Contribuciones a las Ciencias Sociales
Mayo 2010

EL MONUMENTO HISTÓRICO A TRAVÉS DEL TIEMPO: ANTECEDENTES Y ORÍGENES
 

 

Mauro Beltrami (CV)
maurobeltrami@gmail.com

 

1. Introducción

El monumento histórico es un hecho que tiene aparición en la sociedad europea occidental y que, desde allí, fue expandiéndose progresivamente hacia otras sociedades históricas. Etimológicamente, proviene del latín monere, que significa recordar. Se trata de un concepto que contextualiza a un artefacto o bien cultural dentro de un marco histórico referencial, atribuyendo así un valor particular al tiempo y a su continuidad, es decir, observando una perspectiva histórica. Según Alois Riegl, “el monumento es una creación deliberada (gewollte), cuyo destino ha sido asumido a priori, mientras que el monumento histórico no ha sido inicialmente deseado (ungewollte) ni creado como tal; se constituye como tal a posteriori, por las moradas convergentes del historiador y del aficionado que lo seleccionan entre la masa de edificios existentes en la cual los monumentos representan una pequeña parte”. Françoise Choay para clarificar el concepto de Riegl agrega que “todo objeto del pasado puede ser convertido en testimonio histórico sin haber tenido, originalmente, un destino conmemorativo. Inversamente (…), todo artefacto humano puede ser revestido, deliberadamente, de una función conmemorativa”.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Beltrami, M.: El monumento histórico a través del tiempo: antecedentes y orígenes, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, mayo 2010, www.eumed.net/rev/cccss/08/mb.htm 


La dificultad de rastrear el origen del concepto de monumento histórico no resulta de sumergirse en la densidad temporal del pasado para establecer un punto de arranque, sino de aquel concepto del que se parte para el análisis. La aparición del monumento histórico según el sentido actual de la palabra, estuvo ligado a un marco social particular, representado por la sociedad burguesa capitalista del siglo XIX (aunque como se verá, en el Renacimiento se dieron las condiciones para situar su aparición). No obstante, el monumento histórico no aparece como resultado de una única ruptura temporal en lo referido a la consideración, significación y el tratamiento de los bienes culturales. Por el contrario, es necesario volver hacia el pasado para comprender el papel del monumento en la vida occidental europea.

El estudio del monumento histórico, invención occidental y aparecida en el siglo XIX, desde una perspectiva diacrónica representa un hecho fundamental para la comprensión y el análisis del mismo. Y en esta perspectiva, resulta relevante observar las relaciones dialécticas conservación-destrucción de determinados artefactos y bienes. No hay que perder de vista el carácter ideológico del monumento histórico.

Asimismo, es necesario analizar el significado de las acciones más que las cuestiones formales entendiéndolas y enmarcándolas en tiempo y en espacio.

Para este muy breve ensayo, hemos decidido periodizar el estudio histórico del siguiente modo:

• Antigüedad clásica y humanidades antiguas

• Antigüedad tardía y humanitas medieval

• El humanismo renacentista y el monumento antiguo

• El tiempo de los anticuarios y la ilustración

• La ampliación progresiva del concepto de antigüedades y la irrupción del patrimonio nacional

El objetivo que perseguimos es observar los cambios históricos de significado que se fueron dando respecto a la caracterización del monumento en Occidente, las continuidades y discontinuidades en su tratamiento, explicando por qué previo al Renacimiento no podemos hablar de monumento histórico en el sentido moderno del concepto, y estudiando por último los inicios del concepto desde el Renacimiento hasta la Revolución Francesa. Es durante este período que aparecerán los orígenes del moderno monumento histórico, así como las primeras medidas que se toman para su protección.

Para nuestra síntesis, resultaron fundamentales los trabajos de Choay y de Riegl sobre el tema, en especial para armar el eje según el cual se estructuran los conceptos y la estructura de los capítulos. Choay hace un recorrido histórico por el monumento histórico a través del tiempo, encontrando sus antecedentes en Occidente; mientras que Riegl, por su parte, fue quién realizó una de las aportaciones teóricas más importantes referidas al monumento, sentando las bases del actual marco conceptual.

2. Antigüedad clásica y humanidades antiguas

En el marco de la historia de la civilización occidental, podemos afirmar que los primeros bienes y artefactos que cumplieron un papel de “monumento cultural” pertenecieron al período griego clásico: tanto en los reinos helenísticos como en Roma comenzaron a observarse, buscarse y trasladarse bienes y objetos artísticos que pertenecieron específicamente a dicha civilización.

En el período helenístico, hubo reinos que buscaron bienes provenientes de la sociedad helénica clásica por su calidad intrínseca. Por ejemplo, cabe citar que en el reino de Pérgamo, los atálidas buscaron específicamente y por toda Grecia, esculturas y objetos de arte decorativo. A tales efectos, Atalo I realiza en Egina las primeras excavaciones conocidas de la historia. El fervor con el que admiraron las obras de la Grecia clásica, llevó a la dinastía atálida a reproducir los grandes monumentos helénicos en su capital.

No obstante, es en Roma donde la búsqueda, el traslado y las colecciones ocupan un lugar de mayor relevancia. La relación de la sociedad romana con los bienes culturales de la Grecia clásica hay que entenderla dentro de un marco socio-histórico específico, vinculado tanto a la conquista político-militar romana del territorio griego, como a la multiplicación de las influencias culturales griegas en la sociedad romana.

