Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2009

 

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LAS POLÍTICAS SOCIALES Y LAS CONDICIONES DE VIDA OBRERA: DE LA FILTANTROPÍA AL ESTADO DE LOS EQUIPAMIENTOS


Ignacio Casado Galván (CV)
dphicg@yahoo.es

 

Resumen: La revolución industrial vino a agravar una situación de hacinamiento e insalubridad que eran ya dos factores permanentes en el hábitat de las clases populares con anterioridad a la industrialización. El incremento súbito de población que suponía, vino a agravar las pésimas condiciones de vida que van a tener que soportar los trabajadores inmigrados a la ciudad. La penosa situación de las condiciones de habitabilidad de la clase obrera fue uno de los caballos de batalla del movimiento obrero organizado, pero desde muy pronto también va a ser objeto de interés patronal, ya que, a los patronos, se les presenta como fundamental la reproducción de la fuerza de trabajo, por lo que elaborarán una serie de políticas sociales fuera de la fábrica. Además va a ser una preocupación de la sociedad burguesa en general, ya que, esas condiciones, causarán la proliferación de epidemias e infecciones que pondrán en peligro la salubridad de toda la ciudad; pero sobre todo suponían otro peligro, que preocupará a la burguesía incitándola a buscar soluciones, la potencial capacidad subversiva de semejantes aglomeraciones de trabajadores.

Palabras clave: revolución industrial, vivienda obrera, políticas sociales, hacinamiento, reproducción fuerza de trabajo, filantropía, estado de los equipamientos.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Casado Galván, I.: Apuntes históricos sobre las políticas sociales y las condiciones de vida obrera: de la filtantropía al estado de los equipamientos, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2009, www.eumed.net/rev/cccss/06/icg22.htm



La vivienda obrera, se convierte en un problema, como consecuencia directa del proceso industrializador, ya que el crecimiento de las fábricas en número y dimensiones, va a conducir a la difusión masificada de nuevas formas habitacionales en el territorio. Es necesario alojar en un tiempo breve a un número de trabajadores en rápido crecimiento, debido al trasvase masivo de mano de obra agraria a la industria, por la enorme demanda de fuerza de trabajo industrial.

La revolución industrial vino a agravar así una situación de hacinamiento e insalubridad que “eran ya dos factores permanentes en el hábitat de las clases populares con anterioridad a la industrialización” (Hernando, 1989, 371)” . El incremento súbito de población que suponía, vino a agravar las pésimas condiciones de vida que van a tener que soportar los trabajadores inmigrados a la ciudad: los habitáculos donde residirán los nuevos proletarios industriales estarán basados en la hiperocupación de los inmuebles existentes. De igual manera el criterio básico de las nuevas construcciones será el de la economicidad, ya sean éstas construidas por los propios obreros o, con mayor motivo, si proceden de la especulación de los constructores especializados en barrios obreros:

“La construcción de las nuevas casas o la adaptación de las existentes era obra de especuladores privados […] y la calidad de los alojamientos, por la lógica de la concurrencia, así como por la entidad de los salarios y por la amplitud de los horarios en el puesto de trabajo, era casi siempre la peor que las familias obreras estuviesen dispuestas a soportar” (Benévolo, 1994, 39).

Las políticas sociales.

La penosa situación de las condiciones de habitabilidad de la clase obrera fue uno de los caballos de batalla del movimiento obrero organizado desde muy pronto, ya Engels, por ejemplo, estudia las insalubres viviendas de los obreros británicos . También, enseguida, va a ser objeto de interés patronal, ya que, a los patronos, se les presenta como fundamental la reproducción de la fuerza de trabajo, por lo que elaborarán una serie de políticas sociales fuera de la fábrica. Además va a ser una preocupación de la sociedad burguesa en general, ya que, esas condiciones, causarán la proliferación de epidemias e infecciones que pondrán en peligro la salubridad de toda la ciudad; pero sobre todo suponían otro peligro, que preocupará a la burguesía incitándola a buscar soluciones, “la potencial capacidad subversiva de semejantes aglomeraciones de trabajadores” (Hernando, 1989).

