Tesis doctorales de Ciencias Sociales

PROBLEMAS AMBIENTALES Y CONFLICTO SOCIAL EN ARGENTINA: MOVIMIENTOS SOCIOAMBIENTALES EN MENDOZA. LA DEFENSA DEL AGUA Y EL RECHAZO A LA MEGAMINERÍA EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI

Lucrecia Soledad Wagner




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2.2. ¿CRISIS AMBIENTAL, CRISIS DE CIVILIZACIÓN, O CRISIS DE REPRESENTACIÓN?

Enrique Leff establece la relación entre la problemática ambiental, la crisis actual y la crítica a la racionalidad moderna, y a sus postulados en torno a la economía y a la cultura. La crisis ambiental se transforma así en un conflicto que va más allá de la pérdida de bienes y servicios ecológicos, generando una pérdida de la existencia no sólo en el aspecto material, sino también en cuanto al sentido mismo de la vida. “…La problemática ambiental emerge como una crisis de civilización: de la cultura occidental, de la racionalidad de la modernidad, de la economía del mundo globalizado. No es una catástrofe ecológica ni un simple desequilibrio de la economía. Es el desquiciamiento del mundo al que conduce la cosificación del ser y la sobreexplotación de la naturaleza; es la pérdida del sentido de la existencia que genera el pensamiento racional en su negación de la otredad…” (Leff, 2004:IX).

La crisis ambiental nace del cuestionamiento a la sobre-economización del mundo, del desbordamiento de la racionalidad cosificadora de la modernidad, y de los excesos del pensamiento objetivo y utilitarista, entre otros. Es también la crisis del efecto del conocimiento –verdadero o falso- sobre lo real, es decir, una crisis de las formas de comprensión del mundo. Lo inédito de la crisis ambiental de nuestro tiempo es la forma y el grado en que ha quedado demostrado cómo la racionalidad de la modernidad interviene en el mundo, socavando las bases de sustentabilidad de la vida e invadiendo los mundos de vida de diversas culturas (Leff, 2004).

En este sentido, la minería a gran escala, actividad foco de nuestra investigación, aparece en nuestro país como parte de los nuevos dispositivos instaurados por el capital global para la producción colonial del espacio, y se la vincula a la colonización no sólo de los territorios, sino también, a través de éstos, de sus poblaciones y formas de vida. La colonización de los territorios se proyecta en la de las subjetividades e identidades colectivas (Machado Aráoz, 2009).

Por otra parte, comentamos previamente que algunos autores consideran que los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) deben interpretarse como la expresión de una crisis de civilización, y como respuesta a ella. Esta crisis se asocia también a la falta de capacidad de los Estados de dar respuestas y soluciones a una multiplicidad de conflictos y problemas contemporáneos, entre ellos los ambientales. Parafraseando a Enrique Leff, podemos afirmar que la crisis ambiental no sólo plantea los límites de la racionalidad económica, sino también la crisis del Estado, una crisis de legitimidad de sus instancias de representación, de donde emerge una sociedad civil en búsqueda de un nuevo paradigma civilizatorio. Esta demanda de democracia y participación de la sociedad obliga a replantear los paradigmas económicos, pero también los análisis clásicos del Estado y las concepciones mismas de democracia, en el sentido de las demandas emergentes de sustentabilidad, solidaridad, participación y autogestión de los procesos productivos y políticos (Leff, 1994).

Aquí se establece la relación entre la crisis de ambiental, la necesidad de un nuevo “paradigma civilizatorio”, los conflictos ambientales y el surgimiento de movimientos sociales que plantean demandas de participación y potencian nuevas modalidades de toma de decisiones.

2.2.1. Caracterización y devenir histórico de los movimientos socioambientales y sus abordajes

Los primeros analistas que se percataron de la emergencia del ecologismo lo percibieron como uno más de los NMS –feministas, religiosos, urbanos, populares, de género- que, en sus formas a-políticas de hacer política, aportaban nuevas perspectivas a la cultura política (Mainwaring y Viola, 1985).