La conquista romana de Grecia provocó que los bienes culturales griegos comiencen a ser trasladados en cantidades importantes a las mansiones de patricios romanos. Una buena parte de la oligarquía patricio-plebeya que se encontraba dirigiendo los destinos de la República se transformará en coleccionista del arte griego. Choay compara el saqueo romano del territorio griego con el que llevará a cabo Napoleón en el siglo XIX: entre las razones para afirmar ésto, cita las quinientas estatuas de bronce arrancadas de Delfos, algunos de cuyos restos están en el palacio de Diocleciano en Split, y en el de Adriano, en Tívoli. Sin embargo, también inmediatamente aclara la naturaleza diferente de ambas acciones históricas: en la antigüedad, ningún principio prohíbe la destrucción de edificios o de objetos de arte, pues su preservación depende de causas aleatorias; además, ni los objetos artísticos ni los edificios antiguos están investidos de valor histórico.

Este hecho ya había sido observado y analizado por Riegl , quién menciona que durante la civilización romana existía, en contraposición al “culto moderno a los monumentos no intencionados”, un “culto a ideas vivas”, especialmente religiosas. Lo que significa que el valor que poseían los monumentos no era rememorativo, sino de contemporaneidad, además de contar con un valor divino: en palabras del propio Riegl, “el respeto no se debía a la obra humana, sino a la divinidad que había tomado su morada (transitoria) en la forma perecedera”.

El monumento en la sociedad romana

Como hemos marcado, para comprender y contextualizar la entrada de los bienes culturales griegos en la sociedad romana necesariamente hay que referirse al proceso denominado históricamente como revolución de las costumbres del siglo II AC. El romano era un espíritu pragmático, conservador, orientado al trabajo y alejado de la vida contemplativa. Durante mucho tiempo, la vida activa, exterior, pública (in luce) permaneció como lo único digno de un hombre libre; la vida cerrada (umbra, umbratilis secessus), por su parte, podía ser buena para la mujer o, quizá, para el enfermo. Se anhelaba el ambiente idealizado del campo, al que se contraponía el ambiente diario de la ciudad. El avance romano hacia el oriente produjo movimientos demográficos que impactaron significativamente en la cultura romana: a partir de entonces, determinados valores helenísticos (como el lujo y el ocio) son introducidos en la alta sociedad. Los objetos griegos que son trasladados hacia Roma por los ejércitos, ingresan en algunas mansiones patricias. Llul Peñalba menciona que en la Antigüedad, los bienes culturales poseen un significado referente a la riqueza personal como premio de conquista, pero también vinculado a la ostentación de prestigio, lujo y poder.

Entre las motivaciones fundamentales que se detectan entre los coleccionistas respecto a la apropiación de obras griegas, se encuentran el prestigio (por parte de los conquistadores), el esnobismo (en los nuevos ricos), lucro o gusto por el juego en otros. Cabe citar aquí, para ejemplificar, algunas observaciones de Juvenal: “(…) Sí: engullen patrimonios en una mesa solitaria, servida con enormes y hermosas bandejas muy antiguas” ; agrega que “De buena gana huiría de aquí para ir más allá de los sármatas y del Océano Glacial cada vez que se atreven a hablar de las costumbres los que se las dan de Curios y viven entre bacanales. Ante todo son unos burros, aunque todo lo suyo lo hallarás repleto de estatuas de yeso; son de Crisipo, ya que el más perfecto de ellos es el que se compra una efigie de Aristóteles o de Pítaco y manda a exhibir en un soporte de plomo un retrato auténtico de Cleantes” ; del mismo modo, “¡No puedo soportar, oh Quirites, una Roma griega! Pero, ¿qué parte de esta hez es verdaderamente aquea?” ; y respecto a la importación de monumentos griegos, “Cretonio tenía la manía de edificar: ya sea en el curvo litoral de Cayeta, ya en la roca encumbrada de Tíbur, ya sea en las montañas de Preneste, se disponía villas de torres altas, y aventajaba, con mármoles importados de Grecia y de otras regiones lejanas, al templo de Hércules y al de la Fortuna, los superaba tanto como el espadón Posides sobrepujó nuestro Capitolio. Cretonio, pues, al construirse tales mansiones, mermó su hacienda y quebró su economía; con todo, le quedó aún una parte no pequeña, que disipó íntegramente el loco de su hijo cuando importó mármol de mayor calidad para construirse más quintas”. Entre los poseedores de obras artísticas, encontramos, entre otros, a Séneca, Cicerón, Ático.

El estatus de los bienes culturales griegos en la sociedad romana experimenta cambios cuando Agripa pide que las obras atesoradas en secreto dentro de los templos sean expuestas a la vista de todos. Existe un marcado proceso de apropiación de las obras y los monumentos griegos, los cuales adquieren un nuevo valor al asimilarse en el decorado de la calle, de las termas, de los jardines públicos y privados, etc.

El significado de las obras griegas en la sociedad romana se vincula con la capacidad simbólica de representar dichas obras productos de una civilización superior. Riegl observa que a comienzos del Imperio Romano aparece lo que denomina un “culto a las obras de arte antiguas”, en función de su valor artístico.

Según Choay, la colección de obras de arte antiguo tuvo aparición aparentemente hacia el siglo III de nuestra era. Sin embargo, la cosmopolita y dinámica sociedad romana va a encontrarse en permanente cambio, acelerándose este proceso durante los siglos III y IV. Las causas son de naturaleza variada, desde económicas y políticas hasta demográficas; aquí haremos hincapié en dos que nos resultan de extremo interés por su vinculación con la destrucción de monumentos de la Antigüedad clásica: la intensificación de las relaciones con los pueblos germánicos (tanto hostiles como voluntarias) y la introducción y difusión del cristianismo. Históricamente, se denomina a este período como antigüedad tardía, el cual ya refleja varias de las condiciones de la vida medieval.

