Tesis doctorales de Ciencias Sociales

PROBLEMAS AMBIENTALES Y CONFLICTO SOCIAL EN ARGENTINA: MOVIMIENTOS SOCIOAMBIENTALES EN MENDOZA. LA DEFENSA DEL AGUA Y EL RECHAZO A LA MEGAMINERÍA EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI

Lucrecia Soledad Wagner




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CAPÍTULO 6: PERFIL HISTÓRICO Y PRODUCTIVO DE UNA PROVINCIA CUYANA: ENTRE EL DESARROLLO AGRÍCOLA Y LA INCURSIÓN EN LA MINERÍA

“…Se trata de mega minería;

Es contaminante;

Está protegida con exenciones fiscales;

No hay control estatal eficiente;

No hay transparencia política;

Descreimiento en las opiniones científicas.

La defensa del agua es el eje…”

(Aldo Rodríguez Salas, 2009)

6.1. MENDOZA DESDE SU HISTORIA PRODUCTIVA

Los primeros asentamientos en lo que hoy es el espacio mendocino se realizaron a lo largo de los cursos fluviales, debido a su alta dependencia del recurso agua. Antes de la llegada de los españoles fueron dos los grupos allí radicados: los “Huarpes” al norte y los “Puelches” al sur. Los primeros se asentaron principalmente en los valles de Güentota (actuales ciudades de Mendoza y Luján de Cuyo) y Uco (actuales departamentos de San Carlos, Tunuyán y Tupungato), mientras que los segundos habitaban hacia el sur del río Diamante. Estos grupos desarrollaron un sistema de irrigación, desviando las aguas de los ríos Mendoza y Tunuyán con pies de gallo y taludes y conduciéndolas a través de canales (DGE-GM). Dado el carácter pacífico y organizado de estas poblaciones, fueron incorporadas por los conquistadores bajo el sistema de encomiendas (Ferrer, 1963).

Entre el siglo XVI y fines del siglo XVIII se dio lo que Aldo Ferrer denomina “etapa de las economías regionales de subsistencia”, caracterizada por la existencia de varios complejos económico-sociales, en las distintas regiones del país, que producían básicamente para el consumo interno y a muy bajos niveles de productividad (Ferrer, 1963). En la primera etapa del período colonial, lo que hoy es la Nación Argentina dependía del Virreinato del Perú y el territorio provincial estaba ligado a la Audiencia General de Chile. Mendoza, fundada en 1562, contaba con una posición estratégica en el sistema de comercio y comunicaciones del extremo sur del continente.

La relevancia de esta unidad administrativa consistió en la consideración como un todo de las regiones comprendidas a ambos lados de la cordillera, por lo que las actividades productivas estuvieron determinadas por las necesidades chilenas, siendo rentables la producción de pasturas y ganado (DGE-GM). Los primeros asentamientos de población europea provinieron de Chile a mediados del siglo XVI, y junto con estas primeras corrientes inmigratorias se introdujeron en la región los cultivos y la hacienda que habrían de desarrollarse posteriormente. La principal actividad se desenvolvió en torno a la producción agropecuaria. Se explotaron bajo riego los valles de las planicies orientales y la producción se concretó en la vid y los frutales. Los pastos secos y las pasturas en la zona de riego dieron pie a la producción de ganado bovino, ovino y caballar. Cuyo exportó al litoral y a las otras regiones argentinas principalmente vino, alcoholes y frutas secas (Ferrer, 1963).

La creación del Virreinato del Río de la Plata a fines del siglo XVIII reestructuró esta división administrativa transfiriendo toda la región de Cuyo a esta unidad con asiento en Buenos Aires. A partir de esta instancia, se fortaleció la relación con la ciudad porteña, sin que ello significara una disminución de los flujos hacia y desde Chile. Como ya fue mencionado, durante el período colonial dominó en Mendoza el cultivo de trigo, vid y frutas, y comenzaron a elaborarse harinas, vinos y frutas secas. Estos productos se vendían en primera instancia a Chile y al norte, destacándose los núcleos del noroeste como los más dinámicos de la época y luego a Buenos Aires y el litoral. La vitivinicultura se convirtió en el principal generador de riquezas y su principal mercado era Buenos Aires.

Una característica definitoria de las actividades agrícolas estuvo y está dada por la necesidad de riego. Como afirma Guillermo Flichman (1982) sin riego, la zona es un desierto. Este aspecto es destacado también por Rodolfo Richard Jorba: “…por estar situadas (Mendoza y San Juan) en la diagonal árida sudamericana, han estructurado sus economías en oasis agrícolas construidos y organizados por ciudades, en los que se concentra la población y se desarrollan los aspectos fundamentales de su vida social y económica…” (Richad-Jorba, 2006:21).

