RODOLFO WALSH Y FRANCISCO URONDO, EL OFICIO DE ESCRIBIR

Fabiana Grasselli

Narrar la memoria de la urgencia. Los pasos previos

Cuando Rodolfo Walsh leyó la novela Los pasos previos comentó en una entrevista para La Opinión que le había parecido “una crónica tierna, jodona, capaz que dramática de las perplejidades de nuestra intelligentzia ante el surgimiento de las primeras grandes luchas populares, donde algunos podrán reconocer al Emilio Jáuregui de los días que se tomó el Sindicato de prensa, y otros al combatiente que Paco llegó a ser” (citado en Freidenberg, 1999a: 22). Resulta notable que Walsh se refiera a esta novela de Urondo caracterizándola como una crónica, es decir que le confiera un carácter no desambiguado que remite tanto al terreno de “lo periodístico” como al de “lo literario”. El hecho de que el autor de Operación Masacre haya atribuido la categoría de crónica a un relato novelesco habla de lo complicado que resulta ubicar un tipo de discurso que se resiste a ser encasillado según los límites que imponían las reglas de la cultura hegemónica. Desde esta perspectiva me interesa abordar el relato de Los pasos previos, puesto que considero que en esa tensión planteada por la novela, en esa urdimbre entre documento y ficción, se abre paso una memoria de la década del setenta hilvanada con experiencias colectivas, transitadas por el autor.
Se trata de un texto que explora los límites entre ficción y testimonio en tanto se construye a partir de un mecanismo discursivo que establece un juego de contactos entre materiales documentales (extractos de textos de la obra Solo el pueblo salvará al pueblo, de Raimundo Ongaro, con notas aclaratorias de Rodolfo Walsh, y fragmentos de trabajos periodísticos de Pedro Leopoldo Barraza sobre la desaparición de Felipe Vallese) y narración ficcional; entre acontecimientos reales y situaciones ficticias1 . Como analiza Mariana Bonano, los personajes reales no sólo están presentes en los textos documentales, en la voz de sindicalistas militantes revolucionarios, como Raimundo Ongaro, o de “héroes anónimos” que han sido víctimas de la represión, como Mercedes o Italo Vallese; los hechos y los personajes de la realidad irrumpen en la ficción y dialogan con los personajes ficticios. En cuanto a la referencia a acontecimientos reales, se recrea el Congreso Cultural de La Habana de 1968 y la discusión acerca del papel del intelectual en los procesos revolucionarios (Bonano, 2001); también se hace referencia al caso Felipe Vallese, a la muerte de Vandor y a la explosión de los supermercados Minimax.
La novela se estructura, entonces, como una gran crónica en la que se engarzan la crónica acerca de las historias de los personajes ficcionales, Marcos, y sus amigos Mateo, Simón, Lucas, etc., que son intelectuales comprometidos; y las crónicas de Ongaro, Walsh y Barraza sobre la lucha de los sindicatos combativos y las organizaciones populares.
La crónica en la que se despliega la historia de Marcos, un periodista militante perseguido, es la de un grupo de intelectuales y artistas que discuten los temas centrales de la cultura de izquierda en esos años: la contribución de los intelectuales-artistas a los procesos revolucionarios, la contradicción entre la carrera exitosa y el compromiso militante, la legitimidad social de las producciones culturales, las condiciones para la revolución, el rol de las vanguardias políticas. De este modo, las conversaciones compartidas por estos personajes muestran los debates afrontados por los hombres y mujeres de la cultura de la época, lo cual habilita una posibilidad de lectura según la cual estas polémicas constituyen documentos, es decir, testimonios sobre la experiencia colectiva de los intelectuales argentinos y latinoamericanos. En ese sentido la crónica urondiana permite percibir la dimensión subjetiva, a la vez que la posición de los sujetos ante las condiciones heredadas del pasado, los entrecruzamientos entre el pasado y el presente, lo subjetivo y objetivo, lo individual y lo colectivo, los comportamientos, acciones, pasiones, resistencias, sentimientos, percepciones, anclados a la subjetividad de los sujetos/personajes. Entre las numerosas conversaciones que se encadenan en la historia de Marcos se puede citar la siguiente:

