Contribuciones a las Ciencias Sociales
Noviembre 2010

VALOR E IDENTIDAD: DOS CATEGORÍAS INDISOLUBLES PARA UN ANÁLISIS DEL PROCESO FORMATIVO

 

Ernesto Nápoles Robles (CV)
enapoles@fp.ho.rimed.cu
 

La polarización y concentración del capital en una parte muy reducida de la sociedad mundial dio origen a la aparición de los grandes centros de poderes. La dominación también gana terreno en los temas culturales más diversos formando parte de sus intereses coloniales, por ello pudiera hablarse de la presencia de un colonialismo cultural.

Ante tal situación la formación axiológica del individuo debe partir desde las raíces identitarias de los pueblos. Las diferentes instituciones educativas que conforman las sociedades nacionales poseen una gran responsabilidad en el proceso de formación axiológica del individuo, por ello la escuela tiene que concebir la formación de valores como una de sus principales tareas pedagógicas.

El tema de los valores, por su trascendencia, ha sido tratado en los diferentes períodos históricos por lo que ha transitado la humanidad como un fiel reflejo de cómo se ha interpretado y proyectado la actitud ante la vida, la naturaleza y las relaciones sociales con significación socialmente positiva.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Nápoles Robles, E.: Valor e identidad: dos categorías indisolubles para un análisis del proceso formativo, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, noviembre 2010,
www.eumed.net/rev/cccss/10/ 


El hombre desde la antigüedad comenzó a preocuparse por elementos que debían orientar la dimensión social del comportamiento en la sociedad, es así como pensadores como Sócrates, Platón y Aristóteles comenzaron a preocuparse por elementos como la justicia, la sabiduría, la verdad, la belleza y el amor durante el período clásico de la filosofía Griega. Asimismo otros pensadores tales como Séneca y Quintiliano siguieron esta línea de pensamiento durante el período helenístico del citado sistema filosófico.

Las dos grandes brechas existenciales, el bien y el mal, están presentes en este pensamiento lo cual se expresa a través de elementos como la justicia, la verdad y la sabiduría como cualidades más cercanas a la perfección humana. Lo anterior es una evidencia del tratamiento que se le dio al componente moral en la antigüedad y que en lo adelante tomará otro matiz por el carácter de las sociedades sucesivas y el cambio de las condiciones socio - históricas en cada una de ellas.

En la sociedad feudal aun cuando el pensamiento de la época estaba premiado de las concepciones de la Iglesia y desde los límites de la religión, figuras como Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona se desarrolla una concepción acerca de los valores.

Sin embargo, no fue hasta finales del siglo XIX, con la aparición de las obras ”Preludios Filosóficos” en 1884 de Wilhein Windelband y “Genealogía de la Moral” en 1887 de Frederich Nietzche, que se establece la primera gran polémica en torno a los valores, ya con niveles de sistematización teórica de notable importancia.

Para Windelband los valores son universales y atemporales y no se encuentran históricamente condicionados. Para Nietzche, los valores son apreciaciones a las que en efecto las conciencias se acomodan. Estas consideraciones nuclearon el periodo de fines del siglo XIX momento en el cual se adjudica por algunos teóricos el surgimiento de la axiología como ciencia.

El autor no asume ninguna de las dos concepciones pues considera que los valores ante todo poseen una dimensión social y cada época se configura en un sistema de valores los cuales son dinamizados por la situación sociohistórica concreta a nivel social e individual.

En el siglo XX, el estudio de los valores con fuerza filosófica se desarrolló durante el período entre las dos guerras mundiales. Sus más altos exponentes a inicios de la centuria son Max Scheler y Nicolai Hartmann. Pensadores como Wilheim, Dilthey y Max Weber son también importantes para una correcta y justa apreciación del nacimiento de la axiología y para hacer un estudio consecuente de la categoría valor.

