POSIBILIDADES Y RETOS DEL DESARROLLO SOSTENIBLE EN LA REGIÓN TACNA

Leopoldo José Taddei Diez

CAPITULO II: MARCO REFERENCIAL

2.1. MARCO TEÓRICO

2.1.1.    Crecimiento y Desarrollo

La confusión entre crecimiento y desarrollo no es nueva. Ha sido parte de la discusión sobre las políticas de desarrollo desde que éstas existen. Sin embargo, se debe reconocer que la discusión sobre “cómo” debe ser el desarrollo proviene de las ciencias económicas; por tanto, tiene un fuerte componente económico que privilegia la riqueza material como indicador del desarrollo.

En los primeros escritos de los autores clásicos no se mencionaba la palabra desarrollo, se hablaba de riqueza para referirse a los estados de progreso de un país y de los individuos, es decir, la ecuación desarrollo igual a riqueza material, viene desde los economistas clásicos. Ricardo (1772 – 1823) en su obra “Principios de economía política y tributación”, afirma al referirse a las personas, que un hombre es rico o pobre, de acuerdo con la abundancia de artículos necesarios y de lujo que puede disponer; además contribuirán estos artículos en forma igual a la satisfacción de su poseedor.

En época similar, Malthus (1766 – 1834) escribía que una nación es más rica o más pobre en función de lo que tiene para repartir entre sus habitantes; por esto, mientras más población tenga más pobre será una sociedad, dado que la provisión de recursos no crece en la misma proporción.

Marx (1818 -1883) señala que las relaciones de producción material determinan la estructura de toda la sociedad. Indica que la diferencia entre capital y el trabajo que contiene da lugar a una plusvalía de la cual se apropian los dueños de los medios de producción, lo que genera las desigualdades económicas de una sociedad. Más aún si los que no poseen estos medios de producción se ven sujetos a aceptar los sueldos fijados por clase dominante o pasar a formar el ejército industrial de reserva. Afirmaba que mientras más rica era una nación, mayores brechas sociales existirán en su interior.

Schumpeter (1883 – 1950) menciona que son los mercados los que dan origen a la riqueza de un país y a su desarrollo. Aún más, una parte importante de su pensamiento es la dicotomía entre economía al servicio de las personas y la sociedad, y la afirmación que esto último es propio de sociedades comunistas.

El peruano Hernando de Soto afirma que el capital es la fuerza que eleva la productividad del trabajo y crea la riqueza de las naciones. Indica que son cinco los aspectos, que llama misterios del capital, que deben conocerse para poder incrementar el capital de una nación, y por ende, trabajar en su desarrollo. Ellos son información, situación del capital y los activos, conciencia política, aprender las lecciones de la economía de Estados Unidos, y, leyes y ordenamiento legal. Si bien menciona a las personas como parte de este entramado, lo hace sólo como parte de un ordenamiento establecido que es necesario para el desarrollo.

Los pensadores señalados conciben el desarrollo como acumulación de riqueza, y, como señalan Perroux (1984) y Todaro (1988), la capacidad de incrementar el producto bruto interno (PBI), con la convicción que la producción por si misma va a generar desarrollo y que bastan los recursos económicos (o el capital) para que una población sea considerada desarrollada o esté en camino de serlo.

2.1.2.  Papel de las capacidades del crecimiento al desarrollo

El crecimiento del PBI como medida del desarrollo ha sido siempre discutible. La gran pregunta que se han hecho los teóricos del desarrollo es cómo medir la satisfacción de las necesidades y cómo el crecimiento económico se refleja en la reducción de la pobreza.

Perroux plantea la diferencia entre crecimiento y desarrollo. Menciona que el desarrollo involucra cambios cualitativos, no sólo cambios cuantitativos. Desarrollo no es únicamente acumulación de capital, mayor productividad del trabajo y progreso tecnológico, sino también generación de una estructura productiva en la cual las partes (personas e instituciones) que la constituyen interactúen y se fortalezcan en sus capacidades y habilidades de formación y capacitación.

Todaro (1988) define el desarrollo como un proceso multidimensional compuesto por grandes transformaciones de las estructuras sociales, las actitudes de la gente y las instituciones nacionales, así como por la aceleración del crecimiento económico, la reducción de la desigualdad y la erradicación de la pobreza absoluta.

Esta necesidad de dotar a las personas de las herramientas que requieren para generar su propio desarrollo es mencionada por Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones”; Smith señalada que el Estado tenía un doble papel, con las personas y la sociedad.

