Tesis doctorales de Economía


EL TIEMPO LIBRE EN CONDICIONES DE FLEXIBILIDAD DEL TRABAJO: CASO TETLA TLAXCALA

María Áurea Valerdi González




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1.4 Del trabajo como necesidad al trabajo como realización.

Desde que el sistema capitalista se consolidó, después de un largo período de lo que Marx llama la etapa de acumulación originaria de capital, el trabajo asalariado fue desvinculado de la esfera doméstica y de las formas tradicionales comunitarias, quedó encuadrado en la organización racionalista propio del sistema. “La revolución industrial fue socavando metódicamente el viejo sistema, en cuyo seno la vida laboral, la vida familiar y el ocio constituían una pieza única, como si de un todo indiferenciado se tratara” (Offe 1985: 19). Thompson (1989) por su parte supone que en realidad el mundo del trabajo y el de vida nunca han estado unidos.

El proceso de industrialización que se inició en Inglaterra pronto abarcaría a otros países de Europa occidental, hasta llegar a Estados Unidos donde el sistema se perfeccionó gracias a la oportuna intervención de Henry Ford y Frederick Taylor, quienes contribuyeron en la aplicación de lo que llamaron los principios de la organización científica. Antes de entrar a este punto, nos interesa presentar brevemente lo que Marx señaló como el proceso que transformaría el valor social del trabajo. El paso que va de considerar al trabajo como un castigo o sufrimiento, a ser una actividad de realización personal.

En los Manuscritos Económico Filosóficos de 1844, Marx (1968), señala que el trabajo está alienado porque el obrero desconoce el producto de su trabajo y porque no sabe el lugar que ocupa en el proceso de producción, que no ve como suyo sino como impuesto. “Todas estas consecuencias vienen determinadas por el hecho de que el obrero se comporta hacia el producto de su trabajo como hacia un objeto ajeno” (Marx 1968: 75; cursivas en el original). En este escenario el obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, Marx señala que esto se debe primero porque “…el objeto producido por el trabajo, su producto se enfrenta a él como algo extraño, como un poder independiente del productor” y segundo porque “la enajenación no se manifiesta solamente en el resultado, sino también en el acto de la producción, en la misma actividad productiva” (Marx 1968: 77; cursivas en el original).

Así, el trabajo se percibe solo como una actividad forzada para cubrir las necesidades esenciales de los trabajadores y no como una actividad de realización personal o de vínculo social. “El trabajo está alienado precisamente porque impide al hombre conseguir el objetivo que Marx le asigna: el desarrollo, la espiritualización y la humanización de la humanidad” (Méda 1998: 86). En la base de la enajenación, del extrañamiento, se encuentra la propiedad privada, entonces para la economía política de la época, el trabajo significa sufrimiento y pena. El análisis que hace Marx sobre este proceso de cambio de valoración del trabajo, lo lleva a transformar el concepto negativo del trabajo por otro: el trabajo es la esencia del hombre. Lo que sólo podría ser factible en un sistema distinto al capitalismo.

En el análisis que realiza Méda (1998) existen dos momentos histórico-sociales que determinan este cambio en la valoración del trabajo. El primero relacionado con el desarrollo de la tecnología, que implica que el tiempo y la cantidad de trabajo dejan de ser un criterio para medir la producción, entonces hay que reducir el tiempo dedicado al trabajo. “En este período, se seguirá definiendo el ocio por su contraposición al trabajo”. El segundo momento implica la fase superior de la sociedad, aquí el trabajo no es alienación sino expresión del yo. “Entonces, la clásica oposición entre trabajo y ocio se deshace: el trabajo es también autorrealización, trabajo y ocio son, en esencia, idénticos” (Méda 1998: 89-90). Mientras llega ese momento lo que se espera (al menos) es la reducción del tiempo de trabajo.

Lo que parece ser cierto es que durante las primeras décadas del siglo XIX el trabajo cambia su sentido al estar vinculado a la noción de industria. “El trabajo es el arte práctico de la felicidad…” aunque en realidad se confunde la técnica con el trabajo, sin embargo, esto contribuye a revalorar el papel social del trabajo. “Las jornadas de 1848 [en Francia] señalan solemnemente el paso de la concepción del trabajo como simple medio para la subsistencia, a la idea del trabajo como medio de autorrealización” (Méda 1998: 93-96) y medio para establecer un vínculo social.