Como ya fue destacado en este Capítulo, los movimientos ecologistas o ambientalistas se incluyen dentro de los nuevos movimientos de la sociedad civil (religiosos, feministas, juveniles, estudiantiles y de las minorías étnicas). Enrique Leff afirma que los grupos ecologistas o ambientalistas se diferencian de otros nuevos movimientos de la sociedad civil, por sus móviles y objetivos, como así también por sus formas específicas de organización, sus estrategias de lucha, y las diversas formas en las que significan y valorizan su naturaleza desde sus culturas. Su diversidad dificulta sistematizar sus experiencias, tipificar sus estrategias y determinar sus tendencias. Los movimientos ambientalistas muestran un mayor grado de flexibilidad, adaptabilidad, capacidad de respuesta y posibilidades de radicalizar sus demandas, lo que les ofrece ventajas estratégicas frente a las organizaciones políticas institucionalizadas, partidos políticos y sindicatos. Es un movimiento que atraviesa todo el ejido social. “…Si bien el movimiento ambiental llega a fragmentarse por la diversidad de sus demandas, formas de organización y estrategias de lucha, también puede generar una fuerza social capaz de incorporar las reivindicaciones ambientalistas en los programas del Estado y de los partidos políticos tradicionales, abriendo nuevos espacios de participación para la sociedad civil en la gestión ambiental, así como para la gestación de nuevos derechos ambientales, legitimando nuevas vías para la apropiación social de la naturaleza…” (Leff, 2004:400).

Esta apertura a la participación social en la gestión ambiental impulsada por los movimientos socioambientales es uno de los temas claves de nuestro trabajo, que será ejemplificada mediante el caso de estudio en los Capítulos 8 y 9.

Asimismo, Leff (1994) también plantea algunos contenidos de las demandas de estos actores y movimientos sociales emergentes: la obtención de bienes simbólicos, la recuperación de estilos tradicionales de vida, la defensa de nuevos derechos étnicos y culturales, la reivindicación de su ancestral patrimonio de recursos ambientales, la lucha por la dignidad y la democracia, contra el sometimiento y sobreexplotación de grupos sociales, y por los derechos de reapropiación y autogestión de sus recursos naturales. Encontramos en esta síntesis realizada por Leff algunas de las reivindicaciones presentes en los movimientos socioambientales existentes en Argentina, y queremos destacar dos términos que se encuentran presentes en su discurso: la defensa de los recursos naturales –término reemplazado por bienes comunes-, y la lucha por la autogestión de dichos bienes y por la dignidad de los pueblos.

Por otra parte, otros autores consideran al ambientalismo como el único movimiento “nuevo” dentro de los NMS. Por la novedad de su respuesta social hacia un hecho sin precedentes en la historia: la destrucción ecológica y el cambio global (Gunder Frank y Fuentes, 1988). Riechmann y Fernández Buey (1994) avanzan en este sentido. Para estos autores, el ecologismo se relaciona con movimientos o submovimientos sociales anteriores, desde el incipiente ambientalismo del movimiento obrero decimonónico hasta el movimiento pro-“ciudades jardín” en los primeros años del Siglo XX, desde el proteccionismo que luchó en el siglo XIX por la creación de parques nacionales hasta el naturismo burgués o el anarquismo obrero que en los primeros decenios del siglo XX intentaba nuevas formas de trabajar, producir y consumir. “…Pero desde el higienismo decimonónico, el ambientalismo obrero, la protección de los paisajes y el naturismo, hasta la toma de conciencia de la amenaza ecológica global, media un verdadero salto cualitativo que no se producirá sino en la segunda mitad del siglo XX, y muy señaladamente a partir de los años setenta. Lo que así se forma es un nuevo movimiento social, el ecologismo, que responde a una situación socioecológica radicalmente nueva…” (Riechmann y Fernández Buey, 1994:111).

En la década de los ´60, y principalmente en la de los años ´70 y ´80, van a confluir diversos sucesos que colocaron la problemática ambiental en la agenda internacional: accidentes y/o negligencias que evidenciaron impactos ambientales de gran magnitud en diferentes actividades, libros, informes y conferencias internacionales sobre medio ambiente, que comenzaron a hacer hincapié sobre los límites del planeta ante la industrialización, la contaminación y el crecimiento económico.

