EL “FIN DEL HOMBRE ECONÓMICO”

François Perroux

 

Capítulo preliminar del libro F. Perroux, Economía y Sociedad, 1960, Versión española de 1962 en Ed. Ariel.

Peter Drucker anuncia el “fin del hombre económico” y Julian Huxley, siguiéndole, afirma que hemos entrado en la “era del hombre social”.(1)

Desde luego el economista profesional puede rechazar estas fórmulas tan generales, pero no sin alguna inmodestia si se considera que están fundadas en una obra considerable. Y por otra parte, no sin cierta angustia, pues ¿no se habrá visto reducido por las modalidades que actualmente ofrece la especialización, exclusivamente al papel de experto y cameralista de los intereses dominantes? Sin darse cuenta, sus análisis pueden haberse vuelto tendenciosos y partidistas. Los conceptos fundamentales que ya no se discuten, por constituir los comienzos de una arquitectura lógica muy complicada, podrían parecer inadecuados, por manifiestas razones, a otros muchos espíritus científicos entregados a disciplinas que no tratan directamente de la riqueza y del dinero.

¿Cuáles son los hechos invocados por nuestros autores?

Los móviles y los procedimientos comúnmente considerados como económicos por las naciones en su configuración actual, o sea la búsqueda del beneficio y el cambio mercantil retroceden ante móviles orientados hacia el bien de la sociedad entera y ante procedimientos que rigen gran número de actividades sometidas a cálculos colectivos y medios colectivos.

Este deslizamiento puede observarse en los países totalitarios, en los comunistas y en las democracias capitalistas; a primera vista, pues, no parece imputable exclusivamente a un régimen político o a un sistema económico determinados.

Los grupos de naciones (confederaciones, naciones, federaciones, o cualquier otra forma más elástica) (2) otorgan rango principal a objetivos no económicos y, a fin de alcanzarlos, utilizan medios que serían calificados de extraeconómicos según las definiciones comunes. Ahora bien, las experiencias sociales que la guerra propicia y desarrolla ¿deben tomarse todas estrictamente como producto de dichas circunstancias, o pueden contribuir a enriquecer la experiencia económica de la humanidad?

Prescindiendo de ciertos giros elípticos con que a veces se expone la idea, o de su expresión a veces — aunque involuntariamente — subida de tono y sin dejarnos llevar por la demasiado fácil oposición entre lo económico y lo social, hay que convenir que “el fin de lo económico” de signa un problema central de nuestro tiempo.

Desde ahora, la estrecha y superficial racionalidad de la sociedad de mercado puede ser considerada como susceptible de ensanchamiento y de profundización. Método lógicamente, la cohesión social de la sociedad de mercado puede ser comparada a formas más elementales y menos groseras de la cohesión social.

Esta es la curiosidad que va a animar de punta a punta nuestra investigación.

Si le quisiéramos añadir un cierto tinte polémico, nos bastaría citar el título de un libro (3) que se ha vendido mucho: La economía en una lección (Economics in one Iesson). Lección única que está consagrada al cambio mercantil. ¿Por qué no encuadrarla entre otras dos, dedicadas a la economía de la coacción y a la economía del don?

Se trataría sólo de un ejercicio, y lo que nos proponemos nosotros, es, con mayor precisión, un análisis cuyo objeto y método deben ser previamente delimitados.

1. La revolución actual, Londres, 1946.

2. Comunidades, mercados comunes, uniones económicas.

3. Henry Hazlitt, Nueva York, 1946.

La sociedad de mercado

¿En qué consiste esa sociedad de mercado cuya transformación y crisis vamos a intentar comprender?

