Tesis doctorales de Economía


PERSPECTIVA DE LA MIGRACIÓN MÉXICO-ESTADOS UNIDOS. UNA INTERPRETACIÓN DESDE EL SUBDESARROLLO

José Luis Hernández Suárez



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2.4.1. Un comercio exterior que genera desempleo.

En México los neoliberales se pronunciaron en contra de los monopolios estatales y dijeron que era preferible que quedaran en manos de la iniciativa privada y en el caso del comercio exterior el Estado no debía intervenir sino facilitar la libre circulación de mercancías y capitales pero en lo que se refiere a la libre movilidad de los trabajadores entre países, no la defendieron, ajustándose fielmente a los intereses de los Estados Unidos quien, al igual que los demás países imperialistas “…intenta construir un capitalismo mundial sin uno de sus tres componentes, al que los propios teóricos e ideólogos del sistema consideran consustancial e imprescindible: el libre movimiento de la fuerza de trabajo.”

Seguros que esta serie de planteamientos beneficiaría a los grandes capitalistas nacionales y extranjeros cuya producción está orientada al mercado externo, promovieron la adecuación de las estructuras legales que lo permitieran y la desaparición de las empresas paraestatales.

El impulso de las exportaciones estaba orientado a favorecer a aquellas empresas cuya producción podía competir en el mercado internacional mientras se abrían las fronteras para importar producción que aquí generan sectores de baja productividad pero que juegan un papel importante en la generación de empleo en el país. Por ejemplo, en junio de 1996, con información de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (SECOFI), la prensa dio a conocer que el gobierno mexicano:

...decidió unilateralmente abrir más su mercado a los proveedores extranjeros, por lo que redujo los impuestos a la importación de frijol, soya, maíz quebrado, yuca, sorgo, alfalfa y 20 tipos de fertilizantes, entre muchos otros productos.

Se explicaba que también se reducirían los impuestos a la importación de insumos empleados en las industrias textil, química, farmoquímica, minera y electrónica que no se producen en el país. Igualmente a las llantas de grandes dimensiones, solventes, ácidos, ésteres, monofilamentos sintéticos, maquinaria y equipo ecológico, etcétera. El objetivo de la medida era, según la dependencia, volver más competitivos a los sectores pecuario, de bienes de capital y todos aquellos que usaran los productos enumerados.

Justo un año después un funcionario de la misma dependencia anunciaba que el gobierno liberaría el mercado del maíz a partir de agosto y precisaba que “...ahora los industriales no necesariamente tendrán que adquirir esa materia prima a través de Conasupo.”

Estas notas evidencian algunas cosas respecto de la conducción de la política económica por los neoliberales. En primer lugar la fe ciega en confiar la suerte de la economía mexicana a la economía internacional, por ello la decisión unilateral de implementar dichas medidas; en segundo, la falta de una visión de largo plazo para proteger y fomentar el desarrollo de los sectores productivos que no pueden competir en el mercado internacional; en tercero, la inexistencia de una estrategia consistente en fomentar la producción de bienes de los cuales México carece; en cuarto lugar destaca el que se decida reducir impuestos a estos productos cuando se había dicho que les interesaba aumentar la captación de recursos fiscales; finalmente, al hacerlo en los bienes que se producen en México afectan gravemente los niveles de empleo y los precios de la producción nacional, lo cual perturba también el nivel de las remuneraciones a los trabajadores.

Por eso cuando se ha dicho que el neoliberalismo promueve el impulso de las exportaciones recurriendo a la devaluación para desalentar importaciones y aumentar la competitividad hay que analizar con más cuidado la cuestión dado que ya se ha demostrado que no es verdad que se desalienten las importaciones, sino que también se promueve el aumento de aquellas que no compiten aquí con los productos elaborados por los sectores de la burguesía en el poder y los productos básicos que aquí son generados mayoritariamente por productores no empresariales.

Entonces, quienes cargan con las consecuencias son los productores afectados y sus familias, así como los trabajadores de esos sectores y los niveles de las remuneraciones.

Consiguientemente, cuando en el caso del campo, la producción nacional se ve además afectada por las fuerzas de la naturaleza, es de esperarse que los niveles de empleo y remuneraciones se agraven dado que, en palabras del titular de la SEDESOL en 1996 “...los trabajadores agrícolas enfrentan condiciones precarias de seguridad laboral, servicios públicos y otras situaciones que se unen al desempleo por la corta duración del empleo jornalero, que alcanza en promedio 180 días al año.”

En 1998 el director de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras del Sector Social (ANEC), ante las sequías consecutivas y el inminente aumento de la importación de granos, que en 1996 alcanzó los 6 millones de toneladas de maíz, preguntaba, qué ocurriría con los 25 millones de campesinos que viven del autoconsumo y que no tendrían suficiente frijol y maíz para comer, cuando el maíz amarillo barato que se compraba a Estados Unidos ya andaba en cuatro pesos el kilogramo debido a la especulación e intermediarismo y la incapacidad de Diconsa para abastecer el grano por la reducción en su presupuesto. El líder esperaba más hambre, desnutrición, migración en las zonas rurales, la proliferación del cultivo de estupefacientes, la afectación de los recursos naturales, la insatisfacción social y el surgimiento de conflictos sociales.