Entre las publicaciones que alcanzaron gran repercusión, se destaca “Silent Spring” (Primavera Silenciosa), en 1962, de la bióloga norteamericana Rachel Carson. Rescataremos una reflexión sobre la línea que Carson marcó y que fue seguida en aquellos años: “…El libro de Carson marcó el camino con su concepción abstracta y pesimista, dosis sutiles de alarmismo, y un empleo cuidadoso de la información científica, a todo el alud de publicaciones que aparecieron en los años siguientes: ni una palabra sobre el carácter histórico y social del conocimiento y la técnica y, en consecuencia, nada sobre la posibilidad de modificarlos; por lo tanto, el verdadero culpable de la crisis ambiental es ¨El Hombre¨, es decir, todos y nadie…” (Toledo, 1993:901).

Otra publicación destacada fue “The population Bomb” (La bomba de la población), en 1968, del biólogo norteamericano Paul Erlich, que vinculaba el carácter limitado de los recursos naturales con el crecimiento desmedido de la población. Posteriormente, un reporte del equipo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, dirigido por D. Meadows, se tituló “Limits to Growth” (Los límites al crecimiento) y fue preparado para el “Club de Roma”. Además de publicaciones y debates internacionales, se desarrolló la “Conferencia de Naciones Unidas Sobre el Medio Ambiente”, en Estocolmo, en 1972. Unos meses después, la llamada “crisis del petróleo” –el incremento de su precio determinado por los países exportadores- generó otra señal de alarma sobre los “límites”. Esta dimensión planetaria del debate sobre el ambiente se tradujo en los años siguientes en la creación de numerosas organizaciones sociales y políticas (Toledo, 1993). También es la década donde (como será detallado a continuación en este mismo apartado), se produce el mayor quiebre entre el movimiento conservacionista y el “nuevo ecologismo”, ejemplificado por la ruptura del “Sierra Club” y la creación de “Amigos de la Tierra”, como caso referente.

En el caso de Argentina, algunos autores, como Mainwaring y Viola (1985), identifican los primeros movimientos ecologistas en la década del ´70. Abordaremos el caso de nuestro país en el Capítulo 5.

Leff destaca que las investigaciones sociológicas sobre los NMS han puesto en relieve los problemas teóricos y metodológicos que surgen para la percepción y caracterización del ambientalismo, debido a su complejidad que no puede ser abordada desde la tipología de los actores de los movimientos sociales tradicionales, ni pueden ser definidos en función de sistemas de referencia a los que se remite la acción colectiva (Leff, 2004). Para este autor, los movimientos ambientales emergentes luchan por construir un nuevo orden social. Es decir, las demandas de democracia, equidad y justicia social están llevando a la construcción de un nuevo ideario político donde confluyen ideas, valores e intereses que, si bien no constituyen una visión del mundo homogénea, están abriendo espacios de poder y movilizando procesos políticos donde surgen nuevos actores de los movimientos ambientalistas.

Pero… ¿son ecologismos o ambientalismos? ¿Cuál es la diferencia entre ambas definiciones? Algunos autores las utilizan de forma indistinta. Detallaremos aquí las diferencias que los analistas establecen entre estos términos.

La bibliografía europea –especialmente la española- sobre el tema utiliza el término “ambientalismos” para referirse a las diferentes corrientes dentro del movimiento, y utiliza “ecologismo” o “movimiento ecologista” para referirse a una de ellas, de carácter más radical, que consideramos la más cercana a los movimientos que en este trabajo denominamos “socioambientales”.

Veamos algunos ejemplos de lo antes mencionado, en los que se reflexiona sobre los temas que debe abordar la Historia Ambiental y su vinculación con estos movimientos: “…No fue casual que la historia ambiental surgiera y se difundiera rápidamente en Alemania y Estados Unidos, países donde el movimiento ecologista fue pionero y gozó desde el principio de bastante respaldo social. Las peculiaridades del proceso político español, marcado por la transición política y la tardía crisis de los partidos y movimientos sociales vinculados a la izquierda tradicional, explican la tardía implantación del movimiento ecologista...” (González de Molina y Martínez Alier, 2001:11). Por otra parte, se remarca el relativo divorcio de la ecología como ciencia y la historia ecológica como enfoque historiográfico, que tiene su razón de ser “…en la vinculación de un puñado de historiadores al movimiento ecologista y en el rechazo de la mayoría de los ecólogos profesionales por este movimiento social...” (González de Molina y Martínez Alier, 2001:12).

