Tesis doctorales de Economía


MICHEL FOUCAULT Y LA VISOESPACIALIDAD, ANÁLISIS Y DERIVACIONES

Rodrigo Hugo Amuchástegui




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La influencia de Plotino

En el caso del filósofo neoplatónico (204-270), podemos entender, a nuestro criterio, que le sirve a Vasconcelos para desarrollar el orden propiamente estético y obviamente el tema de la belleza que, con los pitagóricos, no se encontraba plenamente fundamentado. Y esta fundamentación la podemos vincular al tema de las imágenes. Para ello no debemos descuidar que en Plotino hay también un marcado ascetismo y espiritualismo y éstos son caminos hacia la contemplación: “Para Plotino, el alma accede a la belleza tras una verdadera ascesis ... La búsqueda suprema es la de ‘lo bello en sí en toda su pureza, no lo que está abrumado de carne y de cuerpo’” (Fell 1989: 376). La belleza le interesa a Plotino, y a Vasconcelos, en tanto acceso a lo absoluto que parte de la belleza sensorial a la belleza incorpórea.

Desarrollemos esta relación arte y belleza puesta en juego. A diferencia del arte como imitación que expone Platón en su República y que lo sitúa en un tercer grado de realidad, al menos en la jerarquía tradicional que incluye las ideas, las copias sensibles u objetos del mundo y los objetos artísticos copias de copias, “Plotino defiende un arte idealista, en el que el artista rivaliza con la naturaleza superándola” (Fell 1989: 377), y en esto coincide con su lectura del pitagorismo. Sin duda, Plotino con sus Enéadas ha contribuido a preparar una visión del arte (Grabar 1967: 287-291) directamente vinculada al contexto bizantino, pero continuada en el mundo medieval, especialmente en el arte de los vitrales catedralicios, por medio del neoplatónico Pseudo Dionisio, como vimos más arriba en el capítulo dedicado al dispositivo catedralicio.

Una primera conclusión será que a Vasconcelos más que interesarle las temáticas de las imágenes, le interesa su belleza. No es, por lo tanto, por la decodificación de las figuras, de los signos, de los colores, ni es por la comprensión del significado por donde se puede entender la importancia que tenía el edificio de la Secretaría para Vasconcelos. No será entonces por su contenido ideológico que se dará la elevación espiritual del pueblo –si es que puede decirse que las imágenes de la Secretaría están dirigidas al pueblo y no a una élite  sino por la belleza que las imágenes encierren. Es por eso que no tiene problema en incorporar a un comunista como Rivera, que es un creador de belleza. Si bien Fell reconoce que el programa estético y social de los pintores muralistas, que es contrario a un arte puro y a un artista inspirado y a favor de la toma de conciencia ideológica mediante la consideración del artista como un trabajador intelectual (1989: 380, 384 y 432), está muy alejado de las concepciones estéticas de Vasconcelos, se podría plantear que ésta, si bien puede parecer opuesta a las bases ideológicas y a las intenciones de los muralistas, sin embargo, no es el muralismo, por las imágenes que despliega, contrario con las aspiraciones de Vasconcelos, sino justamente su más cabal expresión.

Por un lado, no es un arte fotográfico al que Vasconcelos se opondría el que está puesto en juego en el mural, por el otro, Vasconcelos reconoce el genio de Rivera, lo cual fácilmente lo puede ubicar entre los elegidos. Pero, principalmente, las obras de este último son encarnación de la belleza. Encarnación en su pleno sentido, de objetos materiales que por su belleza permiten la elevación del que las contempla. No es entonces un problema fundamental las temáticas puestas en juego, lo repetimos, ya que éstas son secundarias al valor belleza que es lo que al secretario de educación le interesa. Pitágoras y en particular Plotino le indican el camino que debe seguir el arte:

“En ese sistema estético de inspiración mística, la obra de arte tenía en sí poca importancia; era un mero trampolín, rápidamente olvidado, hacia la trascendencia. La obra no tenía ninguna existencia como tal, dado que no tenía presencia sino en relación con la conciencia individual que la pensaba y se alimentaba de ella. A partir de 1920, conservando siempre lo esencial de sus conclusiones sobre la fuerza potenciadora de la emoción estética, Vasconcelos se esfuerza por poblar México de objetos y de estímulos estéticos”. (Fell 1989: 393)

