Tesis doctorales de Economía


MICHEL FOUCAULT Y LA VISOESPACIALIDAD, ANÁLISIS Y DERIVACIONES

Rodrigo Hugo Amuchástegui




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Variaciones sobre el espacio: cuatro artículos

Los artículos que presentamos a continuación interesan en tanto introducen ideas que tienen poco o nula referencia en los tres textos antecedentes. Aunque el formato de entrevistas de tres de ellos reduce la posibilidad de un desarrollo fundado, sin embargo, consideramos que corresponde analizarlos para rescatar los elementos espaciales que los caracterizan. El ordenamiento que seguimos es el de su publicación y no estrictamente el cronológico; de ese modo queda evidenciado, a través de la publicación de “Des espaces autres” el mismo año de su muerte, la continuidad de la inquietud foucaultiana. Los artículos son “Questions à Michel Foucault sur la géographie” de 1976, “L’œil du pouvoir” de 1977, “Espace, savoir et pouvoir” de 1982 y, el recién nombrado, “Des espaces autres”, escrito en 1967 y publicado en 1984.

1. “Questions à Michel Foucault sur la géographie” (1976c) es la publicación de una entrevista que le realizan a Foucault un grupo de geógrafos para la revista Hérodote. Motiva la misma, la coincidencia, al menos en principio así lo interpretan los entrevistadores, de la tarea foucaultiana con la propia. Ellos, además, manifiestan que temas como saber, poder, ciencia, formación discursiva, mirada, episteme y arqueología les han servido para orientar sus investigaciones. Buena parte de las referencias se originan de la lectura de La arqueología del saber.

En el inicio de la entrevista aparece una observación, por parte de los geógrafos, del olvido o desinterés por la geografía de los filósofos y, en particular, del mismo Foucault. Así concretamente le preguntan, ya que no surge de la obra foucaultiana escrita, si “tiene la geografía un ‘lugar’ en su arqueología del saber” (1976c: 28). La pregunta se sustenta también en que Foucault ha trabajado en zonas afines a la geografía, como la economía política y la historia natural, pero sin profundizar en ese vínculo. Foucault aclarará que la geografía es una de las ciencias, junto a varias más, en las que no se ha interesado particularmente, sin por ello desmerecerlas, pero manifiesta su entusiasmo si gente de otras disciplinas encuentran elementos en sus escritos que les sirvan: “Si uno o dos trucos (trucs) (aproximación o método) que he creído poder utilizar en la psiquiatría, en la penalidad, en la historia natural, pueden servirles, me siento muy contento” (1976c: 30). Pone en claro que su arqueología no tiene un “proyecto de cobertura total y exhaustiva de todos los campos del saber” (1976c: 31). Sin embargo, la inquietud de los geógrafos iba más allá de un simple reclamo sectorial; ellos estaban en búsqueda de elementos comunes o de “diálogo” con otras perspectivas, por ejemplo, con los historiadores para trabajar en torno a una geo-historia o una antropo-geografía.

Anticipemos que en “Des espaces autres”, conferencia de 1967 que los entrevistadores no parecen conocer, Foucault claramente había contrapuesto el espacio al tiempo y proclamado que en la época contemporánea interesa más el espacio que el devenir temporal. Justamente sobre esto mismo es interrogado, ya que los miembros de Hérodote entienden que Foucault privilegia el tiempo sobre el espacio al decirle: “Usted privilegia de hecho el factor tiempo arriesgándose a delimitaciones o espacializaciones nebulosas, nómadas” (1976c: 31), ya que Foucault emplea indicaciones ambiguas como “la cristiandad, el mundo occidental, la Europa del norte, Francia, sin que esos espacios de referencia sean verdaderamente justificados o incluso precisados” (1976c: 31). Además, se le hace notar la enorme profusión de metáforas espaciales que emplea, y que da lugar a una rica explicación terminológica por parte de Foucault, mostrando que lo que éstos entienden como metáforas geográficas no son exactamente tales. Así, con respecto al término “territorio” indica que es inicialmente una noción jurídico-política, junto al término “dominio”; la palabra “campo” es económico-jurídica; la palabra “suelo”, histórico-geológica; “región” es palabra del ámbito fiscal, administrativo, militar y asimismo otras como “horizonte”, “paisaje” que tampoco corresponden a la geografía (1976c: 32). Sin embargo, la discusión que se proponía no pasaba por la dependencia de origen de las palabras que emplean los geógrafos, cosa que estos profesionales reconocen e incluso la vinculan al campo militar, pues el concepto “región” viene de regere, dirigir “y provincia no es más que el territorio vencido (de vincere). El campo reenvía al campo de batalla” (1976c: 33). Y Foucault admite que su empleo de términos comunes al ámbito geográfico-espacial radica en su necesidad de desprenderse de términos cargados de temporalidad pues

