En pos de la idea del capitalismo rentístico

MARCAS EN UN CALENDARIO

Asdrúbal Baptista

En torno a la palabra mercado se habían centrado los años que estaban concluyendo. El conocimiento de la Economía, o mejor, de la Economía Política como desde siempre he preferido llamar la disciplina, se desarrolla a partir de su realidad histórica, por lo que no es de sorprender que constituya su noción fundacional por excelencia. Pero no es para alguien en condición de alumno, como entonces era mi situación, meterse en estos enredos de los orígenes primigenios de un conocimiento con cuyo contenido apenas empezaba a familiarizarme. Los años posteriores habrían de brindarme una oportunidad espléndida para abordar esos orígenes.

Una despedida para comenzar

Fue al despedirme de uno de mis más insignes profesores, ella, economista de gran calibre además de ser una mujer de la más crítica actitud intelectual frente a la condición actual de lo económico, cuando vino la sugerencia. Una frase suelta, quizás. O, acaso, en el repetir de las generaciones que se habían formado bajo su tutela, la recomendación al uso. Algún tiempo de mi vida futura debía destinar a la lectura meditada de los clásicos. Para tal propósito un estudiante no disponía de las horas adecuadas, y añadiría yo hoy, con el apoyo de una experiencia ya larga, que la vida escolar no permite, y más bien penaliza, la meditación y el pensamiento reflexivo.

Puso ella, lo recuerdo con vivacidad, énfasis en Adam Smith y en Marx. No tanto en Ricardo, con quien se completaba la consabida trinidad de los fundadores. Alguna razón de fondo, valga la perogrullada, se hallaba tras su parecer. Con el paso de los años he creído discernirla. En todo caso, de su parte lo sustantivo ya se había dicho. El tránsito por cumplir no era otro que ir dejando atrás los manuales de texto, para pasar a encarar los libros y documentos donde se plasman las ideas primeras. O dicho de otra manera, en aquellos el pensamiento es un resultado acabado, que al estudiante complace quizás y satisface, por no decir al profesor mismo. Pero esa satisfacción es, en verdad, efímera y siempre parcial. El pensamiento crítico y reflexivo necesita de otro medio de cultivo, y lo que precisa, en todo caso, es de incitaciones más que de respuestas.

Bajo la expresión ‘clásicos’, que mi distinguida profesora había soltado al voleo, lo que yacía, pues, no era el material vetusto y respetado a cuenta de antiguo. Se trataba más bien de indicar que hay lugares donde se guardan las resultas de una meditación original sobre una idea. Ello los hace ‘clásicos’. A la luz de este criterio, por lo tanto, no eran sólo Smith y Marx a quien debía sentarme a estudiar. Sugeridos otros propósitos en la tarea encomendada, muy distintos de los que habían llenado los terms de los años concluidos, sus obras, acaso, no tenían sustitutos. Pero a tal conclusión, en toda circunstancia, debía yo llegar por mis propios medios.

Mérida y una buena noticia

La notificación de la escogencia hecha para detentar el Andrés Bello Fellowship se produjo en julio de 1976. Había transcurrido un par de largos años desde mi vuelta a la vida académica del país. Años, por lo demás, cuando si algo había hecho era embeberme con las lecturas fundacionales de la Economía Política. Las esenciales, desde luego, venían del cuerpo trinitario, pero en ellos solos no me era posible detenerme. Debo en especial traer al recuerdo la insistente sugerencia de Oscar Varsavski, quien pasó su última temporada en la Universidad de los Andes, de que me enfrascara con Hegel. Su punto era muy simple, pero lo argumentaba con el sabor de algo incontrovertible: no hay manera de acercarse a una ciencia cuyo objeto es de naturaleza histórica, sin pasar por las horcas caudinas del método especulativo hegeliano.

La verdad, sin embargo, es que el estudio de Hegel poseía una entidad distinta a la de otros autores a quien había leído, o que habría de leer. En su caso particular se trata de un lenguaje propio y altamente sui géneris, que bien refleja la naturaleza de su pensamiento. Pero tampoco hay que pasar por alto que buena parte de sus obras publicadas son meras notas, casi que criptogramas, que él utilizaba para orientar sus clases. Hay una carta suya de 1812, en la que le dice a un amigo holandés que su filosofía debe parecerle a quien no la conoce “como un mundo al revés”. En toda circunstancia, las dificultades que este pensador pone a su lector terminan por ser mucho menos que proporcionales a la inagotable riqueza de su obra y al provecho de ella derivado. Muchos de sus críticos, algunos de ellos no de poco renombre, estoy seguro que no han gastado más allá de unos minutos de su apremiada existencia en la tarea de comprender, con la debida simpatía, esta enorme pretensión de poner al descubierto la lógica del universo y de su creador, que movió a Hegel.

Lo cierto es que me había emergido una idea que nunca abandoné desde entonces, y es la de que mi disciplina era una ciencia de suyo histórica. Me surgían, por consiguiente, nuevos imperativos conceptuales así como nuevos ámbitos de indagación. Frente a la radical ahistoricidad de lo que constituía el núcleo convencional u ortodoxo de la teoría económica y de su método de trabajo, se levantaba así una orientación cuyas consecuencias sólo los años habrían de permitir justipreciar. Un autor no demasiado nombrado debo mencionar, porque sus enseñanzas me resultaron grandemente provechosas.

La lectura del Capital de Marx me había causado una fascinación que no cesa. Hay y habrá siempre quienes le atribuyan los mayores deméritos. Sin embargo, se necesita estar ofuscado hasta el extremo de la ceguera para negar que allí hay un inmenso logro. El horizonte de la sociedad contemporánea lo define en gran medida Marx: la comprensión de lo que son los últimos siglos largos de la sociedad humana, no es posible tenerla al margen de las pistas que da su obra. Y, por lo demás, los fracasos políticos de sus herederos no ascienden hasta la fuente de la herencia. Pues bien, los tomos segundo y tercero de su obra económica fundamental, por no haber sido el fruto de la labor editorial que había supuesto el primero de ellos, no dejan de tener sus vacíos. Y aquí es donde aparece un polaco, Michal Kalecki, emigrado durante la guerra y amigo de mi profesora de antaño. Por su intermedio fue como el núcleo del tomo II, en especial, vino a hacérseme claro y lúcido.

De su método de trabajo derivé alguna conciencia de los límites del poder explicativo que lleva consigo el número, pero también de la ayuda invalorable que la evidencia estadística presta a la indagación económica. Había una vertiente histórico-cuantitativa que bien aprovechada llevaba lejos. En esa dirección, como se verá, hubo de empeñarse un fructífero esfuerzo.

La Cátedra Andrés Bello: a solas con Adam Smith

Lo sustantivo a los fines del Andrés Bello Fellowship tenía que ver con Adam Smith. El año académico que disfruté en Oxford entre octubre de 1976 y julio de 1977 se lo dediqué íntegramente a entender los caminos y vericuetos de su vida intelectual, de cara a reconstruir para mis propios fines cómo había surgido de su pluma la idea del mercado, la decisiva idea del mercado. Incidentalmente, en abril de ese año 1976 se había celebrado en Glasgow el bicentenario de La Riqueza de las Naciones. Para ese momento aún no sabía yo de mi elección para Oxford. A través de un amigo conseguí de los organizadores de la celebración que se me extendiera una invitación, y la Universidad de los Andes me facilitó mi viaje a Escocia. Allí estaba reunido lo más granado de la disciplina, y pude ver de cerca hombres cuyos nombres no eran más que una referencia bibliográfica.