La economía política considera dos temas que debe cultivar un estadista, el primero se refiere a la habilitación a las personas y ponerlas en estado de poder obtener  por sí mismos de todo lo necesario, y el segundo, proveer al Estado o República de rentas suficientes para los servicios públicos y los gastos comunes, dirigiéndose en ambos casos a enriquecer al soberano y al pueblo como tales.

Schumacher (1978) es otro autor que reivindica el papel de las capacidades  humanas en la generación del desarrollo, mencionando que toda la historia (como toda la experiencia) apunta al hecho que el hombre y no la naturaleza es quien proporciona los recursos primarios, que el factor clave de todo desarrollo económico proviene de la mente del hombre. Indica que de repente, hay una explosión de coraje, de iniciativa, de invención, de actividad constructiva, no en un solo campo, sino en muchos campos a la misma vez.

Morín (1999) plantea la necesidad de generar conciencia sobre el papel en toda sociedad de las capacidades humanas en la búsqueda de su desarrollo. Señala que son siete los saberes (capacidades) que toda la sociedad debe interiorizar en la búsqueda de su desarrollo. Ellos son, considerar los conocimientos como con defectos y virtudes, generar y buscar el conocimiento pertinente para las diferentes situaciones de desarrollo, entender a los seres humanos y sus motivaciones, entender las limitaciones naturales del crecimiento, enfrentar y prepararse para los riesgo, prepararse para la convivencia armónica con otros, y, proceder con ética.

Es Amartya Sen (1998), uno de los más importantes economistas de nuestros tiempos, quien ha sido el abanderado de la reinvindicación de la necesidad de dotar a las personas de las capacidades necesarias para poder generar su propio desarrollo. Sen define capacidades como combinaciones alternativas que una persona puede hacer o ser; los distintos funcionamientos que puede lograr. Menciona asimismo que los enfoques del desarrollo basados en la acumulación de capital adolecen de varios defectos, entre los cuales están:

 

Sen pone énfasis explícito en las capacidades personales, pero existen también las llamadas capacidades institucionales. En sus palabras, la ampliación de la capacidad del ser humano tiene importancia directa e indirecta para conseguir el desarrollo. Indirectamente, permite estimular la productividad, elevar el crecimiento económico, ampliar las posibilidades de desarrollo y contribuir a controlar razonablemente el cambio demográfico; directamente, afecta el ámbito de libertades, del bienestar social y de la calidad de vida, tanto por su valor intrínseco como por su condición de elemento constitutivo de este ámbito.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) define “capacidad institucional” como la capacidad administrativa y de gestión de un país, sobre todo respecto de la aplicación de las políticas económicas. Resulta llamativo que en esta definición no se haga mención a la necesaria capacidad de desarrollo de las personas, pues se trata de un enfoque eminentemente tecnocrático.

Paralelamente, en la década de 1980 se vislumbraron los primeros albores de otro concepto ligado estrechamiento a las capacidades humanas. Este es el concepto de capital social, el cual se ha estado refinando hasta nuestros días y aún está sujeto a debates conceptuales. Se define como “aspectos de la organización social tales como confianza, normas, y redes, que pueden mejorar la eficiencia de una sociedad al facilitar la acción coordinada” (Putnam 1993).

En la misma década de 1980 surge otro concepto también vinculado a las capacidades. Esta vez ligado a las capacidades naturales de los ecosistemas del planeta para soportar el crecimiento económico. Y es el concepto de desarrollo sostenible. La Comisión Brudtland (1987) o Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CMMAD), coordinada por la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brudtland, publicó el informe titulado “Nuestro Futuro Común”, también conocido como Informe Brudtland. Incluye el tema ambiental y de los recursos naturales en la discusión para el desarrollo, acuñando el concepto de desarrollo sostenible, que es aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer el potencial de satisfacer de las necesidades futuras.

Por su parte, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) introduce, en 1992, el concepto de desarrollo “el proceso de ampliar la gama de opciones de las personas brindándoles mayores oportunidades de educación, atención médica, ingreso y empleo abarcando el espectro total de opciones humanas, desde el entorno físico en buenas condiciones hasta libertades políticas y económicas” (PNUD, 2007).

