Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2009

 

BREVE HISTORIA DE LA MINERÍA LEONESA DEL CARBÓN
 


Ignacio Casado Galván (CV)
dphicg@yahoo.es
 


Resumen: El desarrollo de la minería leonesa del carbón se enfrentó aún a mayores dificultades que la del carbón español en general. La explotación de las cuencas leonesas no fue rentable hasta finales del siglo XIX e incluso bien entrado el siglo XX en algunas de ellas. Aunque la primera cuenca que se empieza a explotar de forma industrial es la de Sabero ya en los años 40 del XIX, solo la construcción del ferrocarril León-Gijón, que abrió totalmente el tráfico en los primeros años de la década de 1870, ayudó a que la actividad minera no desapareciese totalmente de la provincia, al facilitar la salida de los carbones de la cuenca de Ciñera-Matallana. No es hasta finales del siglo XIX cuando la industria carbonera consigue despegar con la construcción del ferrocarril de La Robla (León) a Valmaseda (Vizcaya), inaugurado en 1894, ferrocarril que venía a solucionar el problemas de transporte del carbón leonés al posibilitarle llegar al País Vasco. Y ya en el contexto de La Primera Guerra Mundial comienzan a explotarse de forma intensiva las cuencas occidentales, con la fecha clave del 23 de julio de 1919 cuando se abre al público el ferrocarril entre Villablino y Ponferrada.

Palabras clave: minería carbón, provincia de León, ferrocarril, cuencas mineras, empresas hulleras, empresas antraciteras.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Casado Galván, I.: Breve historia de la minería leonesa del carbón, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2009, www.eumed.net/rev/cccss/06/icg7.htm



Los azarosos comienzos de la explotación.

El desarrollo de la minería leonesa del carbón se enfrentó aún a mayores dificultades que la del carbón español en general, a los problemas de costes, demanda y transportes que frenaron la evolución en Asturias hay que añadir en el caso de León el traslado del mineral desde el interior por medio de carros hasta la estación de ferrocarril más próxima, que hasta finales de siglo ( y aún más tarde para la cuenca de Villablino y El Bierzo) estaban demasiado alejadas, lo que encarecía enormemente el carbón y solo eran rentables en las zonas próximas (Perpiñá, 1935, 149).

Ya en el XVIII localizados algunos yacimientos (Madoz…) y Sebastián Miñano en su Diccionario Geográfico-Estadístico de 1826 cita alguna actividad minera, en particular de antimonio en los montes de Maraña y Valdeburón y de carbón de piedra en las inmediaciones de Boñar. Pero debido a los problemas citados la economía de esas zonas era la tradicional, una economía fundamentalmente de subsistencia vinculada a la agricultura y sobre todo en un paisaje extremadamente montañoso y un clima frío con abundantes lluvias y nevadas a la ganadería que solo irá variando con el desarrollo de la minería de forma industrial como veremos. Esta economía no podía mantener una población demasiado elevada lo que se manifestaba en la importancia de los movimientos migratorios hacia diversas regiones bien con el ganado trashumante, bien en busca de oprtunidades laborales (León Correa, 1987).

La primera cuenca que se empieza a explotar de forma industrial es la de Sabero. Lucas Mallada cita a Miguel Botías Iglesias que había obtenido la concesión de las minas Juanita, Sucesiva y Abundancia entre 1840 y 1842 con objeto de explotarlas y con la intención de usar su carbón para fábricar hierro dulce con el mineral de la mina Imponderable. Como su capital era insuficiente, decidió ampliarlo formándose entonces la Palentino-Leonesa de Minas, empresa construida así como sociedad anónima de cara al negocio siderúrgico y cuyo nombre responde al origen de su capital, para ello va a construir dos altos hornos (el primero parece ser pionero en el Estado). La denominada fábrica de San Blas se puso en funcionamiento en mayo de 1847 y a pesar de ciertas dificultades funcionó varios años hasta que en 1863 cae en un total marasmo. Dicha empresa realizó importantes inversiones con la intención de crear un importante negocio siderúrgico, basándose en estudios geológicos como el de Casiano de Prado (1848) o los informes favorables de técnicos como el ingeniero francés Julio Gendre, Lorenzo Gómez Pardo o Felipe Paret (sin olvidar la intervención como Director de la explotación de Ignacio Gómez de Salazar).

