La finalidad y los valores

 

François Perroux

Capítulo cuarto del libro F. Perroux, El Desarrollo y la nueva concepción de la Dinámica Económica (título original Pour une philosophie du nouveau développement).Versión española en Ed. del Serbal, 1984

El nuevo desarrollo y el nuevo orden económico internacional atestiguan la exigencia de cambios mucho más profundos que una mera redistribución de los recursos y modificaciones radicales en las reglas del juego entre naciones. Emergen a la superficie los resentimientos que maduraron largo tiempo en el Tercer Mundo; se manifiestan en la aspereza de la negociación, en la amenaza, en la violencia desatada.

Todo Occidente fue un colonizador no particularmente escrupuloso; no empleó su superioridad militar y económica para impartir su ciencia y su técnica a los colonizados y dar a élites seleccionadas por ellos los medios de proceder a la paulatina modernización elegida por ellos.

Reconocemos que este juicio debería admitir otros matices, ciertamente; pero describe, acentuando los rasgos, una etapa confusa de la expansión europea. Nadie podrá negar que la colonización originó un cierto grado de capacitación de las élites locales y el comienzo de actividades económicas que, por lo demás, las metrópolis dominaron. Sin embargo, a la luz de las perspectivas abiertas luego de la segunda guerra mundial, y salvo algunas reservas importantes, la colonización no puede invocar sus beneficios para aspirar a la plena legitimidad.

El sistema colonial revestía una condición política y jurídica que encontró sustento en una aplastante superioridad científica, técnica y económica. Esta situación cambió nominalmente merced a la conquista de las independencias que, dígase lo que se diga, modificaron profundamente las situaciones relativas de los países independizados. Pero las transformaciones de la economía real siempre son lentas y graduales: la desigualdad de recursos persiste. Y el término “neocolonialismo”, por polémico que fuere, contiene una gran parte de verdad.

Las naciones en proceso de construcción pueden ser consideradas casi-naciones, pues sus interlocutores son potencias que, por la índole de sus actividades y por su poder de negociación, ejercen de facto dominancias que —aun si se lo propusieran— no se podrían eliminar en poco tiempo.

Estas secuelas de las relaciones de fuerza son activas y la memoria de los pueblos justifica plenamente su lucha para liberarse de ellas.

Así lo confirma la severidad de un juicio posible sobre el comportamiento de los europeos, de los occidentales en general. Vistos desde Asia o África, aparecen agotándose en disputas de intereses, luego de haberse masacrado en guerras devastadoras y sangrientas. Se han enriquecido sin parar mientes en los métodos y sin observar las reglas de conducta dictadas por su religión o su filosofía. En la práctica actúan como ateos y sus costumbres dan testimonios de las torpezas y futilidades del enriquecimiento sin freno. Pareciera que rinden pleitesía al modelo del ser humano empellado en los logros terrestres, obsedido por el espíritu de goce, aferrado al ejercicio de la voluntad de poder cada vez que un interés material entra en juego.

Occidente no supo, frente al hambre y la miseria del mundo, practicar con eficacia la política de desarrollo que en voz alta proclamaba. Al llegar la crisis general pudo, no sin razón, invocarla para recortar aún más la ayuda que prestaba con dejos de desgana. Hoy debilitado, no está en condiciones de evocar buenas acciones pasadas que seguirían mereciendo el respeto de una época que asiste a la declinación de su fuerza relativa.

Hasta no hace mucho, Occidente se autoproclamaba portador de un mensaje de civilización, de una suerte de cultura de valor universal por su esencia, abarcadora de fórmulas políticas y jurídicas dignas de ejemplo. Hoy se sospecha de esa esencia y se cuestionan esas fórmulas.

Esta crisis de civilización brota de algo mucho más profundo que las "fallas" del sistema económico: hunde sus raíces en el espíritu y el corazón de los seres humanos.

Los países en desarrollo toman conciencia de sus propios valores culturales, encuentran en ellos un apoyo y motivos para conservar su dignidad, su identidad. Es quizá mucho más fácil conciliar intereses materiales opuestos que descubrir valores totalizantes y lograr la superación histórica de conflictos culturales nutridos por imágenes del hombre escasamente compatibles entre sí.

A la vez que aceptan las recetas del interlocutor para volverlas contra él, los países que llaman subdesarrollados buscan en su pasado secular, pletórico de vigorosos desarrollos intelectuales y morales, expresiones que renueven sus culturas sin traicionarlas.

Se bosqueja así una nueva frontier en el sentido anglonorteamericano del término, es decir, una zona grávida de recursos y energías mentales aún muy imperfectamente identificados y explotados. Zona que pertenece al ámbito de lo cualitativo, al que las estadísticas de los fenómenos morales y la “sociometría” de las sociedades “primitivas” tienen, en verdad, poco acceso.

Los observadores occidentales mejor informados reconocen que algo tenemos que aprender de esas patrias, revitalizadas por conjuntos humanos a los que solemos abordar con actitudes de maestro siempre dispuesto a impartir sus lecciones, su lección.

A menos de bucear en las profundidades intelectuales y espirituales que generan el debate político y económico, seguiremos deslizándonos por la superficie de los problemas del desarrollo.

Todas las naciones y todos los pueblos del mundo buscan, sin decirlo, un sentido para el destino humano y el esfuerzo de los seres humanos, cuya condición común percibimos mejor a la luz de la crisis mundial y sus peligros.

