Tesis doctorales de Economía


SISTEMA DE CIUDADES, CENTROS POBLADOS Y DESARROLLO REGIONAL
LA MICRORREGIONALIZACIÓN EN EL ORIENTE DEL ESTADO DE TLAXCALA

Daniel Hernández Hernández

 

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2.3. Visión integrada del sistema de centros poblados y sistema de ciudades

La dinámica de los sistemas de centros poblados y de los sistemas de ciudades está marcada por las propias transformaciones y reestructuraciones territoriales que se suceden de manera permanente, y que impactan hasta los niveles jerárquicos inferiores como son las microrregiones. Dichas transformaciones se derivan del carácter y naturaleza de los intercambios y redes económicas, de tal forma que sus efectos se pueden ver en la existencia de polarizaciones económicas, sociales y territoriales, estructuras duales, zonas de alta marginación y pobreza. Es por ello que los sistemas de centros poblados o asentamientos humanos experimentan actualmente cambios y, en muchos casos, sin precedentes, precisamente por la intensidad y alcance de los intercambios, lo cual hace que los territorios entren en competencia por ganar espacios y ser considerados propicios de integrar el sistema comercial regional, nacional o mundial. Esto explica en gran medida la productividad de ciertos territorios, pero también el abandono de muchos otros, aunado al hecho de que, por lo general, por parte de los actores económicos, prevalece un desinterés de la acción privada espontánea y escaso interés de la acción pública inducida en reactivar ámbitos deprimidos o subdesarrollados; siendo aquí en donde los ámbitos rurales o centros poblados de menor jerarquía, se ubican en varios casos como espacios “perdedores” o “no aptos” para la localización del capital y con mucha dificultad para la presencia pública con su función distributiva (Delgadillo, 2005:3-4).

Los territorios rurales tradicionalmente van a la zaga de las influencias de los centros urbanos más próximos, por lo que es fundamental precisar desde una perspectiva sistémica, cuáles son los mecanismos y estrategias que se pueden poner en operación para acumular ventajas de ubicación propicias para la competitividad e intercambio intra-regional, sin que necesariamente dichos espacios rurales se conviertan en ciudades. Una posible alternativa, reconociendo que uno de los propósitos esenciales para el impulso a los sistemas de centros y sistema de ciudades, es que se logre vincular la movilidad del capital con el territorio a fin de impulsar la concentración de dicho capital en forma de actividades económicas, y ver cómo éstas se desplazan en el espacio geográfico, es contribuir en alguna medida a mejorar los espacios subutilizados y desarticulados, mediante el impulso de políticas microrregionales a partir del conocimiento de los flujos e intercambios de bienes y servicios que permitan definir las estrategias para mejorar dichos intercambios.

En este sentido, se puede afirmar que un sistema de ciudades por sí mismo resulta insuficiente para entender la magnitud de los propios problemas que generan los procesos de urbanización que cada día se hacen más complejos e impactan negativamente muchos aspectos de la vida cotidiana de las personas. Debido a que históricamente la dinámica de la urbanización se ha desarrollado en buena medida por la migración campo-ciudad y ciudad-ciudad, principalmente; entonces la estructuración de un sistema de centros poblados es crucial porque es el único medio para identificar con amplitud y profundidad los procesos de conexión física y funcional a partir de los flujos o intercambios de bienes, servicios y mano de obra que se suceden de manera ininterrumpida entre asentamientos humanos de diferente tamaño. Precisamente, es a partir de un sistema de centros poblados que se puede impulsar el desarrollo regional en sus diferentes jerarquías, pues dicho sistema tiene dentro de sus propósitos, los siguientes: a) disminuir los desequilibrios de la población reorientando los flujos migratorios y controlando el crecimiento desordenado de la población y de la urbanización; b) ampliar la integración y la articulación del espacio regional, reduciendo el costo elevado y la poca eficacia de las interrelaciones entre las regiones y los centros urbanos o sistema de ciudades y sus áreas de influencia rurales; c) incorporar espacios para la generación de nuevas actividades económicas y de empleo, evitando que se desperdicien las potencialidades regionales por el uso incorrecto de los recursos; d) evitar las desintegraciones y las desarticulaciones económicas derivadas de la ausencia de mecanismos de planificación racional que impiden identificar los problemas y sus soluciones.