Desde luego no puede definirse así cualquier sociedad en cuyo seno se forman cambios: entre los dominios feudales, existían lentos y restringidos cambios; tampoco puede definirse así cualquier sociedad en donde existan mercaderes: el cambio mercantil de las sociedades arcaicas no era independiente de las relaciones religiosas y sociales a la sazón predominantes. La sociedad de mercado, según Marx, en su cita y comentario a Adam Smith,(1) es aquella en que, previa la división del trabajo, todo hombre subsiste por medio de cambios y se convierte así en una especie de comerciante. La “sociedad”, entonces, es propiamente una “sociedad de mercado”; su fecha de aparición no puede establecerse con rigor, puesto que esta sociedad progresa con la división del trabajo y al mismo tiempo se producen transformaciones en ella. La consideraremos especialmente en la forma en que se presenta en los grandes países occidentales después de la aparición del capitalismo industrial, es decir, acompañada del movimiento que dota a los centros industriales de redes comerciales y financieras. Como sea que el capitalismo comercial y financiero ha precedido al capitalismo industrial, la sociedad que escogemos es, pues, la sociedad de mercado una vez industrializada. El mercado y el cambio mercantiles dan nuevos moldes al cuerpo social entero, por oposición al cambio más general de servicios que se encuentra en todo grupo organizado; nuevos moldes que cualifican las coacciones públicas, las privadas y los dones (los dones: es decir, por el momento, los actos aparentemente gratuitos). Y lo hacen por movimientos reales que no se pueden separar de una reconstrucción ideológica.

Según Hegel, el Estado, en rigor, no ofrece contraste con la sociedad civil (bürgerliche Gesellschaft); antes bien, la constituye en Estado concreto. En opinión de Adam Smith, el Gobierno y el Comercio concurren a la riqueza y a la opulencia de las naciones. Pero la sociedad en que cada cual es comerciante y en donde la actividad económica por excelencia es el cambio mercantil, va a imprimir su huella, al compás de su éxito, sobre el Estado en el curso del siglo XIX. De este modo el órgano que ejerce el poder recibe una legitimación, una norma de conducta y un método, cualesquiera que sean sus comportamientos reales.

Como ha observado Max Weber, su legitimación deja de ser tradicional o carismática, para convertirse en utilitaria. Y debe admitir que sus servicios sean discutidos y juzgados de acuerdo con los criterios del mercado.

Sus cuentas deben aparecer equilibradas, y debe obrar como una persona decente, es decir, como un honrado comerciante. Al final de este proceso surgen afirmaciones bastante necias, pero populares y consolidadas: lo que es bueno para una empresa, lo es para el Estado y recíprocamente; el impuesto es un precio, y la política se confunde con una administración de rango superior.

El método característico del Estado, como primer ad ministrador de las sociedades mercantiles, es la componenda y el compromiso: sería del todo inoportuno y a corto plazo imposible, crearse enemigos mortales entre los clientes, en el sentido político o comercial de la palabra. A través del Estado administrador, los poderes de la sociedad de mercado discuten sus negocios, bajo un pie de desigualdad aceptada, que se pretende justificar por el resultado, es decir, por el común enriquecimiento.

