Contribuciones a las Ciencias Sociales
Julio 2010

ANÁLISIS TEÓRICO DE LA NOCIÓN DE MEMORIA CULTURAL Y SU IMPORTANCIA PARA LAS IDENTIDADES ACTUALES

 

Niurma Pérez Serpa (CV)
niurmaps@ult.edu.cu

 

RESUMEN

La cuestión de la memoria ha cobrado auge en los estudios culturales contemporáneos, en tanto esta se convierte en uno de los recursos fundamentales para la reafirmación de las identidades. El objetivo del presente trabajo de investigación consiste en realizar un análisis crítico de la categoría memoria a partir de los diferentes criterios aportados por los teóricos del tema. Se abordan los términos asociados a dicha categoría: memoria cultural, memoria colectiva, memoria histórica, olvido social, amnesia colectiva. Como resultado de la sistematización del término, la autora de este estudio establece una definición de memoria cultural, la cual constituye el eje teórico central.

SUMMARY

The issue of memory has become important in contemporary cultural studies, as this becomes a fundamental resource for the reaffirmation of identities. The objective of this research is to conduct a critical analysis of memory from the different ideas provided by the theorists of the subject. We analyze the terms: cultural memory, collective memory, historical memory, social oblivion, collective amnesia. As a result of the systematization of the category, the author of this study provides a definition of cultural memory, which constitutes the central theoretical axis.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Pérez Serpa, N.: Análisis teórico de la noción de memoria cultural y su importancia para las identidades actuales, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, julio 2010, www.eumed.net/rev/cccss/09/nps.htm 


En la actualidad, el interés por preservar la memoria e identidad de los grupos sociales se ha convertido en una necesidad histórica. En las llamadas “sociedades de las tecnologías de la información”, donde los mass media dominan la mente y el espíritu humanos, se corre el riesgo de olvidar el pasado de los pueblos y convertir el presente en una especie de híbrido, producto innegable de la globalización neoliberal. Es por ello que, en los últimos años, ha cobrado auge el tema de la memoria cultural de las comunidades tanto del pasado como del presente.

Antes de analizar el término de memoria cultural, es preciso referirse a las diferentes interpretaciones dadas por los teóricos a la categoría de memoria, así como los diferentes adjetivos que la han acompañado.

Los antecedentes de la memoria se encuentran en la Grecia clásica, donde el ejercicio de la retórica se convierte en una práctica sistemática, abordada por Frances Yates en su libro “L´art de la mémoire” y por René Taylor en “El arte de la memoria en el Nuevo Mundo”. Sin embargo, al referirse al período de la Edad Media, el autor mencionado refiere que el arte de la memoria “adquirió un matiz acusadamente moral y didáctico” (Mendoza, 2005: 4). Luego, con el avance tecnológico y el surgimiento de la imprenta, la memoria adquiere nuevas formas, transmitiéndose no solo de forma oral sino a la vez escrita.

Aún cuando en el siglo XIX la memoria todavía subsiste en la esfera social, y se utiliza como forma de subsistencia, por ejemplo en relatos orales, al decir del maestro en psicología social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Jorge Mendoza:

Esta visión de la memoria, a fines de esta centuria, se encuentra algo alejada de la academia, pues la ciencia ya se aderezaba con un discurso y una práctica más positivista, desdeñando nociones y conceptos ambiguos desplazándolos al terreno de la cultura, y proponiendo formas más tendientes a la medición y la precisión que en el siglo XX serán dominantes. (2005: 4)

En el siglo XX la cuestión de la memoria resulta una constante para los investigadores, a raíz de los propios acontecimientos que marcaron la primera mitad de la centuria y la profunda ruptura que causaron la Primera y Segunda Guerra Mundial en la historia de los grupos sociales . Uno de los teóricos fundamentales de este período es el sociólogo francés Maurice Halbwachs , quien acuña el término de memoria colectiva, el cual resulta trascendental para la presente investigación. Halbwachs, discípulo de Henri Bergson, asimiló del maestro sus estudios relacionados con la memoria. Sin embargo, a diferencia de este que distingue entre una “memoria pura” y una “memoria hábito”, el aporte de Halbwachs radicó en determinar que no existen dos memorias, sino solo una: la memoria colectiva, que a su vez contiene la memoria individual. La relación entre ambas el autor la resuelve en sus escritos entre 1941 y 1944, al afirmar:

La memoria individual no se encuentra completamente cerrada y aislada. Un hombre para evocar su pasado tiene necesidad de apelar a los recuerdos de otros, se pone en relación con puntos de referencia que existen fuera de él y que son fijados por la sociedad. Aún más, el funcionamiento de la memoria individual no es posible sin los instrumentos que son las palabras y las ideas, que el individuo no ha inventado, y que son tomadas de su medio. (Halbwachs, 2002:6)

Con respecto a esta dicotomía, Joel Candau abraza las ideas del sociólogo francés:

De hecho, no existen ni memoria estrictamente individual, ni memoria estrictamente colectiva (…) Cuando se produce una bocanada de memoria, esta implica el deseo del sujeto, pero sólo puede expandirse en “el tejido de las imágenes y del lenguaje” propuesto por el grupo. “La semilla de la rememoración” de la que habla Halbwachs necesita un terreno colectivo para germinar. (2002: 66)

Aún cuando en el campo de la biología y la química se han desarrollado estudios referentes a esta facultad humana, es precisamente en el campo de las interacciones sociales donde los sociólogos y antropólogos la han abordado mayormente . Es por ello que, para Maurice Halbwachs la memoria colectiva es: “…una corriente de pensamiento continuo, de una continuidad que no tiene nada de artificial, ya que no retiene del pasado sino lo que todavía está vivo o es capaz de permanecer vivo en la conciencia del grupo que la mantiene.” (http://www.uned.es/ca-bergara/ppropias/vhuici/mc.htm). Al referirse a la forma de construcción de la memoria, Halbwachs plantea que “… el instrumento más acabado y a la vez marco central de la memoria colectiva, es el lenguaje, y con éste se construyen, mantienen y comunican los contenidos y significados de la memoria” (Mendoza, 2005: 7)

A partir del término presentado por Halbwachs, varios autores lo han desarrollado en sus investigaciones y lo han enriquecido. Joel Candau expone que “… los mitos, las leyendas, las creencias, las diferentes religiones son construcciones de las memorias colectivas” (2002: 63); sin embargo, más adelante no ofrece una visión muy homogénea del fenómeno al afirmar “… lo que denominamos con frecuencia memoria colectiva es el producto de un apilamiento de estratos de memorias muy diferentes” (ídem). Por otro lado, Jorge Mendoza considera que “… la memoria colectiva sostiene que es el significado de los acontecimientos por los que atraviesa un grupo o sociedad lo que al paso de los años se recordará” (2005: 5). Jedlowski la define como “la acumulación de las representaciones del pasado que un grupo produce, mantiene, elabora y transmite a través de la interacción entre sus miembros” (Bellelli, G, 1999: 102) y G. Bellelli considera que:

…es más que las memorias compartidas de acontecimientos específicos: es una aproximación sistemática al pasado, que implica distintos niveles explicativos, que tiene en cuenta tanto procesos de grupo y dinámicas sociales generales como procesos interindividuales. Dentro de ella, ciertos acontecimientos tienen un papel estructurante alrededor del cual se organiza la representación. (Ídem)

De algún modo, todos los autores coinciden en que se trata de una narración construida desde el presente con fines de interpretación del pasado y cuyos recuerdos sirven para conformar las identidades. De ahí que Paul Ricoeur asuma la memoria colectiva como el “… relato que los miembros de un grupo comparten sobre su propio pasado y que constituye su identidad” (Erice, 2008: 78). Además, es el significado que la colectividad le conceda a estos hechos, lo que se comprende como memoria colectiva. Sin embargo, Halbwachs al introducir el término de memoria colectiva, ya tenía una base en su libro acerca de los “marcos sociales de la memoria”. A través de este asume la memoria colectiva como explicación a una serie de hechos sociales en relación con la memoria. La definición del propio Halbwachs se hace ver en su obra “Les cadres sociaux de la mémoire” (1925):