Para Oxford me llevé una lectura previa y cabal de la obra íntegra de Adam Smith. Sus Philosophical Essays, publicados póstumamente, fue lo último que leí antes del viaje. Hube de conseguirlos en una xerocopia de la edición original de 1795, y sus páginas me pusieron frente a un texto notable de lo que hoy se llama sociología de la ciencia. Las tesis en boga durante la década de los setenta tenían allí una reverberación sorprendente, y no habría sido tarea difícil encontrar ideas muy afines entre las suyas y las de quienes dominaron la escena de la historia de la ciencia en torno a 1970. No deja de ser curioso que un comentarista de la época, muy citado por lo demás, en una controversia que se convirtió luego en un libro, sostuvo que sólo en el caso de la evolución de la astronomía tenían las tesis discutidas alguna validez. La curiosidad radica en que uno de los ensayos de Smith se intitula justamente “The principles which lead philosophical enquiries illustrated by the history of astronomy”.

Por no dejar de extraer una enseñanza aprendida, vale la pena extender un poco más esta última materia. Este último texto de Smith, por su parte, contenía lo que yo veía como trozos enteros de una de las obras de su contemporáneo y amigo David Hume. Me sorprendía que no hubiera la referencia. Textos en mano me fui a la oficina de un viejo profesor de historia de las ideas en All Souls College. Allí, me había formado la impresión, había algo como un plagio, y era bueno sacarlo a flote. La pronta e inolvidable réplica fue: “El afán de estos hombres no era la fama de la originalidad; les bastaba con saber que entendían el mundo”.

Con la vista puesta en el catálogo de la biblioteca personal de Adam Smith, aproveché la Bodleian Library para leer tanto como me fue posible de lo que el propio Smith había leído. La pretensión personal no podía ser más desproporcionada, pero sin ningún empacho debo recordarla: “quiero reconstruir el camino que siguió Adam Smith para llegar a la idea del mercado”. Así me lo dije mil veces en aquellos meses de Oxford. Escribí muchas páginas que luego vertí en un libro que llamé El Sistema Intelectual de Adam Smith: Ciencia e Historia. Me quedaron abundantes frutos, desde luego, que se probarían con lo que habría de venir más adelante.

El primero es que tras la idea del mercado, tan banalizada y ajetreada por los tantos ideólogos que abundan cumpliendo su misión, hay un delicado arreglo social. Pero decir arreglo es remitirme de inmediato a una de las fuentes de inspiración más importantes para Smith. Se trata de Montesquieu. Para un científico social, en efecto, muy pocas lecturas hay que provoquen la convicción de genialidad que causa De L’Sprit des Lois. De sus páginas surge la poderosa noción metódica de la ‘totalidad’, sin la cual, lo entiendo hoy así, no hay bases sólidas para las ciencias sociales. La precisión que hace Montesquieu al respecto, que a continuación transcribo, fue grandemente refinada más adelante, entre otros por John Stuart Mill, pero el contenido de sus ideas hace ya palmario un decisivo hallazgo: "Muchas cosas gobiernan a los hombres: el clima, la religión, las leyes, las máximas con las cuales se gobierna, los ejemplos de las cosas pasadas, las costumbres y maneras, de donde ser forma un espíritu general que entonces resulta".

La ciencia que funda Adam Smith, como bien lo atestiguan sus obras y, no menos, las notas de sus clases publicadas, participa de esta idea fundamental: el mercado, de hecho, descansa sobre una multiciplicidad de relaciones provenientes de todas las esferas de la sociedad. De no haber tenido la experiencia de estudiarlo, tal y como lo hice cuando fui Andrés Bello Fellow, algo muy sustantivo le habría faltado a mi formación escolar.

Allí no concluye, empero, la significación del mercado en cuanto arreglo social. Hay una segunda dimensión igualmente significativa. Esta totalidad, según se la ha llamado, es una realidad naturalmente histórica. Quiero decir que sólo se la puede entender a plenitud cuando se la contempla como un proceso histórico. Esta exigencia supone nada menos que unos cánones metodológicos privativos, valga decir, distintos de los adecuados para el mundo de la realidad natural. La razón en esta materia tan delicada no estaba del lado de Galileo sino de Vico. Aquél, en efecto, no vacila en aconsejarle a Hobbes que extienda los métodos que con tanto éxito él había aplicado, al campo de la política y de las relaciones sociales. Vico, por su parte, discierne a cabalidad que los ámbitos de lo humano y de la naturaleza difieren de modo esencial. Pero su obra, a decir verdad, no la había conocido Adam Smith.

Smith, así, en especial en las notas de sus últimas clases en Glasgow entre 1761 y 1763, me puso en la recta dirección para captar esta orientación. El mercado, a diferencia de lo que sostienen quienes lo idolizan como si fuera casi coetáneo con la existencia del hombre, es una forma de vida a la que ciertas sociedades llegan. Y hay que decir, por lo demás, que posee una capacidad de expansión que otras formas sociales pretéritas no llegaron a exhibir.

El tiempo de Oxford me confirmó otra pista fundamental. La Economía más convencional, en obediencia a las mejores pautas que ofrece el llamado método 'científico', soslaya la omnipresente realidad del poder. Su mundo, si algo, es de relaciones armónicas, y supone como gran resultado por buscar la conciliación de los intereses en juego. Piénsese tan sólo en el enorme empeño de generaciones para llegar a 'demostrar' que la recta distribución de los ingresos es aquella que dimana de una visión de las fuerzas productivas como si éstas fueran factores concurrentes y coordinados, valga decir, a priori armónicos. Por el contrario, y en ello yace su inmensa fortaleza, la Economía Política parte de la realidad del conflicto de intereses que domina la escena de lo humano, o mejor aún, que le es connatural. En tal sentido, supremo sentido debo enfatizar, es una ciencia del poder y para el poder.

Al entenderse con esta óptica el sistema conceptual de La Riqueza de las Naciones, surgen elementos para conformar una fértil visión sobre la sociedad contemporánea. Desde luego, el caso no fue en aquellos años, ni menos ahora, de crear una especie de fetiche ante cuyo altar ha de colocarse toda idea o pensamiento. Pero, al mismo tiempo, hay contribuciones de Smith a las que el paso del tiempo más bien añeja y perfecciona. En lo particular, se tiene la idea subyacente del poder tras lo económico. Sin ella, en efecto, ¿cómo puede comprenderse su visión del crecimiento económico que, como se sabe, descansa en la capacidad de conquista de nuevas áreas de mercado por las potencias económicas dominantes? ¿O a su énfasis en la desigual capacidad para imponer condiciones, que separa a los patronos de los trabajadores al momento del regateo contractual para determinar la tasa de salarios? ¿O a su análisis sobre los orígenes históricos del Estado?

