RODOLFO WALSH Y FRANCISCO URONDO, EL OFICIO DE ESCRIBIR

Fabiana Grasselli

CAPÍTULO I

Una propuesta de lectura para el campo intelectual argentino en los años sesentas y setentas

 

...en la medida en que la literatura se produce dentro de una órbita más amplia,
 que es la de una determinada cultura en un determinado período histórico,
 es este campo específico el que interesa interrogar
tratando de ver sus vinculaciones con la producción de la obra de arte.

Ángel Rama, “Rodolfo Walsh: la narrativa en el conflicto de las culturas” (1974)

 

En la base de nuestro análisis está la convicción de que toda obra literaria
 tiene internamente un carácter sociológico. En ella se cruzan las fuerzas sociales vivas,
 y cada elemento de su forma está impregnado de valoraciones sociales vivas.

Mijail Bajtin, “Problemas de la poética de Dostoievski” (1936)

 

           

1. Para leer las relaciones entre cultura y sociedad

           
            Una de las ideas nodales que vertebran esta tesis se desarrolla a partir de la hipótesis de que las trayectorias y producciones escriturales de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo se despliegan en un juego complejo de relaciones configurado de modo dialéctico entre los planos económico, social, político y cultural propios de la época. En la línea de esta idea, he juzgado imprescindible hacer una serie de interrogaciones al campo intelectual en el que esos itinerarios y discursos se trazan y se producen, considerando que algunos de sus rasgos están profundamente marcados por la especificidad del período histórico de los sesenta/setenta en Argentina. Para ello ha sido necesario organizar un conjunto de herramientas conceptuales que articulan aquellas interrogaciones y visibilizan las relaciones entre la sociedad argentina de las décadas del sesenta y setenta y las características del campo intelectual.
            En este sentido, el abordaje de los vínculos entre los procesos socio-políticos del período que nos ocupa y las formaciones culturales que intervienen en la configuración del campo intelectual argentino requiere, a los fines de este trabajo, algunas consideraciones de tipo teórico y metodológico.             Una que juzgo fundamental está dada por lo que puede considerarse la utilización de un enfoque múltiple, a partir del cual la relación entre cultura y política en las décadas del sesenta y setenta en Argentina debe pensarse como una urdimbre de hilos tejida a partir de acontecimientos históricos, procesos sociales; trayectorias, transformaciones y conflictos del campo intelectual; actores, organizaciones y regulaciones de la institución literaria; discursos de circulación social, tensiones entre la cultura llamada culta y popular. Más precisamente he procurado atender a una perspectiva capaz de considerar las articulaciones y tensiones entre procesos económicos, políticos y culturales buscando ubicarme en una posición capaz de considerar la relativa autonomía del campo cultural a la vez que sus nexos con los procesos sociales, económicos y políticos.
            Con respecto al encuadre teórico específico, la perspectiva proporcionada por las conceptualizaciones provenientes de los Estudios Culturales constituye una mirada que revela la historicidad de las producciones y prácticas culturales, y por lo tanto, la necesidad de explicarlas en relación con los procesos políticos y sociales de los diversos momentos de la historia 1. Sin duda, este trabajo es deudor de dicha perspectiva, principalmente de los aportes de Raymond Williams, quien señala que la relación entre cultura y sociedad va adquiriendo particulares configuraciones en sociedades y períodos históricos determinados 2. Asimismo, Williams establece que los análisis de las instituciones y formaciones específicamente culturales implican visibilizar las relaciones existentes entre éstas, las características estructurales de una sociedad determinada en un período concreto, los medios materiales de producción cultural y las formas culturales propiamente dichas (Williams, 1981: 14-23) 3.
            En esta línea, el abordaje de las prácticas y producciones culturales constituye una exploración que tiene en cuenta la existencia de un orden social dentro del cual una cultura, por el sistema de significados y valores que constituye, por sus estilos artísticos y sus formas de trabajo intelectual, se considera como producida en un sistema fundamentalmente constituido por otras actividades sociales. Sin embargo, si bien las prácticas culturales son producidas dentro de un orden social, no se consideran meramente derivadas del mismo, sino que son elementos que constituyen este orden social. Por ello, en tanto imbricadas en los procesos de una sociedad, las prácticas y producciones culturales se desarrollan en una tensión surgida del hecho de que son constitutivas del proceso social, y a su vez, están determinadas por el mismo. En este sentido, la “sociedad”, entendida como un proceso constitutivo, ejerce determinaciones que se expresan en las formaciones sociales, culturales, económicas y políticas. No obstante, estas determinaciones están configuradas según un desarrollo complejo e interrelacionado de límites y presiones que se desenvuelve en el propio proceso social en su totalidad (Williams, 1980: 107). Esta concepción teórica reconoce lo insoslayable de mantener una preocupación por las articulaciones histórico-sociales o político-económicas de los procesos culturales, reconociendo que las mismas están mediatizadas o “sobredeterminadas”4 . Las producciones y prácticas culturales, o en términos más generales, la cultura, es considerada aquí como un sistema significante a través del cual un orden social se comunica, se reproduce, se experimenta y se investiga (Williams, 1981: 12-13). Aquí cabe aclarar que esta idea de cultura abarca un dominio en el que están incluidos dos sentidos: a) la cultura en términos de campo cultural, esto es, la cultura como modo de vida yb) la cultura en términos de campo intelectual, como espacio específico de producción de bienes culturales, así como de discursos, donde la función simbólica prevalece. Esta última acepción involucra las relaciones sociales de los productores culturales, quienes serían tanto los intelectuales como los artistas (Williams, 1980:23-31) organizados en formaciones culturales.