Por marco social de la memoria entendemos, no solamente el conjunto de las nociones que en cada momento podemos percibir, dado que ellas se encuentran más o menos en el campo de nuestra conciencia, sino también todas aquellas que alcanzamos partiendo de ésta, por una operación del espíritu análoga al simple razonamiento. (Mendoza, 2005: 5)

Dichos marcos sociales se concretan fundamentalmente en el tiempo y el espacio . Esto fundamenta que cada uno de los acontecimientos que un grupo social recuerda se presenten no como hechos aislados, fuera del tiempo y el espacio, sino como sucesos que se recuerdan precisamente por su contexto, las condiciones que lo hicieron propicio, las personas que en él se relacionaron y el espacio en que tuvo lugar. Por otro lado, existen otros marcos sociales más específicos que son determinantes para la memoria, ellos son: la familia, la religión y la clase social. De ahí que Joel Candau asuma que “… esta noción de marcos sociales de la memoria es mucho más convincente que la de memoria colectiva” (2002: 65).

En su texto Exordio a la memoria colectiva y el olvido social, Jorge Mendoza se refiere también a los marcos sociales de la memoria, e incluye además del tiempo (las fechas) y el espacio (los lugares), artefactos e instrumentos tales como: museos, archivos, galerías y bibliotecas, “… creados y organizados con la intención de almacenar y comunicar el presente y el pasado de una cultura a futuras sociedades” (2005: 6). Señala con respecto a los marcos sociales generales que:

Al igual que el tiempo, el espacio contiene acontecimientos y construye recuerdos, puesto que es en los lugares donde las experiencias se guardan, sea en los rincones, en los parques, en los cafés o en cualquier otro sitio donde los grupos viven su realidad y allí dan significado a sus experiencias. (Ídem)

Pierre Nora también desarrolló la idea de los “lugares de memoria” en su libro Lieux de mémoire, a la vez que contribuyó al conocimiento de los lugares de memoria de Francia.

Sin embargo, la noción de memoria colectiva trae consigo otra serie de términos que se relacionan con ella, tales como: memoria histórica, olvido social, amnesia colectiva, posmemoria, memoria generacional, memoria genealógica, memoria cultural. Todas ellas evidencian el debate que en torno a la memoria se ha desarrollado en los últimos tiempos.

Una de las grandes discusiones teóricas está relacionada con la concepción de memoria colectiva y memoria histórica. Resulta necesario para esta investigación exponer las posiciones de los autores con respecto a ambos términos, en tanto el período objeto de estudio se remonta a un siglo atrás. De ahí surge la interrogante acerca de si el estudio responde a un panorama cultural que tributa a la memoria histórica o la memoria cultural.

Desde la propia obra de Halbwachs existe una toma de partido a favor de la memoria colectiva en detrimento de la memoria histórica, evidente al plantear: “… si por memoria histórica se entiende la lista de acontecimientos cuyo recuerdo conserva la historia nacional, no es ella, no son sus marcos los que representan lo esencial de lo que llamamos memoria colectiva” (Halbwachs, 1995: 212). Y más adelante afirma: “… la memoria colectiva no se confunde con la historia y la memoria histórica no ha sido una elección muy acertada, puesto que asocia dos términos que se oponen en más de un punto” (Ídem).