“quien únicamente plantease el análisis de los discursos en términos de continuidad temporal se vería necesariamente abocado a analizarlos y a considerarlos como la transformación interna de una conciencia individual. Construiría así una gran conciencia colectiva dentro de la cual ocurrirían las cosas”. (1976c: 33)

Foucault reconoce que ha tenido una obsesión por los términos espaciales, y ello se debe a su interés por analizar las relaciones de poder-saber, de modo de focalizar el problema en la administración y la política del saber. Las nociones de “campo”, “posición”, “región”, “territorio” aparecen como esenciales a sus trabajos y, de ese modo, justifica y coincide con los entrevistadores con que los términos espaciales son relevantes en su obra.

Retoma el tema de la relación entre tiempo y espacio, y reconoce que el segundo ha sido descalificado filosóficamente a favor del primero, sin pretender hacer la genealogía de esa descalificación que tendría a Bergson –como propone– como un importante momento: “El espacio es lo que estaba muerto, fijado, lo no dialéctico, lo inmóvil. Por el contrario, el tiempo era rico, fecundo, vivo, dialéctico” (1976c: 34), pero esto ha sido desde una perspectiva histórica de la continuidad, de la evolución, del proyecto de la existencia. Foucault obviamente reconoce que, al ocuparse de procesos históricos, como él hace, no puede el tiempo estar ajeno, pero la recurrencia a concepciones espaciales es inevitable si se quiere entender la problemática del poder (1976c: 34).

El segundo texto de referencia para los geógrafos es Vigilar y castigar (1975). Allí encuentran que no se emplean estrictamente metáforas espaciales, sino que “lo que está en juego es la descripción de instituciones en términos de arquitectura, de figuras espaciales” (1976c: 34). El intercambio de ideas se dirige principalmente a la relación del panoptismo con el estado y la policía, discutiéndose los límites de la conexión panoptismo-estado. Foucault reconoce “la importancia y la eficacia del poder de Estado”, pero advierte que centrarse allí implica muchas veces no considerar otros mecanismos “que con frecuencia lo afianzan mucho mejor” (1976c: 36). Pero volviendo al interés geográfico le preguntan “si el saber geográfico no lleva inscrito el cerco de la frontera, sea ésta nacional, provincial o municipal” y, por lo tanto, “si no habría que añadir (a las figuras del loco, del delincuente, del enfermo, del obrero) la del ciudadano soldado. ¿El espacio del encierro no sería entonces infinitamente más ancho y menos compartimentado?” (1976c: 36). Foucault responde que le parece una idea seductora, que vincula al discurso nacionalista y a la constitución de la identidad, aunque sin adscribirla totalmente. Los geógrafos introducen también el tema del mapa como “instrumento de saber-poder” que relacionan con temas foucaultianos asociados con técnicas como la medida en los griegos, la encuesta en la Edad Media y el examen en el siglo XVIII. Foucault acepta esto y plantea que, sin embargo, no hay una neta separación histórica, sino que estas técnicas actúan también interrelacionadas y no permiten diferenciar estrictamente ciencias de la naturaleza y ciencias del hombre. La geografía justamente es para él un caso perfecto de disciplina que utiliza estas tres técnicas (1976c: 37).

Por su parte, en una revisión de la propia disciplina, los geógrafos reconocen que se han especializado en realizar catálogos, inventarios, lo que ha generado su “débil trascendencia epistemológica”, ya que estrictamente sus trabajos servían para los aparatos de poder. Es decir,

“esos viajeros del siglo XVII o esos geógrafos del XIX eran en realidad agentes de información que recogían y cartografiaban los datos, información que era directamente explotable por las autoridades coloniales, los estrategas, los comerciantes o los industriales”. (1976c: 38)