Más allá de las luchas políticas de un mundo dividido, cómo podría el Occidente entero permanecer indiferente a la patética amonestación de Solzhenitsyn, contenida en el discurso que pronuncian en Harvard en 1978: lo que hacéis carece de la elevación necesaria, la pureza necesaria, el calor necesario para concitar la adhesión universal. Carece de la elevación necesaria porque la moral pierde virtud cuando se mezcla con la economía mercantil. Carece de la pureza necesaria porque la búsqueda de valores supremos mal congenia con el uso de violencias secretas que las palabras igualdad y libertad enmascaran. Carece del calor necesario porque en vuestra vida pública o privada rara vez aparece ese movimiento del corazón que podría encender la fraternidad.

La excelencia de la reflexión filosófica y de los organismos mundiales que a ella se consagran, reside en indagar los problemas implícitos en un enfoque serio de la política del desarrollo. Aunque se los juzgue inoportunos.

El sentido inteligible y confesable de la economía no se puede disociar del sentido inteligible y confesable del destino humano. Es imprescindible, al menos, buscar ese sentido y no haremos sino indicar, con la modestia que corresponde, algunos ejes de esa búsqueda.

1. EL DESENCUENTRO ENTRE LA RACIONALIDAD ECONÓMICA Y LOS VALORES CULTURALES

En Occidente, la actividad económica se ha alejado de manera inquietante de los valores culturales: se los proclama con insistencia pero no se los practica. Por esa razón, la técnica que Occidente ofrece a los países en desarrollo se limita a prolongar su ciencia y su arte del cálculo económico.(1)

El cálculo, expresión privilegiada y excesivamente invasora de la racionalidad económica, consiste en traducir los costos y los rendimientos mediante cantidades algebraicas o con números. Su propia índole lo obliga a no considerar más que las cosas, los objetos materiales, que se cuentan, que se supone hay que medir, a partir de los cuales se construye un ordenamiento de cifras —sumamente convencional— que permite el enunciado del máximo neto. Es revelador que una pendiente irresistible lleve a confundir ese máximo con el óptimo.

Sin embargo, por más que se introduzcan en el cálculo las variables llamadas humanas, nunca será posible tomar en cuenta los aspectos multidimensionales e infinitamente complejos que, como prueban la experiencia directa y el análisis, diferencian a cada ser humano y a cada sociedad humana.

Cuando el cálculo económico alardea de “operacional”, suscita interrogantes serios. ¿Operacional para qué clase de operaciones? ¿Operaciones para quién? Se alude a operaciones de la economía de mercado, que supone la equivalencia de las prestaciones y de los valores. Los agentes y sujetos nunca se encuentran en una relación de perfecta reciprocidad de situaciones e intenciones. La reflexión filosófica llega muy lejos a partir de estas observaciones elementales: la primera conduce a la noción misma de valor; la segunda, al ideal de la reciprocidad de las conciencias.

Aun sin enjuiciar hasta ese punto el intercambio económico —actitud fecunda cada vez que osó expresarse—, sorprende de manera inevitable la estrechez de los cálculos que se fundan en los valores del mercado. Las “contabilidades” del biólogo en calorías y energía contienen, finalmente, cálculos tan precisos y legítimos como los cálculos de precios. No se trata de reemplazar los últimos por los primeros, pero admitirlos introduce un juicio sobre los valores de mercado que se funda en los efectos objetivamente benéficos.

La evaluación cuantificada de las raciones alimentarias normales —para citar sólo un ejemplo— condujo al oportuno ensanchamiento del horizonte del economista, le permitió descubrir los mortíferos efectos de la regla de la solvencia pura y simple.

Cuando las operaciones al margen del mercado toman debida cuenta de algunos efectos objetivamente benéficos (o destructivos) revelados por la ciencia, cobran a los ojos de los interesados directos y de la opinión pública una legitimación más profunda que el funcionamiento del mercado que se encuentra en todas partes, menos en los text-books.

Estamos lejos aún de los valores culturales, que se inscriben en un orden totalmente distinto al de la salud del cuerpo. En los países en desarrollo —más claramente que en los países desarrollados, donde el universo de artefactos y el ritmo de sobresalto de las máquinas parecen desdibujar sus contornos— la cultura resume un conjunto de normas y valores que impregnan la vida de los hombres, sus manifestaciones exteriores y la intimidad de sus conciencias. Esas normas y valores pueden, merced a la reflexión de quienes lo comparten, traducirse en conceptos más o menos razonados; pero existen antes de la conceptualización y desbordan cualquier traducción más o menos organizada.

Son transmitidos oralmente en el seno de la familia y de las comunidades elementales. La cultura emana del medio ambiente vital, portador y transmisor de imágenes. Estas imágenes se forman asociadas al subconsciente y a lo que podríamos llamar el supraconsciente, es decir, las evaluaciones y reglas de vida que la tradición, los contactos cotidianos y el aprendizaje social han impreso en la memoria y las costumbres.

Entre la cultura difundida en y por un medio existencial, y el individuo que lo comparte, la comunicación es directa, precede a la crítica, incluso a la expresión hablada. Construye una visión pre -reflexiva del ser humano, de la naturaleza y de la sociedad en sus interrelaciones. Es previa a la formulación del lenguaje, aunque todo en él —vocabulario, sintaxis, melodía de la frase y resonancia emotiva— vehiculiza y certifica esa comunicación.