Pero cualquiera que sea la situación de hecho, las coacciones privadas no pueden tomarse por lo trágico; la coacción ejercida por el monopolio de la fuerza no puede ponerse seriamente en tela de juicio. Una oportuna transmutación de las realidades en la ideología lo prohíbe. Se supone que cada sujeto activo que entra en el intercambio, igual en derechos a cualquier otro, cuenta con iguales oportunidades en el punto de partida; en el curso de sus actividades se mueve por el interés personal, cuya traducción inmediata y tangible es la ganancia monetaria. El mercado suprime los adversarios y une a todos los sujetos activos contra los obstáculos naturales. El residuo de las doctrinas metafísicas mantiene durante mucho tiempo la ideología de la sociedad espontáneamente armónica, por decreto providencial, o porque todo hombre posee la razón que le permite comprender las leyes de la naturaleza. Cuando estas dos filosofías son vivamente atacadas, subsiste todavía la idea de que el arbitraje por medio del precio neutro, inintencional e imparcial, hace compatibles y concurrentes los objetivos y las conductas de los individuos y de los grupos. Como que las coacciones privadas e intencionales son así minimizadas, y las ejercidas por los obstáculos naturales se suponen contrarrestadas y reducidas en condiciones óptimas — lo mejor posible — por el mercado, la coacción legitimada y pública ejercida por el Estado se mantiene dentro de límites bien definidos. Su misión es proteger la institución que es el mercado, sumariamente definido como una red de cambios libres entre centros autónomos. Cualquier ensayo de institucionalizar coactivamente el mercado, es decir, de corregir por medio de instituciones especiales, con objetivos particulares, las cantidades, los precios y sus recíprocos ajustes, repercutiría en perjuicio general. La creencia común es que el mercado funciona sin deformarse. Nadie es dueño de él: ni los individuos, ya que cada uno de ellos sufre la presión y la ley general; ni el Estado, puesto que está sometido a la ley del mercado y se ve obligado a respetar por la presión que sobre él ejercen todos los beneficiarios. Tendencialmente la cohesión de la sociedad de mercado niega todo poder: es un resultado de cambios equivalentes.

Claro está que estos cambios excluyen, en principio, cualquier forma de gratuidad. R. F. Harrod, además de la economía de la escasez, caracteriza adecuadamente el propio principio de la sociedad de mercado con estas palabras: “La ley más importante de la economía (the most important Law), consiste en que nada puede ser obtenido gratuitamente (Nothing for nothing)”. El sujeto activo sólo puede adquirir algún bien vendible contra cesión de otro bien vendible. La exclusión de la gratuidad en el seno de una organización social ofrece ciertas dificultades graves. Estas dificultades son soslayadas por medio de representaciones y razones apropiadas.

En primer lugar, las sociedades occidentales engendran por secreción la creencia de que, por su naturaleza, algunos valores se resisten a ser expresados por medio de un precio y escapan al molde del intercambio. Así ocurre con lo Vital o lo Sagrado. Para mayor comodidad, se postula entonces que el cambio mercantil no asume nunca estos valores.

Por su propio funcionamiento, el mercado no se extiende como una mancha de aceite, ni crea hábitos, inercias o malentendidos sociales que lleguen a afectar a los valores excluidos del mercado. Ludwig von Mises insiste en ello: los límites del mercado dependen de la moralidad individual y social — sin meterse a indagar si el mercado invasor contamina dicha moralidad —. El trabajador por cuenta ajena no se arrienda él mismo; sólo alquila sus servicios; sería “extraeconómico” investigar si ciertas formas de contrato de servicios implican alguna cesión de Iibertad personal. Cuando un inventor establece un contrato con una empresa, cede sus inventos: no interesa en absoluto saber si abdica de su poder social de crear. Está fuera de toda duda que todo se compra y se vende, pero en principio y en derecho la sociedad de mercado no puede admitirlo.

Además, el intercambio económico es cuidadosamente separado — y aislable — de sus implicaciones sociales. Ahora bien, en una sociedad organizada los hombres no pueden limitarse a cambiar única y exclusivamente mercancías. Al intercambiar mercancías, intercambian símbolos, significaciones, servicios e informaciones. Toda mercancía debería ser considerada como un núcleo de servicios no imputables que la califican socialmente y que — sean beneficiosos o perjudiciales — son gratuitos en el sentido elemental de que no son pagados. Si la sociedad de mercado los excluye, es con el fin de simplificar y justificar sus cuentas.

La gratuidad pertenecería, pues, al terreno de la moral, que la examina a fondo cuando es equívoca y la elogia cuando respeta una norma ética: pero es desterrada del campo de atención de la sociedad mercantil y de sus intérpretes.

1. K. Marx, Rapports de l‘economie politique avec l’Etat, le droit, la morale et la vie bourgeoise, 1844, “Œuvres philosophiques”, t. VI, A. Costes, Paris.