Analicemos ahora con mayor detenimiento estos objetos y estímulos estéticos. Está claro, ya lo dijimos, Vasconcelos no es un positivista, ni un pensador empirista. Pero, en qué medida podemos encontrar en él interés por la magia y cómo se vincula esto con nuestro tema, el edificio de la Secretaría. No es éste un tema que descarte de sus especulaciones. Más allá de describir en Estudios indostánicos cómo es el pensamiento religioso en la India, se preocupa por encontrar semejanzas con el rito católico, religión con la que tiene, como hemos indicado, una relación compleja que en modo alguno es de rechazo tajante. En su análisis de los ritos católicos reconoce la precisión con que deben ser formuladas las palabras para “que se siga produciendo el extraordinario caso de la participación del hombre en lo divino” (Vasconcelos 1923: 398). Pero si avanzamos un poco más, vemos que no rechaza específicamente a la magia. Y aunque la diferencie de la ciencia, y en particular de la religión, sin embargo, “en religión, la magia, o la parte de rito que tiene la magia, se une a la creencia, se alía a las potencias superiores del alma, y sirve para poner en comunicación lo inferior de la naturaleza con lo más alto del espíritu” (1923: 401). La magia tiene para Vasconcelos operatividad sobre la materia y permite transfigurar la materia que somos nosotros en viaje hacia lo divino. Distinguirá los prodigios verdaderos que llevan a cabo “los grandes inspirados, los Mesías, los Salvadores”, ámbito más propio de la religión (1923: 402) de los prodigios menores, “las comunicaciones imperfectas con las potencias oscuras del mundo” (1923: 402). Vasconcelos se pregunta por los vínculos magia, arte y ciencia aclarando que

“el arte profano tiende a separarse del esoterismo de la magia, tiende a confundirse con la claridad y la precisión del concepto científico del mundo; pero el arte religioso se funda en las mismas leyes que la magia y es un continuo atisbo de analogías preciosas y recónditas. Todo arte es magia, en el sentido de que descubre relaciones ignoradas entre las cosas, y relaciones que no tienen carácter de ley científica, sino de parentesco y afinidad en cuanto al espíritu”. (1923: 402)

Si bien por párrafos como el anterior pareciera que al referirse a la magia estuviera hablando en un nivel metafórico o incluso simbólico, tiene Vasconcelos un reconocimiento de que hay

“una ley de lo físico, una teoría todavía no bien desarrollada de un fluido ... cuyas funciones se desconocen, sin embargo, no se puede dudar que cualquiera que sea la naturaleza de ese fluido, hay intercomunicación y relación entre lo que llamamos material y lo que llamamos espiritual”. (1923: 405)

En términos de ajustarnos a esa intercomunicación es que podemos pensar que los efectos mágicos forman parte de los efectos que Vasconcelos espera de la Secretaría como totalidad. El genio de Rivera quizá no era simplemente metafórico. Rivera hace arte religioso. Actúa sobre la materia y la sublima, aunque reconoce que la magia, como recién dijimos, no llega al nivel más elevado.

Podemos también imaginar, como un elemento más que contribuye a destacar las influencias concretas que tenía el muralismo, que los murales son objetos con propiedades mágicas. Por la mediación del artista la materia se espiritualiza y “a veces parece que lo espiritual, al ejercitarse en el espacio, dejase un sedimento semifísico; más bien dicho, imprimiese una modificación peculiar, en el ambiente físico” (1923: 403). En este sentido, quizá Rivera, en la óptica de Vasconcelos, está creando este nuevo ambiente para la formación de nuevos creyentes de la religión estética vasconceliana. Es decir, “transforma el ambiente físico y lo deja sensible y simpático a los fenómenos psíquicos” (1923: 403). Específicamente creemos que está creando un ambiente particular.

Nuestro filósofo reconoce el poder de los viejos templos y subraya que este poder está ligado a la tradición religiosa o artística que los precede. La Secretaría perfectamente puede responder a este tipo de ambientes: “Hay ambientes, trabajados ya por el hombre, y que lo mismo que en religión como en arte, sugieren una infinidad de cosas y siéntense cargados como de potencial psíquico” (1923: 404). Es cierto que la Secretaría pareciera estar desprovista de tradición, pero nuestro autor justamente se preocupará por esta continuidad en donde lo arquitectónico tiene una función fundamental y donde la tradición se vincula en arquitectura al estilo que se llamará neocolonial.

Finalmente, no está de más recordar que el muralismo se desarrolla gracias a su función política. Él no es un mecenas cualquiera. Vasconcelos no es un coleccionista. El arte que él admite responde a sus concepciones filosóficas y a sus proyecciones políticas. La repetida declaración de Rivera, acerca de la libertad que les dio a los pintores no debería ser leída como desinterés, gesto amable o profesión de fe democrática, sino que la poca o nula intervención del Secretario sobre los pintores radicaba en la confianza que tenía en el genio de éstos y en la autonomía de la belleza.


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