-¿ Te acordás cuando Simón estuvo con el Che?
Gaspar no tenía noticias de que lo hubiera conocido. Sin embargo habían estado conversando un rato largo. El Che lo escuchó atentamente y Simón siguió explicando que él escribía para favorecer, en la modesta medida de sus posibilidades, el proceso revolucionario. Cuando terminó, el Che le admitió que él también antes pensaba igual que Simón; que desarrollando una medicina social en todos los planos, favorecía al proceso. Que sólo bastaba hacer las cosas de la manera mejor posible. Pero esto era parcialmente cierto, porque luego se fue dando cuenta que, de la única manera en que se podía realmente aportar al proceso revolucionario, era haciendo la revolución.
-¿Y Simón qué dijo?
      - No sé (Urondo, 2000 (1972): 140)

Urondo construye un documento recuperando las conversaciones, polémicas y confrontaciones de los grupos artísticos, políticos, periodísticos en los que participaba. Esa relación entre el relato y lo vivido, da cuenta de una experiencia puesta en el orden del discurso que configura un testimonio de la vivencia colectiva. Los personajes de Los pasos previos, reales y ficcionales se encuentran en ese tejido de conversaciones que constituían el universo de los discursos de los setentas y los recrean posibilitando la emergencia de un testimonio de una época. En términos de Giorgio Agamben, quien testimonia es aquel que ha atravesado un proceso histórico acerca del cual relata (Agamben, 2000); y es en esa articulación de enunciados, inscriptos en una doble pertenencia de lo individual y de lo colectivo, que la recuperación de esa experiencia común se constituye en narrativa testimonial. Asimismo, Adriana Falchini señala que cuando los personajes convierten los temas de las conversaciones privadas en “cosa pública”, se transforman “en sujetos colectivos de un acontecer político que atraviesa la vida en todos los sentidos: político, familiar, afectivo, profesional. El cronista [Urondo] está ahí, muy cerca de los personajes, y eso le permite contar lo que piensan y sienten” (Falchini, 2009: 181). Siguiendo la interpretación de Falchini, considero que este modo de producir un documento-testimonio sobre lo experimentado como generación de intelectuales lleva las huellas de la escritura periodística de Urondo, muchas veces empeñado en dar carácter documental a sus notas y reportajes a través del registro del diálogo entre las voces que circulan en la sociedad (Cfr. Capítulo 6).
            Ahora bien, la crónica de la historia de Marcos se desarrolla en diálogo con la crónica de las luchas sindicales relatadas en los documentos y trabajos periodísticos producidos por Ongaro, Walsh y Barraza. El relato ficcional, repleto de intersticios por los que se cuelan situaciones y conversaciones propias del universo experiencial de los setentas, se vincula también dialógicamente con la crónica de las luchas populares, que se intercala entre los capítulos de la novela. Así, los fragmentos de documentos políticos e investigaciones periodísticas se configuran como un texto que se hilvana reconstruyendo la memoria del proceso de agudización del conflicto social en Argentina, proceso sobre el cual se despliega la discusión llevada adelante por los personajes a lo largo de los capítulos. Esa memoria de la lucha de las clases subalternas ensambla acontecimientos significativos para los sectores contrahegemónicos, conformados por militantes y combatientes (trabajadores e intelectuales revolucionarios), bajo la forma de relatos que recuperan y documentan el proceso de la protesta, la organización y enfrentamiento contra el régimen, en un tiempo muy cercano al desarrollo de los hechos. Son escritos para ser publicados de forma urgente, para intervenir como una herramienta en los conflictos por los que atraviesan esos grupos sociales, buscando producir efectos en el marco de una pugna constante. Por tanto, responden a la urgencia2 reclamada por un discurso “de trinchera”, que se produce en el marco del conflicto, contra la represión, la tergiversación y el silenciamiento operados desde la burocracia sindical (vandorismo), la prensa oficial y los sectores dominantes:

