Contribuciones a las Ciencias Sociales
Diciembre 2009

 

TERRITORIO, PATRIMONIO Y SOSTENIBILIDAD


Ignacio Casado Galván (CV)
dphicg@yahoo.es

 

Resumen: En este artículo se trata de desenmascarar el “futuro de ficción”, que ofrece la llamada globalización, basado en la mitología del crecimiento eterno, en el cual se basa la planificación actual del territorio Seguimos para ello la línea de la crítica elaborada por los urbanistas de la Escuela de Los Ángeles, pero además es necesario el surgimiento un movimiento social que defienda un modelo alternativo de uso del territorio que necesariamente tendrá que ser sostenible. Solo entonces será posible la conservación del patrimonio.

Palabras clave: territorio, sostenibilidad, globalización, patrimonio, conservacionismo.
 



Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Casado Galván, I.: Territorio, patrimonio y sostenibilidad, en Contribuciones a las Ciencias Sociales, diciembre 2009, www.eumed.net/rev/cccss/06/icg15.htm



La denominada Escuela de Los Ángeles , corriente de investigadores neomarxistas (en su mayoría urbanistas y geógrafos) ha estudiado las ramificaciones contradictorias de la “reestructuración” urbana actual:

“Durante los ochenta la Escuela de LA [...] desarrolló una ambiciosa matriz de aproximaciones entrecruzadas y casos de estudio. Las monografías se centraron en las dialécticas de la des- y la re-industrialización, la externalización de la mano de obra y la internacionalización del capital, las consecuencias medioambientales del crecimiento ilimitado, la vivienda y los sin techo, y el discurso del crecimiento. [...] Al mismo tiempo que estudian Los Ángeles de forma sistemática, los investigadores de UCLA se interesan más en sacar jugo a la metrópolis, al estilo de Adorno y Horkheimer, como laboratorio del futuro. Han dejado claro que piensan que están desenterrando las líneas maestras de un posfordismo paradigmático, un naciente urbanismo del siglo XXI”. (Davis, 2003, 64).

“Como sin duda hubiera señalado Gramsci, un análisis estructural radical de la ciudad como el de la Escuela de Los Ángeles solo puede adquirir fuerza social si se encarna en la visión desde una experiencia alternativa” (Davis 2003, 66). En caso contrario estas interpretaciones corren el peligro, al elevar a Los Ángeles en paradigma de futuro (aunque sea en vena distópica), de diluir la historia en teleología y proporcionar encanto a la misma realidad que deberían deconstruir: “Soja y Jameson, sobre todo, en la misma elocuencia de sus diferentes “mapas posmodernos” de Los Ángeles, se convierten en celebrantes del mito. La ciudad es un sitio donde todo es posible, nada es seguro ni lo bastante duradero como para creer en ello, donde prevalece la sincronía constantye y la automática ingenuidad del capital genera incesantemente nuevas formas y espectáculo” (65).

Es necesario, por tanto, abrir una grieta que nos permita romper con el proceso de mundialización para iniciar la transformación ecológica y social del territorio (Fernández Durán y Vega Pindado, 1995, 90). Esta transformación implica necesariamente la ruptura con el proceso de globalización, mediante la desconexión del mercado mundial (Samir Amin, 1988) ya que por una parte el desarrollo de los países de la periferia solo será posible acabando con el modelo productivo impuesto por los países del centro y las relaciones de comercio desigual que implica y, por otra, esta desconexión de la periferia ayudará también a frenar el crecimiento cuantitativo del centro lo que planteará la necesidad de acometer procesos de redistribución interna de la riqueza, frenar el consumo innecesario y reestructurar el aparato productivo para conseguir un modelo más autosuficiente e igualitario que pueda funcionar sin el aporte exterior.