Aún persisten intentos de reorganización, expresados también en contadas acciones vinculadas a la conservación de antiguos monumentos durante la antigüedad tardía. Es así que por ejemplo, hacia mediados del siglo V Mayoriano impulsó la reparación de antiguos edificios, tanto aquellos que tuviesen desmoronamientos por descuido, como los que hubieran sido derribados para utilizar los materiales como insumos de nuevas construcciones; junto a ésto, dictamina que el empleado de un magistrado que sin necesidad permitiera la demolición de edificios antiguos, debía ser azotado, contándosele además las manos. No obstante, éstos no resultan más que hechos aislados. Los procesos ya iniciados de cambio social y económico modifican profundamente todas las estructuras de la sociedad romana. Las implicancias de dichos cambios en relación a los monumentos históricos las estudiaremos conjuntamente con el período medieval.

3. Antigüedad tardía y humanitas medieval

La época que media ente las grandes invasiones y la Baja Edad Media, se caracteriza por las destrucciones que se producen en Europa de los monumentos de la antigüedad. A tal efecto, contribuyen dos factores principales:

• El proselitismo cristiano;

• La indiferencia ante monumentos que han perdido su sentido y su uso en un contexto de inseguridad e indigencia.

La destrucción de los monumentos antiguos por el proselitismo cristiano se define como un vandalismo de tipo ideológico, que busca precisamente destruir simbólicamente al paganismo y a sus manifestaciones materiales. Así, gran parte de los edificios y de las obras de la antigüedad clásica, se transforman en canteras para nuevas construcciones o, simplemente, quedan arrasadas por los cristianos. Riegl es gráfico respecto a ésto, al afirmar que “la época de las invasiones sintió todo menos respeto por el antiguo arte pagano, involucrado de mil maneras en el culto de los dioses”.

Además, cabe mencionar que en reiteradas ocasiones y con desenvuelta simplicidad, los monumentos antiguos son divididos en partes y en pedazos, y reinsertados seguidamente para decorar y embellecer nuevas construcciones.

El segundo factor está íntimamente vinculado con las condiciones de vida medievales: es el propio contexto que provoca que grandes edificios de la antigüedad sean transformados en canteras; o bien, recuperados y desnaturalizados.

Desde el siglo VI, Roma es la cantera más importante de materiales prestigiosos para los nuevos santuarios levantados, independientemente de que éstos se encuentren sobre sus propios territorios o en otros lugares de Italia y de Europa.

A estos dos factores que operan en el proceso de destrucción, hay que agregar el papel cumplido por los saqueos durante las invasiones bárbaras y los conflictos político-militares. En este sentido, es relevante considerar lo sucedido en Roma desde comienzos del siglo V. En 410, los godos toman y saquean la ciudad durante tres días, dedicándose al pillaje en los barrios aristocráticos; más adelante, en 455, la ciudad es tomada por los vándalos, que se dedican, en palabras de Grimal, a “despojarla sistemáticamente” de todo aquello que posea algún valor, incluyendo las tejas doradas de los monumentos. Entre 536 y 552, se producen enfrentamientos entre las tropas imperiales y los godos, y ya al quedar en este último año bajo dominio imperial, Roma es un cadáver de ciudad que había visto disminuir drásticamente su población. Dicha población tiende a concentrarse en el Campo de Marte y a la orilla derecha de Tíber, alrededor de la Basílica de San Pedro; quedando el resto del territorio prácticamente desocupado o en ruinas, exceptuándose los edificios del culto cristiano y los monasterios. Asimismo, se abandona el cuidado de los monumentos públicos y de los templos de la antigüedad. Existen otras ciudades que sufren una suerte similar a la de Roma. Por ejemplo, Ravena, capital del imperio romano en el siglo V, sufre la expoliación de sus monumentos por longobardos, francos y venecianos, y sus estatuas aparecen desperdigadas por varias ciudades europeas.

En aquel contexto de destrucción, tanto deliberada como utilitaria de los monumentos antiguos, cabe destacar que existe una relación dual del cristianismo y de la sociedad para con las obras griegas y romanas. Así como se produjo este proceso de destrucción que venimos marcando, también del mismo modo se observa la conservación deliberada de una buena cantidad de obras y edificios.

Paradójicamente, fue el clero quién, por diferentes razones, encaró dicha protección. La primera de ellas y la fundamental, se vincula estrechamente con razones de economía práctica: se alienta una política de reutilización de determinados monumentos y edificios antiguos, basada en cambiar el significado de los edificios del paganismo en lugar de destruirlos. En segundo lugar, existen motivaciones vinculadas al saber literario y a la sensibilidad: monumentos y objetos antiguos permitían a los eruditos medievales observar directamente aquello que se encontraba escrito en las letras y en el saber clásico. Por último, y sumado a las motivaciones literarias y sensibles, existe una fascinación por las dimensiones de las obras, por el refinamiento y la maestría de su ejecución y por la riqueza de sus materiales.