El 1º de mayo de 1968 la CGT de los Argentinos lanzó un “Mensaje a los Trabajadores y al Pueblo”, que inmediatamente alcanzó fuerza programática y empezó a llamarse, en efecto, Programa 1º de Mayo.
Este programa iba a presidir en 1968 y 1969 no sólo las luchas propias del movimiento obrero, sino las acciones de amplios sectores convocados para enfrentar a la dictadura, la oligarquía y el imperialismo. (...)
El gobierno y los diarios del régimen trataron de minimizar estos episodios en que participaron más de treinta mil personas y dejaron setecientos detenidos. Pero el “congelamiento” de que hablaba Ongaro estaba quebrado. Los actos del 1º de mayo de 1968 fueron el primer eslabón del proceso que no han querido ver los que hablan del “cordobazo” como un estallido imprevisto y espontáneo (Urondo, 2000 (1972): 169).

El formidable sacudimiento que recorre todo el país no podrá ser detenido por la astucia, por la traición ni por la fuerza. Sobre la sangre de los muertos de Corrientes, Rosario, Tucumán y Córdoba, sobre la resistencia de petroleros, gráficos, ferroviarios, trabajadores de la carne, metalúrgicos, mecánicos del interior, unidos con los estudiantes, los movimientos populares y la Iglesia de los pobres, con los argentinos que sienten y viven el dolor de nuestra tierra se está constituyendo la unidad en la lucha (Urondo, 2000 (1972): 338).

 

Asimismo, la crónica de la historia del personaje ficcional, Marcos, también se articula desde la urgencia, puesto que es encarcelado, torturado, desaparecido. En una sesión de tortura le dirá a Cabrera, quien lo ha perseguido hasta París: “- Se supone que nosotros tenemos que decir la verdad, en cambio ustedes tratan de ocultarla, o descubrirla para que sea eliminada o ahogada. – Es muy interesante charlar con usted. Fíjese que está lastimado y sin embargo, aquí lo tienen, conversando como si nada” (Urondo, 2000 (1972): 252). En un momento de supremo peligro, el personaje de Marcos hace alusión a una necesidad de narrar “la verdad” de los acontecimientos que intentan ser obturados por el régimen político. Lo mismo ocurre hacia el final del capítulo “La Huida”, cuando Simón decide exiliarse ante la certeza de que “nos van a matar a todos” y mantiene una conversación con Palenque sobre su situación:

Sabía que no se puede detener la historia y que nosotros estamos de su lado, pero a veces tocándola, viéndola de cerca, la historia, o al menos “ese pedacito que podemos ver de la historia, parece una cosa de locos, un imposible, ¿te das cuenta? (...)
-¿Cuándo te vas?
- Pasado mañana sale mi barco, ya hice la reserva.
- Hacés bien en irte. (...)
- No tengo la menor idea de lo que voy a hacer.
- Contá: hacé lo que hacían Marcos y Juan, lo que hacen Lucas y Mateo: contá.
- ¿Qué querés que cuente?
- Lo que pasa, lo que te pasa. Por qué te has ido de tu país, eso vas a saber hacerlo, y será necesario (Urondo, 2000 (1972): 377-378).
 