Desde otra perspectiva teórica John K. Galbraith (1974) sostienen que en algún momento el trabajo dejará de ser un suplicio para convertirse en una actividad placentera, por lo que existirá una demanda de ocio. El supone que el poder de la moderna sociedad industrial se encuentra en las grandes organizaciones productivas, en las grandes sociedades anónimas. “Los objetivos de la gran empresa, pese a su gran libertad, tienen que ser coherentes con los de la sociedad y también con los de los individuos que la componen” (Galbraith 1974: 207). El individuo no es más libre hoy que antes, sino que está crecientemente subordinado a los objetivos de la organización productiva. El capitalista sigue siendo en consecuencia tan poderoso como siempre.

Este sistema a la larga posibilitaría la reducción de la semana legal del trabajo. “El sistema industrial sigue sin cumplir, al cabo de mucho tiempo, una promesa muy atractiva que había hecho a sus miembros: la posibilidad de un ocio mucho mayor. La semana y el año de trabajo se reducirían radicalmente. Habría mucho más tiempo libre”. La tendencia no iba a ser crear una era de ocio en gran escala. “Por tanto, tan importante como ganar dinero, y hasta más importante que eso, era conseguirlo con menos horas de aquel trabajo monstruoso” (Galbratih 1974: 436-437). Este autor supone que el trabajo puede resultar más “agradable” a través de la educación, bajo esta circunstancia, un trabajador elegiría más fácilmente incrementar el trabajo que sugerir el aumento del tiempo de ocio, pues el trabajo resultaría ser más interesante, lo que vendría a ser una falacia en el sistema capitalista.

Galbraith y Sue coinciden en que el uso o empleo del tiempo libre nos lleva al consumo como la forma en que el sistema organiza para el ocio. “El individuo sirve al sistema industrial no porque le suministre ahorro y el capital resultante: le sirve consumiendo sus productos”. El sistema hace varios esfuerzos porque la producción de bienes garantice que serán usados. “Esos esfuerzos subrayan la salud, la belleza, la aceptabilidad social, el éxito sexual –la felicidad, en suma- que resultará de la posesión y uso de ese determinado producto” (Galbraith 1974: 65).

Regresemos un poco al análisis histórico. En la consolidación del capitalismo a lo largo del siglo XIX, incidieron varios factores, entre ellos las innovaciones tecnológicas, la perfección del ferrocarril y la forma corporativa de la organización empresarial. “Ford no hizo mas que racionalizar las viejas tecnologías y una división preexistente del trabajo especializado, si bien al hacer que el trabajo fluyera hacia un trabajador estacionario, logró grandes aumentos de productividad” (Harvey 1990: 147). Junto con ello los innegables aportes de Taylor , que fueron determinantes en los procesos de producción bajo un nuevo enfoque.

En su artículo “Crisis del taylorismo y fordismo” Julio César Neffa (1999), señala que Taylor pensaba que todos los trabajadores podían hacer más de lo que hacían, pero fingían y tendían sistemáticamente al ocio y a la vagancia, primero por miedo al desempleo y a la desocupación. En segundo lugar porque el pago de jornada les permitía hacer menos por el mismo salario y tercero porque no conocían la organización científica del trabajo. Ante el temor de Taylor de que se pudiera consolidar el ocio y la vagancia, propuso que se aplicara la organización científica, que no es más que la búsqueda de una economía del tiempo, de ahorrar tiempo de trabajo, que no hubiera tiempos muertos (Neffa, 1999).

Además de su tan famoso estudio sobre tiempos y movimientos, que propicia la entrada del cronómetro en la empresa, Taylor (1911) organizó la división social del trabajo (en tareas de gestión y de ejecución) y la división técnica del trabajo (el trabajo que requiere de la mecanización de tareas para cada trabajador). Así como la estandarización de las herramientas, el trabajo individual (nada de trabajar por equipos) y el pago por rendimiento entre otras. En sus múltiples experiencias consideraba a los trabajadores como motores, poniéndolos en comparación con las máquinas. Bajo este precepto todo aquello que sucediera fuera del ámbito de la empresa no era importante. Taylor “desconoció, pura y simplemente, la autonomía de los trabajadores, su capacidad para ser responsables y también para la iniciativa” (Neffa 1999: 140).

Con la llegada de Ford –continúa Neffa- la idea de producir masivamente requería de un movimiento continuo, que acercara al trabajador la pieza para trabajar, lo que dio pie a la cadena de montaje. Junto con ello se requería de una nueva organización del trabajo. “Pero Ford pasó a la historia no solamente por la cadena de montaje, sino porque se dio cuenta de que cuando la empresa funciona como una organización… lo que pasa afuera de la empresa es tan importante como lo que pasa adentro para los propios trabajadores” (Neffa 1999: 142). El obrero cobró importancia, no como fuerza de trabajo, ni como productor, sino como consumidor. Para eso tenía que cambiar el estilo de vida de los trabajadores. Los aspectos externos a la empresa empezaron a ser importantes. En este esquema, todo lo que ocurría con la reproducción de la fuerza de trabajo tenía que ver con Ford: el hospital, la escuela para los hijos, el deporte, los restaurantes y el médico. Diríamos, el tiempo más allá de la empresa se supeditó a las necesidades de la producción, una forma de explotación encubierta.