Cuando comenzamos a razonar, nunca partimos de nada, sino de un substrato, de una tierra cultural legada por la vida en circunstancias precisas de tiempo y de lugar. En esto, sin duda, radica una de las razones por las cuales la comunicación del lenguaje difiere de la comunicación cultural.

Es otro el registro de la última. Se establece por las imágenes que emanan del hábitat, del medio ambiente y de las actividades socialmente organizadas. Los paisajes, los monumentos, los gestos, “hablan” antes de que acudan las palabras, sugieren un estilo de vida heredado, “soplan” proyectos y formas de actividad.

La cultura es “incorporada”, “encamada”, pero no por ello es menos íntima, interior; opera a través de intercambios incesantes entre el medio existencial y la conciencia.

Los signos que la transmiten conciernen al “animal simbolizante”. Tienen el valor de símbolos sociales aunque no llegan a ser símbolos rituales. Cada sociedad cuenta con ritos propios, a menudo influidos por los ritos religiosos, pero no confundidos con ellos.

Los símbolos de unión corren parejos con los símbolos de separación, incluso en las sociedades que comienzan a abrirse. La conciencia social traza una frontera invisible pero palpable entre los “nuestros” y los “extraños”, y no escasean las diferencias y oposiciones entre grupos humanos que nutren esa diferenciación, la crispan, separan el “amigo” del “enemigo” en el campo de las relaciones privadas o públicas.

La afirmación de que la cultura es un conjunto de valores que dan cohesión a un grupo y le permite comunicarse con otros, no explicita el tipo de comunicación que establece. Quienes siempre encuentran en las relaciones humanas el doble elemento de lucha y cooperación, de conflicto y concertación, tampoco dejarán de reconocer en este caso—aun en los intercambios más empapados de irenismo— la mezcla de simpatía y hostilidad, de benevolencia y malicia. Para que esta mezcla se convierta en alianza, hace falta una ascesis poco común y la adhesión a valores que, al menos en teoría, son totalizantes.

Dicho de otra manera: la relación cultural desafía todo cálculo, muy especialmente el cálculo económico.

En las obras de los autores occidentales se disciernen claramente dos modos de aprehender la relación entre la economía y la cultura. Algunos se empeñan en el análisis económico de hechos culturales como la política o la religión: su empresa está destinada al fracaso. Otros consideran que las culturas cumplen un papel regulador de las actividades económicas: su orientación es correcta, pero deben renunciar al uso de los métodos cuantitativos de la especialidad, reconocer que la comprensión de los hechos culturales requiere esfuerzos cualitativos de descripción y de interpretación, ésos que son abominables para gran parte de los que se atreven a practicar las “ciencias humanas” siguiendo el cortejo de la moda del día.

Un hecho brinda significativas enseñanzas al respecto: la imposibilidad de fijar la remuneración de la obra artístíca, como la reflexión algo atenta de la historia parece corroborar.

Se ha verificado en diversas sociedades que la remuneración de la obra de arte fijada por el mercado es una práctica inadecuada: somete la vida del artista, lo vuelve dependiente de la clientela que paga y la presencia de un intermediario —la galería de arte, que no desdeña, por cierto, el cobro de sus ventas— contribuye poco a mejorar la situación. Si el Estado o algún poder público se hace cargo del artista, lo convierte en funcionario, impone a su espíritu creador los úkases del aparato administrativo. Cuando la cultura más elaborada solía ser la compañera de las grandes fortunas, el mecenazgo gozaba de indudables ventajas por la doble razón de que era ejercido por élites también ricas intelectual y estéticamente, y suscitaba entre ellas una emulación protectora del artista, o del gran artista, al menos. Los tiempos cambiaron mucho desde entonces.

En la atmósfera actual de guerras frías y conflictos políticos latentes, es significativo que los gobiernos se preocupen de rendir culto a las virtudes de persuasión y a los poderes de comunicación de la obra artística. Cualquiera fuere el régimen y el nivel de desarrollo, el poder político se esmera por dar a conocer en el extranjero la creación de sus artistas y las riquezas imperecederas de su patrimonio cultural. Hasta se han concretado proyectos para tocar, por medio de exposiciones itinerantes, esa zona sensible del alma humana donde la seducción de la belleza puede abolir las fronteras políticas.

Es posible citar muchas otras experiencias reveladoras de la capacidad de resistencia que las culturas oponen a la invasión de la economía. De todos modos, la demostración más directa surge de la comprensión profunda de dos hechos:

a) las instituciones y los fenómenos económicos sólo perduran gracias a los valores culturales; y

b) el intento de desgajar los objetivos económicos colectivos de su entorno cultural concluyó en un fracaso, a pesar de las ingeniosas acrobacias intelectuales con que se procuró justificarlo.

El pensamiento no puede recorrer hasta el fin ningún concepto fundamental de la economía si se pretende reducir a escombros sus basamentos culturales.

La competencia, por ejemplo, elevada al grado de “pilar” de la economía, es una actividad que consagra al “mejor”, es decir, al que en la práctica se revela capaz de ofrecer a la clientela el costo más bajo y el precio menor. Es una suerte de deporte y, como cualquier otro, debe respetar su reglamento. Las reglas del juego diferencian la competencia “leal” (fair) de la competencia “a cuchilladas” y van más lejos todavía cuando tratan de reducir las pérdidas sociales ocasionadas por la eliminación del competidor desafortunado. Aunque poco respeto se le otroga, la ley, expresión de un mínimo de moral, traza los límites entre la competencia admisible y la que no lo es, siempre teniendo en cuenta las pautas de la vida del cuerpo social que se consideran normales.

