Tesis doctorales de Economía


USOS, CONSUMOS Y ATRIBUTOS QUE LOS JÓVENES GUANAJUATENSES OTORGAN A LAS TECNOLOGÍAS DE INFORMACIÓN Y COMUNICACIÓN

Jorge Alfredo Blanco Sánchez


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Antecedentes

El desarrollo de la tecnología, específicamente las telecomunicaciones y las informáticas, se vislumbraron tiempo atrás. Marshall McLuhan (1964) a este suceso lo denominó la “edad eléctrica” al nombrar a los medios electrónicos como extensiones del hombre. Alvin Toffler (1981) al referirse a la “tercera ola” indicó que la sociedad sería prioritariamente una sociedad informada, individualista y tendiente a la desmasificación. Daniel Bell (2000) vaticinó que los grupos sociales transitarían hacia una sociedad de la información y del conocimiento. Manuel Castells (2001) consideró este advenimiento como la “sociedad red”.

La década de los setenta representó la consolidación del desarrollo tecnológico para los países más avanzados, ya que la industria del sector servicios apostó por la digitalización de todos los sistemas de transmisión de datos existentes y en cierta medida también significó el comienzo práctico de la globalización. De esta manera inicia el desarrollo acelerado de las Tecnologías de la Información y Comunicación (las TIC) como parte de la era digitalizada, de la globalización y la adecuación a la nueva forma de transmitir y recibir información. Algo había cambiado de manera drástica y casi repentina. Los viejos sistemas de transmisión de datos dieron paso a la nueva manera de interactuar, la infraestructura y los soportes técnicos se alinearon de tal forma que el acceso se redujo al lenguaje binario.

Estas nuevas tecnologías traían consigo beneficios implícitos como la rapidez de transmisión donde las barreras geográficas fueron abatidas. Las grandes distancias y el tiempo de respuesta fueron desplazados del plano económico, político y cultural. Los límites de la cantidad de datos, como de su procesamiento también quedaron para la historia. Había llegado una nueva forma de interconectar a todo el planeta y de esa manera aumentar de modo considerable el flujo de información y comunicación.

Estos sucesos son de toral importancia para explicar el despegue acelerado de las tecnologías antes mencionadas, cada una de éstas ha sido reseñada y sigue siendo tema de discusión en muchas disciplinas, su influencia incide en los campos de la vida cotidiana que los especialistas reportan con celeridad. Destacar su influencia se vuelve un trabajo monumental, documentar todos los aspectos en los que la tecnología nos guía en la actualidad es entrar en todos los ámbitos donde actúa el ser humano. La influencia de la tecnología es decisiva para el avance y el desarrollo de las naciones occidentales. Parte del progreso, si no es que todo en su conjunto, se encuentra centrado en el desarrollo tecnológico. Es así como la humanidad conforma su medio ambiente no natural, a partir de las nuevas herramientas con base científico-tecnológicas que consume de manera consciente o inconsciente, pero que inciden en su cotidianidad.

Sin embargo, cada una de las tecnologías de la información en sus respectivos territorios provocaron que los gobiernos y las empresas privadas invirtieran una considerable derrama de recursos económicos, y sus intenciones de iniciar un nuevo negocio representaron toda una forma de acceder a la red de intercomunicación mundial para las sociedades de ese entonces no muy familiarizadas con los medios electrónicos. En la actualidad, es incuestionable que las tecnologías de la información y de la comunicación sean generadoras de los mayores cambios sociales, culturales, económicos y políticos. En un corto lapso de tiempo, los medios electrónicos han tomado las riendas de la modernidad para dinamizar la interactividad mundial. Para algunos países, organizaciones e instituciones, la tecnología dio el salto que se venía planeando para concretar la globalización, es decir, la herramienta capaz de traspasar las fronteras continentales. En cierto sentido su asimilación ha sido rápida, pero para otros – los países menos desarrollados – la brecha digital ha venido a profundizar las divergencias económicas, políticas, culturales y sociales que por falta de recursos aunados a otros factores, no han permitido implementar de manera contundente una prosperidad social basada en las tecnologías telemáticas.

Del mismo modo, la industria tecnológica genera actualmente un insumo consumible altamente demandado por ciertos sectores de la sociedad con cierto poder adquisitivo, de hecho, la tecnología ha creado un nuevo mercado que aventaja a aquellos que lo consumen contra otros que no lo pueden acceder. La tecnología busca constantemente innovar artefactos cada vez más poderosos, más rápidos, más complejos y por ende más costosos, que faciliten el manejo de información y comunicación y manifiesten la gran promesa de otorgar beneficio palpable a sus usuarios. Ya no es posible pensar en la actualidad en el desarrollo humano sin los sistemas de comunicación, sin la superautopista de la información, sin la computadora, sin la telefonía celular y sin el gran espectáculo de entretenimiento que brinda la radio, la televisión y el cine, por mencionar algunos de ellos catalogados como las tecnologías telemáticas (Castells, 2001, pp. 55-57).

