SEGURIDAD ALIMENTARIA EN CUATRO COMUNIDADES MAYAS CON DIFERENTE ACTIVIDAD ECONÓMICA DEL NORTE DE CAMPECHE, MÉXICO

Lucio Alberto Pat Fernández

II. ANTECEDENTES

Existen noticias sobre numerosas hambrunas, a lo largo de la historia, que causaron millones de muertes en todos los continentes. La peor de ellas fue la que, acompañada de la plaga bubónica, causó alrededor de 43 millones de muertes en Europa, entre los años 1345 y 1348. La más mortífera del siglo XX, tuvo lugar en el norte de China y causó unos 30 millones de muertos después del “Gran Salto Adelante” de Mao, entre 1958-1962 (Pérez, 2000). En las últimas décadas del siglo XX, la hambruna se ha concentrado en África Subsahariana. En esta región, se estima que el hambre afectará a 40 millones de niños en el 2020 (Pinstrup, 1998). 

Las causas del hambre y la hambruna se han intentado explicar mediante el enfoque demográfico,  el económico y el denominado genéricamente como “nuevos enfoques”.

El enfoque demográfico se basa en la tesis maltusiana (1798) que sostiene que existe un desequilibrio entre el crecimiento de la población y la producción de alimentos. Esta teoría postula que existe una tendencia universal de la población a aumentar en progresión geométrica y de la producción a aumentar en forma aritmética. Cuando se alcanza una situación de fuerte desequilibrio entre el tamaño de la población y la producción de alimentos se presentan frenos que impiden el aumento de la población. Malthus clasificó los frenos al crecimiento de la población en positivos y preventivos. Los positivos son aquellos que incrementan la tasa de mortalidad (el hambre, las enfermedades, las guerras y las catástrofes naturales) y los preventivos son los que reducen la tasa de natalidad (Samuelson, 1983).
En 1974 se celebró la Conferencia Mundial sobre Alimentación en Roma para discutir la crisis alimentaria mundial. El tema más importante de los allí tratados fue la seguridad alimentaria, ya que los precios de los productos agrícolas se habían elevado a niveles sin precedentes y las existencias de grano eran excesivamente bajas. Se acrecentaron los temores de que el mundo se estaba dirigiendo en forma irrevocable hacia una escasez de alimentos, atribuibles a cambios climatológicos desfavorables de largo plazo y a los elevados índices de crecimiento de la población (Siamwalla y Valdés, 1980). En este contexto surgió el concepto de Seguridad Alimentaria Nacional (SAN) bajo el enfoque demográfico. La SAN se definió como la disponibilidad segura del suministro de alimentos suficientes para satisfacer las necesidades de consumo per cápita de un país en todo momento.

Amartya Sen, al analizar las hambrunas de Bengala de 1943 y de Etiopía, de 1972-74, comprobó que éstas no se debieron a la falta de alimentos, ya que en ambos casos se exportaban alimentos desde las zonas afectadas hacia otras limítrofes o a la capital. Los  comerciantes llevaban los alimentos guiados no por la necesidad de las personas, sino por la demanda que ejercían quienes tenían poder adquisitivo. Por consiguiente, constató que la causa de las hambrunas radica en la incapacidad de las familias pobres para acceder a los alimentos. A las capacidades de las familias para obtener alimentos, Sen las denominó titularidades (Pérez, 2000).
De acuerdo con Sen, las titularidades constituyen las capacidades para conseguir comida a través de los medios legales existentes en una sociedad. De esta forma, se puede hablar básicamente de tres tipos de titularidades: las basadas en la producción, como en el caso de los alimentos producidos a partir de los recursos productivos de la familia; b) las titularidades de intercambio, esto es, la capacidad de comprar alimentos en el mercado con el dinero obtenido por otras actividades; y c) las titularidades transferidas, como las obtenidas por herencias o por percepciones dadas por el Estado o la comunidad (Sen, 1981).

Para Sen, la hambruna ocurre por la pérdida repentina de diversos tipos de titularidades de determinados grupos, hasta un punto que les incapacita para disponer de alimentos suficientes, ya sea por una sequía que destruya la cosecha, por la pérdida de los ingresos salariales al ser despedido o por el acelerado incremento del precio de los alimentos.

