Tesis doctorales de Economía


MICHEL FOUCAULT Y LA VISOESPACIALIDAD, ANÁLISIS Y DERIVACIONES

Rodrigo Hugo Amuchástegui




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Subjetividad

"O espaço constitui, desde o início da reflexão ocidental, a jaula do homem,

a grade através da qual ele elabora a reflexão sobre sua realidade"

(Campa 1985: 182)

Dentro de lo que llamamos “derivaciones” del pensamiento visoespacial foucaultiano, en nuestra sección “Recorridos históricos de la visoespacialidad”, uno de nuestros supuestos básicos es el convencimiento de que las formas materiales, como elementos de variados dispositivos espaciovisuales –tanto en términos de edificios concretos o conjuntos de los mismos integrados en una ciudad o territorio– actúan sobre los seres humanos condicionando sus modos de actuar y por tanto de ser, ya que incluso se habla de moldear la propia interioridad, al reconocer la capacidad de los entornos urbanos, por caso, de generar deseos en los individuos. Esta idea, que aparece en ámbitos sociológicos, incluye los modos de configuración de las representaciones de uno mismo, representaciones que son dependientes del propio contexto histórico cultural. Esa modelación de conductas responde a lo que nosotros entendemos como procesos de formación de subjetividad en relación específica con problemáticas visoespaciales.

No se trata aquí, por lo tanto, de desarrollar la cuestión específica del sujeto en Foucault, no solo porque en su obra ella no es sencilla de elucidar, sino porque excedería a nuestro tema. Simplemente observemos que no hay en Foucault la postulación de ningún sujeto fundador, soporte del conocimiento o del desarrollo de la historia. No hay ninguna tradición cartesiana, hegeliana o fenomenológica en que apoyarse, estamos en el terreno de la dispersión (Castro 2006), en el terreno de formaciones históricas y, en particular, geográfico-espaciales. Foucault introduce la idea de un sujeto que no es autónomo, sino resultado de esos modos o prácticas de subjetivación, que cambian históricamente.

¿Cómo comprender esas prácticas en particular en relación con nuestro tema? Castro aclara que hay dos modos de entenderlo. Uno en relación a la problemática de la ética y otra, una dimensión más amplia. En el segundo sentido,

“Foucault habla de los modos de subjetivación como modos de objetivación del sujeto, es decir, modos en que el sujeto aparece como objeto de una determinada relación de conocimiento y de poder. En efecto, los modos de subjetivación y de objetivación no son independientes los unos de los otros; su desarrollo es mutuo”. (Castro 2004: 333)

Si bien en el primer sentido, que es el que se desarrolla en Historia de la sexualidad II y III, se pone el énfasis en las prácticas que le permiten al sujeto transformar su propio ser, nosotros creemos que ambos modos pueden ponerse en correlación en la problemática visoespacial. Es decir, aunque los modos de subjetivación son “formas de actividad sobre sí mismo”, a nosotros nos interesa la relación que tienen las formas materiales en ese proceso y, aunque no podemos hablar de una “determinación”, si podemos hablar de un “condicionamiento”. En textos como Vigilar y castigar no aparece la idea de libertad o de construcción de sí mismo, aunque la misma no necesariamente debe ser descartada. La noción de sujeto-objeto encierra una alternativa de modificación, en particular si aceptamos que no hay sino relaciones de poder y no de dominación. En ese sentido, Foucault afirma:

“Yo pienso que es un poco arbitrario ensayar de disociar la práctica efectiva de la libertad, la práctica de las relaciones sociales y las distribuciones espaciales. Desde el instante que se separan estas cosas, ellas se vuelven incomprensibles. Una no puede comprenderse sino por la otra”. (1982a: 277)

Este reconocimiento de la dimensión espacial es por tanto el tema de nuestro trabajo. Pero ampliemos desde otras perspectivas esto que estamos diciendo. La concepción de que el hacer arquitectónico induce comportamientos tiene variadas justificaciones. Así, se puede entender que el arquitecto no solo construye un objeto, sino que al insertarlo lo constituye en contexto, de forma tal que:

“El habitante de la ciudad es aquél que en su subjetividad es afectado o constituido por la dimensión contextual resultante del objeto. Entonces, la subjetividad urbana del habitante dependerá en gran medida del modo en que ese objeto haya sido pensado en su objetualidad y en su contextualidad”. (Lewkowicz 2002: 61)

La arquitectura determina una indeterminación y, de ese modo, construye un sentido donde no lo había antes, o altera el anterior y por eso mismo podemos decir también que condiciona o modifica al transeúnte-habitante. Construye o reconstruye una subjetividad.

Por su parte, Giorgio Améndola plantea claramente lo que estamos indicando. Así, citando la conocida frase de Churchill: “Nosotros creamos nuestros edificios y nuestros edificios nos crean a nosotros” introduce la idea de “experiencia arquitectónica”, la idea de que determinados lugares tienen la “capacidad de transformarnos por el hecho de atravesarlo y de producir una experiencia después de la cual ya no somos los mismos” (Améndola 2000: 162). Esto, que puede aplicarse a los grandes espacios de la antigüedad –nombra en particular a las catedrales– ha sido captado por los principales promotores inmobiliarios de la actualidad y, en particular, por los constructores de grandes centros de consumo. La arquitectura aparece como una gran maquinaria que “pone en marcha el mundo confuso de las pulsiones y deseos” (Améndola 2000: 200). La dirección de las miradas, tema que nosotros encontramos en lo que llamamos el “dispositivo catedralicio”, es también un elemento constitutivo de las organizaciones espaciales, y la ejemplificación está en espacios contemporáneos específicos: “En Eurodisney todo está preorganizado, hasta las memorias que construir: los lugares más importantes para recordar, o mejor para fotografiar, están marcados con precisión: ‘Point Photo’” (Améndola 2000: 214).

