Tesis doctorales de Economía


MICHEL FOUCAULT Y LA VISOESPACIALIDAD, ANÁLISIS Y DERIVACIONES

Rodrigo Hugo Amuchástegui




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La geometría de las fortalezas

El siglo XVII a partir del tratado de Westfalia (1648) consigue la instauración de la paz en el territorio europeo. Sin embargo ello no desemboca en una situación de desarme generalizado, sino por el contrario, en un equilibrio de fuerzas. Este equilibrio se sustenta, junto a otros aspectos como la diplomacia, en el desarrollo de un aparato militar. Así, afirma Foucault: “La existencia de un dispositivo militar permanente, costoso, importante, capacitado en el interior mismo del sistema de paz, es esto lo que ha sido con seguridad uno de los instrumentos indispensables para la constitución del equilibrio europeo” (2004: 313). El mismo necesitará:

1. La formación profesional del soldado.

2. Un ejército permanente.

3. Un equipamiento de fortalezas y de transportes.

4. Un saber militar específico.

Un ejército efectivamente poderoso es la mejor arma para mantener la paz. En este apartado caracterizamos no el ejército en su complejidad, pero sí algunos aspectos del cambio vinculado con la arquitectura, es decir, con las nuevas fortalezas abaluartadas que tienen en este momento su mayor desarrollo de la mano del ingeniero Vauban, así como sus ideas estratégicas. Digamos, en principio, que el siglo XVII muestra una transformación en las estrategias defensivas edilicias llevándose a cabo el pasaje de la torre al baluarte. La tradición medieval de la torre, ubicada tanto en castillos, residencias o puentes para defenderlos, da cuenta de una edificación cuyas ventajas se ligan a la resistencia y a la altura. Por su parte, el baluarte, como forma angular entrante de un edificio inicialmente pentagonal, no fundamenta en la altura sus beneficios, sino en aspectos más complejos.

La torre está construida en el marco de la neurobalística, es decir que la propulsión de los proyectiles se debe al empleo de cuerdas (neuron, nervios, cabos), mientras que el baluarte está edificado en un contexto de empleo de la pólvora en las armas ofensivas y defensivas, lo que se la llama pirobalística (piro, fuego). La pólvora existía desde antes y su empleo en la artillería es del siglo XV, pero su uso hasta los siglos XVI y XVII era impreciso y, por lo tanto, persistía el empleo de torres defensivas. El arma que por su precisión predomina en el período de la neurobalística es la ballesta.

Más que un simple cambio de metodologías armamentísticas, se debe considerar que

“entre la torre y el baluarte, además de la distancia técnico-militar que los separa, se sitúan realidades económicas, sociales, políticas, jurídicas, simbólicas e ideológicas distintas. De la torre al baluarte van dos mundos en que el espacio de poder y su ejercicio son idealizados y realizados de formas diferentes”. (Pereira 1994: 36)

La relación muralla-expansión de la ciudad, a la que Foucault, veremos luego, se refiere, se diferencia de la que se establece con el baluarte. Si bien, por un lado, la muralla era en principio un límite de la ciudad, no era un límite para su crecimiento. Las murallas podían ser corridas, acompañando el crecimiento urbano, y con ellas sus torres. Por el contrario, la existencia de una fortaleza abaluartada va a impedir el desarrollo de la ciudad que la contiene. Esta ciudad se hace a la medida de la estrategia defensiva y esto ocurre en los mencionados siglos XVI y XVII. Los baluartes ponen el acento en la horizontalidad y no en la verticalidad de la torre. Suponen, como ya indicamos, un saber específico de sus constructores y de ahí el nuevo papel que tienen los ingenieros, construyendo fortalezas al tiempo que ciudades. Pero esas construcciones, por esas mismas razones, ya no tienen la flexibilidad de las antiguas. La ciudad fortificada con baluartes en consecuencia da cuenta de una reconfiguración en función de los desplazamientos de la artillería, los movimientos de las tropas que terminan fijando y haciendo inamovibles sus dimensiones:

“Las acciones militares regularon la vida de las ciudades exigiendo áreas de control balístico, libre accesibilidad a las murallas, zonas de depósitos y almacenes y localización de grandes contenedores urbanos (cuarteles, ciudadelas, polvorines, atarazanas (arsenales), etc”. (Gutiérrez 1991: 16)

Este período defensivo-arquitectónico que se traduce en fortalezas que tienen “cortinas muy anchas y medio enterradas con sus baluartes, fosos, revelines, tenazas y frecuentes obras exteriores” necesita soldados profesionalizados, para defenderlas con especializaciones como artilleros, mineros, zapadores, sin que se pueda considerar autónomamente “la evolución armamentista, las técnicas de combate y los sistemas de fortificación” (Pereira 1994: 37-38).