Por último, los geógrafos afirman que en la obra de Marx hay una dimensión de espacialidad importante: “Existen trozos enteros que denotan una sensibilidad espacial sorprendente” y, aunque Foucault rechaza la figura de autor en torno a dicho nombre, propone en consonancia con el tema incorporar “todo lo que Marx ha escrito sobre el ejército y su papel en el desarrollo del poder político” (1976c: 39). Finalmente, y en este artículo, que es más importante por las inquietudes que transmite que por los contenidos o informaciones que proporciona, reconoce la importancia de la geografía en su obra: “Me doy cuenta de que los problemas que plantean a propósito de la geografía son esenciales para mí. Entre un cierto número de cosas que yo relacioné, estaba la geografía, que era el soporte, la condición de posibilidad del paso de lo uno a lo otro” y propone temas de estudio que no llegó a desplegar: “El ejército como matriz de organización y de saber –la necesidad de estudiar la fortaleza, la ‘campaña’, el ‘movimiento’, la colonia, el territorio” (1976c: 40)

2. “L’œil du pouvoir” (1977a) es también una entrevista de 1977 que aparece encabezando el libro de Jeremy Bentham, El Panóptico. La realizan la historiadora Michelle Perrot y Jean Pierre Barrou, tanto en relación con el libro que antecede como obviamente con Vigilar y castigar. Si bien buena parte de las formulaciones sintetizan las presentes en dicho texto, aparecen varios aspectos de la cuestión visoespacial que nos parece conveniente resaltar:

2.1. Orígenes del interés de Foucault por el Panóptico

Propone considerar dos momentos. El primero, su estudio “La arquitectura hospitalaria de la segunda mitad del siglo XVIII” (1977a: 190) orientado al funcionamiento de la mirada médica, que le lleva a descubrir una constante preocupación arquitectónica por la total visibilidad, junto a los problemas de la separación de los cuerpos y la circulación del aire. El segundo parte de sus investigaciones sobre el problema de la penalidad, donde encuentra continuas referencias a Bentham referidas a la modificación de las prisiones, tema que cobra peso en el siglo XIX. Un antecedente militar que presenta es la disposición de los dormitorios en la Escuela militar de París en 1755 (1977a: 191), otro son las salinas de Ledoux aunque –reconoce Foucault– “si bien la idea del Panóptico es anterior a Bentham, es él quien realmente la ha formulado y bautizado” (1977a: 191). De todos modos, y contra las generalizaciones abusivas que se han hecho del tema, termina afirmando: “Sería falso decir que el principio de visibilidad dirige toda la tecnología del poder desde el siglo XIX” (1977a: 192).

2.2 La arquitectura a finales del siglo XVIII

Foucault contrapone la arquitectura anterior centrada en el palacio, la iglesia y la plaza fuerte, cuya finalidad era manifestar al soberano y su poder, a esta nueva arquitectura que busca la “organización del espacio para fines económicos-políticos” (1977a: 192). Se refiere a Philippe Ariès y sus estudios sobre la modificación de la casa que, si hasta este siglo unifica en un solo espacio todas las operaciones, después necesita establecer diferenciaciones, es decir, un espacio para la cocina, otro para el comedor, “otra habitación para los padres, que es el lugar de la procreación, y la habitación de los hijos” (1977a: 192), incluso separando varones y mujeres. Esta división está ligada a un principio de moralización específico de la familia obrera.

2.3. La importancia política de los espacios

Aquí afirma: “Queda por escribir una historia total de los espacios –que podría ser al mismo tiempo la historia de los poderes– desde las grandes estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del hábitat”, frase que nosotros ya hemos citado, pero que completa agrega “de la arquitectura institucional, de la sala de clase o de la organización hospitalaria, pasando por las implantaciones económico-políticas” (1977a: 192), reconociendo al mismo tiempo el olvido que ha tenido esta historia. Reconoce que Marc Bloch y Fernand Braudel han valorizado esta cuestión espacial y propone continuarla, ya que “el anclaje espacial es una forma económico-política que hay que estudiar en detalle” (1977a: 193). El olvido que ha tenido el espacio para la filosofía y su reemplazo por el tiempo –tema que se reitera en otros capítulos– en figuras tales como Hegel, Bergson, Heidegger se debió a que el espacio fue tomado tanto por la tecnología política como por la ciencia física y experimental (1977a: 193).

2.4. Los médicos y la arquitectura

Basándose en sus estudios sobre el siglo XVIII, Foucault afirma: “Los médicos eran entonces en cierta medida especialistas del espacio” (1977a: 194), y desarrolla las categorías espaciales por las que puede caracterizarlos así. Ellos planteaban cuatro problemas fundamentales:

I. Los emplazamientos (climas regionales, los suelos y su estado) o sea, los elementos que podían favorecer el desarrollo de una enfermedad determinada.