            Dentro de estos desarrollos teóricos, las categorías de formaciones sociales y culturales posibilitan recolocar las prácticas y producciones culturales como constituidas y constitutivas del proceso social total entendido como una experiencia histórica activa. La idea de experiencia que asumo remite a los aportes de los intelectuales ingleses pertenecientes al círculo de Birmingham, Edward P. Thompson (2000) y Raymond Williams (2001), que la conceptualizan como una dimensión que permite percibir los modos de agencia política de la clase obrera frente a las condiciones heredadas del pasado, en la cual se entrecruza el pasado y el presente, lo subjetivo y objetivo, lo individual y lo colectivo. Esta noción de experiencia también remite a comportamientos, acciones, pasiones, resistencias, sentimientos, percepciones, es decir a una gama amplísima de registros del mundo anclados a una subjetividad atravesada por la relación pasado-presente en el marco de un terreno no elegido, marcado por las circunstancias históricas (Thompson, 2001; Williams, 2000).
Durante los años setentas Williams se había acercado al pensamiento de Gramsci e incluido entre sus preocupaciones el tema de la hegemonía. Así, conceptualiza a la hegemonía como un proceso histórico, siempre cambiante y en movimiento en el que las prácticas culturales –que pueden ser dominantes, residuales o emergentes- se realizan mediante las tradiciones, las instituciones y las formaciones de una cultura.
            Esta concepción se basa en el supuesto de que las formaciones sociales (formas de organización social) están compuestas por conjuntos de instituciones consagradas a actividades especiales. Estos conjuntos de instituciones pueden ser asignados a diversas esferas del proceso social definidas de varias maneras, convencionalmente, las esferas política, económica, social y cultural (Williams, 1980; Williams, 1981). En el ámbito cultural las formaciones son más reconocibles como tendencias o movimientos efectivos en la vida intelectual y artística (movimientos literarios, artísticos, filosóficos o científicos), los cuales tienen influencia significativa sobre el desarrollo activo de una cultura y presentan una relación variable y a veces solapada con las instituciones. Podría decirse que las formaciones culturales permiten, en función del estudio de las relaciones sociales propias de la actividad cultural, comprender, por una parte, las relaciones entre “productores culturales” e instituciones sociales y culturales identificables, y por otra parte, las relaciones en las que los “productores culturales” han sido organizados o se han organizado a sí mismos, es decir, sus formaciones. En esa línea, Williams entiende que a diferencia de las instituciones, las formaciones de una cultura son reconocibles como tendencias que no pueden ser plenamente identificadas con las instituciones formales. Tales formaciones permiten delimitar tendencias alternativas y residuales que podrán (o no) devenir instituciones (Williams, 1980: 141-142) No obstante, Williams también advierte que esta distinción es de índole operativa y busca hacer posible cierta variedad de enfoque en la cuestión relativa a las relaciones sociales efectivas de la cultura sin negar los nexos significativos que se dan entre las formaciones culturales y las instituciones. Tomando como supuesto la explicación precedente, utilizaré en este trabajo la categoría de formaciones culturales en su formulación más amplia, aquella que se refiere a las organizaciones culturales sin excluir relaciones institucionales ni formacionales (Williams, 1981: 32-33).
            En función de estas posiciones teóricas, cabe señalar que mi investigación asume la idea de que existe una relación de determinación entre economía, política y cultura, sin embargo esto no implica suponer que los bienes simbólicos correspondan, a la manera de reflejos (fieles o distorsionados) a las condiciones materiales de existencia, sino que supone una cierta insistencia en registrar las determinaciones materiales del pensamiento, determinaciones que proceden de las condiciones de las formaciones sociales y culturales, pero también de las prácticas, las experiencias, las inercias de las tradiciones intelectuales de una sociedad particular en un momento histórico específico a la manera de límites y presiones (Cfr. Williams, 1980).
            Otras herramientas teóricas enriquecen esta serie de planteos que fijan su atención en el vínculo entre economía, política y cultura para responder a la finalidad de abordar la inusitada politización del campo intelectual en los años sesentas y setentas en Argentina. Dichas herramientas provienen de los trabajos de Pierre Bourdieu (1983; 1995) y Antonio Gramsci (1960) quienes han desarrollado explicaciones en torno al lugar de los intelectuales en la sociedad señalando una doble implicancia: la posición del intelectual en relación con la cultura y su posición en relación con el poder.
            Ha sido particularmente útil el concepto de campo intelectual (Bourdieu, 1983) como primer horizonte para identificar tensiones y conflictos estético-políticos, así como las lógicas socioculturales en las que estos se desenvuelven. Lo que Bourdieu denomina campo intelectual es considerado como un espacio social diferenciado que posee sus propias lógicas y sus sistemas de relaciones internas. La lógica del campo establece las formas específicas de acumulación de capital simbólico a la vez que las condiciones para la conformación del habitus de sus actores estableciéndose, además, en tensión/ articulación con las relaciones históricas en el campo de la política y el poder. No obstante, el campo intelectual se vincula a la sociedad en su conjunto a partir de un primer modo de organización en el que adquieren sentido los productos culturales, las trayectorias artísticas, las decisiones de los productores culturales, incluyendo como participantes a productores de bienes culturales y de discursos, es decir, intelectuales, científicos y artistas; así como a las instituciones en las que se inscriben.
            Dadas sus lógicas específicas, el campo constituye un espacio de lucha y competencia, en el que cada uno de los miembros ve restringida la acción individual, en la medida en que está inserto en una organización que posee una legalidad particular y propia, y a su vez vinculada a los procesos generales de la sociedad. En virtud de esto, la noción de campo permite establecer una sociología de los intelectuales que puede dar cuenta de las diversas alternativas en función de las coyunturas históricas, políticas, económicas y sociales en las que el campo funciona en cada momento dado (Gilman, 2003). Dicho de otro modo, las formas de configuración de lo que Bourdieu llamaría la autonomía relativa del campo intelectual dependen, en buena medida, de condiciones históricas, políticas y sociales; por lo tanto el análisis del mismo debe partir explícitamente de una relación situada capaz de dilucidar los procesos históricos de configuración, constitución, institucionalización y rupturas de los grupos que lo conforman. Este tipo de análisis permite mantener una tensión dialéctica productiva entre procesos sociales y formaciones culturales, como dimensiones relacionales que adquieren valor en una situación histórica determinada. En este sentido, Pierre Bourdieu advierte que:

“Las luchas internas están en cierto modo arbitradas por las sanciones externas. En efecto, pese a que sean en gran medida independientes de ellas en su principio (es decir en las causas y en las razones que las determinan), las luchas que se desarrollan dentro del campo literario dependen siempre, en su conclusión, fasta o nefasta, de la correspondencia que pueden mantener con las luchas externas (las que se desarrollan en el seno del campo del poder o del campo social en su conjunto) y los apoyos que unos y otros pueden encontrar entre ellas” (Bourdieu, 1995:375).

            Lo importante de la contribución de Bourdieu es que, al desacralizar las prácticas intelectuales, proporciona instrumentos que permiten remitir los actos de los intelectuales a las reglas profanas de un juego social (Sarlo, 1993). Del mismo modo, las reglas internas del campo, que no son producto de una creación deliberada sino que tienen su correlato en los conflictos culturales y políticos, asignan valor a algunas cartas consideradas como cartas maestras cuya fuerza varía según los estados sucesivos del campo (Bourdieu, 1983).
            En las décadas que nos ocupan la relación entre cultura y política producía efectos sobre el conjunto del campo privilegiando temas, autores, formatos, que no serán los mismos que predominen en otros momentos históricos. En ese sentido el campo opera como el espacio en el cual se producen las experiencias singulares de los sujetos y lo hace a la manera de límites y posibilidades para la realización de los recorridos singulares que llevarán a cabo los grupos de intelectuales y artistas en el interior de lo que Raymond Williams llamaría formaciones culturales.
            Según este modelo explicativo, en los sesentas/setentas, se constata como rasgos sobresalientes del campo intelectual argentino la centralidad de la política en los debates culturales y un desplazamiento, en una franja importante de intelectuales contestatarios, desde posiciones críticas hacia posiciones revolucionarias5 . En esa particular configuración de las formaciones culturales se privilegia un conjunto de discusiones axiales constituidas por dos zonas de tensiones ligadas a las preocupaciones ideológicas propias de los intelectuales de izquierda en franco proceso de radicalización: a) la noción problemática de la figura del artista, el intelectual y de la función social del arte, b) la cuestión de los criterios legitimadores de una estética para la revolución.
Las preocupaciones, los debates, las prácticas de los hombres y mujeres de la cultura de esos años, tematizaron y dieron forma a estrategias de producción de discursos e intervenciones en las cuales el horizonte de las luchas sociales y políticas adquiría cada vez mayor peso. En este sentido, me ha resultado ineludible el aporte de la obra de Gramsci en lo relativo al papel de los intelectuales (Gramsci, 1960; 1986). Las conceptualizaciones gramscianas sobre la función de los intelectuales son significativas porque reconocen la posibilidad de producción de estrategias culturales y políticas para las alianzas entre intelectuales y clases sociales, tanto en un sentido de construcción de la hegemonía como de la contra-hegemonía. Incorporar la idea de “organicidad” de los intelectuales en relación a una clase resulta productivo para abordar el campo intelectual en un momento histórico en que no pocos grupos de artistas e intelectuales se involucraron en proyectos políticos que suponían pensarse a sí mismos como aliados de un sector social en lucha por la transformación del orden establecido.