Lo que henos denominado el nuevo espacio de la vida se configura en esta compleja dialéctica de confrontación de distintas estrategias e intereses, donde lo que está en juego es lo que sucede al salir de la fábrica. Lo que para el obrero era el lugar de emergencia de su vida , donde conseguía diferenciarse de su carácter de fuerza de trabajo, para el patrón el no-trabajo debía convertirse en reproducción:

“Esa diferencia, ese desfase: he aquí lo que preocupaba al patrón. Le preocupaba –individualmente- por cuanto de la vida del trabajador podían derivarse problemas de grave y perjudicial incidencia para el trabajo; le preocupaba también –colectivamente ahora- por cuanto de la vida de los trabajadores podían derivarse consecuencias de peligrosa incidencia sobre el orden social” (Sierra, 1990, 37).

Para el patrón era de vital trascendencia controlar al trabajador también fuera de la fábrica, es decir, necesitaba controlar el uso de su salario, (para gestionar su reproducción y la de su familia y conjurar su autoorganización) ya que el trabajador podía hacer uso de él como medio de vida y no como medio de reproducción:

“Podía, por ejemplo, malgastar una crecida parte de él en interminables y etílicas horas de sociabilidad en una taberna. Lo cual, sin duda, no favorecía que al día siguiente, su patrón pudiera emplearse a fondo en separar su fuerza de trabajo de su trabajo. Podía también malgastar una parte de ese jornal en alimentar, al lado de sus compañeros, los fondos de una caja de socorros y de resistencia –cuya sede no necesariamente tenía que ser distinta de aquella misma taberna- capaz de impedir al patrón, al cabo de algunos meses, disponer de su fuerza de trabajo y de su trabajo” (Sierra, 1990, 37-38).

Sin embargo esa extensión del poder, desde la fábrica hasta la vida, le estaba vedada por la misma relación social que instauraba (el régimen liberal), prohibición que estaba obligado a transgredir constantemente, ya que tenía que controlar el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo desde el exterior mediante la moralización del obrero .

De esta necesidad de moralizar al obrero, es decir, de asegurar la reproducción capitalista de la fuerza de trabajo, es de donde nacen las políticas sociales. Ese carácter vergonzante las obligaba a “adornarse de los más humanitarios oropeles” presentándose como la solución de las “necesidades sociales”. Estas presuponen un sujeto inconsciente subyacente que las determinaría en forma secreta, según una concepción funcionalista “ingenua y divertida” que se organiza sobre un simple juego de apariencias, donde los individuos-familiares sienten necesidades, el capital las satisface a través de la ley del valor, y el Estado hace respetar las reglas del juego y se hace cargo de las necesidades no resueltas por el capitalismo privado:

“el reformador y su varita mágica han transformado al obrero y a su condición históricamente constituida- ...¡en consumidor! Los equipamientos no serían otra cosa, entonces que funciones de “necesidades” sentidas y demandadas por un sujeto que vive para el capital. Mejor dicho que no vive, que se reproduce, que reproduce al capital. A partir de ese instante abandonamos las turbias y ricas aguas del desfase entre vida y reproducción, y entramos en una ensenada tersa y límpida. En esas nuevas aguas, todo el problema del reformador burgués se limita a interpretar fielmente las necesidades sociales y a poner a punto las instituciones adecuadas para satisfacerlas. El estado oráculo de los tiempos modernos sería el encargado de hacerlo” (Sierra, 1990).

Esta concepción de las “necesidades sociales” individuales y subjetivas que se interpretan como una secuencia lineal es una concepción interesada , la realidad es más compleja y la génesis de éstas responden a un bucle de interacciones múltiples y de múltiples sentidos.

“La condición obrera y las necesidades que de ella surgen de un lado, y las estrategias burguesas de reproducción de la fuerza de trabajo de otro, y se enfrentan en el terreno de la definición misma de las necesidades sociales. [...] convierten a las necesidades sociales en el producto cambiante de la tensión que las enfrenta: ni simple trasunto de la condición obrera ni producto simple de las políticas sociales, aquellas necesidades emergen, más bien, como lo que está en juego”(Sierra, 1990, 44).