Idéntica subordinación de la economía a los valores culturales es fácilmente demostrable en cuanto a la propiedad, el contrato, la organización de la empresa, la protección del trabajador asalariado, etc.

Más concluyente aún es la impotencia de varias generaciones de economistas, incapaces de encuadrar en la economía de mercado el beneficio colectivo y de encontrar la manera de medirlo. El bienestar (welfare) es una noción oscura, derivada de los precios que el mercado conforma. Como los precios no son estrictamente aditivos y los elementos subjetivos son irreductibles, la construcción teórica del beneficio colectivo obliga a imaginar condiciones prácticamente inverosímiles:

— la posibilidad de superponer las curvas de indiferencia de los consumidores (K. Wicksell); o

— la similitud del ritmo de avance del economic welfare y del social welfare (A. C. Pigou); o

— la suposición de que los excedentes del productor y del consumidor (producers and consumers surplusses) son cantidades económicamente homogéneas (Hotelling, J. R. Hicks).

El economista que renuncia a esos pasatiempos intelectuales se verá condenado a admitir que existen tantos tipos de welfare como grandes partidos políticos (Gunnar Myrdal) o grupos humanos organizados en la sociedad (G. J. Stigler). Son expedientes que un estudio descriptivo no debería desdeñar del todo; como se advierte, remiten en buena medida a valores y fenómenos culturales.

La cultura (2) y la jerarquía social engendrada por los valores culturales son las que determinan la atribución de funciones con anterioridad a cualquier análisis económico de la producción y la distribución. Estas funciones económicas y sociales no se establecen de una vez para siempre: son carne de polémica y objeto de conflictos sociales. En un período largo, los agentes no se contentan con progresar en el espacio fijado por la función atribuida: los más activos se proponen ascender en la jerarquía social y modificar su forma y significación por medio de alianzas y coaliciones.

Se pueden construir con comodidad dos esquemas —sucintos, iniciales— para destacar el contraste entre la sociedad fundada en la distancia social y la dominación, y la sociedad que preconiza la disminución de las desigualdades y la participación. La primera se corresponde con la estructura de las sociedades industriales del siglo XIX; la segunda refleja el comienzo de un cambio profundo de esa estructura, deseado ardientemente por el mundo del trabajo y aceptado con desgano por las clases dominantes debido a la presión de las reivindicaciones obreras. Asumiendo que el escalonamiento de los estratos sociales se caracteriza por la condición económica, la instrucción y la educación, y el aporte efectivo a la formación de la voluntad política, estableceremos el breve paralelo que sigue:

 

A. Adelantos observados en el siglo XIX

B. Adelantos iniciados en la segunda mitad del siglo XX

Ascenso de individuos y élites que se mantienen a considerable distancia de la masa estancada Elevación del nivel material y cultural de la masa, capacitada para conformar sus propias élites
Poder de los grupos dominantes al servicio de una clase privilegiada que construye una estructura-pantalla

Poder de las élites funcionales y sociales al servicio de los nuevos núcleos de actividad

Elaboración de los sistemas de valores en la parte superior de la sociedad, que los transmite a la masa Elaboración de los sistemas de valores mediante intercambios activos entre la masa y las nuevas élites funcionales y sociales

Sería interesante indagar en los países en desarrollo —donde entran en contacto los individuos que trabajan en la zona industrial y urbana, por una parte, y por otra, los que viven en las zonas agrícolas y rurales— silos adelantos del rubro “B” no entran en conflicto con los adelantos del “A”, asociados a la persistencia de regímenes de tipo feudal.

Las funciones económicas y sociales en todas partes se practican en el marco de una evolución cuyos factores decisivos son los culturales.

Las culturas desafían permanentemente el metro cuantitativo y las motivaciones simplistas deducidas de conductas que —se supone— es posible reducir al hedonismo mediante el cálculo —igualmente su puesto— de los placeres y los dolores. Así ocurre porque los actos sujetos a cálculo, muy particularmente en las economías y sociedades precapitalistas, están encuadrados e influidos por actos que, a falta de mejor definición, se pueden denominar condicionados e inspirados, siempre que se precise el alcance de estos términos.

El behaviorismo más extremo ha renunciado a buscar reflejos propiamente dichos en las relaciones sociales; admite, sin embargo, la importancia de las actividades condicionadas socialmente que muy pocos deben a la intencionalidad consciente y meditada. En todo conjunto social se observan actos semejantes.

Actos inspirados son aquellos que el designio de los valores mora les y estéticos motiva y regula. Abarcan los actos que se suelen considerar como el más alto testimonio de la dignidad humana: el amor de la madre por el hijo, a quien sacrifica su vida; el amor a la patria del combatiente, dispuesto a morir en su servicio.

En el campo de la poesía y del arte, vale la pena reflexionar sobre esta fórmula de Paul Valéry: “La Ley de los actos no poéticos, pero útiles, es su realización con la máxima economía del esfuerzo y por el camino más corto”.