Esta nueva visión contribuyó decisivamente a modificar la concepción tanto de la seguridad alimentaria como de las medidas necesarias para alcanzarla. El enfoque de la SAN, aunque siga vigente como objetivo deseable, no es una condición suficiente para erradicar el hambre. Sen, sostiene que el hecho de que un país aumente su suministro de alimentos no significa que los pobres puedan acceder a ellos. Por lo tanto, afirma que el objetivo prioritario debe ser la lucha contra la pobreza para garantizar a todas las familias y personas un acceso efectivo a los alimentos.

De esta forma, en la primera mitad de los 80´s, surge el concepto de Seguridad Alimentaria Familiar (SAF), dominante desde entonces en los debates teóricos tras ser progresivamente asumido por círculos académicos y organismos internacionales. Este enfoque implica una doble reorientación: primero, toma como escala de análisis no al país sino a la familia y más tarde, incluso, a cada individuo; segundo, se centra no en la disponibilidad sino en el acceso a los alimentos.

Entre las muchas definiciones formuladas de la SAF, la más influyente ha sido la del Banco Mundial (1986). Dicha definición es claramente deudora de la teoría de titularidades de Sen. De acuerdo con esa definición “existe seguridad alimentaria cuando todos los hogares, tienen acceso todo tiempo, a cantidades suficientes de alimentos para una vida activa y saludable”. Desde la perspectiva de la SAF, se pueden distinguir cuatro elementos (Celaya, 2004; Pérez, 2000): suficiencia a los alimentos, el acceso, la estabilidad y el tiempo.
La suficiencia de comida: se suele definir como una dieta suficiente aquella que satisface las necesidades nutricionales necesarias para una vida activa y sana.
El acceso al alimento: está determinado por las titularidades, es decir, el conjunto de recursos y derechos que capacitan para obtener alimentos produciéndolos, comprándolos o recibiéndolos como donación. Evidentemente, requiere como condición previa la disponibilidad de alimentos, algo que, aunque no es suficiente, sí es necesario.
La seguridad: representa el riesgo de sufrir una pérdida de los recursos familiares o personales mediante los cuales se accede a los alimentos.
El tiempo: es un factor esencial, debido a que la seguridad alimentaria presenta fluctuaciones temporales, y adquiere formas diferentes según el marco cronológico. Se suele aceptar la clasificación del Banco Mundial (1986), según la cual existe una inseguridad alimentaria crónica (hambre permanente por una pobreza constante) y otra transitoria (reducción puntual del acceso al alimento por alteraciones en los precios, los salarios, la producción, etc.). La transitoria, a su vez, puede ser de dos tipos: estacional (en los meses anteriores a la cosecha, cuando las reservas están agotadas), o temporal (durante un tiempo limitado por causas imprevistas), la cual puede desembocar en una hambruna.
La creciente bibliografía desarrollada en el campo de la “seguridad alimentaria” ha tenido por efecto la progresiva aparición de nuevos conceptos que han ido haciendo de la SAF una formulación más rica y compleja. Muchos de los estudios realizados a partir de los 80’s han criticado la definición del Banco Mundial y la teoría de las titularidades en que se basó. La crítica se ha desarrollado en torno a la simplificación económica del problema alimentario, y de haber olvidado diversos factores de gran importancia (De Waal, 1990), entre los que destacan: la desigualdad de género; la calidad y la diversidad de los alimentos, los sistemas de sustento, y las estrategias de afrontamiento.
El concepto de SAF habla del acceso al alimento de las familias; sin embargo, el enfoque tradicional tomaba a la familia como una unidad compacta, es decir, un todo armónico y solidario. Ahora, se reconoce que los hombres y mujeres tienen diferencias en cuanto al poder, el control de los recursos, las percepciones y las prioridades del gasto familiar (Ramírez et al., 2005). Las mujeres y niños, generalmente, están discriminados en el control de los recursos y el acceso a los alimentos (Batliwala, 1997). Consecuentemente, en el estudio de la seguridad alimentaria se debe tomar como unidad de análisis no a la familia en su conjunto, sino a cada persona, considerando las diferencias de género, edad y estado de salud.

