GESTIÓN ESTATAL DEL SUBDESARROLLO Y DOMINACIÓN AUTORITARIA EN MÉXICO, (1934-2006).

Héctor de la Fuente Limón

2.2 La gestión estatal del subdesarrollo en México.


Hemos señalado que así como el funcionamiento de la estructura socioeconómica influye en el Estado, también éste actúa de manera recíproca en la economía en tanto organización del poder político de la burguesía, y desde que el desarrollo se convirtió en un proceso científicamente determinado con la función de resolver los problemas generados en el proceso productivo, el Estado se ha encargado de organizar, promover, incentivar y vincular la ciencia y la tecnología con arreglo a las necesidades del proceso de acumulación capitalista. Esto, aunado a la aportación de medios colectivos de producción y consumo provistos con arreglo al nivel de desarrollo que han alcanzado de conformidad con las exigencias de la acumulación capitalista, es lo que se ha denominado gestión estatal del desarrollo.
Esta vital función del Estado para el funcionamiento del sistema capitalista en los países latinoamericanos, históricamente ha sido nula, y todo indica que lo que en estos países se ha impulsado desde la organización estatal es una eficaz gestión del subdesarrollo, jugando en ello un papel trascendental la forma en que estos países fueron incorporados al sistema capitalista de producción. Diversos autores coinciden en señalar que hasta fines del siglo XIX y comienzos del XX ninguno de los países de la región latinoamericana había logrado constituir un sistema de ciencia y tecnología vinculado a los procesos productivos, con pleno apoyo del Estado y capacidad de hacer aportes al conocimiento mundial en la materia.
Francisco R. Sagasti destaca como factores determinantes de esta condición, los siguientes:

Estas condicionantes son las que determinaron el subdesarrollo de la relación capital-trabajo en los países de la región,  ya que aquí la acumulación ha descansado en el trabajo general de los países desarrollados, es decir, en el progreso científico y tecnológico generado en estos países.
La falta de preocupación del Estado por desarrollar la ciencia y la tecnología en nuestro país, desde la colonia hasta nuestros días, ha estado determinada por el surgimiento y florecimiento del sistema capitalista de producción. Primero como colonia y después como nación independiente, en México las formas y relaciones de producción capitalistas se han impuesto desplazando a otras, pero en su forma subdesarrollada.
El subdesarrollo en nuestro país tiene sus orígenes en la colonia, ya que las actividades productivas fueron orientadas hacia la extracción de recursos naturales que eran de utilidad para la acumulación en la metrópoli, lo que provocó que se configurara una estructura productiva diseñada para exportar dichos productos sin que la generación de progreso para ello fuera un problema,  ya que los bienes e insumos para la producción eran suministrados por la propia metrópoli, gracias al monopolio comercial que ejercía sobre sus colonias. Como señala Germán Sánchez Daza:
En este largo trayecto de expansión capitalista [de los países más avanzados hacia el resto del mundo] se fue conformando una estructura económica que expresaba  tanto las concepciones e ideas de la burguesía europea naciente como la importación de sus prácticas productivas, incluidas la ciencia y la tecnología; asimilando además, de manera subordinada y funcional, aquéllos elementos nativos que le permitían mantener y profundizar su hegemonía, que en el caso de los procesos productivos incluyeron las técnicas prehispánicas, fundamentalmente agrícolas.

Una vez consumada la independencia, el país se incorpora a la división internacional del trabajo en la misma condición subordinada, ya que su estructura productiva estaba diseñada para ello. Esto no quiere decir que no existieran agentes sociales con proyectos que tuvieran entre sus prioridades la generación de progreso para el desarrollo, de hecho las convulsiones sociales que azotaron a nuestro país desde la independencia hasta el Porfiriato, en buena medida dan cuenta del choque de proyectos antagónicos en los que este tema estaba implícito.
Sin embargo, una vez producida la segunda revolución tecnológica en Europa en el siglo XIX, que generó la división entre trabajo general y trabajo inmediato, el progreso iba a estar determinado cada vez en mayor proporción por el desarrollo de la ciencia y la tecnología aplicada al perfeccionamiento de los procesos productivos, y la estructura socioeconómica del país pasó a depender desde entonces del trabajo general creado en los países que habían logrado dar este importante paso.
Ahora bien, no se puede hablar en este periodo de una ausencia en el país de ciencia y tecnología, ni mucho menos de la vinculación de investigadores locales a los desarrollos que de manera vertiginosa se estaban registrando entonces en los países desarrollados, Wionczeck, Bueno y Navarrete señalan que:
[…] a lo largo del siglo XIX, la comunidad científico-intelectual mexicana participó activamente en el intercambio de las innovaciones científicas, tecnológicas e intelectuales con el resto de mundo. Constancia de todo esto se encuentra en las revistas científicas mexicanas de la época, las publicaciones oficiales y los numerosos libros sobre “mejoras materiales”, es decir sobre adelantos tecnológicos, que servían como vehículo de difusión de las innovaciones técnicas europeas y norteamericanas. [Subrayado nuestro].