No hay que perder de vista que, respecto a las obras antiguas, existe una diferencia fundamental entre el entusiasmo y el lirismo de los autores medievales y lo que sucederá posteriormente con el humanismo renacentista: no existe ni la distancia ni la perspectiva histórica –la cuál será establecida por primera vez en el Quattrocento-, entre el mundo contemporáneo al que se pertenece y la lejana antigüedad; la alteridad de una cultura diferente no llegaba aún a ser asumida. En el Medioevo, el mundo antiguo es simultáneamente impenetrable (porque los territorios romanizados son ahora cristianos y la visión pagana del mundo ya no cuenta) e inmediatamente próximo (porque estas formas vacías al alcance de la vista y de la mano son inmediatamente trasladables y transpuestas al contexto cristiano, donde son reinterpretadas). “A partir de este momento, la convivencia con las “ruinas” del mundo antiguo va a ser una constante de la civilización europea, y va a transmitir (…) el sentido físico de otra civilización inminente, extraña y familiar al mismo tiempo, y una serie de reflexiones más generales sobre la fragilidad de las obras humanas y sobre las fuerzas dominantes, la nostalgia del tiempo, la variabilidad de la fortuna, que acompañarán durante mucho tiempo el sentimiento individual y colectivo del paisaje europeo”.

Es evidente que se produce un proceso de apropiación de los vestigios del mundo antiguo, cristianizándolos. Los bienes culturales de la Antigüedad clásica pasan a ser directamente asimilados e introducidos en el circuito de las prácticas cristianas sin que se haya establecido el distanciamiento simbólico ni las limitaciones impuestas por una perspectiva histórica. Así, las lupercales romanas se convirtieron en la fiesta de Navidad, las saturnales se sustituyeron por celebraciones cristianas, las fiestas florales por Pentecostés -antiguo día de los difuntos-, la resurrección de Atis por la de Jesús.

Como hemos marcado, no existe durante el Medioevo perspectiva histórica sobre los monumentos antiguos. Pero aún así, en Roma, se van produciendo determinados procesos que permitieron que, dentro de la propia ciudad, se fuera tomando cierta distancia ante su propia herencia antigua para situarla en un espacio histórico.

El papado se había erigido en heredero de Roma contra la tradición bizantina, contra la barbarie de los invasores y finalmente, contra la hegemonía de los emperadores germánicos. Sobre el papado mismo recayeron las responsabilidades tradicionales que los emperadores romanos habían tenido en materias edilicias y arquitectónicas. La población de Roma se vio reducida hasta contar con apenas 17.000 habitantes para cuando Martín V regresa a ella –ya definitivamente- en 1420. Los grandes monumentos yacen en medio de viñas y pastizales o han sido ocupados para albergar viviendas.

En el marco de la revolución del saber que se vive en Italia para entonces, la imagen ruinosa de una antigüedad redescubierta en los textos literarios obliga a otorgar una dimensión histórica a la mirada que se posa sobre los monumentos romanos.

A modo de síntesis, se destaca que durante el Medioevo los bienes culturales de la antigüedad no son considerados ni tratados como monumentos históricos. Si bien para Riegl “es evidente que en la Edad Media comienzan a darse manifestaciones de una transición paulatina hacia la concepción del monumento no intencionado”; la preservación como reutilización de elementos que se produjo, se manifestó fundamentalmente de dos formas: reutilización global (con o sin intervenciones) o fragmentada en partes utilizables para diversos fines (por ejemplo, para embellecimiento y decoración de nuevas construcciones).

4. El humanismo renacentista y el monumento antiguo

A la fase renacentista del Quattrocento se la denomina como antiquizante porque el interés por los vestigios del pasado en cuanto tales se focaliza exclusivamente en los edificios y obras de arte de la antigüedad. En este período, el significado del monumento antiguo es fundamentalmente histórico (hecho esencial, pues marcará la existencia de una mirada distanciada) y estético. Esta nueva visión fue gestándose hacia la segunda mitad del Trecento, cuando los primeros humanistas contribuyeron a plantear una primera conceptualización de la historia como disciplina y del arte como actividad autónoma. La historia contribuye precisamente a observar una perspectiva histórica sobre los bienes culturales de la antigüedad, y la historia del arte promueve adicionalmente una valoración estética.

El redescubrimiento de las obras clásicas va fundando el distanciamiento histórico que venimos marcando, donde aquella antigua civilización romana va adquiriendo valor de perfección y de modelo. Los primeros humanistas, como Petrarca, provienen del campo de la literatura, y tienen una relación exclusivamente textual con la antigüedad. Sus preocupaciones son esencialmente filológicas, literarias, morales, políticas e históricas y, hasta las primeras décadas del siglo XV, continuarán condicionando el enfoque y la mirada de los humanistas que realizan el viaje ritual a Roma: antes que a los edificios antiguos, prefieren las inscripciones que los recubren. Los edificios clásicos se encuentran al servicio de confirmar lo escrito en la literatura romana; es decir, tienen un rol de legitimación de lo literario, por eso decimos que la relación es textual.

No obstante, en la articulación del siglo XIV al XV, a la mencionada aproximación literaria de los edificios antiguos, se va oponiendo una aproximación sensible por parte de los hombres de arte (artífices), que, a diferencia de los humanistas, se interesan fundamentalmente por las formas artísticas. El artista se deja fascinar e influir por el placer ligado a la especificidad de la obra, donde la contemplación desinteresada de la obra antigua está explícitamente asumida y reivindicada, estableciéndose un distanciamiento respecto a los vestigios de la antigüedad.

Es así que, durante las primeras décadas del siglo XV, se establece un diálogo sin precedente entre artistas y humanistas: los primeros forman la mirada de los segundos, enseñándoles a ver con otros ojos; los segundos revelan la perspectiva histórica y la riqueza de la humanitas greco-romana a los arquitectos y a los escultores, conocimiento que reviste su visión de las formas antiguas de una precisión y una profundidad nuevas.