A inicios del XX, además de los mencionados: P. Lapie (Lógica de la voluntad, 1902), Eduard Von Hartmann (Compendio de axiología, 1908) y W.M. Urban (Valuations: Ifs Nature and Laws, 1919), entre otros también aportaron en torno al análisis filosóficos de la axiología.

Un papel importante lo desempeñaron los filósofos que conformaron el círculo de Viena. Los filósofos que se desarrollaban en torno a esta escuela de pensamiento que lleva el nombre de la célebre ciudad austriaca desarrollaron teorías de corte neopositivistas, muy interesantes para la época. El carácter polémico estaría nuevamente presente en la temática axiológica ahora entre Ludwig Wittgcnstein (1889-1951) y los representantes de la citada escuela.

Por su parte el mencionado Wittgcnstein afirmaba que "en el mundo de los hechos no hay ningún valor, porque si lo hubiera tendría que estar fuera de la completa esfera de lo que sucede y es del caso". Para él los valores son absolutamente subjetivos y no existen en la realidad.

En tal sentido la tesis sostenida por los representantes de la Escuela de Viena, entre ellos Rudolf Carnap y Bertrand Russell, aseguraban que las normas, los sentimientos, los ideales y los valores no son susceptibles de tratamiento científico, pues tales contenidos sociales caen más bien en la esfera de las creencias, de las ideologías; no son susceptibles de verificación ni de comprobación matemática.

Hasta el momento en los diferentes períodos de sistematización de la teoría acerca de los valores prevalece una concepción subjetivista. Lo anterior se manifiesta en las diferentes posiciones teóricas asumidas en cada momento lo cual indica que hasta bien entrado el siglo XX la representación teórica acerca de valores no sobrepasa los límites de la subjetividad.

Los valores presentan una cualidad objetiva, ellos no se originan apriorísticamente sino condicionado por toda una esencia socio-histórica capaz de caracterizar y tipificar lo individual y lo universal. La objetividad de este objeto se desprende de que independientemente de la voluntad del hombre, todos los procesos y fenómenos de la realidad influyen sobre la conciencia y por tanto genera un referente valorativo.

Los valores por su forma, se mueven en el plano de la subjetividad al necesitar de las ideas, el pensamiento y la conciencia pero su contenido es esencialmente objetivo pues este se manifiesta en las relaciones que el hombre establece en su rica práctica social.

Los valores pudieran representarse como un fenómeno que su esencia expresa las relaciones que se establecen en un determinado tiempo y espacio. Nada escapa de la esfera valoral del hombre, pues todos los hechos y fenómenos tienen significación para él desde perspectivas diferentes.

En este sentido sería prudente realizar un análisis entre dos pares categoriales que aunque tengan relación no deben ser entendidos como idénticos. Categorías como significación – significación social y valoración y valor forman parte de la esfera valorativa.

Al tratar la categoría significación se entiende como la relación significante (negativa o positiva) que se establece entre los diferentes objetos y fenómenos de la realidad en relación con el hombre y con otros objetos. Sin embargo, al hablar de significación social es comprendida solo como la significación que posee para el hombre, los diferentes procesos, objetos y fenómenos de la realidad.

La diferencia entre estas dos categorías se expresa en que la primera contiene a la segunda. En otras palabras, la significación posee un espectro más amplio que la significación social, debido a que esta se desarrolla tanto en las relaciones sociales como fuera de ella.

Por su parte la significación social, está ceñida a las relaciones entre los hombres, no es posible reflexionar en torno a este elemento si no se toma en cuenta la posición que asume el hombre con respecto al objeto significante la cual se expresa en la actividad y el proceso de comunicación entre los miembros de la sociedad. Sin hombre, sin relaciones económicas, políticas, estéticas, culturales, etc., no existe significación social.