Con la apertura del Río de la Plata para el comercio colonial, y la importancia creciente de la ganadería del litoral como actividad orientada a la exportación, la producción de cueros y otros productos de la ganadería constituyeron una actividad que se fue integrando al mercado mundial. Este hecho, unido a la liberalización del régimen comercial español y a la independencia en 1810, permitió que el puerto de Buenos Aires pudiera aprovechar su ubicación geográfica y se convirtiese en punto de intermediación del comercio exterior. Por otra parte, en relación a la situación de las otras regiones de lo que hoy es Argentina, el nuevo papel de Buenos Aires enfrentó en medida creciente a las economías regionales prácticamente autosuficientes del interior con la competencia de la producción importada del exterior (Ferrer, 1963).

Respecto a Mendoza, en este período, la actividad vitivinícola sufrió las consecuencias de la nueva estrategia económica de las autoridades coloniales. Antes de la independencia, América Latina actuaba como proveedora de metales preciosos y materias primas, o proporcionando mercados de consumo. Le estaba vedada otra forma de crecimiento o de utilización de sus recursos (Brailovsky y Foguelman, 2006). También razones de índole internacional, como el libre comercio borbónico, las guerras de la independencia, las guerras civiles, la desprotección aduanera y la importación de vinos de calidad superior, modificaron la economía mendocina, provocando la desaparición de los viñedos y la proliferación de la alfalfa, que servía para el engorde y tenía a Chile como principal mercado consumidor. Es decir que “…a lo largo del siglo XIX y hasta mediados de la década de 1880, las producciones giraban en torno a la alfalfa, los cereales, el viñedo y los frutales, cultivos de raíz colonial que constituyeron la agricultura de los oasis…” (Richard-Jorba, 2006:22)

El modelo de acumulación basado en una agricultura mayormente subordinada al engorde de ganado para su exportación a un mercado único, localizado en el Valle Central y en el Norte Chico chilenos, y en una producción de cereales y harinas destinada a ser trocada por ganado en las zonas de cría del este del país, se expandió en consonancia con la demanda -principalmente de vacunos- del mercado trasandino, y al calor de cierta autonomía política de las provincias de Mendoza y San Juan, no sujetas todavía a un poder central que sólo se consolidaría partir de 1880. Posteriormente, la depresión internacional de 1873, que afectó profundamente a Chile, la extensión de la soberanía del moderno Estado Argentino sobre los espacios patagónicos y del noreste –luego de las campañas contra los pueblos originarios- y la rápida integración económica del territorio nacional, determinaron la reorientación productiva regional y el establecimiento de otro modelo de acumulación, plenamente capitalista, motorizado por la vitivinicultura (Richard-Jorba, 2006). “…Se debe destacar como un hecho positivo que la reconversión productiva de las décadas de 1870/1880 transformó a la provincia permitiendo, en primer lugar, su incorporación al modelo agroexportador de finales del siglo XIX y, en segundo lugar, un importante crecimiento de su economía que acompañó la evolución del mercado interno. Este modelo sacó a la provincia de un estancamiento económico importante que se había generado por la crisis del modelo ganadero exportador y de agricultura subordinada (como lo denominó Richard-Jorba) y le permitió diferenciarse del resto de las provincias de la región cuyana…” (Cerda, 2009:219).

Con la conformación de la República Argentina, y la posterior llegada del ferrocarril y de inmigrantes europeos con experiencia en labores agrícolas a fines del siglo XIX, dejaron de ser rentables para Mendoza las pasturas y el ganado y comenzó a crecer vertiginosamente el cultivo de la vid y la producción de vinos, determinando una nueva especialización productiva para la provincia (DGE-GM). En cuanto al ferrocarril, este fue el nexo de comunicación exclusivo entre los centros de producción regional de vinos y frutas y los mercados de consumo de las provincias interiores y el litoral con sus grandes concentraciones urbanas. Incluso formó parte de las principales cuestiones de las que se ocuparon los empresarios vitivinícolas –integrados en el “Centro Vitivinícola Nacional”-, quienes interactuaron con las compañías ferroviarias –especialmente el ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico- preocupados por alentar el consumo y abaratar los costos de transporte (Ospital, 2004).

Fue así como en Mendoza se remplazaron los alfalfares -símbolo de un sistema productivo orientado al mercado chileno- que ya no podían competir con las mejores condiciones de la región pampeana, por viñedos destinados a producir principalmente vinos para Buenos Aires y el litoral. A esto se sumó la promulgación de la “Ley de Aguas” en 1884, hecho que permitió un mejor uso del recurso hídrico y una organización que facilitó la expansión y mejora de los cultivos. Comenzó de esta manera a subdividirse la tierra en pequeñas parcelas de viñedos frente a las antiguas y enormes extensiones de trigo y alfalfa. La vid comenzó a cultivarse bajo criterios marcadamente capitalistas, con lo que aparecieron cada vez más bodegas como motores de la producción de vid, y se hizo dominante el binomio bodega-viñedo en los oasis mendocinos (DGE-GM).

