Tesis doctorales de Economía


TERRITORIO, ESTADO Y SOCIEDAD EN CHILE. LA DIALÉCTICA DE LA DESCENTRALIZACIÓN: ENTRE LA GEOGRAFÍA Y LA GOBERNABILIDAD

Sergio Boisier Etcheverry


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2.2. Estrategias de conquista y territorios efectivamente ocupados

La estrategia de conquista seguida por los conquistadores españoles fue la de tomar posesión de la mayor extensión posible de territorio fundando fortalezas o ciudades fuertes en medio de las zonas que poseían una mayor densidad de población autóctona. Se trataba de instalar población blanca en los centros de poder de los imperios agrarios americanos con el objetivo de captar los excedentes agrícolas y manufacturados de las comunidades agrarias a través de la encomienda de indios. La producción que antes se tributaba para la manutención del culto y la nobleza ahora debía ser captada por los encomenderos y por el imperio español por medio de un complejo sistema de imposiciones. Se trata del ideal señorial que intentó implantar la hueste indiana (Mellafe; 1995).

Pedro de Valdivia fundó 10 ciudades y fortalezas para mantener bajo dominio y control un territorio de alrededor de 350.000 km². (pero en definitiva el control se pudo ejerecer sólo sobre 190.000 kilómetros cuadrados) sobre el cual vivía una población indígena cercana al millón. Siguiendo la estrategia de conquista, Valdivia repartió todos los indios en encomiendas y dio tierras a sus soldados y a todos quienes solicitaran avecindarse en las ciudades de la nueva gobernación de Chile. Sin embargo, en 1553, la primera gran sublevación destruyó casi todas las fundaciones, además de la vida del propio Valdivia.

Con todo, esta estrategia fue continuada por García Hurtado de Mendoza en 1557, quien pronto se dio cuenta que, en el caso de Chile, donde no existía un poder imperial que podía ser reemplazado por un puñado de audaces conquistadores, no era posible aplicar un modelo de ocupación territorial de frontera abierta. En Chile no había una pirámide de poder social y económico que capturar. Por ello, no era posible reproducir la misma estrategia que se había utilizado para conquistar los grandes imperios precolombinos de México y Perú.

En Chile no había imponentes construcciones, ni una nobleza imperial, ni grandes depósitos estatales de mercadería. La ocupación territorial prehispánica en estos territorios consistía en una serie de tribus independientes que no estaban acostumbradas a ser sometidas. No era posible, entonces, crear ciudades para el control de cada grupo, tampoco se les podía dominar fácilmente. Por otra parte, el mínimo excedente que producían era insuficiente para mantener los asentamientos españoles. La obtención de tributos sólo se pudo lograr con los brutales trabajos en los lavaderos de oro. A mayor abundamiento, en el caso de Chile los primeros tiempos de la conquista fueron de guerra permanente con los diversos caciques araucanos. La guerra de Arauco debilitó el poder señorial y debilitó la incipiente economía. La articulación comercial interna era débil y el ambiente hostil.

Finalmente, los españoles lograron formar unidades económicas autárquicas y cerradas sin relaciones comerciales con las demás regiones del país, aunque poco a poco se fueron abriendo al comercio extraregional, según lo comenta Mellafe (op.cit.).

La rebelión indígena de 1598 terminó por hundir definitivamente el proyecto de ocupación territorial valdiviano. Desde 1553 no hubo una paz completa y duradera con los indios del sur. Siempre había un cacique sublevado que sembraba la intranquilidad. No obstante, la rebelión de 1598 fue total. Recién en 1603 se llegó a establecer la tranquilidad entre el río Itata y el Bío Bío, quedando Chillán y Concepción como avanzadas de ocupación. Desaparecieron todas las ciudades del sur, con excepción de las de Chiloé.

La ocupación española se redujo de 350.000 km2 a unos 190.000 km2. El reino de Chile no desapareció pues el núcleo central logró detener el avance de los indios rebeldes y el virreinato peruano estaba obligado a mantener bajo control y vigilancia el paso por el estrecho de Magallanes y las costas del océano Pacífico. En consecuencia, desde entonces, debió enviar un Real Situado con el objetivo de financiar la defensa de Chile y solventar los gastos de manutención de un ejercito permanente y profesional y no la hueste de conquista.

De este modo, en Chile, el rey “no tiene un maravedí de provecho, sino infinitos gastos” (Jara; 1984).

Desde entonces se impuso una frontera militar y al mismo tiempo un sistema de relaciones fronterizas. Los españoles debieron renunciar al territorio situado al sur del Bío Bío, relativamente rico en oro y población. No obstante, la economía tuvo un incentivo en la provisión del ejército permanente situado a lo largo de la línea de fuertes de la frontera.

Con el tiempo, la frontera proporcionó la oportunidad de comerciar aguardiente, vinos, objetos elaborados de hierro, esclavos araucanos, ganado y oro, producido este último por los mismos indios de guerra. De este modo, se configuraba lo que ha sido llamado el Chile tradicional o núcleo central del país también denominado como “la cuna de Chile”. Es decir, el territorio efectivamente ocupado por los españoles o más bien por los criollos y mestizos.

Al interior del territorio realmente ocupado, las haciendas se fueron conformando en sentido oriente–poniente. Los espacios relativamente limitados exacerbaron la vigilancia del ganado, principal producto en el siglo XVII, denominado por Benjamín Vicuña Mackenna como el “siglo del sebo”. No era una economía orientada al consumo de carne sino al aprovechamiento de la grasa y el cuero. Pastores arrieros y vaqueros fueron distribuidos por los hacendados en puntos claves al interior de sus tierras: en sus límites, en las rinconadas de invernadas y en las pequeñas pampas donde el ganado pasaba diferentes épocas del año. El paisaje característico del campo chileno del siglo XVII y gran parte del siguiente es de modestas casas de administradores, graneros, corrales y los trabajadores de las estancias repartidos en grupos de dos o tres ranchos distantes unos de otros. El viajero podía caminar leguas antes de encontrar un par de ranchos y así se repetía el paisaje en jornadas de días enteros. Lentamente surgió, entonces, una primera estructura de latifundio o latifundio antiguo, que logró desarrollarse en base a modestas exportaciones de productos derivados de la ganadería, además de algo de cobre y trigo, vino, frutas secas y jarcias. Se trata de las simientes de lo que más tarde el célebre ministro Diego Portales denominaría “el peso de la noche” o el poder de la hacienda. En fondo lo que tiene lugar es un reorientación general de la sociedad hacia un proceso de creciente ruralización y explotación agrícola. A lo largo de todo el siglo XVII no se estableció ningún centro urbano de importancia y la población se dispersó por el territorio. A mediados de este siglo se habían repartido y dividido todas las tierras disponibles para explotación agrícola entre Santiago y La Serena. Desde entonces la hacienda se transformó en un microcosmos social autónomo y autosuficiente presidido por el hacendado, especie de intermediario entre el mundo urbano y rural y dueño del poder total en el mundo rural. Entonces lo normal era que los corregidores administrasen desde sus propias haciendas los territorios bajo su jurisdicción, inclusive la administración de justicia.


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