Las transformaciones de la sociedad mercantil

Desde finales del siglo XVIII y durante el XIX, la noción de sociedad de mercado que acabamos de ofrecer era ya una idealización. Fundándose en rasgos observables se elaboraba una conceptualización implícitamente normativa; o en otros términos: so pretexto de explicar, escogía en la realidad únicamente los elementos idóneos para formular una regla social de acción.

Este conjunto — secretamente coherente — de esquemas y regulaciones inconfesadas, aparece en el siglo XX en abierto conflicto con hechos tan masivos y tan numerosos que todo el mundo los reconoce, excepto el economista rutinario y las clases dominantes, que no se han preocupado todavía por cambiar la ideología de su justificación y de su lucha.

La práctica y la lógica de la sociedad de mercado ofrecen una divergencia que alcanza proporciones nunca vistas, en los tres dominios que acabamos de distinguir.

Las dimensiones y la acuidad de los conflictos con que se enfrenta el Estado, obligan a abandonar la idea de asimilarlo a cualquier forma de administración superior. Durante el siglo XIX el Estado ha practicado la guerra colonial a fin de conquistar riquezas y mercados, y ha dado orden de disparar contra los huelguistas. La guerra de 1914 a 1918 trastornó, y no accidentalmente por cierto, los equilibrios sociales y mundiales, y preparó la eclosión de las fuerzas que se han desplegado en el curso de la segunda guerra mundial. La actividad de la Rusia soviética y de las naciones del campo socialista, de hecho, pone de manifiesto la existencia de nuevas sociedades cuya lógica y estructura no reflejan las de las sociedades de mercado. Y el hecho debe ser interpretado así, no sin motivo, cualesquiera que sean los distingos y matices que se imponen. Desde muchos puntos de vista, estas sociedades del socialismo viviente fracasan en el intento de ser proletarias; utilizan el intercambio y el incentivo; no obstante, su cohesión social no depende oficialmente de estos hechos, ni de la persecución del mayor beneficio, ni del mercado comercial, ni de la jerarquía basada en el enriquecimiento. Según la interpretación oficial, dicha cohesión depende del trabajo organizado cara a la creciente satisfacción de las necesidades generales, por medio de las técnicas más modernas. Esta referencia legitima la coacción ejercida por el poder público, y las transferencias que, al margen de equivalencias particulares, apuntan al beneficio de la totalidad, son conformes a la lógica del sistema.

Por otra parte, las naciones en curso de formación, en los países económicamente subdesarrollados, incluso si deciden evolucionar de acuerdo con los módulos de las sociedades de mercado, no pueden extraer del cambio comercial el único principio de su cohesión, ni considerarlo como medio preferente. Por reacción, las élites y las masas de las sociedades de mercado se ven obligadas a redescubrir valores específicamente políticos y se encuentran con aliados que, incluso aceptando el compro miso mercantil, lo subordinan a la construcción de sociedades nuevas. El Estado mercantil y la sociedad de mercado se ven requeridos, por presión exterior, a justificarse y a probar una eficacia que no es de orden estrictamente mercantil.

Contra lo que dicen las ideologías de la economía y de la sociedad de mercado, las concentraciones técnicas, económicas y financieras han quebrado la estabilidad del régimen y de la propia institución del mercado. Las coacciones privadas ejercidas por los productores entre sí y con respecto a los trabajadores asalariados y a las clases económicamente débiles, han convertido en inaceptable la interpretación armónica y la idea de la solidaridad espontánea como consecuencia de los cambios mercantiles. Cuando un liberal ilustrado, J. M. Clark, repudia la pseudosociedad basada en el mercado (pseudomarket society), resume con acierto una verdad de siempre que hoy es manifiesta. A pesar de los mercados imperfectos y del espíritu mercantil — es decir, de lucro — las sociedades occidentales protegen su cohesión por medio de atribuciones prioritarias, de legislaciones de seguridad social, y de la corrección de las desigualdades iniciales. El principio que informa este conjunto de medidas es una solidaridad extramercantil. Los medios consisten en el prudente uso de una cierta dosis de coacción, para conseguir ciertas transferencias que no obedecen por sí mismas al principio de equivalencia, sino a las reglas de una economía redistributiva que poco a poco se racionaliza. La discusión de una estructura deseada de la economía, por medio de la planificación indicativa*, es todo lo contrario de los supuestos ajustes espontáneos en la red de cambios mercantiles.