En el período 1880-1914 la provincia de Mendoza se adaptó y se incorporó al modelo agro-exportador de materias primas pampeanas. Esta incorporación, basada en la producción de vinos destinada al mercado interno, le permitió tener un lugar importante en el entramado político e institucional de la Argentina moderna. Pero desde comienzos del siglo XX la economía provincial comenzó a mostrar algunos indicios de inestabilidad asociados a las crisis recurrentes de sobreproducción y subconsumo que afectaron a la vitivinicultura (Cerdá, 2009).

La producción vitivinícola sirvió como correa de transmisión al desarrollo provincial, permitió a la provincia diversificar su tradicional mono-producción vitivinícola, a la vez que crecía el consumo interno. Al comienzo la diversificación se dirigió principalmente hacia las industrias de conservas de alimentos, apoyadas por la política provincial y nacional. En 1931 y con la intervención del Estado, surgió con gran dinamismo la producción petrolífera. También se desarrolló la industria química, y en sintonía con el país, crecieron las industrias livianas destinadas al mercado interno (DGE-GM).

También resulta indiscutible el peso de la inmigración europea en la expansión del viñedo, en la elaboración de vinos y en el surgimiento de un “brote industrial” destacado en la metalurgia y la tonelería (Richard-Jorba, 2006). Se trató de industrias inducidas y derivadas, en muchos casos artesanales más que industriales. Se abrieron en Mendoza y San Juan talleres asociados con la reparación y producción de bienes para la vitivinicultura moderna. Mendoza superó a San Juan en la cantidad de talleres, hecho vinculado a la mayor extensión cultivada de vid, a la preponderancia en el número de bodegas y destilerías industriales y a su mayor peso demográfico, que acompañaron el rol organizador del espacio que asumió el núcleo mendocino (Pérez Romagnoli, 2006).

Este modelo económico que había determinado ese sistema de producción fue reemplazado de manera tajante a partir de 1976, con el inicio de la etapa de “modernización periférica”. El gobierno militar implementó una política de apertura económica y liberalización financiera. Pero sus consecuencias no trajeron de la mano las necesarias ganancias de competitividad, floreciendo la especulación financiera y el endeudamiento externo. En esos años, buena parte del aparato productivo se vio seriamente afectada y sólo una pequeña parte del sector industrial logró reconvertirse eficientemente. La producción industrial cayó fuertemente y se perdieron numerosos puestos de trabajo (Guadagni, 2000). Esta situación generó una contracción del mercado interno e incremento la crisis que sufrían las industrias que quedaban en pie, debido al bajo consumo nacional.

Hacia los ´90 se profundizaron las medidas impulsadas durante el gobierno militar, basando el modelo en cuatro pilares: apertura ilimitada al comercio internacional, aumento de las inversiones privadas, apoyo a la entrada de capitales financieros internacionales y flexibilidad laboral y de los marcos regulatorios. Con esto se fomentó la privatización de sectores económicos estratégicos, como por ejemplo el ferrocarril. Además, debido al alto valor impuesto al peso con relación al dólar, cerraron todas las industrias que no podían competir con productos importados que llegaban a precios muy bajos.

La ola de inversiones de los ´90 se difundió hacia todo el territorio, pero especialmente en el interior, donde estaban localizados los recursos naturales y no en las grandes ciudades, donde históricamente se había concentrado la industria por estar orientada al consumo interno (Guadagni, 2000).

En canto al modelo vitivinícola que caracterizó a esta economía regional, los profundos cambios arrancaron en la década de 1980, al compás de fuertes inversiones nacionales y del exterior destinadas a definir un nuevo perfil de la trama productiva. Estos cambios se perpetuaron en la década siguiente, caracterizándose por la extranjerización. En la década del 2000 se acentúa el proceso de transformación, con un acelerado proceso exportador, que tuvo como ciertos aspectos relevantes: por un lado, un ascenso en la radicación de capitales extranjeros y de grupos concentrados de la actividad o de otras actividades productivas en los distintos eslabones de la cadena productiva y; por el otro, la incorporación de tecnología altamente sofisticada para la producción de uva fina, manejo especial de su cuidado, de los métodos de regadío y de las técnicas de cosecha, entre otros. Todo ello, basado sobre un extenso listado de procesos económicos, sociales y ambientales que afectaron diferencialmente a los productores agrícolas. “…Ha ido impactando fuertemente sobre la supervivencia de los viñateros de menor dimensión y poder negociador durante todo el proceso de transformación tecnológica y económica de la cadena vitivinícola. Este fenómeno queda claramente identificado con la constante desaparición -o el peligro cierto de que ello ocurra- de una franja mayoritaria de tales productores…” (Rofman et al., 2008:111).


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