A raíz de este proceso de mutua impregnación, artistas y humanistas delimitan el territorio del arte y lo conectan con el de la historia, para implantar allí el monumento histórico. Cabe remarcar que el monumento histórico sólo puede ser antiguo, y el arte sólo puede ser antiguo o contemporáneo. Aparecen por aquel entonces las colecciones (distintas del gabinete de curiosidades medievales), las cuales precederán al museo moderno. Riegl alude precisamente a estos valores histórico-artísticos que se asignan a los monumentos, debido a que “a partir del siglo XV se vino configurando en Italia un nuevo valor rememorativo”.

Por último, cabe aclarar que la nueva mirada de los humanistas sobre la arquitectura y la escultura de la antigüedad clásica no compromete el juicio estético: el conocimiento histórico sigue siendo admitido como el primero y el único necesario en el momento de instituir las “antigüedades”.

La conservación y la posición dual del papado

A partir de la década de 1430, los humanistas comienzan a llamar a la conservación y a la protección atenta y activa de los monumentos romanos. Tanto en sus obras como en su correspondencia estigmatizan la conversión de la ciudad en una cantera abierta para alimentar las nuevas construcciones y los hornos de cal.

Al igual que durante el Medioevo, la tarea de conservación incumbe al papado; pero ahora, la conservación ya no es apropiadora y lesionadora como en la Edad Media (al menos, en teoría), sino que va tornándose distanciada, objetiva y acompañada de medidas de restauración y protección. Existen numerosos documentos pontificios que se vinculan a la conservación y protección de las antigüedades, no contentándose únicamente con medidas preventivas. Asimismo, hay quién como Sixto IV define las reglas de expropiación por causa de utilidad pública y publica el primer edicto contra la exportación de obras de arte. También habrá grandes proyectos de reestructuración de la ciudad y de restauración de obras antiguas.

Choay hace un recorrido por todas estas medidas referentes a la conservación. En principio, marca las dificultades técnicas derivadas de que la conservación de edificios necesariamente tuviera que producirse in situ; señalando además los límites de todo este proceso, que no condujo finalmente a que se generara una protección sistemática y efectiva. Luego, Choay se centra en los llamados y las medidas de conservación, provenientes de los humanistas y ejecutadas por el papado. Los humanistas denuncian, tanto en sus obras como en su correspondencia, que Roma se había convertido en una cantera abierta para su utilización en nuevas construcciones. Es importante destacar a la bula papal “Cum alman nostram urbem”, publicada en 1462 por Pío II, por varios aspectos: en primer lugar, hace la distinción conceptual entre monumentos y antigüedades. Respecto a estas últimas, marca la importancia de su conservación porque “confieren a dicha ciudad su más hermoso adorno y su mayor encanto” y “sobre todo, lo que es todavía más importante, estos mismos edificios nos permiten percibir mejor la fragilidad de las ocupaciones humanas”. En base a ésto, pasa a enunciar un conjunto de prohibiciones precisas y formales respecto a los edificios antiguos, especificando también las penas asociadas a la trasgresión de la norma. La apertura de las canteras de mármol en Carrara contribuye a asegurar la credibilidad de la bula, pues esto tuvo como objeto mermar la extracción de material del Coliseo.

No obstante, el mismo papado que se mostraba tan implicado en la conservación no dejaba por ello en la práctica de participar activa y constantemente de la devastación edilicia y artística de Roma y de sus antigüedades. Puede decirse que en teoría protegían, pero en la práctica degradaban los edificios antiguos de Roma. En realidad, la actitud del papado está vinculada con la imposibilidad de liberarse de una mentalidad ancestral inscripta a lo largo de los siglos medievales, y cuyo comportamiento continuaba siendo mayoritario entre sus contemporáneos. El papado activamente utiliza los edificios antiguos (o parte de ellos) como materia prima para la realización de edificios modernos o para enriquecer las colecciones privadas. La actitud contradictoria del papado y de su entorno (incluidos muchos artistas y humanistas) es dictada por las políticas orientadas a la necesidad de modernizar y embellecer la ciudad para transformarla en una gran capital secular.

Puede afirmarse que, al asociar la noción de las antigüedades con el de su preservación idealizada y puramente discursiva, el papado y su entorno pueden ocultar y autorizar las destrucciones reales de aquellas mismas antigüedades. La situación da lugar a una actitud dual del papado respecto a los bienes culturales de la antigüedad, pues éstos son protegidos teóricamente, pero saqueados y transformados en la práctica.

Pero lo destacable que hemos observado aquí es que, en el marco del contexto mental e histórico del los inicios del Renacimiento, durante la llamada fase antiquizante, encontramos el nacimiento del monumento histórico, bajo la denominación temprana de antigüedades, pues todavía habrá que esperar aún tres siglos más para que adquiera la denominación actual.

5. La ampliación progresiva del concepto de antigüedades y la irrupción del patrimonio nacional

El viaje hacia Roma realizado por los humanistas del renacimiento, contribuyó a despertar, en los hombres de letras, el interés por trasladarse hacia otros lugares donde se encontraran restos materiales de las “civilizaciones madres”, es decir, hacia Egipto, Grecia y Asia Menor. A través de estos viajes, el contenido de la noción de antigüedades no dejará de expandirse y de enriquecerse. Las antigüedades constituyen el objeto de un enorme esfuerzo de conceptualización y de inventario entre la segunda mitad del siglo XVI y el segundo cuarto del siglo XIX. Cabe mencionar dentro de este proceso de expansión territorial, los viajes realizados a Grecia a partir del siglo XVII, que mediante la identificación y descripción de los lugares, la publicación de inscripciones, la realización de dibujos y opiniones personales, acrecentaron el conocimiento sobre los monumentos y los bienes culturales griegos.