Si comenzamos diciendo que la arquitectura tradicionalmente –fuera de visiones estéticas– apuntaba a inducir comportamiento, ya hoy pareciera –al menos en algunos casos– que lo que se quiere es producirlo, controlarlo. Así,

“el shopping mall es el eficiente y brillante panóptico del fin del milenio proyectado para dar cabida a los sueños y venderlos en porciones. El sueño demiúrgico de generaciones de arquitectos de controlar el comportamiento humano mediante el proyecto y el espacio construido parece, en el shopping mall contemporáneo, próximo a cumplirse”. (Améndola 2000: 263)

Si nos remitimos a posturas precedentes, buena parte de la bibliografía llamada “utópica” del siglo XIX –aunque también la referida a los proyectos menos utópicos que tenían a los industriales como promotores–, confía en la bondad de las formas materiales para la realización de la buena sociedad y, por lo tanto, la conformación de los modos de pensar y actuar de los individuos condicionados (no determinados) por éstas. Es decir, los individuos son incitados a tener comportamientos considerados positivos (Choay 1970). Por ejemplo, el biólogo y urbanista Patrick Geddes (1854-1932) sostenía que

“una ciudad se vuelve una verdadera ciudad en la medida en que desarrolla nuevos y mayores poderes para enriquecer y mejorar la vida íntima de sus ciudadanos, para combinar sus diversos intereses en una política ética y para evocar aquellos elevados dones de personalidad que dominan circunstancias, trascienden la tradición y llevan las alas del espíritu al reino de la cultura creativa”. (citado en Huxley 2007: 198)

En dicho período, y dentro del contexto de la historia argentina, las teorizaciones que giraban alrededor de la época posrrevolucionaria de autonomía relativa de las ciudades, muestran que las autoridades porteñas –Rodríguez y Rivadavia, entre otros– defendían la concepción de la ciudad regular, regularidad que suponía que la transformación física de la ciudad iba en paralelo con su transformación política y de los ciudadanos:

“Es decir, una figura regular provocará indefectiblemente regularidad en aquellos que están sujetos a ella y, por lo tanto, una mejora sustancial en su comportamiento. De allí que podamos pensar que en este particular momento, más que en cualquier otro del pasado, la política se ‘formalice’, se construya a partir de la creencia de que la legitimación de sus prácticas puede en parte realizarse desde el diseño urbano, desde los aparatos arquitectónicos que deben funcionar como verdaderas máquinas reformadoras”. (Aliata 2006: 58)

Volviendo a Foucault, y en una perspectiva de análisis marcadamente influenciada por su obra, tenemos a Zarankin (2002) quien cita a Austin y Thomas: “La cultura material en la forma tanto de la arquitectura como de los artefactos portables es comúnmente interpretada por las personas y contribuye a la formación de su subjetividad” (1986: 46),

y agrega que los espacios son objetos sociales que no son reflejos pasivos de la sociedad en que se encuentran sino “partícipes activos en la formación de las personas” (2002: 39).

Por otra parte, los investigadores que pertenecen a las disciplinas geográficas, y que también reconocen su deuda con el pensamiento de Foucault, indican la necesidad de examinar “los poderes causales y productivos atribuidos a los espacios y entornos en las aspiraciones de catalizar los comportamientos apropiados y las subjetividades” (Huxley 2007: 193).

Huxley incorpora otra dimensión a la más tradicionalmente disciplinaria de control de cuerpos en el espacio. Es decir,

“los espacios y entornos no están simplemente delineados o dispuestos para propósitos de disciplina o vigilancia, visibilidad o administración. En proyectos de subjetivación política o autoformación gubernamental, los comportamientos corporales apropiados y las formas de subjetividad deben ser sostenidos a través de cualidades positivas, catalíticas de los espacios, lugares y entornos”. (Huxley 2007: 195)

La idea de gubernamentalidad, derivada de las lecciones que Foucault dio en el College de France, incorpora una nueva dirección en la relación entre espacio y subjetividad. Huxley encuentra que

“la gubernamentalidad es también indeleblemente espacial, tanto en términos de los espacios que busca crear como en la lógica causal que empapa tales intentos con su racionalidad … si el poder y el gobierno son vistos no solo como formas de control, sino también como productivos de subjetividades políticas y sujetos auto formados; y el espacio es considerado como integral al ejercicio del poder y a la conducción de las conductas, entonces la causalidad espacial y ambiental (environmental) puede ser examinada como elementos centrales en el pensamiento de gobierno.” (Huxley 2007: 199)

En síntesis, podemos decir que en Foucault la subjetividad o, mejor dicho, la producción de subjetividades en relación con la dimensión espacio-visual, puede ser analizada desde dos perspectivas, tanto desde las prácticas propiamente disciplinarias, centradas en los cuerpos individuales como desde las “tecnologías biopolíticas del poder” (Coleman 2007: 322).

Este tema se vincula a la concepción de Bourdieu del habitus, que destaca el rol conformador del mundo de los objetos [visoespaciales, agregamos nosotros] para constituir el “sujeto” (Bourdieu 1980 [2007: 124]).


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