MIGRACIÓN Y FEMINIZACIÓN DE LA POBLACIÓN RURAL EN MÉXICO. 2000-2005

Ma. de Lourdes Salas Luévano

El incremento de la pobreza  en la población

La pobreza en América Latina es objetiva (ingresos y niveles de vida bajos) y subjetiva (la conciencia de ser pobres, marginados o excluidos, o tener menos de lo que tienen otros, de lo que se podría tener, de lo que se cree que se debe tener o a lo que se cree tener derecho); y también es absoluta (medida en pesos, en calorías, en espacio vital o en grados escolares) y relativa (en comparación con otros). Este último aspecto es importante, porque remite a las crecientes desigualdades económica y social en los países latinoamericanos, producto de las tendencias económicas de las últimas décadas (Stavenhagen, 1998).

Según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL, 2005), la magnitud y evolución de la pobreza presentó la siguiente tendencia:
 

  • Un 44% de la población se encontraba en situación de pobreza, mientras que un 19.4% no solo era pobre sino que estaba en la pobreza extrema o indigencia. De esta manera, el volumen de pobres e indigentes en la región alcanzaba 221 millones y 97 millones de personas respectivamente.
  • Respecto al año 2003, la misma CEPAL confirma que no se produjeron variaciones significativas. En términos de volumen el incremento en este año representó cinco millones de pobres, incluido un millón de indigentes, con respecto al 2002.
  • En el año 2004, se observan mejores condiciones económicas al disminuir las tasas de pobreza en un 2.6% y situarse en un 41.7% de pobres; mientras que la tasa de indigencia alcanzaría un 17.4%, es decir, 1.8 puntos porcentuales menos que en el 2003. Estas variaciones implican también una disminución de los volúmenes de población de alrededor de 10 millones de pobres, incluidos unos 8 millones de indigentes. 

Para la población que habita el territorio mexicano, los altos costos que han arrojado el neoliberalismo y los ajustes estructurales, no son ajenos a la realidad de la del resto de los países (Bolivia, el Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, por mencionar algunos); el constante deterioro en las condiciones de vida, los serios problemas para la generación de empleos, el incremento del desempleo y del subempleo, la agudización de los problemas sociales, la inestabilidad e inseguridad laboral y la reducción en los ingresos de las familias, las continuas migraciones;  son solo algunas de las situaciones que padece la sociedad y que contribuyen a que la pobreza extrema y la marginación se padezca en muchos de los hogares mexicanos.

Información proporcionada por el CONAPO (2000), en el año 2000 la situación de pobreza afectaba a un poco más de 42 millones de mexicanos, concentrada en 14 Estados de la República, entre ellos: Campeche, Chiapas, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Nayarit, Oaxaca, Puebla, San Luís Potosí, Tabasco, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; donde la población presentaba una Muy Alta y Alta Marginación; expresada en graves carencias de educación, salud, servicios básicos y nutrición.

Para el 2005, esta misma institución revela que los estados con una Muy Alta y Alta marginación abarca a solo 11 entidades federativas: Guerrero, Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, San Luís Potosí, Puebla, Campeche, Tabasco, Michoacán y Yucatán, las que suman una población cercana a los 37 millones;  los Estados de Guanajuato, Nayarit y Zacatecas, avanzaron hacia una marginación media (CONAPO, 2006).

La pobreza afecta sin exclusión a la población que habita en zonas urbanas como rurales. En las zonas urbanas, existe un  importante segmento de la población, cuyos ingresos han sufrido un continuo proceso de deterioro o estancamiento relativo en los últimos años, ocasionado por el incremento de la inflación, el desempleo o subempleo. A esta, se suma el surgimiento del tipo de pobreza que afecta a una clase media, habituada a un cierto nivel de vida, con acceso a productos y servicios que ya no pueden tener como consecuencia de la pérdida o quiebra de sus empresas o empleos. Otros factores que inciden para que se registre el crecimiento de la pobreza en las zonas urbanas, es el continuo éxodo de población rural que se desplaza a las grandes urbes en la búsqueda de alternativas de empleo y salarios dignos;  localizados por lo general en los cinturones de la periferia, habitando en asentamientos irregulares carentes de infraestructura y servicios básicos (Bueno, 1997, Escobal y Ponce, 2000;  Hasan, 2001)).

“La emigración de los campesinos hacia los centros urbanos ha sido seguida por la constitución, alrededor de las grandes ciudades, de verdaderos cordones periféricos de vivienda, donde cada cual arrastra una vida miserable; adopta la forma de verdaderas incursiones de la pobreza hacia el interior de las ciudades, exponiendo crudamente las desigualdades. Las “barriadas”, las “favelas”, las “ciudades pérdidas”, las “poblaciones callampa”, etc., no son más que distintos nombres para un mismo fenómeno” (Figueroa, 1986).