* Planificación indicativa: se caracteriza por no poseer fuerza de ley, siendo en realidad una lista de objetivos que sería deseable alcanzar. (Nota Trad.)

La critica de la racionalidad de la sociedad de mercado

Si se desea sobrepasar la estrecha racionalidad y enriquecer la menguada socialidad de las sociedades de mercado sometidas a las vicisitudes de nuestros tiempos, no podemos contentarnos con descripciones externas y estudios de detalle. Es indispensable comprender la lógica más profunda de un funcionamiento. La limitada eficacia y el fraude cierto de las sociedades de mercado, sólo pueden ser desentrañados al nivel de estos conceptos básicos.

La sociedad de mercado subordina, en todos sus aspectos, la coacción y el don al cambio mercantil.

Vamos a referimos a la coacción que se ejerce sobre los sistemas de preferencias de los sujetos (1) y sobre los límites de sus funciones de empleo y de transformación de bienes.

Previamente, vamos a despojar al "don” de sus más groseras ambigüedades, considerándolo bajo tres aspectos:

La transferencia “gratuita” sin contrapartida aparente;

La transferencia hecha para satisfacer el deseo de dar— calificada por su intención;

La transferencia sin contrapartida, que entraña asignaciones económicamente más racionales que las del cambio mercantil, cualesquiera que sean la intención del que experimenta la pérdida y la forma social de la operación.

De los tres procedimientos — el cambio mercantil, la coacción y el don — no hay ningún motivo plausible para destacar sólo el primero, sin una investigación previa, minuciosa y comparada sobre la economicidad de cada uno de ellos. La socialidad mercantil que por razones históricas obsesiona al economista, se ve hoy ostensiblemente desbordada por la búsqueda de cohesiones sociales que la superan. Desde siempre, el hombre se ha comunicado con sus semejantes de modos muy distintos y no sólo por el cambio mercantil. En circunstancias que el hombre cree supremas, cede a otros móviles y emplea otros medios disimulados en el acontecer cotidiano. En respuesta a las solicitaciones concretas de la historia, vale la pena intentar restituir a la experiencia económica una racionalidad más profunda y universal que aquella a que nos han acostumbrado las interpretaciones corrientes.

1. Conjunto de funciones que expresan los deseos de un sujeto, o grupos de combinaciones de so bienes en cantidades dadas que proporcionan estados do igual satisfacción, ordinalmente comparables entre ellos.

Los cuatro niveles del análisis

Intentaremos alcanzar el objetivo señalado en el terreno económico y por los medios que ofrece el análisis económico, con interdicción formal, en la medida de lo posible, de recurrir a la investigación filosófica (que — por desgracia — está fuera del alcance de nuestra competencia).

Para el modesto ejercicio de nuestro oficio disponemos de sólidos materiales: las reflexiones teóricas de los grandes economistas que han permanecido fieles a su profesión, las formalizaciones de las teorías de los equilibrios económicos, las investigaciones sobre las relaciones entre instituciones determinadas, y el cumplimiento de las funciones económicas.

Vamos a proceder a una sola investigación a estos cuatro niveles.