El proceso de expansión conceptual y territorial al que hacemos referencia va a cruzarse ideológicamente con la Ilustración, corriente intelectual de pensamiento que durante el siglo XVIII domina el panorama europeo, fundamentalmente en Francia, y que pregona la razón como medio para alcanzar el progreso. El estudio de las antigüedades evoluciona siguiendo enfoques comparables a los de las ciencias físico-naturales: proponiendo un mismo tipo de descripción controlable (y por lo tanto fiable) de sus objetos de estudio. El interés inaugural de los humanistas por las antigüedades es seguido por la investigación culta, paciente y meticulosa de los que, en ese momento, son llamados anticuarios. Junto a los anticuarios, trabajan artistas eruditos en el establecimiento de la iconografía de las antigüedades, dando lugar a lo que se denomina conservación iconográfica. El primer objetivo de la conservación iconográfica es establecer, por medio de la imagen, un método comparativo que les permita a los anticuarios desarrollar series tipológicas e incluso secuencias cronológicas, realizando así una especie de historia natural de las producciones humanas.

Correlativamente, a causa de la Ilustración y de su proyecto de democratización del saber, el museo institucionaliza la conservación material de las pinturas, las esculturas y los objetos de arte antiguos; así como prepara y anticipa la futura conservación de los edificios arquitectónicos. Las colecciones privadas se fueron multiplicando a la par que se van creando los primeros museos de arte. En suma, conservación física y conservación iconográfica resultan medios complementarios para relacionarse con el estudio erudito de las antigüedades; aunque es de destacar que existe una preeminencia del desarrollo iconográfico. No obstante, va a operarse lenta y paulatinamente una nueva filosofía, que tendrá enormes consecuencias para el modo de conservación de las antigüedades, aquella que entiende que el deleite artístico no es mediatizable, sino que requiere la presencia real de su objeto.

Durante el proceso de expansión conceptual y territorial de las antigüedades, irá apareciendo progresivamente el concepto de antigüedades nacionales: antiguos monumentos erigidos o realizados previa o, más esencialmente, posteriormente a la colonización romana en diferentes países de Europa. Entre las causas que contribuyeron al desarrollo del interés por este nuevo tipo de antigüedad, cabe mencionar en primer lugar, al papel jugado por la búsqueda de los vestigios greco-romanos efectuados en los territorios nacionales; luego, al deseo de dotar a la tradición cristiana de un corpus de obras y de edificios históricos análogo a aquel que beneficiaba a la tradición antigua; y por último, al deseo de afirmar la originalidad y la excelencia de la civilización occidental. Las antigüedades nacionales van a cumplir un rol fundamental en la legitimación simbólica de los futuros estados nacionales burgueses del siglo XIX, que florecerán como consecuencia de la doble revolución francesa e industrial.

Dentro del legado de la Revolución Francesa respecto a la valoración y a la protección del patrimonio nacional francés, debemos destacar antes que nada, que es aquí cuando se crea la denominación conceptual de monumento histórico para las antigüedades. Es precisamente por ésto que se afirma que el monumento histórico es una invención propia de la Revolución y del siglo XIX, por tratarse del período en que aparece la denominación moderna. Y en este sentido, Choay considera que “la invención de la conservación del monumento histórico, con sus dispositivos jurídicos y técnicos, que se suele atribuir a la Monarquía de Julio, fue anticipada en realidad por las instancias revolucionarias, cuyo conjunto de decretos e “instrucciones” prefigura, en la forma y en el fondo, el enfoque y los procedimientos que Ludovic Vitet, Prosper Mérimée y la primera Commision des Monuments Historiques establecerán en 1830”. Respecto al monumento histórico, la gran innovación de la Revolución Francesa es promover el cambio desde la conservación iconográfica de los anticuarios hacia la conservación real; en otras palabras, el paso a la ejecución de la conservación de los bienes culturales. Esta conservación proviene de dos grandes procesos. En primer lugar, el proceso de traspaso de los bienes del clero, la corona y los emigrados a la nación; y el segundo, el vandalismo ideológico que afecta a una parte de esos bienes (y que permitirá, paradójicamente, la aparición de lo que Choay denomina como “conservación reaccional”).

Y más allá de su obra de conservación, la Revolución Francesa provoca que los monumentos históricos (antigüedades y antigüedades nacionales) se incluyan dentro del concepto de patrimonio nacional, representando esto el antecedente de lo que hoy denominamos precisamente como patrimonio cultural. La conceptualización de los bienes culturales como patrimonio, palabra que da la idea de propiedad legada o heredada, aparece en el marco del proceso de traspaso de los bienes y propiedades del clero, la corona y los emigrados, a la nación y al pueblo francés. Por lo tanto, por el valor económico de ellos, los responsables de su guarda adoptan términos vinculados precisamente a este valor, como patrimonio, herencia y conservación. Los bienes culturales son patrimonio de la nación, por lo tanto las antigüedades se transforman en posesiones materiales que hay que preservar y mantener para evitar el riesgo de una pérdida financiera.