David Harvey (1990) por su parte señala con respecto a Ford que:

Lo propio de Ford (y lo que por último separa al fordismo del taylorismo) fue su concepción, su reconocimiento explícito de que la producción en masa significaba un consumo masivo, un nuevo sistema de reproducción de la fuerza de trabajo, una nueva política de control y dirección del trabajo, una nueva estética y una nueva psicología; en un palabra: un nuevo tipo de sociedad racionalizada, modernista, populista y democrática (Harvey 1990: 147).

Harvey (1999) señala que en la perspectiva de Gramci “los nuevos métodos de trabajo son inseparables de un modo específico de vivir y pensar, y de sentir la vida”, todo con el intento de forjar un nuevo tipo de de trabajador. “Al mismo tiempo [Ford] quería suministrar a los obreros el ingreso y el tiempo libre suficientes para consumir los productos masivos…” (Harvey 1999: 148). Hubo, según Harvey dos impedimentos para la difusión del fordismo en el período de entreguerras, el estado de las relaciones de clase en el mundo capitalista y las modalidades y mecanismos de la intervención estatal.

Antes de que el fordismo pudiera difundirse por toda Europa (en Estados Unidos se había implantado de manera irregular), hubo feroces movimientos de resistencia e incluso el cine dejó constancia de este hecho. El film de Metrópolis (1926) de Fritz Lang muestra a una masa de obreros uniformados por la maquinaria y junto a ellos la aparición de los primeros robots amenazando el trabajo humano. Más tarde (1930) Charles Chaplin en Tiempo Modernos, muestra las nefastas consecuencias de un proceso de producción automatizado y parcializado. Con el taylorismo la estricta organización del tiempo de trabajo en una actividad rutinaria, mecánica y repetitiva, fue durante mucho tiempo severamente cuestionado por sus efectos enajenantes (Braverman 1975). A partir de aquí, no cabe duda que aquí existe una nueva lógica, la del desarrollo tecnológico, que impacta directamente en los procesos de trabajo, que modifica las condiciones del trabajo, que promueve la productividad, que permite la acumulación de capital y sobre todo que afecta la vida social de los trabajadores fuera de la empresa.

Cuando el sistema Ford se vio enfrascado en las leyes coercitivas del mercado y de la competencia fue necesaria la intervención del Estado, lo que dio paso a la etapa considerada como fordista keynesiana que implicaba un “cierto conjunto de prácticas de control del trabajo, combinaciones tecnológicas, hábitos de consumo y configuraciones del poder económico político…” (Harvey 1999: 146), pasando en 1945 a un régimen de acumulación capitalista maduro, fecundo y definido.

Es claro que los progresos de la técnica se han utilizado para incrementar la productividad y no el tiempo libre, la máquina no ha sustituido el trabajo humano como pensaban Marx y otros, el obrero sobrelleva la vida de trabajo con la perspectiva y esperanza del tiempo de ocio. Asimismo, los autores coinciden en que el ocio debería permitir al hombre todo lo que el trabajo le prohíbe. El ocio como producto de la sociedad industrial, es una parte complementaria del tiempo de trabajo, se puede considerar para el descanso y la recreación a través de las diversiones. El ocio es a la vez un tiempo disponible y un objeto de consumo, se vende y se compra, es también propiedad privada. También puede ser un tiempo exclusivo para la reproducción de la fuerza de trabajo.

Por su parte, el psicoanalista Erich Fromm (1971) sentaba su preocupación sobre el trabajo enajenado del que hablara Marx. Para este autor “los primeros siglos de la era moderna encuentran el significado del trabajo dividido en dos: el de deber entre la clase media; y el de trabajo forzado, entre quienes no tenían propiedad ninguna” (Fromm 1971: 152). Las condiciones del trabajo enajenado bajo la organización taylorista-fordista le hacen pensar al autor que el trabajador es un ente pasivo que necesita participar para encontrar sentido a su actividad.

