Revista: DELOS Desarrollo Local Sostenible
ISSN: 1988-5245


EL META-SIGNIFICADO DE LA AGRICULTURA EN LA ECONOMÍA MODERNA: EL CASO MALACITANO

Autores e infomación del artículo

Francisco J. Calderón Vázquez

Universidad de Málaga, España

fjcalderon@uma.es


Resumen

El presente trabajo estudia las relaciones entre la Agricultura (entendida en sentido amplio, como sector Primario) el Desarrollo Económico y la Economía, planteándose una reivindicación de la agricultura y de su rol dinámico en una economía moderna a partir de su metasignificado, es decir de su capacidad de generar enlaces agroindustriales y de agroservicios. En su primera parte, se revisan las contribuciones al debate ya clásico entre partidarios de la Agricultura y de la Industria, la minusvaloración de la agricultura por los modelos dominantes tras la SGM y, en particular, el sesgo antiagrario presente en determinadas políticas económicas. En la segunda parte se revisa un caso (Málaga, España) de revitalización de una agricultura tradicional gracias al desarrollo de la agroindustria. Ello posibilita una reconfiguración y modernización de las producciones agrarias tradicionales, provocando la transición de la agricultura tradicional hacia la agroindustria y los agroservicios generando una “nueva vida” para el medio rural malacitano y su población.

PALABRAS CLAVES: Agricultura, Enlaces agro-industriales, Desarrollo Económico, Agroindustria, Medio Rural

Abstract

This work explores the relationships between Agriculture (understood in a broad sense, as primary sector) The Economic Development and the whole Economy, raising a claim about Agriculture and its dynamic role in a modern economy, underlining the Agriculture’s meta-meaning, this is its ability to generate links with the agroindustry and agribusiness. In its first part, we review the contributions to the debate (already classic) between supporters of agriculture and supporters of industry, the underestimation of agriculture by the dominant economic models after WWII and in particular, the anti-farming bias present in certain economic policies. In the second part, we review a case (Malaga, Spain) about the revitalization of traditional agriculture thanks to the development of agribusiness. This makes possible a reconfiguration and modernization of the traditional agricultural productions, causing the transition from traditional agriculture toward agribusiness generating a "new life" for the Malagas’s rural areas and their population.

KEY WORDS: Agriculture, Agro-industrial inter-sectoral Linkages, Economic Development, Agribusiness, Rural Areas.


Para citar este artículo puede uitlizar el siguiente formato:

Francisco J. Calderón Vázquez (2015): “El meta-significado de la agricultura en la economía moderna: el caso Malacitano”, Revista DELOS: Desarrollo Local Sostenible, n. 24 (octubre 2015). En línea: http://www.eumed.net/rev/delos/24/agricultura.html


1.         Introducción
A cinco décadas de distancia de la aparición de dos de las contribuciones más significativas relativas al papel de la Agricultura (y en líneas generales del Sector Primario) en las economías modernas, de un lado, The rol of the agriculture in Economic Development (Bruce Jonhston y John Mellor, 1961) y del otro, la obra de T.W. Schultz: Transforming Tradicional Agriculture (1964), continúa sin existir un consenso definido en torno a la capacidad propulsiva del sector agrario en el conjunto de la estructura económica. Con ello continua y se expande la polémica, iniciada en la década de los 50, sobre el rol de la agricultura en el proceso de desarrollo económico.

Polémica que, dista mucho de haber terminado, puesto que además de la renovación de metodologías, argumentos y autores, sigue sin respuesta la cuestión del significado, el “ser” de la agricultura en el conjunto del sistema económico, ya sea en las economías en vías de desarrollo, ya en las economías modernas condicionadas por el fenómeno de la Terciarización y del consiguiente predominio cuasi absoluto de los servicios en el horizonte productivo.

Polémica de enorme actualidad, dado que en las actuales coordenadas globalizadoras las industrias agroalimentarias ligadas a las materias primas, insumos locales, agentes locales y, en definitiva, al territorio y al entramado productivo local, se encuentran entre las más resistentes al fenómeno deslocalizador. De ahí, su importancia estratégica en el conjunto de la actividad económica actual, puesto que por una parte, significan una “reserva industrial”, fundamental en el mortecino panorama industrial de muchos países europeos. Lo que le proporciona un valor estratégico de gran relevancia.