Es pues en este siglo, la Declaración de las Naciones Unidas, firmada por los países miembros en setiembre de 2000 donde se plantean ocho objetivos que deben lograrse en el año 2015, da lugar a los denominados Objetivos del Milenio.  Estos objetivos constituyen por si mismos un concepto sobre desarrollo sostenible:
Objetivo 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
Objetivo 2: Lograr la enseñanza primaria universal.
Objetivo 3: Promover la igualdad entre géneros y la autonomía de la mujer.
Objetivo 4: Reducir la mortalidad infantil.
Objetivo 5: Mejorar la salud materna.
Objetivo 6: Combatir el VIH / sida, el paludismo y otras enfermedades.
Objetivo 7: Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
Objetivo 8: Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

2.1.3.   Ejes del desarrollo

Se puede concluir que el enfoque de desarrollo univariable (sólo económico) es un concepto anacrónico. Si se analiza los aspectos comunes y distintos de estos conceptos se puede afirmar que el desarrollo tiene cuatro aspectos fundamentales.

Económico. Como se ha mencionado, la discusión sobre el desarrollo se generó desde el ámbito económico. Actualmente no se discute que no podrá existir desarrollo sin recursos económicos, sin inversiones. Sin estos, no se podrá financiar el desarrollo ni generar la necesaria base material del desarrollo, como la infraestructura o el equipamiento.

Social. Para generar desarrollo es necesario lograr que la población se incorpore y haga suyos los procesos de desarrollo. Sin embargo, en la práctica, estos esfuerzos se han circunscrito a los temas materiales (como hospitales o escuelas) cuando existe la necesidad de generar capacidades intrínsecas a las personas como son la educación o la salud y otras condiciones de integración de la sociedad.

Ambiental. La calidad y el uso sostenible de los recursos son una condición necesaria para el desarrollo. No puede concebirse como desarrollada una sociedad que ha perdido o está en proceso de perder su capital natural en  aras de crear condiciones económicas temporales. La historia del Perú muestra algunos ejemplos antiguos (el guano de las islas o el caucho, a fines del siglo XIX) o recientes (el boom pesquero de la década de 1970 en la costa del Perú) en los cuales, por generar condiciones económicas, se perdió la calidad del ambiente y se deterioraron o agotaron los recursos naturales, lo que provocó condiciones de pobreza en las zonas escenario de estas actividades.

Institucional. Mencionado explícitamente por Todaro y tomado por la CEPAL en el llamado “sistema socio-ecológico” (Gallopin, 2006), el cual reúne las estructuras nacionales, las leyes y las estructuras de poder. Las definiciones presentadas incluyen este tema, en forma implícita o explícita.

Para todos estos aspectos es necesario desarrollar capacidades. Aunque en los párrafos anteriores las capacidades sólo se hacen explícitas en el tema social, las personas necesitan capacidades para abordar los cuatro ejes del desarrollo. Requieren capacidades para su desarrollo económico, social, ambiental e institucional. Todos estos procesos son personas, y son las personas las que necesitan no sólo conocer conceptos, sino también saber cómo generar estos desarrollos.

2.1.4.   Sostenibilidad del desarrollo en América Latina y el Caribe

Los años noventa se iniciaron con grandes cambios en la agenda internacional. El punto de inflexión fue la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (conocida también como “Cumbre de la Tierra” y “Cumbre de Río de Janeiro”, Brasil, en 1992. Esta conferencia creó las bases para una nueva visión mundial del desarrollo sostenible y de las convenciones globales sobre el cambio climático. Como parte de este proceso, la conciencia sobre los aspectos ambientales del desarrollo, escasa e incluso ausente en la historia de la región (América Latina y el Caribe), fue penetrando gradualmente en los ámbitos público y político. Las actividades preparatorias y la propia Conferencia contaron con una amplia participación de organizaciones de la sociedad civil, concretamente de más de 18,000 ciudadanos de todo el mundo.

A pesar de estos avances, en muchos sectores los principios de protección ambiental y desarrollo sostenible aún se consideran una restricción al desarrollo económico y social, lo que ha limitado la capacidad pública para detener el creciente deterioro ambiental de ecosistemas críticos y controlar la contaminación. El grueso de las políticas ambientales explícitas vigentes, así como los instrumentos de regulación directa e indirecta aplicados en la región, son de carácter reactivo. Las políticas preventivas y de fomento tendientes a mejorar las condiciones ambientales relacionadas con la competitividad productiva han recibido mucho menos atención. Asimismo, la capacidad de las instituciones ambientales para alcanzar las metas trazadas en términos de políticas transectoriales y subregionales efectivas y de fortalecer la posición negociadora de los países en el plano internacional continúa siendo incipiente.