El problema se encuentra precisamente en que estos conocimientos eran generados muy escasamente a nivel local y estaban totalmente desvinculados de su aplicación práctica en los procesos productivos endógenos, y ese intercambio intelectual del que nos hablan los autores citados servía principalmente para difundir las innovaciones que se generaban en el polo desarrollado con la intención de ser aplicadas a la producción local, no para ser creados localmente.
Es además evidente desde entonces una nula participación del Estado en la gestión del desarrollo, en cuestiones tan básicas como la promoción y financiamiento de la investigación básica, la socialización del conocimiento científico y el impulso a la formación de investigadores. De ello da cuenta  el hecho de que “[…] toda esta actividad científica e intelectual se producía en élites, contribuía a la formación y consolidación de pequeños grupos alejados de los problemas y necesidades de la generalidad de la población y provocó un desarrollo industrial incipiente productor de bienes de consumo para los grupos privilegiados urbanos y la aristocracia rural.”
La revolución de 1910 no sólo no resolvió los problemas estructurales del desarrollo en nuestro país, sino que los vino a intensificar una vez concluido el conflicto armado. En este sentido, se puede hablar como la hacen Wionczeck, Bueno y Navarrete de una “anti-intelectualidad de la Revolución Mexicana” y del Estado que se constituyó al final de ésta, resultado del desprestigio en que cayeron las élites científicas que comulgaban con el positivismo, y que en la última etapa del porfiriato tomaron las riendas del gobierno. La pobreza y la marginación generalizadas fueron atribuidas entonces a las estrategias desplegadas por los científicos, a quienes se les relacionó como parte integrante de la oligarquía que controlaba el país. De ahí que su participación en el conflicto armado fuera prácticamente nula, y que una vez concluido éste, con la formación del nuevo Estado, fueran igualmente excluidos del nuevo proyecto de nación.
A esto hay que agregar que el generalizado analfabetismo de la población se convirtió en una prioridad a resolver por los gobiernos postrevolucionarios, por lo que éstos centraron sus esfuerzos en la difusión de la instrucción básica en todo el país en las primeras tres o cuatro décadas posteriores a la conclusión del conflicto, lo que ocasionó que se soslayara la inversión en educación superior, la formación de personal científico y técnico y la investigación en ciencia y tecnología de alto nivel.
Es así como se consolidó el subdesarrollo de la formación económica mexicana, bajo un esquema que estaría presente a lo largo de la historia de nuestro país hasta nuestros días:
La expansión geográfica de la ciencia y la tecnología fue considerada como el resultado de un proceso de difusión. La tecnología se trasladaba conjuntamente con la modernización económica impuesta por la Revolución Industrial, y la ciencia era transplantada desde los centros científicos europeos a las diversas regiones. Ambas, al cabo de un proceso gradual, terminaban por echar raíces en las periferias. Simultáneamente, siguiendo un punto de vista propio de la tradición ilustrada, se sostenía que la difusión de la ciencia y de la tecnología conducía eo ipso a la modernidad y a la occidentalización de las sociedades en las que se implantaba.

Este esquema que pondera la “difusión” de la ciencia y la tecnología, antes que su generación, organización y explotación locales, es el que ha determinado la gestión estatal del subdesarrollo en México a través de la instrumentación de políticas y estrategias que han mostrado su fracaso en los hechos, ya que sus objetivos se han reducido a insertar la economía local a la de los países desarrollados y acoger pasivamente su experiencia técnico-productiva y científico- tecnológica.
Por eso, teniendo siempre como referente el ideal del progreso generado en los países desarrollados, la burguesía local ha dirigido sus esfuerzos a adquirir la ciencia y la tecnología antes que apoyar su generación interna. Esta visión terminó de echar raíces a partir del primer tercio del siglo  pasado, cuando desde los centros académicos y de toma de decisiones se impulsó la idea de que la industrialización era el motor de la asimilación y difusión de la ciencia y la tecnología, y que éste era un factor determinante en el desarrollo del país y, en consecuencia, en la mejora en las condiciones de vida de su población.
Es en este contexto donde queremos introducir el estudio de la gestión estatal del subdesarrollo bajo la caracterización de los dos patrones de crecimiento que han estado vigentes en el país desde la postguerra hasta nuestro días, analizando de forma general la política económica instrumentada por el Estado en este periodo, y la concepción sobre el desarrollo científico y tecnológico que le ha sido propia.
Para ello hemos decidido abordar el análisis en dos periodos: en el primero, caracterizamos el patrón de crecimiento relativo vigente desde el inicio del periodo analizado hasta finales de la década de los ochenta, donde predomina una actuación del Estado activa en las esfera económica como promotor y capitalista colectivo; en el segundo, el patrón de crecimiento absoluto, donde el Estado se repliega de muchas de sus funciones económicas y desiste de las responsabilidades sociales adquiridas en el periodo anterior. Encontraremos en ambos periodos, una política económica que tiene como objetivo la acumulación capitalista en su forma subdesarrollada, y en consecuencia, una estrategia muy pobre en el renglón de impulso a la ciencia y tecnología local y su aplicación a los procesos productivos endógenos.

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