CARACTERIZACIÓN DEL DISCURSO DE SIMÓN RODRÍGUEZ Y SU INCIDENCIA EN LA CONCEPTUALIZACIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL

Guillermo Briceño Porras

1. Simón Rodríguez y sus biógrafos.

A Simón Rodríguez lo novelaron desde el guatemalteco Antonio José de Irisarri, (1786-1868), uno de los primeros en ocuparse de relatar su vida, hasta Arturo Uslar Pietri. El primero con: Historia del perínclito Epaminondas del Cauca (1863) y el segundo: La isla de Robinson (1981), imprimiendo un toque de leyenda. El colombiano Fabio Lozano y Lozano escribió en 1913 la obra más importantes: El Maestro del Liberador ycita al publicista chileno Augusto Orrego Luco quien en 1878 expresó de Simón Rodríguez en la Revista Chilena: [Se resaltan las ideas principales]
Las excentricidades que sirven de trama a esa existencia singular.

No dominaba Rodríguez por las cualidades esencialmente intelectuales; no dominaba por la claridad de un pensamiento comprensivo y luminoso, ni por la rapidez y vigor de su concepción, ni por la fuerza de su lógica, ni por el calor de su imaginación.

Su manera de raciocinar y de escribir, que a primera vista parecen extravagancias caprichosas, veremos que son la lógica del delirio y la tipografía del loco, y debajo de esa superficie en que se refleja una perturbación intelectual.

La investigación llegó a conclusiones totalmente diferentes a las expresadas por Augusto Orrego Luco, cuya obra es una de las más nefastas interpretaciones de la personalidad de Simón Rodríguez. El chileno Miguel Luis Amunátegui (1896–1949), Ensayos Biográficos (1896),presentó la siguiente semblanza de Simón Rodríguez aceptando y justificando el calificativo de loco:
¿Y qué utilidad puede sacarse de la historia de un loco? ¿Con qué objetivo escribirla? ¿Qué provecho nos resultará de leerla? dirán muchos cuando vean el nombre de la persona que va el frente de estas páginas. La extravagancia de sus costumbres y la originalidad de sus ideas le hacen digno de este honor.

A continuación, Amunátegui inserta en la biografía de Simón Rodríguez una serie de conceptos y datos equivocados que repetirá Arístides Rojas (1891), Leyendas históricas de Venezuela. Uno de estos errores:
Las autoridades a quienes había presentado su proyecto (Se refiere a Reflexiones sobre el estado actual de la Escuela de 1794) no sólo lo encontraron malo, sino también antimonárquico, contrario a los intereses de la metrópoli, inmoral y no sé que otra cosa. El autor, desde entonces fue para el gobierno un hombre de ideas subversivas. La guerra declarada que se le hacía, fue causa de que don Simón emigrara de su patria se retirara a Jamaica.

Amunátequi desvaría: «Hombre de naturaleza incompleta, era capaz de concebir lo útil, pero no lo bello». ¿Qué es lo bello para que Simón Rodríguez no pudiera concebir? Otro juicio negativo: «Organizaba el despotismo para preparar la república, y no advertía que tal hija no puede nacer de tal padre». El origen de estos desatinos se encuentra en Ramón Azpurúa (1877), quien años antes escribió en, Biografías de hombres nobles, los mismos conceptos que repite Amunátequi: «Nombrado por el Cabildo de Caracas preceptor de una escuela Municipal, concibió un plan de educación que comunicó a las autoridades coloniales de su país y que no llegó a realizarse, porque no solo fue encontrado malo por aquellas, sino también antimonárquico, contrario a los intereses de la metrópoli»
Rufino Blanco Bombona (1947), Mocedades de Bolívar, interpretó cabalmente el ideario de Simón Rodríguez:
Abundó en ideas audaces, fue escritor de primer orden, por la riqueza ideológica y por la novedosa personalidad de estilo. “Dejo un baúl lleno de ideas” exclamó poco antes de morir, melancólico, señalando sus manuscritos o el mueble donde los guardaba. […] No hay una idea suya, aun las corrientes, que no tenga una cola, un apéndice de carácter personal y que no se grave por el estilo brusco y limpio con que la expone. La diferencia entre América del Norte y la del Sur la sintetiza en dos palabras: “Allá todo el mundo dice: Yo, aquí: Mi amo.

José Antonio Cova (1954), Don Simón Rodríguez. Maestro del Libertador, resaltó el calificativo: «El primer socialista de América», al describir la entrevista entre Simón Rodríguez y el viajero francés Luís Antonio Van del Heyl, a mediados de 1840. Admite que los argumentos expuestos por Simón Rodríguez, son similares a las ideas inconfundibles de los socialistas utópicos, en especial a Sain–Simon y Fourrier. Cova reproduce la siguiente frase de Simón Rodríguez: «La propiedad colectiva debe ser la regla; y la propiedad privada la excepción». Esta cita no se ha verificado. José Gil Fortoul (1907), Historia Constitucional de Venezuela, repitió de los errores de Amuneategui
Entre los primeros biógrafos de Simón Rodríguez se cita al chileno José Victoriano Lasterría (1817-1888), político liberal quien dijo de Simón Rodríguez:
Era un hombre raro que estaba en nuestra sociedad fuera de su centro, y que pasaba como un extravagante, como un grotesco. ¿Y por qué era un grotesco Rodríguez entre nosotros? Porque era un verdadero reformador, cuyo puesto estaba al lado de Spence, de Own, de Sansimón y de Fourier: y no en las sociedades americanas».