Los personajes de la ficción, al igual que los militantes de las luchas documentadas por Ongaro, Walsh y Barraza, producen testimonios, rescatan documentos sobre la situación histórica que atraviesan, recogen proclamas, discursos políticos, crónicas y experiencias vivenciadas colectivamente. Los personajes de ficción, de manera no casual, llevan el nombre de los cuatro evangelistas, testigos y relatores de la vida de Cristo. Los militantes, a través, a través de sus testimonios, posibilitan la construcción de un conocimiento histórico que tiene como punto de partida el reconocimiento del estado de emergencia en el que se encuentran los que luchan contra la dominación (Williams, 2002).
La novela-testimonio busca contar lo sucedido para recomponer la memoria y desenmascarar al enemigo, a la vez que otorgar significado a la propia lucha. En ese sentido, Urondo sitúa su tiempo en “esa etapa revolucionaria que comienza un poco antes de 1966 y que culmina con el Cordobazo, en el 69” y se refiere al contexto de producción del texto como “momentos en que la presión política es grande y el pasaje de un tipo de sociedad a otra pareciera inevitable en estos países”. La atmósfera de la época en que el autor escribe la novela está presente en el universo de significaciones que recorre las crónicas sostenedoras del relato. Lo que se relata se inscribe en la experiencia de un instante de peligro, la militancia revolucionaria, elcombate, la persecución, la cárcel, la represión que genera la necesidad de una narración urgente. Por decirlo a la manera de Benjamin, las narrativas testimoniales configuradas en Los pasos previos se adueñan de la experiencia vivida en los colectivos militantes de los setentas “tal como ésta relampaguea en un instante de peligro” (Benjamin, 1982: 108). El testimonio aparece, entonces, como un modo de conocimiento de la propia historia que deriva de una urgencia vital. Se trata de una narración urgente que necesariamente debe ser articulada para oponerse al ocultamiento, al silencio, al olvido y para contribuir a los procesos de lucha. Es la urgencia de un relato que debe ser pronunciado para reestablecer un saber obturado y significativo para los colectivos sociales comprometidos con la transformación revolucionaria, a los cuales ese conocimiento les ha sido sustraído. Un saber, que inscripto en el espacio de lo público, transformado en “cosa pública” (Falchini, 2009), constituye una intervención sobre la realidad histórica y logra anudar, mediante el ejercicio de esa praxis narrativa, escritura y acción. Como Urondo planteaba en una de sus declaraciones, que podríamos considerar programática, “los compromisos con las palabras llevan o son las mismas cosas que los compromisos con las gentes” (citado por Montanaro, 2003: 104). En la novela de Urondo, las crónicas históricas y las crónicas ficcionales dialogan desde el lugar de la urgencia, y en virtud de ello, rescatan la experiencia colectiva atravesada en una situación de riesgo dada por la lucha revolucionaria. Componen así un relato que se hace cargo de la historia vivida y de los procesos sociales en curso configurando una memoria política que lleva inscriptas la marcas de la experiencia común y de sus “sentidos” (Falchini, 2009). Se configura, de este modo, un “documento vivo” acerca de la realidad, articulado en ese instante de peligro, que se presenta para los sectores en lucha como riesgo y oportunidad de la transformación revolucionaria de la sociedad y la cultura.


1 En una fecha muy cercana a la publicación de Los pasos previsos, otro escritor-intelectual de la época, Julio Cortázar, publica Libro de Manuel en 1973. Esta novela comparte con la de Urondo la técnica narrativa de intercalar con el texto ficcionalizado noticias de periódicos, u otros documentos, que ilustran la atmósfera que rodea las peripecias de La Joda (un grupo que desde Europa pretende luchar contra las dictaduras establecidas en Latinoamérica y sustentadas por la CIA). Nilda Redondo (2005a) señala algunas similitudes entre la poética que propone Cortázar en este texto y “la concepción experimental, de montaje que Walsh considera debe tener la literatura”. La observación resulta interesante, pero, en mi entender, Libro de Manuel establece un diálogo, sí con los libros testimoniales de Walsh, pero principalmente con la novela de Urondo. Un estudio sobre el particular, costituiría un aporte a las investigación sobre la literatura testimonial Argentina, no obstante, excede los propósitos de esta tesis.

2 La utilización que realizo del término “discurso de urgencia” o “narración de urgencia” es deudora de los trabajos de Jara y Vidal (1986) y de John Beverley (1989). Estos críticos coinciden en que el testimonio del setenta constituye una “narración de urgencia” que nace de esos espacios donde las estructuras de la normalidad social comienzan a desmoronarse por una razón u otra. Al respecto Beverley sostiene que debe existir una urgencia en la situación que el testimonio narra, “un problema de represión, pobreza, subalternidad, prisión, lucha por la sobrevivencia....” (Beverly, 1993 (1989)) concordando con René Jara quien ve en el testimonio “una narración de urgencia”, una historia que es preciso contar” (Jara, R. y Vidal, H., 1986).

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