Para culminar este análisis de los desencuentros entre la racionalidad económica y la cultura, es conveniente insistir en un punto cuya importancia nunca se podrá exagerar, especialmente en el caso de los países en desarrollo.

Es éste: el mercado y el capitalismo “consumen” valores culturales y morales que no reemplazan. Los procesos utilizados no tienen hoy la menor similitud con las descripciones que sirven los manuales. La obsesión de la mercancía, la despersonalización de las relaciones entre los seres humanos, la publicidad omnipresente y el afán de lucro en todas sus formas, incluyendo la especulación financiera: por estos medios, el mercado y el capitalismo tienden en la práctica a desestabilizar las normas culturales y a “reificar” los espíritus. Para no mencionar la corrupción que estimulan en las relaciones entre las administraciones públicas y los intereses privados.

El examen del nuevo desarrollo y de la reestructuración total que postula, sería superficial e inútil si no abarcara el territorio íntimo de los seres humanos y de las sociedades siempre frágiles que éstos procuran instalar en el tiempo.

Las derrotas más destructivas y las victorias más fecundas son resultado del Juego trágico que se juega en las honduras de la conciencia y del espíritu humano. Las dimensiones mundiales del Juego pueden generar ilusiones: no modifican, como veremos, la esencia del diagnóstico. Cada hombre y cada sociedad humana están a la búsqueda de un sentido para sus destinos. Y esto es un acto cultural.

(1) Perroux, François, “critique de la raison économique et raison statistique”, Hommenage´à Mgr H. Van Cap, Bruselas, 1976. Chanier, Paul, La critique de la raison economique, París, 1972, tesis de doctorado de Estado (Dactil.)

(2) Saint-Sernin Bertrand, Le décideur, París, Gallimard, 1979, Krishna, Daya, Cultures, International Social Science Journal (París, Unesco), vol. XXIX, No. 4, 1977. lbrahim, Saad Eddin y Hopkins, Nicholas S. (dir. publ.), Arab society in transition. A reader, The American University, Cairo, 1977. Cazeneuve, Jean, Les rites a la condition humaine, París, Presses Universitaires de France, 1957. Ruyer, R., Le monde des valeurs, Paris, Aubier, 1948.

2. LOS VALORES Y LAS DIMENSIONES MUNDIALES

Al interrogarse sobre la eficacia económica de las motivaciones, Sir Dennis Robertson —pensando en términos de economía privada— diferenciaba las fuerzas más poderosas (strongest) de las fuerzas más altas (highest) y atribuía mayor importancia a las primeras.

Cuando la economía exige claramente una organización y una organización pública, hay motivos más que suficientes para dudar de que el interés personal, la búsqueda del beneficio o de las ganancias monetarias basten para verterla en moldes respetuosos de un orden huma no. El mercado y el capitalismo —motivaciones y mecanismos— no lograron vencer el hambre y la miseria más abyecta en todo el mundo. Después de dos decenios de desarrollo, las perspectivas siguen siendo trágicas y obligan a un cambio radical de las políticas y de las estrategias utilizadas hasta hoy.

Tres enfoques, tres visiones del mundo lo presentan como un todo compuesto de subconjuntos estructurados cuyas relaciones son muy asimétricas y sus desigualdades, profundas y universales.

El mundo de las naciones ofrece una imagen —falaz, por otra parte— diseñada con los colores uniformes de un planisferio político. Las naciones son desiguales en población, recursos, riquezas, nivel de desarrollo. Y sobre todo: sus fronteras son franqueadas por los espacios de influencia y de dominancia de las superpotencias y los Grandes. Ninguna representación territorial da cuenta exacta de este hecho. Si lo olvidaran, las naciones correrían graves riesgos; mejor sería que no abracen tan sólo la obsesión de su soberanía meramente jurídica o de la proyección de sus luces culturales.

Las naciones no pueden ser autárquicas ni completamente “abiertas”, porque custodian poblaciones que no deberían ser sacrificadas al imperio —aceptado sin reservas— del “precio mundial”, ni al protectorado de una potencia extranjera. A menos que haya renunciado a sí misma, cada nación, por pobre y débil que sea, busca su autonomía en las interdependencias que la vinculan, de manera desigual, con las demás.

El mundo de las zonas de desarrollo comprende conglomerados industriales y financieros cuyos efectos de impulsión (también de freno en algunos sectores) se ejercen sobre el resto del mundo. Al Este, la URSS con respecto a sus satélites. Al Oeste, los Estados Unidos de América, el Japón y la Europa que se está gestando constituyen lastres zonas capitales del desarrollo mundial. Desde luego: en cada una de esas zonas, la política de los Estados y la política de los grandes grupos económicos y financieros no siempre guardan una coincidencia estricta; y la política de estos conjuntos humanos privilegiados nos incita a descubrir —según los campos y las circunstancias— dónde se encuentran los verdaderos centros de decisión. Esas zonas de desarrollo tampoco son iguales entre si; su influencia mundial irradia con intensidad variable, de acuerdo a las regiones del mundo y a su propio plan de expansión.

En las contiendas o alianzas políticas entre los poderes políticos y los poderes informales que operan en cada zona capital de desarrollo, las naciones de importancia secundaria y las naciones de los países en desarrollo no pueden quedarse al margen del juego conducido por los participantes principales. Nunca son meros peones de ajedrez movidos a su pesar en el tablero: su firmeza política es un factor que los más grandes se ven obligados a tomar en cuenta, y luego ocupan —también ellas— cierto campo de maniobra por medio de las alianzas y las coaliciones.