El juicio de Lasterria 1878, Recuerdos literarios, se entiende porque como liberal se encontraba en oposición al gobierno conservador de Chile y en este sentido consideró que Simón Rodríguez «estaba en nuestra sociedad fuera de su centro». Según Lasterria:
Él quería para nuestras Américas un gobierno republicano, pero haciendo consistir la diferencia entre la monarquía y la república, en que la primera tiene por fin el bienestar de la clase privilegiada y la segunda el bienestar del pueblo. […] y creyendo que el origen de todos los males estaba en que hay repúblicas sin ciudadanos, quería crear un pueblo nuevo, cosa que le parecía hacedera en cinco años, estableciendo un sistema de Educación POPULAR.

Lasterria no interpretó fielmente a Simón Rodríguez. Los temas: «coronación de Bolívar como rey» y el «vitalicismo», tratados ampliamente en La defensa del Libertador, tienen significado en el contexto político de los años 1827 y 28, cuando se trama la desmembración de la Gran Colombia. La situación económica del país era tan grave que el Libertador la expuso en su Mensaje a la Convención: «El rubor me detiene y no me atreve a deciros que las rentas nacionales han quebrado y que la República se halla perseguida por un formidable concurso de acreedores», tal como lo refiere Arcadio Quintero Peña en Historia de la Gran Colombia.
Ricardo Latcham, otro chileno narrador de la vida de Simón Rodríguez, refiere la significativa intervención de Gabriel García Moreno, (1821-1875) cuando desde Paitía organizó una recolecta que alcanzó a tres onzas de oro  para aliviar la extrema pobreza de Simón Rodríguez, ya en los últimos días de su vida. García Moreno, el polémico futuro presidente del Ecuador, se encontraba desterrado y refugiado en Paitía donde acudía con frecuencia Simón Rodríguez. Comenta Letcham:
Los manuscritos de un libro se perdieron en un incendio y sus papeles que estuvieron rodando de un sitio a otro fueron a parar en guayaquil, (sic) a manos del doctor Alcides destruye. El y su hijo don Camilo los guardaron con piadoso cuidado, pero cuando los iban a editar, bajo el patrocinio del Gobierno ecuatoriano, se destruyeron en el incendio que asoló la ciudad del Guayas, en octubre de 1896.

El historiador colombiano Ignacio Liévano Aguirre en su obra Bolívar, presenta la siguiente semblanza de Simón Rodríguez:
Era don Simón Carreño un hombre prematuramente cínico por las amargas desgracias de su existencia. Desafortunado desde su más tierna infancia, sus penas resonaron sobre su personalidad, propicia por herencia al desequilibrio, ahogando en ella toda semilla de alegría o de confianza. Su mala suerte fue dejando en él la convicción de que todo era falso en la vida; que la bondad, la virtud y el amor habían sido destruidos para siempre por los malos instintos del hombre. Y la orientación de su alma por estas tenebrosas direcciones encontró ambiente propicio en aquellos tiempos, que por ser de crisis para un sistema social, inclinaban a los hombres y especialmente los desventurados, a atribuir sus penas a la organización política o a las costumbres de la época.    
 
José Vicente Lastarría describe la escena del encuentro de Simón Rodríguez y Andrés Bello en Chile:
…con la seriedad que da una limpia conciencia, era la que había excitado la hilaridad, poco común del señor Bello. Y le hacía aparecer con la trepidación del que llora. La narración, hecha con el énfasis y aquellas entonaciones elegantes que el reformador enseñaba a pintar en la escritura, daban a la anécdota un interés eminentemente cómico, que había sacado de sus casillas al venerable maestro.

¿De dónde sacó Liévano Aguirre las afirmaciones de un Simón Rodríguez cínico, desequilibrio, sin afectos y sin otros objetivos que su propia amargura? Cuando un académico es tan superficial, se expone a la pérdida del prestigio. Esta interpretación amañada, fraudulenta y temeraria está presente en muchos de sus biógrafos. Tal es el caso de Arístides Rojas quien en sus Leyendas históricas de Venezuela (1891), trascribe una carta del año 1804 publicada en 1826, en el Journal de Debats en París. La carta es apócrifa tanto por el estilo cuanto por errores históricos. Como prueba se trascribe el siguiente párrafo donde narra una conversación, por lo demás absurda, entre Bolívar y Simón Rodríguez:
En este instante levanta los ojos y las manos hacia el cielo, exclamando, con voz inspirada. Se ha salvado! Se acerca a mi, toma mis manos, las aprieta en las suyas, que tiemblan y están bañadas de sudor; y en seguida me dice, ¿si tu fueras rico, consentirías en vivir? Dí!....Respóndeme! Quedé irresoluto: no sabía lo que esto significaba; respondo: Si! Ah!, exclama él, entonces estamos salvos… ¿el oro sirve, pues, para alguna cosa, pues bien, Simón Bolívar, sois rico! Tenéis actualmente cuatro millones!....

Desafortunadamente este falso episodio es repetido por varios autores entre otros, por Vicente Terán al escribir desde Potosí en 1946, sobre Simón Rodríguez, precursor de la Escuela activa.  Otras de las calumnias históricas atribuidas a Simón Rodríguez la repite el peruano Emilio Vásquez: «Rodríguez se despojaba de pronto de sus vestiduras y, paseándose in puris naturalibus, es decir, en cueros, iba dando las explicaciones metodológicamente correspondientes a la lección. En realidad en una oportunidad se quitó la camisa para enseñar anatomía.

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