Es decir es necesario poner de manifiesto la necesidad de crear alternativas frente al discurso tecnoburocrático modernizador dominante, es necesario un modelo de crecimiento diferente frente al actual: “lo verdaderamente utópico es pensar que el actual modelo, y sus tendencias de profundización, puedan ser sostenibles en el tiempo”. La forma de satisfacer las necesidades humanas tiene que ser compatible con la preservación de la biosfera para lo que es preciso incorporar la visión entrópica: “articular la necesaria degradación de energía, indispensable para mantener la vida, sobre el único flujo de energía renovable que se recibe, el procedente del sol y sus derivados, manteniendo un reciclaje de los ciclos de materiales”. Lo cual supone poner patas arriba la ética del crecimiento material y la acumulación, pilar central de la llamada sociedad industrial: en lugar de la interdependencia y la concentración de la actual economía mundo las tendencias deberían ser hacia la autonomía y descentralización con una preeminencia de lo local . En particular hay que cuestionar los procesos de concentración urbana resaltando que la actual planificación urbana y regional no es sino la prolongación sobre el territorio de la lógica de acumulación y plantear la transformación social y ecológica de las metrópolis: frente al espacio isótropo de la ciudad global hay que recuperar un mayor grado de autonomía para cada uno de sus componentes y la calidad y riqueza de la vida urbana (Fernández Durán y Vega Pindado, 1995, 94). Se trata de crear un modelo de crecimiento sostenible..

El patrimonio es una construcción social cuya evolución es inseparable de la de la sociedad a la que está unida. La sociedad del capitalismo tardío amenaza con su destrucción, su interés hacia el pasado connota casi un sentimiento nostálgico ante algo perdido irremediablemente con lo que ya no podemos mantener ninguna comunicación personal. La expansión del concepto de patrimonio hacia una visión territorial omnicomprensiva y democrática es posible precisamente cuando el propio territorio (y la ciudad) está en crisis, cuando el urbanismo basado en la reduccionista teoría del valor lo ha depurado de heterogeneidad y complejidad.

Es el propio modelo de crecimiento dominante basado en la teoría del valor el que hay que poner en cuestión si queremos que el patrimonio mantenga su función social, es decir, la suerte del patrimonio no es diferente de la del resto de la sociedad, no es posible su conservación aislada, ya que eso es lo que provoca su muerte al aislarse del contexto social.

El discurso de la sostenibilidad se presenta entonces como una posible brecha ante esta situación: “el concepto de sostenibilidad está vinculado al propósito de conservar los recursos en estado de ser utilizados por tiempo indefinido y, por tanto, a la idea de mantener para las generaciones futuras unas condiciones económicas que permitan ofrecer al menos las mismas condiciones de calidad de vida que en la actualidad [... lo que ] entra en clara contradicción con la práctica desarrollista del capitalismo industrial primero y al financiero después, de manera que en realidad sólo sería compatible con ciertas formas de vida en las que el respeto por las leyes naturales ocupen un puesto fundamental” (Roch, 1997)

Sin embargo hay que distinguir dos tipos de sostenibilidad. Por un lado está el discurso de la sostenibilidad en su versión débil que trata de buscar una solución de compromiso entre el desarrollo y la conservación de los recursos naturales, intenta tender un puente entre la economía monetarizada y la naturaleza. Esta es la versión que cuenta con la complicidad de las poblaciones de los paises desarrollados: “prevalece la idea de que los aumentos de productividad podrán contribuir mejor a resolver los problemas medioambientales ya que generarán mayor capacidad de inversión en estas cuestiones: o sea que la sostenibilidad sirve de pretexto para aumentar la productividad ” (Roch, 1997).

La sostenibiliodad fuerte parte de la insustituibilidad de los recursos naturales degradados, cuyos criterios de utilización definen las ciencias naturales en particular la termodinámica y la ecología, es decir plantea una nueva racionalidad productiva compatible con el mantenimiento de los ciclos de los materiales y que obliga a un redimensionamiento de los fenómenos económicos. Se trata de una visión que pone de relieve cuestuiones fundamentales sobre la propia supervivencia del sistema económico y social, sobre la viabilidad de los asentamientos humanos en el territorio teniendo en cuenta de donde obtiene los recursos y donde devuelve los residuos .

Pero el territorio no es solo un fragmento de la naturaleza con el que hay que mantener unas sanas relaciones ecológicas sino que también “es una dimensión histórica de nuestras estructuras sociales y productivas y también de nuestras superestructuras culturales que se expresa simultáneamente en leyes naturales y sociales” (Roch, 1997). Es necesario unir el discurso de la naturaleza que la sostenibilidad recupera para la práctica económica y el discurso político y social. Lo cual supone enfrentarse al discurso dominante que ha utilizado esa separación en su provecho . Fernando Roch (1997) propone para ello seguir la teoría regulacionista completada con la visión neogramsciana de la configuración de las estructuras de poder. Se trata de concebir una autonomía de lo local como lugar de la mediación entre la economía global y los actores locales y estudiar sus relaciones.