Las políticas de gestión de la reproducción de la fuerza de trabajo, las políticas sociales, encuentran su fundamento en las contradicciones de las sociedades capitalistas y evolucionan históricamente con los conflictos de clase y se reformulan constantemente en torno a dos registros cambiantes.

En primera instancia los reformadores burgueses y el Estado reformulan las “necesidades obreras” según sus propias necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo, lo que explica la indiferencia o el rechazo con que los obreros recibieron sus reformas. Las organizaciones obreras con esa indiferencia y resistencia generalizadas, expresaban su voluntad de autonomía en la gestión de sus problemas de vida –e, indisolublemente de lucha- y en la definición de sus propias necesidades.

Pero en segundo momento algunas de esas invenciones pasan a formar parte de la subjetividad obrera y de sus reivindicaciones: “a partir de un determinado momento, el movimiento obrero parece haberse apropiado –y parece haber reivindicado la satisfacción- de algunas de esas “necesidades” definidas, para los trabajadores, por los reformadores burgueses y el Estado [que] acotan así el espacio mismo de la reivindicación obrera” (Sierra, 1990, 50). La aspiración a instruirse se transforma en aceptación y reivindicación de la escuela, la aspiración a curarse o no enfermar en aceptación y reivindicación del hospital, etc.

Lo que parece remitir a una subordinación estructural de la condición obrera y a las dificultades de emergencia de una subjetividad proletaria respecto de las formulaciones burguesas de las necesidades sociales. Son así, en gran parte, las propias organizaciones de vocación obrera los agentes de las reformulación de las necesidades obreras en los términos definidos por las políticas sociales burguesas, las que han contribuido a cerrar el bucle entre la vida obrera y las estrategias de reproducción de la fuerza de trabajo (Sierra, 1990).

El obrero como pobre.

Esas estrategias se ensayan históricamente en el problema del pauperismo. Se transforma ahora el concepto tradicional de pobreza, el pobre que en los modos precapitalistas se definía por su marginación de la producción, se convierte en el objeto central de las políticas sociales, ya que para la burguesía el obrero era, ante todo, un pobre, real o virtual: “no es sino en el modo de producción fundado en el capital, donde el pauperismo se presenta como el resultado del trabajo mismo, del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo” (Marx, 1972, 111).

Por ello se transforma el modelo de gestión de la pobreza, se abandona el concepto de asistencia y se sustituye por el de previsión, nadie debe ser ayudado si no se ayuda a sí mismo:

“De un lado, pues, la asistencia no hacía otra cosa que reproducir incesantemente los problemas que trataba de gestionar. De otro, sin embargo, los peligros económicos y sociales de una reproducción libre de la fuerza de trabajo y de una gestión privada de los medios de vida, impelían –incluso a la burguesía más ferozmente liberal- a intervenir sin tregua en el problema del pauperismo. Se plantea entonces una solución de compromiso: intervenir selectivamente. Lo cual equivalía a diferenciar a los “buenos” y a los “malos” pobres” (Sierra, 1990, 53).

Desvelando el carácter de estrategia patronal para la gestión de la reproducción de la fuerza de trabajo, el punto central de todas esas “políticas sociales” es precisamente el trabajo: instrumento de prueba para la clasificación de los pobres e, incluso, la terapia para corregir el crimen de la pobreza. Concepción maltusiana que fue aplicada en Gran Bretaña por medio de las workhouse, imponiendo a los pobres el trabajo obligatorio y en aquellos otros países en los que una tradición de signo católico vedaba tales procedimientos se recurrió a la clasificación de los pobres, siempre con el mismo criterio de clasificación: la relación con el trabajo.