Tenemos, por último, el mundo de las masas (1) visión que las precedentes suelen, a veces, eclipsar. En realidad, es la que confiere a nuestra ¿poca un dinamismo nunca conocido antes en la historia de la humanidad.

Las masas, las multitudes reducidas a condiciones primarias de existencia, condenadas a vivir al nivel de subsistencia, siempre recorrieron el fondo de los tiempos excluidas y en silencio. Pero hoy es imposible ignorarlas, excluir a los mil millones de seres que padecen hambre en el mundo, silenciar a las diversas clases de los medios urbanos o de las agriculturas atrasadas porque están dominadas.

La clase —en el sentido modelado por la concepción de Marx— pierde la homogeneidad aproximativa que tenía en el siglo XIX en los países desarrollados; se diversifica, se fracciona; sus capas superiores en modo alguno renuncian a las ventajas que el capitalismo les concede y se apartan de las capas menos favorecidas. La clase obrera de los países industrializados ya no puede ser considerada, en su conjunto, como referencia y símbolo de la miseria humana. Las masas de los países en desarrollo son las victimas más representativas de esa miseria.

La elevación de los ingresos y el incremento de los recursos con centrados en territorios y espacios económicos privilegiados no se propagaron; los progresos locales y particulares no se tradujeron en el progreso del todo; los avances vertiginosos de la técnica, la producción, los transportes y la comunicación dieron resultados que, en términos generales, sobre todo aprovechan los países y las clases solventes.

Como se ha observado ya: en ninguno de sus tres aspectos principales el mundo es un sistema regulado desde el punto de vista del interés del todo mundial ni de las aspiraciones de ese todo; y mucho menos todavía es un hábitat humano, con lo que esa noción implica de seguridad, confianza; intercambios regulares de orden intelectual y moral.

El hábitat humano no nació —y seguramente nunca nacerá— por generación espontánea; es uno de los términos —hay otros, como veremos— que nombran la Gran Obra del Hombre.

Expresado mediante una fórmula que exige rectificaciones antes de ser explicado, el nuevo orden económico internacional indica una línea de progreso. Está claro que no puede tratarse de un orden exclusivamente —ni aun principalmente— económico en el sentido corriente del término. Es un orden político necesario para regular el funciona miento de vastos subconjuntos estructurados cuyos vínculos son asimétricos por naturaleza. La noción de orden requiere, en este caso, un prolijo comentario.

Para el economista “ortodoxo” que postula la separación absoluta entre lo económico y lo político, el orden económico es el establecido por el mercado. Los mejores estudios lo celebran con perseverancia infatigable; sin mercado, sólo el caos reinaría; gracias al mercado, los gustos y preferencias de los sujetos hallan la ley de su compatibilidad, se tornan mutuamente posibles.

Transpuesto al plano de las naciones y de sus relaciones recíprocas, el orden del mercado es materia de encomio desde los primeros clásicos ingleses hasta hoy: movimiento lógico de un análisis que cancela la realidad nacional y sólo presenta factores y productos que se desplazan en un espacio homogéneo. Que ignora prácticamente el hecho de que los mercados son imperfectos y dependen de la organización. Que confía el concepto de Poder, es decir, esencialmente de poder político, a la meditación de los especialistas de la polítical science o del derecho público y a la vigilancia de gobernantes y diplomáticos. A éstos les corresponde definir el orden público mundial, cuyo propósito es asegurar el libre funcionamiento del mercado sin ningún tipo de interferencia exterior capaz de perturbarlo.

Esta división del trabajo entre arquitectos y constructores intelectuales de la economía, por un lado, y hacedores de la política, por otro, entre la norma económica, por un lado, y la norma política, por otro, puede resultar seductora. En realidad, conduce a una profunda contradicción.

El objeto inalienable de la política es la suerte de los hombres que viven en sociedad; su organización es esencialmente jerárquica. La economía de la ortodoxia manipula sujetos individuales vinculados entre sí sólo por el mercado, que reciben su información sólo del precio. La “pureza” del modelo económico reposa en la ausencia de jerarquía, excepto la engendrada por la diversidad del poder adquisitivo, y en la presencia activa de la jerarquía y del poder en el modelo político.

La única manera de resolver esta contradicción consiste en postular que la igualdad de hecho entre todos los sujetos excluye cualquier ejercicio de poder de unos sobre otros, en todas las relaciones y en todos los terrenos. Sólo así las funciones del Estado y las funciones del mercado podrán coincidir completamente. Consistirán, para ambos, en reconocer y respetar la igualdad de todos los sujetos: desaparece, entonces, la distinción entre las funciones del Estado y las funciones del mercado; únicamente hay sujetos totalmente sustituibles entre sí que mantienen relaciones de perfecta simetría.

Partimos de los compartimientos estancos que separan la política de la economía y llegamos a una construcción donde política y economía se tornan indiscernibles. La sociedad hecha por el mercado —la pseudo market society que J. M - Clark estigmatizó— y la sociedad sin Poder —la anarquía en sentido etimológico— son términos equivalentes que designan una idéntica visión conceptual: el encuentro fecundo y lleno de irenismo —por obra y gracia de la espontaneidad— de átomos movidos por una ley de la naturaleza a la que son ajenos, o de sosías que cooperan espontáneamente por imperio de una ley dictada por su naturaleza, que a ello los obliga. En cualquiera de estas dos acepciones, se vislumbra un orden natural construido a fuerza de simplificaciones, de sublimaciones cuya inspiración es implícitamente normativa.