Esto tuvo como consecuencia que debieran elaborarse métodos a fines de establecer un inventario y definir las reglas de gestión. Entre las soluciones propuestas para el tratamiento del patrimonio de bienes culturales, aparecieron aquellas que se orientaban a descubrir nuevos usos y funciones para el mismo, fundadas en la asignación de nuevos valores distintos al económico, como histórico, nacional, identitario, educativo-pedagógico, cognitivo, económico y artístico. Y los valores prioritarios que deben considerarse en función de los nuevos significados que van adquiriendo los monumentos históricos, son precisamente el identitario, el histórico y el nacional, que se transformarán en componentes fundamentales del concepto de patrimonio cultural, cuyo proceso de construcción social consiste precisamente en: “la legitimación de unos referentes simbólicos a partir de unas fuentes de autoridad (de sacralidad si se prefiere) extraculturales, esenciales y, por tanto inmutables. Al confluir estas fuentes de sacralidad en elementos culturales (materiales o inmateriales) asociados con una identidad dada y unas determinadas ideas y valores asociados a los elementos culturales que la representan, así como el discurso que la yuxtaposición de un conjunto de esta naturaleza genera (o refuerza), adquieren asimismo un carácter sacralizado y, aparentemente, esencial e inmutable”.

La construcción social del patrimonio es producto de un proceso complejo de atribución de valores a determinados bienes culturales, a los que se otorgan una serie de cualidades superiores. Riegl aporta un aspecto importante para comprender la capacidad de representación simbólica de las identidades de los monumentos históricos, fundado en lo que denomina “valor de antigüedad”, que permite que el bien cultural tenga la capacidad de ser comprendido por una gran masa de la población sin necesidad de recurrir a conocimientos eruditos, lo que constituiría un valor más “democrático”: “el valor de antigüedad prescinde en principio totalmente de la manifestación individual localizada como tal y valora únicamente la impresión anímica subjetiva que causa todo monumento sin excepción alguna, es decir, sin tener en cuenta sus características objetivas específicas, o más exactamente, teniendo en cuenta solamente aquellas características que indican la asimilación del monumento en la generalidad (…)”. Este fenómeno de legitimación de determinados bienes culturales y su resignificación como monumento histórico y patrimonio cultural tendrá una gran importancia durante el siglo XIX y hacia el interior de la sociedad industrial, ampliándose progresivamente tanto el alcance conceptual del monumento y del patrimonio, como los métodos y las técnicas para su protección y conservación.

6. Conclusión

En el mundo renacentista, aparecen los tres discursos (de la perspectiva histórica, de la perspectiva artística y de la conservación) que contribuyen al origen del monumento histórico, aunque claramente limitado en su alcance a la antigüedad y acotado a un público minoritario de eruditos, artistas y príncipes. En esta línea y siguiendo lo marcado por Choay, para la aparición del monumento histórico, es necesario que se produzca un determinado distanciamiento del pasado, donde se asigne una nueva significación al monumento, precisamente por considerar a este pasado donde se gestó la obra, como un tiempo diferente a aquel desde el que es contemplada. Ya Riegl había afirmado que “en el fondo, toda la Antigüedad clásica y la Edad Media sólo han conocido los monumentos intencionados”. Es así que la ruptura histórica en la historia del monumento tiene lugar en la fase antiquizante del Renacimiento. Hasta aquel entonces existía una clara continuidad, marcada por la existencia del monumento intencionado, y será a partir de los primeros humanistas que aparezca conceptualmente el monumento no intencionado, al que llamamos monumento histórico.

Progresivamente, el campo espacial y temporal de las antigüedades se va expandiendo, a consecuencia de la propia dinámica renacentista vinculada al viaje como medio de conocimiento y de estudio. Los humanistas van a ser reemplazados en el conocimiento y estudio de las antigüedades por los eruditos denominados anticuarios, quienes se nutrirán de las ideas iluministas.

La Ilustración contribuye a la conservación física, a la conservación iconográfica y a la expansión conceptual de las antigüedades. A medida que se generaliza la iconografía como medio de representación de las antigüedades para su análisis y estudio, la exactitud de la representación de los edificios estudiados contribuye significativamente al perfeccionamiento del concepto de monumento histórico, que adquiere su denominación a finales del siglo XVIII, tiempo en el que se explicitan los proyectos para la conservación de los monumentos. Dichos proyectos pasan a ser programas planificados y ejecutados, fundamentados en una nueva legislación orientada a tales efectos.

Por otro lado, aparecen junto a las antigüedades clásicas, las antigüedades nacionales, las cuales tendrán un rol fundamental en la formación y legitimación de los estados nacionales burgueses del siglo XIX, la época donde tuvo lugar, en palabras de Choay, la “consagración del monumento histórico”.

Y es aquí donde el monumento histórico adquirirá un valor fundamental, al pasar a ser parte del patrimonio cultural de un pueblo, grupo o clase social; patrimonio que tendrá como factor determinante la capacidad de representación simbólica de las identidades.

7. Bibliografía Consultada

Benevolo, Leonardo. La ciudad europea. Traducción de María Pons. Editorial Crítica, Barcelona, 1993.

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Prats, Llorens. Antropología y Patrimonio. Editorial Ariel Antropológica, España, 1997.

Riegl, Alois. El culto moderno a los monumentos. España, Editorial Visor, 1987.

NOTAS

1. La “Carta Internacional sobre la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios (Carta de Venecia)” de 1964, adpotada por ICOMOS en 1965, establece que “cargadas de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de los pueblos continúan siendo en la vida presente el testimonio vivo de sus tradiciones seculares”, definiendo en su artículo que la noción de monumento histórico “comprende la creación arquitectónica aislada así como el conjunto urbano o rural que dá testimonio de una civilización particular, de una evolución significativa, o de un acontecimiento histórico. Se refiere no sólo a las grandes creaciones sino también a las obras modestas que han adquirido con el tiempo una significación cultural”.