La visión. — Vamos a considerar la visión (1) de algunos pensadores de la economía occidental. Los escogeremos de modo que entre ellos ofrezcan disparidades indudables en cuanto a cultura, temperamento y preferencias doctrinales. A primera vista ¿qué llenen en común el estado estacionario de J. Stuart Mill y el comunismo terminal de K. Marx? O bien ¿no parece una paradoja el intento de buscar semejanzas entre el taller libre del sindicalismo revolucionario y sus visiones intuitivas, y el equilibrio de maximización en la interdependencia general de Léon Walras? Sin embargo, a despecho de las clasificaciones heredadas y de los contrastes aceptados, estas “visiones” de los economistas de Occidente, bien se ofrezcan bajo la figura de sociedades terminales, bien en forma de situaciones límite y óptimas, son las propias de una sociedad sin coacción y de una economía sin escasez. La forma de proceder de estos pensadores es análoga en el sentido de que, para resolver el problema económico, todos lo suponen resuelto o soluble en la misma dirección. La coacción privada de un productor sobre otro y la coacción pública son, en cualquier caso, consideradas como fenómenos transitorios. Al final, el cambio mercantil es reabsorbido y renuncia a su objetivo: el beneficio, y a su forma esencial: la lucha en busca del máximo beneficio. El don pierde la mayor parte de sus notas distintivas a medida que declina la coacción y reina la abundancia, y subsiste, una vez vencida la escasez, bajo forma de compromiso entre personas libres, es decir, en condiciones que hacen imposible concebir y elaborar la “equivalencia” de lo que es “intercambiado”.

La formalización. — Vamos a examinar de cerca las formalizaciones del equilibrio, es decir, la teoría pura del cambio respecto del individuo y del conjunto social. Por lo común se presenta como teoría perfectamente neutra y capaz de amparar toda suerte de motivaciones y de conductas. Así, Maffeo Pantaleoni, entre otros, nos dice que, una vez adoptada la hipótesis hedonística, la teoría del equilibrio es verdadera cualesquiera que sean las acciones reales y observables de los sujetos. Pero ¿en qué consiste a fin de cuentas esta hipótesis hedonística que el economista continúa empleando en forma banal, mientras que lo menos que puede decirse de ella es que está en proceso de reelaboración por la psicología científica? ¿Y habrá que añadir que la coacción es un bien económico olvidado, y que el don debe ser explícitamente reintroducido en los esquemas de equilibrio, en vista de que los hombres concretos desean ejercer la coacción y practicar la liberalidad? ¿Es posible hacerlo formalmente?

Habrá que ver, además, si en el camino abierto por Pareto, al distinguir entre actos racionales y “residuos”, la racionalidad, formalizada con base al cambio mercantil, cubre todas las clases de racionalidad que ofrecen las sociedades humanas.

La motivación. — Una vez hechas estas pruebas, estaremos en condiciones de abordar las motivaciones. En la medida en que el análisis económico deja de ser estático y de proporcionar instrumental e ideología para uso exclusivo de las sociedades occidentales, se ve obligado a considerar motivaciones ajenas a la búsqueda del beneficio y hasta al interés personal, no susceptibles de ser comprendidas en un esquema de equivalencia. La China y el África fermentan y se desarrollan en forma muy distinta. Al mismo tiempo, los sabios de Occidente redescubren que los móviles alocéntricos pueden dar un rendimiento no necesariamente menor ni más incierto que los egocéntricos. Esta investigación se apoya sólidamente en los estudios científicos sobre la organización del trabajo obrero y de la dinámica de los grupos.

La institución. — Descargado del peso de los tópicos infligidos al pensamiento económico, abordaremos la dialéctica de las instituciones por medio de las cuales se manifiestan las actividades del cambio, de la coacción y del don.

Puesto que — por la multiplicidad de acepciones que admite — el término “dialéctico” resulta oscuro, vamos a precisar nuestro propósito, al margen de todo dogmatismo.

Las contradicciones examinadas serán señaladas en dos planos, distintos uno de otro pero interdependientes.