En este mismo orden de pensamiento hay una idea en La Riqueza de las Naciones de las más feraces consecuencias. Me refiero a la noción de que la estructura social no es sino un fiel reflejo de la distribución del ingreso. Ahora bien, para el momento cuando Smith escribe, ya en el ambiente intelectual comenzaba a verse con claridad la naturaleza de las diversas remuneraciones que se pagan en la sociedad contemporánea. Restaba, sin embargo, por precisarse una distinción entre los ingresos que se cobran con cargo a la propiedad: los unos, por concepto de la propiedad sobre medios de producción que resultan a su vez de un proceso previo de producción; los otros, para remunerar la propiedad sobre unos medios de producción no producidos, v.g., los bosques, las minas, los yacimientos. Los primeros se denominarán en adelante beneficios; los segundos, renta de la tierra, o simplemente renta. Mis años posteriores como economista, viéndolos en retrospectiva, me resultan impensables sin esta diferenciación que me alumbró Adam Smith en algún momento.

Una última pista me legó el Andrés Bello Fellowship. En la parte final de La Riqueza de las Naciones, es decir, en el Libro V, hay una discusión que para un economista contemporáneo, en verdad, carece de interés. Sin embargo, para alguien cuyo ámbito de investigación es la realidad de la economía venezolana, resulta ser de la mayor relevancia. Hay allí, efectivamente, una consideración sobre los ingresos del Soberano, es decir, del Estado, del todo atinente a nuestra experiencia histórica. El hilo insinuado por Smith al respecto, como si fuera, en passant, y con el que me crucé casi que por casualidad, resultó ser de una inmensa utilidad posteriormente.

Mi estancia en Inglaterra como Andrés Bello Fellow terminó el 30 de junio de 1977. Ese día almorcé con Malcom Deas en el sitio que se reputaba como el mejor restaurante de la ciudad. En nombre de St. Antony’s College me dio él un regalo muy especial: el primer ejemplar, literalmente saliendo de la imprenta, de la obra, por primera vez publicada, con la correspondencia de Adam Smith.

Antes de irme para Oxford había tenido la oportunidad de enseñar un curso breve en la Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela. Mis clases, que habían versado sobre la teoría económica del capitalismo que emerge de la obra de Michal Kalecki, las convertí en una especie de opúsculo, ( La Teoría Económica de Michal Kalecki, Mérida: Universidad de los Andes, 1976). Al volver a Venezuela, en los meses finales de 1977, las ideas de este ensayo se me hicieron de nuevo presentes. Pero ahora, junto con ellas y para calificarlas grandemente, traía otras tantas en las alforjas como resultado de mi estudio de Adam Smith. El capitalismo que me interesaba no podía ser otro que el de la experiencia histórica de Venezuela.

Los inicios de una larga jornada: hacia el capitalismo rentístico

Bernard Mommer había llegado a Venezuela unos meses antes de mi elección para la Cátedra Andrés Bello. Traía consigo un tema elaboradísimo: la cuestión petrolera, como se dio en llamarla a lo largo de los años. Había terminado sus estudios doctorales en Tübingen, y venía a trabajar en el recién creado Instituto de Estadística Aplicada y Computación de la Universidad de los Andes. Bajo la capaz dirección de César Briceño, allí se logró conformar un grupo humano único, acaso sin paralelos en la vida universitaria de la época. Fueron unos años excepcionales, en un ambiente de trabajo y reflexión para mí inolvidable. La finísima inteligencia de Carlos Domingo, que abarcaba los campos más insólitos del mundo del pensamiento, aseguraba el liderazgo intelectual, y César Briceño, con sabiduría y recto criterio, conducía el Instituto en sus primeros pasos. Era su criatura querida, y le imprimió el sello de su carácter y personalidad.

Allí, y mediante tanteos que nos aproximaron muy rápidamente, surgió la camaradería de ideas con Bernard Mommer que presidió mis años posteriores. Su amistad me honra la existencia. El tenía su tema; yo venía desde Oxford en pos de uno. Aparte lo que será siempre el lado misterioso del afecto, y que sostiene a la postre todo lo demás, nuestros caminos estaban llamados a juntarse. Asunto de destino, me ha provocado muchas veces decirlo.

Mi primera investigación sobre la economía venezolana donde se hicieron presentes los temas que había venido atesorando desde atrás, concluyó en un artículo que escribí entre setiembre de 1978 y marzo de 1979, (“Gasto Público, Ingreso Petrolero y Distribución del Ingreso” El Trimestre Económico de México, Abril-Junio, 1980).

La idea central que lo sostenía, así lo recuerdo con vivacidad, se me hizo presente bajando las escalerillas de un avión que me llevaba a Mérida. ¡Extraña cosa, sin ninguna duda! Con premura me senté esa tarde en la casa, y logré plasmarla en una expresión formal - una manipulación algebraica de lo más elemental, en una definición que había utilizado en mis notas sobre Kalecki -. Los meses siguientes fueron de un verdadero frenesí. El resultado matemático, en mi entender, era inútil si no lo llenaba de contenido empírico. Así, en una hoja de contabilidad de muchas columnas, fui armando el sostén histórico-cuantitativo que daba al álgebra su verdadera riqueza. Al final, luego de mil y una peripecias, había puesto un pie firme en el terreno por el cual me movería durante los trece o catorce años siguientes.

En este artículo, y sin tener porqué entrar aquí en los detalles de los hallazgos empíricos sobre el destino de la renta del petróleo, estaban prefigurados ciertos temas básicos que paso a paso se irían enfrentando y dilucidando. Uno de ellos, que surgía del álgebra misma, tenía una gran significación. Su comprobación empírica, hecha en condiciones inusuales, me produjo un gozo inmenso. Yo vivía en las afueras de la ciudad, hacia la zona del Valle Grande, y aquella madrugada me desperté con la certeza interior de que cierta información que sabía en mi poder podía corroborarme el punto que me daba vueltas en la cabeza. Con la ropa de cama aún puesta me fui hasta la oficina en plena noche, entrando a través de un acceso por la puerta trasera del edificio del Instituto. No olvidaré nunca, excitadísimo como estaba, el momento cuando encontré los números que buscaba. Los tenía un ensayo de C.H. Feinstein sobre la distribución del ingreso en el caso del Reino Unido, y se referían a la evolución de los precios de los bienes de capital y de los precios al mayor. Me quedaba clara, así, la cuestión de la sobrevaluación histórica del bolívar como mecanismo sui géneris para distribuir domésticamente la renta del petróleo.

Mi admirado y querido amigo, Rafael Chuecos Poggioli, en aquel entonces Coordinador del C.D.C.H. de la Universidad de los Andes, puso todo el empeño para que mi artículo fuera enviado a la premiación anual del CONICIT para los mejores trabajos científicos. Un sábado en la tarde, leyendo el periódico de Caracas que llegaba a la ciudad avanzado ya el día, me topé con un aviso de prensa donde se informaba de los premiados para 1979. La entrega de los diplomas fue en el IESA, el 16 de julio de 1979. Conmigo estaba aquella noche, como no podía sino ser, Bernard Mommer.

El acto de la premiación estuvo presidido por el Presidente de la República. Al momento de entregárseme el diploma, le pidió Luis Herrera a su Ministro de Hacienda que fuera él quien lo hiciera. Al cabo del acto Luis Ugueto, así se llamaba el Ministro, me invitó a que pasara por su oficina en la mañana del día siguiente. La vida tenía sus planes propios y comenzaba a dar muestras de que así era.