A varios años de la Cumbre de Río, América Latina y el Caribe apenas ha iniciado la senda del desarrollo sostenible. La región asumió con entusiasmo los compromisos de la cumbre en 1992 y puso en marcha medidas destinadas a aplicar la declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y el Programa 21, pero los logros siguen siendo insuficientes. El proceso fue seguido no sólo por los gobiernos nacionales sino también por muchas organizaciones civiles y empresariales, universidades y centros de investigación, así como numerosos gobiernos locales, que se fueron involucrando cada vez más en su implementación. Sin embargo, son muchos los pasos pendientes y los nuevos desafíos por enfrentar, algunos de los cuales no se planteaban cuando se celebró la Conferencia.

El documento titulado “La sostenibilidad del desarrollo en América Latina y el Caribe: desafíos y oportunidades” fue elaborado por la CEPAL y la Oficina Regional para América Latina y el Caribe del PNUMA y sometido a la consideración de los gobiernos durante la Conferencia Regional de América Latina y el Caribe preparatoria de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible (Johannesburgo, 2002), realizada en Río de Janeiro el 23 y 24 de octubre de 2001. En él se presenta un panorama del desarrollo sostenible en la región desde la Cumbre de Río, al que han contribuido procesos nacionales y reuniones subregionales. Estas últimas, sin precedentes en procesos de este tipo, han fomentado la dinámica participación de los países y ayudado a identificar los principales problemas con que se ha tropezado, así como las perspectivas de una plataforma de acción futura. Se ha contado, asimismo, con una importante contribución de la sociedad civil, gracias, entre otras cosas, a su presencia en los consejos nacionales de desarrollo sostenible a nivel nacional y los encuentros celebrados con ocasión de las reuniones subregionales, que han permitido conocer la posición de los grupos principales de la región.

En términos estrictamente económicos, los países de América Latina y el Caribe atravesaron en el  pasado por una etapa de transformación caracterizada por profundas reformas económicas centradas en una mayor apertura comercial; en la liberalización de los mercados financieros nacionales y de los flujos de capitales con el exterior,  en la liberalización de los mercados financieros nacionales y de los flujos de capitales con el exterior, y en papel preponderante de la iniciativa privada en la producción de bienes y servicios y en la provisión de servicios públicos y prestaciones sociales. A partir de 1990, la actividad productiva empezó a recuperarse y muchas de las presiones inflacionarias y desestabilizadoras se fueron mitigando gradualmente, dejando atrás la “década perdida” para el desarrollo económico de la región. No obstante, los ritmos de crecimiento económico del conjunto de la región siguieron siendo significativamente inferiores a los registrados en las décadas anteriores a la crisis de la deuda, además de estar estrechamente vinculados a los ciclos internacionales de capital, lo que le imprime un carácter de volatilidad al crecimiento económico.

Entre las principales particularidades de la situación ambiental, destaca el hecho que, a pesar de contar con poco más de 2,000 millones de hectáreas de superficie terrestre, apenas el 15 % de la superficie del planeta, presenta la mayor diversidad de especies y de ecorregiones del mundo. Tan sólo América del Sur dispone de cerca de 30 % de la escorrentía mundial.

Pese a este inmenso potencial, el problema de la contaminación muestra inquietantes signos de empeoramiento, producto del crecimiento económico y poblacional y de la profundización de ciertos patrones de producción y consumo. En términos generales, las causas de la creciente contaminación del aire, el suelo y el agua que sufre la región y las consecuencias para la salud están asociadas al proceso de urbanización no planificada y a la agricultura. El considerable crecimiento urbano ha hecho que una gran proporción de la población se vea afectado por el deterioro de la calidad  del aire, de la contaminación por residuos sólidos y peligrosos, la degradación de las zonas costeras y de la contaminación del agua. El hacinamiento y la falta de infraestructura contribuyen a una mayor exposición a contaminantes, por lo que los estratos más pobres suelen ser las principales víctimas de la contaminación.
Irónicamente, en la actualidad los problemas de salud provocados por el deterioro de la calidad del aire y la existencia de sustancias tóxicas atribuibles al desarrollo son tan preocupantes como las enfermedades gastrointestinales. Si comparamos a la región con otras, se aprecia que no está tan densamente poblada, que los recursos hídricos son abundantes y que la estructura económica se caracteriza por una elevada proporción de actividades relativamente poco contaminantes. Pese a ello, presenta altos niveles de contaminación que apuntan a serias fallas de planificación y otras deficiencias en la gestión del medio ambiente.