Por otra parte, se reconoce que el estado de nutrición no depende exclusivamente del acceso a los alimentos sino del estado de salud de las personas. Para que la ingesta de alimentos tenga efectos nutritivos deseables, el organismo debe estar libre de enfermedades. Particularmente, las infecciones impactan negativamente en la utilización de nutrientes y la energía, debido a que el estado de salud influye en la digestión, absorción y la utilización biológica de los nutrientes. Se ha demostrado que las enfermedades diarreicas, respiratorias y los parásitos intestinales repercuten negativamente en el estado nutricional de los niños (Tomé et al., 1996; Leyva, 2001). La presencia de dichas enfermedades está asociada con la baja calidad de los alimentos debido a la contaminación de éstos, la higiene en la preparación de las comidas y el saneamiento ambiental (Kaufer, 1995). Asimismo, la carencia de algunos micronutrientes, debido a una dieta poco diversificada, provoca diversas patologías como la desnutrición por anemia, el raquitismo, el retraso en el crecimiento, la susceptibilidad a infecciones y una pobre digestión (Freire, 1998; Leyva, 2001).
 Algunos autores han insistido que la SAF no debe contemplarse como un objetivo aislado, sino como parte de un objetivo más amplio, como el disponer de un sistema de sustento seguro (Maxwell y Smith, 1992). Los sistemas de sustento (medios de vida) más seguros son los que presentan menos riesgo de pérdidas de titularidades.

La pérdida de titularidades y, por lo tanto, del acceso a los alimentos depende del grado de vulnerabilidad, y de los recursos y las capacidades con que cuentan las familias para enfrentar los cambios de las condiciones existentes.

La vulnerabilidad en seguridad alimentaria es una medida agregada de una población o región, la cual determina el riesgo de exposición a diferentes tipos de eventos o desastres y la capacidad de enfrentarlos (Borton y Shohan, 1991). Se pueden diferenciar dos tipos, la vulnerabilidad causada por factores inherentes al hogar, conocida como “vulnerabilidad”; y la vulnerabilidad causada por factores externos al hogar, conocida como “riesgos” (Mercado y Lorenzana, 2000).

En este contexto, la “vulnerabilidad” se refiere a los factores inherentes al hogar que condicionan el acceso a los recursos y su nivel de exposición al riesgo, entre éstos destacan: la composición de la familia, la clase social a la que pertenece, la actividad económica que desarrolla, el nivel educativo de sus miembros, la pertenencia étnica o religiosa.

Por su parte, los riesgos son factores externos no controlados por la familia, y se dividen en tendencias y choques. Las tendencias se refieren a las políticas macroeconómicas, la migración, los cambios de los precios internacionales de los alimentos. Los choques se refieren a las catástrofes causadas por las inundaciones, las sequías, plagas y enfermedades.

Ante las condiciones cambiantes de riesgo y vulnerabilidad, las familias instrumentan estrategias (coping strategies) para evitar y/o aliviar situaciones de crisis alimentarias durante los desastres, las crisis estacionales (durante los meses previos a la cosechas) o las crónicas (Pérez, 2000). Las estrategias adoptadas por las familias dependen de las características del entorno y del sistema de sustento (livelihood): el hábitat rural o urbano, el medio agroecológico, las actividades económicas que se desempeñan, y los recursos y capacidades de las familias (recursos materiales, técnicos, sociales y sicológicos).

En épocas de prosperidad las familias obtienen ingresos superiores a los que necesitan para satisfacer sus necesidades básicas, los excedentes se convierten en una serie de bienes o activos a los que se puede recurrir en tiempos difíciles (Pérez, 2000). Estos bienes, tanto tangibles como intangibles, se clasifican en:

a) Reservas en especie o en efectivo (granos, ganado, dinero, joyas, terrenos).
b) Inversiones materiales para incrementar la capacidad productiva (adquisición de herramientas o tecnología) o inversiones no materiales (mejora del nivel educativo, sanitario o nutricional de la familia).
c) Derechos demandables (claims), que consisten en derechos que pueden invocarse ante la comunidad, las élites o el Estado, para obtener ayuda en caso de necesidad, y que son consecuencia de la existencia de ciertos vínculos sociales.

La acumulación de reservas, de las que luego se podrá echar mano para afrontar las épocas difíciles, representa una reducción de la vulnerabilidad.

