Tesis doctorales de Economía


MICHEL FOUCAULT Y LA VISOESPACIALIDAD, ANÁLISIS Y DERIVACIONES

Rodrigo Hugo Amuchástegui




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Pinel y Tuke

El capítulo “Nacimiento del asilo” se inicia con dos momentos espaciales que aparecen como fundadores de la psiquiatría moderna y que tienen “el peso de su leyenda”. Por un lado, la organización de un establecimiento cuáquero –el Retiro– cerca de York en Inglaterra (1791) para albergar “a aquellos de sus miembros que tengan la desgracia de perder la razón” (1964 [1986II: 190]) y, por otro, el gesto liberador de Pinel sacándoles las cadenas a los “alienados de Bicêtre”. En el primero, la curación se asocia con un espacio que, aunque cerrado, no parece serlo. En el segundo, es la apertura a un espacio de posibilidades en el espacio interior del asilo lo que atenuará los males que se sufren.

Las casas que establecen los cuáqueros y cuya figura descollante es Samuel Tuke surgen en oposición a las arbitrariedades que se asocian al funcionamiento del internamiento, y presentan la forma de una iniciativa privada. Por su parte, el gesto liberador de Pinel ha quedado como mítico y no realmente como comienzo de un cambio, desde el momento en que él ya estaba ocupándose de la locura en Bicêtre, aunque es reconocido que no todos los encerrados allí estaban locos, “pues [durante la revolución] se ve allí un refugio de sospechosos, aristócratas que se ocultan bajo los harapos de los pobres, agentes extranjeros que allí se confabulan, disimulados por una falsa alienación” (1964 [1986II: 199]) y, aunque es oscura la finalidad que perseguía Pinel, termina en la “constitución de un dominio en que la locura debe aparecer en una verdad pura” (1964 [1986II: 202]).

¿Cómo es el establecimiento cuáquero? Está en el campo, tiene ventanas sin rejas, jardines, con un “paisaje muy agradable”, con cultivos y cría de animales. Toda esta dimensión espacial tiene fines terapéuticos. Allí se desarrollarán actividades como el trabajo en tareas agrícolas o en jardines, tareas que combinadas con la ausencia de restricciones evidentes cooperan –se supone– a la curación. El principio básico es el alejamiento de la sociedad, considerada como fuente de las alteraciones mentales. Acota Foucault que el fundamento de la confianza en este retorno a la naturaleza es básicamente mágico y está basado en la suposición de que la naturaleza “hará triunfar a la naturaleza, por similitud, acercamiento y misteriosa penetración, mientras se encuentra conjurado todo lo que la sociedad ha podido poner en el hombre de contra-natura” (1964 [1986II: 205]). Este retorno mítico ha sido el alimento del que se ha nutrido este Retiro.

Por su parte, la liberación de los locos de Pinel responde a otras concepciones. Ejemplifica en particular la liberación de un “capitán inglés encadenado en una mazmorra de Bicêtre desde hace 40 años” (1964 [1986II: 211]) que retoma su función en forma útil para el mismo asilo o en un soldado que se constituye en sirviente fiel y valiente de Pinel. Se constituye así al asilo como un espacio donde los liberados responden a su tipo social, y aunque no recuperen totalmente la normalidad, convierten al asilo en “una especie de república del sueño en que las relaciones sólo se establecerán en una transparencia virtuosa” (1964 [1986II: 215]) que se contrapone a la violencia que domina en el exterior, invirtiendo la concepción que asimilaba el loco a la animalidad furiosa.

De todos modos, Pinel y Tuke elaboran sus concepciones desde posiciones opuestas. El segundo recupera los valores de lo primitivo en su retorno a lo natural, mientras que Pinel en la liberación limitada del espacio cerrado sin cadenas encuentra en la figura del modelo o tipo social la estrategia de la recuperación (1964 [1986II: 216]). Si ambos, sin embargo, forman parte del mito de los inicios de la psiquiatría, Foucault reinterpretará dicho comienzo no como el desarrollo de un conocimiento que se ha liberado de sus trabas, sino como una reconstitución moral.

Veamos el detalle, con su dimensión espacial. Si el gesto de Tuke fue interpretado como liberación de los alienados, su objetivo era reconstituir “un medio lo más parecido posible a la Comunidad de los Cuáqueros” y, en ese sentido, suponía la “segregación moral y religiosa”, ya que los alienados de la comunidad resultaban, por un lado, aún más profundamente perturbados cuando eran encerrados en los establecimientos públicos con compañías de todas las clases y, por otro, porque en estos nuevos establecimientos la religión iba a operar con toda su fuerza. Esta “liberación” está sustentada en la convicción de que hay restos de razón en el alienado, que son recuperados por medio de su persuasión para que recobre esa razón escondida, bajo el llamado a su conciencia y a los beneficios de un trabajo absolutamente regulado en sus etapas.

