Tesis doctorales de Ciencias Sociales

PROBLEMAS AMBIENTALES Y CONFLICTO SOCIAL EN ARGENTINA: MOVIMIENTOS SOCIOAMBIENTALES EN MENDOZA. LA DEFENSA DEL AGUA Y EL RECHAZO A LA MEGAMINERÍA EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI

Lucrecia Soledad Wagner




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2.1.2. Conflictos social: debate sobre su conceptualización

Si se consulta el diccionario de la Real Academia Española, las definiciones de Conflicto que se encuentran son: Combate, lucha, pelea; Enfrentamiento armado; Apuro, situación desgraciada y de difícil salida; Problema, cuestión, materia de discusión; Coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos (desde la Psicología); Momento en que la batalla es más dura y violenta; En las relaciones laborales, el que enfrenta a representantes de los trabajadores y a los empresarios (conflicto colectivo).

Los conflictos que se abordarán en este trabajo –los conflictos socioambientales derivados de la minería a gran escala- son conflictos sociales y políticos, ya que implican luchas de poder, generalmente asimétricas, en torno a recursos naturales –denominados bienes comunes por las organizaciones socioambientales-. Parafraseando a María Da Gloria Gohn (1997), afirmamos que los movimientos sociales son expresiones de poder de la sociedad civil, y su existencia, independientemente del tipo de sus demandas, siempre se desenvuelve en un contexto de correlación de fuerzas social, siendo, por lo tanto, procesos políticos. Puntualizando así en el conflicto social y político (y dejando de lado el conflicto del individuo en el nivel psicológico), Bobbio, Matteucci y Pasquino afirman que “…Hay acuerdo sobre el hecho de que el conflicto es una forma de interacción entre individuos, grupos, organizaciones y colectividades que implican enfrentamientos por el acceso a recursos escasos y su distribución…” (Bobbio, Mateucci y Pasquino, 1991:298). En cuanto a la caracterización de lo que denominan recursos escasos, estos autores destacan que éstos se presentan bajo formas de poder, riqueza y prestigio. También hacen mención al territorio, y consideran que algunos recursos pueden desearse como fines en sí mismos y otros pueden servir para mejorar las posiciones en vista de nuevos y probables conflictos.

Es interesante destacar lo antes mencionado para el tema en estudio, ya que los recursos naturales –o bienes naturales comunes- pueden ser considerados recursos escasos cuya distribución genera conflictos de intereses y poder, y alrededor de los cuales coexisten diferentes lenguajes de valoración. Sobre estos aspectos avanza el economista catalán Joan Martínez Alier (2004), que denomina a estos conflictos “conflictos ecológicos distributivos”, y a los movimientos sociales que surgen de éstos “ecologismo popular” o “ecologismo de los pobres”, perspectiva que será abordada posteriormente en este trabajo. Asimismo, veremos también en el Capítulo 5, cómo las luchas populares de carácter socioambiental en Argentina y en Latinoamérica, tienen un fuerte anclaje territorial.

Continuando la discusión sobre la definición de “conflicto”, también se caracteriza como “…una situación en la que coexisten, entre personas y/o grupos, algunos fines, intereses, valores, deseos, etc., incompatibles o, al menos, la percepción de la incompatibilidad por parte de esas personas y/o grupos. Es decir que las acciones llevadas adelantes por una o más de las partes para satisfacer sus objetivos obstaculizan y/o impiden el logro de la/s otra/s parte/s…” (Brawer y Scheinfeld, 2005:2). En esta definición, aparecen dos conceptos centrales también en la discusión sobre conflictos socioambientales. Ellos son valores y percepción.

También la definición dada por Pedro L. Cadarso, aporta conceptos interesantes a ser abordados, compartiendo con las definiciones precedentes la mención de valores como variable a considerar. Según este autor, el conflicto social es “…un proceso de interacción contenciosa entre actores sociales que comparten orientaciones cognitivas, movilizados con diversos grados de organización y que actúan colectivamente de acuerdo con expectativas de mejora, de defensa de la situación preexistente o proponiendo un contraproyecto social...” (Cadarso, 2001:12). Cadarso profundiza también en la definición de los conceptos que utiliza. Entre ellos, proceso hace mención a su inscripción en una sucesión lógico-causal de hechos históricos de la que forma parte. Interacción contenciosa se refiere a que este proceso debe caracterizarse por la lucha abierta, entre grupos sociales opuestos. Este autor afirma que esta confrontación tendrá un nivel ideológico-cultural, caracterizado por la valoración que se haga de la situación preexistente y de las expectativas de cada grupo, y otro nivel de acción social, concretado en los repertorios tácticos empleados, en las formas de acción colectiva, y en la tipología general de los conflictos sociales. En cuanto a “movilización”, implica que los actos y las críticas deben ser conscientes mentalmente, racionales en términos estratégicos y coordinados socialmente. Y alude también al grado de compromiso de los actores sociales con el movimiento social: cuadros dirigentes, militantes, grupos de apoyo, simpatizantes, etc.; y a las estructuras de movilización de recursos que emplee el grupo. Por otra parte, orientaciones cognitivas, se refiere a que el grupo ha de compartir ideas y objetivos, una similar valoración de la situación y unas expectativas asimilables, sean conceptualizadas como ideologías, cultura o marcos interpretativos. “…También hace referencia a las llamadas identidades colectivas, esto es, al autorreconocimiento como grupo y a la existencia de lazos de sociabilidad y solidarios en su seno…” (Cadarso, 2001:14). Con organización, alude al grado de institucionalización de las entidades que gestionan la movilización, a los tipos concretos de movimientos sociales organizados (partidos políticos, sindicatos, organizaciones de bases, grupos de presión, etc.), a su funcionamiento interno, y al liderazgo que se establezca en su seno. Por último, los objetivos involucran tanto la dimensión táctica como su relación con procesos sociales más amplios.