Asimismo, un sistema de centros poblados debe operar sobre la base de una política articuladora hacia adentro de las economías, tanto a nivel nacional, estatal o local, es decir, de coordinación entre lo regional y lo subregional para lograr un desarrollo más equilibrado con sentido estratégico, ya que la organización del espacio es un proceso abierto y dinámico, mientras que las divisiones administrativas, como es el caso de la división política municipal, es estática. De ahí que resulte necesario regionalizar en forma flexible, como es el caso que se propone a partir del nivel microrregional considerando como base para ello, los centros de integración microrregional, lo cual permite asociar localidades (regiones) o unidades administrativas menores e inclusive se pueden asociar municipios conformando subregiones o microregiones. Al respecto Klaassen (1981:271) señala que las áreas deprimidas podrían auxiliarse con mayor eficacia si se ayudara al crecimiento de las áreas de prosperidad potencial (con lo que se auxiliaría indirectamente a las áreas deprimidas) en lugar de pasar directamente de las regiones prósperas a las deprimidas.

Estos aspectos así planteados, son parte sustancial de las iniciativas para la gestión del territorio, cuyo principal objetivo es mantener un equilibrio entre una política tendiente a mejorar las áreas nodales susceptibles de afianzar la competitividad de las ciudades, fomentando al mismo tiempo, una política de reequilibrio territorial que disminuya los procesos de dualización y fragmentación socioterritorial, a través de la consolidación de un sistema urbano de equilibrio mediante el desarrollo de las metrópolis regionales y ciudades intermedias con dotación de un sistema de infraestructura que permita la interacción entre ciudades intermedias, de éstas con las metrópolis regionales y del conjunto con la zonas metropolitanas más cercanas. En resumen, toda política de regionalización que parta de la concepción de integrar a las ciudades, a las regiones, a los municipios, y en general, a los centros poblados de menor jerarquía, debe sustentarse en los siguientes tres ejes de gestión del territorio: a) lograr un territorio más competitivo, más atractivo, b) propiciar una organización territorial más equilibrada, más solidaria (cohesión económico social), y c) promover a las regiones con mayores dificultades.

Dichos propósitos son perfectamente viables, sin embargo, es necesario reconocer una serie de dificultades que surgen de la condición de nuestras economías en tanto que están sujetas por la globalización y la fuerte competitividad que ello impone; y además, por una estructura económica polarizada que limita, entre otras cosas, la competitividad y la modernización de los sectores productivos y de las regiones menos favorecidas. En este contexto, y como ya se ha señalado, el factor distancia es el que influye de manera determinante en la integración regional, pues entre mayor sea la distancia relativa existente entre los centros poblados y las regiones a las que pertenecen, más desequilibrios y polarizaciones se producirán, y al mismo tiempo, las dependencias funcionales se darán entre un mayor número de ciudades y pueblos, básicamente en lo que se refiere a los intercambios de bienes y servicios, de mano de obra, de información, de tecnología y conocimiento, y en general, del desarrollo y evolución de los aspectos culturales que tipifican a determinadas sociedades; es así como este proceso por su propia inercia siempre toma forma en un marco de desigualdad de condiciones entre los diversos territorios, lo cual por sí mismo, trae desventajas para que estos accedan por igual, como sería deseable, a los beneficios que otorga el desarrollo económico y social que se impulsa y se transforma a partir de las ventajas que encuentra el capital para su reproducción, y por el papel que juegan las políticas públicas en la promoción del desarrollo.

Esto obliga conocer las causas que originan las diferencias estructurales entre las regiones y los centros poblados; para lo cual se ha diseñado y aplicado un mecanismo de captación de información de los flujos e intercambios de bienes y servicios entre las poblaciones objeto de análisis microrregional, que corresponde esencialmente a una encuesta y de la cual se expondrán más adelante los resultados que se obtuvieron. Sin embargo, es posible adelantar que el principal resultado del ejercicio analítico hecho referencia más arriba, es que permitió también evaluar la localización y el emplazamiento de los territorios, con base en el conocimiento de la organización y estructuración espacial que las poblaciones tienen, ya que es evidente que un territorio se desarrolla mejor cuando cuenta con una buena cobertura de equipamiento en salud, educación, empleo y otros aspectos de bienestar social y con una red de infraestructura adecuada. Este es el caso de las ciudades, ya que la forma de ocupación del territorio en estos espacios, es donde se hacen evidentes las ventajas de la concentración de las actividades humanas, debido a que desde las primeras etapas de su crecimiento adquirían importancia casi exclusivamente a través de su tamaño demográfico, y en la actualidad, además de ello, su importancia radica en la función que cumplen con una red de ciudades, y de sus relaciones físicas y funcionales con centros poblados de diverso tamaño y con distintos grados de dispersión-concentración de población (CONAPO, 2004:273).

