejor, o los entrega a cambio de albergue, alimentos o moneda, cuando así lo
necesita. De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios
mutuos que necesitamos, por convenio, trueque o compra, es esa misma inclinación
a la permuta la causa originaria de la división del trabajo.
En una tribu de cazadores o pastores un
individuo, pongamos por caso, hace las flechas o los arcos con mayor presteza y
habilidad que otros. Con frecuencia los cambia por ganado o por caza con sus
compañeros, y encuentra, al fin, que por este procedimiento consigue una mayor
cantidad de las dos cosas que si él mismo hubiera salido al campo para su
captura. Es así cómo, siguiendo su propio interés, se dedica casi exclusivamente
a hacer arcos y flechas, convirtiéndose en una especie de armero. Otro destaca
en la construcción del andamiaje y del techado de sus pobres chozas o tiendas, y
así se acostumbra a ser útil a sus vecinos, que le recompensan igualmente con
ganado o caza, hasta que encuentra ventajoso dedicarse por completo a esa
ocupación, convirtiéndose en una especie de carpintero constructor. Parejamente
otro se hace herrero o calderero, el de más allá curte o trabaja las pieles,
indumentaria habitual de los salvajes. De esta suerte; la certidumbre de poder
cambiar el exceso del producto de su propio trabajo, después de satisfechas sus
necesidades, por la parte del producto ajeno que necesita, induce al hombre a
dedicarse a una sola ocupación, cultivando y perfeccionando el talento o el
ingenio que posea para cierta especie de labores.
La diferencia de talentos naturales en
hombres diversos no es tan grande como vulgarmente se cree, y la gran variedad
de talentos que parece distinguir a los hombres de diferentes profesiones,
cuando llegan a la madurez es, las más de las veces, efecto y no causa de la
división del trabajo. Las diferencias más dispares de caracteres, entre un
filósofo y un mozo de cuerda, pongamos por ejemplo, no proceden tanto, al
parecer, de la naturaleza como del hábito, la costumbre o la educación. En los
primeros pasos de la vida y durante los seis u ocho primeros años de edad fueron
probablemente muy semejantes, y ni sus padres ni sus camaradas advirtieron
diferencia notable. Poco más tarde comienzan a emplearse en diferentes
ocupaciones. Es entonces cuando la diferencia de talentos comienza a advertirse
y crece por grados, hasta el punto de que la vanidad del filósofo apenas
encuentra parigual. Mas sin la inclinación al cambio, a la permuta y a la venta
cada uno de los seres humanos hubiera tenido que procurarse por su cuenta las
cosas necesarias y convenientes para la vida. Todos hubieran tenido las mismas
obligaciones que cumplir e idénticas obras que realizar y no hubiera habido
aquella diferencia de empleos que propicia exclusivamente la antedicha variedad
de talentos.
Y así como esa posición origina tal diferencia
de aptitudes, tan acusada entre hombres de diferentes profesiones, esa misma
diversidad hace útil la diferencia. Muchas agrupaciones zoológicas
pertenecientes a la misma especie, reciben de la naturaleza diferencias más
notables en sus instintos de las que observamos en el talento del hombre como
consecuencia de la educación o de la costumbre. Un filósofo no difiere tanto de
un mozo de cuerda en su talento por causa de la naturaleza como se distingue un
mastín de un galgo, un galgo de un podenco o éste de un perro de pastor. Esas
diferentes castas de animales, no obstante pertenecer a la misma especie,
apenas se ayudan unas a otras. La fuerza del mastín no encuentra ayuda en la
rapidez del galgo, ni en la sagacidad del podenco o en la docilidad del perro
que guarda el ganado. Los efectos de estas diferencias en la constitución de los
animales no se pueden aportar a un fondo común ni contribuyen al bienestar y
acomodamiento de las respectivas especies, porque carecen de disposición para
cambiar o permutar. Cada uno de los animales se ve así constreñido a sustentarse
y defenderse por sí solo, con absoluta independencia, y no deriva ventaja alguna
de aquella variedad de instintos de que le dotó la naturaleza. Entre los
hombres, por el contrario, los talentos más dispares se caracterizan por su
mutua utilidad, ya que los respectivos productos de sus aptitudes se aportan a
un fondo común, en virtud de esa disposición general para el cambio, la permuta
o el trueque, y tal circunstancia permite a cada uno de ellos comprar la parte
que necesitan de la producción ajena.