Al primer artículo hubo de seguirle un segundo que complementaba muy adecuadamente sus resultados. Fue, en estricto sentido, una suerte de apostilla ("“Gasto Público, Ingreso Petrolero y Distribución del Ingreso: una nota adicional” El Trimestre Económico de México, Enero-Marzo, 1985). Aquí abordé el ámbito de la distribución del ingreso hacia los salarios. El editor de la revista donde lo envié, al acusar recibo del material a él remitido me había hecho la advertencia de rigor que para publicarlo había una demora prolongada, y si es que el veredicto de los árbitros fuera favorable. Unas semanas más tarde me escribió haciéndome saber que se iba a publicar de inmediato, lo cual no fue del todo cierto. Sin embargo, la vida universitaria en Mérida comenzaba a esas alturas a mostrarse arisca, en especial con Mommer. Unas nuevas autoridades habían sido electas, y algunos asesores suyos pensaban con verdadero convencimiento que la historia de la Universidad de los Andes estaba por comenzar con ellos.

Pensando en la situación de las investigaciones que Mommer y yo estábamos poniendo en marcha, decidí pedirle al Director del Instituto de Investigaciones Económicas que nos abriera a ambos un espacio en su seno. Era, sin duda alguna, nuestro espacio natural. Me preparé a conciencia para la presentación de nuestro programa de investigación. Un tema tras otro se fueron mostrando, creo que con íntegro rigor expositivo y con la ilación del caso. Las notas del caso las publiqué en un opúsculo colectivo que edité con Ernesto Palacios Prü, (Investigación Científica y Postgrado, Mérida: Universidad de los Andes, 1979). Los colegas en general no tuvieron interés por lo que estabamos comunicándoles. El Director del Instituto, aburrido sin duda, en algún momento de la presentación se ausentó de la sala. Se nos venía a Bernard y a mí mismo un tiempo de encrucijadas personales. El había terminado para ese momento una importante investigación sobre los términos de intercambio del petróleo. Debía haber servido, en la ULA o en cualquier parte del mundo, para asegurar su condición de profesor ordinario. Había, empero, gente emboscada.

Luis Ugueto me pidió en la reunión que le prestara alguna suerte de asesoría. No estaba en mis planes. Pero en réplica le propuse crear el Instituto Nacional de Investigaciones Económicas, pensando por sobre todo en desarrollar el temario que en Mérida no había entusiasmado a nadie. "El IVIC de la Economía", así lo llamé una tarde en su despacho, meses después que me había dado luz verde para la idea. Por razón de este proyecto, que había amamantado por años luego de una visita al Rector Mayz en la Universidad Simón Bolívar antes de irme a Oxford, me mudé a Caracas. El proyecto de Instituto se quedó en la mitad del camino, habiendo llegado hasta el punto de su aparición en la Gaceta Oficial. Ugueto me alimentó la imaginación y yo la eché a volar, quizás en demasía. Su retiro del Gobierno, oficializada en diciembre de 1982, ya desde meses atrás me había dejado sin apoyo. Pensando con nostalgia en aquel intento por institucionalizar la investigación económica en Venezuela, siento que los años siguientes del país nos habrían tenido firmemente a su lado.

El documento para justificar la creación del Instituto, que elaboré entre agosto y diciembre de 1981, se le entregó al Presidente Herrera el 18 de enero de 1982. Releyéndolo, en las páginas 165-166, se describe “una suerte de programa de investigación”, al cual lo intitulé La Economía Política de Venezuela: El Capitalismo Rentístico. Allí están sugeridos los temas que me tendrían ocupado en la década siguiente. Debo mencionar en particular el punto tercero del temario descrito, y que me permito transcribir tal y como hoy lo leo: “El tránsito de la Venezuela petrolera hacia la Venezuela post-petrolera: la historia conjetural de la Venezuela”. El lector entenderá bien la razón por la que traigo este punto en particular a colación.

Del material de este documento oficial extraje una obrita que publiqué luego, (Ambito de la Ciencia Económica: un ensayo histórico, Mérida: Universidad de los Andes, 1982). Y aún conservo, sin que haya pensado nunca en deshacerme de él, el proyecto arquitectónico que el propio Presidente Herrera me encomendó contratar para albergar "el IVIC de la Economía".

Lejos de las montañas de la infancia: los años fundamentales

Muerta la idea del Instituto, y decidido a permanecer en Caracas, tenía que hallar dónde iba a trabajar. Algunas alternativas se me abrieron, pero opté sin vacilación por el IESA. ¡Afortunadísima decisión, que signaría mis siguientes años! En los meses previos, sin embargo, tuve que regresar a la Universidad de los Andes para arreglar mi separación de su claustro. Sobrevino entonces el colapso cambiario que rompió con casi 50 años de estabilidad en el valor externo del bolívar. El Director Académico del IESA me había requerido hacer una presentación de mis ideas económicas. Originalmente, se me había dicho, la audiencia habrían de ser sus profesores. Lo que siguió al colapso de febrero de 1983 en la discusión económica, determinó que la presentación fuera más bien en una suerte de foro abierto al público. Por simple coincidencia, me correspondía estar en los inicios del ascenso del IESA como el gran espacio académico para el debate de las cuestiones económicas en Venezuela.

Sobre mí estaba puesta la responsabilidad de hacer el planteamiento central en el foro convocado. Si la memoria no me traiciona, la fecha para su ocurrencia fue el jueves 14 de abril de 1983. Me había preparado a cabalidad, con íntegra conciencia de la significación de la ocasión. En esos dos o tres meses, bajo la presión de las circunstancias, y aún en Mérida, se me hizo patente una idea que desde tiempo atrás me había surgido.

La economía venezolana, en efecto, estaba inmersa en un desequilibrio enorme, y el desbalance tenía que ver nada menos que con el más sensible de todos los resortes económicos. En mi auxilio vino a hacerse presente el mejor pensamiento de la economía clásica: se habían roto los límites que sostenían el curso de la acumulación de capital. Los unos hablarían de las cuentas fiscales; los otros pondrían su mirada en las tasas reales de interés negativas y en la fuga masiva de capitales. Para los más, el todo de la cuestión era o la torpeza del gobierno de turno o la venalidad de ciertos funcionarios públicos. Afirmo esto no para demeritar su criterio, que en alguna medida importante puntualizaba rasgos ostensibles de la condición económica de la época. Con todo, empero, había algo mucho más fundamental en el desarreglo que comenzaba a evidenciar la vida venezolana.

La pista cuantitativa, a falta de toda información estadística existente sobre el acervo de capital, fue el simple cociente entre el crecimiento del consumo privado y el crecimiento de la inversión fija. Frente a lo sucedido en los años anteriores a 1976, el cociente en cuestión exhibía un brutal desequilibrio en el tiempo cercano a 1983. Por razones que sólo más adelante logré discernir, se habían desbordado todos los límites previsibles en el ritmo de la acumulación. El tema central de mi disertación en el IESA versó sobre este desbalance, y la conclusión que de su magnitud se seguía, habiendo hecho algunas 'simulaciones' al respecto, era que la restauración de la normalidad podría bien llevarse unos 15 o 20 años. Junto conmigo en el panel estaba un agudo político, cuya presencia pública, ya entonces notoria, crecería sin embargo enormemente en el gobierno que se inició en 1984. Su comentario frente a mi ponencia, lleno de inteligencia y perspicacia amén de granjearse la hilaridad del público, al final se redujo a decir que de ganar su candidato las elecciones del siguiente diciembre, como así en realidad sucedió, el 'tal desequilibrio' no duraría más de unos cuatro meses.