En torno a las categorías valoración y valor existen trabajos de obligada consulta al tratar el tema. Por tales razones se hace necesario citar uno de los autores cubanos que ha sistematizado este tema como es el caso del Dr. C José Ramón Fabelo en su obra “Práctica, Conocimiento y Valoración” al plantear: “Por valoración comprendemos el reflejo subjetivo en la conciencia del hombre de la significación que para él poseen los objetos y fenómenos de la realidad. El valor, por su parte, debe ser entendido como la significación socialmente positiva de estos mismos objetos y fenómenos”. (1989: 18-19).

La dimensión crítica de estas dos categorías es uno sus elementos en común. Sin embargo, la valoración contiene tanto la significación positiva como negativa del sujeto que valora, no siendo así en el caso del valor.

Este último solo asume la significación socialmente positiva, la parte negativa de esa significación se ubica en el ámbito de los antivalores, no es posible explicar la esfera valoral a través de valores negativos y positivos. En este sentido se coincide con Fabelo al plantear que, es valor lo que favorece el progreso social, lo que propicia la salud y la vida social. Lo que lo obstruye o aniquila es antivalor. Fabelo(1989)

Los valores poseen una cualidad social y a pesar de que las posiciones individuales posean una incidencia directa en cuanto a tales solo la dimensión social es quien lo determina. Los valores no se definen por la posición que asuma un hombre o grupo de ellos de manera aislada sino por la significación que tenga para la sociedad en su conjunto.

Cada época construye su sistema de valores en correspondencia con las condiciones y esta debe generar un salto cualitativo y cuantitativamente superior. Quedaría sin lugar el considerar el componente valoral alejado de la realidad social, ellos forman parte concatenada de la realidad como una forma especial del desarrollo.

Los valores, desde el punto de vista psicológico, constituyen componentes esenciales en la estructura de la personalidad y orientan y regulan su actuación. Ello resulta posible cuando los valores sociales pasan a formar parte de la estructura interna de la conciencia en forma de orientaciones valorativas, formaciones en las que se integra lo cognoscitivo y lo afectivo motivacional.

Lo anterior reafirma la idea del autor de que el componente moral es una expresión socio – psicológica que emana de las relaciones y la práctica social histórica concreta, de manera que lo que es valioso hoy puede no serlo mañana en condiciones socio – históricas distintas. De ahí considerar el papel del medio, la actividad, la conciencia, las motivaciones, el desarrollo ontogenético de la personalidad y la situación social del desarrollo en cada etapa, para determinar lo que pudiera representar o no un valor para el individuo.

El autor asume los postulados de la escuela histórico – cultural de Vigostky y sus seguidores tales como Rubinstein y sus trabajos relacionados con la conciencia, Leontiev con los dedicados a la actividad y Bozhovich acerca de los motivos y la relación de cada una de estas categorías con el desarrollo moral del individuo.

Uno de los más trascendentales aportes de la teoría histórico – cultural se concreta en la aplicación creadora del método dialéctico para comprender el fenómeno psicológico lo cual condujo a considerar, que los valores tienen un origen social formando parte activa de las relaciones sociales y como resultado del desarrollo histórico - cultural.

En elementos como la Ley Genética Fundamental del Desarrollo y conceptos como Zona de Desarrollo Próximo y Situación Social del Desarrollo es posible encontrar la esencia de la teoría Vigostkyana en cuanto al desarrollo moral del individuo.

Entre los aspectos significativos de la ley Genética fundamental se expresa a través de la consideración de que los procesos psíquicos superiores aparecen en dos planos, un primer plano social o interpsicológico y un segundo plano individual o intrapsicológico.

De esta manera la formación moral del individuo tiene su origen en la sociedad y solo se interioriza mediante el proceso de interrelación y mediación con el medio a través del intercambio con la sociedad, sobre todo, en las primeras edades con los padres, familiares más cercanos, amigos y posteriormente adquiere la forma de dominio individual o intrapsicológico.

La situación social del desarrollo marca el principio y el fin de cada etapa ontogenética de la personalidad la cual está matizada por la relación que establece el sujeto con el medio donde operan los cambios dinámicos que se producen en el desarrollo durante la edad. Un factor importante en la situación social del desarrollo es la vivencia, como expresión de la relación afectiva del individuo con el medio.