El último aspecto mencionado, la separación/vinculación entre ecología –o ecólogos- y ecologistas, también es abordada por otros analistas. Entre ellos, Peter Bowler explica: “…Ecología es meramente la disciplina que estudia las interacciones de los organismos con su medio. La historia muestra que tales estudios pueden emprenderse dentro de toda una variedad de sistemas de valores (…) Sólo en décadas más recientes se ha creado, con el crecimiento del ecologismo, una situación en que un número importante de ecólogos están dispuestos a emplear su ciencia en apoyo del combate a la explotación...” (Bowler, 1998:370).

Asimismo, Bowler forma parte de los autores que utilizan la denominación “ecologismo” para referirse a un amplio abanico de movimientos -comparado al uso ya comentado de “ambientalismos” entre los autores españoles-: “…El ecologismo es un movimiento complejo que ha disfrutado del apoyo de toda una variedad de intelectuales cuyas posiciones sobre otros problemas están lejos de ser uniformes. En su forma más limitada, el ecologismo demandó la protección de áreas seleccionadas del medio natural (…) todo esto reconociendo la necesidad de desarrollo en otras partes. Los partidarios más activos del movimiento verde, en contraste, se han opuesto al entramado total de la sociedad industrial moderna (…) Tal extremismo ha garantizado que una preocupación por la naturaleza haya sido vinculada con programas que son igualmente radicales con respecto a otros temas...” (Bowler, 1998:374).

En la misma línea, el uruguayo Eduardo Gudynas destaca que la ecología, como ciencia, logró que desde ella se generara un movimiento social y una militancia ambientalista. Sin embargo, afirma que, aunque ecólogos y ecologistas guardan estrechos lazos, igualmente se han generado tensiones. Para Gudynas, ello se debe a que es posible identificar dos maneras de concebir la ecología: una que apunta a la investigación básica, estudiando por ejemplo la distribución y abundancia de plantas y animales y las características de los ecosistemas, pero dejando en segundo lugar al ser humano, ya sea por invocar una restricción epistemológica (neutralidad valorativa) o la especificidad de su objeto de estudio (restringido a los componentes naturales). La otra perspectiva estudia al ser humano integrado en esos ecosistemas y las consecuencias de sus acciones, y desde allí opina sobre múltiples temas, como los políticos y económicos. El ambientalismo surge de la segunda corriente (Gudynas, 1997).

Por su parte, los españoles Riechmann y Fernández Buey (1994), realizan la siguiente diferenciación, en la cual comparten con los otros autores españoles ya destacados, la identificación del ecologismo con el movimiento de carácter más radical:

- El conservacionismo o proteccionismo es el movimiento de protección de la naturaleza, los paisajes y las especies vivas. Para estos autores, no se trata de un movimiento directamente político, toma cuerpo en el tejido de asociaciones y grupos de presión que luchan por la conservación de la naturaleza local, nacional o internacionalmente, pero se centran en los efectos y en lo puntual, en lugar de considerar también las causas y los contextos globales.

- El ambientalismo es aquella actividad y aquellos movimientos sociales que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, desde un punto de vista exclusivamente antropocéntrico. Sólo las amenazas contra la salud humana y la calidad de vida movilizan a los ambientalistas. Es decir, tanto el ambientalismo como el proteccionismo tienden a ser reformistas: no cuestionan de forma radical los modos actuales de producción y consumo.

- El ecologismo, en cambio, se constituye como ecología política, ecología social o ecología humana, anulando la separación que plantean el proteccionismo y el ambientalismo. Aborda la cuestión de las relaciones humanidad-naturaleza con una perspectiva renovadoramente global. Este movimiento social, activo desde los años setenta en los países capitalistas avanzados y radicalizado sobre todo por la lucha antinuclear, desea reestructurar la totalidad de la vida económica, social y política y tiende, por tanto, a ser un movimiento anti-sistema (Riechmann y Fernández Buey, 1994).