Se había iniciado mi vida académica en el IESA. Allí me encontré en marcha el proyecto que concluyó en la obra colectiva intitulada El caso Venezuela: una ilusión de armonía. Uno de sus artículos se me pidió escribirlo. Pero también hube de organizar un taller de reflexión con un grupo de distinguidos economistas sobre la situación del país. Del trabajo intelectual que implicó el artículo del libro colectivo, así como de mi intervención en el taller, derivé la oportunidad de pensar rigurosamente sobre el desequilibrio en cuestión. Mi presentación en el taller desarrolló un único argumento: en una economía petrolera la oferta no crea su propia demanda. No era un punto empírico o circunstancial, sino más bien primordial o fundacional, si así puede llamárselo. El artículo de El caso Venezuela, por su parte, tenía otra índole. Lo llamé "Más allá del optimismo y del pesimismo: las transformaciones fundamentales de Venezuela".

El contenido de este último artículo, de nuevo, tenía en la mira el desbalance ocurrido en el proceso de la acumulación de capital. Allí, por primera vez, me planteé por escrito el tema del tamaño del mercado en el caso de una economía petrolera. La inspiración última era, cómo dudarlo, Adam Smith, pero las singularidades del caso bajo estudio comenzaban a revelarme las fronteras de lo recibido en mi formación escolar. La presión provenía de la realidad misma, antes que de un afán, nada ilegítimo por lo demás, de originalidad. Ni la ortodoxia ni la heterodoxia tenían herramientas en su haber para coadyuvar en las tareas de entender la naturaleza de las cosas económicas en Venezuela.

En todo caso, las investigaciones que condujeron a este artículo me pusieron de relieve las enormes limitaciones que debía enfrentar en lo relativo a la base estadística del país. Así me surgió la necesidad de producir números que me sirvieran para dar cuenta de lo acontecido. Las cuentas nacionales del Banco Central de Venezuela llegaban hasta 1950, y la CEPAL había conseguido una información que extendía el campo de observación hasta 1936. Antes de esta fecha, había unos números de Armando Córdoba y de Domingo Alberto Rangel. Con relación al acervo de capital, variable tan importante para mis investigaciones, la serie que brindaban los informes económicos del BCV se había discontinuado con ocasión del cambio de año base de 1957 para 1968. La orfandad estadística, en verdad, era inmensa.

En otro orden de ideas, que me es muy importante rememorar, las conclusiones del contenido del artículo eran que para la economía venezolana venía un largo y complejo proceso transicional, luego del derrumbe de la estructura que por décadas la había sostenido. Sobrevenía el tiempo, así lo escribí, de lo pospetrolero, tal y como ya en 1981, cuando el país nadaba en la renta del petróleo, se empezó a conjeturar: “Venezuela va a encarar un acontecimiento decisivo, y tendrá que hacerlo con éxito. Este acontecimiento no es otro que la pérdida progresiva de la capacidad del ingreso petrolero para sostener el desenvolvimiento económico nacional…El futuro económico venezolano tiene frente así la presión histórica de un cambio en los patrones fundamentales de su estructura económica. A la condición petrolera, cuyo clímax se alcanzó entre 1980 y 1981, habrá de sustituirla una nueva condición económica, que en sus rasgos esenciales será semejante a la de cualquier economía normal que comercia en el concierto de las economías capitalistas…”.

Este cuerpo de ideas era un adecuado reflejo de mis pensamientos al respecto, mas la suerte de neologismo que había empleado para transmitirlos, a saber, lo pospetrolero, los desdibujaba groseramente.

La Academia Nacional de Ciencias Económicas, que había sido creada por este tiempo, me había incorporado como Individuo de Número en julio de 1984. La dirección del trabajo nuestro había tomado el rumbo de estudiar críticamente el pensamiento venezolano sobre el petróleo. Bernard, para finales de este año, tenía escrito un largo ensayo sobre la obra de Rómulo Betancourt. Entre sus primeras actividades, pues, que promovió la recién nacida academia, estuvo la celebración de un homenaje en honor de Alberto Adriani, el cual tomó lugar el 17 de enero de 1985. Cuando se decidía sobre la composición del acto, creo recordar que me adelanté a otros y solicité que se me otorgara la responsabilidad de dar el discurso de ocasión. Fue así como me obligué a escribir un primer material sobre este tema hasta aquí inexplorado. Lo llamé Un Esbozo de la Historia del Pensamiento Económico Venezolano (Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1985).

El contenido de este esbozo, desde luego se refería al pensamiento sobre el petróleo. Allí radicaba la verdadera especificidad de las reflexiones económicas que se hubieran podido hacer en Venezuela. En sus páginas no se aludía a ningún economista profesional, y como lo dijimos Bernard y yo en una publicación posterior, eran más bien hombres de acción, o si se quiere, políticos, quienes habían dado las verdaderas pautas al respecto. Por algún comentario que escuché de los labios de un distinguido colega en la Academia, ello se malentendió y produjo sus resquemores entre quienes habían escrito sobre temas petroleros. La verdad es que, sin desmedro de sus obras, la real originalidad yacía en posesión de los no economistas comentados en el Esbozo.

Una copia del discurso se la hice llegar a Arturo Uslar Pietri. Junto con Adriani, Betancourt y Pérez Alfonzo, él era uno de los pensadores considerados. A la vuelta recibí de su parte una carta muy amable. Me invitaba a su casa, y con enorme gusto atendí la invitación. Para este momento Bernard y yo habíamos decidido publicar un ensayo elaborado sobre el mismo tema. La oportunidad de poder conversar con el Dr. Uslar se convirtió en la petición respetuosa de que escribiera el prólogo de la obra que teníamos en la mente. Pero esta obra debía vivir alguna vicisitud que vale la pena recordar. Antes de referirla, sin embargo, debo rememorar algún otro detalle.

El 21 de febrero siguiente di una conferencia en la Universidad Metropolitana. El Dr. Ramón J. Velázquez había organizado un seminario que llamó Apreciación del Proceso Histórico Venezolano y yo tenía la obligación, por demás muy honrosa, de intervenir en sus deliberaciones. La conferencia, debidamente editada luego, la intitulé El Estado y el Petróleo, y su contenido tiene para mí una especial significación, (vide, Apreciación del Proceso Histórico Venezolana, Tomo II (Caracas: Universidad Metropolitana, 1985).

En efecto, fue la primera que abordé la cuestión del mercado en Venezuela en cuanto realidad histórica. Frente a la vocinglería que este tema sugería en aquellos entonces, era menester decir algo sustantivo sobre las especificidades de este complejo fenómeno social en el caso histórico nuestro. Pero también puse el derrumbe económico, que ante mis ojos estaba dándose, dentro del ámbito mayor de las relaciones sociales todas. Ese derrumbe, dada su naturaleza, por fuerza debía arrastrar las estructuras de toda suerte que sobre el modo de vida económico colapsado se habían establecido. Se me hizo claro en estos meses que las relaciones políticas fundadas sobre el petróleo y su renta, entre otras relaciones sociales, estaban heridas de muerte. Los años siguientes se encargarían de ir llenando de detalles la visión primigenia.