Durante el predominio de los estados territoriales se produce el desarrollo de estas nuevas estrategias defensivas. Así,

“a medida que la centralización político-administrativa va ganando forma, al concebirse el territorio como una unidad, se va a estructurar la defensa del Reino a partir de la capital y, por eso mismo, privilegiar los sitios que tuviesen mayor importancia estratégica dentro del ‘mapa territorial’, que el ejercicio tentacular de la soberanía imponía y exigía” (Pereira 1994: 37)

y, aunque la cita anterior se refiera a Portugal, es válida para otros países europeos, especialmente en el siglo XVII, pues en el XVIII ya habrá nuevas estrategias militares, basadas en la idea de guerra en movimiento y no estática.

La teorización de la fortificación tiene sus antecedentes en Alberti, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y en particular Alberto Durero con su Tratado de arquitectura y urbanismo militar de 1527. Los siglos XVII y XVIII verán la proliferación de tratados en torno a la fortificación abaluartada, que buscan fundamentar científicamente las formas más convenientes de defensa y que exceden incluso el ámbito militar: “esta influencia y la dimensión cultural de la ‘mentalidad abaluartada’ es de tal forma notoria en el siglo XVIII, que son innumerables los juegos de salón que utilizan conceptos y terminologías del sistema de fortificación” (Pereira 1994: 40).

Sin duda, la figura más notoria sobre la teoría y la práctica de las fortificaciones en el siglo XVII es el ingeniero Vauban o mejor dicho Sebastian de la Preste, Marqués de Vauban, Bazoches, Pierrepertuis, Pouilly, Cervon, La Chaume, Epiry, Le Creuset y otros lugares (Figura 44), Mariscal de Francia, Ayudante de Órdenes del Rey, Comisario General de Fortificaciones, Gran Cruz de la Real Orden de San Luis y Gobernador de Lille. Habría nacido el 15 de mayo de 1623 y muerto el 17 o el 30 de marzo de 1707 en París, según nos informa el Diccionario Enciclopédico de la Guerra (1958) donde se agrega:

“La vida entera de este hombre, verdaderamente genial y el ingeniero más famoso de Francia y quizá del mundo, estuvo consagrada a la guerra y al trabajo, ya que no solo se dedicó a la fortificación, sino que se ocupó también de las comunicaciones por tierra y por mar y de todas las cuestiones políticas que influyeran sobre el bienestar de su patria, a la que amó apasionadamente”. (1958: 797)

Fig. 44. Sebastian de la Preste, Marqués de Vauban

Vauban es ingeniero y no arquitecto, aunque dedicado a las construcciones. Probablemente por esa distancia al arte –independientemente de que las fortalezas son edificios de elevada elegancia formal–, no lo hayamos prácticamente encontrado en las historias del arte que hemos relevado. Anthony Blunt (1953), bibliografía fundamental para el caso francés, no lo cita ni una sola vez. No olvidemos que justamente Blunt era alguien especializado en cuestiones militares, como buen espía soviético, aunque obviamente las tecnologías de Vauban estaban pasadas de moda, mejor dicho eran anacrónicas. Fernando Checa Cremades, autor que se centra en la problemática político-visual del Barroco, sólo le dedica un párrafo, aunque reconoce su relevancia (2001: 147). Sin embargo, observemos que es imposible pensar a Francia y su política territorial sin reconocer la importancia que tenía esta arquitectura militar, por lo que la presentaremos también en forma resumida. Pero, el caso es que Vauban es ingeniero, y en este caso ingeniero creativo que es ser doblemente ingeniero. O sea, tiene un pensamiento flexible que se adapta a las circunstancias –y en muchos casos, al terreno– y al mismo tiempo es innovador.

Su interés y empleo meticuloso de la geometría está orientado en sentido práctico (por ejemplo para construir el orejón de un baluarte) y no formal o simbólico. Proporciona instrucciones precisas acerca de cómo hacer una fortaleza en el papel y también en el terreno (Gutiérrez 1991: 207).

Vauban no solo se centra en el arte o, mejor dicho, y como él dice, la ciencia de la fortificación, sino que ese mismo saber, por sí mismo y también por sus preocupaciones, encierra cuestiones de política territorial. Las mismas, y de acuerdo al contexto histórico del siglo XVII de expansión y dominio colonial, llegan a América, Hispanoamérica, e incluso con algunas referencias, aunque mínimas, a Buenos Aires.

El Tratado de Fortificación de Vauban fue considerado en su época secreto de estado, ya que su difusión podía hacer peligrar la seguridad de las fortalezas y estrategias reales. Cuando sus teorías y máximas son publicadas constituyen durante largo tiempo la fuente de consulta inevitable de la ingeniería militar. Por ejemplo, “en el sitio de Sebastopol, luego de fracasar los bombardeos frontales durante cuatro meses, los sitiadores optaron por un avance con el sistema de ataque progresivo de Vauban, lo que determinó finalmente la caída de la plaza” (Gutiérrez 1991: 116).

Detenerse por tanto en este personaje no es por simple curiosidad textual epocal, sino por ser las construcciones militares edificios singulares –ciertamente secundarios en los libros de arte y arquitectura– absolutamente necesarios para la constitución y mantenimiento del poder real y, por lo tanto, del Estado (además de que Foucault reconoce su importancia).


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