Por otra parte, la agroindustria “organiza” y estructura la producción primaria, permitiendo la generación de cadenas de valor agregado territoriales a través de la valorización de las producciones primarias, que de otra manera quedaría en mera materia prima, fácilmente sustituibles por importaciones en la actual fase de integración de mercados.

Igualmente, las empresas agroindustriales al estar en contacto directo con los mercados de consumo, transmiten los estímulos a los productores primarios de cara a conseguir grandes volúmenes de producción adecuadamente homogeneizados, en cantidad y calidad. Facilitando, además de los estímulos, los medios y el asesoramiento técnico para la optimización de las instalaciones.

El análisis del caso malacitano es particularmente atractivo, puesto que muestra tanto el rol del sector primario en una economía con un extraordinario grado de terciarización, como es la malacitana, como las interacciones entre lo primario y lo terciario a través del engarce agroindustrial.

2.         La evolución de los planteamientos económicos en torno a la agricultura.

2.1.      Del olvido de lo agrario a su reivindicación.

“... cuando por el mejoramiento y el cultivo de la tierra el trabajo de una familia puede alimentar a dos familias, la labor de la mitad de la sociedad resulta suficiente para proveer el alimento para todos. La otra mitad, por lo tanto, o al menos la mayor parte puede ser empleada para suministrar otras cosas, o para satisfacer las otras necesidades y antojos de la humanidad.” (Adam Smith)
A pesar de la existencia de una correlación positiva entre el incremento de la productividad agraria y el crecimiento económico hecho ya puesto de manifiesto por Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones” (Johnson, 1997: 2), el enorme protagonismo de los paradigmas de la Modernización e Industrialización a ultranza durante la primera mitad del S.XX y la evidencia empírica exitosa de las economías industrializadas tras la SGM, crearon un clima poco receptivo a la Agricultura y al sector agrario en su conjunto, generándose un sesgo peyorativo hacia lo agrario.

En esta visión “limitativa” o minimalista en cuanto a la contribución de lo Agrario al proceso de desarrollo económico, el rol del Sector primario se limitaba a operar, por una parte, como una suerte de “cantera de materiales” para los restantes sectores, proporcionando a éstos toda una serie de inputs: mano de obra, materias primas, productos semielaborados, alimentos, etc. A su vez, la agricultura era fuente de activos (Chenery y Syrquin, 1975) para la matriz industrial-urbana de desarrollo: desde las divisas provenientes de las exportaciones agrarias, hasta el capital proveniente del ahorro interno, pasando por el soporte físico territorial para las instalaciones industriales y el desarrollo urbano.

En ese contexto, tan sombrío para la agricultura, la aparición de las aportaciones de Schultz (1964), y Johnston y Mellor (1961), significaron un punto de inflexión en la cuestión agraria, puesto que ambos textos coinciden en plantear una visión afirmativa de la agricultura como fuente potencial de crecimiento económico, promoviendo la inversión en la mejora y capitalización del sector agrario, de cara a un incremento sostenido de la productividad en el mismo, aspectos críticos en cualquier proceso de desarrollo económico. Elementos diferenciadores que los convierten en textos contra corriente en esa etapa y que los hacen, tremendamente, actuales en nuestros días.

En particular, Johnston y Mellor (1961) plantearon una visión holística y a largo plazo del desarrollo agrícola (y de su proceso), defendiendo una política agraria que tuviera en cuenta tanto a las innovaciones tecnológicas como a los pequeños productores, facilitando su prosperidad. Asimismo resultaba esencial en su diseño el incremento de la productividad agraria, pero no solo de las grandes explotaciones.

Consideradas en perspectiva histórica dichas aportaciones, resultan aun de mayor relevancia, si cabe, puesto que debían nadar contra corriente, dado que el mainstreaming ideológico esencial del momento fluía hacia la industrialización y, por tanto, hacia el desarrollo industrial, elemento estratégico en la estrategia de crecimiento económico dominante tras la segunda Guerra Mundial.

