Observatorio de la Economía y la Sociedad China
Número 7- junio 2008

UNA MURALLA DE PROMESAS (*)
 

Joaquín Hidalgo



Aunque aún no se logra la calidad a la que los argentinos y los países productores estamos acostumbrados. China ofrece un abanico desmesurado de posibilidades en el mercado vitícola. Hay grandes bodegas, mucha inversión en dinero y conocimiento, terruños con buenas condiciones y, principalmente, un potencial de futuros consumidores sin precedentes.

“Cualquier banquete en China se celebra con varias bebidas al mismo tiempo: té, agua, cerveza, maotai, quizás un poco de vino”, me explica Ernesto Fernández Taboada, Director Ejecutivo de la Cámara de Argentino-China de Producción, Industria y Comercio. Y a continuación, aclara que “lo más difícil es el maotai: con 50 de alcohol en promedio y servido en vasitos pequeños, se toma de un solo trago; y el protocolo chino dice que en una cena se sirven varios. Y ellos te miran sonrientes, poniéndote a prueba con cada shot. He visto a varios empresarios derrapar en esta parte de los negocios”.

Es sabido que la parte cultural de cualquier intercambio es la más compleja. Aunque no sólo quienes hacen negocios en China se les complica con las costumbres. También a los chinos, por ejemplo, aprender el gusto del café o del vino les lleva un buen rato. Y desde la apertura, donde las relaciones con Occidente ocupan un rol importante, nuestro bárbaro universo de carnes rojas casi crudas, tenedores y cuchillos afilados y bebidas fuerte saber debieron ser aprendidos.

 


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Hidalgo, J.: "Una muralla de promesas" en Observatorio de la Economía y la Sociedad de China Nº 07, junio 2008. Accesible a texto completo en http://www.eumed.net/rev/china/



Los chinos, con una milenaria y singular tradición, saben mejor que nadie lo difícil de su situación única. Sólo el año pasado se estima que unos 20 millones de chinos fueron al exterior, mientras que el país recibió cerca de 70 millones de turistas. Con ese flujo permanente de intercambio es fácil hacerse la idea de cómo el vino entró en el subcontinente chino.

Sin embargo, no es así de sencillo. Sergio Cesarín, el economista recibido en Beijing, dice que una de las cosas que le llamó la atención “es que son grandes bebedores. Y no sólo de cervezas, de las que tienen algunas muy buenas, sino más que nada de licores fuertes”.

El maotai es un destilado a base de sorgo y otros cereales. En China, donde cualquier consumo por pequeño que sea resulta estadísticamente enorme, el problema del suministro y producción de bebidas alcohólicas fue y es un tema serio. Y esa parece ser la causa, según escribe Xu Gan Rong en su “Grandioso sondeo de las bebidas y preparados alcohólicos chinos”, por la cual el vino desapareció en su país a favor de los productos a base de granos, cuya disponibilidad es permanente.

Gan Rong, afirma en su investigación que el vino se producía en china hacia el siglo III a.C. en buenas cantidades y que era del gusto de los primeros emperadores y nobles beberlo. De hecho, durante ciertas excavaciones realizadas en 1980 en tumbas de la primera dinastía –los Shang- se descubrió un recipiente de cobre fuertemente sellado que contenía vino, según los análisis realizados por la Universidad de Beijing.

Y en tanto que la destilación como proceso no fue por ellos inventada, para luego desarrollar el alambique hacia el siglo VIII de nuestra era, vino, cerveza y fermentación de arroz, trigo y sorgo convivieron con variaciones de consumo, siempre a favor de estos últimos.

Escribe Gan Rong: “debido al desarrollo de la técnica de destilación, la dinastía Yuan comenzó a producir espíritus destilados de vino (brandy), según registrara Yin en sus “Shan Zheng Yao”. Li Shizheng también registró los espíritus de uva en la Región del Oeste en sus “Ben Cao Gang Mu” durante la dinastía Ming”.