La frustracción de estas expectativas favorables tiene que ver con la no construcción de un ferrocarril y su consiguiente aislamiento de los centros consumidores. Existían en ese momento estudios de terminados por el Gobierno sobre la construcción de un "ff.cc. para poner las minas carbónicas de Sabero, Orbó y Santullán en comunicación con el de Alar del Rey a Santander" (Revilla, 1906, 276-277) que, sin embargo, al final solo afectaron a la cuenca de Orbó, pero no a la de Sabero, la cual quedó incomunicada y perdió mercados próximos, como el de Burgos, dada la competencia de la cuenca vecina que aprovechaba las tarifas ventajosas de la Compañía del Norte (González García, 1975, 250).

"Lo que desplazó a las minas de Sabero de los mercados interiores fue la competencia de las minas de Orbó o de Barruelo (Palencia), mejor situadas respecto al ferrocarril y explotadas por el Crédito Mobiliario Español, estrechamente vinculado a la Compañía del Gas de Madrid y a Caminos de Hierro del Norte de España de la que obtuvo de hecho tarifas preeferenciales" (Quirós Linares, 1971, 667-668).

La empresa tuvo que utilizar siempre medios muy rudimentarios de transporte que encarecían enormemente los costes de explotación, necesitaba el uso de mulas muchos kilómetros hasta la estación de ferrocarril más cercana, Sahagún, situada a unos 50 km . Ni siquiera estaba construida todavía la carretera que pasando por Sabero une Sahagún con Arriondas.

Por otra parte, la empresa padeció frecuentes problemas financieros, agravados por la escasez de capital destinado a actividades industriales, como consecuencia de la preferencia de los inversores por las operaciones bursátiles, en el contexto de una política gubernamental que no incentivaba las iniciativas industriales, como se desprende de las quejas de la propia empresa (Tortella, 1972, 236, citado en González García, 1975, 252).

En esta situación se explica que la Palentino-Leonesa "resultara incapaz de franquear el cabo de la reforma arancelaria de 1862" (Nadal, 1975, 166).Y que en 1855 la industria minera leonesa ocupara solo a 920 hombres según Gómez de Salazar.

Por otra parte en 1860 tenemos ya datos de explotación minera en El Bierzo. Y ya antes, en 1856, el Crédito Mobiliario Español con intereses ferroviarios a través de la Compañía de Ferrocarriles del Norte realizó importantes inversiones mineras en la comarca de Valderrueda, en la provincia de León pero las abandonará en 1881.

Con el trazado de la red de ferrocarriles españoles van a ser las cuencas palentinas de Barruelo y Orbó las primeras en explotarse, al quedar las leonesas prácticamente aisladas, imposibilitando todos los intentos de su explotación. Con la construcción del tramo de ferrocarril entre Orbó (cerca de las minas) y Quintanilla de las Torres, próximo a Alar del Rey en la línea férrea de Santander en 1863 (Nadal, 1975, 151), los carbones de la zona de Guardo, Barruelo y Orbó (Palencia) tuvieron salida directa hacia los mercados del norte y de Madrid, abaratando sus precios respecto a los vecinos leoneses en los principales destinos.

Solo la construcción del ferrocarril León-Gijón, que abrió totalmente el tráfico en los primeros años de la década de 1870, ayudó a que la actividad minera no desapareciese totalmente de la provincia, al facilitar la salida de los carbones de la cuenda de Ciñera-Matallana hacia los centros de consumo, por lo que la actividad se se va a desplazar ahora a esta cuenca, pero no pudo evitar que, con la competencia del carbón palentino, la producción quedara reducida a cifras insignificantes . Durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XIX la actividad extractiva en la provincia fue prácticamente despreciable, no llegando en el año 1875, el conjunto de empresas carboneras existentes en León, ni siquiera a las cinco mil toneladas de carbón en total (Coll Martín y Sudrià y Triay, 1987, 199).