La filantropía, programa de moralización, de ortopedia, de creación de buenos y disciplinados trabajadores , es el concepto que permitió esta injerencia en las vidas de los individuos, sin derribar todo el edificio liberal al permitir enlazar el individuo con el Estado:

“Por medio de la filantropía –un espacio formalmente privado-, la línea de división entre lo público y lo privado quedaba trazada y, con ello, el sistema liberal a salvo. Pero era también la filantropía –un espacio funcionalmente colectivo, “una trama privada del Estado”, en términos de Hegel- la que aseguraba la soldadura. entre la sociedad civil y el Estado, haciendo efectiva así la necesaria intervención de conjunto en la gestión de la reproducción de la fuerza de trabajo” (Sierra, 1990, 57).

Será sustituida ya en el siglo XX por el estado de los equipamientos, el welfare state, con sus intervenciones masivas en el terreno de las subsistencias, la vivienda obrera, la asistencia educativa y sanitaria... Éste, en cierto modo, ya estaba prefigurado en la propia evolución de la filantropía:

“...las propias exigencias organizativas de la disciplina, la necesidad –para ser eficaz y abrazar al conjunto de la reproducción- de especialización y de coordinación entre las diferentes asociaciones, conducían a éstas a su desaparición, a su conversión en aparatos del Estado” (Sierra, 1990, 64-65).

Pero refleja una estrategia burguesa de conjunto diferente, relacionada con las transformaciones económicas y sociales generadas por la producción en masa y la profundización del proceso de proletarización de las poblaciones, y donde la guerra ha debido desempeñar un papel fundamental, en tanto que laboratorio para el ensayo general de nuevas formas de gestión de la reproducción social. Con el estado de los equipamientos asistimos a una radical transformación de las relaciones entre poder y derecho: es un paso importante en la ampliación a derecho del poder social de la burguesía.

La toma del poder político por la burguesía en las revoluciones burguesas únicamente era el inicio del largo camino de constitución del estado burgués: si en un momento el Estado aparece equilibrado funcionalmente a la sociedad civil se debe a que se trata de esa etapa intermedia en que la burguesía dueña ya del poder político, pero no del control real sobre la producción social, se obligaba, a fin de sostener la ficción de su propio orden, a remitir a la esfera de lo privado sus intervenciones como clase en el terreno social. En cambio en este momento el Estado absorberá a la sociedad civil porque para el mantenimiento de la dominación burguesa era necesario una invasión de la sociedad por parte del Estado.

Bibliografía.

Concepción Arenal

(1891) “Clasificación de los miserables con arreglo a las causas de su miseria”, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza.

(1895) La cuestión social. Cartas a un obrero. Librería de Victoriano Suárez, Madrid 1895.

(1894) La beneficencia, la filantropía y la caridad, Librería de Victoriano Suárez, Madrid.

Benevolo, Leonardo (1994) Orígenes del urbanismo moderno, Celeste.

Engels, F., (1977), El problema de la vivienda, Barcelona.

Jean Paul de Gaudemar (1981) La movilización general, Ed. de La Piqueta.

Agnes HÉLLER (1986) Teoría de las necesidades en Marx, Ed. Península, Barcelona.

Hernando Carrasco, Javier (1989) Arquitectura en España 1770-1900, Ed. Cátedra, Madrid.

Marx, K., (1968,), Manuscritos: economía y filosofía, Madrid: Alianza

Sierra Álvarez, Jose María,

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(1985) “Política de vivienda y disciplinas industriales en Asturia”, Ería, 61-71.

(1985) ¿El minero borracho? Alcoholismo y disciplinas industriales en Asturias, Los cuadernos del Norte, n. 29, pp. 58-63.

(1985) Minería y gestión de la mano de obrta en la Andalucía decimonónica. El caso de Villanueva de las minas (Sevilla), en Homenaje a Don Manuel de Terán, Madrid: en prensa.

(1990) El obrero soñado. Ensayo sobre el paternalismo industrustrial (Asturias 1860-1917)., Siglo XXI, Madrid 1990.

(1986) "Hacerle agradable la vida" (al minero). Disciplinas industriales en la minería leonesa de comienzos del siglo XX, en León nº 341, 1986.

(2001-2002) Para una lectura histórico-social de la espacialidad obrera en la España de la Restauración: una cala en los espacios de trabajo, Studia Historica-Historia contemporánea, vol. 19-20.

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