De hecho, en tiempos de Kublai Khan, cuando la dinastía mongol Yuan reinaba uno de los imperios más vastos del que se tenga noticia, el vino alcanzó su máximo esplendor debido a su uso ceremonial y religioso. Luego fue eclipsado para reaparecer en 1900, cuando se instaló en la península de Shandong la primera bodega de propiedad china en tiempos modernos.

La industria del vino

Actualmente, operan en el territorio unas 500 bodegas en plena producción de vino, aunque sus estándares no son los que apreciaría un consumidor occidental, salvo contadas excepciones. El número de hectáreas cultivadas alcanza las 200 mil, si bien las cifras en China, así como desmesuradas, no siempre resultan fiables. En cualquier caso, además de variedades de consumo en fresco, hay una cantidad imprecisa de Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot, Malbec, como también Chardonnay y algunas otras blancas, como Sauvignon, pero en proporciones menores.

Con todo, el consumo de vino per cápita es irrisorio y alcanza los 0,3 litros anuales. Claro que multiplicado por 1,3 mil millones resulta un volumen para nada despreciable. Fernández Taboada dice que “los potenciales consumidores de vino occidental son la élite urbana, estimada en unos 200 millones, con niveles de ingresos altos, aspiraciones cosmopolitas y un ojo puesto en los consumos del otro lado del mundo, como sucede con aquellas cosas que implican status social en China”.

Lo interesante del caso, no es sólo la importancia de un mercado tan grande, sino que el negocio se encuentra en pleno desarrollo y los números son grandes. Según Vinos Sin Fronteras, en su vuelta al mundo por el orbe vitícola, China “es el séptimo país en superficie de viñas plantadas (…) con un crecimiento (en volumen) del 36% el año pasado”.

Claro que el vino que se consume en China tiene dos vertientes bien diferenciadas. Por un lado, el sector extranjero afincado en las grandes ciudades, que lo adquiere en restaurantes, hoteles, free shops y, recientemente, en hipermercados como Carrefour y Wall Mart. Por otro, bien distinto, es el que toma un chino promedio, que lo corta con gaseosas y jugos e, incluso, según un artículo publicado en noviembre de 2005 por Wine Spectator, hay casos en que se venden juntos.

La historia reciente dice que fue un inglés llamado Michael Parry, habitante de Hong Kong, el impulsor del boom productor de vinos. Motivado por las reformas que Deng Xiaoping introdujo en la economía, en 1987 invirtió en un joint venture con empresarios locales para fundar la bodega Huadong (Magnífico Este), construida a 480 kilómetros al sudeste de Beijing, en la península de Shandong, provincia de Qingdao. Allí esperaba elaborar grandes blancos a base de Chardonnay, pero las cosas se complicaron debido a los recurrentes tifones.

Parry murió al poco tiempo pero la vid había echado raíces. Dos décadas después, la bodega, en manos chinas, produce 350 mil cajas de vino y se consolida como una de las principales productoras de calidad. La zona recibe la influencia del Mar Amarillo, por lo que su clima es monzónico y húmedo en verano.

El ejemplo de Parry motivó a varias empresas extranjeras a invertir en China: el gigante Pernod Ricard fue la fundadora de Dragon Seal a mediados de la década pasada, de la que se retiró en 2001; mientras Rémy es dueña de Dynasty, otra de las grandes locales, y la española Miguel Torres acaba de invertir en la construcción de una nueva bodega. Algunas empresas argentinas, como Norton y San Huberto, también desarrollaron emprendimientos vitícolas y bodegueros allá.

Nuevos desarrollos

La zona más caliente desde el punto de vista de las inversiones es, no casualmente, la misma donde hace más de dos mil años los primeros emperadores aprendieron el arte de la elaboración de vinos: la provincia de Xinjiang, en el corazón árido y estepario de China.