II. Las coexistencias, que supone diferenciar las relaciones que los hombres establecen con otros hombres, con las cosas, con los animales y con los muertos, analizando en cada caso los problemas específicos que pueden surgir.

III. Las residencias, es decir, las cuestiones de la casa y su relación con la ciudad.

IV. Los desplazamientos, y aquí se refiere al problema básico de la propagación de las enfermedades (1977a: 194).

2.5. Bentham y Rousseau. La preocupación por la transparencia: paralelismos y diferencias

Siguiendo los escritos de J. Starobinski, La Transparence et l'Obstacle y L'Invention de la liberté, propone hacer un paralelismo entre Rousseau y Bentham: “Yo diría que Bentham es el complemento de Rousseau”. Rousseau tenía una desmesurada preocupación por la transparencia que buscaba “no simplemente revelar la verdad del mundo, sino también hacer manifiesta su propia verdad interna, su auténtico sí mismo” (Jay 1994: 90), que los hombres fuesen transparentes entre sí, “que los corazones se comuniquen unos con otros, que las miradas no encuentren ya obstáculos” (Foucault 1977a: 195). Foucault considera que Bentham comparte esto, pero es también lo contrario, ya que también plantea la visibilidad amplia de una mirada dominadora. Rousseau transmite con sus ideas su preocupación por una transparencia comunicativa y amistosa, personal, que está lejos de la problemática política benthamiana, aunque se haya reconocido el humanitarismo de su propuesta, ya que Bentham cree que la opinión (entendida como mirada) de los otros influye sobre los comportamientos, y es este principio heredero de los ideales de la Revolución francesa.

2.6. Los espacios oscuros y su imaginario

Si las prisiones y los hospitales entran en la discusión de la época revolucionaria como edificios a reformar, esto se debe a que son lugares asociados a la oscuridad, y ésta se vincula con la arbitrariedad política del antiguo régimen, con la superstición, con la ignorancia, con las epidemias, con el delito. Foucault nombra aquí otros espacios que aportan a este imaginario negativo: los castillos, los depósitos de cadáveres, las casas de corrección, los conventos. Las novelas de terror de la época también ayudaron a difundir estos espacios de lo oculto, de la complicidad que debían ser destruidos, pues se asociaban a monjes y aristócratas (1977a: 197).

2.7. Poder y economía: la mirada vigilante

Así, contra estos espacios denostados de la oscuridad, la Revolución se alimenta del deseo de transparencia, de la comunicación sin barreras, donde “el poder podría ejercerse por el solo hecho de que las cosas se sabrán y las gentes serán observadas por una especie de mirada inmediata, colectiva y anónima” (1977a: 197). Foucault hace notar la paradoja del Panóptico, que recupera la imagen de la torre y el castillo –obviamente no en forma expresa por Benthan– para “crear un espacio de legibilidad detallada” (1977a: 197). Pero todo es una invención que, si es apreciada, se debe a la cuestión económica en un doble sentido: economía de dinero, en la medida en que un solo individuo puede cumplir la función de vigilancia –e incluso podría prescindir de este mismo vigilante– y economía política, ya que, si antes la violencia monárquica generaba insurrecciones, en este caso, donde la violencia no sería extrema, no habría costos represivos.

2.8. Los media y la mirada

Foucault plantea que si bien en el siglo XVIII se creía ilusoriamente que la opinión social actuaba directamente para transformar las conductas –de ahí la confianza en la vigilancia inducida–, sin embargo se desconocían “las condiciones reales de la opinión” que llevan a cabo los media, como ser en ese momento la prensa y, en la actualidad, el cine y la televisión. Es decir, se ignoraba el hecho de que éstos están organizados por intereses económicos y políticos: “En el fondo, es el periodismo –innovación capital del siglo XIX– el que ha puesto de manifiesto el carácter utópico de toda esta política de la mirada” (1977a: 204).

2.9. Insurrecciones contra la mirada o las formas de resistencia

Los límites históricos del panoptismo se muestran en las formas de insurrección que se le han opuesto. Aquí Michelle Perrot aporta al tema, al mencionar el rechazo a vivir en las ciudades organizadas como ciudades obreras y la resistencia a los horarios de las fábricas. Pero es básicamente Foucault quien plantea lo que nosotros podríamos llamar “límites de las insurrecciones”. Al preguntarle Perrot si para los prisioneros tendría sentido tomar la torre central del Panóptico, responde “sí, con la condición de que éste no sea el sentido final de la operación. Los prisioneros haciendo funcionar el Panóptico y asentándose en la torre, ¿cree Ud. que entonces sería mucho mejor que con los vigilantes?” (1977a: 207).

