Tesis doctorales de Ciencias Sociales

LA AUTORREPRODUCCIÓN DEL SISTEMA DE LA CIENCIA EN EL CAMPO ACADÉMICO DE LA COMUNICACIÓN EN MÉXICO. UNA REFLEXIÓN A PARTIR DE NIKLAS LUHMANN

Juan Soto del Angel



 

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La reconstrucción de Raúl Fuentes

Seducciones de la ciencia en el campo global.

El primer trabajo que aparece en el Campo académico de la comunicación: hacia una reconstrucción reflexiva se titula “La institucionalización académica de las ciencias de la comunicación: campos, disciplinas, profesiones”. De inmediato se lee:

En un resumen del argumento que pretendo exponer, a manera de hipótesis, cabe reconocer que la institucionalización de la comunicación como carrera universitaria y como campo de producción de conocimiento académico en México, sigue pautas que no se originaron en México, y que en todo caso las especificidades nacionales del campo académico formado alrededor de las actividades universitarias de investigación y de formación profesional en comunicación son producto de factores tanto nacionales como, digamos, transnacionales, concretamente los manifiestos con mayor fuerza en Estados Unidos, por una parte, y en América Latina como región, por otra. (Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 46)

Salta a la vista la coincidencia entre Galindo y Fuentes: el campo es la carrera universitaria. Otro punto de contacto es que a partir de allí se produce conocimiento. He allí, también, el lugar de inicio de la evolución del sistema de la ciencia que se pretende reconstruir en el presente trabajo. En efecto, bajo la óptica que se ha escogido, el sistema productor del conocimiento científico es la ciencia. Las instituciones, los gremios, las conciencias, etc., son otros sistemas en el entorno de la ciencia. Uno y otros se interrelacionan. En este sentido, con base en Fuentes, se sostiene que el sistema de la ciencia, según el modo que opera en México, se origina principalmente en Estados Unidos y en América Latina. Los factores nacionales que han intervenido en las especificidades de la producción de conocimiento, citados por Fuentes, no son otra cosa que las aportaciones de los sistemas psíquicos y las condicionantes de otros sistemas sociales desarrollados en el entorno mexicano.

Considera Fuentes (en Galindo y Luna, 1995) que el campo de estudio de la comunicación “se institucionalizó primero y más sólidamente que en cualquier otra parte del mundo” (p. 48) en Estados Unidos. En el marco de tal institucionalización, pueden mirarse rastros de la autorreproducción del sistema de la ciencia con relación a estudios de comunicación.

Fuentes (en Galindo y Luna, 1995) hace una distinción que coincide en gran medida con la propuesta en este trabajo. Separa la organización social del campo de la institucionalización intelectual del campo. Nada lejos de lo que aquí se ha llamado entorno y sistema de la ciencia. La organización social no puede integrarse por otra cosa que por el entorno del sistema de la ciencia. En donde quedan incluidos los sistemas sociales (política, economía, escuelas, gremios, sistemas de interacción) y los psíquicos (las conciencias). En cambio, la institucionalización intelectual del campo se refiere a su contraparte: el sistema de la ciencia, precisamente.

Fuentes sigue un artículo de Melody y Mansell publicado en 1983 en Journal of Communication, cuya edición de aquel entonces tituló Ferment in the Field. Estos autores señalan que el fermento en el campo de la comunicación, de aquella época, está determinado por los vínculos entre la teoría y la práctica con los factores políticos y económicos.

En los cuarenta, Lazarsfeld (citado en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) había introducido la diferencia entre investigación administrativa e investigación crítica. Melody y Mansell (citados en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) se valen de ella. Sostienen que los investigadores administrativos excluyen los estudios relativos a la estructura de las instituciones económicas y políticas, fundamentalmente lo que se refiere a la centralización del poder. Mientras que los investigadores críticos desafían la tradición administrativa, al poner en cuestión las asimetrías políticas y económicas.

No hace falta decir más. Éstas son ya nociones familiares en Latinoamérica. Es la lucha contra el imperialismo yanqui. Los investigadores de países subdesarrollados, bajo el enfoque crítico, levantan su protesta en oposición al empirismo, funcionalismo o investigación administrativa norteamericana.

Fuentes ve ahí que, al cruzarse la dependencia de los países subdesarrollados con los objetivos económicos y políticos, se obstaculizó el desarrollo metodológico del campo. Acá se prefiere otra interpretación. Se trata, por una parte, de la interdependencia de sistemas; por otra, de su coevolución mediada por la interpenetración. Más aún: puede apreciarse mejor la autorreproducción evolutiva del sistema de la ciencia. La investigación administrativa norteamericana, con poco más y poco menos o con mucho más y mucho menos, no es otra cosa que el positivismo europeo. Que a su vez, con poco más y poco menos o con mucho más y mucho menos, representa a la ciencia moderna. Y si se quiere ir más atrás, de nuevo con poco más y poco menos o mucho más y mucho menos, la ciencia moderna coincide con la episteme griega. Y con estos poco más y poco menos o mucho más y mucho menos quiere hacerse referencia a las transformaciones estructurales del sistema de la ciencia, derivadas de la acción simultánea de la variación, la selección y la estabilización. Pero en este trabajo, más que la evolución general de la ciencia, interesa su evolución específica en el campo académico de la comunicación.