El tren de Matallana y el despegue de la minería del carbón en León.

Por lo que en la provincia de León no es hasta finales del siglo XIX cuando la industria carbonera consigue despegar con la construcción del ferrocarril de La Robla (León) a Valmaseda (Vizcaya), inaugurado en 1894 y prolongado en 1901 hasta Luchana, ferrocarril que venía a solucionar el problemas de transporte del carbón leonés al posibilitarle llegar al País Vasco. Con la construcción del ferrocarril de La Robla se produce una explosión del interés hacia las cuencas carboníferas leonesas. De este interés del capital vasco surgen numerosas empresas, entre cuyos promotores había “propietarios de minas de hierro de Vizcaya, accinistas de sociedades metalúrgicas y [accionistas] del ferrocarril recién construido” (Cortizo Álvarez, 1977, 26).

Entre ellas están dos de las tres empresas más importantes en la historia de la minería leonesa: la Sociedad Hullera de Sabero y Anexas, fundada en Bilbao tomando como base las antiguas minas de la Palentino-Leonesa a las que agregará varias más y la Sociedad Hullera Vasco-Leonesa fundada por los Ibarra en 1893 en base a una anterior empresatmabién vasca "Amézola y Cía.". Pero, junto a ellas, nacen otras muchas: la Sociedad Vasco-Burgalesa en 1895, la Sociedad Oeste de Sabero en 1901, etc. Como afirma Revilla (1906) a principios de siglo se produjo una situación caótica, debido a las prisas por situarse de forma privilegiada en el mercado, mediante inversiones mal estudiadas, explotaciones mal concebidas e incluso negocios puramente especulativos. Pero en cualquier caso en los últimos años del siglo se produce un importante aumento de la producción en las cuencas leonesas, que entre 1894 y 1900 se multiplica por seis, hay que tener en cuenta que se partía de niveles muy bajos: solo 36.186 Tm. en 1894. Pasó de representar el 1,6% de la producción española en 1890 al 8,9 en 1900.

En la cuenca Ciñera-Matallana la emptresa fundamental será como se ha dicho la Hullera Vasco-Leonesa (HVL). Ésta tiene como antecedente inmediato la sociedad colectiva José Amézola y Compañía constituída el 12 de agosto de 1889, con domicilio social en Bilbao, por José Amézola y Viriga vecino de Bilbao, Calixto López Sáez vecino de Abanto y Ciérvana, Pablo Benoist Hipp ingeniero de Santurce y Víctor Fernández Bayón también de Santurce , “se constituye para una duración de diez años y su objeto es contratar con Vicente Dotzaner Hamm, que actúa en nombre propio y en representación de los demás propietarios de las minas Basura, Competidora, Olvido, Candelaria, Sorpresa, Zarpa y Abandonada y otras que les pertenecen , en el Ayuntamiento de Pola de Gordón, León, hacer las operaciones necesarias para la explotación de las mkinas, ttransporte y venta de sus productos , así como comprar las herramientas que se necesiten” (Anes y Tascón, 1993, 26).

La Sociedad Hullera Vasco-Leonesa se constituyó el 19 de octubre de 1893, con domicilio también en Bilbao, donde alquilaría la planta baja de la casa número 12 de la calle Hurtado de Amézaga para oficinas. Con un capital de 1.375.000 pestas representado por 2750 acciones de 500 pesetas cada una en propiedad de veintinueve socios . De ellas 1850 eran acciones liberadas repartidas en dos partes : “1075 acciones, que se entregaba a Vicente Dotzaner, María Incolaza Iturrioega, Francisco Brevers, Laureano Fernández, Julián Llamas, Julio Eraso, Víctor Fernández, Julián Basarte y Carolina, Elvira, Félix y Perfecta Noval como compensación de las minas que aportaban, que eran: Candelaria, Pastora, Competidora, Olvido, Sorpresa, Zarpa I, Abandonada, Zarpa II, Demasía a la Sorpresa, Demasía a la Zarpa I y el registro hecho con el nombre de Zarpa III o Limitada. La otra porción de 775 acciones se entregaba a los socios de la Sociedad José Amézola y Compañía, en compensación a sus aportaciones, las minas de San Pablo, San José y Victoria, las labores y caminos hechos y las máquinas y herramientas para la explotación que tenían” (Anes y Tascón, 1993, 29).