Tal concepción contradice la realidad observable de la historia humana desde sus comienzos hasta hoy. Se opone radicalmente a la hipótesis de la relación humana compuesta (lucha-cooperación, conflicto concertación, hostilidad-simpatía) cuyo contenido se aviene con las enseñanzas de la ciencia y las lecciones de la historia.

Para agentes distintos y desiguales entre si, la asimetría es la norma; exige una regulación en nombre de valores que sólo tienen fuerza arbitral cuando se los juzga superiores tanto a la política vigente como al mercado establecido. Lo que es cierto en el seno de una nación, es a fortiori cierto en las relaciones entre los conjuntos estructurados que conforman el mundo tal como lo observamos, tal como en él vivimos, tal como obramos en él.

La posibilidad de instaurar en el mundo un orden humanizado—merced a las dialécticas estructurales y al diálogo entre las culturas— no depende de una ley benéfica de la Naturaleza ni de la bondad “natural” del ser humano.

¿Habría que deducir, entonces, el nuevo orden mundial de un poder político de dimensión mundial? Es la tesis explícita o implícita de quienes depositan sus esperanzas en el establecimiento de un Estado mundial, es decir —para la teoría dominante—, de una coerción legitimada, por ejemplo, por las técnicas de la democracia que se practica en Occidente.

No nos instalamos, para evaluar esa tesis, en el plano de la posibilidad o probabilidad de su realización de tal o cual manera y en plazos cortos, largos o... muy largos. Remitimos al lector a lo ya dicho sobre la distancia moralmente infranqueable que se crea cuando surgen oposiciones de vida o muerte entre la legitimación del Poder y su legitimidad en el fuero irreductible de las conciencias humanas.

Recordemos también que el desarrollo personal, la libertad de los individuos que alcanzan su plenitud gracias a los valores que asumen y traducen en actos cada día, es una de las fuerzas más poderosas del desarrollo en cualquiera de sus formas.

Cuando se admiten estos supuestos, fruto de la experiencia y explícitamente normativos, se llega a una conclusión inevitable: el Estado mundial podría ser tan brutal y mortífero —aunque por otros medios— como el Estado nacional que conocemos. Las hipotéticas operaciones de un ejército o de una policía mundial nos remiten al espacio mental de los dirigentes que decidirían su uso y a los ideales que presidirían sus decisiones. La combinación de los valores intelectuales y morales es nuevamente ineludible: constituyen la base de las aproximaciones a la legitimidad y del consentimiento a las decisiones del poder legítimo.

No es posible prever el curso de la historia y los estudios prospectivos más o menos aceptables son de una mediocridad desoladora. Pero el análisis sin anteojeras de los hechos de la historia y del estado presente del mundo parece, al menos, indicar la orientación de las investigaciones admisibles para la humanidad y la dirección del desarrollo multidimensional y global de cada hombre y de la humanidad concreta.

El orden que buscan los espíritus es el que emana de una finalidad totalizante y un proyecto común.

Esta búsqueda, apoyada en el plano mundial por fuerzas vastísimas, prohíbe “desechar” por “utópicos” tres grandes designios:

1) La movilización popular de las voluntades y la formación de la opinión pública.

Los países que preconizan la democracia en Occidente tienen todos los medios necesarios para informar a sus ciudadanos a inducirlos a desear que haya menos contradicciones entre los valores que proclaman y los hechos que practican. La orientación y el contenido de la educación y la enseñanza son en buena medida responsables del fenómeno y admiten, por lo tanto, una dosis importante de perfectibilidad.

2) Las reformas de las estructuras de consumo, producción y de tribución vigentes en los países desarrollados y en los países en desarrollo.

Es notorio que la disminución del consumo de carne y alcohol en los primeros aliviaría la suerte de los últimos. Es notorio que, para emprender acciones de gran envergadura, los primeros deberían reorientar sus producciones hacia los bienes esenciales. Es notorio que la distribución de las fortunas y de la renta es muy criticable en los primeros y en los últimos. Pero algo falta: la voluntad de proceder a los cambios necesarios y de superar la inercia de las estructuras.

3) La estrategia del desarme gradual, general y controlado (2)

Destinar a otros fines —según procedimientos ya estudiados— aun una mínima fracción de los gastos consagrados a preparar o ejecutar matanzas colectivas, cambiaría la faz de la tierra. Es imprescindible que la humanidad opte entre la propensión al crimen “legitimado” y la propensión a salvar vidas humanas. O sea: que opte por la vida.

Las vastas ofensivas de esa índole no cancelan la necesidad de erosionar —paciente, gradualmente— la injusticia que reina en las comunidades de base y en la vida cotidiana. En la mente de un puñado de hombres nacieron las mayores corrientes del pensamiento humano. Pero es en el espíritu de cada hombre donde brota el deseo de dañar o de salvar.