3. “Espace, savoir et pouvoir” (1982a) es otra entrevista que le realiza, en este caso, Paul Rabinow. Comienza con el cuestionamiento que éste le hace acerca de su afirmación de que la arquitectura se había vuelto política hacia el fin del siglo XVIII en desmedro de otros momentos, como el Imperio Romano. Pero Foucault responde que lo particular de dicha época es la aparición de una “literatura política” en la que aparece la inquietud por la organización de la sociedad, o más específicamente de la ciudad, que incluye temas como el modo adecuado de construir las casas. La relación arquitectura y política es ciertamente anterior, pero es a partir de esta época que en los tratados sobre el arte de gobierno aparecen capítulos referidos a la arquitectura. No surge como un interés propio entonces de los arquitectos, sino de los políticos que descubren un nuevo objeto: la ciudad. Este nuevo interés se basa en la posibilidad de pensar el territorio francés desde la óptica de la ciudad:

“Las ciudades no son más, desde ahora, las islas que escapan al derecho común. De aquí en adelante, las ciudades, con los problemas que ellas conllevan y las configuraciones particulares que ellas toman, sirven de modelos a una racionalidad gubernamental que se va a aplicar al conjunto del territorio”. (1982a: 272)

Los problemas del territorio, por lo tanto, como los de la ciudad, serán los de la enfermedad –la epidemia–, la revolución –las revueltas urbanas. Pero también interesan los ferrocarriles –la red vial– y los fenómenos sociales que éstos originan o que se imagina que originarían:

“En Francia, una teoría toma forma, según la cual las vías debían favorecer la familiaridad entre los pueblos, y las nuevas formas de universalidad humana así producidas harían la guerra imposible. Pero lo que las personas no habían previsto –aunque el comando militar alemán, mucho más sagaz que su homólogo francés, había sido plenamente consciente– es lo contrario, la invención del camino de hierro hacía la guerra mucho más fácil”. (1982a: 274)

En síntesis, no son propiamente cuestiones arquitectónicas, sino “técnicas del espacio”. Con la Escuela de Puentes y Caminos se pone en claro que los que operan realmente sobre el espacio son los ingenieros y no los arquitectos. La cuestión del arquitecto y los límites profesionales aparecen tratados por nosotros más adelante en el capítulo “La investigación urbana, los arquitectos franceses y la influencia foucaultiana”; aquí solamente hacemos notar que se discute la posibilidad de crear espacios arquitectónicos liberadores u opresores y Foucault rechaza esa idea, proponiendo diferenciar las “intenciones” de los arquitectos que pueden estar en ese sentido –caso Le Corbusier–, de sus prácticas, planteando los limitados alcances sociales de la arquitectura: “Y pienso que la arquitectura puede producir, y produce, efectos positivos cuando las intenciones liberadoras del arquitecto coinciden con la práctica real de las personas en el ejercicio de su libertad” (1982a: 276). Se refiere también al falansterio de Jean Baptiste Godin (1819-1888) de 1859 como una arquitectura explícita de la libertad que, al mismo tiempo, resultaba opresiva para los propios obreros por su sistema de vigilancia mutua.

Rabinow lo interroga sobre la arquitectura moderna y postmoderna y, sin referirse a ello directamente, Foucault afirma que no es posible hacer ningún retorno a tiempos pasados –entendiendo quizá que el postmodernismo juega con la idea de retorno al pasado. Así dice:

“Un buen estudio de la arquitectura campesina en Europa, por ejemplo, mostraría a qué grado es absurdo querer retornar a las pequeñas casas individuales con sus techos de paja. La historia nos protege del historicismo –de un historicismo que invoca al pasado para resolver los problemas del presente”. (1982a: 280)

También, al mencionar sus próximos libros de la historia de la sexualidad, se le pregunta si éstos abordan la cuestión arquitectónica. Y, aunque responde negativamente, se refiere a las arquitecturas del placer de Roma, sus barrios del placer, sus burdeles y sus termas. En particular, estas últimas tuvieron continuidad en la Edad Media como lugar de encuentro de hombres y mujeres, pero desaparecieron entre los siglos XVI y XVII, aunque en Francia se mantuvieron hasta el siglo XIX. Se refiere a los baños como lugares de encuentros sexuales. Foucault propone comparar las termas antiguas al burdel como arquitecturas del placer, pero también de la sociabilidad, pues en estas últimas había lazos compartidos por disfrutar de las mismas mujeres y también las mismas enfermedades. De todos modos, se aclara, en uno y otro lugar no era el mismo tipo de sociabilidad.