Estas variables serán retomadas a lo largo de este trabajo. En cuanto a la última –objetivos-, como veremos más adelante, la relación de los movimientos socioambientales con procesos sociales más amplios, es una de las características más sobresalientes de este tipo de organizaciones.

Por otra parte, otro aspecto a destacar que Cadarso menciona es que, si bien a nivel general el conflicto social se gesta y se desarrolla constreñido y condicionado por las estructuras del sistema social en el que se produce, también es él mismo un factor de cambio estructural. En este sentido, tanto Cadarso como Bobbio, Mateucci y Pasquino, reconocen la importancia de las condiciones específicas de la sociedad en la que el conflicto se desarrolla para la caracterización del mismo. Estos últimos, afirman que es posible comprender y analizar los objetivos de los conflictos sólo gracias a una profundización en el conocimiento de la sociedad concreta en la que surgen y se manifiestan los diversos conflictos. Pero consideran importante no sólo la identificación y descripción del sistema social en el que se gesta el conflicto, sino también los diferentes aspectos de los diversos tipos de conflictos: dimensión –número de participantes-, intensidad –grado de compromiso de los participantes- y objetivos. Por su parte, Cadarso enfatiza la importancia de una perspectiva general de cualquier proceso social, es decir, la atención de otros procesos con los que se relaciona y los marcos estructurales de los que forma parte.

Respecto a esta interacción entre el marco estructural, el conflicto y los movimientos sociales -que para nuestro caso será abordada en los Capítulos 5 y 6- podemos adelantar como ejemplo, la mutua influencia entre el sistema institucional de gobierno, el marco legal vigente, y las organizaciones socioambientales. Es decir, la apertura a las inversiones extranjeras en minería que se dio durante los años `90 en Argentina –principalmente a partir de la sanción de legislación específica en la materia- tuvo su correlato en el surgimiento de movilizaciones y organizaciones socioambientales en la década siguiente. A su vez, las acciones llevadas adelante por estos grupos socioambientales que se opusieron a determinados proyectos mineros, presionaron sobre las decisiones a nivel gubernamental –provincial y municipal- y favorecieron la sanción de legislación que limita y/o prohíbe la actividad minera, introduciendo así cambios en materia legal e institucional.

En este sentido, Adrián Scribano (2005), afirma que el conflicto expresa una ausencia –pasado-, muestra síntomas –presente- y da mensajes –futuro-. Es decir, el conflicto pasa a una acción colectiva y puede desembocar o no en movimientos, que a su vez pueden producir cambios en el sistema que les dio origen.

En relación al conflicto y su intervención en el cambio social, otro aspecto muy discutido es el sentido positivo o negativo que se le da al conflicto social como factor de cambio. Hay sobre este tema posiciones diversas. En un extremo, quienes consideran a todo conflicto como una perturbación, partiendo de la premisa de que el estado normal de una sociedad es la relación armónica entre sus partes. Según Bobbio, Mateucci y Pasquino (1991), quienes defienden esta perspectiva –Herbert Spencer, Vilfredo Pareto, Émile Durkheim, Talcott Parsons- consideran que las causas del conflicto son meta-sociales, y por lo tanto han de detectarse fuera de la misma sociedad, siendo el conflicto algo malo, que se ha de reprimir y suprimir, es decir, una patología social. En el otro extremo se encuentran aquellos autores –Karl Marx, Georges Sorel, John Stuart Mill, Georg Simmel, Ralf Dahrendorf y Alain Touraine- para quienes el conflicto es vitalidad. Es decir, “…que cualquier grupo o sistema social se ve surcado continuamente por conflictos, ya que en ninguna sociedad la armonía o el equilibrio son estados normales. Al contrario, son precisamente la desarmonía y el desequilibrio los que constituyen la norma, y está bien que así sea. A través del conflicto surgen cambios y se manifiestan mejoras…” (Bobbio, Mateucci y Pasquino, 1991:300). En la posición intermedia, estos autores identifican a los investigadores que adhieren a la metodología funcionalista, que considera al conflicto como producto sistemático de las estructuras sociales, una disfuncionalidad del sistema. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, Robert Merton.

Es importante destacar que estas diferentes perspectivas sobre el carácter positivo o negativo de los conflictos y movimientos sociales ha variado también a través la historia, relacionadas al surgimiento de diferentes conflictos y movimientos sociales y a las teorías que intentaron explicarlos.

A continuación, realizaremos un repaso del devenir histórico de estos conceptos, es decir, de las variaciones epocales y contextuales a las que hemos hecho referencia previamente.


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