Las condiciones del medio físico regional representan un grave riesgo de incidencia de fenómenos capaces de desencadenas desastres. La Sierra Madre, el eje neovolcánico, el Istmo Centroamericano y el eje andino en casi toda su extensión constituyen elementos tectónicos muy activos, causantes de sismos y erupciones volcánicas de gran magnitud. En las latitudes tropicales, la región está expuesta a tormentas tropicales y huracanes, que se producen estacionalmente tanto en el Atlántico como en el Pacífico. La sequía se ha convertido en un fenómeno de frecuencia creciente, incluso en ecosistemas húmedos y subhúmedos. Extensas regiones del Cono Sur sufren inundaciones y casi toda la región se encuentra afectada por la reiteración periódica del fenómeno de El Niño (oscilación del sur) que, según la zona que se trate, intensifica las lluvias o amplía las sequías, aumentando así los riesgos de incendios forestales.

El proceso de integración de las políticas ambientales a las políticas sectoriales también registra avances y retrocesos. En general, la incorporación del concepto de uso sostenible de los recursos y conservación del medio ambiente en las diferentes áreas de producción y de los servicios es incipiente en todos los países de la región

En los comienzos de este nuevo siglo, la comunidad internacional retomó la agenda de desarrollo  con una visión integral a partir de los acuerdos derivados de las conferencias globales sobre temas sociales de las Naciones Unidas celebradas en la década de 1990. En setiembre de 2000, 189 Estados Miembros de las Naciones Unidas de los cuales 147 estaban representados por Jefes de Estado y de Gobierno, firmaron un nuevo compromiso mundial para el desarrollo cuya expresión política quedó reflejada en la Declaración del Milenio. En esta Declaración se establecieron los fundamentos de una agenda de desarrollo basada en valores que enriquecen profundamente las relaciones internacionales para el siglo XXI: la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto de la naturaleza  y la responsabilidad común pero diferenciada.

La Declaración del Milenio se ha convertido en la carta de navegación del sistema de las Naciones Unidas y para ponerla en práctica los países solicitaron al Secretario General establecer mecanismos de seguimiento y rendición de cuentas para apoyar a los Estados Miembros, tanto en el ámbito nacional como regional y mundial, con miras a lograr una definición más clara de responsabilidades entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil. (Objetivos de Desarrollo del Milenio: Una mirada desde América Latina y el Caribe).

2.2.  FILOSOFÍA

La mirada de los hombres y mujeres de nuestro tiempo se vuelve hacia atrás, observan, reconstruyen y descubren graves desequilibrios y promesas incumplidas. La destrucción de múltiples ecosistemas, la contaminación creciente del aire, agua y suelos, las demandas de quienes no tienen acceso a los recursos, hablan de necesarias y urgentes soluciones para los problemas pendientes.

Analizar la problemática ambiental supone, así, identificar sus causas y tratar de descubrir los modelos de utilización de los recursos que subyacen a la crisis. Porque es ahí, en la profundidad de los orígenes, en las conductas y los modelos que la Humanidad  ha adoptado, donde se puede descubrir realmente las raíces del comportamiento de nuestra especie, a través de relaciones inter e intraespecíficas que expresan el modo de entendernos y de estar en el mundo.

Desde el punto de vista ético, se comprueba como la pérdida de cercanía entre los seres humanos y la Naturaleza ha ido pareja con el afianzamiento de un imaginario social que otorga a la especie humana la función de "dominar" y "transformar" cuanto tiene a su alcance. La idea de la Tierra como centro del universo fue desbancada en su día, pero la idea del hombre como centro de la Tierra todavía sigue pendiente de revisión, aunque algunos antropólogos nos recuerden, que "quizá somos únicamente una idea tardía, una especie de accidente cósmico, sólo una fruslería en el árbol de Navidad de la evolución" (Jay Gould, 1991).

En el ámbito social, si se acepta el hecho que la sociedad de la globalización es un mosaico de graves desequilibrios territoriales, económicos y humanos, es posible que, de inmediato, se plantee la necesidad de una nueva filosofía del desarrollo que ilumine la toma de decisiones y las prácticas de gestión. Y cabe enfatizar el concepto "filosofía del desarrollo" porque lo que en este momento requiere el planeta para hacer frente a la cuestión ambiental es un nuevo esquema de pensamiento integrado que ha de concebirse interrelacionando claves éticas, culturales y científicas, con claves socioeconómicas. Un modelo, que no puede venir sólo de la racionalidad económica.

Cuando se busca referentes para el análisis y comprensión de esta crisis, se puede observar que los problemas del medio ambiente, aunque se producen en contextos locales, se interrelacionan fuertemente en la escala global, de modo que lo que sucede en unas partes de la Tierra afecta y se ve afectado por lo que acontece en otras, aunque sean muy lejanas.