La denominada escuela regulacionista (Aglietta y Lipietz) nace como una crítica de la economía neoclásica, para ellos la evolución de la economía capitalista no responde a simples determinismos económicos sino que se conforma a través de relaciones de clases, formas institucionales y acción política: “la evolución del capitalismo no puede entenderse como el resultado de la aplicación de un conjunto de leyes abstractas (como pretende la economía neoclásica) sino como una sucesión de fases históricas cada una de las cuales se caracteriza por una configuración estructural social e institucional asociada a un patrón económico determinado” (Roch, 1997).

Es decir a cada fase le corresponde un Modo de Regulación y un Régimen de Acumulación: por ejemplo el modo de desarrollo fordista se base en un régimen de acumulación intensivo y un modo de regulación monopolístico y tiene su correspondencia física en la ciudad industrial moderna y en las estructuras nacionales según los rasgos que ha desarrollado el urbanismo.

El modo de regulación tiene la misión de asegurar la subsistencia del modo de crecimiento o desarrollo dominante, se trata de una red de instituciones que garantizan el mantenimiento de las relaciones de propiedad, el ajuste entre la producción y el consumo, la compatibilidad entre decisiones privadas conflictivas. “El modo de Regulación sirve, en definitiva para armonizar las transformaciones en las condiciones de producción (volumen de capital implicado, reparto entre ramas, normas de producción, modelos de organización del trabajo) con sus simétricas en el campo del consumo” (Roch, 1997). De esa manera permite que las crisis cíclicas del Modo de crecimiento o desarrollo no sean necesariamente catastróficas sino autorreguladas, solamente en su fase final cuando se agudizan las contradicciones acaban en una crisis estructural de la que emerge un nuevo modo de regulación, así el fordismo se va gestando desde el XIX y se implanta tras la depresión de los 30 y la guerra y entra en declive en la crisis de los setenta desembocando en el proceso de mundialización actual.

Desde esa perspectiva entendemos que la competitividad actual entre ciudades presente un cierto paralelismo con las primeras décadas del siglo XX: “también acompañando a una decidida expansión geográfica aunque con características diferentes, y reconstruyendo viejas relaciones con el entorno no capitalista (modos de producción asociados) que faciliten rentas de reproducción, pero sobre un territorio claramente escindido, en el que los países del centro, labrados profundamente con el modelo de urbanización fordista en descomposición, deben explorar nuevos acoplamientos” (Roch, 1997).

Pero esta salida a la crisis del modelo de crecimiento dominante no es inevitable, no hay que caer en el determinismo económico, Gramsci nos muestra como es la unidad histórica de las fuerzas sociales la que determina como se reorganiza el modo de crecimiento mediante la plasmación del modelo hegemónico, es decir el grupo dominante ejerce una hegemonía ético-política y que también modela el modo de desarrollo económico .

Entonces son posibles otras salidas que permitan la protección del territorio y de la ciudad y con ellos sea posible también el papel del patrimonio. Es importante aquí poner de manifiesto algunos de los problemas que plantea la cultura de la conservación (heredera de la vieja cultura anticuaria) como ya hemos visto en otro lugar: existe el peligro de sustraer objetos excepcionales, para protegerlos mediante la movilización de recursos públicos, pero estos recursos son escasos y suele haber tendencia a desentenderse cuando dejan de tener valor de cambio. Pero además la excepcionalidad aísla al objeto, no permitiéndole cambiar, desconectándolo así de los procesos vivos: “La cultura conservacionista, sin quererlo, asume el papel remoto en la historia que asigna a sus objetos protegidos la visión dominante en vez de reconocer que forman parte de un proceso de transformación en curso y que contienen un caudal de nuevas respuestas siempre posibles, una reserva de lo diverso y lo cualitativo en un mundo que camina hacia la clonación” (Roch 1997).

La alternativa pasa entonces por la lucha político-cultural, por conseguir cambiar el ideario del bloque histórico, frente al patrón anticuario dominante que se basa en el encapsulado y el aislamiento puede plantearse otro que les devuelva “su propia historia en las condiciones que puedan desarrollarse, unidas a un proyecto hegemónico y no secuestrándolas en una vitrina o intentar que compitan en el terreno del valor monetario que no es el suyo” (Roch, 1997).