En coincidencia con lo anterior, el estadounidense Scott Maiwaring y el argentino –radicado en Brasil- Eduardo Viola, en un artículo en el que analizan los nuevos movimientos sociales, las culturas políticas y la democracia de Brasil y Argentina en la década de los ochenta, explicitan que, en ambos países es necesario diferenciar el “movimiento ecológico” del “movimiento del medio ambiente”, “…el cual se ha centrado en preocupaciones más específicas relacionadas con la preservación y protección del ambiente, los efectos de la contaminación, la protección de los bosques y la conservación del suelo. El movimiento ecológico participa de estas preocupaciones respecto del medio natural, pero también propone y practica formas activas de organización social. El movimiento ecológico, por lo general, ha suscitado interrogantes con respecto a las formas de interacción humana, a las relaciones del individuo con su trabajo y en torno a otras cuestiones relacionadas con el estilo de vida...” (Maiwaring y Viola, 1985:50).

Por su parte, el biólogo mexicano Víctor Toledo, utiliza la denominación ecologismo como sinónimo de las organizaciones sociales y políticas que surgieron en la década de los ´70, llamando la atención sobre sus límites, a saber: su arraigo casi exclusivo entre los que podrían llamarse “sectores privilegiados de la sociedad moderna”, y el carácter super-estructural de las motivaciones que dan lugar a la protesta y que movilizan a los individuos. “…Ambos fenómenos quedan expresados por el hecho de que la mayor parte de quienes han hecho suya la lucha por la defensa de la naturaleza son precisamente aquellos que más lejos quedan –en el sentido material y espacial- de ella…” (Toledo, 1993:903). Para este autor, la introducción de la problemática ecológica de los países subdesarrollados al debate medioambiental, permitiría “desenredar el intrincado nudo político-ideológico” que representan los movimientos ecologistas de las sociedades industriales.

Toledo denuncia que la pretensión de los ecologistas por mantenerse puros de toda ideología política (y en particular del Marxismo) esconde el temor de que su universo de preocupaciones quede invalidado a la luz de lo “práctico-concreto”. Para él, es necesario que el ecologismo reconozca que la explotación de los trabajadores y la dilapidación de la naturaleza son dos dimensiones de un mismo proceso. En este sentido, bajo el encuadre político de izquierda, las luchas por la naturaleza son finalmente luchas por abolir los procesos de producción que no sólo destruyen a los ecosistemas sino que también explotan al productor. El ecologismo debe ser transformado en una verdadera ecología política (Toledo, 1993).

Otro autor mexicano, Enrique Leff, se refiere al ambientalismo como “…la construcción de identidades colectivas y expresiones de solidaridad inéditas, que genera nuevas formas de organización social para afrontar la crisis ambiental, cuestionando al mismo tiempo la centralidad del poder y el autoritarismo del Estado…” (Leff, 2004:396). Estas “nuevas formas de organización social” son impulsadas, según destaca Leff, por la destrucción ecológica y la degradación ambiental, junto con la marginación social y la creciente pobreza generadas por la racionalización económica del mundo –por las ineficaces políticas asistenciales del Estado y las políticas neoliberales de ajuste, características de los países de América Latina-. Vemos así que los motivos por los cuales surgen estos movimientos según el autor, exceden los estrictamente ecológicos e incluyen problemáticas sociopolíticas, por lo que concluimos que la denominación movimientos ambientales de Enrique Leff puede considerarse como sinónimo de lo que hemos denominado movimientos socioambientales en este trabajo. Analizaremos en el caso de estudio cómo la mayor o menor explicitación de estos cuestionamientos socio-políticos diferencian generalmente los movimientos socioambientales de otras organizaciones que, sin embargo, también pueden ser portadoras de racionalidad ambiental.

Por otra parte, el propio Leff utiliza el término socioambiental en otros apartados de su trabajo, al explicitar que “…la cuestión ambiental es una problemática eminentemente social, generada por un conjunto de procesos económicos, políticos, jurídicos, sociales y culturales…” (Leff, 2004:200). El autor considera que la conexión entre lo natural y lo social ha estado guiada por el propósito de internalizar normas ecológicas y tecnológicas a las teorías y a las políticas económicas, y se ha dejado al margen el análisis del conflicto social y las relaciones de poder que allí se plasman y se hacen manifiestas en torno a las estrategias de apropiación social de la naturaleza. Al avanzar en su análisis, destaca: “…las organizaciones socioambientales tienden a asociarse en redes de agrupaciones autónomas, segmentadas y policéfalas, en estructuras no jerárquicas, descentralizadas y participativas (…). Como afirma Leff, se trata de la lucha por la dignidad, un derecho de reapropiación de sus territorios y de autogestión de sus recursos naturales –es decir, sus bienes naturales comunes-.