En efecto, junto a los desequilibrios demográficos patentes en el planeta es preciso considerar los fenómenos de urbanización creciente, las migraciones, el deterioro de la capa de ozono, la pérdida de biodiversidad, la pobreza de más de la mitad de los seres humanos... Estos y otros problemas no aparecen aislados, sino que se realimentan recíprocamente, produciendo efectos sinérgicos sobre cuyo alcance y significación no es posible definirse más que en términos de incertidumbre.

Por otra parte, es obvio que no se ha llegado hasta aquí por casualidad, ni de cualquier manera. Algunos logros científicos tan positivos como las vacunas, unidos a las inercias comportamentales de nuestra especie (en este caso las reproductivas), hicieron posible que la población del planeta se duplicara en la última mitad del siglo XX, lo que dio origen a graves desequilibrios demográficos. Los avances científicos y sus aplicaciones tecnológicas nos ayudaron a incentivar la producción industrial y agrícola, a desarrollar nuevos medios y sistemas de transporte, pero su gestión fue deficiente, lo que hizo que provocasen impactos irreversibles en los sistemas naturales y culturales. Tal vez la más urgente tarea sea ahora "dominar el dominio" (Morin, 1984).
               
Un aspecto básico  es el de los límites. Las Ciencias que operan sobre la realidad física y social, así como también las Humanas, manejan teorías y leyes que demuestran que los organismos vivos no crecen indefinidamente. Es más, uno de los misterios que hoy preocupa a muchos científicos es precisamente el por qué los seres vivos, animales y plantas, "saben" en algún momento de su trayectoria vital, que tienen que parar de crecer (para seguir desarrollándose). Sin embargo, la ciencia económica ha ignorado con demasiada frecuencia este principio. Del mismo modo, con demasiada frecuencia los tecnólogos "olvidan" los umbrales de los sistemas, los límites... La voz de la Naturaleza no tiene, casi nunca, quien la escuche. Pero habla.

La búsqueda de un nuevo paradigma ambiental pasa por una reflexión sobre la supuesta "neutralidad científica" que algunos defienden y que la lamentable historia de guerras y destrucción ecológica del siglo XX se encarga de cuestionar. No parece posible que la dimensión científica de quienes investigan pueda desligarse de su dimensión humana y social. Es más, una tarea verdaderamente científica debe estar impregnada de valores, de modo que quien la realice se comprometa no sólo con lo que hace sino con los posibles usos de su trabajo.

Por fortuna, la revolución científica que se inició a comienzos del siglo XX, con la emergencia de figuras como Einstein y de planteamientos como los de la mecánica cuántica, se ha ido prolongando y consolidando en un innumerable elenco de científicos innovadores, profesionales comprometidos, tanto en el campo de las Ciencias Experimentales como en el de las Ciencias Sociales y Humanas.

Pasar de la dominación y explotación indiscriminada de la Naturaleza hacia posturas de equilibrio, significa ir abandonando el antropocentrismo de los últimos siglos para asomarse a una nueva comprensión de las relaciones persona-medio ambiente. Se trata, en síntesis, de potenciar todos aquellos valores y actitudes que lleven a una comunicación fraternal con la Naturaleza, a otorgarle la categoría de sujeto de derechos. Pero ello implica, de inmediato, que la subjetividad de la Naturaleza no podrá ser liberada hasta que la comunicación de los seres humanos entre sí no se vea libre de dominio (Habermas 1984).

En el mismo orden ético, el respeto por la diversidad biológica se impone como criterio, a partir de la idea que los bienes de la Naturaleza poseen valor intrínseco y, como tales, resultan necesarios para el mantenimiento equilibrado de la vida. Ello lleva aparejado el respeto de la diversidad cultural, un elemento de primer orden en el desarrollo de la vida humana a lo ancho del planeta.            

El viejo paradigma gira, así, en torno a un supuesto central: la identificación del crecimiento económico con el desarrollo. De modo que en las políticas desarrollistas ha imperado el enfoque que, creciendo económicamente, cualquier comunidad se estaba automáticamente desarrollando, confusión que, por desgracia, aún continúa en muchos sectores de decisión.

No existe ninguna ley, ni en la Naturaleza ni en el mundo social, que demuestre que el crecimiento sin límites de cualquier magnitud signifique una mejora de los sistemas afectados. Por el contrario,  hay en todo el funcionamiento de lo vivo, y también de lo social, unos umbrales a partir de los cuales más deja de ser mejor, porque se rompen los "números mágicos" en los que se mantiene el equilibrio óptimo de los sistemas.