La vivencia permite al individuo entrar en contacto con las regulaciones sociales en torno a las significaciones negativas y positivas como referentes valorativos. En la significación positiva que tengan los objetos, procesos y fenómenos de la realidad objetiva incide de manera directa el componente vivencial.

La vivencia se manifiesta en la práctica social, en la actividad, en el proceso de transformación de la naturaleza y la realidad por cuanto encierra la existencia de relaciones entre los hombres y estos últimos son portadores de una determinada identidad que lo singulariza. La identidad se muestra como punto de partida de la determinación de los elementos que pudieran convertirse o no en valores y al mismo tiempo en valor base.

En la escala de valores, el lugar de ubicación de la identidad está en la base misma del sistema que lo integra. No es posible considerar un individuo honesto, honrado, patriota o solidario cuando aun no ha sido capaz de distinguir y valorizar cuales son los componentes étnicos, culturales, sociales, lingüísticos, territoriales e históricos que lo identifican como individuo.

Estos elementos revelan una estrecha relación pasado – presente – futuro y tienen su expresión concreta en el modo de actuación, por ello la identidad no se puede comprender aislada al modo de actuación sino que se convierte en referente inmediato.

Los diferentes niveles de resolución sociológica también son elementos claves para la formación y desarrollo de los valores y la identidad debido a que tanto la familia, los grupos sociales, las etnias, las naciones como los continentes poseen una determinada identidad que lo singulariza frente a lo universal.

En tal sentido se considera loable proceder al análisis de definiciones de la categoría identidad por diferentes especialistas:

R. Pupo (1991: 39), define a la identidad como “comunidad de aspectos sociales, culturales, étnicos, lingüísticos, económicos y territoriales; así como la conciencia histórica en que se piensa su ser social en tanto tal, incluye la auténtica realización humana y las posibilidades de originalidad y creación”.

E. Ubieta (1993: 32) asume la identidad como “un hecho cultural resultado de un proceso nunca concluso de autorreconocimiento que expresa una realidad objetiva y subjetiva de carácter histórico”.

En el caso de G. Poggolotti (1995: 88) la identidad es entendida como “valor de síntesis en la medida que nos movemos en el terreno de la conciencia, en el cual intervienen, entre otros factores, algo tan importante como la memoria. La memoria no es la historia en su caos objetivo, sino tal como la vivimos; como nos ha sido transmitida por la tradición, entre ellos la tradición oral”.

Para los autores M. Arias; A. Castro y J. Sánchez (1998: 37), la identidad “es un proceso de formación y transformación, un proceso abierto, inacabado (…) y ese espacio convertido en una pradera dispuesta a recibir todas las lluvias, los vientos y las brisas, las semillas venidas de todas partes, sobre el fundamento de una capacidad de selección que asimila las influencias provechosas y se cierra a lo que pudiera dañarnos.”

Sergio Valdés, en la obra “Lengua Nacional e Identidad Cultural del Cubano” (1998: 14) refiriéndose a la relación lingüística entre los pueblos de Hispanoamérica plantea: “La identidad cultural no es abstracta, sino concreta: es una manifestación palpable y diferenciada en cada uno de nuestros pueblos, en el ámbito de la unidad cultural que representa Hispanoamérica”.

Entre las definiciones con carácter operacional desde el punto de vista pedagógico se encuentra la ofrecida por el Dr.C. Carlos Córdova Martínez, director del Centro de Estudio Cultura e Identidad, de la Universidad de Holguín, al definirla de la siguiente manera:

La identidad cultural es un complejo fenómeno socio-psicológico con característica histórico-cultural, que se expresa desde las más simples manifestaciones de la vida cotidiana: prácticas culinarias, ajuares domésticos, vestuarios; se refleja en las variantes lingüísticas, idiosincrasia, relaciones familiares y sociales, etc.; se afirma en las costumbres, tradiciones, leyendas y folklore; se define a través de las producciones artísticas, literarias, históricas, pedagógicas, políticas y científicas en general; para alcanzar niveles superiores en la formación de la nacionalidad y llega a su madurez con la consolidación de una nación soberana.