Se trata de recuperar el territorio como cultura, como un universo con capacidad de generación permanente, no sometido a las leyes del valor pecuniario, lo que supone romper con el modelo actualmente dominante que afirma que no existe más tiempo que el del capital y su historia: visión antropocéntrica que incorpora el fenómeno urbano y el desarrollo capitalista a la idea de la evolución natural como un continuo progreso, “un progreso que solo continua por el vértice de esa estructura piramidal, -las topcities de la pasarela globalizadora- negándole el resto su propia evolución y diversificación ininterrumpida” (Roch, 1997). El territorio hay que entenderlo como periferia puesto que es un espacio ordenado respecto de una centralidad (Gosse, 1997) y las relaciones centro-periferia introducen jerarquías ya que se basan en un “desarrollo desigual” como consecuencia de que se basan en mecanismos de dominación como ha demostrado Samir Amin en la economía mundial. Por eso mismo “las periferias son -al contrario que los centros históricos consolidados y a menudo conservados- lugares de mutación, de innovación en todos los aspectos, como han demostrado investigaciones antropológicas. [...] Las periferias constituyen espacios de memoria y de resistencia a la uniformización, igual que constituyen lugares de experimentación de la sociedad del mañana” (Gosse, 1997)

La cultura del patrimonio, de la naturaleza, del territorio y de la ciudad necesita reincorporase al sistema operativo del poder y a su base económica. Lo local se presenta como el ámbito posible para ello : “primero porque es el lugar de la sociedad civil [...]; segundo porque es allí donde los determinismos económicos adoptan variantes y se modulan; tercero porque lo local es el ámbito del entorno productivo no capitalista; cuarto porque es el lugar donde se materializan los sistemas ecológicos que es lo mismo que decir la coherencia del todo y la diversidad; y quinto porque es donde lo patrimonial cobra su sentido pleno” (Roch, 1997).

Conclusión.

Es necesario “pensar global y actuar localmente” según uno de los lemas del llamado movimiento antiglobalización. Así es necesario establecer un modelo de desarrollo que permita la recuperación del territorio y de la ciudad, pero también crear una red de intercambios de experiencias a nivel mundial, que permita ir creando la alternativa. No es casual que dos de las instancias que más han impulsado esta lucha por lo local, sean también pioneros en la lucha global contra el modelo económico: el Movimiento de los Sin Tierra con su lucha por la tierra y por el territorio y la experiencia del presupuesto participativo de Portoalegre que intenta recuperar la ciudad para sus habitantes, que fueron importantes impulsores del Foro Social de Portoalegre.

Bibliografía.

- Amin, Samir (1988) La desconexión, Iepala.

- Ballart, Josep (2003) El patrimonio histórico como recurso: valor y uso, Ariel.

- Davis, Mike, (2001) Control urbano: la ecología del miedo. Más allá de Blade Runner. Virus.

(2003)Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro en Los Ángeles, Lengua de Trapo

(2007) Planeta de ciudades miseria, Foca.

- Fernández Durán, Ramón (1991) La explosión del desorden: la metrópoli como espacio de la crisis global, Fundamentos.

- Gosse, Marc (1997) Introducción a la mesa: El territorio como periferia, en AAVV. Conferencia Internacional sobre Conservación de Centros Históricos y del Patrimonio Edificado, Universidad de Valladolid.

- Poulot, Dominique (éd.) (1998) Patrimoine et modernité, Paris: L’Harmattan.

- Ortega Valcárcel, José,

(1998) Los frenos sociales a la modernización en Castilla y León (siglo XIX) en Estudios sobre historia de la ciancia y la tecnología, Esteban Piñeiro et alii., Junta deCastilla y León, 1998.

(1997) El patrimonio territorial: el territorio como recurso cultural y económico, en AAVV. Conferencia Internacional sobre Conservación de Centros Históricos y del Patrimonio Edificado, Universidad de Valladolid.

- Roch, Fernando (1997), El territorio como recurso, en AAVV. Conferencia Internacional sobre Conservación de Centros Históricos y del Patrimonio

- Vega Pindado, Pilar y Fernández Durán, Ramón (1994) Modernización-globalización versus transformación ecológica y social del territorio, en El futuro de la ciudad entre la miseria y la utopía, FIM.

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