Por otra parte, Leff considera que existe variedad de ambientalismos. Es decir, que es posible descubrir expresiones, manifestaciones, actividades y luchas que van desde la diferenciación de las ideologías y demandas de los países ricos y pobres, hasta las expresiones que adquieren estos movimientos dentro de diferentes ideologías teóricas, así como sus formas de expresión, generalmente asociadas a otras reivindicaciones sociales por los derechos humanos, la etnicidad y la justicia distributiva. Respecto a los movimientos ambientalistas en los países “subdesarrollados” están directamente asociados con las condiciones de producción y de satisfacción de las necesidades básicas de la población y están caracterizados por su diversidad cultural y política, lo que les confiere una perspectiva más global (Leff, 2004).

Un investigador chileno, Carlos Aldunate Balestra, afirma: “…está en plena formación un fenómeno surgido a fines del siglo XX que es más un espíritu o una intención que una doctrina fija. A ese espíritu llamaremos aquí ¨factor ecológico¨…” (Aldunate Balestra, 2001:17). En su libro “El factor ecológico, las mil caras del pensamiento verde”, Aldunate Balestra “abre” el factor ecológico a dos líneas: la ambientalista y la ecologista. Para ello, toma la definición del británico Andrew Dobson, quien considera al ambientalismo como una aproximación administrativa a los problemas ambientales, sin cambios fundamentales en los actuales valores o modelos de producción y consumo. Por su parte, el ecologismo es para Dobson el que plantea cambios radicales en nuestra relación con el mundo natural y en nuestra forma de vida social y política.

Aldunate Balestra reconoce que la definición tomada no es fácil de aceptar, ya que considera que la opción de los especialistas es excluir al establishment de cualquier expresión ecológica. En este sentido, hace referencia a Manuel Castells, quien considera al medioambientalismo como “…todas las formas de conducta colectiva que, en su discurso, y práctica, aspiran a corregir las formas de relación destructivas entre la acción humana y su entorno natural, en oposición a la lógica estructural e institucional dominante…” (Castells, 1998). Para Castells, el ambientalismo es la ecología puesta en práctica.

Aldunate Balestra critica a Castells al considerar que olvida algo sustancial: que esa propia lógica no es inmutable y que puede experimentar cambios en dirección a una mayor conciencia ecológica. Este autor se refiere a la “inoculación de lo ¨ecológico¨” en cada vez más niveles de decisión, como los pasos institucionales que representan ciertas normas de calidad ambiental y regulaciones ambientales. Para este investigador, el punto de partida del “factor ecológico” se encuentra en la tesis de “los límites del crecimiento” incubada a fines de los ´60 en el “Club de Roma” y publicada en 1972 para la Conferencia de Estocolmo. “…De la toma de posición frente a esta máxima se desprende todo el movimiento ambiental-ecologista que conocemos hoy, incluyendo la gestión que opera desde las instituciones…” (Aldunate Balestra, 2001:19). Este factor tiene a su vez un movimiento espontáneamente transversal, se pasea de izquierda a derecha, y viceversa. Por otra parte, los distintos ecologismos generados no son permanentes ni configuran una base teórica definitiva. Finalmente, el tercer criterio que Aldunate Balestra le confiere a este “factor ecológico”, es que supera la simple frontera de los “modos de hacer” y trasciende al plano de lo espiritual con fuertes influjos de una doctrina nueva: el ecocentrismo. Desde la base ya mencionada, Aldunate Balestra reconoce la existencia de cuatro “ecologías”: la Ecología Profunda, la Ecología Social, la Ecología Normativa y las Ecologías Liberadoras.

A continuación, desarrollaremos la clasificación de las diferentes corrientes del ambientalismo que han sido identificadas por Joan Martínez Alier, las que consideramos representativas de las diversas corrientes ya mencionadas, y que resultan un buen resumen para nuestro abordaje. Por otro lado, cada una de ella sustenta diferentes lenguajes de valoración que serán puestos en disputa durante el conflicto. Asimismo, fundamentaremos la elección de la denominación “socioambientales” para los movimientos analizados en este trabajo.


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