Por esos días, recuerdo haber buscado con afán, hasta encontrarlo en viejas carpetas, un largo artículo escrito por Carlos Domingo hacia 1978 sobre la cuestión, para él desde siempre obsesiva, del cambio estructural, (vide, Revista del Banco Central de Venezuela, Diciembre 1998). Estábamos inmersos, no hay duda, en el raro episodio histórico de un cambio estructural, es decir, de una sustitución de una forma de vida económica por otra. Por último, fue la ocasión de utilizar, también por primera vez, unas estimaciones del acervo de capital en Venezuela. Paso a paso, como lo comentaré más adelante, y sin habérmelo propuesto expresamente, iba armando las bases cuantitativas de la economía venezolana que me eran imprescindibles para la investigación.

Unos meses luego la Academia Nacional de Ciencias Económicas celebró una importante jornada a la que se llamó Hacia la Venezuela post-petrolera. En el mismo título, bien se entenderá, me reconocía yo plenamente. Ahora bien, si algo había sido un tema repetido ad nauseaum donde quiera se me daba la oportunidad, era la distinción por establecer en el interior del petróleo entre los ingresos que se generaban por la actividad productiva en sentido estricto, de los ingresos rentísticos que captaba su propietario. Estos últimos eran renta de la tierra y como tal debían especificarse. Más aún, de su enorme importancia cuantitativa para el conjunto de la economía venezolana, se desprendía la condición rentística que era, en última instancia, mi gran tema científico. Pues bien, cuando escribí en el libro colectivo del IESA sobre la Venezuela pospetrolera, mi verdadera intención era hablar de la Venezuela posrrentista o posrrentística. Por lo así dicho, mi primer vocablo, o el de la Academia leído con mis ojos, era del todo equívoco. El petróleo podía perfectamente perdurar y hasta crecer, tal y como los años siguientes lo evidenciaron, pero su renta parecía no tener mayor futuro, y aún teniéndolo por la sola causa del argumento, “hay evidencias sustantivas que muestran cómo el ingreso petrolero (rentístico) ha venido perdiendo su capacidad dinamizadora de la economía nacional”. La jornada de la Academia en junio de 1985 me permitió aclarar mis propios pensamientos y palabras (vide Hacia la Venezuela post-petrolera, Tomo I Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1989).

En julio de 1985, un pariente adinerado me dio un cheque con cuyo sustantivo monto pude comprar dos computadores: uno era para Bernard y el otro para mí. Se nos abrió un mundo de facilidades cuantitativas simplemente de fantasía. Debo recordar aquí a Arturo Bencosme, que me hizo muy cómoda la transición entre la calculadora de mano y este aparato prodigioso del que ahora iba a depender. El mismo Arturo, más adelante, fue una pieza clave en mis cálculos más elaborados y definitivos del acervo de capital. Con este auxilio ‘computístico’, pues, buena parte del tiempo por venir se fue en números y más números.

Bernard y yo publicamos en la Revista del Banco Central de Venezuela un artículo donde precisamos el concepto del PIB no rentístico (“El Petróleo en las Cuentas Nacionales: una proposición”, Revista del Banco Central de Venezuela, Abril-Junio 1986). En el cálculo de las cuentas nacionales, para dar fiel cuenta de lo que el país había logrado producir a lo largo de los años, era menester excluir la porción del ingreso petrolero que, estrictamente hablando, no tenía la debida contrapartida de actividad productiva nacional. El material de este artículo, antes de su publicación, lo quisimos discutir con los expertos en contabilidad social del Banco Central. Salimos, para nuestra contentura, con los platos hechos añicos sobre las cabezas. Por este tiempo, el propio Banco Central había puesto a circular un nuevo sistema de cuentas económicas con el año base fijado en 1984, y nada más natural que buscar hacer compatibles el nuevo sistema y los antiguos con sus años base en 1968 y 1957. No había manera humana de hacerlo. Cuando yo abordé esta cuestión para una publicación posterior, puede mostrar con entera patencia que la renta del petróleo era de tanta importancia en la vida del país, que hasta su misma contabilidad se veía afectada por su presencia.

En el mismo tiempo comencé a tratar de extender las series estadísticas del país desde 1936 hacia atrás. Yo quería poder contrastar las dos Venezuelas: antes y después de la presencia económica del petróleo. Un historiador catalán que enseñó en la ULA, así lo recordaba, publicó en los años 60 un libro de estadísticas históricas. Para mis fines, sus páginas fueron una verdadera mina. De otra parte, Domingo Alberto Rangel consiguió y publicó en una de sus muchas obras unas magnitudes para el siglo XIX, las cuales, en mi juicio, y aparte la validez de su enfoque, eran desmesuradas. El esfuerzo estadístico terminó en una nota de investigación que publiqué más adelante (vide Latin American Research Review, Volume XXIII, No. 3, 1988). Pero más allá del resultado conseguido, había yo logrado poner un pie firme en el mundo de la historia cuantitativa, al menos en relación con las principales fuentes documentales en Venezuela.

Las labores de reconstruir el pensamiento económico venezolano sobre el petróleo, mientras tanto, habían llevado a un ensayo muy acabado. El Dr. Uslar Pietri, luego de muchos meses con una versión en borrador del ensayo en cuestión, entregó su prólogo fechado en julio de 1986. Su contenido nos comprometía a Bernard y a mí grandemente. Para ese momento, y por una asesoría que estábamos prestando a PDVSA que en parte tuvo que ver con este ensayo, su publicación habría de correr bajo la responsabilidad de la empresa petrolera. ¡Nunca fuimos más cándidos que en ese entonces! Semanas tras semanas se fueron en presuntas revisiones por aquí y por allá. Un día cualquiera, a finales del año, de manera oral se me comunicaron ciertas observaciones que, de no enmendarse, hacían impublicable la obra. Recuerdo una de ellas, que acaso el lector sienta que debe tomarla como una broma mía de muy mal gusto, tal es su carácter. Con reiteración, en el texto del ensayo aparece la noción de ‘los intereses populares’ vinculada con la explotación y aprovechamiento del recurso petrolero. Esa expresión, así se me comunicó, debía eliminarse.

El estupor me hizo sentirme liberado de cualquier compromiso que pudiéramos tener con PDVSA. Y, por lo demás, ¿que podía importarles un ensayo de historia intelectual? Le conté la historieta a Janet Kelly, entonces a cargo de Ediciones IESA, y le dejé una versión del texto. Su decisión pronta fue publicar el ensayo. No sin cierta fanfarria salió en junio de 1987. Este texto nuestro, como lo dijimos en su segunda edición 4 años más tarde, se topó con numerosos lectores. Tuvo fortuna nuestro breve ensayo: reimpresiones, segundas ediciones, y lo que es más importante, estímulos e incentivos para otros.ard y yo, nos sentiríamos motivados para una tercera y última edición. ¡El tiempo lo dirá!

Unas semanas antes, por allí entre mayo y junio de 1986, hubo un Seminario auspiciado por las escuelas de economía de las universidades venezolanas. El temario tenía que ver con el contenido curricular de las carreras universitarias de economía. Escribí unas páginas que me dieron su satisfacción. Cuando las publiqué les di el título de De la vida intelectual del economista (Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1988). Tomando los atributos que en el juicio de John Maynard Keynes un economista debía en buena lid poseer, y él mismo era una indudable buena referencia, desarrollé mi pensamiento al respecto. Mi ilustre profesora inglesa había muerto un par de años antes. El ensayo, desde luego, no daba para una dedicatoria. Se me ocurrió pensar, cuando decidí no dedicárselo según las formas usuales, que alguna contentura, sine embargo, le habría dejado el saberse ella allí bien retratada.