Dentro de las estrategias de guía para que el loco se reencuentre con su propia conciencia está el empleo de métodos teatrales (y en ese sentido estamos refiriéndonos nuevamente a formas espaciales), que funcionan como doble de la vida en la que debiera luego insertarse, en una torsión de su empleo espectacular, como ya vimos. Su utilidad no es ahora el entretenimiento externo, sino la pedagogía recuperadora. Es así que se realizan tea-parties que repiten los modos de organización social exterior. El loco, en esos ceremoniales, controla –se supone y según dicen, se verifica– sus comportamientos bajo el juego de las miradas que lo constituyen en un sujeto extraño que debe sujetarse al personaje que debe representar en tal situación y, de esta forma, la locura es objeto de vigilancia, observación y clasificación. El juego de la mirada y la palabra es acá contrapuesto a la oposición psiquiatría-psicoanálisis. La mirada se contrapone al diálogo. La mirada es objetivadora y el psicoanálisis opondrá a estos poderes visuales los poderes del lenguaje: “Vigilancia y Enjuiciamiento: aquí se perfila ya un personaje nuevo que va a ser esencial en el asilo del siglo XIX” (1964 [1986II: 228]). Es por este juego de la mirada de la autoridad–aunque también ligada en este texto a la palabra– que se logra dominar al loco. En síntesis, el gesto liberador es reinterpretado desde la temática de la vigilancia.

Por su parte, la situación con Pinel es opuesta y complementaria. Allí no es la religión lo importante sino la “relación puramente médica”. Incluso la religión está vista –especialmente el catolicismo– como origen, en muchos casos, de profundas alteraciones psicológicas, aunque no desconoce una eficacia curativa relativa de ésta. Pero, por otro, es una valoración moral, basada en su diagnóstico social, lo que está en la base de su reforma psiquiátrica. Para Foucault

“se trata de lograr síntesis morales, de asegurar una continuidad ética entre el mundo de la locura y el de la razón, pero practicando una segregación social que garantice a la moral burguesa una universalidad de hecho y le permita imponerse como derecho sobre todas las formas de la alienación”. (1964 [1986II: 239])

Pinel emplea en la recuperación de los asilados tres medios que también podemos entender como teatrales. En primer lugar, el silencio, que invierte en algunos alienados su locura, bajo el sometimiento al silencio de los otros, que tienen prohibido hablarles. Modificación, por tanto, de una escena que, por haberse constituido en hábito, descoloca al enfermo y lo obliga a resituarse y modificar su relación con los otros. Si las cadenas y las burlas lo justificaban en su locura, su ausencia y el silencio concomitante suponen el desalojo de las certezas asumidas. Aquí es la determinación de un espacio que no actúa sobre la coerción física, sino que, en su apertura, pone en la ausencia de lenguaje el camino del retorno a la salud mental: “El suplicio era su gloria [en el caso del enfermo a que nos referimos en nota encerrado con cadenas en su calabozo]; su liberación debe humillarlo” (1964 [1986II: 242]). En segundo lugar, el reconocimiento en el espejo. Este camino busca potenciar la manía del alienado mediante el reconocimiento de los límites que tiene el personaje que él u otro equivalente se ha construido y que tome conciencia de su situación y sienta vergüenza. En el caso, por ejemplo, que se considere rey, se buscará ayudarlo a advertir sus impotencias, de forma que “el maniaco primeramente se siente trastornado, en breve comienza a dudar de su título de soberano, y finalmente acepta sus extravíos quiméricos” (1964 [1986II: 244]). Por último, el juicio perpetuo constituye al asilo en un “microcosmos judicial”. Para el proceso de teatralidad curativa, se cita el ejemplo de curación por apariciones terroríficas que inducen al alienado por el temor, y que modifica finalmente su conducta. La idea de vigilancia se generaliza: “Todo está organizado para que el loco se reconozca en un mundo judicial que lo rodea por todas partes; se sabe vigilado, juzgado y condenado; de la falta al castigo, la unión debe ser evidente, como una culpabilidad reconocida por todos” (1964 [1986II: 248]). La formación de la interioridad supone el “nacimiento del remordimiento en el espíritu enfermo”. Pero junto a estas formas teatrales, y –como dice Foucault–, silenciada por la tradición que hace del gesto liberador de Pinel un gesto fundador, está el encierro dentro del encierro de aquellos que son inmunes a las formas de castigo que permite la legalidad asilar (duchas frías, camisas de fuerza). A aquellos que mantienen su fanatismo religioso, que no trabajan y roban, les seguirá correspondiendo la prisión en el interior de este espacio pensado como liberador. En síntesis,

“el asilo de la época positivista, de cuya fundación corresponde a Pinel la gloria, no es un libre dominio de la observación, del diagnóstico y de la terapéutica: es un espacio judicial, donde se acusa, juzga y condena, y donde no se libera sino por medio ... del arrepentimiento. La locura será castigada en el asilo, aunque sea inocente en el exterior. Será por largo tiempo, e incluso hasta en nuestros días, prisionera de un mundo moral”. (1964 [1986II: 251])

Por último, Foucault destaca el rol del médico que aparece con el asilo. Es él quien ordena la internación, y por su propia actividad y presencia constituye, medicalizando el espacio, como ‘espacio médico’ (1964 [1986II: 253]). Es esta reformulación de un espacio que cobra nuevo significado lo que se reconoce con el ingreso de la medicina, tema del siguiente capítulo.


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