La comunicación como disciplina, se ha adscrito al desarrollo tecnológico desde sus inicios, sea por jeroglíficos, dibujos, signos o símbolos, siempre ha estado presente como parte del proceso interactivo. Dentro de este ámbito, la teoría funcionalista ha desarrollado la propuesta llamada “usos y gratificaciones” la cual establece que las audiencias y en particular los receptores otorgan cierto valor al proceso comunicativo, le dan sentido a los medios y a los mensajes que mejor satisfacen sus necesidades. Dicho de otra manera, los utensilios tecnológicos y los mensajes info-comunicaciones son disfrutados, interpretados y adaptados por los usuarios gracias al contexto subjetivo propio de la experiencia, conocimientos y motivaciones de cada receptor. Cada usuario – dependiendo de sus necesidades particulares del momento –, disfruta e interpreta los mensajes a su modo, les otorga valor o los desecha en base a gustos y preferencias. Este tipo de decisiones y deleites pueden llegar a ser grupales o colectivas, pero en principio, —según los investigadores de procesos comunicaciones— son goces personales, individuales (Wolf, 1992, pp. 78-79).

El receptor actúa sobre la información a su alcance, en este sentido se vuelve partícipe del proceso activo de la comunicación, porque tiene la oportunidad de elegir entre una cierta gama de mensajes y posibilidades de responder a ellos. Según esta misma corriente, el medio como tal ejerce cierta influencia en los usuarios, pues no sólo es importante lo que se transmite y se recibe, sino la trascendencia que el propio individuo le da al medio utilizado para tal efecto. Por tanto, la valorización del proceso interactivo-comunicativo se encuentra comprometida entre las personas que lo utilizan más que en las propias funciones del mismo medio tecnológico. La carga sociocultural propia de los usuarios influye en los mensajes, no sólo como contenido para ser transmitido sino también como medio tecnológico que sustenta la interactividad entre personas.

Los usos y gratificaciones en las tecnologías de comunicación, también se extienden al ámbito informativo, sirven para identificar a los consumidores de los medios, así como los atributos que los propios usuarios le confieren a los diversos medios tecnológicos utilizados, sus bondades y satisfactores que producen; de esta manera se hace énfasis en las interpretaciones, definiciones y conceptualizaciones que los receptores construyen con los medios y por añadidura con su propia cultura. La propuesta info-comunicativa de usos y gratificaciones se encuentra determinada tanto por los propios usuarios y su cultura como por las causas tecnológicas, es decir, la teoría funcionalista y el determinismo tecnológico comparten elementos comunes en el proceso comunicativo mediado por la tecnología.

Cuando se habla de las TIC y de su impacto, se debe de inferir que las propias tecnologías no tienen sentido alguno si no se encuentran sustentadas por los usuarios, el argumento entonces se traslada al ámbito de las personas que manejan esas tecnologías y las utilizan para estar en contacto con otras personas. De esa manera el campo fértil de las tecnologías, son los sujetos que las usan y consumen. El interés se convierte de esta forma en un proyecto que recae sobre las disciplinas humanísticas y deja de ser exclusivamente técnico.

Los estudios de ciencia, tecnología y sociedad, pretenden analizar la relación existente entre los aspectos técnicos propios de los artefactos tecnológicos y su impacto sociocultural. Dentro de la dinámica argumentativa se involucra tanto a los creadores, productores y usuarios del desarrollo tecnológico como a las causas, los procesos, las consecuencias y a la máquina misma, ya que lo que se cuestiona es la utilidad que proporciona la propia tecnología al ser humano y a su desarrollo social y cultural.

Hoy en día se habla del mundo digitalizado con la mayor naturalidad por su implementación reciente, pero también se puede notar y diferenciar a los sectores que usan y consumen la tecnología de aquellos otros que no pueden acceder a la misma, aunque en algunos casos se esté hablando de personas que hayan nacido en la era de la digitalización y de los nuevos entornos virtuales. Esto quiere decir que se requiere algo más que el simple adiestramiento en un proceso tecnológico para aceptar que su uso y consumo resulta significativo para todas las personas que son contemporáneos a los adelantos científico-tecnológicos y por un acto de fe o de imposición se debe aceptar sin más cuestionamiento.

Uno de los sectores que de mejor manera aceptan y se adaptan a los cambios vertiginosos de la tecnología son los jóvenes, los cuales parecen disfrutar con las novedades que constantemente la tecnología propone al mercado. No cabe duda que las TIC, se encuentran relacionadas con las expectativas de la juventud, porque representan una herramienta de expresión de su condición de ser humano capaz de generar desarrollo y progreso, como una posibilidad, pero también son generadoras y transmisoras de conceptos formativos, de creencias y costumbres arraigadas por la herencia cultural. En la actualidad no se duda de la importancia que los jóvenes tienen en el desarrollo de las naciones, incluso en algunos casos se les considera como actores estratégicos para el futuro planetario. Sin embargo, han sido poco estudiados y en periodos anteriores a la década de los sesenta pasaron inadvertidos a todo el proceso de modernización e industrialización. Tal vez porque la categoría de joven como se le conoce actualmente es una construcción histórica que aparece en la segunda mitad del siglo XX porque se hace presente en la vida social mediante su condición de estudiante, y como tal promovió un movimiento en contra de las políticas hegemónicas de aquellos tiempos.