2. Riegl, Alois. El culto moderno a los monumentos. España, Ed. Visor, 1987. Págs. 23-29. La cita está adaptada en base a lo interpretado por Choay. Ver: Choay, Françoise. Alegoría del Patrimonio. Versión Castellana de María Betrand Suazo, Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2007. Pág. 18.

3. Choay, Françoise. Op Cit. Pág. 18-19

4. Lourés Seoane, María Luisa. Del concepto de “monumento histórico al de “patrimonio cultural”. En: Ciencias Sociales – Revista de la Universidad de Costa Rica, vol. IV, número 94, 2001, págs. 141-150.

5. Choay, Françoise. Op. Cit. Pág. 27.

6. Riegl, Alois. Op. Cit. Págs. 40-41.

7. Berr, Henri. Al margen de la historia universal. Traducción de José López Pérez. Primera Edición, Tomo II, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, México, 1961. Pág. 12.

8. Llul Peñalba, Josué. Evolución del concepto y de la significación del patrimonio cultural. En: Arte, Individuo y sociedad, vol. 17, 2005, págs. 175-204. Pág. 182.

9. Juvenal-Persio. Sátiras. Traducción de Manuel Balasch. Editorial Gredos, España, 2001. Juvenal, Libro I, Sátira I. Pág. 38.

10. Juvenal-Persio. Op. Cit. Libro I, Sátira II. Pág. 41.

11. Juvenal-Persio. Op. Cit. Libro V, Sátira III. Pág. 59.

12. Juvenal-Persio. Op. Cit. Libro V, Sátira XIV. Pág. 285.

13. Cantú, César. Historia Universal. Libro VII. Tomo III, Tercera Edición, Editorial Sopena Argentina, Buenos Aires, 1954. Pág. 351.

14. Cabe tomar como significativo, para comenzar a hablar de vandalismo ideológico cristiano-estatal, el Edicto de Tesalónica dictado durante el reinado de Teodosio el Grande, que instituye el cristianismo en su versión ortodoxa como la única religión permitida, persiguiéndose al paganismo y al arrianismo y destruyendo sus edificios, bienes culturales y legado.

15. Riegl, Alois. Op. Cit. Págs. 40-41.

16. Para la cronología de pillajes, de saqueos y de destrucción monumental producto de las invasiones bárbaras en Roma, hemos considerado el trabajo de Dutour, La ciudad medieval, quién trabaja sobre las obras específicas de Musset, Gregorovius, Piganiol, Grimal y Luzzato. Dutour, Thierry. La ciudad medieval. Traducción de Godofredo González. Buenos Aires, Editorial Paidós, 2005. Págs. 43-48.

17. Cabe citar aquí al papa Gregorio I (siglo VI), quién predica entre sus misioneros: “No destruyáis los templos paganos sino únicamente los ídolos que albergan. En cuanto a los edificios mismos, contentaos con rociarlos de agua bendita y colocad allí vuestros altares y vuestras reliquias”. Adhemar, Jean. Influences antiques dans l´art du Moyen Age français. [1937]. Ed, du CTHS, París, 1996. Citado por: Choay, Françoise. Op. Cit. Pág. 29.

18. Benevolo, Leonardo. La ciudad europea. Traducción de María Pons. Editorial Crítica, Barcelona, 1993. Pág. 20.

19. Durant, Will. La Edad de la Fe. Traducción de C. A. Jordana. III Tomos. Editorial Sudamericana, Segunda Edición, Buenos Aires, 1960. Tomo I, Pág. 127.

20. Riegl, Alois. Op. Cit. Pág. 33.

21. La periodización histórica en Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna fue planteada por el historiador del arte Giorgio Vasari durante el Renacimiento. No obstante, existen antecedentes claros, como la también periodización tripartita de Petrarca: bella antigüedad, edad oscura y renacimiento moderno.

22. Es observable la glorificación de la antigüedad por parte de Petrarca, por ejemplo en el poema Africa. También es citada (por ejemplo, por M. Victoria Quirosa García, quién lo toma de Bottari y Pizzicannella) una carta de Petrarca a Cola di Rienzo la preocupación del primero por la conservación de los bienes culturales de la antigüedad. Véase: Quirosa García, M. V. El nacimiento de la conciencia tutelar. Origen y desarrollo en Europa durante el siglo XVIII. Revista de Patrimonio e-rph, Junio 2008. En: http://www.revistadepatrimonio.es/revistas/numero2/legislacion/estudios/_pdf/legislacion_estudios.pdf Riegl, Alois. Op. Cit. Pág. 33.

23. Choay, Françoise. Op. Cit. Págs. 41-44.

24. Sobre este aspecto, resulta interesante: Constantine, David. Los primeros viajeros a Grecia y el ideal helénico. Traducción de Mercedes Pizarro. Fondo de Cultura Económica, México, 1989.

25. Según la primera edición del Dictionnarie de l’Académie Française, el anticuario es aquel que es “competente en el conocimiento de las antigüedades y que se interesa por ellas”. No obstante, la frontera entre el anticuario y el hombre de letras es incierta, dado que la vasta educación clásica de este último lo transforma en un anticuario en potencia. Asimismo, hay que mencionar junto a los anticuarios a todos aquellos que en su calidad de aficionados contribuyeron al estudio de las antigüedades.

26. Choay, Françoise. Op. Cit. Pág. 85.

27. Prats, Llorens. Antropología y Patrimonio. Editorial Ariel Antropológica, España, 1997. Pág. 22.

28. Llul Peñalba, Josué. Op. Cit., págs. 175-204.

29. Riegl, Alois. Op. Cit. Pág. 39.

30. Riegl, Alois. Op. Cit. Pág. 32.

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