Esta reflexión es especialmente importante para el sector económico, un subsistema del sistema Tierra. En efecto, si la Tierra es un sistema cerrado que no crece, parece obvio que el subsistema económico, en su interior, no puede crecer indefinidamente, lo que no significa que no pueda seguir desarrollándose, a través de la reorientación de prioridades, de mayor eficiencia en el uso de recursos, etc.

La visión anterior se hace patente en el creciente desequilibrio entre países y sectores ricos y países y sectores pobres, hecho que, en la sociedad de la globalización, se acentúa gravemente, intensificando las brechas entre el primero, segundo y tercer mundos.

La sociedad de la globalización es un ámbito de enormes desequilibrios ambientales que muestra, de un lado, a 1.000 millones de personas carentes de agua potable y recursos básicos y, de otro, a unas cuantas compañías transnacionales que controlan prácticamente la mayor parte de los bienes productivos del planeta. Una sociedad que, en palabras de Nelson Mandela, "unos son los globalizadores y otros los globalizados".

Las transnacionales han dejado de ser mejor productores y exportadores de mercancías y servicios para crear una infraestructura mundial de producción y distribución cuyo valor se calcula superior en dos veces al P.I.B. de toda Latinoamérica. Si en el pasado se podía hablar de una cierta "integración superficial de flujos comerciales", se asiste ahora a la implantación de un verdadero "sistema internacional de producción organizado por las corporaciones transnacionales" (Chomsky/Dieterich 1997)        

Pero las leyes del beneficio inmediato, como tantos otros criterios económicos, no se llevan bien con las leyes de la Naturaleza. Ésta funciona con ciclos largos, con períodos de reposición de recursos que requieren tiempo, por ello precisamente la vida nos precede y es prácticamente seguro que nos continuará. En la práctica, sin embargo, se opera como si las estrategias de beneficio económico a corto plazo no pudieran "detenerse" a considerar la capacidad de carga de los ecosistemas, las tasas de renovación del capital biológico, las capacidades de nuestros sumideros para absorber contaminantes. La mirada de las generaciones futuras se vislumbra ya, interrogadora, preguntando por qué tanta ambición, por qué tanta miopía, por qué tanta depredación innecesaria.

En conjunto, lo que resulta posible afirmar es que este modelo desarrollista se muestra inviable si se desea un futuro mejor para el planeta y para todos sus habitantes: porque es ecológicamente destructivo, éticamente injusto, económicamente desigual y culturalmente aniquilador.

Acercarse a esa problemática desde el ámbito educativo, intentando identificar sus causas y tratando de descubrir los modelos de utilización de los recursos que subyacen a la crisis, es el gran reto que hoy tiene planteado el mundo de la educación. Porque es ahí, en las conductas humanas y los modelos que se sigue al actuar, donde se puede descubrir realmente las raíces del comportamiento como especie a través de relaciones inter e intraespecíficas que expresan nuestro modo de entendernos y de estar en el mundo. Y porque, a partir de esta comprensión profunda, resulta posible abordar la tarea educativa como una aportación al cambio.

La transición de un paradigma en crisis a otro nuevo está lejos de ser un procedimiento de acumulación o una ampliación del antiguo paradigma. Es, más bien, una reconstrucción del campo, a partir de nuevos fundamentos, reconstrucción que cambia algunas de las generalizaciones teóricas más elementales del campo, así como también muchos de los métodos y aplicaciones del paradigma (Kuhn 1984).

Ello supone que, en el período de transición en que nos encontramos, se hace necesario recurrir todavía a elementos explicativos y conceptos del viejo paradigma pero el proceso es, en todo caso, mucho más que una simple "reordenación" de datos. Supone, verdaderamente, reinterpretar los datos en un nuevo marco, en una nueva forma de visión.

Lo que no se puede olvidar es que las nuevas formulaciones que se están alcanzando son, por definición, provisionales, es decir, revisables e incompletas. Ello exige que el acercamiento a esa tarea se realice desde la apertura y la búsqueda, más que desde la afirmación o el hallazgo.

Adentrándonos ahora en el terreno económico-social, tal vez lo primero que se deba decir sobre el desarrollo sostenible es que éste no es un modelo acabado y generalizable a cualquier ámbito. Es, más bien, un proceso dinámico de construcción de un modelo. Ello significa que se sabe mucho más lo que no es sostenible que lo que lo es y que, hoy por hoy, se puede avanzar algunos criterios, identificar algunas características de la sustentabilidad, proyectos y prácticas que se aproximan a ella.