Volviendo al tema. En el décimo aniversario de Ferment in the Field (1993), el Journal of Communication publica El futuro del campo. Los editores, Mark Levy y Michael Gurevitch (citados en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) ven el campo académico de la comunicación fragmentado del siguiente modo: una parte, ciencia pura del comportamiento; otra, estudio humanístico interpretativo; y, una tercera, que llaman pizca de estudios sobre políticas de comunicación. Es evidente que esta mirada se refiere a lo que Fuentes llama institucionalización intelectual del campo. Desde la perspectiva luhmanniana, no se trata más que de variaciones, selecciones de variaciones y reestabilizaciones del sistema de la ciencia. Pero no faltan movimientos en las conciencias. Los cuales, dentro del sistema de la ciencia, se manifiestan en calidad de irritaciones. Levy y Gurevitch (1993, citados en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) escriben:

Las controversias pasadas en el saber académico de la comunicación han sido en buena medida resueltas y no han emergido nuevas controversias de ese orden teórico. La “comezón” por descubrir un paradigma universal de la comunicación ha sido sustituida por una cómoda aceptación del pluralismo teorético. (p. 51)

Y más adelante: “Al saber académico de la comunicación le falta status disciplinario porque carece de un núcleo de conocimiento y por tanto la legitimidad institucional y académica sigue siendo una quimera para el campo” (Levy y Gurevitch, 1993, citados en Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 51). Éstas y otras líneas de la convocatoria son bastante sugerentes. Una más: “las batallas ideológicas y metodológicas (...) continúan fragmentando nuestro campo” (p. 52]. Lo dicho: las mutaciones en el campo producen irritaciones en el sistema de la ciencia. Ésta tendrá que reaccionar con variaciones, selecciones de variaciones y reestabilizaciones. Precisamente, dentro del Futuro del campo, la sección que Fuentes (en Galindo y Luna, 1995) analiza es la siguiente: “El status disciplinario de la investigación de la comunicación”. El primer artículo es de un sueco (¿ciencia europea?): Karl Eric Rosengren. De quien indica:

Ahora desde su título “Del campo a los charcos de ranas” (sin signos de interrogación) afirma que el eje de las discusiones se ha desplazado de la dimensión cambio radical/regulación social (es decir un eje orientado por ideologías políticas), a la dimensión subjetivismo/objetivismo (a su vez definido más bien por ideologías científicas). Pero al mismo tiempo y quizá por ello, el campo “se caracteriza hoy más por la fragmentación que por la fermentación” (Resengren, 1993: 9). Su diagnóstico no es finalmente muy optimista, aunque propone “combinaciones, comparaciones y confrontaciones”. (Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 53)

Ni más ni menos: la coevolución por interpenetración, en marcha. La complejidad de los sistemas psíquicos y los sociales (político, científico o cualquier otro) queda expuesta recíprocamente una a la otra. Y cada sistema se autorreproduce sin afectar su clausura operativa. Además, lo común: la evolución no es lineal, sino compleja. El paso de la orientación política a la científica trajo más problemas que soluciones. Ahora la fragmentación del campo es mayor. En otras palabras, la autorreproducción del sistema de la ciencia en el campo académico de la comunicación se vuelve más complejo.

El segundo artículo que analiza Fuentes (en Galindo y Luna, 1995) es “Comunicación-Adoptar el objeto, no el campo”, de James R. Beniger. Este autor sostiene que el autonombrado campo de la comunicación debería ocupar un papel central. Cosa que no ha logrado, según su análisis bibliométrico. Para tal efecto propone la unificación teórica en torno a la comunicación con base en cuatro ejes: la cognición, la cultura, el control y la comunicación (Beniger, 1993, citado en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) “¿Por qué hay tantas teorías de la comunicación?”, de Robert T. Craig, es el siguiente artículo. El autor responde a la interrogante argumentando la falta de fronteras claras entre las ciencias sociales y las humanidades. Situación que se repite para el caso de la teoría y la práctica, debido a una creciente epistemología que se inclina por la función constitutiva, antes que por la explicativa (Craig, 1993, citado en Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 55). Respecto a la unificación teórica propuesta por Beniger y a la reflexión de Craig sobre el mismo tema, queda el siguiente comentario:

Esta propuesta de unificación teórica, como muchas otras antiguas y recientes, ubica la viabilidad de la reconstitución del campo en decisiones subjetivas, en conversiones diría Kuhn, que resultan prácticamente imposibles por la organización misma del campo, como estructura social, sujeta a más factores que los puramente epistemológicos. (Fuentes en Galindo y Luna, 1995:54-55)

Desde luego, el campo, en calidad de estructura social, está sujeto a “más factores que los puramente epistemológicos” y su reconstitución resultará prácticamente imposible. Sin embargo, la perspectiva luhmanniana que se ha seguido construye las cosas de manera diferente. Supone la existencia de sistemas autopoiéticos operativamente cerrados: psíquicos y sociales. Entre los últimos aparecen las sociedades, las organizaciones y los sistemas de interacción. Ahora bien, la sociedad contemporánea se distingue por la diferenciación funcional. Esto quiere decir que se vale de diversos subsistemas para cumplir con sus funciones: económico, político, educativo, etc. Todos los sistemas y subsistemas de la sociedad, o al menos la gran mayoría, se hacen presentes de algún modo en el campo académico de la comunicación. Además, ha de recordarse que los sistemas sociales requieren de un entorno indispensable: los sistemas psíquicos. Y el campo cuenta con los propios. De allí que Fuentes vea “más factores que los puramente epistemológicos”.

Ahora bien, aquí no interesa la reconstrucción del campo. Sino la que se refiere a la autorreproducción de un subsistema de la sociedad: el de la ciencia. Más específicamente, su autorreproducción en el campo (léase entorno) académico de la comunicación en México. Y todo ello, en una dimensión evolutiva sistémica.

Bajo esta óptica, la unificación teórica es ya una realidad. Es la autorreproducción del sistema de la ciencia. Que viene de la episteme griega, pasa por la ciencia moderna y el positivismo social. Hasta llegar a la investigación administrativa o funcionalista. Pero la investigación crítica tampoco es una novedad que apareciera en Estados Unidos. El propio Fuentes (en Galindo y Luna, 1995) fija los orígenes en la Escuela de Frankfurt, representada en la persona de Theodor Adorno. En este sentido, no se trataría más que de movimientos en el entorno de la ciencia que la llevan a variaciones, selecciones de variaciones y reestabilizaciones. En una palabra, de su evolución.

Pero no se entienda la evolución como un desarrollo por fases. Por ejemplo, primero la episteme griega, luego la ciencia moderna, en seguida el positivismo social, a continuación la perspectiva administrativa o funcionalista y, finalmente, la investigación crítica. Se trata sencillamente de transformaciones estructurales en el sistema de la ciencia originadas por su reacción a los cambios en el entorno. Un sistema, como cualquier otro, que va y viene, que salta y se revuelve en sí mismo. Sánchez (1991), verbigracia, hacía mención “de nuestro pasado intelectual, una episteme que aún nos conforma y del cual hoy luchamos por liberarnos” (p. 15). Después de dos mil quinientos años, pues, las estructuras de la episteme griega se manifiestan en operaciones.

Ferment in the Field y El futuro del campo son trabajos que revelan la irritación recíproca que se ocasionan el sistema de la ciencia y los sistemas psíquicos que le sirven de entorno. Asimismo, ponen de manifiesto la interpenetración que se da entre ellos, y por tanto, su coevolución. Los últimos tres artículos que analiza Fuentes de El futuro del campo son los siguientes: “El pasado del futuro esperado de la comunicación”, de Klaus Krippendorff; “Verbalizar la comunicación: cometido para la invención disciplinaria”, de Brenda Dervin; y, “Construyendo una disciplina de la comunicación”, de Gregory J. Shepherd. De acuerdo con Fuentes (en Galindo y Luna, 1995): Krippendorff “ofrece una reflexión de mucho mayor alcance” (p. 55) que Beniger con relación al diálogo en la disciplina; Dervin “profundiza y simplifica más, al mismo tiempo, el diagnóstico y la línea de desarrollo teórico-metodológico” (p.56); en tanto que Shepherd “plantea de una manera más radical aún esta cuestión” (p. 58).