El objeto de la Sociedad era explotar las minas de carbón que aportaban los socios, situadas en los términos de Santa Lucía de Gordón, Llombera y otros del ayuntamiento de la Pola de Gordón y otras bien de carbón o de optros minerales que en el futuro comprase, registrase o arrendase, quedando el primer Consejo de Administración formado por José de Amézola y Viriga (presidente), José María de Olábarrio (vicepresidente) y Daniel Gil e Iturriaga, Ramón de Ibarra y Arregui, Pedro Pablo Benoist Hipp y Pedro Mac-Mahón y Aguirre.. El puesto de Secretario General recae en José de Sagarmínaga. En 1903 se produce una ampliación de capital que pasa a ser de 2.000.000 de pesetas.

Para la preparación y explotación de las minas se nombra como director al ingeniero de minas Manuel Abad, con un sueldo anual de tres a cuatro mil pesetas, además de casa, luz y fuego, y una participación en los beneficios. Se le designa ayudante administrador a Félix Smolinski, con un sueldo anual de mil quinientas pesetas, cesado por no inspirarle confianza al director el 26 de febrero de 1894. Enseguida se contrata a Abel García como delineante-escribiente pero también durará poco en el cargo sustituido por Julián Guezúraga. El ingeniero-director es el encargado de elaborar los proyectos de explotación, que incluia un lavadero y fábrica de aglomerados. La construcción del lavadero y de la fábrica de aglomerados se encarga aEvence Coppic, de Bruselas, a Bietrix et Cie. De St. Etienne, a Naeyer et Cie. De Villebereek (Bélgica) y a Agustín Merle de Mieres (Anes y Tascón, 1993, 36).

La inauguración oficial de la explotación tuvo lugar en abril de 1895, para lo que se desplazó a Santa Lucía una Comisión del Consejo que aprovechó el viaje para inspeccionar las obras llevadas a cabo. En un primer momento parece que los gastos ocasionados por estas labores fueron más de los esperados y los resultados obtenidos no fueron demasiado satisfactorios hasta el punto de que en 1896 se piensa en la venta de las minas, acordándose en la sesión de 7 de abril de 1896 autorizar a José Antonio Ibarra la venta de las mismas en Paris o en otro lugar por tres millones de pesetas, lo que supondría un buen negocio: “Tal vez animaba también a la venta que la producción era menor que la esperada, que algunos compradores rechazaban el carbón, que los gastos obligaban a acudir a empréstitos gravosos y que el ingeniero, además de no cumplir lo manadado por el Consejo, tenía problemas continuos con los ayudantes” (Anes y Tascón, 1993, 40).

El ingeniero fue cesado en marzo de 1897, sustituido interinamente por el capataz Andrés Mediavilla, que se trasladó desde su casa de Reinosa a Santa Lucía. La contratación de un ingeniero-director se le presentaba a la empresa como ineludible que el consejero Josdé Antonio de Ibarra propone sea ingeniero de la escuela de minas de Madrid, que tuviese experiencia en las minas de carbón y dedicación exclusiva al gargo, siendo ombrado el 23 de septiembre de 1898 el ingeniero Manuel F. Garrido, con un sueldo anual de 9.000 pesetas, casa en Santa Lucía, luz, fuego y el 4% de los beneficios líquidos

Es en este momento cuando el ingeniero vasco Julio Lazúrtegui descubre los yacimientos de hierro del coto Wagner, en El Bierzo, lo que habría nuevas expectativas que plasmará después en su libro Una nueva Vizcaya a crear en El Bierzo (1918) donde considera factible crear una industria siderúrgica en Ponferrada aprovechando los abundantes recursos carboníferos y de hierro próximos, proyecto que nunca llegará a materializarse. Pero las cuencas occidentales de El Bierzo y Villablino seguían todavía aisladas, teniendo que trasportar por carretera sus carbones hasta la estación de Ponferrada en la línea de Madrid-Galicia.