El hombre moderno no sabe qué hacer de sí mismo, cómo gastar con algún sentido su tiempo, y se ve impulsado a trabajar a fin de evitar un tedio insoportable… la producción cada vez mayor, el impulso a hacer cosas cada vez más grandes y mejores, se ha convertido en fines en sí mismos, en nuevos ideales. El trabajo se ha enajenado de la persona que trabaja… gasta sus mejores energías siete u ocho horas diarias en producir “algo”. Necesita de su trabajo para vivir, pero su papel es esencialmente un papel pasivo… se le pone en determinado lugar y tiene que hacer determinada tarea, pero no participa en la organización ni la dirección del trabajo… en vez de ser la máquina el sustituto de la energía humana, el hombre se ha convertido en un sustituto de la máquina… el trabajo es un medio para ganar dinero y no una actividad humana con sentido en sí misma (Fromm 1971:153).

Según Fromm, esta relación que mantiene el trabajador frente a su trabajo es resultado de toda la organización social de la que forma parte. Así también constituye una parte del equipo contratado por el capital, en consecuencia su función está determinada por ese lugar de pieza en el conjunto. Fromm señala que el papel de algunos psicólogos es tratar de hacer la vida del trabajador más feliz y tranquilo para aumentar su producción “se habla de relaciones humanas y se alude a las relaciones más inhumanas, a las que existen entre autómatas enajenados; se habla de felicidad y se alude a la rutinización perfecta que ha eliminado todas las dudas y toda la espontaneidad” (Fromm 1971: 155).

Por ello sostiene que el carácter enajenado e insatisfactorio del trabajo “produce dos reacciones: una, el ideal de la ociosidad total; otra, una hostilidad hondamente arraigada, aunque inconsciente muchas veces, hacia el trabajo y hacia todas las cosas y personas relacionadas con él”. A lo que se aspira entonces el trabajador es a un estado de “holganza y pasividad completas” y la publicidad es el instrumento mediante el cual se apela a ese anhelo (Fromm 1971: 155; cursivas en el original). En su análisis sobre la transformación del tiempo libre, Jáuregui (1999) menciona que:

Fromm consideraba que la humanización del trabajo sólo era posible en una estructura social totalmente diferente, en la que la actividad económica es una parte –y una parte subordinada- de la vida social. En pleno período de desarrollo, cuando la sociedad de consumo se convertía en una realidad para grandes masas de trabajadores, la brecha entre economía y sociedad, tiempo de trabajo y tiempo de vida, era la principal fuente del sentimiento de alienación. La clave no estaría sólo en reducir el tiempo de trabajo, sino en superar la esquizofrenia de una vida social y un ser humano divididos (Jáuregui 1999: 353).

El mismo Fromm reconoce que si el proceso de trabajo es un acto de enajenación, el proceso de consumo también lo es, porque no tiene una relación directa con una experiencia significativa. El dinero es el medio por el que se adquieren las cosas para su uso, pero también las adquirimos para tenerlas, pues la realidad del consumo es la ficción creada por la propaganda. Volveremos sobre este punto más adelante.

En resumen podemos decir que, el valor social del trabajo cambió en la última década del siglo XIX. Para la economía política de la época, el trabajo era considerado como sufrimiento y pena, actividad por la que el trabajador cubría sus necesidades. Según el análisis de Méda, con la sociedad industrial se revalora el trabajo técnico, por tanto, el trabajo se convierte en medio de realización y desarrollo personal. Lo importante de este hecho es ver cómo el valor del ocio esta directamente relacionado con lo anterior. 1) Si en efecto el trabajo es como un castigo, el ocio representa la posibilidad del tiempo libre, de una liberación, 2) si el trabajo es el medio de la realización personal, el tiempo libre es un espacio de desarrollo.

En el primer caso habría un abismo entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida, el desarrollo tecnológico podría acercarlos. La tecnología ahorra esfuerzo y tiempo en la producción, por lo que habría menos tiempo de trabajo, el tiempo sobrante sería para el desarrollo personal. Ese esfuerzo/tiempo ahorrado en la fuerza de trabajo va a contribuir sin lugar a dudas al proceso de acumulación de capital. Esto, me parece, da pié para entender el paso del ocio al tiempo libre. Si el tiempo (como concepto abstracto) es la medida por la que el trabajo es productivo, entonces el no trabajo es tiempo liberado, en consecuencia tiempo libre. El ocio en cambio esta relacionado con las actividades que se realizan en ese tiempo, de desarrollo personal como en los griegos o de diversión y entretenimiento como veremos más adelante.

Vimos también como Taylor ignoró al trabajador al considerarlo como una máquina, para Ford el trabajador es más un consumidor, entonces el tiempo libre también es importante, lo que se requiere entonces es la reducción de la jornada, para que puedan consumir durante ese tiempo. La enajenación puede ser también producto de la separación entre tiempo de trabajo y tiempo libre como señala Fromm, no solo producto del proceso de trabajo. Como vimos antes, para algunos autores el ocio está vinculado al consumo, por lo mismo consideramos importante también la relación producción-consumo-tiempo libre.


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