Los años finales de la década de los 80 se me fueron, en una importante medida, en labores cuantitativas. Elaboré junto con Arturo Bencosme y Gregorio Alfonzo un modelo matemático que entre econometría y simulación dinámica nos permitió imaginar muchas cosas. Bernard, por su parte tiempo, se enfrascó con una matriz insumo-producto que lo llevó muy lejos en la comprensión de las dos dimensiones que posee el petróleo: la dimensión productiva y la dimensión rentística. En la campaña presidencial de 1993, éste sería uno de los grandes temas que se quiso plantear. En todo caso, las resultas de mis labores se fueron lentamente convirtiendo en un verdadero sistema estadístico. En el reverso de la última página de un libro que leía hacia marzo de 1988, pergueñé un índice para mi obra Bases cuantitativas de la economía venezolana. Esta última tres años más tarde.

La tarea de dotar a la historia de la vida económica del país de un fundamento cuantitativo fue una experiencia fascinante. Una vez que se lograba hallar un dato, éste alimentaba el paso siguiente. Así, como si fuera un entramado, se fue armando ante mis ojos una red estadística. Hubo ocasiones inolvidables. Los datos sobre la población del siglo XIX son unas simples cifras esparcidas aquí y allá. El primer censo data de 1873, y es sólo a partir del segundo, en 1881, cuando se tienen algunos datos del movimiento poblacional. Estos últimos, con un grado de detalle aceptable, comienzan en 1904. Pues bien, con el auxilio de ciertas herramientas estadísticas que emplean los demógrafos profesionales, logré hacer una serie íntegra desde 1825 hasta 1903. A su vez, y aceptando como bueno el dato censal de 1936, me moví desde adelante hacia atrás, esto es año tras año hasta 1904. La información disponible me era del todo suficiente para la estimación en cuestión. El momento cuando enfrenté ambas series, y resultaron ser entre sí rigurosamente compatibles, fue muy emocionante.

Le ofrecí a los investigadores un conjunto de cifras sistematizadas, incluyendo cálculos de las grandes variables económicas, para el período íntegro de la Venezuela independiente: 1830-1989. Porque en muchas circunstancias las estimaciones descansaban sobre supuestos y apreciaciones arbitrarias, traté de dejar un claro testimonio de cada paso cumplido en la procura de un dato. Además, si alguna contribución vale en estos ámbitos es, por sobre todo, el método de indagación. Con total candidez describí los procedimientos que en cada caso hube de seguir, de manera que cada quien pudiera reconstruir las cifras o enmendarlas. Las aportaciones estadísticas novedosas, en lo particular, fueron las relativas al PIB no rentístico, por cuya razón era ya posible hacer compatibles los diversos sistemas de cuentas nacionales que habíamos tenido desde 1950 en adelante, amén de poder conocer con rigor los verdaderos niveles de producción del país. Al fin y al cabo, la renta petrolera es un ingreso sin contrapartida en la actividad productiva. Y, de la otra parte, también ofrecí cálculos elaborados y desagregados del acervo de capital desde 1920 hasta el presente. Allí estaban, pues, entre otros, los fundamentos cuantitativos de que precisaba la teoría económica del capitalismo rentístico.

La cuestión del número en cuanto número, y en lo relativo a lo que él entraña para la cuestión del tiempo histórico, fue entonces y por años hacia atrás y hacia adelante, un tema que me ocupó horas interminables. Aquí, de verdad, estaba metido en reales honduras, y es así como me vi obligado a leer y a estudiar las fuentes más originales del pensamiento tratando de hacerme una idea de lo que significaba el tiempo propio de la historia. Sería incomprensible por presuntuoso, para el lector que haya llegado hasta aquí, que en esta encrucijada haga una lista de los principales autores de quienes me nutrí. Por la vía de un problema particular, aun cuando complejo como el más, tuve que enfrascarme con los grandes pensadores de Occidente. En esta cuestión, erróneamente o no, me serví de la guía de Hegel, Heidegger y Husserl.

El tema, como así me lo planteaba, y siempre de cara a mi disciplina y a mis afanes de investigación, tenía - y tiene – que ver con el carácter histórico de la Economía Política. La definición de Aristóteles en su Física de lo que es el tiempo, y que la mejor ciencia natural hizo suya desde siempre, era inseparable del número: así es como se hacía homogéneo el ámbito temporal. Y bien, dado el carácter de los hechos sociales; dada la multiplicidad de aconteceres que en un momento dado coexisten en una realidad histórica, cada uno de ellos con su propio y peculiar ritmo, ¿cómo trasladar el tiempo homogéneo del mundo natural al terreno de lo económico, que es de suyo histórico?

Por supuesto, no era yo, ni por casualidad, el primero en tratar de avanzar alguna idea que sirviera de sostén para una reflexión un poco más acabada y sustantiva. Antecedentes los hay, y de notable calibre: piénsese, por ejemplo, en Dilthey. Escribí unas noticas que presenté en un seminario del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela. Luego se publicaron en la forma de artículo bajo el título “El Número y la Economía”, (vide Politeia, Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1993). Y en la primera edición de mis Bases Cuantitativas de la Economía Venezolana: 1830-1989, que salieron a la luz en diciembre de 1991, escribí una introducción donde estos temas bajo comento trataba de abordarlos. Cuando llegó el momento de reeditar esta obra, en 1997, que ahora abarcaba los años hasta 1995, dije en la introducción del momento que aquellos temas, en verdad, no le pertenecían a esta suerte de libros. Mis problemas con el número, la historia y la economía, eran de otro ámbito.

Una breve separación y el regreso a un nuevo mundo

Entre octubre de 1991 y noviembre de 1992 estuve de Académico Visitante en la Universidad de Harvard. Unos meses antes de irme, había publicado mi edición en español de la obra económica más importante de Turgot, (vide Reflexiones sobre la Formación y Distribución de la Riqueza, Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1991). Este hombre de pensamiento fue para mí sólo una referencia de apenas importancia cuando estuve en Oxford. Ahora, al traducirlo y editarlo, me llenó un importante vacío en mi pensamiento. Pues bien, el año íntegro de Harvard se lo dediqué a esta cuestión del tiempo, en apariencia arcana, aun cuando realmente es primordial. Las resultas fueron un libro al que le concedo, quizás indebidamente, una gran importancia. Lo intitulé Limites de la Economía Política: consideraciones acerca de una ciencia histórica, y se publicó en 1996. A ratos me provoca decir, sabiendo que no se ha leído ni leerá, “que cayó muerto de la imprenta”. Pero bueno, allí está. Mis investigaciones a lo largo de las dos décadas pasadas se asientan sobre lo que entonces escribí.

En mayo de 1992, estando en Harvard, recibí una llamada del secretario privado del Dr. Rafael Caldera. Por su intermedio me invitaba él a que nos reuniéramos en Nueva York el 24 de julio siguiente. La certidumbre que me acompañaba para este momento de que el país debía enfrentar con gran energía una redefinición de su estrategia petrolera, prevaleció en mi pensar de esos meses, así como en la conversación que tuvimos. Cuando arrancó el año siguiente, estando yo ya en Venezuela, estaba metido en el mundo de la política. Mi propósito personal, así le pido al lector que lo tome como palabra buena, no era otro que preparar la reforma petrolera que superara el gran hito que fue la de 1943, y que por ser de índole rentística había agotado su vitalidad. Nuestra tarea, de llegar a ser gobierno, y vista desde mis ojos como la casi única y fundamental, era la de sentar las bases para una nueva política petrolera que, entre otras cosas, coadyuvara a restaurar los circuitos de la acumulación de capital interrumpidos desde 1976-1983.