El Dr.C .José Vega Suñol, en su obra “Región e Identidad” (2002: 14 -15) destaca el papel de lo territorial en la conformación y expresión de la identidad. Con respecto a ello expresa: “(…) la identidad se pulsa, se manifiesta y se distingue en lo irrepetible de su existencia. De ahí que la forja de lo que diferencia al hombre del resto de las especies, su condición humana forjada culturalmente, tenga tanto que ver con el ámbito de la comunidad y la familia; los espacios de concurrencia social, laboral, cultural y afectiva: aquellos que lo marcan indefectible e inexorablemente”.

Las definiciones relacionadas con anterioridad son de vital importancia para su uso teórico – práctico en lo concerniente a la categoría tratada. La definición abordada por el Dr.C Rigoberto Pupo Pupo, reconoce la validez de una idea común a nivel social de elementos culturales, étnicos, lingüísticos y territoriales la cual encuentra en la conciencia histórica un elemento medular para el autorreconocimiento de los grupos sociales o sociedades en su conjunto.

Por su parte E. Ubieta asume, en lo esencial, la idea de que la identidad de los pueblos no se presenta como un ente cerrado, hermético y acabado sino que se enriquece constantemente durante el devenir histórico. Es indudable que la realidad sociohistórica concreta de cada época enriquece con nuevos elementos la identidad de los pueblos.

La destacada investigadora G. Poggolotti precisa la importancia de la la memoria histórica como resultado del continuo proceso de la cotidianeidad que se expresa a través de la vivencia y las tradiciones, haciendo énfasis en la tradición oral.

Los doctores holguineros M. Arias; A. Castro y J. Sánchez, miembros del centro de estudio Cultura e Identidad de la provincia, poseen puntos en común con el ya citado R. Pupo, al considerar que la identidad es un proceso abierto, inacabado y que se abre a los elementos que pudieran enriquecer de manera positiva la identidad y se cierra ante aquellos que pudieran perjudicarla como expresión de un continuo proceso de formación y transformación. Lo anterior se concreta en una idea ya refrendada y radica en que la identidad no puede concebirse de manera estática sino que está sujeta a cambios y transformación la cual lleva impregnada los aportes de cada etapa sociohistórica.

La visión de Sergio Valdés se desarrolla al establecer un sistema de relaciones entre el componente lingüístico y la cultura. La implicación mutua entre lenguaje y cultura como parte integrante de la vida social de los pueblos es innegable. El lenguaje es el vehículo fundamental mediante el cual se expresa la cultura, por ello juega un papel medular en la formación, conservación y desarrollo de la identidad.

Por lo tanto la formación en valores y la asunción de la identidad son dos elementos indisolubles en el escenario educativo. La pedagogía tiene como objeto de estudio la formación integral del hombre para la vida. Esta formación no solo incluye saberes sino también hábitos, habilidades y valores en correspondencia con la necesidad y el encargo social de la clase que esté en el poder.

La escuela como una de las instituciones culturales más importantes de la comunidad no debe funcionar al margen de los acontecimientos socioeconómicos y políticos que suceden en los diferentes contextos educativos y de la sociedad en general. La idea de que la escuela pudiera imbricarse como un ente neutro en el sistema de relaciones sociales no tiene lugar alguno en el fundamento teórico que sustenta el autor de este artículo.

La escuela en su relación con el encargo y la necesidad social tiene como fin general el logro del desarrollo humano por cuanto su compromiso con los elementos que forman parte con la base económica y la superestructura social son innegables.