Ubicada en el margen oeste del Gobi, el temido desierto que separa a China de Mongolia, Xinjiang es una provincia atípica. Con mayoría musulmana, está habitada por pueblos nómadas de la etnia uigurs. La región era atravesada por la Ruta de la Seda y en tiempos remotos recibió fuerte influencia de Medio Oriente; de ahí su identidad vitícola pasada. Hoy, además, es la zona donde se explotan los mayores yacimientos de petróleo del país.

Xinjiang está sobre el margen este de los montes Tian Shan – desprendimiento de Pamir- y en un clima árido de altura. Allí se han instalado las bodegas Lou Lan y Sun Time, esta última con un desembolso de 175 millones de dólares y asesoría técnica australiana.

Grace Vinyard, en el centro geográfico del país. Es otra de las bodegas que, con viñedos propios, intentan hacer buenos vinos de estilo occidental. Emplazada en la provincia de Shanxi, es un emprendimiento hongkonés con enología y manejo de viñedos francés. El modelo no es exclusivo: la mayoría de las bodegas que apuntan a la calidad apuestan por el conocimiento foráneo, especialmente europeo pero también australiano y americano.

Sin embargo, 2/3 del negocio descansa en cuatro bodegas de capitales y manejo mixto, privado y estatal: Dynasty, Changju, Great Wall y Tonghua. Gran parte del vino elaborado por estas marcas es en realidad un blend entre productos locales e importados. La legislación permite traer caldos –Chile y España son grandes vendedores- y su posterior corte para elaborar etiquetas de baja calidad enológica. Como curiosidad, entre los sponsors oficiales de las olimpíadas figura Great Wall, un dato ilustrativo del peso que el vino gana en el mercado chino.

Cesarín comenta que “el gobierno ha emprendido una batalla contra el consumo desmedido de alcohol. De ahí que el vino se presente como una alternativa a las bebidas fuertes con tradición y prestigio, ya que para la élite urbana simboliza la sofisticación”.

La mayoría del buen vino consumido en China es importado, por un valor que asciende a 77 millones de dólares, según informó el Consulado Argentino en Shanghai. Ahí, los valores que encarna juegan un rol importante y entre ellos, el color del vino tiene una fuerte importancia cultural: el rojo en China es el color de la fortuna y los buenos augurios. También resulta interesante el hecho que, en una cultura donde la salud es un bien preciado, y por la que se preocupan, los beneficios de beber vino son cabalmente entendidos.

Pero no todo es tan transparente en el mercado chino. “Hasta hace dos años, el vino podía fabricarse con ingredientes – cuenta Fernández Taboada-, y las falsificaciones de productos están a la orden del día, si bien el gobierno ha tomada cartas en el asunto”. Como ejemplo, baste recordar que semanas atrás Estados Unidos presentó una demanda en la Organización Mundial del Comercio –de la que China forma parte desde 2004- debido al escandaloso negocio de la piratería.

De manera que la industria del vino, como es metáfora corriente, si bien está en pañales, comienza a dar sus primeros pasos fuertes. Será cosa de esperar y ver, aunque en el caso de la cerveza quizás tenga un dato relevante para aportar: si hasta principios del siglo XX casi no se la consumía, los enclaves alemanes que hasta 1918 estaban en Quingdao, la introdujeron con vigor suficiente: hoy China es el segundo productor mundial y la cerveza es bebida corriente en el país.

¿Podrá el vino superar las barreras culturales del presente y llegar a ser consumido y valorado? Con dos décadas de incipiente industria, la pregunta aún está lejos de tener respuesta. Pero a juzgar por el acelerado crecimiento del mercado – de nada a 400 millones de litros- el futuro es promisorio.  

* Nota publicada en la revista Club del Vino, N 201, mayo 2007. PP 33-35. La presente reproducción cuenta con la debida autorización de la Dirección de Redacción de dicha Revista.


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