En dicho esquemas el papel del sector primario era tanto bombear recursos (mano de obra, divisas y ahorro interno) hacia las industrias emergentes (motores económicos a medio y largo plazo) como servir de mercado a sus producciones, optándose como medida de política económica esencial la subsidiación de la industria (a expensas de los contribuyentes, de los restantes sectores de la economía e, incluso del déficit y del endeudamiento públicos), no considerándose lo agrario como “motor” económico en sí mismo considerado, es decir, como tal vehículo de crecimiento económico y renta,
Por ello, lejos de plantear ayudas a la agricultura, la corriente fundamental del pensamiento económico de la postguerra apostaba mayoritariamente por gravar al sector primario, bien directamente (mediante instrumentos fiscales e impositivos), bien indirectamente (a través de políticas de precios) (FAO, 2004). Succionando, en cualquier caso, recursos del agro y canalizándolos hacia el impulso del desarrollo industrial, subvencionando manifiesta o tácitamente a la industria. Aunque conceder subsidios a la industria a costa de la agricultura implicase, de facto, imponer un gravamen más o menos o explícito sobre la agricultura, carga adicional que, probablemente, tendería a reducir las expectativas de crecimiento de las producciones agrarias, la rentabilidad de las actividades y, a la postre, la inversión en el campo (Schiff y Valdés, 1992).
Numerosos ejemplos de este sesgo antiagrario y proindustrial en la configuración de la política económica pueden encontrase en América Latina (durante la etapa de la denominada “sustitución de importaciones” y en algunos países asiáticos y africanos, durante los 60 y 70, actuando determinadas escuelas de pensamiento (Dependentismo, neoestructuralismo cepaliano) y autores (Furtado, 1970; 1976) como cajas de resonancia de dichos posicionamientos.

Pero no solo ellos, ese sesgo poco proclive a lo agrario parece muy presente en modelos como el de “dos sectores con oferta ilimitada de factor trabajo” de W.A. Lewis (1954) y en el modelo de “economía dual” de J. Fei y G. Ranis (1964). Modelos, que han actuado como patrones esenciales de política económica para países en vías de desarrollo en el periodo 1950-1980 y donde la capacidad tractora de la agricultura sobre el resto de la economía se considera como muy limitada.

Esta situación solo comenzara a cambiar a partir del Informe del Desarrollo Mundial de 1990 (Banco Mundial, 1993), donde se subraya el comportamiento positivo del sector agrario en fases difíciles del ciclo, particularmente en períodos de ajuste económico. En dicho informe se citan diversos programas de ajuste donde la agricultura va a responder ágilmente a los estímulos provenientes de la nueva política económica, creciendo más rápidamente que otros sectores en un lapso de cuatro a cinco anualidades, conduciendo al conjunto de la economía a la salida de la fase recesiva.

También han influido, decisivamente, en esta reivindicación de lo agrario, por una parte, la estagnación de la economía argentina (afectado negativamente el otrora poderoso sector agroexportador argentino) lastrada por las consecuencias de la estrategia de sustitución de importaciones en contraposición al caso chileno, cuya agricultura creció durante los 90 mas (y más rápidamente) que la manufactura llegando a ser el sector líder de esa economía, contribuyendo con mucho empleo y renta a la buena marcha de dicha economía austral (Norton, 2000).

Por otra parte, la constatación de la existencia de menores diferenciales de ingreso urbano-rural de los países asiáticos de alto crecimiento en relación a la mayor parte de los países en vías de desarrollo (Banco Mundial, 1993) y su positiva influencia estabilizadora en el notable desempeño económico de estos países, ha resultado decisiva puesto que, al no forzarse la transferencia de recursos del sector primario al industrial, ha posibilitado un mayor equilibrio económico entre las zonas urbanas y las rurales en términos de salarios, nivel de vida y posibilidades de consumo (y bienestar) de la población rural (Ruttan, 1998).
Desde la Economía del Desarrollo, diversos francotiradores (Singer, 1979; Adelman, 1984; Hwa, 1988; Vogel, 1994) desde diversos ángulos, han subrayado la interrelación entre desarrollo agrícola y desarrollo industrial, enfatizando el potencial del agro para estimular la industrialización. El nexo común entre los francotiradores radica en que el incremento de la productividad agraria genera incentivos en la Demanda de consumo (de productos manufacturados se entiende) de los hogares rurales. Además el sector agrario suministra inputs (materias primas, insumos intermedios) para la expansión industrial.