Por ello si se toma en cuenta que los procesos que ocurren en la escuela adquieren carácter instructivo, educativo y desarrollador la formación en valores y el desarrollo de la identidad deben ser entendidos como componentes indisolubles de cada uno de ellos.

El proceso de enseñanza – aprendizaje es aquel que está ceñido a la clase. Esta última presenta potencialidades para la formación en valores toda vez que los currículum y programas de estudios junto con su dimensión instructiva también cuentan con una perspectiva axiológica en la medida en que lo aprendido en clases está destinado a que sea empleado por el individuo en el proceso transformador de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento.

Sin embargo, las múltiples materias en las diferentes áreas del conocimiento y en su interrelación, parten de la identidad como valor principio debido a que todo conocimiento que se intercambie en este rico proceso bilateral, proceso de enseñanza - aprendizaje, sienta sus bases en la identidad de cada país aun cuando se asuman elementos de carácter universal.

El uso de los elementos que enriquecen el universo científico, tecnológico, didáctico, económico y cultural de un país debe ser adaptado a las raíces identitarias y socio-históricas de los pueblos para que no se presenten como elementos impuestos, que más que revolucionar de manera positiva los diferentes procesos (sociales, educativos, culturales, etc) pudiera entorpecerlos. Las recetas que en el ámbito educativo surtan efecto en países desarrollados en esta materia como España, Francia, Bélgica, México, Estados Unidos, y otros, no necesariamente tienen que surtir la misma efectividad en países como Cuba, Venezuela y otros países del área americana, en primer lugar porque el desarrollo socioeconómico alcanzado es diferente y en segundo, porque el desarrollo histórico de la educación ha sido otro y sobre bases identitarias distintas.

Los contextos educativos también son influyentes en el proceso de formación en valores y el desarrollo de la identidad. La familia, la comunidad y la escuela son las influencias educativas fundamentales cada una desde su contexto y su funcionamiento interno y de cada unas entre sí es lo que propicia el éxito formativo y desarrollador de la personalidad.

La familia es donde se inicia el proceso de socialización del niño, constituye la célula básica de la sociedad de la cual dependen en gran medida la estructura base de la salud física y psíquica de las personas. Como grupo primario, en tanto institución social y fenómeno universal de carácter natural se desarrolla de manera activa y sujeta a un proceso histórico y tiene la responsabilidad de cumplir con funciones en el orden biosocial, espiritual, cultural, económico y educativa - formativo.

Para el análisis de la familia debe considerarse que cada una ellas cuentan con sus identidades y escalas de valores que se afirman en la convivencia familiar la cual se transmite de generación en generación teniendo como base la identidad que han asumido con el de cursar del tiempo y expresan la cultura acumulada desde las micro relaciones ( relación padres – hijos) hasta las macro relaciones( familia - sociedad) .

Estas relaciones no solo se desarrollan en el seno estrecho de la familia pues esta pertenece, vive y se desarrolla en un espacio físico geográfico que reúne un conjunto de características que las tipifican y es donde se socializan a nivel primario incorporándose las instituciones sociales con su carácter orientador y regulador de la cultura.

Como se ha explicado, el complejo proceso formativo es portador de las dos categorías analizadas en el presente artículo. El adecuado manejo de estos dos elementos en el proceso formativo facilitaría la formación y desarrollo de un individuo con una cultura general integral ajustado a sus tradiciones y raíces identitarias.

En modo alguno se considera acabado lo que en estas pocas cuartillas se ha podido reflexionar pero sí serviría para el debate, la crítica y la reflexión de cada investigador del tema desde su realidad concreta de un tema tan interesante como este.

Por tales razones es pertinente meditar acerca de categorías tales como valor e identidad como dos componentes vitales para el desarrollo del proceso formativo. El artículo no tiene el fin de dictar rectas ni de ofrecer una visión hermética de la realidad de este proceso sino que los análisis realizados sean tomados como una entre otras tantas miradas a tener en cuenta cuando de relación entre valor, identidad y proceso formativo se hable.

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