La confusión entre crecimiento económico y desarrollo ha desvirtuado el concepto de bienestar, el que parecía objetivo final, "para qué" del desarrollo. Las economías productivistas han optado por el viejo concepto de crecimiento, basado en la utilización de caudales cada vez mayores de energías y de materias primas, y este modelo se ha mostrado insostenible. Se necesita  transitar hacia una búsqueda imaginativa de principios y estrategias que hagan un uso menos intensivo de los recursos. Este nuevo enfoque exige cambios de rumbo en los deseos y las preferencias de los consumidores, orientándonos hacia actividades benignas con el medio ambiente, a la vez que se reducen los consumos productivos por unidad de producto final (Goodland 1997).

Se trata  de favorecer la mejora de las condiciones de vida de todos (en especial de los más pobres) sin comprometer seriamente las posibilidades de vida sobre la tierra de las generaciones futuras.

Intervenir en esta dirección -y educar consecuentemente- supone enfatizar una cuestión básica, no por conocida menos olvidada: la diferencia entre valor y precio. Para comprenderla, conviene tener en cuenta que los valores ecológicos y los valores del bienestar se resisten a que se les ponga precio. En efecto, es imposible valorar en términos económicos un suelo fértil que resulta del trabajo de miles de años de la Naturaleza, el disfrute de un paisaje, o poner precio a una cultura en peligro de extinción.

Es preciso volver a decir en voz alta que no todo lo que tiene valor (y valor ambiental) puede ser retraducido a un precio en el mercado global, donde todo parece comprarse y venderse. Esta cuestión plantea una de las grandes dificultades del nuevo paradigma ambiental y de las teorías y prácticas orientadas a la sustentabilidad. Precisamente por ello, puede opinarse que el desarrollo sostenible no es sólo asunto de economistas, sino también de filósofos, de ecólogos, artistas, antropólogos y de todos aquellos que, en definitiva, pueden ayudar a comprender los diferentes valores tangibles e intangibles de la vida sobre la Tierra.

Forma parte del viejo paradigma una confusa identificación entre el ser y el tener. Tener es poseer. Poseer es necesario para una vida digna. La pregunta es: ¿Cuánto? ¿Con qué límites? ¿A costa de qué? No son cuestiones banales. Son preguntas de un profundo sentido ético, que desafían a nuestra responsabilidad moral con la Naturaleza y con los demás individuos de nuestra especie.

El tiempo, por ejemplo, es para algunas culturas y para muchos sectores sociales emergentes, un bien de altísimo valor. La consideración del tiempo disponible como un intangible que da cuenta de la calidad de vida lleva a muchas personas y comunidades a rechazar la condición de meros productores o consumidores a la que quiere reducirnos el mercado global. Desde tal perspectiva, se atiende más a la idea del ciudadano como partícipe, como alguien que modera el uso de recursos externos y acentúa el intercambio de bienes relacionales en el marco de la vida comunitaria.

En este intento, para que nuestra tarea resulte verdaderamente innovadora y a la vez sea sostenible, es importante recordar que cada persona y cada comunidad ha de recorrer sus propios caminos, utilizar sus propios instrumentos, descubrir sus dificultades, hallazgos y que en ello nos va el respeto a la diversidad como soporte de la sustentabilidad.

En definitiva, se trata de contribuir al cuestionamiento del viejo enfoque de una Ciencia desligada de los problemas éticos y a la superación de un modelo de crecimiento ilimitado, que conduce al desequilibrio ecológico y social. También, cómo no, de potenciar el alumbramiento de un nuevo paradigma ambiental, que nos permita vivir en armonía con todo lo existente.

Volver al índice

Enciclopedia Virtual
Tienda
Libros Recomendados


1647 - Investigaciones socioambientales, educativas y humanísticas para el medio rural
Por: Miguel Ángel Sámano Rentería y Ramón Rivera Espinosa. (Coordinadores)

Este libro es producto del trabajo desarrollado por un grupo interdisciplinario de investigadores integrantes del Instituto de Investigaciones Socioambientales, Educativas y Humanísticas para el Medio Rural (IISEHMER).
Libro gratis
Congresos

17 al 31 de enero
I Congreso Virtual Internacional sobre

Economía Social y Desarrollo Local Sostenible

15 al 28 de febrero
III Congreso Virtual Internacional sobre

Desafíos de las empresas del siglo XXI

Enlaces Rápidos

Fundación Inca Garcilaso
Enciclopedia y Biblioteca virtual sobre economía
Universidad de Málaga