1 Según Eduardo Grüner, parece haber un consenso generalizado que fecha el inicio de los así llamados “Estudios Culturales”, o bien, “Sociología de la Cultura” en la Inglaterra de 1956, coincidiendo con el desencanto posterior al XX Congreso del PCUS y a la invasión rusa de Hungría. Intelectuales como Raymond Williams, William Hoggart, E. P. Thompson y Stuart Hall iniciaron, por esas fechas, un movimiento de toma de distancia del marxismo dogmático dominante  en el Partido Comunista británico, para adoptar lo que ellos mismos llamaron una versión “compleja” y crítica de un marxismo culturalista más atento a las especificidades y autonomía de las antiguas “superestructuras”, incluyendo el arte y la literatura (Grüner, 1998: 19-20). Esta tradición teórica se vincula con otras tradiciones europeas de marxismo occidental y crítico representadas por los nombres de Gramsci, Benjamin, Bajtín, Althusser, Lukács, Adorno, Marcuse, Sartre. De las herramientas teóricas proporcionadas por estas tradiciones se nutre mi trabajo.

2 Me parece importante señalar que el marco teórico de esta tesis se distancia de los Estudios Culturales estadoaunidenses y latinoamericanos, y también de los llamados Estudios de Cultura y poder (Mato, 2001).

3 El mismo Raymond Williams reconoce en Cultura. Sociología de la comunicación y del arte que su vocabulario para referirse a lo que denomina “formas” es limitado y confuso. No obstante aquello que entiende por “formas culturales” abarca lo que, desde otras perspectivas teóricas, es definido como géneros, modulaciones discursivas, formatos artísticos.

4 Raymond Williams en su trabajo Marxismo y Literatura (1977), se ocupa del concepto de determinación a propósito de su argumentación en torno de las articulaciones que la teoría marxista de la cultura debe ser capaz de establecer entre dos proposiciones nodales: la proposición base/superestructura y la proposición de que el ser social determina la conciencia. Partiendo de la marxiana “metáfora arquitectónica” del esquema base (económica)/ superestructura (ideológica, jurídico-política, estética, etcétera) se pregunta si ¿es posible volver a un sentido de la “determinación” considerada únicamente con la experiencia de “límites objetivos”?. Al recoger esta pregunta es cuando plantea como fundamental un concepto pleno de determinación, puesto que en la práctica, afirma Williams, “la determinación nunca es solamente fijación de límites; es así mismo el ejercicio de presiones” (Williams, 1980: 107). A este tipo de determinación le denomina “sobredeterminación” y la define en los siguientes términos: “En toda sociedad total, tanto la relativa autonomía como la relativa desigualdad de las diferentes prácticas (de las diferentes formas que asume la conciencia práctica) afectan de modo decisivo el verdadero desarrollo y lo afectan como determinantes a modo de presiones y límites” (Williams, 1980: 108).

5 Quisiera incluir un comentario tomado del estudio de Silvia Sigal, Intelectuales y poder en la Argentina. La década del sesenta, el cual me parece particularmente pertinente a los efectos de dar cuenta de la dificultad y, al mismo tiempo, de la productividad que comporta la funcionalización de las herramientas teóricas presentadas: “Entonces: en una sociedad como la Argentina, donde las instituciones intelectuales interesaron con tanta frecuencia a los gobiernos, es indispensable examinar la interacción entre cultura y política vistas como esferas separadas. Pero es necesario al mismo tiempo distinguir este análisis de otro, interesado en los intelectuales, que tiene un punto de partida exactamente opuesto: el carácter mixto de lo cultural y lo político. Tan importante para nosotros como la dinámica del espacio cultural, esta segunda perspectiva nos permitirá seguir el itinerario político e ideológico de grupos intelectuales” (Sigal, 2002: 9).

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