La Primera Guerra Mundial y el auge de la minería en las cuencas occidentales.

Fue el estallido de la I Guerra Mundial lo que creó el marco apropiado para el desarrollo en gran escala de la minería española en general y de la leonesa en particular. El conflicto bélico va a permitir un cierto desarrollo del capitalismo español como han puesto de manifiesto Santiago Roldán y José Luis García Delgado (1973), al desaparecer las comunicaciones con los paises beligerantes y con ello la no llegada de productos permite una cierta prosperidad de la industria nacional.

En el caso del carbón, antes de la guerra, el carbón nacional tenía un carácter complementario de las importaciones inglesas (se producía cuatro millones y medio de toneladas y se importranban otros tres millones). Con la supresión de estas importaciones se va a producir la llamada "orgía hullera", el desajuste entre la oferta y la demanda generó una importante elevación de los precios que entre 1914 y 1918 crecieron un 200 % (Coll Martín y Sudrià i Triay, 1987, 421-422).

En el caso de León los empresarios no dejarios escapar la oprtunidad, las concesiones pasaron de solo 35 en 1914 a 180 en 1918 (Roldán y García Delgado, 1973, 121). Fueron numerosísimas las empresas que amaparadas por la nueva situación comienzana extraer carbón en los yacimientos leoneses, hasta entonces casi vírgenes, la inmensa mayoría eran entidades muy pequeñas con poco capital y con elementales medios de producción, cuyo únido objetivo era explotar el carbón allí donde se encontrase (en las capas superficiales) para enseguida ponerlo en el mercado y recoger beneficios. Las empresas grandes también se beneficiaron llegando a multiplicarse por cuatro los de la Hullera Vasco-Leonesa y por dos los de Hullera de Sabero y Anexas (Roldán y García Delgado, 1973, 138-139).

La demanda de mano de obra va a ser enorme siendo uno de los condicionantes para la expansión de la producción, es en este momento cuando junto al tradicional obrero mixto (campesinos de las zonas limítrofes) se configura ya en la minería leonesa obreros mineros “de oficio” como consecuencia de las inmigraciones hacia las cuencas loenesas y palentinas, en un momento en que la fuerte demanda empuja a los salarios hacia arriba.

Podemos decir con González García que aunque la orgía hullera dura poco (los efectos favorables no se notan hasta 1916 y termina en 1920 con la finalización de la huelga de los mineros ingleses) los efectos sobre la estructura minera (y con ella de la estructura económica y social en general) de la provincia de León van a ser en cierto modo irreversibles. La minería leonesa del carbón había adoptado ya plenamente el nuevo modo de producción, lo cual no significa que hubiera puesto las bases para un desarrollo autóctono, sino al contrario al realizarse dentro de un marco de dependencia con el exterior, no se reinvirtió apaenas nada de los enormes beneficios, por lo que al terminar la coyuntura favorable volvieron los problemas tradicionales, quedando siempre a expensas de la coyuntura del mercado (así por ejemplo la huelga de mineros ingleses en 1926 un nuevo y efímero despegue). En cualquier caso la producción se incrementa entre 1914 cuando no llegaba a 315.000 toneladas y 1918 que se aproxima a las 900.000 en casi un 200 %.

Es en ese contexto cuando comienzan a explotarse de forma intensiva las cuencas occidentales. Con la fecha clave del 23 de julio de 1919 cuando se abre al público el ferrocarril entre Villablino y Ponferrada . Aunque las importantes reservas de estas cuencas eran sobradamente conocidas, su excesiva lejanía respecto a los principales enlaces ferroviarios hacían inviable su explotación a gran escala. La única solución posible era construir un ferrocarril que conectara la cuenca de Villablino (y de paso las cuencas bercianas) con Ponferrada y esa gran inversión solo era posible realizarla una gran empresa.