Con el análisis de los sistemas de centros poblados, se logra identificar el rol estructurante que éstos tienen dentro de los territorios, lo cual representa una primera aproximación al conocimiento de su dimensión organizativa, y al mismo tiempo, implica asumir que éstos requieren integrarse, asociarse y/o complementarse, pues funcionan en su organización como un sistema conformado por diferentes componentes o subsistemas de distinta magnitud que interactúan entre ellos, dando lugar a las formas, las estructuras y las configuraciones territoriales. Es importante aclarar que cada sistema territorial obedece a una diferente configuración espacial que es producto de la interacción sociedad–espacio en distintos contextos y con un grado desigual de evolución de sus componentes; de tal forma que con la interacción de los subsistemas se da la pauta para la organización y articulación del territorio, considerando que para su gestión se deben fijar premisas para cada uno de los subsistemas, así como identificar acciones para tomar medidas específicas de ordenamiento; en otras palabras, se trata de formular las orientaciones directrices para el acondicionamiento territorial; de esta manera surgirán los criterios territoriales que deberán ser concertados y consensuados con los diferentes organismos gubernamentales, con los municipios y en los niveles microrregionales, particularmente en los espacios que se definan como centros de integración microrregional. Como lo señala Roccatagliata (2001:32), los principales subsistemas del territorio, son:

• El ecológico – ambiental

• Los asentamientos humanos (redes urbanas)

• La localización de actividades

• El ámbito relacional (redes de transporte, comunicación e información)

• La estructura regional en sus diferentes dimensiones y jerarquías, y

• El ámbito político – administrativo

Con base en ello, la estructuración de una estrategia de microrregionalización del territorio debe tomar en consideración el potencial del crecimiento económico, buscando facilitar la reconversión productiva mediante el análisis de los factores de localización e integración regional; para este propósito, resulta imprescindible contar con una interpretación de los fenómenos territoriales actuales y de sus posibles evoluciones y tendencias, lo cual implica profundizar en los conocimientos de la nueva dinámica económica y socio-territorial para propiciar y mantener un debate sobre los problemas críticos y las diferentes opciones para solucionarlos, clarificando las líneas de actuación política y las orientaciones globales en materia de microrregionalización del territorio. Lo anterior, debido a que las realidades territoriales, socioeconómicas y culturales, por lo general, muestran disparidades que inducen necesariamente a diseñar ese tipo de estrategias desde el ámbito nacional, regional y local, donde los principales problemas que se observan, son los siguientes:

• Congestión urbana y suburbana del tráfico vehicular y de personas.

• Pérdida de la biodiversidad

• Degradación del paisaje

• Marginalidad y pobreza

• Contaminación ambiental

• Costos ambientales y sociales de las grandes obras de infraestructura

Con la estructruración de una estrategia de microrregionalización se podrán conocer los mecanismos básicos que habrán de implementarse para buscar la disminución de las diferencias en los niveles y calidad de vida de los diversos sectores sociales y de los distintos ambientes espaciales en el marco de un desarrollo sustentable, siempre y cuando se logren implementar procesos de microrregionalización basados en un enfoque sistémico que incluya los siguientes cuatro grandes componentes:

Un sistema urbano policéntrico tendiente a disminuir los procesos de excesiva centralidad, concentración y los de perificidad (Krugman le llama periferialidad)

Una red de infraestructuras modernas, eficaces y sustentables.

Una red de espacios abiertos (espacios dedicados a la actividad agropecuaria, así como los que estén sujetos a un tipo de protección ambiental).

Un sistema de cooperación extraterritorial.

Por último, conviene señalar que el enfoque sistémico de los centros poblados y de las ciudades, permite abordar la complejidad del problema del desarrollo regional, a partir de identificar los esquemas funcionales básicos de un sistema, así como sus facultades de autoorganización y adaptabilidad para potencializar su desarrollo; en este sentido, los aspectos locales propios de la identidad comunitaria producto a su vez de la cultura y su marco referencial de valores en la toma de decisiones, afectan en gran medida la efectividad en la aplicación de acciones para el desarrollo que provienen desde las instancias públicas. Citando a Buckley (1993,45-48) dice que el punto de partida de una visión sistémica del desarrollo, debe dar inicio desde la cualidad más general y fundamental de un sistema, que es la interdependencia de las partes que lo integran; en donde dicha interdependencia consiste en la existencia de relaciones determinadas entre las partes o las variables, en oposición al carácter casual de la variabilidad. En otras palabras, la interdependencia es el orden en la relación entre los componentes que constituyen un sistema, en donde dichos componentes tienen cierta tendencia al equilibrio, no obstante las desviaciones propias inherentes a la evolución de cualquier fenómeno, como es el caso que nos ocupa, relativo al sistema de centros poblados, que está constituido por una serie de interacciones de tipo económico, social, político y cultural, y cuya característica fundamental es que existe una desigual integración territorial entre los centros poblados, lo cual es una deficiencia estructural que puede subsanarse en alguna medida a través del impulso de los procesos de descentralización y del propio desarrollo local.


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