De este modo, el sociólogo francés rechaza la noción de memoria histórica al no poder concebir cómo puede concretarse ésta en el método que utilizan los historiadores. Tal preocupación queda esbozada en la pregunta: “¿Cómo la historia sería una memoria, si hay una solución de continuidad entre la sociedad que lee esa historia y los grupos que antaño fueron testigos o actores de los acontecimientos referidos?” (Halbwachs, 1995: 213). Y ofrece nuevos argumentos cuando afirma:

…en el desarrollo continuo de la memoria colectiva no hay, como en la historia, líneas de separación claramente trazadas, sino solamente límites irregulares e inciertos (…) La memoria de una sociedad se extiende hasta donde ella puede, es decir, hasta donde alcanza la memoria de los grupos que está compuesta (…) En efecto, hay varias memorias colectivas; es la segunda característica por la que se distingue de la historia. La historia es una y se puede decir que sólo hay una historia (215-216)

Para Pierre Nora, memoria e historia son dos conceptos duales y opuestos que no deben confundirse . La respuesta a tal disyuntiva Beatriz Sarlo la interpreta en su libro “Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión”, al expresar:

El pasado es siempre conflictivo. A él se refieren, en competencia, la memoria y la historia, porque la historia no siempre puede creerle a la memoria, y la memoria desconfía de una reconstrucción que no ponga en su centro los derechos del recuerdo. (2005: 9)

Al analizar los criterios de varios autores, se deduce que el ingrediente de verosimilitud de la memoria histórica es mucho menor que el de la memoria colectiva. Otros estudiosos han valorado esta polémica desde otros enfoques que se asumen por la autora de la presente investigación. Por ejemplo, a diferencia de concebirlos como dos términos opuestos, excluyente uno del otro, Joel Candau considera que son complementarios, ambos son representaciones del pasado, por tanto “… no puede existir historia sin memorización y el historiador se basa, en general, en datos vinculados a la memoria. (2002: 56). Por otro lado, Paul Ricoeur antes que atacar a la memoria histórica propone una revalorización del oficio del historiador en el que memoria e historia se complementan en virtud de construir un pasado lo más acertado posible. En el artículo Consideraciones sobre la relación historia-memoria en Paul Ricoeur se plantea:

Ricoeur prefiere distinguir una narrativa de primer orden propia de los testigos y una de segundo orden que es propia de los historiadores. Esta última sería de carácter crítico y estaría en condiciones de desenmascarar a los falsos testimonios.

(http://www.historiaviva.cl/wp-content/uploads/2007/11/consideraciones-sobre-la-relacion-historia-memoria-en-paul-ricoeur.pdf)

Otra relación entre memoria e historia que defiende la complementación de ambas, la ofrece Xerardo Pereiro en su texto “Apuntes de antropología y memoria”:

(…) la historia tiene muchas características de la memoria. La memoria puede convertirse en un objeto histórico y la historia puede convertirse en un objeto de memoria. La historia es igualmente interpretación y también simplificadora, selectiva y olvidadiza de algunos hechos. Los historiadores realizan un trabajo de producción y construcción de la memoria social, pero no son los únicos que construyen esa memoria social. La historia también es parcial y la memoria también es reveladora de sentido histórico, por lo tanto, la memoria es fundamental para la historia y al contrario también es cierto.

(http://home.utad.pt/~xperez/ficheiros/publicacoes/antropologia_historia_memoria/antropologia_memoria%20_revista_fieiro.pdf)

La autora de esta investigación coincide en que aún cuando ambas formas de construcción del pasado tradicionalmente resultan diferentes, ello no implica que una deba oponerse a la otra; antes bien, integrarse de modo que el resultado sea favorable a la cultura de los pueblos en general.

Una vez presentadas algunas ideas acerca de la memoria y la historia, relacionadas a su vez con los términos de memoria colectiva y memoria histórica, es necesario señalar cuáles son sus mayores usos en la literatura consultada por la autora. Si bien el sentido que adquiere la memoria está relacionado con los recuerdos del pasado de los grupos sociales, lo que contribuye al fortalecimiento de su identidad; desde hace varios años, la frecuencia con que este se utiliza tiene un trasfondo eminentemente político, sobre todo a partir del período que continuó a las dictaduras militares en América Latina . Tal interés por sacar a la luz los recuerdos de ese pasado se sustenta en el temor a que se produzca la antítesis de la memoria colectiva, es decir, el olvido social o amnesia colectiva .