Eso es lo que va a hacer la recién creada Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP), que nacía con la voluntadad de explotar el carbón de Villablino y el hierro del Coto Wagner en un complejo siderúrgico en Ponferrada, pero que al final se va a dedicar exclusivamente a las actividaes mineras (carbón y mineral de hierro), ferroviarias y más tarde eléctricas y que muy pronto se convierte en la primera empresa carbonera de la provoincia desbancado a la Hullera Vasco-Leonesa que hasta ese momento ocupaba el primer puesto de la producción provincial.

A partir de los años 20 se abandonan numerosas minas y solo aquellas empresas grandes por sus posibilidades financieras y porque han sabido capitalizar los extraordinarios beneficios anteriores, permanecen con cierta garantía de supervivencia. La bajada de precios y de la demanda incitan a los empresarios a reducir costes, en primer lugar los salarios que se traduce en ocasiones en huelgas.

El sector carbonero de la provincia de León sigue las mismas oscilaciones que el nacional pero suavizadas, por el hecho de que no se vio tan afectado como el asturianos por la competencia del combustible inglés y por la importancia que comenzó a adquirir la antracita desde 1929, al ser un combustible de gran demanda para las calefacciones domésticas, que mantuvo su precio por encima de la hulla (Vega Crespo, 2003, 65). La crisis se manifiesta en la desaparición de pequeñas empresas o en la reducción de capital de las grandes, que se manifiesta en la reducción de la producción y del empleo y por la eleveda incidencia de conflictos laborales y huelgas, destacando la de los trabajaores dela Hullera Vasco Leonesa entre el 13 de abril y el 2 de julio de 1921 en demanda de mayores salarios (Anes Álvarez y Tacón Fernández, 1993, 83-85).

Desde 1926 el incremento de la producción fue muy superior al de la media naciponal pasando de ser el 11% al 13% (entre 1925 y 1930). Por otra parte el empleo se mantuvo hasta 1929 en cifras más bajas que las de 1924 lo que combinado con el aumento de la producción dio como resultado un notable aumento de la productividad, favorecido también por una menor incidencia de huelgas que en Asturias y por el comienzo de la mecanización: todas las grandes empresas hulleras de la provincia habían empezado ya durante esta etapa y algunas incluso antes a introducir la “primera generación” de la mecanización: compresores, martillos picadores y martillos perforadores para la preparación del arranque (Cortizo Álvarez, 1977, 51). La MSP, por ejemplo, montó en 1923 instalaciones de aire comprimido en todos sus pozos (Estadística Minera de España, 1923, 337) y empezó a ensayar durante los últimos años de este periodo el uso de martillos neumáticos y a utilizar cada vez en mayor medida martillos perforadores para preparar el arranque (Maurín Álvarez, 1985, 86).

La proclamación de la República abre un periodo de enconamiento de la lucha de clases en la minería del carbón (y en general), destacando la huelga general revolucionaria de 1934 que en Asturias cristalizó en un intento revolucionario al que no fueron ajenos las cuencas leonesas y palentinas. Los gobiernos republicanos adoptaron algunas medidas sociales (vacaciones pagadas, carbón gratuito, alza sueldos, disminución horas de trabajo). Las memorias de la Hullera Vasco-Leonesa muestran a las claras la actitud de la patronal ante el aumento de los costos sociales y la bajada de beneficios que llega en el caso de esta empresa al cierre patronal en abril de 1936 por lo que los propios obreros procedieron a su gestión.