2.2.      El Metasignificado del sector agrario
En cualquier texto puede leerse que la contribución de la agricultura al PIB de las economías desarrolladas oscila entre el 1%-3%. Un porcentaje muy reducido casi insignificante si comparamos la aportación primaria con las contribuciones de industria y sobre todo de los servicios. Hasta aquí bien, pero si a la hora de calcular, tuviésemos en cuenta los segmentos agroindustriales, agropecuarios, los agroservicios, el soporte físico-medioambiental y las actividades de mercado, la contribución del sector primario oscilaría, dependiendo de los países, entre un 20% y un 25%. Si la escala fuese local, provincial o regional en vez de nacional, la contribución podría ser, incluso, superior. Si pensamos en el mundo en vías de desarrollo la aportación agraria podría ser bastante más significativa, alcanzando entre el 30% y 40%.

De ahí que, hablemos de “metasignificado agrario”, al considerar que la contribución cuantitativa de la agricultura a la creación de riqueza trasciende, va más allá, de ese escueto porcentaje. Asimismo, esa metacontribución cuantitativa de la agricultura al crecimiento económico presenta dos características cualitativas que la hacen estratégica en el mundo global: De un lado, las agroactividades no son deslocalizables, al estar fijas al medio físico, por lo que el valor y empleo generados en su derredor, lo hacen in situ o, cuando menos, pueden ser retenidos. Por otro, las actividades de primera transformación se ubican, normalmente en zonas adyacentes por lo que la base endógena de enlaces productivos reales puede ser muy importante.

Estas características de tangibilidad y no deslocalización es lo que produce que en fases contractivas (como la actual) el metasignificado agrario, pueda ser muy relevante para el conjunto de la economía. Creciendo más (en términos comparativos) y a mayor velocidad que los restantes sectores. Siguiendo a Mellor (2000), ello parece obedecer a que los inputs empleados en el crecimiento agrario son marginalmente competitivos con los restantes sectores, por lo que el crecimiento agrario es adicional al de los restantes. Esa adicionalidad supone que cuando la agricultura crece rápidamente el conjunto de la economía también lo hace.

Para los países en vías de desarrollo, estas consideraciones son aún más importantes si cabe, puesto que las mayores bolsas de pobreza se hallan en las zonas rurales situación directamente conectada con las periferias urbanas degradadas y con fenómenos como la emigración urbano-rural, por lo que incrementos sostenidos del ingreso rural pueden tener un efecto multiplicador muy fuerte sobre el resto de la economía.

Por ello, reivindicar la agricultura y su papel, no ya como medio (para el crecimiento de otros sectores) sino como fin si mismo considerado, debería ser ítem prioritario en la agendas gubernamentales y en las agendas de muchos organismos internacionales.

3.         Panorámica de la Agroindustria malacitana
Una panorámica de las actividades y producciones agrarias que se vienen llevando a cabo en la Provincia de Málaga en las dos últimas décadas, nos mostraría dos cambios sustanciales con respecto al pasado del sector agrario malacitano. En el haber del mismo encontramos una acentuada tendencia a la diversificación de las producciones agrarias, que contrasta con los pocos monocultivos tradicionales (Lozano Jurado et alia, 1986).

Diversificación sustentada en el abanico de condiciones agroclimáticas que convergen en la provincia, la existencia de ciertos recursos hídricos y de buenas tierras en determinadas zonas estimula esa creciente diversidad. En este sentido, en las dos últimas décadas se ha observado un crecimiento neto de rubros como hortalizas, cítricos y frutales, destacando las producciones subtropicales de las zonas adyacentes al litoral (Aguacates, chirimoyas, mangos, etc.) que han llegado a ser las producciones frutales no cítricas más importantes de Andalucía.
En su conjunto, la industria agroalimentaria malacitana genera un volumen de negocio en torno a los 1.100 millones € (2010), proporcionando unos 25.000 empleos, constituyendo el aceite de oliva, el aguacate y los productos cárnicos los segmentos productivos de mayor relevancia en la balanza comercial agroalimentaria malagueña. Observándose un claro predominio de la microempresa, ya que el 90% de los establecimientos tiene entre uno y nueve trabajadores.