Otro aspecto a destacar de este artículo es la alusión que se hace a las metáforas espaciales que emplea Foucault en Las palabras y las cosas, tema ya considerado. La respuesta es suficientemente interesante para que valga la cita completa:

“Lo que es llamativo en las mutaciones y en las transformaciones epistemológicas que operan en el siglo XVII, es ver cómo la espacialización del saber ha constituido uno de los factores de la elaboración de este saber en ciencia. Si la historia natural y las clasificaciones de Linneo han sido posibles, es por un cierto número de razones: por un lado, hay literalmente una espacialización del objeto mismo de análisis, cuya regla ha sido estudiar y clasificar las plantas únicamente sobre la base de lo que era visible. No se tenía el recurso de la microscopía. Todos los elementos tradicionales del saber, como, por ejemplo, las funciones médicas de las plantas, fueron abandonados. El objeto fue espacializado. Por consiguiente, el objeto fue espacializado en la medida en que los principios de clasificación habían sido encontrados en la estructura misma de las plantas: el número de sus elementos, su disposición, su tallo, y algunos otros elementos como altura de la planta. Luego ha estado la espacialización por medio de ilustraciones contenidas en los libros, que no fue posible sino gracias a ciertas técnicas de impresión. Más tarde aún, la espacialización de la reproducción de las plantas mismas, que se ha representado en los libros”. (1982a: 284)

Vemos, entonces, como un importante aspecto de Las palabras y las cosas, texto que nosotros no hemos trabajado como fundamental en términos de la problemática del espacio, sin embargo, puede ser considerado en relación con el problema del espacio. Este proceso, que Foucault detalla de la espacialización del objeto de estudio, hasta la cuestión de la impresión de las imágenes correspondientes, hace que diga finalmente: “Éstas son técnicas del espacio y no metáforas” (1982a: 284).

Y, por lo tanto, reflexiona finalmente que la arquitectura, la historia de la arquitectura, debería ser pensada en el “contexto de la historia general de la techne”, pero no entendida como tecnología pura, como cuando se piensa en la tecnología del fuego, de la madera, sino en el sentido amplio con que se trabaja cuando se refiere a las técnicas de gobierno como: “el gobierno de los individuos, de las almas, de uno por uno mismo, de las familias, de los chicos” (1982a: 285).

4. “Des espaces autres” (1967-1984b). Este artículo es el que ha tenido más repercusión en aquellos interesados en la problemática del espacio en y a partir de la obra de Foucault. Reiteremos que esta conferencia pronunciada en 1967 fue autorizada por Foucault para su publicación en 1984. Por cierto, despliega aquí una serie de ideas que lamentablemente no desarrolló, aunque se pueden detectar también algunos elementos que sí aparecen en su obra posterior, especialmente en Vigilar y castigar.

Comienza planteando que la época actual podría considerarse como la época del espacio, mientras que el siglo XIX tuvo la gran obsesión de la historia: “Estamos en un momento en que el mundo se experimenta, creo, menos como una gran vida que se despliega a través de los tiempos que como una red que enlaza puntos y que entrecruza su madeja” y, a continuación, la críptica, pero repetida frase: “Acaso se podría decir que algunos de los conflictos ideológicos que animan las polémicas actuales se desarrollan entre los piadosos descendientes del tiempo y los encarnizados habitantes del espacio” (1967-1984b: 752). Este tema del “espacio versus el tiempo”, como vimos, aparece en otros sitios.

Sin embargo, no es –ni sería– posible descartar las categorías temporales y propone grosso modo una historia del espacio que tendría los siguientes momentos:

1. La Edad Media que se caracteriza por establecer una jerarquía de los lugares basados principalmente en oposiciones como: sagrado-profano, protegido-abierto y sin defensas, urbano-campesino, supraceleste-celeste, celeste-terrestre, lugar natural-lugar antinatural. A la concepción del espacio medieval la denomina espacio de localización.

2. El segundo momento, la época moderna, tiene a Galileo como exponente de una concepción del espacio como infinito e infinitamente abierto. El tipo de espacio que se instituye a partir del siglo XVII es la extensión.

3. La época contemporánea, que se diferencia por destacar las “relaciones de vecindad entre puntos o elementos”, y cuyas categorías dominantes son “lo simultáneo”, “la yuxtaposición”, “lo próximo” y “lo lejano”, “lo contiguo” y “lo disperso”, es la época del emplazamiento (1967-1984b: 753).