La Guerra Civil va a afectar profundamente a la minería leonesa, quedando, de hecho, demarcado el frente en la montaña leonesa por las líneas que forman las distintas cuencas mineras, provocando el colapso de la producción. Salvo la de Villablino y las del Bierzo que van a quedar desde un principio en la zona “nacional”, por lo que en estas cuencas desde ese mismo momento se empieza a aplicar la política que continuará el régimen franquista en la “autarquía”. En el resto de cuencas esto comienza con la caída del frente del norte y la ocupación de éstas por las tropas franquistas. Ante la escasez de mano de obra las autoridades militares no van a dudar, incluso, en crear verdaderos campos de concentración donde los prisioneros eran obligados a trabajar para las empresas mineras: confinados en barracones construidos a pie de mina eran conducidos por la guardia civil a los pozos cada día.

La política franquista y el carbón leonés.

La política autárquica del franquismo va a concebir el carbón como un sector estratégico y en el contexto de la imperiosa necesidad de energía y de la política proteccionista y aislacionista, lo que explica la fuerte expansión del consumo de carbón leonés. El crecimiento comienza ya en el año 1938 cuando prácticamente todas las cuencas hulleras y antraciteras de la provincia quedaron bajo control franquista, inaugurando una fuerte fase expansiva que llega hasta 1959 en la que la producción se incrementó en un 108 % y el empleo en un 171%. Pasando el consumo de carbón en la provincia de 1.170 miles de toneladas en 1935 a 4.080 en 1958 donde cobra importancia la proporción que se dedica a la generación de energía eléctrica sobre todo a partir de 1945 con la puesta en funcionamientos de dos nuevas centrales térmicas: de La Robla y sobre todo la de Compostilla en Poferrada alimentadas con los menudos de carbón (Estadística Minera de 1945, 393 y de 1949, 330).

Pero a pesar de las condiciones tan favorables el crecimiento no es comparable al de los años de la I Guerra Mundial por la persistencia de problemas en la producción. Las minas leonesas se cracterizan por una deficiente estructura de la producción y escasa mecanización y el omnipresente problema de los trasportes, por lo que los rendimientos se mantuvieron estancados a lo largo del periodo (Vega Crespo, 2003, 124-25).

Se constituyeron un número importante de nuevas empresas sobre todo en el sectoir de la antracita algunas con un gran protagonismo posterior como Antracitas de Gaiztarro (creada en 1937 con un capital de 15 millones de pesetas) que pronto se convirtió en una de las principales empresas productoras de antracita del país, junto a Antracitas de Fabero que constituída en 1936 ocupará el segundo lugar en la producción de este tipo de carbón.

La producción de carbón de la provincia de León pasa de solo 1859 miles de toneladas en 1940 a 4.150 en 1958, subida protagonizada por la infinidad de nuevas empresas que se crean en la coyuntura favorable pero también por las bvrandes empresas hulleras como MSP y Hullera Vasco-Leonesa que intensifican sus labores, pero sobre todo por la producción de antracita que se multiplicó por seis entre 1935 y 1958. La liberalización del mercado de la antracita (cuyos principales abastecedores eran las minas leonesas) explica el mayor peso que alcanza la minería leonesa en el conjunto nacional pasando del 19 a cai el 29% entre 1936 y 1958.

El empleo pasa de solo 7.207 trabajadores censados al estallar la guerra a 23.000 en 1958, “se puede decir que, si bien hubo un primer avance muy importante durante los años de la Primera Guerra Mundial, fue en esta etapa cuando se produjo el verdadero despegue de la minería leonesa” (Vega Crespo, 2003, 124).