Beatriz Sarlo (2000) establece que el ser joven se consideraba como una etapa transitoria biológica entre la pubertad y la adultez, donde el adulto joven trataba de insertarse en el mundo laboral en busca de oportunidades y para el ámbito social, repetir el modelo heredado de construir una nueva familia. El joven pasó a ser visible en el momento en que adquiere una categoría sociológica o un principio cultural y deja de ser un simple dato estadístico en etapa transitoria de niño a adulto, trata de estar dentro de un contexto propio con contornos específicos; toma un sitio real con configuraciones sociales que permiten dar cuenta que de manera dinámica es una más de las fuerzas que convergen en el mundo contemporáneo.

Rossana Reguillo (1998, p. 55) por su parte considera que los jóvenes se adscriben presencial o simbólicamente a ciertas identidades sociales y culturales (procesos socioculturales) de acuerdo a sus gustos, preferencias y oportunidades disponibles; para sentirse miembros activos de una condición de joven que les permita desde su perspectiva expresar sus particularidades como sujeto. Se puede también considerar a la juventud como depositaria de una subcultura, en el sentido que surge a partir de una cultura dominante. Es decir, los jóvenes de manera postfigurativa (Mead, 2002, pp. 21-32) adquieren una cultura heredada y ellos, en su afán de autonomía y considerando la imposición de los adultos, establecen una resistencia de transculturación y aunque toman algunos aspectos de la cultura heredada, tratan de conformar elementos culturales propios y autónomos. Se convierte entonces en una interrelación entre apropiación de elementos de otras culturas ya sean heredadas o no, más la decisión autónoma de alternativas culturales nuevas o asimiladas para conformar la cultura propia. En el mismo sentido, también podría considerarse a la juventud como una clase subalterna (Bonfil, 1991), la cual no posee una cultura diferente. Participan de una misma cultura predominante si bien los jóvenes lo hacen a nivel distinto, ya que su jerarquía es aún considerada como transitoria dentro del proceso de maduración y adaptación a la vida laboral adulta.

Otra idea que llama la atención es considerar la forma en que la juventud busca su identidad cultural a partir del “imaginario colectivo compartido” (Cerutti en David Sobrevilla, 1998, pp. 131-143) donde la identidad se puede definir de muchas maneras, pero siempre hace referencia a una noción histórica temporal. Se comparte una ideología en el vaivén de lo particular y lo colectivo para construir una imagen que englobe la identidad del grupo. Es indudable que al momento de establecer los parámetros para la creación de “la identidad”, como elemento subjetivo, se están estableciendo las bases de la dependencia grupal de esa misma identidad. La noción de identidad debe ser entendida a partir de la propia historia que se reconoce, además de ser un proceso no acabado, abierto, dinámico, en constante evolución que no se puede separar de la noción cultural en el cual se encuentra inmerso.

Gilberto Giménez (1997, p. 17) establece como dimensión subjetiva de identidades el conflicto que los jóvenes tienen, ya que se encuentran atrapados entre la identidad histórica y patrimonial, la cual establece un vínculo con el pasado cultural heredado – como ya se mencionó – más la identidad proyectiva que establece su aspiración de vida a partir de su representación simbólica del futuro y finalmente con su identidad vivida que es reflejo de la cotidianidad, del presente, el aquí y ahora que constantemente determina el actuar del adolescente.

No cabe duda que las tecnologías se encuentran relacionadas con las expectativas de la juventud, no sólo porque los adolescentes nacieron en la época de la revolución tecnológica, sino porque se han habituado a convivir en ambientes digitalizados integrados por grupos de herramientas que se encuentran a su alcance en el hogar, la escuela, centros de convivencia de carácter lúdicos. De esta manera, se puede pensar que los jóvenes establecen sus relaciones socioculturales de manera más natural a través de medios tecnológicos compartidos, que sin ellos, porque las condiciones geográficas ya no son importantes ni las barreras situacionales propias de la época. Tanto la condición social como cultural mediatizada es una opción real compartida entre miembros de un grupo que participan de vivencias comunes, gustos y preferencias.

La juventud se encuentra ante la disyuntiva de conformar su adaptación lo más razonable posible a su ideal proyectivo y lo menos doloroso posible a su realidad cotidiana como sujeto en etapa de transición que se aleja de la niñez y se acerca a la adultez. El uso de las tecnologías tienen mucho que aportar en este proceso de transición, son causa y efecto de la manera en que los usuarios conceptualizan su mundo, también moldean las expectativas futuras de los jóvenes que buscan integrarse tanto a la sociedad como a la cultura, además las consecuencias que acarrea la propia tecnología por su constante exposición, matiza la conformación del propio destino a partir del convulso mundo que les tocó vivir a los jóvenes impregnados de tecnología.


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