Cordera (2002) señala, que la población que se traslada a los grandes centros urbanos, con poca o nula capacitación en su gran mayoría, encuentran mayores problemas para la obtención de algún trabajo; generalmente son ocupados en los trabajos más peligrosos y difíciles, se ubican en el segmento de la población más baja, trabajan en el tipo de empleos en los que es difícil progresar y generalmente se convierten en desempleados, indigentes y desamparados, excluidos de cualquier esquema de bienestar.

Por su parte Enríquez (2003) menciona que la carencia de los servicios y la escasez de empleo, la falta de infraestructura y la exclusión de la seguridad y la protección social, son solo algunas de las manifestaciones de la cara de la  pobreza, pero existe además una grave realidad de hambre en las familias -definición más precisa de la pobreza-, que se amortigua muchas de las veces con el funcionamiento de algunas estrategias de sobrevivencia al interior de los hogares, tales como: la práctica común de la restricción del consumo y del gasto, práctica muy recurrente por las madres de familia, que consiste en la reducción de las comidas diarias y de la sustitución de alimentos básicos, por tan sólo frijoles y tortillas.

Esta misma autora comenta que en este escenario, la categoría hambre recrudece el concepto de la pobreza, dado que concentra el mayor número de respuestas cuando son los pobres quienes la definen: “no tener qué comer”, “no tener ni para comer”, “hacemos solo una comida al día”, “habemos gente que no tenemos nada que comer”, “no tener lo suficiente económico como para medio comer”, “pobreza es el hambre que tenemos en mi familia”, “las personas que no tienen ni un kilo de fríjol para comer”, “no tener qué darles a los hijos de alimento, aunque sea una tortilla”, “hay días que no tiene uno para comer”, “hay días que no tenemos ni para las tortillas”, etcétera (Enríquez, 2003).

Con relación a las zonas rurales, la pobreza se debe en gran medida a las características sociodemográficas, las regularidades que presentan permiten esbozar un perfil general:

  • contraen matrimonio en edades tempranas,
  • la procreación del primer hijo y el lapso de tiempo entre un embarazo y otro son muy cortos,
  • tienden a tener familia más numerosas
  • presentan niveles de analfabetismo alto y niveles educativos inferiores.
  • tienen menor acceso a infraestructura pública (caminos) y a servicios públicos (especialmente electricidad y saneamiento básico)
  • cuentan con los peores indicadores de salud, en particular una tasa de mortalidad infantil más alta
  • tienen una mayor proporción de población ocupada en el sector agropecuario,
  • reciben los salarios más bajos (muchas veces menos de 1 salario mínimo), cuentan con nulo acceso a la seguridad social,
  • se registra una incidencia mayor a la migración, sobre todo de población masculina (Valdés y Mistiaen, 2001; Escobal y Ponce, 2000). 

Algunos de los factores antes mencionados, desalientan e inhiben el arraigo de la población rural en sus comunidades de origen, el cual se va perdiendo en la medida que el modelo económico tiende excluirlos, al no visualizarlos como impulsores de una economía campesina capaz de producir alimentos suficientes para la población, como proveedora de insumos intermedios para la industria y/o como importantes generadores de empleos.

Debido a los limitados activos productivos que disponen, los sistemas familiares rurales pobres tienen un equilibrio económico precario, siendo vulnerables a los cambios de su entorno; desde los climáticos, económicos, políticos y sociales, situación que para sobrellevarla, se ven orillados a echar mano de estrategias aplicadas en los diversos ámbitos. Hasta la fecha, las prácticas más comunes son las siguientes:
 

  • En el ámbito productivo, con la práctica recurrente del cultivo del maíz y fríjol a fin de garantizar la seguridad alimentaría de las familias rurales, para continuar con la siembra del ciclo subsecuente; y para dar alimento al ganado.
  • En el uso de insumos y aplicación de tecnologías de menor costo, que se refleja en la disminución del uso de agroquímicos, semilla mejorada y asistencia técnica especializada; situación que evidencia una regresión tecnológica en el campo, precisamente en el momento en que la globalización y la creciente competencia por los mercados, va exigiendo una mayor competitividad.
  • El incremento en la práctica de agricultura y ganadería de traspatio, que permiten por un lado, complementar la dieta familiar con carne, leche y huevo, y por otro, les permite la obtención de algún ingreso extra en el hogar.
  • La participación en mercados laborales, a los cuales acuden para realizar actividades extraagrícolas y elevar sus ingresos y nivel de vida.
  • La participación en el mercado de tierras, que consiste en establecer tratos o convenios de renta, venta, compra, aparcería u otro tipo de arreglos, por un tiempo determinado (CEPAL, 1999).

Finalmente, con las políticas de desarrollo social, la población en general y la población rural en particular, aprovechan algunos de los beneficios que se otorgan a través de Programas para combatir la pobreza y activar la productividad del campo.   

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