Las numerosas pequeñas empresas no soportarán la crisis de los combustibles sólidos de principios de los años sesenta con la masiva introducción del petróleo. Se produce entonces una tendencia a la concentración de empresas. En los años setenta llega a producirse una avalancha de quiebras sobre todo en la antracita que había quedado fuera de la Acción Concertada, del total de 129 empresas que operaben en el sector en 1960, en 1973 solo permanecían activas 45 (Estadística Minera de España, 1960 y 1973). Como resultado de todo ese provceso de desaparición de unidades productivas a lo largo de la década de los sesenta se incrementó notablemente el tamaño empresarial, las principales empresas hulleras de la provincia se consolidaron como verdaderas monopolistas en sus en sus respectivas áreas de inflenecia: la Hullera Vasco-Leonesa producía en 1971 en 95% de la hulla de la cuenca Ciñera-Matallana, Hulleras de Sabero y Anexas el 87,8% de la de Sabero y la MSP el 88,5 % de la de Villablino; y en el sector de la antracita que se ha caracterizado siempre por un acusado minifundismo el cierre de empresas pequeñas sirvió para aumentar la cuota de producción de las mayores, fundamentalmente Antracitas de Gaiztarro y Antracitas de Fabero quer entre ambas aportaban en 1971 cerca del 69% de toda la antracita explotada en la cuenca Fabero-Sil (Vega Crespo, 2003, 179).

Esta situación se completa con una cierta caída de la producción, pero sobre todo una, mucho mayor, del empleo: si la primera descendió en un 22 % la segunda un 54%, es decir, se destruyeron más del la mitad de los puestos de trabajo de la minería del carbón en la provincia de León , que pasan de los más de 23.000 de 1059 a los poco más de 11.000 de 1973, lo que explica, a su vez, un aumento considerable de la productividad, aunque todavía quede muy lejos de los niveles europeos . Por una parte, el cierre de las empresas más pequeñas, muy poco productivas y con más peso en el empleo que en la producción y, por otra parte, el abandono de la actividad de muchos mineros, en busca de mejores trabajos, menos insalubres y más remunerados, en la emigración hacia zonas más industrializadas tanto dentro como fuera de España, desincentivó la incorporación de trabajadores al sector (Vega Cespo, 2003, 178).

El auge experimentado por la producción carbonera a raiz de la llamada crisis del petróleo fue aún más importante en la minería leonesa que en el conjunto nacional, así la producción de 1985 duplicó la de 1973 como consecuencia de la política estatal de construcción y ampliación de centrales térmicas de carbón, ya que en la provincia de León se instalaron cuatro de los siete nuevos grupos térmicos de 350 Mw de potencia: en 1981 el grupo IV de la central de Compostilla II; en 1982 la central de Anllares,; en 1984 el grupo V de Compostilla II y el grupo II de la central de La Robla (Vega Crespo, 2003, 230). En esta etapa la mano de obra en la minería leonesa tiene un incremento bastante importante (19%), lo que contrasta con la media nacional , a pesar de que se produce una racionalización de la actividad, la producción crece en un 100%.

La minería leonesa en las últimas décadas.

Con la entrada de España en la CEE se produce un descenso de la producción, pero no mediante una caída continuada sino en momentos puntuales con el cierre de capacidades no viables: una primera en 1986-87 y otra en 1991, a pesar de que la proliferación de explotaciones a cielo abierto hizo aumentar la producción de antracita, pero no lo suficiente para paliar el descenso en la de hulla como consecuencia de la reestructuración. El descenso de empleo es mayor, (en León se pasa de más de 13.000 oobreros en 1985 a 9.000 en 1992) lo que nos habla de un importante aumento de la productividad pero que aún queda lejos de la de paises como Gran Bretaña o Alemania, cuya reestructuración, realizada ya desde los años sesenta, había inducido una considerable elevación de los rendimientos por trabajador (Vega Crespo, 2003, 233).

En julio de 1983 se aprueba una reducción de jornada y en el estatuto Hullero de 1984 y a pesar de importantes movilizaciones mineras como la llamada Marcha Negra, o la larga huelga en la Hullera Vasco-Leonesa en los años 90 comienzan unos procesos de reestructuración donde la minería leonesa pierde como la media nacional la mitad de sus trabajadores, pero en cambio la producción se mantiene al sustituir en gran parte la minería subterránea por la explotación a cielo abierto, al menos hasta 1998 a partir de entonces comienza un descenso pero no tan acusado como en el conjunto del sector. Las prejubilaciones y jubilaciones anticipadas han sido la vía fundamental de las empresas mineras para abaratar costes premisa para recibir las ayudas comunitarias.

Bibliografía.

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