Elegimos como objeto de nuestro análisis el nuevo desarrollo inseparable del nuevo orden económico internacional, y no hemos partido de la consideración de que sus diversas reivindicaciones son caprichosas, monstruosas, prescindibles, condenadas como están por el análisis de la economía “normal”, la economía hoy practicada, ésa que la ortodoxia vigente considera la única posible y controlable,

Las conciencias sucesivas sobre el desarrollo y el subdesarrollo nos ayudaron a comprender que la teoría dominante es implícitamente normativa. Está construida por y para las naciones más desarrolladas del mundo. Debido a la insuficiencia de la propagación de los excedentes entre todos los habitantes de una nación o del mundo, sirve de manera privilegiada y acumulativa a la capa superior de las sociedades (the upper part of society, J. Stuart Mill). Impone la ley de la solvencia y del mercado a poblaciones que procuran satisfacer sus necesidades más apremiantes y colmar algunas de sus aspiraciones.

No hemos considerado el nuevo desarrollo como un protocolo de reivindicaciones compuesto con los excesos habituales del género y cuyo único destino es proporcionar argumentos para la negociación. Aun que ese designio no sea ajeno a la mentalidad de algunos y tiña la exageración de ciertos textos, nos pareció que el movimiento, ínsito en un periodo de la historia de la humanidad, está en consonancia con un amplio espectro de la racionalidad económica, dotada ya de nuevos instrumentos analíticos. Las formulaciones y los modelos de vanguardia se aplican a las estructuras, a las secuencias de estructuras, a las variables llamadas humanas, observables o latentes. La energía de cambio de los agentes, de los hombres capaces de transformar su medio, es un concepto fundamental de la renovación de la teoría general de la economía. Estos son signos, creemos, poco discutibles; signos alentadores. Las monografías, las estadísticas y los ejercicios econométricos con temas específicos y bien delimitados son, indudablemente, necesarios; pero deben inscribirse en un contexto si aspiran a nutrir el pensamiento económico. La precisión del detalle es una cosa; el rigor, otra. El rigor exige una interpretación general, un saber de base y la aceptación consciente y meditada del paradigma del que derivan los algoritmos y los cálculos. Por lo demás, limitados —como es obvio— a no presentar aquí sino jalones, hitos, hemos señalado algunas correspondencias entre la nueva teoría de la economía y las corrientes actuales de la ciencia y de la elaboración filosófica.

Desde el penúltimo siglo, la filosofía empeñada en el estudio de las sociedades y de su aspecto económico fue —explícita o implícita mente— una filosofía de la Naturaleza, inicialmente interpretada a partir de concepciones teológicas y providenciales y expresada, después de Newton, como una suerte de física social de tipo mecanicista. Es posible descubrir las leyes naturales, pero hay que padecerlas sin abrigar la ambición de domeñarlas. Cuando la filosofía del siglo de las Luces renunció a la interpretación providencial y comenzó a analizar la naturaleza humana, recorrió caminos que finalmente la enfrentaron con la opción entre el escepticismo total e irrecuperable y el determinismo estricto que excluye los objetivos y la finalidad.

Algunos aspectos primordiales de la ciencia y de la filosofía del siglo XX cambian profundamente nuestra atmósfera intelectual y parecen destinados a influir en ese conjunto de saberes gradualmente organizados y verificados que, con excesivo optimismo, llamamos ciencias humanas.

Si el hombre está programado, y la programación incluye la posibilidad de aprender (François Jacob), muy lejos nos hallamos del materialismo determinista que el cientismo del siglo XIX difundió. Si la termodinámica moderna tiene razón en su enseñanza sobre las estructuras constructivas- disipativas, el mundo y el hombre no están condenados a evolucionar en dirección al caos.

En cuanto a la filosofía de nuestro tiempo, es imposible evitar la impresión causada por la fuerza con que algunas de sus escuelas celebran la libertad creadora y las virtudes de esa acción que conduce a la síntesis práctica del intelecto, la imaginación y la aspiración a ser valioso que alienta en cada ser humano. Estos enunciados —que compren den todos los hombres y que sensibilizan espontáneamente a los oprimidos y a los desdichados— confluyen con las esperanzas y esfuerzos del nuevo desarrollo.

Estas son apenas algunas indicaciones fragmentarias —reflexiones sobre la etapa—, invitaciones al espíritu para que se aventure y viaje.

Nos autorizan a aceptar el apoyo brindado por André Mayer (3) al concluir una exposición magnífica donde, más allá de la Gran Obra de la Naturaleza, afirma su fe en la Gran Obra del Hombre.

(1) Pesxoux, François, Masse a classe, París, Casterman, 1972. Traducción espa ñola: Masa y clase, Madrid, Redondo, 1973.

(2) Myrdal, Alva, The game of disarmament. ¡fow me U.S. and Rursia r the anns pace, Nueva York, Pantheon Books Inc., 1977. Myrdal, Gunnar, “The equa lity in world development. Nobel Iecture”, 17 de mano de 1975, Swedish Jour nalofffconomics, vol. 77, 1977;Asian drama: An inquiry into the poverty of Pwtions. A twentieth Century Fund Study, Nueva York, N.Y., Vintage Books, 1970.

(3) Mayer, André, Nourrir les hommes, Bruselas, 1964. Unesco, El derecho de ser hombre, antología preparada bajo la dirección de Jeanne Hersch, Salamanca/ Ediciones Sígueme, París/Unesco, Bogotá/Colsubsidio, 1973. Hay versiones en francés e inglés. Lacroix, Jean, Le désir et les désirs, París, Presses Universitaires de France, 1975.

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