Asimismo, los autores se preocupan por dejar constancia de los relatos vividos por las generaciones de estos períodos, se celebran foros y congresos en conmemoración a fechas que recuerdan este pasado, se crean leyes y asociaciones para la recuperación de la memoria histórica. Esta preocupación no resulta desacertada si se tiene en cuenta que:

El olvido se fabrica de distinta manera, con distintos materiales y procederes, y con un actor adicional: el poder que, empíricamente cobra la forma de grupo dominante, y por cuya sola presencia se modifican los procesos y las prácticas de dominio que determinarán en buena medida qué es lo que hay que olvidar y qué es lo que debe mantenerse en la memoria. (Mendoza, 2005: 9)

Joel Candau ofrece la noción del olvido como un indicador de la identidad de los pueblos: “Lo único que los miembros de un grupo o de una sociedad comparten realmente es lo que olvidaron de su pasado en común.” (2002: 64)

Otros autores han abordado el peligro del exceso de memoria. En el caso de Tzvetan Todorov, en su obra “Los abusos de la memoria” señala: “Todos tienen el derecho de recuperar su pasado, por supuesto, pero no hay por qué exigir un culto de la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otra manera de volverla estéril”. (1997: 16) A su vez, Todorov afirma que “… el redescubrimiento del pasado es indispensable” (Ídem), pero este no debe regir el presente sino más bien debe ser utilizado en función de comprender mejor el presente. Yosef Yerushalmi es otro de los teóricos que han abordado la cuestión del olvido social , en este caso el autor coincide con Tzvetan Todorov al referirse a que existen momentos en que es necesario dedicarse a olvidar más que a recordar.

A partir de las ideas aquí presentadas con respecto a las diferentes interpretaciones que ha suscitado la memoria en los espacios teóricos, es preciso analizar la noción de memoria cultural. Si se tiene en cuenta lo anteriormente expuesto, una característica de esta memoria cultural es la de ser conformada a partir de los recuerdos y significaciones de un grupo social determinado. Según Agnes Heller: “… la memoria cultural está conformada por objetivaciones que proveen significados de una manera concentrada, significados compartidos por un grupo de personas que lo dan por asumidos” (2003: 5).

En este sentido, la memoria cultural continuaría asumiendo la misma limitante que se había abordado en la memoria colectiva: no poder prescindir del testimonio de la generación que conserva los recuerdos del pasado para la reconstrucción de la memoria cultural. Es cierto que ella constituye la fuente primaria en la obtención de la información y que la experiencia narrada de los protagonistas de una época resulta más enriquecedora, pero ¿qué sucede entonces con las generaciones que ya no están presentes para que puedan hablar acerca de un pasado más remoto? Necesariamente hay que acudir a otras fuentes. Al igual que Jorge Mendoza y Joel Candau, Agnes Heller asume que estos significados de la memoria cultural :

…pueden ser textos, tales como pergaminos sagrados, crónicas históricas, poesía lírica o épica. También pueden ser monumentos, tales como edificios o estatuas, abundantes en signos materiales, señales, símbolos y alegorías igual que depósitos de experiencia, memorabilia erigidos a manera de recordatorios. Más aún, la memoria cultural está incorporada a las prácticas repetidas y repetibles regularmente, tales como fiestas, ceremonias, ritos. (2003: 5-6)

Al analizar las cualidades que otorgan los autores a la memoria cultural, esta no dista mucho de la noción de memoria colectiva. Un rasgo definitorio que reafirma el planteamiento anterior es el relacionarla con la conformación de la identidad: “La memoria cultural es construcción y afirmación de la identidad. En tanto que un grupo de personas conserva y cultiva una memoria cultural común, este grupo de personas existe.” (Heller, 2003:6) Y más adelante asevera: “Sin memoria cultural compartida no hay identidad. Hasta las familias tienen una memoria cultural, objetivada en viejas cartas, fotografías, saber familiar…” (2003: 15). Otra relación entre la memoria cultural y la identidad, la ofrece Eva Borreguero al plantear: “La identidad cultural proporciona, a través de la memoria, una continuidad que vincula el pasado histórico y mítico con el presente sometido a los continuos cambios de modernización.”