Dicha microdimensión provoca comportamientos poco tendentes a la profesionalización, la cooperación empresarial y a la interacción entre los agentes, a pesar de los progresos realizados. Ello, supone un problema real (por concreto) en un contexto como el de la Globalización. Precisamente este es el caso de los frutales subtropicales, donde la ausencia de unidad entre los agentes, combinada con déficits de profesionalidad, había provocado una situación de dispersión de la oferta, con producciones poco homogéneas y de baja calidad, muy poco competitivas frente a producciones provenientes de terceros países (Israel) o del área latinoamericana, situación que se va superando poco a poco.

De cualquier forma, la mejor de las noticias ofrecidas por el sector agrario malacitano en la última década, ha sido la consolidación del complejo agroalimentario, en la actualidad una floreciente realidad, sector constituido, fundamentalmente, por empresas de manipulación y transformación hortofruticola, elaboración de productos cárnicos y elaboración de aceite de oliva tal y como muestra el Cuadro N°1
Por lo que se refiere a la situación del sector a nivel regional (Cuadro N.2), las agroindustrias malacitanas inscritas en el registro de la Consejería de Agricultura (a 1-1-2007), representan el 11,13% del conjunto del sector. Si bien en segmentos específicos, como el cárnico ese porcentaje se incrementa hasta el 15%. Teniendo en cuenta que el agroalimentario es uno de los sectores industriales más importantes de Andalucía, si no el que más, no es un mal dato.

Por tipologías, la industria agroalimentaria parece estar muy sesgada en el caso malacitano hacia cuatro sectores básicos, como indica el grafico N° 2, las aceiteras que representan casi el 15% del volumen total de industrias, cárnicas (20%), hortofrutícolas (16%) y las alcoholeras (10%).

La evolución observada para estos segmentos sigue el patrón del sector agrario en su conjunto, observándose la notoria expansión de los 90, y las mínimas oscilaciones de la siguiente década. La tendencia de las aceiteras a ganar posiciones dentro de la agroindustria sí parece consolidada, como asimismo sucede con las procesadoras hortofrutícolas, mientras que las cárnicas parecen recular aunque mantengan su protagonismo.

Asimismo, un desglose pormenorizado del sector agrario muestra la coexistencia de segmentos de alto dinamismo malacitano (grafs N. 3 y 4) con otros estancados o en decadencia (grafs N. 5). Por último, se evidencia como la dinámica de las actividades productivas agrarias adelantaban la grave crisis de la economía hispana (2009-2013).

4.         El significado del sector agrario en la economía provincial malacitana

Una perspectiva analítica de la evolución del Sector Agrario malacitano, en términos económico-financieros, es decir, de VAB generado y de contribución al VAB provincial, lo que nos indicaría la relevancia del sector dentro de la estructura económica provincial, la encontramos en el Grafico N° 6. Como puede apreciarse la actual contribución del Sector Agrario al VAB provincial es bastante modesta, por tanto el peso de la agricultura parece bastante reducido a nivel provincial, lo que no parece raro en una economía con un extraordinario grado de terciarización como es la malacitana.

Esta minimización de las actividades agrarias no significa o conlleva, necesariamente, una minusvalorización de la contribución del Sector Agrario a la economía provincial. Simplemente reconoce una realidad concreta que se viene produciendo desde los albores del proceso de terciarización en los 60 y que se ha intensificado extraordinariamente en las dos últimas décadas. Ello no significa que el sector agrario no haya realizado un evidente esfuerzo de modernización y puesta al día, obteniéndose importantes resultados tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, como atestigua el Grafico n° 7, donde efectivamente puede observarse los buenos resultados generales del sector y el perfil expansivo y al alza que ha mantenido la actividad agropecuaria en la provincia, si bien, con ciertas oscilaciones en el valor de la producción.

Oscilaciones debidas al carácter primario de la actividad y al hecho cierto de que las cosechas (y su valor) dependen de una serie de factores climáticos, mercantiles y humanos, que hacen que las actividades agrarias actuales, a pesar de los enormes avances tecnológicos registrados, presenten todavía un carácter incierto, puesto que los agentes agrarios no tienen la seguridad que su producto, primero exista y después pueda llegar al mercado en condiciones competitivas y ventajosas, siendo remunerado su esfuerzo adecuadamente.

A pesar de todo, en el periodo reportado por los datos consolidados disponibles (1995-2003) el valor de la producción agropecuaria ha continuado creciendo positivamente como tónica general. Por tanto, el agro continúa produciendo, a un muy buen ritmo, si bien habría que intensificar los esfuerzos en la generación de valor.