En cuanto a diversos estudios del campo, desde su origen: “Ninguno de éstos considera a los participantes humanos en el proceso como entes capaces de arreglar sus propios significados, de negociar sus relaciones entre ellos mismos y de reflexionar sobre sus propias realidades” (Krippendorff, 1993, citado en Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 55-56). Tal es la razón por la que Fuentes considera de mayor alcance la reflexión de Krippendorff. Propuesta que condensa del siguiente modo:

La alternativa que presenta la epistemología constructivista y que puede llevar a una “nueva y virtuosa síntesis”, según Krippendorff, tiene tres componentes: primero, considerar a los seres humanos como entes cognitivamente autónomos; segundo, como practicantes reflexivos de la comunicación con otros: y, tercero, “como interventores moralmente responsables, si no es que creadores, de las mismas realidades sociales en las cuales acaban viviendo” (Krippendorff, 1993: 40). (Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 56)

Esta “nueva y virtuosa síntesis” se refiere a la propuesta de unificación teórica del campo. Y para el presente caso, lo que asoma no es otra cosa que el sistema de la ciencia acogiendo la epistemología constructivista. También habría que decir que “institucionalización intelectual del campo”, “status del campo”, “status disciplinario de la investigación de la comunicación”, “unificación teórica del campo”, “nueva y virtuosa síntesis”, “invención disciplinaria”, no son más que diferentes maneras de hacer referencia a la autorreproducción del sistema de la ciencia en el entorno constituido por el campo académico de la comunicación.

Si con Krippendorff asomaba la acogida de la epistemología constructivista por parte del sistema de la ciencia, con Dervin se hace más patente. Ello porque postula, en vez de la diferencia, la diferenciación. Lo que, además, coincide en alguna medida con la propuesta luhmanniana. En efecto, desde Luhmann, observar es trazar límites y fundar diferencias. El primer límite que traza un sistema es precisamente el que lo constituye en sistema, diferenciándolo de su entorno. A partir de tal límite fundará nuevos límites y nuevas diferencias. Pero nunca una observación podrá observar su propio límite; cada límite sólo podrá ser observado desde otro límite. Bajo estos principios es que los sistemas se observan unos a otros y se interrelacionan. Los psíquicos y los sociales se interpenetran, o lo que es lo mismo, coevolucionan.

La raíz aquí está en la cuestión de la diferencia –tanto las diferencias entre diversos sectores de nuestro campo como las diferencias esenciales de lo que estudiamos- las diferencias que caracterizan a los seres humanos, sus vidas simbólicas y sus productos simbólicos. (Dervin, 1993, citada en Fuentes en Galindo y Luna, 1995: 57)

Habla Dervin de los observadores y de las reducciones o construcciones que resultan de las observaciones. Los sectores del campo y los seres humanos representan sistemas observadores; lo que se estudia y los productos simbólicos, las reducciones. Hace hincapié en las diferencias que manifiestan. Desde Luhmann, los sistemas observadores son diferentes puesto que se autorreproducen trazando el límite que los distingue de su entorno y a la vez los funda. Y desde esos límites se producen las reducciones que, por lo mismo, también son diferentes.

Más adelante Dervin (citada en Fuentes en Galindo y Luna, 1995) señala que las diferencias se construyen y destruyen en la comunicación. Lo cual encuadra muy bien con la postura luhmanniana. Pero se precisaría del siguiente modo: las diferencias se construyen y destruyen por interpenetración, dando lugar a la coevolución.

En la línea de Krippendorff y Dervin, Fuentes cita a Gregory J. Shepherd, con su artículo “Construyendo una disciplina de la Comunicación”. Indica Fuentes que este último plantea de “manera más radical” la cuestión. Ello porque sugiere impulsar una ontología de la comunicación a la que habrían de adherirse los diversos estudiosos del campo. Por ejemplo, los sociólogos tradicionales investigan bajo un concepto homogéneo de sociedad; también los biólogos tradicionales inquieren a partir de una idea uniforme de vida; en una palabra, la ciencia positiva plantea una ontología general y una específica para los diversos sectores, cuyos principios son adoptados por los investigadores. Algo similar habría de pasar con los comunicólogos: interpretar el mundo desde un mismo ser de la comunicación, el cual, desde luego, está por formarse.

Los artículos de Krippendorff, Dervin y Gregory J. Shepherd dan muestras de los mecanismos de variación, selección de variaciones y estabilización que son comunes a toda evolución y, que en este caso, se manifiestan en la evolución del sistema de la ciencia, tomando como entorno el campo académico de la comunicación.

En el entorno o campo de la comunicación, el sistema de la ciencia, pues, arranca con la investigación administrativa de origen positivista. Poco después el entorno presenta cambios, a los que el sistema de la ciencia reacciona con variaciones. De las cuales, y sin renunciar a la investigación administrativa, selecciona estructuras de investigación crítica. Consigue allí alguna estabilización. Nuevas variaciones la llevan a otras selecciones, y por supuesto, a nuevas estabilizaciones. Esta vez parece acoger la oferta constructivista.

Ahí abandona Fuentes el análisis que hace del campo de la comunicación habiéndose ubicado en Estados Unidos. Un análisis que, como se vio, fue más allá. En efecto, los artículos se convocaron en dicho país, pero asistieron investigadores de diversas partes del mundo. Ahora se seguirán sus reflexiones con respecto al desarrollo del campo de la comunicación en Latinoamérica.


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