El fomento de la producción interna de los productos de primera necesidad que se podrían generar en el país estaba lejos de los planes de los responsables de la conducción de la economía nacional. Por el contrario, todo parece indicar que lo que se buscaba era eliminar a los productores tradicionales vía la disminución de subsidios y el aumento de las importaciones de los productos básicos. De este modo:

En lo que va del TLCAN, México ha erogado para la compra de alimentos la exorbitante cantidad de 90 mil millones de dólares, cifra superior a la deuda pública que tiene el país (US$87,658,000) A principios del siglo XXI, las importaciones de los alimentos alcanzan el valor de las divisas obtenidas por la exportación de petróleo de México y representan una tercera parte de las importaciones de alimentos de toda América Latina.

En 1999 la SECOFI mencionaba que en el caso de la leche en todas sus variedades ya se importaba el 20% de lo que se consumía en el país en 1998, lo cual significa que uno de cada cinco litros que se consumían entonces en el país era traído del extranjero.

El descaro de los neoliberales por acabar con los sectores de producción tradicionales ha continuado a tal grado de parecer un absurdo si no se tiene claro que en el fondo se trata de desaparecerlos. Por ejemplo, en octubre de 2007 la Asociación Nacional de Productores de Leche exigía a las paraestatales Diconsa y Liconsa que compraran a los productores nacionales la leche que producían para ayudar a este sector a paliar la crisis que vivía pues era un abuso el que esas empresas estuvieran comprando en Estados Unidos el litro a 7.50 pesos mientras que a los productores nacionales les ofrecían 3.40 pesos.

En el caso del café, uno de los productos agrícolas de mayor exportación cultivado por los campesinos de Chiapas, Oaxaca y Veracruz, principalmente , mientras los precios se mantenían en buen nivel así como los apoyos del Instituto Mexicano del Café a través de la capacitación, el surtido de plantas, crédito barato y la compra del producto, no había problema.

Pero los problemas se desprendieron de la caída de las cotizaciones del grano a fines de los años ochenta, la cancelación de los acuerdos de la Organización Internacional del Café y la retirada de la intervención estatal en la agricultura con la apuesta de que el mercado por sí solo ajustaría los precios y depuraría a los productores eliminando a los más ineficientes y menos competitivos.

Sin embargo gracias a la diversificación de la economía campesina bastantes productores siguieron sobreviviendo. En cambio, muchos cafeticultores medianos, especializados y de mayores rendimientos, pero con inevitables costos en insumos y trabajo asalariado, no lograron subsistir como tales. Los resultados de la estrategia neoliberal sobre el café, además de los otros productos campesinos, fueron el aumento de la exclusión social, la desintegración comunitaria y familiar, la migración y el abandono de huertas.

Por ejemplo, en 1999 se advertía que se podría desatar un problema social en las regiones cafetaleras de Chiapas, Oaxaca y Veracruz, ante los bajos precios del café que venían cayendo año tras año reforzados por las elevadas importaciones en manos de solamente cinco o seis empresas que tenían por objeto proteger a la industria cafetalera descuidando al sector agropecuario productor del aromático que contaba con la producción que el mercado requería. En julio de 2007 los conflictos con esas empresas, entre las cuales están Cafés de California, Decafé y Nestlé, continuaban porque mientras el precio internacional fluctuó entre 107 y 115 dólares por libra, éstas empresas lo reducían en 6 dólares con el argumento de que debían estar pendientes a los altibajos en la bolsa de valores y no tenían capacidad en las plantas beneficiadoras mientras que continuaban importando el grano de Colombia y Brasil a pesar de la excelente calidad del aromático nacional.

Pero ya desde fines de los ochenta debido a la caída en los precios del café las comunidades cafetaleras se vieron en serias dificultades, especialmente aquellas que contaban con organizaciones de militancia política no afines a las esferas oficiales. Por ejemplo, en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, por medio de los programas de Solidaridad, fueron apoyados los productores de la organización Solidaridad Campesina Magisterial, de la cual surgiría después el grupo paramilitar Paz y Justicia. Muchos de los campesinos radicalizaron sus luchas por obtener apoyos en tanto que otros se vieron obligados a emigrar para buscar trabajo contratándose como peones para construir caminos en Tabasco o como obreros en las plantas petroleras. Para muchos jóvenes que no emigraban las únicas expectativas eran convertirse en asaltantes o en paramilitares.

Ante estas medidas de política, es decir, el impulsar el aumento de la importación de productos que se elaboran internamente, era de esperarse que se agravaran los problemas de la generación de empleo y los niveles de las remuneraciones, comportamiento muy ligado al aumento de la migración a Estados Unidos.

En realidad con la firma del TLC México estaba condenado a acelerar su dependencia alimentaria y empeorando el desempleo en el campo y destruyendo parte de la infraestructura física del país. Puesto que era necesario dejar de producir los alimentos, había que deshacerse de los campesinos, protegiendo solamente a los agricultores comerciales que pudieran operar como abastecedores de productos seleccionados en el mercado externo.