Por ello, el problema no es que el campo no crezca, sino que los otros sectores crecen mucho más rápidamente y de forma mucho más intensa, al ser sus productividades mucho más altas que la agraria, produciéndose una relación decreciente de las magnitudes agrarias con respecto a las totales provinciales, de tal manera que el VAB agrario tiende a ser cada vez menor en el cómputo total como la que describe el Grafico N° 8:

Esta relación decreciente (Cuadro N. 3) unida a la presión terciaria y urbanizadora sobre importantes áreas agrarias, nos induce a considerar un futuro para el sector agropecuario malacitano, donde las tendencias a la contracción del valor sectorial, observada en las líneas anteriores, tendera a acentuarse, salvo desplome de los restantes sectores.

Tendiendo el sector Primario a perder aún más espacio y volumen cuantitativo (no cualitativo) y, en contrapartida, también se acentuaran las tendencias a la especialización y a la diversificación, mejorándose e incrementándose los enlaces agroindustriales y las producciones agroalimentarias de mayor valor añadido, sustentadas en las materias primas de elevada calidad (hortofrutícolas, olivar, vides, productos pecuarios) derivada de las buenas condiciones geoclimáticas y organizativas existentes.

Tales perdidas se verán compensadas con el notable incremento de las actividades medioambientales y turísticas en el medio rural. Por último, la terciarización y la urbanización suponen un cambio en las pautas alimenticias de los habitantes de dichas zonas que supone la apertura de un extraordinario mercado para las zonas continentales rurales que dispongan del know how necesario para aprovechar tal oportunidad, que en términos productivos significan series cortas de elevada calidad y adoptadas al gusto de los consumidores urbanos.

5.         Conclusiones
Tras décadas de oscurecimiento la Agricultura y, por ende, el Sector Primario vuelve a ser reivindicado como uno de los motores fundamentales de la Economía tal y como planteaba el pensamiento fisiocrático durante el S.XVIII.

Referentes fundamentales en el arduo proceso reivindicador fueron las aportaciones de Schultz (1964), Johnston y Mellor (1961) y Mellor (1966), contribuciones a partir de las cuales se ha ido tejiendo una nueva configuración de las relaciones entre la agricultura, el crecimiento económico y los restantes sectores económicos, planteándose un nuevo rol para lo agrario donde este sector no solo aporta insumos y suministros a los restantes, sino que, en circunstancias de crisis puede ser incluso un sector leader que gracias a su mayor dinamismo pueda conducir al conjunto de la Economía fuera de crisis y fases recesivas.

La reivindicación del sector agrario no se plantea tan solo para los países en vías de desarrollo (donde podría parecer lógica, al tratarse de uno de los pocos rubros disponibles para el desarrollo económico) sino también para los países desarrollados, la causa está en el Metasignificado Agrario, es decir, en la capacidad expansiva de la Agricultura hacia la Agroindustria y los Agroservicios con la consiguiente generación de cadenas integradas de valor.

El caso malacitano evidencia como una agricultura postergada por la no inversión y arrinconada por la terciarización cuasi absoluta de la economía provincial, puede salir de esa situación de atraso comparativo gracias a la agroindustria y a los agroservicios, convirtiéndose a partir de ese momento en un segmento muy dinámico (aunque relativamente pequeño) y significativo (en términos cualitativos) dentro de la economía provincial dominada por los servicios, trayendo una “nueva vida” a la agricultura, revitalizando al medio rural y a su población.

Una nueva vida cargada de futuro puesto que producir y manufacturar alimentos no resulta una idea del todo equivocada en un mundo global, superpoblado donde el crecimiento del ingreso percapita tanto en el Oriente Asiático como en el mundo occidental posibilita la aparición de nuevos y sugestivos mercados de consumo para producciones diferenciadas, ancladas a la calidad y sustentadas en el respeto medioambiental.

En palabras de John Mellor: “La explosión del comercio internacional y los ingresos globales significa que la agricultura puede crecer al 4-6 por ciento (50 por ciento más de lo que era concebible hace tres décadas), aún en los casos en que el ingreso interno es demasiado bajo como para ampliar el mercado de los productos de alto valor” (Mellor, 2000: 29)

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Recibido: Agosto 2015 Aceptado: Octubre 2015 Publicado: Octubre 2015


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