Dichas contradicciones existen entre las reglas del juego, o entre conjuntos de normas sociales, observables en la política, la administración, el derecho y las costumbres. El instrumento del cambio comercial es el contrato, el “acto de comercio “, y la asociación llamada libre. La coacción pública se ejerce por medio de un acto de autoridad, en una sociedad que admite el monopolio legítimo de la fuerza. Los “dones”, excepción hecha de “dones a la clientela” y de las donaciones, se manifiestan por medio de las siguientes instituciones: a) economía caritativa y asistencial; b) transferencias de capitales u otros bienes, sin contrapartida, entre naciones; c) transferencias de solidaridad en el interior de una nación o entre naciones; d) cesiones “inintencionales” en los casos de competencia con “pérdidas”, que serían susceptibles de institucionalización.(2)

Estas instituciones se desarrollan en medio del conflicto social: la forma concreta que adoptan en un determinado momento de la historia, favorece o perjudica en forma, desigual a los grupos. Las sociedades occidentales, alcanzando mayor grado de actividad y de conciencia en cada una de sus clases, desmixtifican las versiones institucionales del intercambio, de la coacción y de la dádiva. Lentamente, en un movimiento interrumpido por paradas y retrocesos, las instituciones van siendo menos falaces con relación a la propia finalidad objetiva que invocan, y a la función social que reclaman, con arreglo a la cual deben forzosamente aceptar que se las juzgue.

En las sociedades racionalizadas, los conflictos de intereses y de aspiraciones, que cambian los contenidos de las instituciones — estos armisticios sociales —, no se desarrollan a ciegas. Se habla de ellos; son explicados entre las partes principales, ante las élites y ante la opinión pública. El desarrollo de las instituciones se efectúa entre contradicciones que exigen ser superadas por una mediación; para el espíritu que los interpreta, dicho desarrollo contiene contraindicaciones entre lógicas generales. En este sentido, la dialéctica del desarrollo que existe en la historia, existe en el espíritu; por una parte, el espíritu intenta alcanzar la unidad a partir de las oposiciones, en un proceso que no tiene término prefijado; por otra, gracias a teorías comprensivas, domina la multiplicidad de casos reunidos por el interés temático de una ciencia. La nuestra, la ciencia económica, no puede ser sorda a esta doble llamada, y nos damos cuenta de ello precisamente considerando en sus límites y especificidades las lógicas económicas del cambio, de la coacción y del don.

La lógica del cambio es la equivalencia, que jamás ha sido elaborada en términos racionalmente satisfactorios. El hecho observado es la desigualdad entre las unidades que cambian, para las cuales la satisfacción viene medida por el valor de uso o utilidad subjetiva, y que sufren, en condiciones dispares y racionalmente mal comparables, el peso de la socialización de los valores por medio del precio. La maximización de las rentas o excedentes del consumidor y del productor,(3) establecida sobre la base del precio de competencia, no es otra cosa que un expediente para eludir el análisis de las situaciones concretas de unos y otros. Si la equivalencia no se puede alcanzar por medio del simple juego de un mecanismo, los irritantes defectos de las falsas equivalencias del mercado deben ser eliminados. ¿Por quién? ¿Por el que ocupa la posición más fuerte en el intercambio — en cuyo caso no debería ya actuar como el hedonista elemental que se mueve por maximizaciones inmediatas y egoístas? ¿O por un tercero — un árbitro, digamos, el Estado—? Ello equivaldría a reclamar una coacción correctora.

Del orden de la equivalencia, que constituye la lógica del cambio, hemos llegado así al orden de la subordinación, tomado el término en una acepción económicamente exigente. El término designa un orden total de preferencias en una sociedad global, un orden de tal naturaleza que el índice del objetivo propuesto sea llevado al máximo y que los índices de los objetivos perseguidos por las unidades y los grupos también sean maximizados, por lo menos en el sentido de aceptar las pérdidas o los menores beneficios en consideración al interés ajeno. Llegados a este punto, las unidades económicas no se comportarían ya como elementales hedonistas, y se beneficiarían de una información adecuada sobre el orden total de preferencias.