No puede plantearse, sin embargo, una separación tajante, ya que el espacio contemporáneo no está totalmente desacralizado y tiene un conjunto “intocable” de oposiciones espaciales: espacio privado-espacio público, espacio de la familia-espacio social, espacio cultural-espacio útil, espacio del ocio-espacio del trabajo (1967-1984b: 754).

Foucault diferencia también entre un espacio del adentro y otro del afuera. El primero, que tiene a Bachelard y a los fenomenólogos como exponentes, es valorizado contra el espacio de la ciencia, en la medida en que aquellos “nos han enseñado que no vivimos en un espacio homogéneo y vacío, sino por el contrario en un espacio cargado por completo de cualidades”. Este tipo de espacialidad intrínseca, que también es la que se da en los sueños, en las pasiones oscila entre ser “un espacio ligero, etéreo, transparente, o bien un espacio oscuro, rocoso, atestado” (1967-1984b: 754).

El segundo espacio, o mejor la característica definitoria en términos espaciales de nuestra época, está dada por el conjunto de relaciones que definen los ya mencionados espacios de emplazamiento. Una clasificación (incompleta) diferencia entre:

1. Emplazamientos de paso: las calles, los trenes.

2. Emplazamientos de parada provisoria: cafés, cines, playas.

3. Emplazamientos de reposo (cerrados o semicerrados): la casa, la habitación, la cama.

Pero particularmente le interesa un cuarto tipo de emplazamiento que nosotros llamamos:

4. Emplazamientos inversores, ya que “tienen la curiosa propiedad de estar en relación con todos los demás emplazamientos, pero de tal modo que suspenden, neutralizan o invierten el conjunto de las relaciones que, a través suyo, se encuentran designadas, reflejadas o pensadas” (1967-1984b: 755) y se dividen en:

4.1 Las utopías: emplazamientos sin lugar real, que “mantienen con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o inversa. Se trata de la misma sociedad perfeccionada o del reverso de la sociedad”.

4.2. Las heterotopías: son lugares reales,

“una especie de utopías efectivamente realizadas en las que los emplazamientos reales ... están a la vez representados, impugnados e invertidos, son una especie de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sin embargo resulten efectivamente localizables”. (1967-1984b: 756)

4.3. Emplazamiento intermedio entre utopías y heterotopías: los espejos. El espejo es utopía, lugar sin lugar, y es heterotopía, pues existe realmente y nos muestra a nosotros mismos.

Se centraliza en torno a la cuestión de las heterotopías, de las que proporciona los principios para reconocerlas:

Primer principio: En todas las culturas es posible encontrar heterotopías, aunque éstas no tengan carácter universal. Propone organizarlas del siguiente modo:

1. Heterotopías de crisis: Son propias de las sociedades primitivas. Se refiere a aquellos lugares privilegiados, sagrados o prohibidos, a donde se dirigen o se ubican individuos que están en algún estado de crisis o transformación. Se cita el caso de las mujeres en la época del período, el momento del parto, a los ancianos y se indica que también existen en la sociedad contemporánea (siglos XIX y XX) aquellos lugares que no eran los habituales para la realización de la primera experiencia sexual, por ejemplo, o “la desfloración de la muchacha” que debía realizarse en “ninguna parte” concreta.

2. Heterotopías de desviación: Son aquellos lugares donde se sitúan los individuos que se desvían de la norma. Los ejemplos que cita (prisiones, asilos, clínicas psiquiátricas) se corresponden con los que aparecen muy posteriormente en Vigilar y castigar, aunque en dicho texto no utilice nunca este término (1967-1984b: 757).

Segundo principio: Una heterotopía, dentro de una sociedad dada, puede modificar su modo de funcionamiento.

Analiza los cambios que ha habido en un caso particular, la heterotopía “cementerio” dentro de la cultura occidental. Hasta finales del siglo XVIII se encontraban en el interior de la ciudad y vinculados a la iglesia, con un sistema de jerarquizaciones de las sepulturas: a. osario (cadáveres sin identificar), b. tumbas individuales c. tumbas en el interior de la iglesia y éstas divididas en c.1 losas y c.2 mausoleos. Pero desde el siglo XIX, todos tienen derecho a un ataúd personal, por un lado, y, por otro, los cementerios se ubican en lugares alejados de la ciudad, en su límite exterior. Poéticamente dice Foucault: “Los cementerios ya no constituyen más el viento sagrado e inmortal de la ciudad, sino la ‘otra ciudad’, donde cada familia posee su negra morada” (1967-1984b: 758).