Otra estrategia adoptada por las familias es la diversificación de sus fuentes de ingresos tanto agrícolas como no-agrícolas. Se ha afirmado que la seguridad alimentaria es mayor en la medida en que depende de varias fuentes de ingresos, y menor si se dispone sólo de una o pocas. Así, las familias cuyos miembros se ocupan en actividades diversas (por ejemplo, agricultura, pesca y trabajo asalariado) son mucho más seguras, pues la posible pérdida de los ingresos en una actividad puede compensarse con los obtenidos en otras actividades (Sen, 2000; Pérez, 2000).

Los factores de riesgo y vulnerabilidad anotados exponen a las personas a inseguridad alimentaria. Las personas expuestas a este factor son aquellas cuya ingesta de alimentos está por debajo de sus necesidades calóricas mínimas, así como las que muestran síntomas físicos causados por la carencia de energía y nutrientes como resultado de una alimentación insuficiente o desequilibrada (FAO, 2002; Hoddinott, 2002). Por lo tanto, la forma de evaluar la inseguridad alimentaria es midiendo el aporte de calorías y nutrientes de los alimentos consumidos por los miembros de la familia (Álvarez y Restrepo, 2003).

Las nuevas aportaciones teóricas posteriores a la teoría de Sen fueron incorporadas a la definición de seguridad alimentaria aceptada en la Cumbre Mundial sobre Alimentación celebrada en Roma. Según tal definición: “Existe (seguridad alimentaria a nivel individual, familiar, nacional) cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y preferencias alimentarias para llevar una vida activa y saludable”. 

Tradicionalmente, la medición de la seguridad alimentaria en el ámbito familiar incluye la vigilancia alimentario-nutricional, y las encuestas alimentarias sobre el consumo de alimentos (Figueroa, 2005a).

La vigilancia alimentaria-nutricional se define como “el proceso permanente de compilar, analizar y distribuir la información necesaria para mantener un conocimiento actualizado de la producción y consumo de alimentos y el estado nutricional de la población; identificar sus cambios, causas y tendencias; predecir sus posibles variaciones y decidir las acciones preventivas o correctivas pertinentes”. Los indicadores usados para la vigilancia nutricional son de tres tipos: alimentarios (índices de disponibilidad y accesibilidad); nutricionales (mediciones antropométricos y deficiencias de micronutrientes); y de salud. 

La encuesta alimentaria es el método más utilizado para conocer el promedio de ingesta de alimentos de los miembros del hogar y para determinar el estado de la seguridad alimentaria en un tiempo dado. Además, las encuestas permiten examinar las modalidades de consumo por estratos de ingresos y zonas geográficas. También, puede ser vinculado con el análisis de la alimentación fuera del hogar, el intercambio de los alimentos y la influencia de los programas sociales.

Ante los procesos complejos de seguridad alimentaria, un enfoque alternativo para evaluar la seguridad alimentaria familiar es el marco conocido como “modos de vida” (livelihood). Los modos de vida se definen aquí como los recursos (capital natural, físico, humano, financiero y social), las actividades y el acceso a los recursos (a través de las instituciones sociales y las relaciones sociales) de las familias para ganarse la vida (Ellis, 2000).

Los modos de vida estudian las relaciones entre los activos (capitales) de los grupos domésticos (1), las fuentes de vulnerabilidad (2), las estructuras y proceso (3), las estrategias de vida (4) y los resultados (5). Los diferentes elementos definen el contexto en el cual los grupos domésticos desarrollan su vida. Por ello, el enfoque de Modos de Vida establece un vínculo conceptual entre lo que sucede dentro del hogar y el nivel macro alentando al análisis de cómo las vidas de las familias se ven afectadas por los procesos institucionales y de políticas (DFID, 1999; Soussan et al., 2000).


Las “capacidades” de Sen se refieren a lo que la persona puede ser o hacer (opciones) y lo que llega afectivamente a ser o hacer (logros) y no a los bienes de los que dispone. El disfrute de una larga vida, una mayor educación, la dignidad y el respeto de sí mismo son elementos que permiten ampliar la gama de opciones disponible para el individuo. La provisión de bienes es una condición necesaria, pero no suficiente, para ampliar esas opciones. Y lo que es más importante, la gama de opciones disponibles y los logros que se alcanzan aumentan o disminuyen con relativa independencia del monto de bienes accesible, en función de variables culturales, distributivas o de la capacidad de una sociedad para proporcionar bienes públicos, como la seguridad o la salubridad, que —por lo general— el mercado no puede proveer.

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