Hice de Jefe del Programa de Gobierno de Rafael Caldera en la campaña de 1993. Lo que yo escribí está contenido en un libro que nunca se hizo circular, Respuestas a la crisis: bases para la obra de gobierno de Rafael Caldera. Allí se reiteraba la condición de riel que tenía el petróleo para la historia del país - la vivida y la por vivir -, con esa distinción ya rigurosamente establecida por Bernard y por mí, para el ámbito petrolero, entre su cara rentística y su cara productiva. Lo que sí se entregó al país fue un folleto llamado Carta de intención con el pueblo de Venezuela. Mi responsabilidad no estaba allí en juego. Más adelante, en mis breves funciones públicas, escribí un ensayito que llamé En razón del futuro: líneas maestras para una estrategia económica (Caracas, abril de 1994). Aquí, para todos los efectos, yo había llegado al final de mis investigaciones sobre la cuestión del petróleo y su influencia en la economía nacional. Antes de cumplir 4 meses en el gabinete, el 30 de mayo de 1994, le entregué al Presidente mi carta de renuncia. Junto con ella le dejé un largo documento, que quizás no conserva entre sus papeles presidenciales.

En julio de 1993 reventó ante mis ojos la inminencia de la aprobación por el Congreso de la República del llamado Proyecto Cristóbal Colón. La esperada apertura petrolera estaba en acelerada marcha, pero ni el país ni su liderazgo político estaban en cuenta de lo que se venía encima. Las semanas siguientes fueron frenéticas. El proyecto tenía un solo propósito: abrir el boquete en la legislación existente por donde habría de colarse todo lo que venía. ¡Palabras proféticas si algunas vez en la vida se me dieron! Escribí con afán en la prensa; fui a la televisión; me entrevisté con el Presidente de la República para hacerle ver que, toda vez se le había habilitado para legislar y lo iba a hacer, sobre sus hombros recaería la reforma de leyes que requerían de una sana discusión democrática. Pelea fútil. El país no tenía fuerza para defender sus derechos. Por esos meses acuñé una expresión que hoy puedo repetir con la misma intensidad de ánimo: la renta del petróleo no es el futuro del país, pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro. Teníamos que luchar por la renta, ya objetivamente en merma, hasta en el último centavo. Y ello no fue lo que se hizo. El boquete se abrió y lo que vendría en los años subsiguientes habría de moverse a sus anchas. La nación no tenía dolientes. El tiempo rentístico de Venezuela estaba en sus estertores, (vide “Convenios de Asociación petrolera: un comentario frente a la posición del Congreso de la República y del Senador Edgar Vallée Vallée”, El Nacional, Caracas, 6 de setiembre de 1993).

Cuando con estos antecedentes voy al gabinete unos meses luego, y vivo desde dentro del Estado mismo su capacidad de sostener los intereses del país, mi conclusión no pudo ser más desoladora. Le renuncié al Presidente muy pronto. Antes, acaso algo menos de un mes antes, el 27 de abril de 1994, en nombre del gobierno anuncié unos rasgos de la política petrolera: mi visión de la política petrolera. Se publicó luego, y su título ya lo he indicado: En razón del futuro. En diciembre de 1994, el día cuando el Presidente Caldera se fue a Miami para la Cumbre de Presidentes, anunció al país la apertura petrolera. Sus palabras fueron entonces las que de algún modo se le habían preparado para el 2 de febrero, el día de su juramentación. Ya nuestra capacidad de maniobra, si es que la teníamos cuando yo así lo creía, era en el mejor de los casos mínima. El posrrentismo iba a tener que vérselas sin la renta que en buena lid económica podíamos cobrar.

Una síntesis final para abrir una nueva jornada

En 1989 publicamos Bernard y yo un artículo sobre la distribución del ingreso (“Renta petrolera y distribución factorial del ingreso”, en ¿Adiós a la bonanza? Eds. Hans-Peter Nissen y Bernard Mommer (Caracas: Editorial Nueva Sociedad, 1989). El tema lo habíamos cubierto exhaustivamente, en nuestro parecer. Faltaba algún detalle que luego yo complementé.

En marzo de ese año Don Pedro Grases me invitó a escribir para el último tomo de la historia del país auspiciado por la Fundación Mendoza. Bajo el impacto de los sucesos de febrero de ese año 89, que, sin reclamar ninguna presciencia conjeturé que se venían encima, y allí está como testimonio una larga entrevista con José Egidio Rodríguez publicada en El Universal el 26 de febrero de 1989, me dediqué a escribir mi ensayo. Lo llamé Tiempos de mengua: los años finales de una estructura económica (vide Venezuela Contemporánea: 1974-1989, Caracas, Fundación Eugenio Mendoza, 1989). Fue la primera vez, por escrito, que di cuenta de la visión de conjunto de lo que desde 1981 ya llamábamos el capitalismo rentístico. Más aún, en el comentario introductorio a la segunda edición de nuestro ensayo El Petróleo en el pensamiento económico venezolano, habíamos descrito paso a paso el temario abarcado desde los primeros pasos en 1977-1978. Restaba una rigurosa formulación de su contenido. Los años siguientes a 1994, bajo circunstancias personales muy complejas, pude hacerlo.

Paso a paso fui reconstruyendo las piezas esparcidas a lo largo de tantos años sobre la cuestión del petróleo en su dimensión rentística y la vida económica de Venezuela. En febrero de 1997 terminé de escribir mi obra. Había conseguido formalizar, así lo creo, el sistema teórico del capitalismo rentístico. Si alguna novedad incorporé en el texto, fue la rigurosa demostración de la naturaleza del colapso de la estructura económica establecida sobre la renta del petróleo.

Le pedí a Bernard, quien era virtualmente su coautor, que escribiera el prólogo, y la obra se la dediqué con inmenso orgullo y satisfacción a la gente del IESA. Nunca podré decir con suficiente fuerza lo que ha significado en los 16 años pasados el apoyo y sustento del IESA para estas investigaciones mías que, en no pocas ocasiones, han tenido como única razón de ser esclarecer algún punto menor sin trascendencia palpable o inmediata para la vida práctica. Las pruebas del texto las corregí con verdadero amor en los meses siguientes, inolvidables para mí por la calidez del ambiente intelectual de la Universidad de Brown, donde fui Profesor Invitado entre febrero y mayo de 1997. El libro lo llamé Teoría Económica del Capitalismo Rentístico: Economía, Petróleo y Renta (Caracas: IESA, 1997). Está en manos de sus lectores. Si algo se me permite decir con relación a él es que, teniendo el caso de Venezuela como último objetivo, su dimensión es universal. Pero, de nuevo, ya está en poder de sus lectores.

Con él se cierra un proyecto de investigación que duró unos veinte años y que llenó mi existencia. Entre mi disfrute del Andrés Bello Fellowship y el tiempo presente media algo más de dos décadas. ¿Cuántas otras cosas no habrán sucedido y que se desprenden de aquella oportunidad que se me dio, muy joven aún? Pero ellas no le pertenecen a estas páginas.

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