(http://www.istor.cide.edu/archivos/num_5/notas2.pdf)

Josette Féral enfatiza en el carácter activo de la memoria cultural al decir que esta “…sería entonces aquello que nos permite, no solamente tomar parte de esta cultura por una “sedimentación progresiva” de todos sus saberes, creencias y comportamientos transmitidos, sino también constituirla (en el sentido de construirla)” (http://books.google.com.cu/books). Por su parte, el psicoanalista indio Sudhir Kakar explica que es la “historia de un grupo liberada de sus raíces en el tiempo.” (http://www.istor.cide.edu/archivos/num_5/notas2.pdf).

Si ya se ha planteado anteriormente que la cultura comprende los modelos, valores, símbolos, conocimientos e ideas, y en general, es creación humana sujeta a un proceso de transformación dialéctica, y por otro lado, la memoria está compuesta por significados compartidos por un grupo de personas, entonces la memoria cultural se convierte en un proceso mediante el cual un grupo social determinado construye, conserva y trasmite las representaciones acerca del pasado mediante un proceso de selección.

Es importante destacar que, en el caso específico de las investigaciones referidas a la cultura de los pueblos de hace más de un siglo, resulta casi imposible construir estas significaciones a partir de la memoria oral de dicho grupo, por lo que la memoria cultural estaría fundamentalmente en otras fuentes. Es decir, en las crónicas históricas, documentos de época, monumentos, edificios, lugares conmemorativos, creación artística.

Otra de las formas que pueden contribuir a ese tipo de investigaciones y que sí apelan a la oralidad está en lo que Beatriz Sarlo apunta en su libro “Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión” como “posmemoria”, término ya abordado por Marianne Hirsh. Esta es entendida como “la operación de configuración y representación del pasado que realiza la generación de los hijos de las víctimas” (Johansson, 2005: 253). Si bien la autora lo utiliza con un trasfondo político ideológico, a la vez asume que la generación de los hijos puede aportar elementos importantes acerca de la generación de los padres. En este sentido, la autora de esta investigación considera válido hacer uso de la información aportada por estas personas, con lo cual la memoria cultural también aquí asumiría el lenguaje como forma de transmisión de esas significaciones del pasado.

Sobre la base de las consideraciones anteriores, la autora de la investigación considera que la memoria cultural es el relato que los miembros de un grupo social comparten sobre su pasado y en el que los marcos sociales adquieren una dimensión significativa. Es construcción y afirmación de identidad. Esta puede encontrarse en crónicas históricas, documentos de época, monumentos, edificios y lugares conmemorativos.

Por último, la forma de reconstrucción de este pasado exige para la investigadora lo que Tzvetan Todorov refiere como la “ejemplaridad”, es decir:

…así como todo trabajo del pasado, no consiste, solamente, en establecer los hechos, sino también en seleccionar algunos de ellos que sean más sobresalientes y más significativos que los otros, para ponerlos enseguida en relación; ahora bien, este trabajo de selección y de combinación está necesariamente orientado por la investigación, no de la verdad, sino del bien” (1997: 22)

Por tanto, la autora rechaza las investigaciones que se interesan por traer de vuelta el pasado sin que este impacte en el presente, pues como diría Jorge Mendoza: “hay que saber qué hay en la raíz, en el comienzo, para averiguar así si hemos desviado el camino, y entonces sabernos conducir” (2005:22) y concluye “Cuando se olvida el pasado el único futuro que queda es el olvido, y el olvido es la única muerte que mata de verdad” (Ídem). Esta investigación pretende, entonces, que no se asiente el olvido, que la memoria afirme la cultura y transite por la identidad de un pueblo.

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