En una ocasión durante el salinismo el profesor Carlos Hank González manifestó en Hermosillo, Sonora: “Mi obligación como Secretario de Agricultura es expulsar del campo a diez millones de campesinos. “¿Y qué hará con ellos?”, le preguntó un periodista. “Esa no es mi área de trabajo”, respondió.

Las políticas sobre el campo tuvieron éxito en ese propósito explícito pero en realidad no habría en México un “área de trabajo” que ofreciera alternativas a los expulsados. Esa “área de trabajo” estaría en Estados Unidos.

La reorientación de la estrategia económica hacia el exterior fue empujada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Ellos influyeron en el diseño de las políticas económicas presionando para que se aplicaran los programas de ajuste consistentes, entre otras cosas, en la contención salarial a la vez que se recomendaba la promoción de las exportaciones y evitar cualquier restricción al movimiento del capital y las mercancías.

La lucha entre los capitales por obtener las mayores ganancias posibles fue la causa de fondo para que, con el fin de alcanzar favorables niveles de competitividad a través de las exportaciones, se prefiriera comprar en el extranjero grandes cantidades de productos, sin importar que muchos de ellos se produjeran en el país, por lo que las ramas más dinámicas de la economía, las exportadoras, crecían con muy bajo o ningún grado de encadenamiento con los sectores productivos de la economía.

Las ramas exportadoras más dinámicas fueron las maquiladoras. Ellas recibieron la confianza de los gobiernos neoliberales en la generación de empleo. Es bien sabido que este tipo de empresas fundamentalmente se caracterizan por trabajar con productos traídos del extranjero aprovechando la mano de obra barata y toda una serie de concesiones y facilidades gubernamentales, de tal suerte que el encadenamiento con la economía nacional es prácticamente nulo. Así, aunque se generen varios miles de empleo en estas empresas, por otra parte, de diversas maneras, se provoca desempleo y bajas remuneraciones en otras ramas y sectores de la economía. La maquiladora no ha sido la solución.

En el transcurso de los primeros cuatro años del zedillismo el PIB agropecuario había decrecido 1.6% en promedio anual en tanto que el resto de la economía creció 5.3% anual en promedio. Pero el comercio agroalimentario con Estados Unidos aumentó en 9 por ciento anual en el periodo de 1992-1997, y 54 por ciento en 1997 con relación a 1992, y si en general el sector agropecuario no creció ello se debió en buena medida a la desarticulación del sector agroexportador con la economía agrícola nacional a nivel local y regional.

Efectivamente, al cumplir 10 años de vigencia el TLC se observaba que, no obstante ser México un importante exportador de productos agropecuarios y alimentos procesados:

…la estructura de las exportaciones encierra dos problemas; por un lado, se concentran en las bebidas alcohólicas (22%) una industria que es de carácter transnacional, lo que implica que los beneficios del intercambio comercial no se quedan en México; y por el otro, el factor multiplicador de las exportaciones es relativamente bajo por el alto componente de insumos importados para la producción y la transformación.

Era claro que el modelo agroexportador estaba alimentando economías de enclave y profundizando las desigualdades entre regiones, subsectores, tipo de productores y mercados; desestructurando la economía agrícola nacional y desarticulando al país. Planteado como estaba: “El modelo agroexportador neoliberal únicamente es funcional a los mercados globales, no a la economía nacional ni a su economía agrícola”, afirmaba categóricamente Juvenal Rodríguez.

Al parecer en la segunda mitad de los años noventa “…no más del 10 por ciento de las unidades de producción rural tienen acceso al mercado exterior y de ellas, el 1 por ciento concentra más del 80 por ciento del valor de las exportaciones agroalimentarias.” Entre los grandes perdedores estaban, del lado de los agricultores, los maiceros, trigueros, frijoleros, arroceros, sorgueros y cañeros; del lado de los ganaderos, los porcicultores, productores de leche, productores y engordadores de ganado, avicultores; además productores de manzana, ingenios azucareros, pequeños y medianos agroindustriales, productores forestales, en fin, casi todo el campo.

Pero además las empresas exportadoras más importantes del país han recurrido al despido cuando se presentan recesiones o crisis. Por ejemplo, el golpe tremendo que recibió el aparato productivo nacional casi no lo sintieron las 500 empresas más importantes de México. Ellas sortearon la crisis: “Por medio de una reducción de su personal, adelgazamiento general de las empresas y la reorientación de sus ventas hacia el mercado externo.”

Todo esto demuestra que efectivamente la acumulación en la fase de crecimiento absoluto debe proceder generando desempleo y que el sector exportador no es la solución a la carencia de puestos de trabajo porque tanto el esquema de importaciones como el de exportaciones están diseñados en función de los intereses de las grandes empresas que operan en ellas enfocados a reducir costos sin ninguna consideración por el mejoramiento social a través del empleo debiendo buscar muchos trabajadores la sobrevivencia fuera del país.


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