El sentido de participación de que así se dota a las unidades económicas, siquiera presente bajo formas menores, la interpenetración — o por lo menos la intercomunicación de conciencias — tan opuesta al horizonte y a las conductas de empresas completamente aisladas y sólo informadas de las conductas ajenas por medio del precio establecido en virtud del equilibrio de competencia, son características de la comunidad, que se distingue así de la asociación contractual y del intercambio presidido por la equivalencia. Se distingue, asimismo, de la sociedad jerárquica basada en el imperium y de la transferencia autoritaria de bienes y servicios según un orden total. Más acá y más allá de los cálculos económicos habituales, dicha comunidad se establece al nivel de los cambios biológicos entre seres que se encuentran, y al nivel de ciertos intercambios mentales, entre los cuales, algunos merecen ser llamados intelectuales y morales. El hecho a destacar es que la investigación científica de nuestro tiempo no descarta ya, ni siquiera los discute, tales intercambios. Las actuales investigaciones en economía científica no descuidan estas materias, que nunca dejaron a los economistas del pasado reciente la conciencia completamente tranquila, como lo prueba el hecho de sus casuísticos debates sobre los “bienes inmateriales”. Abandonada de una vez por todas esta casuística, la economía moderna, gracias a las aportaciones de las ciencias físicas y naturales, pone en tela de juicio las equivalencias mercantiles y se resiste a dar el nombre de dones a transferencias que no son otra cosa que restituciones. Desde este punto de vista proporciona su verdad a las comunidades vitales y espirituales, por medio de la contradicción, de la discusión o de la indignación.

1. En el sentido que se señala más adelante, cap. 1.

2. Cfr. infra, cap, IV, sección III, II.

3. Cfr. infra, cap. II.

Contra el engaño colectivo

Quizás hayamos dicho ya lo bastante para mostrar el hilo conductor que va a unir nuestras minuciosas investigaciones, realizadas con los medios propios de nuestra especialidad. Era indispensable ofrecer una visión angustiada e insatisfecha de las realidades que acostumbramos considerar con mirada distraída y tranquila, porque su aspecto familiar nos permite olvidar las ignorancias y las injusticias gracias a las cuales viven las sociedades de mercado. (1)

La denuncia del engaño contenido en las ideologías de la equivalencia, de la ordenación total y de la comunidad, es una conquista importante, pero crítica.

Inventar nuevas sociedades

Esta conquista nos pone en camino de otras más positivas; y prepara la refundición de las instituciones, paralelamente con la reestructuración de los conceptos fundamentales. “Inventar nuevas sociedades” exige romper los moldes de las prácticas económicas basadas en el cambio, la coacción y el don. Se trata de un movimiento racional, que no excluye en modo alguno la generosidad, la abnegación y el sacrificio que magnifican las morales y las religiones de Occidente y de otras regiones de nuestro planeta. Movimiento que impide, sin más, que estos sentimientos se queden en pura “buena fe” y que sean vilipendiados en el carnaval de los “bellos sentimientos”.

No espere el lector una obra de imaginación, destinada a ofrecer el cuadro de la economía de mercado sometida a las justas correcciones de una economía coercitiva u orientada a la creación de una economía de la gratuidad y del puro servicio.

Al contrario, nuestro objetivo es mostrar que estas nociones usuales dejan de oponerse entre ellas a medida que los grupos, a través de los diálogos sociales ilustrados por la ciencia, dan prueba de su capacidad de servir al conjunto de la especie concreta y al ser universal en cada hombre individualmente considerado.

1. Y todas las sociedades evolucionadas del siglo u que, sigui6cae tivansente responden al apelativo de sociedades económicas.  

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