Tercer principio: “La heterotopía tiene el poder de yuxtaponer en un solo lugar real varios espacios, varios emplazamientos que son en sí mismos incompatibles” (1967-1984b: 758).

Los ejemplos que proporciona son los siguientes:

1. El teatro: en el rectángulo del escenario ocurren cosas y espacios diferentes, “ajenos entre sí”.

2. El cine: en el espacio de la sala tenemos la pantalla de dos dimensiones y lo proyectado de tres.

3. El jardín antiguo y sus significaciones superpuestas, como en el caso del jardín milenario persa que, como espacio sagrado, tenía referencias al cosmos, donde la fuente central representaba el ombligo del mundo. El tapiz aparece como una subespecie del jardín: “el tapiz es una especie de jardín móvil a través del espacio” (1967-1984b: 759).

Cuarto principio: Las heterotopías se vinculan a heterocronías, y éstas son formas de temporalidad que suponen una ruptura con lo que llama “la concepción tradicional del tiempo”. Los ejemplos por las que se las puede reconocer son, según Foucault:

1. Heterotopías del tiempo que se acumula.

1.1. Los cementerios, que incluye nuevamente, y que ponen en juego la muerte y “esta cuasieternidad en la que (el individuo) no deja de disolverse y de borrarse”.

1.2. Los museos y bibliotecas, en tanto heterotopías de la acumulación temporal: “Museos y bibliotecas son heterotopías en las que el tiempo no deja de amontonarse y de encaramarse a la cima de sí mismo” (1967-1984b: 759) como propia del mundo occidental desde el siglo XIX.

2. Heterotopías del tiempo que se diluye, ligadas a la idea de la fiesta.

2.1. Las ferias, entendidas como espacios con objetos y personajes variados como luchadores, mujeres-serpiente y similares.

2.2. Los pueblos de vacaciones, a los que se concurre por períodos breves. Se mencionan los poblados polinesios que son asociados a la idea de un regreso a una vida primitiva.

Quinto principio: “Las heterotopías suponen siempre un sistema de apertura y de cerrazón que, a la vez, las aísla y las vuelve penetrables” (1967-1984b: 760). Se establecen las siguientes diferenciaciones:

1. Uno se encuentra constreñido a dicho espacio: el cuartel, la prisión.

2. Uno debe someterse a ritos y purificaciones para ingresar: pueden ser puramente religiosos, como los hammams (baños) musulmanes o higiénicos, como los saunas escandinavos.

3. Uno cree entrar, pero se está al mismo tiempo excluido. Foucault cita el caso de cuartos en las grandes haciendas de Brasil donde los huéspedes podían entrar libremente a descansar, pero al mismo tiempo tenían impedido todo acceso a la familia propietaria. Quizá un caso más cercano sea el de los moteles con sus entradas independientes, donde “uno entra con su coche y con su amante y donde la sexualidad ilegal se encuentra a la vez absolutamente amparada y absolutamente oculta; mantenida aparte, sin que no obstante se la deje al aire libre” (1967-1984b: 761).

Sexto principio: “En relación con el resto del espacio, cumplen una función” (1967-1984b: 761). Estas pueden ser:

1. Heterotopía de ilusión: crean un espacio de ilusión que “denuncia como más ilusorio aún todo el espacio real, todos esos emplazamientos en cuyo interior la vida humana está compartimentada” (1967-1984b: 761). Y se refiere a “aquellos famosos burdeles”.

2. Heterotopía de compensación: “crean otro espacio real, tan perfecto, tan meticuloso, tan bien repartido como a su vez el nuestro está desordenado, mal dispuesto y embrollado” y Foucault piensa si esto no es lo propio de las colonias, “las sociedades puritanas que los ingleses fundaron en América y que eran lugares diferentes, absolutamente perfectos” y las colonias fundadas por los jesuitas en América del Sur, “colonias maravillosas, absolutamente reguladas, en las que la perfección humana estaba efectivamente realizada” (1967-1984b: 761) y describe éstas meticulosamente.

3. Heterotopía por excelencia: es aquella que sintetiza los elementos presentados, en tanto es un lugar sin lugar, independiente del exterior, cerrado sobre sí y desplazándose al infinito en la medida en que no tiene un punto de anclaje constante. El ejemplo que proporciona obviamente es el del barco (1967-1984b: 762).


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